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EL
GENOCIDIO EN RUANDA
Por
Paula Lugones
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Una
sobreviviente del genocidio visita los restos de algunas
de las miles de víctimas.
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Muchas
veces, en lo antiguo y lo moderno, los hombres vomitan tormentas
de una violencia atroz. Hacia mediados de los años noventa,
inmensos ríos de sangre cubrieron la tierra africana de Ruanda.
En este país africano dos etnias abrigaban sentimientos de
enemistad. Los hutus (85% de la población) y los tutsis (la
minoría, representada por un 12%). El recelo entre los dos
grupos surgió en 1962 cuando los hutus tomaron el poder luego
de la muerte del rey tutsi. Entonces, unos 130.000
tutsis deberían abandonar su país. En 1994, el gobierno del hutu Juvenal
Habryrimana sentía la amenazante sombra de lo que se creía
era una inminente invasión de
los tutsis antes exiliados. El poder hutu entonces organizó
una gran matanza. Distribuyó machetes y azadas para perpetrar
un vendaval frenético de asesinatos y quemas de casas de los
tutsis. Una de las historias más desgarradoras que surgirían
después en la prensa internacional fue la de Kwibuka, de la
etnia hutu, y su esposa tutsi Francosise. Una banda asesina de
hutus obligó a Kwibuka a decapitar a su propia esposa. A pesar
del demencial genocidio, donde los hutus pasarían luego de
victimarios a víctimas, la comunidad internacional observó los
hechos desde la distancia y la indiferencia. En el país
africano no había grandes riquezas en oro, petróleo o algún
otro preciado recurso natural, que despertara el interés de las
naciones poderosas en intervenir para contener la avalancha de
muerte. Para recordar este genocidio, uno de los más recientes
de Este mundo contemporáneo (al que ahora se le debe agregar
trágicamente el caso de la población civil iraquí masacrada
por la maquinaria bélica de George Busch) presentamos aquí un
artículo que desarrolla con brevedad y precisión los ecos de
un largo abismo de horror.
Esteban
Ierardo
EL
GENOCIDIO EN RUANDA
Por
Paula Lugones
Mercellin
Kwibuka vive aún atormentado por aquella horrible decisión
que tuvo que tomar hace 10 años, en un remoto país africano
llamado Ruanda: debía matar a su esposa o él y su familia
serían asesinados.
Kwibuka es de la etnia hutu y estaba casado con una mujer de
la etnia tutsi. El, sin quererlo, fue uno de los protagonistas
de un genocidio espeluznante, concretado con garrotes, azadas
y machetazos, que duró sólo 100 días y que dejó al menos 800.000
muertos, según la ONU. Hoy se cumplen 10 años del inicio
de aquella barbarie, que transcurrió bajo la mirada impasible
de las potencias internacionales.
"Hemos venido por tu animal", le dijo entonces una
turba armada de hutus extremistas a Kwibuka, de 47 años, en
la puerta de su casa. "¿Qué animal?", preguntó él.
"Tu esposa", contestaron.
En la época del inicio del genocidio, Ruanda era un país de
casi 8 millones de habitantes. El 85% eran hutus, y el 12%
eran tutsis. Es fácil distinguir a simple vista una etnia de
la otra: los hutus son más bien petisos, de piel negra
azulada, nariz ancha y labios gruesos. En cambio, los tutsis
son altos y longilíneos, de un color más achocolatado, y con
la nariz y labios finos.
Tres años antes de la independencia de los belgas, en 1962,
el rey tutsi había muerto y los hutus se rebelaron y tomaron
el poder, obligando a exiliarse a unos 130.000 tutsis.
Entonces las tensiones étnicas comenzaron a ser fuertes, pero
el tema nunca había pasado de escaramuzas.
Pero en 1994, y cuando el gobierno del hutu Juvenal
Habryrimana se sentía amenazado por una posible invasión de
los tutsis desde el exterior, comenzó a organizarse el
genocidio. Desde las radios gubernamentales se incitaba al
odio y a la lucha racial. Pero todo se desató el 7 de abril
de 1994, al día siguiente de que el avión del presidente
ruandés fuera derribado de un misilazo por desconocidos.
El ladero del presidente, el terrorífico coronel Theoneste
Bagosora, tomó las riendas del poder y llamó a los hutus a
asesinar a los tutsis y a los hutus moderados que no querían
sumarse a las matanzas. Se distribuyeron machetes y azadas
como armas asesinas. Los hutus, enardecidos, los
decapitaban y quemaban las casas de sus vecinos. Medio millón
de mujeres jóvenes fueron violadas, según UNICEF.
Fue entonces cuando los hutus tocaron la puerta de Kwibuka,
según contó a The New York Times. El les dijo que su
esposa no estaba, que se había escapado. No le creyeron y
amenazaron de muerte a él y a sus hijos, de 12, 3, 4 años y
un mes. Al final, Francoise salió de su escondite y ofreció
la vida a sus verdugos. En el patio de su casa, uno de ellos
le asestó un golpe en la cabeza y luego gritó: "El
mismo debe matarla", señalando a Kwibuka. El se
negaba, pero ella, le imploraba: "¿Por qué vacilas?
Dios sabe que no eres tú quien me está matando". El
machete cayó sobre la cabeza de Francoise.
Los hutus también tendieron crueles trampas. Obligaron por
ejemplo a unos 5.000 tutsis a concentrarse en una iglesia en
Ntarama, en supuesto refugio, y luego les lanzaron granadas y
mataron a todos.
El genocidio terminó cuando los tutsis que estaban en el
exterior, que se aglutinaron en el Frente Patriótico Ruandés,
al mando de Paul Kagame, logró tomar la capital, Kigali.
Cuando vieron lo que había sucedido comenzaron a perseguir a
los genocidas (mataron al menos a 25.000) y muchos de ellos
huyeron con sus familias al vecino Congo, entonces llamado
Zaire.
Recién entonces comenzaron a aparecer las imágenes en los
medios. Las largas filas de mujeres y niños en inmensas
caravanas en medio de las montañas verdes. La desesperación
en la ciudad zaireña de Goma, donde la gente moría como
perros en las calles miserables y polvorientas. Hasta allí
los persiguieron y —según se estima— mataron hasta
200.000 hutus más. Los cuerpos flotaban en el lago Kivu,
donde la gente tomaba agua y lavaba la ropa.
A 10 años de la tragedia, Ruanda lucha por cerrar las
heridas. Los principales genocidas están siendo juzgados
en una corte internacional en Tanzania. El presidente ruandés
Paul Kagame lanzó una política de reconciliación nacional
que muchos consideran exitosa.
Los más sangrientos asesinos fueron a la cárcel. Otros, a
campos de reeducación para enseñarles a vivir en una nueva
Ruanda "para todos", donde no importen las
diferencias étnicas. Muchos de ellos aprendieron un
oficio, salieron en libertad, y han vuelto a vivir en sus
casas, muy cerca de los familiares de sus víctimas.
Kwibuka fue encarcelado tras confesar que mató a su mujer,
pero el año pasado fue liberado por una amnistía, junto a
otros 23.000 presos. Lo primero que hizo fue pedir perdón a
los familiares de su esposa y explicarles a sus hijos qué había
pasado exactamente aquella noche, hace 10 años. (*)
(*)
Fuente: Paula Lugones, "A
diez años del genocidio, Ruanda busca la reconciliación",
editado en Diario Clarín, Buenos Aires, 2004.
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