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Niños
durante el trabajo y un ingrato destino de explotación |
"Quiero tiempo pero tiempo no envasado,
tiempo
de jugar que es el mejor,
démelo
suelto pero no enjaulado en el despertador.”
María
Elena Walsh, Marcha de Osías.
Para pensar y, ante todo, actuar sobre cualquier problema que
involucre a sujetos es indispensable tener en claro el aquí y el
ahora del problema, pues todo intento de iluminación depende de las
circunstancias históricas en las que se inscribe el que sostiene la
linterna, como lo que ésta ilumina. Desde esta perspectiva, en un
ambiente al que se le han sustraído casi todas las fuentes
laborales, aludir al “trabajo infantil” resulta, a primera
vista, ridículo. Sin embargo, tal vez sea absurdo sólo el modo en
que se refiere al más cobarde abuso que la humanidad conoce: la
explotación del niño por el hombre.
Si
la linterna no alumbra bien o encandila, prenderé una vela. Llama
que me obliga a rodear y arrimarme al tema, único modo para
combatir los prejuicios y lo que está dado por sentado sobre la
aberración que entraña conceptualmente el “trabajo infantil”.
Intentaré hacer puntería contra la abstracción que carga la dupla
y, si es posible, bajarla de un hondazo con la ayuda de los chicos;
puesto que la abstracción, sostiene José Bleger citando a Michel
Foucault, no es un error ni un planteo inocente, sino que trasciende
como ideología transformada en instrumento de dominio y control.
Es por esto que hay que arrancar el tema de su lugar impreso en
tanta declamación y letra muerta y devolverlo al terreno de la acción.
Como todo tema social, responde a múltiples causas. Atribuírselo a
una es reducirlo y simplificarlo perversamente.
Dadas
las causas, observando el problema y codeándoselo en cada esquina,
es una cuestión que me compromete, como integrante de la sociedad,
en la que el trabajo infantil es apenas la sombra del genocidio
futuro hecho a vista de todos: el ejército de niños-mendigos que
llenan bolsillos ajenos y del infanticidio que se comete con el
chico que cuelga del hombro de quien entrega tarjetas a toda hora,
en todos los trenes; con ese que muestra al desnutrido y entrega en
los subtes con la tarjeta del santo el futuro de sus hijos.
La
ambigüedad, la amplitud y los enfoques múltiples que ha sufrido el
tema, hacen indispensable el establecimiento de los parámetros
desde los que voy a trabajar. Para ello, es menester aclarar que si
toda conducta es un vínculo, para observar una conducta es
necesario partir de una postura o, mejor dicho, de un recorrido
transversal y en movimiento, con la misma actitud del viajero que,
desde el tren, no ve el paisaje como unidad ni totalidad, sino que
lo reconstruye con los fragmentos intermitentes y opuestos que le
llegan de las distintas ventanas y que él va pegando. El todo no sólo
coexiste con las partes, es contiguo, producido aparte (Deleuze).
Desde
un enfoque dialéctico
La
Organización Internacional del Trabajo afirma que actualmente no
existe región del mundo exenta del “trabajo infantil”, aberración
conceptual que implica a los 73 millones de niños entre los 10 y
los 14 años que ejercen una o varias actividades económicas. No
obstante, el director de la OIT sostiene que “estas cifras sólo
reflejan una parte del problema, pues no se dispone de estadísticas
seguras que den cuenta de la situación de los trabajadores menores
de 10 (...) No cabe duda de que si se mantuvieran estadísticas
adecuadas del trabajo doméstico que las niñas efectúan a tiempo
completo el cálculo de niños trabajadores en el mundo arrojaría
centenares de millones.”
Marco
legal
La
Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño,
aprobado en 1989 es el primer instrumento jurídico internacional
que dedica 54 artículos al tema. En 1924, la Sociedad de Las
Naciones había afirmado en la Declaración de Ginebra que “la
humanidad debe al niño lo mejor que puede darle”. Sin embargo,
veinte años antes Alfredo Palacios, había observado que “la
legislación del trabajo es un instinto de conservación de la
conciencia colectiva.” Ya en 1904, como uno de los precursores de
lo que luego sería llamado el siglo del niño, el diputado
socialista había comenzado a reflexionar y trabajar la cuestión
del trabajo infantil.
Actualmente,
el enfoque más generalizado del trabajo infantil consistió en la
adopción de una legislación que varía de un país a otro. En
algunos se fija la edad mínima de admisión al empleo en 12 años,
mientras que en otros es de 14, 15 o más. Algunos países aplican
una única edad mínima legal para emplearse en todos los sectores
económicos, mientras que para otros depende del tipo de empleo. En
la legislación consta que la naturaleza del trabajo efectuado por
los niños puede tener importantes consecuencias para su seguridad,
su salud y su desarrollo; de aquí que comúnmente se fija una edad
inferior -alrededor de los 12 años- para el empleo de trabajos
ligeros (“aquellos que nos son susceptibles de perjudicar la salud
o el desarrollo de los menores y que no alteran la asistencia a la
escuela ni el aprovechamiento de la enseñanza”)
y una edad superior -entre los 16 y los 18- para las tareas
peligrosas (“determinadas por previa consulta de empleados y
empleadores”).
