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LA
LUZ DE LOS OTROS

Observamos
el rincón de Este Mundo con la óptica de Paz Errázuriz
(*), fotógrafa y licenciada en Educación de la Universidad Católica
de Chile, que a través del objetivo de su cámara nos vuelca en
el Hospital Psiquiátrico del pueblo de Putaendo (llamado en la
actualidad
Philippe Pinel). Allí, revela un universo de amor poco explorado:
el cariño entre los pacientes que expresan la ternura con sus
manos y abrazos, miradas y contactos. Con el cuerpo entero.
Las artísticas fotos son acompañadas por tres textos
que vivimos al encontrarlos, como si estuvieran declarando un
mensaje claro, cuya clave para descifrarlo tal vez nos falte.
Por ello, intentamos aproximarnos mediante Los Otros, que describe
la manera común y reduccionista de observarlos. Por Ellos, un
poema de agradecimiento a ellos. Y, el último: Discapacidad, que
expresa nuestra incapacidad comunicativa e intolerancia para relacionarnos
con lo distinto.
A.M.
LOS
OTROS
Por
Andrés Manrique

Los que están siempre en una
plaza, en las escalinatas de un teatro, a la salida de tu casa.
Los que siempre estuvieron. El loquito de la esquina, la mendiga,
el que está agazapado y grita cuando pasas. Los bichicomes del
barrio. Los distintos, los otros.
Ahí afuera, como de costado, o bien adentro, ocultos, encerrados.
El que por ahí anda zigzagueando con la mirada tan en otra que le dicen "perdida". Esa mirada en la que el niño late: fascinada, encendida, siempre brillante. Viva. Inquieta ante, despierta oblicua indirecta. Inquietante. Tan distinta con la que nos cruzamos a diario y tal vez ni siquiera mirada, sino visión continua que no hinca ni apela, sino enlaza envuelve rodea.
Esos. Los que "deberían estar internados": los tontos, los bobos, los mogólicos. Y es que resulta tan tranquilizador tatuarles algún epíteto, nominarlos, tantas veces lobotomizarlos, "porque son un peligro para la sociedad", dicen unos, o "hay que protegerlos de sí mismos", presumen los compasivos: "es la única forma de cuidarlos".
Y ahora estamos frente a ellos. Los vemos, te miran, son ellos, los sueltos, los fuera de serie que no necesitan aferrarse a algo, que otras dos manos les bastan, están satisfechos, repletos de afecto.
Los veo ahí encerrados, adentro del hospital psiquiátrico y no puede dejar de apenarme su estado. No puedo observarlos demasiado sin soltar un "pobrecito" lastimoso, y así me pongo cuando realmente los veo: ahí abrazados, acariciándose, de la mano, sonriendo, quizás danzando, con esa llama de adentro que le ilumina las caras. Entonces empiezo a pensar que el "pobrecito" es para mí, y que la ristra de palabras vacuas que intentaban encasillarlos, no hacen más que definir alguna de mis partes.
"Mejor están ahí, porque mirá si.", recuerdo que alguien me dijo. Y claro, tal vez sepan algo que los normales hemos vedado.
Y yo acá clavado, con la vista acechándolos, mis ojos apagados que escapan de lo distinto, no vaya a ser que se salga de la matriz de la ciencia humana o exacta, bien abrigadita bajo la gruesa colcha de lógica -tautológica- que no transforma, que no disloca, que poco aporta cuando aplasta, somete y recorta. Desde ella son perfectamente intolerables (a lo sumo interesantes para el difunto análisis), pero inclasificables por ese destello tan claro y esa manera distinta de ver, de sentir, de mirar: esa manera de ser.
Porque no se someten a nuestros mandatos, porque son siempre espontáneos. Tal sea eso lo que no toleramos: que sean siempre ellos.
Y así los dejo -me quedo- tras las rejas que forjan mis miedos. Pavores que obturan distintos sentidos. Terrores de ver a través del otro, niebla que nubla los prismas diversos, esos en que no me atrevo y que por miedo cancelo.
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POR ELLOS
Los que tal vez me digan: estás equivocado.
Los que se fijan en otra cosa distinta a la que señalamos.
Los que no aceptan "esto es así" porque están en otro lado.
Los que expresan de mil formas no hay un camino que sea el único.
Los que me dicen distinto que existen otros estados,
aunque los niegue huyéndoles, aunque encierre y maltrate,
aunque la lógica resguarde el ámbito, celosa,
por carecer del entendimiento necesario para comprender
al que baila, ríe, llora cuando debería escucharla.
El que no se amolda ni adapta a normas.
El auténtico, sin reglas, sin esquemas, sin poéticas ni fórmulas.
El que no es atado por el peso de estos o de aquellos.
Por los indoblegables que no necesitan la aprobación del resto.
Tan claros en su juego, ese mundo que no disecciona, diseca ni esconde.
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DISCAPACIDAD
Trato de hablarle, no me mira. Trato. Intento abordarlo de la única manera que sé.
Lo veo ahí adentro y quiero saltar la reja, probar ese otro lado, acercarme al que se sienta sobre otra tarde, en el mismo banco, con los mismos giros que da acompasados.
Me acerco, lo encaro. Me siento en el suelo, intento ayudarlo. No está mirándome, como si no le importara, sus ojos siguen cometas invisibles a los míos, insensibles a ellos. Continúa hamacándose y, de tanto en tanto, estira el cuello y los tendones unidos a las clavículas resaltan como tensos elásticos.
Lo toco, sonríe.
Le hablo, con muecas me ríe.
Quiero que entre en razones, en estas. Sigue girando. Yo hablando cada vez más rápido, con miedo a que empiece a girar este lado, a escapar, a volcarse, a desarmarse en partes. Temeroso de que a mí también me pase le lanzo la cascada con toda la voz para ver si puedo apagar su murmullo. Intento enlazarlo, frenarlo con las palabras, únicos cabos con que busco amarrarlo. No encuentro la forma, no para de moverse, como diciéndome: me importan un pito tus referentes. El "¡Estúpido!" me asalta, se me escapa como un chorrito. No hay caso.
Él responde a otro lado, con un hilo de baba delgado que le asoma de la boca, se bambolea, estira y contrae con restos de leche pálidos, se sigue estirando y se corta a centímetros de los labios cicatrizados que reciben el chicotazo, mientras la otra parte me pegotea el tobillo. Sigo hablando en contra de ese murmullo, eso que apenas suena pero intuyo que brota del otro lado y con el grito pretendo cercenarle el tallo.
Gritando me paro. Tras los gritos estoy a salvo. "¡Idiota!" surge entre las frases cuando la agitación ya está por ahogarme.
Vuelvo a sentarme en frente hasta que me mareo mirándolo, me dan náuseas, me arrodillo y lo tomo para frenarlo. No para. Intento fijarle la vista, no puedo, sigue girando, me paro. Me clavo. Lo miro, soy yo. Firme de este lado, ¿o no? ¿Me está mirando? Vuelvo al discurso que no entiende -fácil, me explico-. Me explico, eso necesito, encontrarle un motivo, atraparlo con las mallas de palabras normalizadas. Extiendo la red razonante y le hablo, no tolero que se escape, el vacío que se establece entre lo suyo y lo mío, ese murmullo que perfora la red como un ácido y que ensancha la brecha cuando dejo de hablarle.
Ahí, por ahí presiento que me quiere decir algo, que murmura lo que no estoy dispuesto a aceptarle, el enunciado para el cual el lenguaje, la lógica, lo real, son herramientas inútiles, casi deleznables.
Sin la convención, cómo aguantar. Me quedo seguro de este lado y para traerlo lo sacudo de los hombros ahuesados. Nada. Lo suelto por temor a romperlo, así como se deja hacer, tan fláccido. Es flaco.
Él sonríe, sigue. Otro poco, no entiendo su respuesta, algún otro lado estará mirando. Cómo es que esos negros ojos puedan brillar tanto, quién los está iluminando. El brillo no es soportable, esa mirada que no apela, inapelable, que observa otros bordes y desde otros costados, esa vista que no hinca, sino que rodea, enlaza y gira como él ahí sentado. Temo que agujeree con su cuerpo-tornillo el banco, que lo transforme en otra cosa informe y que haga de eso algo raro. ¡Quién se cree! Lo zamarreo enloquecido mientras él se muerde los puños. Se me suelta, ¿lo suelto? Cae del banco. No me mira, pertenece a otro espacio que parece disfrutarlo disuelto, libre, ajeno al resto.
Le doy unas patadas ahí en el suelo, en los omóplatos que le sobresalen como aletas de foca, quiero que me mire, que se digne por un momento. Después arremeto con las manos enteras que le golpean la cara, para que deje de mirarse los párpados, las cejas, tal vez eso que ve tan claro y que para mí está vedado, quizás ese más acá tan cerca del que me alejo pegándole. Ah, pero me descargo: cuanto más le pego, más seguro me siento y más quiero eso. Me cansa, me canso. Paro.
Vuelve a sentarse y girar sobre su eje, en torno a su centro, babeando una sonrisa, burlándose de Esto.
Me acomodo la ropa sin saber qué más hacer, qué hacer con Esto. Por qué o para qué. Qué es Esto.
Siento anestesiado el cuerpo, relleno de estopa. Los puños y nudillos como con algodón adentro. Él sigue ahí, ¿dónde? Apelotonado, ahora agregada la sangre a la saliva que su camiseta absorbe.
Lo miro, intento escupirlo, no puedo. Impotente, idiota, estúpido, sediento.

(*) La licenciada Paz Errázuriz, autora de las fotos, se ha especializado en talleres de fotografía del I.C.P. de Nueva York, Estados Unidos (1993). Es Profesora diplomada en Fotografía, Centro de Extensión de la Universidad Católica de Chile y socia fundadora de la Asociación de Fotógrafos Independientes. En su trayectoria ha recibido las becas J. S. Guggenheim (1986), Fundación Andes (1990), Fulbright (1993), FONDART (1994 y 1999).
Estas fotografías y muchas más han sido publicadas en el libro El infarto del alma Francisco Zegers Editor (1994, 2da. Ed. 1999). Allí se acompaña a las imágenes con un precioso relato en el que junto a Diamela Eltit, su colaboradora, cuenta las experiencias adentro del psiquiátrico. |