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EL
SENTIDO DE LA EDUCACIÓN
Por Ernst Friedrich
Schumacher
E. F.
Schumacher, un notable economista germano-británico, es autor
de "Lo
pequeño es hermoso"; una obra que, publicada en 1973 y traducida a más de
veinte idiomas, ejerció una importante influencia en la segunda mitad del siglo XX.
Schumacher estudió en Oxford y fue profesor en la Columbia
University de New York. En un abierto repudio al gobierno
nacional-socialista abandonó su país en 1936 para radicarse
definitivamente en Inglaterra. Entre 1950 a 1970 fue consejero
económico del Consejo Nacional del carbón de Inglaterra. Se
convirtió en un experto en el desarrollo de zonas rurales;
asimismo, fue consultor del gobierno de la India y de otros
países del Tercer Mundo.
Una de sus propuestas más importantes consiste en el fomento de las "tecnologías
intermedias", tecnologías que demandan menor inversión de
capital y no exigen un gran consumo de materias primas. Para
catalizar esta iniciativa creó en 1966 el ITDG (Intermediate Technology
Development Group).
En este momento de Este Mundo, en Temakel, presentamos un
capítulo de Lo pequeño es hermoso, donde
Schumacher manifiesta su condición no sólo de economista sino
también de pensador de la cultura. La crisis de una sociedad
desigual, la incapacidad para la construcción de una sociedad que
garantice la igualdad y la felicidad, surgen de profundos problemas
culturales. Y de una de extendida actitud que Schumacher llama
"antimetafísica". La centralidad del tema educativo es
subrayada por el humanista Schumacher en toda su profunda
significación, cuando en el texto que sigue a continuación,
manifiesta: "Los
problemas de la educación son meros reflejos de los problemas más
profundos de nuestra época. Esos problemas no pueden
resolverlos la organización, la administración o la inversión
de dinero, a pesar de que no negamos la importancia de todas
estas cosas. Estamos sufriendo de una enfermedad metafísica y
la cura debe ser por lo tanto metafísica. Una educación que no
consiga clarificar nuestras convicciones centrales es meramente
un entrenamiento o un juego. Porque son nuestras convicciones
centrales las que están en desorden y mientras la presente
actitud antimetafísica persista, tal desorden irá de mal en
peor".
E.I
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EL SENTIDO DE LA EDUCACIÓN
Texto
perteneciente a "Lo pequeño es hermoso"
Por E.F.Schumacher
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A
lo largo de la historia y virtualmente en todas las partes de la
tierra los hombres han vivido, se han multiplicado y han creado
alguna forma de subsistencia y algo que compartir. Las
civilizaciones se han construido, han florecido y, en la mayoría
de los casos, han declinado y perecido. Éste no es el lugar
apropiado para discutir por qué han perecido, pero podemos
afirmar que debe haber habido alguna falta de recursos. En la
mayoría de los casos nuevas civilizaciones surgieron sobre el
mismo terreno, lo que sería bastante incomprensible si sólo
hubieran sido los recursos materiales los que hubiesen
fallado. ¿Cómo podrían haberse reconstituido esos recursos
por sí mismos?
Toda
la historia (como toda la experiencia) apunta al hecho de que es
el hombre y no la naturaleza quien proporciona los recursos
primarios, que el factor clave de todo desarrollo económico
proviene de la mente del hombre. De repente, hay una explosión
de coraje, de iniciativa, de invención, de actividad
constructiva, no en un solo campo, sino en muchos campos a la
misma vez. Puede ser que nadie esté en condiciones de decir de
dónde proviene originariamente, pero sí podemos ver cómo se
mantiene y se refuerza a sí mismo a través de la educación.
En un sentido muy real, por lo tanto, podemos decir que la
educación es el más vital de los recursos.
Si
la civilización occidental está en un estado de permanente
crisis, no es nada antojadizo sugerir que podría haber algo
equivocado en su educación. Ninguna civilización, estoy
seguro, ha dedicado más energía y recursos para la educación
organizada, y aunque no creyéramos absolutamente en nada, sí
creemos que la educación es, o debiera ser, la llave de todas
las cosas. En realidad, la fe en la educación es tan fuerte que
la consideramos como la destinataria residual de todos nuestros
problemas. Si la era nuclear acarrea nuevos peligros, si el
avance de la ingeniería genética abre las puertas a nuevos
abusos, si el consumismo trae consigo nuevas tentaciones, la
respuesta debe ser más y mejor educación. La forma moderna de
vida está convirtiéndose en algo cada vez más complejo y esto
significa que todos deben obtener una educación más elevada.
«Para 1984 —se ha dicho recientemente— será de esperar que
para el más común de los hombres no sea un motivo de embarazo
el usar una tabla de logaritmos, los conceptos elementales del cálculo,
y el uso de palabras tales como electrón, coulomb y voltio. Aún
más, entonces será capaz de utilizar no sólo una pluma, un lápiz
y una regla, sino también la cinta magnética, la válvula y el
transistor. El mejoramiento de las comunicaciones entre los
individuos y los grupos depende de ello.» Por encima de todo,
se diría que la situación internacional reclama esfuerzos
educacionales prodigiosos. La declaración clásica sobre este
tema fue pronunciada por Sir Charles (ahora Lord) Snow en su «Rede
Lecture» hace algunos años: «Decir que debemos educarnos o
morir es un poco más melodramático de lo justificado por los
hechos. Decir que debemos educarnos o de lo contrario observar
un declive pronunciado en nuestra vida está más cerca de lo
correcto.» De acuerdo con Lord Snow, a los rusos les va mucho
mejor que a ningún otro y «tendrán una clara ventaja, a menos
que los americanos y nosotros nos eduquemos con cordura e
imaginación».
Como
se recordará, Lord Snow habló acerca de «Las Dos Culturas y
la Revolución Científica» y expresó su preocupación de que
«la vida intelectual de la sociedad occidental como un todo se
está dividiendo cada vez más en dos grupos polarizados... En
un polo tenemos los intelectuales literarios..., en el otro los
científicos». Deplora el «vacío de incomprensión mutua»
entre estos dos grupos y desea tender un puente entre ambos. Es
evidente la forma como piensa que esta operación debería
hacerse; los objetivos de su política educacional serían, en
primer lugar, tener tantos «científicos de primera fila como
el país pueda producir»; segundo, entrenar «un estrato más
grande de profesionales de primera» para hacer la investigación
de apoyo, el diseño y el desarrollo posterior; tercero,
entrenar «miles y miles» de otros científicos e ingenieros; y
finalmente, entrenar «políticos, administradores, una
comunidad entera, que tenga suficientes conocimientos científicos
como para saber de qué están hablando los hombres de ciencia».
Si este cuarto y último grupo puede por lo menos ser educado lo
suficiente como para «tener una idea» de aquello sobre lo que
la gente que cuenta, los científicos y los ingenieros, están
hablando, Lord Snow parece sugerir que el vacío de incomprensión
mutua entre las «dos culturas» puede salvarse.
Estas
ideas sobre educación, que son sin duda poco representativas de
nuestros tiempos, lo dejan a uno con la incómoda sensación de
que la gente común, incluyendo los políticos, administradores,
etc., no sirven para gran cosa, no han alcanzado el nivel
requerido. Pero, por lo menos, deberían estar lo
suficientemente educados como para tener una idea de lo que está
ocurriendo, para saber qué es lo que los científicos quieren
decir cuando hablan, para citar un ejemplo de Lord Snow, acerca
de la Segunda Ley de la Termodinámica. Es una sensación
bastante incómoda porque los científicos nunca se cansan de
decirnos que los frutos de su trabajo son «neutrales»; si
enriquecen o destruyen a la humanidad depende de cómo son
usados. ¿Y quién es el que decide cómo han de ser usados? No
hay nada en la formación de los científicos e ingenieros que
les permita tomar tales decisiones, y además, ¿en qué quedaría
la neutralidad de la ciencia?
Si
tanta confianza se pone hoy en el poder de la educación para
capacitar a la gente común para hacer frente a los problemas
planteados por el progreso científico y tecnológico, debe
hacerse algo más en la educación que lo sugerido por Lord Snow.
La ciencia y la ingeniería producen «el saber cómo», pero «el
saber cómo» no es nada en sí mismo, es un medio sin un fin,
una mera potencialidad, una frase inconclusa. «El saber cómo»
no es una cultura como un piano no es música. ¿Puede la
educación ayudarnos a completar la frase, transformar la
potencialidad en una realidad que beneficie al hombre?
Para
hacer eso la tarea de la educación sería, primero y antes que
nada, la transmisión de criterios de valor, de qué hacer con
nuestras vidas. Sin ninguna duda también hay necesidad de
transmitir el «saber cómo», pero esto debe estar en un
segundo plano, porque obviamente es bastante estúpido poner
grandes poderes en manos de la gente, sin asegurarse primero que
tengan una idea razonable de qué es lo que van a hacer con
ellos. En el momento presente hay muy pocas dudas de que toda la
humanidad está en peligro mortal, no porque carezcamos de
conocimientos científicos y tecnológicos, sino porque tendemos
a usarlos destructivamente, sin sabiduría. Más educación
puede ayudarnos sólo si produce más sabiduría.
La
esencia de la educación, como ya se ha dicho, es la transmisión
de valores, pero los valores no nos ayudan a elegir nuestro
camino en la vida salvo que ellos hayan llegado a ser parte
nuestra, una parte por así decirlo de nuestra conformación
mental. Esto significa que esos valores son más que meras fórmulas
o afirmaciones dogmáticas. Nosotros pensamos y sentimos con
ellos, con los verdaderos instrumentos a través de los cuales
observamos, interpretamos y experimentamos el mundo. Cuando
nosotros pensamos no estamos pensando solamente, estamos
pensando con ideas. Nuestra mente no es un vacío, una tabla
rasa. Cuando comenzamos a pensar podemos hacerlo sólo porque
nuestra mente está ya llena de todo tipo de ideas con las que
pensar. A través de toda nuestra adolescencia y juventud, antes
de que la mente consciente y crítica comience a actuar como si
fuera un censor y un guardián, las ideas se filtran dentro de
nuestra mente como un ejército multitudinario. Estos años son,
podría decirse, un período de oscurantismo durante el cual no
somos otra cosa que herederos; sólo en los años posteriores
podremos gradualmente aprender a identificar cuál es nuestra
herencia.
Primero
de todo está el lenguaje. Cada palabra es una idea. Si el
lenguaje que penetra dentro de nosotros durante el oscurantismo
es inglés, nuestra mente está entonces provista de una serie
de ideas que son significativamente diferentes de aquellas
representadas por el chino, ruso, alemán o aun norteamericano.
Después de las palabras están las reglas de cómo ponerlas
juntas, la gramática, otro conjunto de ideas, cuyo estudio ha
fascinado a algunos modernos filósofos hasta tal punto que
pensaron que podrían reducir toda la filosofía a un estudio de
gramática.
Todos
los filósofos han prestado siempre mucha atención a las ideas vistas
como el resultado del pensamiento y de la observación; pero
en los tiempos modernos se ha prestado muy poca atención al
estudio de las ideas que forman los mismos instrumentos de los
cuales proceden el pensamiento y la observación. Sobre la base
de la experiencia y del pensamiento consciente las pequeñas
ideas pueden fácilmente eliminarse, pero cuando de lo que se
trata es de ideas más grandes, más universales o más sutiles
no pueden cambiarse tan fácilmente. Aún más, es a menudo difícil
ser consciente de ellas, dado que son los instrumentos y no los
resultados de nuestro pensamiento, de la misma manera que uno
puede ver fuera de sí mismo pero no puede fácilmente ver con
lo que se ve, el ojo mismo. Y aun cuando uno ha llegado a ser
consciente de ellas, es a menudo imposible juzgarlas sobre la
base de la experiencia ordinaria.
Frecuentemente
notamos la existencia de ideas más o menos fijas en las mentes
de otra gente, ideas con las que piensan sin darse cuenta de que
lo están haciendo. A estas ideas las llamamos prejuicios, lo
que es lógicamente bastante correcto porque se han filtrado
simplemente dentro de la mente y no son el resultado de un
discernimiento. Pero la palabra prejuicio se aplica generalmente
a ideas que son patentemente erróneas y reconocibles como tales
para cualquiera excepto para el individuo prejuiciado. Muchas de
las ideas con las que pensamos no son de esa clase. Para algunas
de ellas, como aquellas incorporadas en las palabras y la gramática,
las nociones de la verdad o el error ni siquiera pueden ser
aplicadas, otras definitivamente no son prejuicios, sino el
resultado de un juicio, otras inclusive son presunciones tácitas
o suposiciones que pueden llegar a ser muy difíciles de
reconocer.
Digo,
por lo tanto, que pensamos con o a través de
ideas y que lo que llamamos pensamiento es generalmente la
aplicación de ideas preexistentes a una situación dada o a una
serie de hechos. Cuando pensamos, por ejemplo, acerca de la
situación política, aplicamos a esa situación nuestras ideas
políticas más o menos sistemáticamente e intentamos hacer que
esa situación sea «inteligible» para nosotros mismos por
medio de esas ideas. Esto ocurre de la misma manera en cualquier
otro campo. Algunas de las ideas son juicios de valor, es decir,
que evaluamos la situación a la luz de nuestras ideas-valor.
La
manera en que experimentamos e interpretamos el mundo depende
mucho de la clase de ideas que llenan nuestras mentes. Si son
insignificantes, débiles, superficiales e incoherentes, la vida
parecerá insípida, aburrida, penosa y caótica. El sentimiento
de vacío resultante se hace difícil de sobrellevar y la
vacuidad de nuestras mentes puede dejarse llevar demasiado fácilmente
por algunas nociones fantásticas y grandiosas, políticas o de
otro tipo, que de pronto parecen iluminarlo todo y dan sentido y
propósito a nuestra existencia. No necesitamos enfatizar que éste
es, precisamente, uno de los grandes peligros de nuestra época.
Cuando
la gente pide educación lo que ellos normalmente quieren decir
es que necesitan algo más que entrenamiento, algo más que el
mero conocimiento de los hechos, algo más que una mera diversión.
Puede ser que no puedan formular con precisión qué es lo que
están buscando; sin embargo, pienso que lo que realmente buscan
son ideas que les presenten al mundo y a sus propias vidas en
una forma inteligible. Cuando una cosa es inteligible se tiene
un sentimiento de participación; cuando una cosa no es
inteligible se tiene un sentimiento de enajenación. «Bueno, yo
no entiendo», oímos que dice la gente como una protesta
impotente frente a la imposibilidad de comprender al mundo tal
como es. Si la mente no puede brindarle al mundo una serie, una
caja de herramientas de ideas poderosas, todo aparece en forma
caótica, como una masa de fenómenos sin relación, de sucesos
sin significado. Un hombre así es como una persona en una
tierra extraña sin ningún signo de civilización, sin mapas ni
postes de señales ni indicaciones de ninguna naturaleza. Nada
tiene ningún significado para él, nada puede sostener su interés
vital, carece de los medios que le permitan hacer inteligibles
todas las cosas.
Toda
filosofía tradicional es un intento de crear un sistema
ordenado de ideas con el cual vivir e interpretar el mundo. «La
filosofía tal como los griegos la concibieron», escribe el
profesor Kuhn, «es un esfuerzo singular de la mente humana para
interpretar los sistemas de signos y de esa manera relacionar al
hombre con el mundo como un vasto orden dentro del cual él
tiene un lugar asignado.» La cultura clásico-cristiana de la
baja edad media poseía un sistema de interpretación de signos
que era muy completo y asombrosamente coherente, es decir, un
sistema de ideas vitales que daban una descripción muy
detallada del hombre, del universo y del lugar del hombre en el
universo. Este sistema, sin embargo, ha sido destruido y el
resultado es un estado de aturdimiento y enajenación, jamás
expresado más dramáticamente que por Kierkegaard a mediados
del pasado siglo:
«Uno
mete el dedo en el suelo para decir por el olor en qué clase
de tierra se encuentra: Yo meto mi dedo en la existencia y no
huelo a nada. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Cómo vine aquí?
¿Qué es esta cosa llamada mundo? ¿Cuál es el significado
de este mundo? ¿Quién es el que me ha arrojado dentro de él
y ahora me deja aquí?... ¿Cómo vine al mundo? ¿Por qué no
fui consultado... sino que fui arrojado a las filas de hombres
como si hubiera sido comprado a un secuestrador, a un tratante
de almas? ¿Cómo llegué a tener un interés en esta gran
empresa que ellos llaman realidad? ¿Por qué debería tener
interés por ella? ¿No debería ser un interés voluntario?
¿Y si me empujan a tomar parte en ella, dónde está el
director?... ¿Adónde iré con mi queja?»
Tal
vez ni siquiera haya un director. Bertrand Russell dijo que todo
el universo es simplemente «el resultado de una combinación
accidental de átomos», y afirmó que las teorías científicas
que conducen a esta conclusión, «si bien no están fuera de
discusión, son casi tan ciertas que ninguna filosofía que las
rechace puede permanecer por mucho tiempo... de aquí en
adelante la habitación del alma ha de ser construida sobre el sólido
fundamento de una firme desesperación». Sir Fred Hoyle, el
astrónomo, habla acerca de «la verdaderamente desesperante
situación en que nos encontramos. Aquí estamos, en este fantástico
universo, sin ninguna pista que nos conduzca a pensar que
nuestra existencia tiene un significado real».
La
enajenación da lugar a la sociedad y a la desesperación, al «encuentro
con la nada», al cinismo, a vacíos gestos de desafío, tal
como pueden verse en la mayor parte de la filosofía
existencialista y de la literatura contemporánea. O bien se
transforma, tal como he mencionado antes, en la adopción
ardiente de unos principios fanáticos que, mediante una
monstruosa simplificación de la realidad, pretende resolver
todas las preguntas. Entonces, ¿cuál es la causa de la
enajenación? Jamás la ciencia ha tenido tantos éxitos, jamás
el poder del hombre sobre su medio ambiente ha sido más
completo ni el progreso más rápido. No puede ser una falta de
conocimiento instrumental lo que causa la desesperación no sólo
de pensadores religiosos como Kierkegaard, sino también de
matemáticos prominentes y científicos como Russell y Hoyle.
Nosotros sabemos cómo hacer muchas cosas, ¿pero sabemos qué
hacer? Ortega y Gasset lo definió muy brevemente: «No podemos
vivir a nivel humano sin ideas. Lo que hacemos depende de ellas.
Vivir es ni más ni menos que hacer una cosa en lugar de otra.»
¿Qué es entonces la educación? Es la transmisión de ideas
que le permiten al hombre elegir entre una cosa y otra o, para
citar a Ortega otra vez, «vivir una vida que es algo que está
por encima de la tragedia sin sentido o la desgracia interior».
De
qué manera, por ejemplo, el conocimiento de la Segunda Ley de
la Termodinámica podría ayudarnos en esto? Lord Snow nos dice
que cuando la gente educada deplora el «analfabetismo de los
científicos», él a veces pregunta: «¿Cuántos de ellos podrían
describir la Segunda Ley de la Termodinámica?» La respuesta es
usualmente fría y negativa. «No obstante—dice—, estaba
preguntando algo que es más o menos el equivalente científico
de: ¿Ha leído usted la obra de Shakespeare?» Tal afirmación
desafía las bases mismas de nuestra civilización. Lo que
importa es la caja de herramientas mentales con las que, por las
que y a través de las que experimentamos e interpretamos el
mundo. La Segunda Ley de la Termodinámica no es nada más que
una hipótesis de trabajo apropiada para varios tipos de
investigación científica. Por otro lado, una obra de
Shakespeare está llena de las ideas más vitales acerca del
desarrollo interno del hombre, mostrando la grandeza y la
miseria total de la existencia humana. ¿Cómo podrían estas
dos cosas ser equivalentes? ¿Qué es lo que pierdo, como ser
humano, si jamás he leído acerca de la Segunda Ley de la
Termodinámica? La respuesta es: nada. ¿Y qué es lo que pierdo
si no sé nada de Shakespeare? A menos que obtenga mi
conocimiento de otra fuente, pierdo mi vida. ¿Les diremos a
nuestros niños que una cosa es tan buena como la otra: un poco
de conocimiento de física y un poco de conocimiento de
literatura? Si obramos de esta manera los pecados de los padres
acompañarán a los hijos hasta la tercera o cuarta generación,
porque tal es el tiempo que normalmente tarda una idea desde su
nacimiento hasta su completa madurez, cuando llena las mentes de
una nueva generación y les hace pensar por ella.
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Nota:
A propósito de la Segunda Ley de la Termodinámica
establece que el calor no puede por sí mismo pasar de un
cuerpo más frío a uno más caliente o, expresado más
vulgarmente, que «uno no se puede calentar con algo que es
más frío que uno mismo», una expresión común nada
inspiradora, que se ha extendido en forma bastante ilegítima
a la noción pseudocientífica de que el universo deberá
terminar en forma de «muerte calórica», cuando todas las
diferencias de temperatura hayan cesado.
«¡Fuera,
fuera pequeña vela!
La vida no es sino una sombra andante; un pobre actor que se
contonea y estremece en su momento de gloria y después no
se le oye más; es una historia contada por un idiota, llena
de ruido y furia que no quiere decir nada».
Estas
son palabras de Macbeth cuando se enfrenta a su desastre
final. Se las repite hoy, apoyadas por la autoridad de la
ciencia, cuando los triunfos de esa misma ciencia son
mayores que nunca.
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La
ciencia no puede producir ideas que nos sirvan para vivir. Aun
las grandes ideas de la ciencia no son más que hipótesis de
trabajo útiles para los propósitos de estudios especiales,
pero de ninguna manera aplicables a la conducción de nuestras
vidas o a la interpretación del mundo. Si un hombre busca
educación porque se siente enajenado y perdido, porque su vida
le parece vacía y sin sentido, no podrá obtener lo que está
buscando por el estudio de cualquiera de las ciencias naturales;
en otras palabras, por adquirir el «saber cómo». Ese estudio
tiene su propio valor, el cual no deseo disminuir, le comunica
al hombre una gran cantidad de información acerca de cómo
funcionan las cosas en la naturaleza o en la ingeniería, pero
no le dice absolutamente nada acerca del significado de la vida
y de ninguna manera puede curarle de su enajenación e íntima
desesperación.
¿A
dónde, entonces, deberá dirigirse? Puede ser que, a pesar de
todo lo que oye acerca de la revolución científica y de ser la
nuestra la era de la ciencia, se vuelva a las llamadas
humanidades. Aquí puede encontrar si es afortunado una gran
cantidad de ideas vitales para llenar su mente, ideas con las
cuales pensar y a través de las cuales hacer inteligibles el
mundo, la sociedad y su propia vida. Veamos cuáles son las
principales ideas que al hombre le es posible encontrar hoy día.
No puedo intentar hacer una lista completa, de modo que me
limitaré a la enumeración de seis ideas principales, todas
entroncadas con el siglo XIX, que todavía dominan hoy en mi
opinión las mentes de las «gentes educadas».
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Está
la idea de la evolución. Significa que debida a una suerte
de proceso natural y automático las formas más bajas de
vida dan lugar a un constante desarrollo de formas más
elevadas. Esta idea ha sido sistemáticamente aplicada en
todos los aspectos de la realidad sin excepción durante los
últimos cien años.
-
Está
la idea de la competencia, de la selección natural y de la
supervivencia del más fuerte, que viene a explicar el
proceso natural y automático de la evolución y el
desarrollo.
-
Está
la idea de que todas las manifestaciones elevadas de la vida
humana, tales como la religión, filosofía, arte, etc. (lo
que Marx llama «los fantasmas del cerebro de los hombres»)
no son nada más que «suplementos necesarios del proceso de
la vida material», una superestructura erigida para
disfrazar y promover los intereses económicos, siendo toda
la historia de la humanidad la historia de la lucha de
clases.
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En
competencia, podría pensarse, con la interpretación
marxista de las más altas manifestaciones de la vida humana
hay, en cuarto lugar, la interpretación freudiana que las
reduce a las maquinaciones oscuras de una mente
subconsciente y las explica principalmente como los
resultados de deseos incestuosos no satisfechos durante la
niñez y la temprana adolescencia.
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Está
la idea general del relativismo que niega el absoluto,
disuelve todas las normas y patrones y conduce a una
indeterminación total de la idea de la verdad sustituyéndola
por el pragmatismo. Afecta incluso a las matemáticas, que
han sido definidas por Bertrand Russell como «el tema en el
cual nunca sabemos de qué estamos hablando o si lo que
decimos es verdad».
-
Finalmente,
está la idea triunfante del positivismo, que establece que
todo conocimiento puede obtenerse sólo a través de los métodos
de las ciencias naturales y, por lo tanto, ningún
conocimiento es genuino salvo que esté basado en hechos
generalmente observables. El positivismo, en otras palabras,
está interesado solamente en el «saber cómo» y niega la
posibilidad del conocimiento objetivo acerca de significados
y propósitos de cualquier naturaleza.
Nadie,
pienso, estará dispuesto a negar el alcance y el poder de estas
seis «grandes» ideas. No son el resultado de ningún empirismo
estrecho, porque mediante la investigación factual no puede
comprobarse ninguna de ellas. Representan un salto tremendo de
la imaginación a lo desconocido y a lo imposible de conocer.
Por supuesto, el salto se da desde una pequeña plataforma de
hechos observados. Esas ideas no podrían haber anidado tan
firmamente en las mentes de los hombres, como lo han hecho, si
no hubiese en ellas elementos importantes de verdad. Sin
embargo, su carácter esencial es su pretensión de
universalidad. La evolución absorbe todas las cosas dentro de
su esfera de acción, no sólo los fenómenos materiales, desde
la nebulosa hasta el homo sapiens, sino también todos los fenómenos
mentales, tales como la religión y el lenguaje. La competencia,
la selección natural y la supervivencia del más fuerte no se
presentan como una serie de observaciones entre muchas otras,
sino como leyes universales. Marx no dice que algunas partes de
la historia son producto de la lucha de clases. No, «el
materialismo científico», no muy científicamente, extiende
esta observación parcial a nada menos que la totalidad de la
historia de toda sociedad existente hasta ahora». Freud,
inclusive, no se contenta con exponer un número de
observaciones clínicas, sino que ofrece una teoría universal
de la motivación humana, asegurando, por ejemplo, que toda
religión no es nada más que una neurosis obsesiva. El
relativismo y el positivismo, por supuesto, son puramente
doctrinas metafísicas, con la distinción peculiar e irónica
de negar la validez de toda metafísica, incluyéndose ellas
mismas.
¿Qué
es lo que estas seis «grandes» ideas tienen en común, aparte
de su naturaleza no empírica, metafísica? Todas ellas aseguran
que todo lo que se había tomado previamente como algo de un
orden superior en realidad «no es nada más que» una
manifestación más sutil de lo «mas bajo» (salvo que se
niegue la distinción misma entre lo superior y lo inferior). De
esta manera el hombre, al igual que el resto del universo, no es
nada más que una combinación accidental de átomos. La
diferencia entre un hombre y una piedra es poco más que una
apariencia engañosa. Los logros culturales más altos del
hombre no son nada más que fruto de la ambición económica o
la expresión de frustraciones sexuales. De cualquier manera no
tiene ningún sentido decir que el hombre debería apuntar a lo
«más alto» antes que a lo «más bajo», porque no puede
darse ningún significado inteligible a nociones puramente
subjetivas tales como «más alto» o «más bajo», mientras
que la palabra «debería» es sólo un signo de megalomanía
dictatorial.
Las
ideas de los padres en el siglo XIX han llegado a ser un castigo
para la tercera y cuarta generación, que viven en la segunda
mitad del siglo XX. Para sus autores, estas ideas eran
simplemente el resultado de sus procesos intelectuales. En la
tercera y cuarta generación, esas mismas ideas se han
convertido en las herramientas e instrumentos a través de los
cuales el mundo se experimenta e interpreta. Los que aportan
nuevas ideas muy raramente son gobernados por ellas. Por sus
ideas obtienen poder sobre las vidas de los hombres en la
tercera y en la cuarta generación cuando se han convertido en
una parte de la gran masa de ideas, incluyendo el lenguaje, que
penetran dentro de la mente de una persona durante su época de
«oscurantismo».
Estas
ideas del siglo XIX están firmemente arraigadas en las mentes
de prácticamente todo el mundo occidental de hoy, sean personas
educadas o no. En las mentes sin educación todavía son
confusas y nebulosas, demasiado débiles para hacer el mundo
inteligible. Se explica entonces ese deseo por la educación, es
decir, por algo que nos conduzca fuera de este bosque oscuro de
nuestra ignorancia hacia la luz de la comprensión.
Ya
he dicho que una educación meramente científica no puede hacer
esto porque trata sólo con ideas instrumentales mientras que lo
que necesitamos es la comprensión del porqué las cosas son
como son y qué es lo que tenemos que hacer con nuestras vidas.
Lo que aprendemos al estudiar una ciencia particular es de
cualquier manera demasiado concreto y especializado en relación
a nuestros propósitos más amplios. Por esto volvemos a las
humanidades para obtener una visión más clara de las ideas
grandes y vitales de nuestra época. Aun en las humanidades
podemos empantanarnos en una maraña de academicismos
especializados que llenen nuestras mentes con multitud de pequeñas
ideas que son tan inapropiadas como las ideas que podamos
recoger de las ciencias naturales. Pero también podríamos ser
más afortunados (si eso es ser afortunado) y encontrar un
maestro que «aclarara nuestras mentes», que clarificara las
ideas (las «grandes» y universales que ya existen en nuestras
mentes) y de esta manera hiciera que el mundo fuese algo
inteligible para nosotros.
Tal
proceso merecería ciertamente ser llamado «educación». ¿Y
qué es lo que obtenemos de este proceso en la actualidad? La
visión de un mundo desolado en el que no hay sentido ni
finalidad, en el que la conciencia del hombre es sólo un
accidente cósmico desafortunado, en el que la angustia y la
desesperación son las únicas realidades últimas. Si por medio
de una educación real el hombre es capaz de escalar a lo que
Ortega llama «La Altura de Nuestro Tiempo» o «La Altura de
las Ideas de Nuestro Tiempo», se encuentra a sí mismo en el
abismo de la nada. Puede entonces llegar a sentir lo que sintió
Byron:
Triste
es el conocimiento; aquellos que saben más
Más deben lamentarse sobre la verdad fatal,
Que el Árbol del Conocimiento no es el de la Vida.
En
otras palabras, aunque una educación humanística nos levante
al nivel de las ideas de nuestro tiempo, no puede «traernos la
felicidad» porque lo que los hombres están legítimamente
buscando es una vida más abundante, no más tristezas.
¿Qué
ha pasado? ¿Cómo es posible que tal cosa suceda?
Las
ideas predominantes del siglo XIX, que pretendían deshacerse de
la metafísica, son en sí mismas un tipo de metafísica mala,
viciosa, destructora de la vida. Nosotros las estamos sufriendo
como si fuesen una enfermedad fatal. No es verdad que el
conocimiento sea triste. Pero los errores envenenados acarrean
ilimitada tristeza en la tercera y en la cuarta generación. Los
errores no están en la ciencia, sino en la filosofía que se
nos propone en nombre de la ciencia. Tal como Étienne Gilson lo
expresara hace más de veinte años:
«Tal
desarrollo de ninguna manera fue posible evitarlo, pero el
crecimiento progresivo de la ciencia natural lo ha hecho cada
vez más posible. El interés creciente de los hombres por los
resultados prácticos de la ciencia fue a la vez natural y legítimo
en sí mismo, pero les ayudó a olvidar que la ciencia es
conocimiento y que los resultados prácticos son sus
productos... Antes de su inesperado éxito en encontrar
explicaciones concluyentes acerca del mundo material, los
hombres habían comenzado a despreciar todas aquellas
disciplinas en las cuales tales demostraciones no se podían
encontrar o bien procedían a reconstruirlas siguiendo el
modelo de las ciencias físicas. Como consecuencia, la ética
y la metafísica tuvieron que ser ignoradas o, por lo menos,
reemplazadas por las nuevas ciencias positivas; en cualquier
caso había que eliminarlas. Fue éste un movimiento muy
peligroso que ha conducido a la arriesgada situación en que
hoy se encuentra la cultura occidental.»
No
es ni siquiera verdad que la ética y la metafísica fuesen
eliminadas. Por el contrario, todo lo que llegamos a tener fue
una mala metafísica y una ética deprimente.
Los
historiadores saben que los errores metafísicos pueden llevar a
la muerte. R. G. Collingwood escribió:
«El
diagnóstico de la Patrística sobre la decadencia de la
civilización greco-romana atribuye tal evento a una
enfermedad metafísica... No fueron los ataque bárbaros los
que destruyeron el mundo greco-romano... La causa fue metafísica.
El mundo “pagano” no estaba manteniendo vivas sus
convicciones fundamentales, decían (los escritores patrísticos),
debido a defectos en el análisis metafísico, porque la
naturaleza misma de esas convicciones se estaba haciendo
confusa... Si la metafísica hubiera sido un mero lujo del
intelecto, esto no hubiera importado.»
Este
pasaje se puede aplicar sin ningún cambio a la civilización de
hoy. Nosotros estamos confundidos en lo que respecta a la
naturaleza de nuestras convicciones. Las grandes ideas del siglo
XIX pueden llenar nuestras mentes de una u otra manera, pero
nuestros corazones no creen en ellas de todas formas. La mente y
el corazón están en guerra el uno con el otro y no, como se
asegura comúnmente, la razón y la fe. Nuestra mente se ha
visto obnubilada por una fe extraordinaria, ciega e irrazonable
en una serie de ideas fantásticas y destructoras de la vida,
heredadas del siglo XIX. La tarea más importante de nuestra razón
es recobrar una fe más veraz que esa.
La
educación no nos puede ayudar, en tanto en cuanto no le otorgue
ningún lugar a la metafísica. Ya sean temas científicos o
humanísticos, si la enseñanza no conduce a una clarificación
de la metafísica, es decir, de nuestras convicciones
fundamentales, no puede educar al hombre y, consecuentemente, no
puede tener un valor real para la sociedad.
A
menudo se asegura que la educación es está destruyendo debido
a un exceso de especialización. Pero éste no es sino un diagnóstico
parcial y equivocado. La especialización no es en sí misma un
principio defectuoso de la educación. ¿Cuál sería la
alternativa, tal vez una afición al conocimiento superficial de
todos los temas? ¿O un extenso estudio general en el cual los
hombres se ven obligados a dedicar un tiempo a olfatear temas en
los cuales no tienen el menor interés mientras deben mantenerse
alejados de aquello que desean aprender? Esta no puede ser la
respuesta correcta, ya que sólo llevaría a un tipo de hombre
intelectual como el criticado por el cardenal Newman: «Un
intelectual como el mundo lo concibe hoy..., está lleno de
“opiniones” sobre todos los temas de la filosofía, sobre
todos los asuntos del día.» Tal «ubicuidad de opinión» es más
bien un signo de ignorancia que de conocimiento. «¿Habré de
enseñarte el significado del conocimiento?», decía Confucio.
«Cuando sabes una cosa el reconocer que la sabes y cuando no la
sabes el saber que no la sabes; esto es conocimiento.»
El
fallo entonces no radica en la especialización, sino en la
ausencia de profundidad con la que los temas son tratados
corrientemente y en la ausencia de un conocimiento metafísico.
Las ciencias se enseñan sin un conocimiento de sus
presupuestos, de la importancia y significación de las leyes
científicas y del lugar que ocupan las ciencias naturales
dentro del cosmos total del pensamiento humano. El resultado es
que los presupuestos de la ciencia son normalmente confundidos
con sus hallazgos. La economía se enseña sin prestar atención
al concepto de naturaleza humana que subyace en la teoría económica
actual. En realidad, los mismos economistas parecen ignorar el
hecho de que tal punto de vista está implícito en su enseñanza
y que casi todas sus teorías deberían ser cambiadas si tal
concepto lo hiciese. ¿Cómo podría haber una enseñanza
racional de la política sin una vuelta a las raíces metafísicas
de los problemas? El pensamiento político ha de transformarse
invariablemente en algo confuso y terminará en una verborrea
sin sentido si se continúa ignorando e inclusive rechazando un
estudio serio de los problemas metafísicos y éticos que
contiene. La confusión es tan grande que autoriza a dudar del
valor educacional del estudio de muchos de los llamados temas
humanísticos. Digo «llamados» porque un tema que no presenta
en forma explícita el punto de vista de la naturaleza humana
muy difícilmente puede llamarse humanístico.
Todos
los temas, no importa lo especializados que sean, están
conectados con un centro, son como rayos emanando de un sol. El
centro está constituido por nuestras convicciones más básicas,
por esas ideas que realmente nos empujan hacia adelante. En
otras palabras, el centro consiste en la ética y la metafísica,
en ideas que (nos guste o no) trascienden el mundo de los hechos
y no pueden ser comprobadas o rechazadas por un método científico
ordinario. Pero esto no significa que sean puramente «subjetivas»,
«relativas» o simples convenciones arbitrarias. Deben ser
genuinamente reales, a pesar de que trascienden el mundo de los
hechos (una aparente paradoja para nuestros pensadores
positivistas). Si no son genuinamente reales, la adhesión a tal
tipo de ideas inevitablemente conducirá al desastre.
La
educación nos puede ayudar si produce «hombres completos». El
hombre verdaderamente educado no es aquel que sabe un poco de
cada cosa, ni aun el hombre que sabe todos los detalles de todos
los temas (si tal cosa fuera posible). El «hombre completo»,
en realidad, puede tener muy poco conocimiento de los hechos y
las teorías, puede tener la Enciclopedia Británica porque «ella
sabe y él no necesita saber», pero estará en contacto real
con el centro. No dudará con respecto a sus convicciones básicas
ni a sus puntos de vista sobre el significado y propósito de la
vida. Puede no estar en condiciones de explicar estos temas en
palabras, pero la conducta de su vida mostrará un cierto toque
de seguridad que emerge de su claridad interior.
Voy
a tratar de explicar un poco más cuál es el significado de «centro».
Toda actividad humana es un esforzarse por obtener aquello que
se piensa que es bueno. Esto no es más que una tautología,
pero nos ayuda a formularnos la pregunta correcta: «¿Bueno
para quién?» Bueno para la persona que se esfuerza. Así que,
a menos que tal persona haya solucionado y coordinado sus múltiples
urgencias, impulsos y deseos, es muy fácil que sus esfuerzos
sean equivocados, contradictorios, derrotistas, y posiblemente
altamente destructivos. El «centro», obviamente, es el lugar
donde tiene que crear para sí mismo un sistema ordenado de
ideas acerca de sí mismo y del mundo, que pueda regular la
dirección de sus variados esfuerzos. Si no ha pensado en esto
para nada (porque está siempre ocupado con cosas más
importantes, o porque le enorgullece pensar «humildemente» de
sí mismo que es sólo un agnóstico), el centro de ninguna
manera estará vacío; estará lleno con todas esas ideas
vitales que, de alguna manera, han sido absorbidas por su mente
durante su época de oscurantismo. He tratado de mostrar lo que
estas ideas conllevan hoy día, una negación total del propósito
y significado de la existencia humana sobre la tierra que
conduce a la persona que cree en ellas a una total desesperación.
Afortunadamente, como ya he dicho, el corazón a menudo es más
inteligente que la mente y rehúsa aceptar estas ideas en su
peso total. De modo que el hombre se salva de la desesperación
para caer en la confusión. Sus convicciones fundamentales están
confundidas; por lo tanto, sus acciones también lo están y son
inciertas. Si diera lugar a que la luz de su conciencia
iluminase el centro y afrontase la cuestión de sus convicciones
fundamentales podría crear entonces orden donde hay desorden.
Esto lo «educaría», en el sentido de que lo conduciría fuera
de la oscuridad de su confusión metafísica.
Yo
no pienso, sin embargo, que esto pueda ser hecho con éxito
salvo que el hombre, conscientemente, acepte (aunque sólo sea
provisionalmente) un número de ideas metafísicas que son casi
directamente lo opuesto a las ideas que proviniendo del siglo
XIX se han adueñado de su mente. Mencionaré tres ejemplos.
Mientras
que las ideas del siglo XIX niegan o destruyen la jerarquía de
niveles en el universo, la noción de un orden jerárquico es un
instrumento indispensable del entendimiento. Sin el
reconocimiento de «los niveles del ser» o «los grados de
significación» no sólo no podemos hacer el mundo inteligible,
sino que no tenemos la menor posibilidad de definir nuestra
propia posición, la posición del hombre en el esquema del
universo. Sólo cuando podemos ver el mundo como una escalera y
cuando podemos ver la posición del hombre sobre esa escalera
podemos admitir que haya un significado para la vida del hombre
sobre la tierra. Puede que sea la tarea del hombre (o
simplemente, si así lo preferimos, la felicidad del hombre) el
obtener un mayor grado de realización de sus potencialidades,
un más alto nivel del ser o «grado de significación» que el
que obtiene «naturalmente», pero ni siquiera podemos estudiar
esta posibilidad si no aceptamos antes la existencia de una
estructura jerárquica. En la medida en que nosotros
interpretamos el mundo a través de las ideas grandes y vitales
del siglo XIX, estamos ciegos a esas diferencias de nivel,
porque nos hemos cegado.
Sin
embargo, tan pronto como aceptamos la existencia de los «niveles
del ser» podemos rápidamente comprender, por ejemplo, por qué
los métodos de la ciencia física no pueden ser aplicados al
estudio de la política o al de la economía o por qué los
resultados de la física (como Einstein reconocía) no tienen
implicaciones filosóficas.
Si
aceptamos la división aristotélica de la metafísica en
Ontología y Epistemología, la proposición de que hay niveles
del ser es una proposición ontológica. Yo ahora añado una
proposición epistemológica: la naturaleza de nuestro
pensamiento es tal que no podemos evitar el pensar en términos
de contrarios.
Es
fácil de advertir que a lo largo de toda nuestra vida nos hemos
enfrentado a la tarea de reconciliar contrarios que, en
pensamiento lógico, no pueden ser reconciliados. Los problemas
típicos de la vida no tienen solución en el nivel del ser en
el cual nos encontramos normalmente. ¿Cómo podemos reconciliar
las exigencias de libertad y de disciplina en la educación?
Innumerables madres y maestros, en realidad, lo hacen, pero
ninguno puede escribir una solución. Ellos lo logran
introduciendo en la situación una fuerza que pertenece a un más
alto nivel que trasciende a los opuestos: el poder del amor.
G.
N. M. Tyrell emplea los términos «divergente» y «convergente»
para distinguir los problemas que no pueden ser resueltos por el
razonamiento lógico en contraposición con aquellos que pueden
serlo. La vida sigue adelante por los problemas divergentes que
tienen que ser «vividos» y se solucionan sólo con la muerte.
Los problemas convergentes, por otro lado, son los inventos más
útiles del hombre; como tales no existen en la realidad, sino
que se crean en un proceso de abstracción. Cuando se resuelven
la solución se puede escribir y transmitir a otros que la podrán
aplicar sin necesidad de reproducir el esfuerzo mental necesario
para descubrirla. Si éste fuera el caso de las relaciones
humanas (de la vida familiar, de la economía, la política, la
educación, etc.), bueno, no sé cómo terminar la frase. No
cabría ninguna relación humana, todas serían reacciones mecánicas
y la vida sería una muerte viviente. Los problemas divergentes
compelen al hombre a esforzarse hasta un nivel por encima de sí
mismo, demandan fuerzas que provienen de un nivel más alto y,
al mismo tiempo, hacen posible su existencia trayendo amor,
belleza, bondad y verdad dentro de nuestras vidas. Es sólo con
la ayuda de estas fuerzas más elevadas como los contrarios
pueden ser reconciliados en una situación vital.
Las
ciencias físicas y matemáticas se ocupan exclusivamente de
problemas convergentes. Ésa es la razón por la que pueden
progresar acumulativamente y cada nueva generación puede
comenzar justo donde sus predecesores terminaron. El precio, sin
embargo, es muy elevado. Tratar exclusivamente con problemas
convergentes no conduce a la vida, sino, por el contrario, aleja
de ella.
«Hasta
los treinta años e incluso después —escribe Charles Darwin
en su autobiografía—, muchas clases de poesía... me
proporcionaban un gran placer y cuando era escolar me gustaba
mucho Shakespeare, especialmente las obras históricas. También
he dicho que en el pasado la pintura y la música me han dado
un considerable placer. Pero desde hace muchos años no he
podido leer una línea de poesía. He tratado últimamente de
leer a Shakespeare y lo he encontrado tan intolerablemente
aburrido que me ha dado náuseas. También he perdido casi por
completo el gusto por el arte y la música... Mi mente parece
haberse convenido en una especie de máquina para deducir
leyes generales en base a grandes colecciones de datos, pero
no puedo concebir por qué esto ha causado la atrofia de esa
parte de mi cerebro de la cual dependen las sensaciones más
elevadas... La pérdida de ellas es una pérdida de felicidad
y muy posiblemente pueda ser perjudicial para el intelecto y más
probablemente aún para el carácter moral debido a un
debilitamiento de la parte emocional de nuestra naturaleza.»
(Autobiography, de Charles Darwin, editada por Nora Barlow
(Wm. Collins Sons & Co. Ltd., Londres, 1958).
Este
empobrecimiento, tan vívidamente descrito por Darwin, ha de
aplastar toda nuestra civilización si permitimos que las
tendencias continúen con lo que Gilson llama «la extensión de
la ciencia positiva hacia los hechos sociales». Todos los
problemas divergentes pueden transformarse en problemas
convergentes por un proceso de «reducción». El resultado, sin
embargo, es la pérdida de toda fuerza superior que ennoblece la
vida humana y la degradación no sólo de la parte emocional de
nuestra naturaleza, sino también, como Darwin percibió, de
nuestro carácter intelectual y moral. Esos signos son visibles
hoy en todas partes
Los
verdaderos problemas de la vida, sea en la política, la economía,
la educación, el matrimonio, etc., son siempre problemas de
superar o reconciliar contrarios. Todos ellos son problemas
divergentes y no tienen solución en el sentido ordinario de
este término. Exigen del hombre no sólo el empleo de sus
poderes de raciocinio sino el compromiso de toda su
personalidad. Naturalmente, las soluciones espúreas son las que
siempre se proponen disfrazadas de fórmula mágica, pero no
duran mucho tiempo porque invariablemente descuidan uno de los
dos contrarios y así pierden la verdadera calidad de la vida
humana. En economía, la solución ofrecida puede dar libertad
pero no planificación o viceversa. En la organización
industrial puede dar disciplina pero no participación de los
trabajadores en la conducción empresarial o viceversa. En política
puede dar un liderazgo sin democracia o, al contrario, una
democracia sin liderazgo.
Tener
que tratar con problemas divergentes tiende a ser un trabajo
extenuante, preocupante y desgastador. Por eso la gente trata de
evitarlos y huye de ellos. Un ejecutivo que ha estado tratando
con problemas divergentes todo el día tendrá que leer una
historia de detectives o resolver un crucigrama en su viaje de
vuelta a casa. Ha estado usando su cerebro todo el día, ¿por
qué lo sigue usando entonces? La respuesta es que la historia
de detectives y el crucigrama presentan problemas convergentes
que le hacen descansar. Lo que quiere es un poco de trabajo
mental, inclusive difícil, pero de ninguna manera quiere el
extenuante desafío que es la característica específica de un
problema divergente, un problema en el que los opuestos
irreconciliables tienen que ser reconciliados. Son solamente éstos
los que en realidad hacen la vida.
Finalmente,
he de considerar una tercera clase de nociones que pertenecen
realmente al reino de la metafísica, pero que son consideradas
generalmente por separado; me refiero a la ética.
Las
ideas más potentes del siglo XIX, como hemos visto, han negado
o al menos oscurecido enteramente el concepto de «niveles del
ser» y la idea de que algunas cosas son más altas que otras.
Esto, por supuesto, ha significado la destrucción de la ética
que está basada en la distinción del bien y el mal,
proponiendo que el bien es más elevado que el mal. Otra vez los
pecados de los padres recaen sobre la tercera o cuarta generación,
que ahora se encuentra creciendo sin instrucción moral de ningún
tipo. Los hombres que concibieron la idea de que «la moralidad
es una tontería» lo hicieron con una mente llena de ideas
morales. Pero las mentes de la tercera o cuarta generación ya
no están equipadas con tales ideas, lo están con ideas
concebidas en el siglo XIX, es decir, que «la moralidad es una
tontería», que todo lo que parece «más elevado» no es nada
más que algo vulgar y mezquino.
La
confusión resultante es indescriptible. ¿Qué es el Leitbild,
como dicen los alemanes, la imagen que guía, de acuerdo con la
cual la gente joven puede tratar de formarse y educarse? No hay
ninguna, o mejor, hay tal confusión y mezcla de imágenes que
ninguna guía puede emerger de ellas. Los intelectuales, cuya
función sería la de solucionar estas cosas, dedican todo su
tiempo a proclamar que todo es relativo, o tratan los asuntos éticos
en términos del más desvergonzado cinismo.
Daré
un ejemplo al que ya he hecho alusión anteriormente. Es
significativo porque proviene de uno de los hombres más
influyentes de nuestro tiempo, el extinto Lord Keynes. «Por lo
menos por otros cien años», escribió, «debemos aparentar con
nosotros y con los demás que lo bello es sucio y lo sucio es
bello, porque lo sucio es útil y lo bello no lo es. La
avaricia, la usura y la previsión deben ser nuestros dioses por
un poco más de tiempo todavía.»
Cuando
hombres brillantes hablan de esta manera no podemos
sorprendernos si se genera una cierta confusión entre lo bello
y lo sucio, lo cual conduce a frases ambiguas mientras las cosas
están tranquilas y al crimen cuando cobran un poco más de
vida. Que la avaricia, la usura y la previsión (la seguridad
económica) deben ser nuestros dioses fue una brillante idea de
Keynes; él seguramente habrá tenido dioses más nobles. Pero
las ideas son las cosas más poderosas en la tierra y no es una
exageración decir que los dioses que él recomendó están
ocupando sus tronos en nuestra época.
En
las cuestiones de ética, como en muchos otros campos, hemos
abandonado nuestra gran herencia clásico-cristiana y lo hemos
hecho voluntariamente. Inclusive hemos degradado las palabras
imprescindibles para el desarrollo de la ética, palabras tales
como virtud, amor y templanza. En consecuencia, somos totalmente
ignorantes, sin ninguna educación en un tema que, entre todos
los concebibles, es el más importante. No tenemos ideas con las
que pensar y, por lo tanto, estamos dispuestos a creer que la ética
es un campo donde el pensamiento no hace ningún bien. ¿Quién
sabe en el día de hoy algo acerca de los Siete Pecados
Capitales o de las Cuatro Virtudes Cardinales? ¿Quién podría
inclusive nombrarlos? ¿Y si estas viejas ideas venerables son
consideradas corno inmerecedoras de nuestra atención, qué
nuevas ideas han tomado su lugar?
¿
Qué es lo que ha de tomar el lugar de la metafísica
destructora del alma y de la vida que hemos heredado del siglo
XXX? La tarea de nuestra generación, no tengo ninguna duda, es
la de una reconstrucción metafísica. No es nada parecido a
tener que inventar algo nuevo ni tampoco consiste en acudir a
las formulaciones de antaño. Nuestra tarea, y la tarea de toda
educación, es comprender el mundo presente, el mundo en el cual
vivimos y tomamos nuestras decisiones.
Los
problemas de la educación son meros reflejos de los problemas más
profundos de nuestra época. Esos problemas no pueden
resolverlos la organización, la administración o la inversión
de dinero, a pesar de que no negamos la importancia de todas
estas cosas. Estamos sufriendo de una enfermedad metafísica y
la cura debe ser por lo tanto metafísica. Una educación que no
consiga clarificar nuestras convicciones centrales es meramente
un entrenamiento o un juego. Porque son nuestras convicciones
centrales las que están en desorden y mientras la presente
actitud antimetafísica persista, tal desorden irá de mal en
peor. La educación, lejos de ser el más grande recurso del
hombre, será un agente de destrucción, de acuerdo con el
principio Corruptio optimi pessima. (*)
(*)
Fuente: E.F. Schumacher,
"El mayor recurso: la educación", en "Lo pequeño es
hermoso", publicada por Ed. Blume en 1978.
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