La
declaración es hoy un marco moral para los derechos del niño, tan
sólido en la letra como impracticado en las acciones. Las ideas han
sido declaradas. Falta su puesta en práctica.
La
infancia, etapa de juego.
Es
imprescindible analizar puntualmente cada caso en que el niño es
empleado y reconocer -en los hechos- que la infancia es una etapa de
desarrollo fundamental para la vida humana. El juego es mucho más
que actividad y relleno del tiempo libre, es ámbito de recreación
insustituible para el crecimiento de una mente sana. Es el momento
en que el ser humano vive su imaginación donde se sumerge
hondamente. Los sueños son tramados por las hebras que la
experiencia hila, por los colores con que la educación los tiñe y
por los estímulos que experiencia y educación le hayan provisto.
Esa frazada de sueños, con motivos que la vida le haya impreso, es
el abrigo tanto espiritual como psíquico. Su trama, si carece de
alguna hebra, dejará pasar el frío que no tardará en enfermar al
chico. De grandes, solitos, ya nos encargaremos de deshilacharla,
dejando los sueños en la caja de objetos perdidos y frente a
los motivos desteñidos de una vida en urgencia constante.
Invocar
el pretexto de la pobreza y el subdesarrollo para continuar violando
principios reconocidos universalmente, es aceptar la perpetuación
de los abusos ya condenados por los 173 países firmantes de la
Declaración de los Derechos del Niño, en la que se estipula que
“al niño ... no se le dedicará ni se le permitirá que se
dedique a ocupación o empleo alguno que pueda perjudicar su salud o
su educación, o impedir su desarrollo físico, mental o moral”.
En sociedades de escasos recursos el trabajo infantil no se tolera,
mientras que en otras prospera.
El
niño-instrumento de trabajo es desfigurado psicológica,
intelectual y físicamente. Esto es directa responsabilidad de los
que podemos hacer algo a su favor y en contra de cualquier tipo de
abuso. No implica tomar medidas globales, como la sanción aplicada
a industriales asiáticos del vestido que provocó el despido de
miles de chicos, arrojados a la calle y sin retorno a la escuela.
Toda
generalización supone un atropello.
Los
hechos económicos no son objetivos, responden a decisiones
subjetivas. La merma de las inversiones en la enseñanza durante los
ochenta fue justificada como los efectos de una mala economía y los
gastos en políticas de ajuste estructural. Cuando la OIT espió los
números concluyó que en el decenio 1980-1990, un tercio de los 116
países habían destinado más recursos al sector militar que a la
enseñanza.
Propuesta
Por
qué no dejar de teorizar sobre ellos, como si fueran objeto de
estudio. Por qué no abrirse a lo que los chicos quieran contar de
sus experiencias y dejar que su palabra saque a pedradas la frase
hecha. Por qué no darle albergue a sus planteos para que modifiquen
el interior de nuestras conciencias. No puede haber palabra
verdadera que no sea un conjunto solidario. Como planteara Paulo
Freire, decirla significa necesariamente un encuentro de los
hombres. Y este encuentro no puede darse en el vacío, sino que se
da en situaciones concretas, de orden social, económico, político.
Por qué, entonces, no pedirle a los niños que vengan a patear los
eslóganes que disfrazan, contrabandean y reproducen el statu quo de
un sistema que los acogota o deja afuera.
Interpretar.
Comprender. Dejar de explicar.
El lenguaje, ya conflictual en cuanto sustitución de una realidad,
termina por hacerse una nada, o peor, un eco deformante, cuando
intenta describir hechos que son ajenos del lugar donde proviene. Si
así está el mundo manejado por adultos, quizás los chicos puedan
dar respuestas. Veamos, total nosotros nos hemos equivocado. Lo había
predicho Palacios: “Se levanta una perspectiva pavorosa: la del
porvenir de innumerables pequeñuelos argentinos, tarados por las
enfermedades que engendra la miseria y condenados a una existencia
tan estéril como deleznable y dolorosa. Estamos a tiempo, todavía,
si enfrentamos el problema con la urgencia que requiere, de
rectificar la orientación suicida en que se encuentra comprometida
la vida y el porvenir de nuestro pueblo.”
Es demasiado lo que les hemos arrebatado. Nos dimos el gusto, creo,
de decidir por ellos. Hoy les toca el primer lugar. Ahora les
corresponde a los niños ser verdaderos sujetos-protagonistas del mañana,
del adelante y del después.
De
exacto aquí, nada. De riguroso, todo lo que pueda ser.
(*)
(*)
Fuente: Andrés Manrique, "Trabajo intantil
o infanticidio", editado aquí de manera original.
Citas: