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Hombre fuera de foco. Foto de Nayla Fernández. Hombre distorsionado
y despojado de nitidez entre los remolinos del tiempo del consumo,
la moda fugaz y el desecho.
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"El
noble buque Mobro, una chalana de basura, zarpó de Long
Island con una carga de 6.200.000 libras de desechos
embalados."1 Este buque es un símbolo emblemático de la grave
crisis de desperdicios sólidos que enfrentaba Norteamérica en
1987.
El
desperdicio se estableció en nuestros tiempos como una norma
necesaria del progreso dado que la desechabilidad combina el acto de
usar con el de agotar promoviendo mercados ansiosos por más. Los
productos desechables tienen un atractivo popular que refleja
nuestros cambiantes valores sociales y deja a la vista la
desvalorización que existe por la permanencia: las personas ya no
están atadas a las cosas de la manera en que solían estarlo.
El
ser moderno que vive en la sociedad de consumo trajo aparejada una
quinta necesidad: la novedad, necesidad que produjo un gran
excedente de desperdicio, una acumulación de basura,
característica de los tiempos modernos. Para las sociedades de
consumo lo importante no es que sus adquisiciones sean duraderas,
sino que sean lo último de lo último. Lo viejo lo guardan en el
fondo de algún baúl o lo tiran. Así el capitalismo mediante la
continua generación de mercados, convirtió a la desechabilidad y
al desperdicio en la columna vertebral del sistema. Este sistema
produjo la crisis de la basura instalando en la sociedad prioridades
del mercado que junto a las capacidades productivas desvirtuaron las
necesidades y los deseos de los seres humanos generando una
despreocupación alarmante. "En las ocasiones en que pasamos
por un basurero, hay una escasa sensación de pertenencias
personales. No se nos ocurre que son nuestros desechos."2
En
este sentido, Walter Benjamin señaló que la autoenajenación del
ser humano "alcanzó tal grado que puede experimentar su propia
destrucción como un placer estético de primer orden. En la
representación y estetización del desperdicio, el fenómeno
moderno del estilo juega un papel fundamental. En el mercado, la
innovación del estilo contemporáneo se traduce en consumir, agotar
y volver a consumir. La cualidad esencial de la sociedad de consumo
hizo del estilo cambiante una característica de la vida económica
y de la percepción popular. Los "recuerdos" del estilo
son abundantes y variados, y se pueden encontrar en toda materia que
exprese algo del hombre. Las películas, rostros, música, danzas,
pinturas, textos, manías y caprichos que fueron recogidos por los
medios muestran las características estilísticas de cada fragmento
de la historia de la humanidad.
Resulta
escalofriante sentir la indiferencia del hombre moderno sobre sus
pares, la naturaleza y los objetos. El frenético mundo del burgués
preocupado por todo lo material, egoísta, necio, abstraído en el
cosmos del billete, en la construcción de nuevos estilos para que
no se pare de consumir, tiene su lugar en las grandes ciudades
postindustriales.
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Tres
rostros superpuesto. Foto
Nayla
Fernández. Miradas de caminos sin integración
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En estas ciudades las personas se entrecruzan en
su andar como si no tuvieran nada en común, a ninguno se le ocurre
dirigirse al otro, aunque sea a través de una mirada. Son masas
amorfas de individuos aglomerados en breves espacios. Individuos
vacíos, que se encuentran solos, que viven en un estado de
aislamiento, alienados.
Baudelaire
sucumbe a la violencia con que la multitud lo atrae hacia sí y lo
convierte en flaneur, en uno de los suyos; por otro, la conciencia
del carácter inhumano de la masa no lo ha abandonado jamás. Se
convierte en cómplice de la multitud y casi al mismo tiempo se
aparta de ella. Bauldelaire expresa la enajenación del ser humano,
la alineación respecto del otro. Ve a la multitud como un signo sin
retorno del tiempo. Tiempo que se halla desintegrado en forma
desconcertante. El tiempo está objetivado, los minutos cubren al
hombre, que corre tras el reloj. Este tiempo es un tiempo sin
historia, sin pasado y tan acelerado que desconcierta.
Esta
alienación se vive también en el campo de la arquitectura, donde
el costo y la velocidad fueron impulsoras de la construcción
tecnológica. La sociedad de consumo se encargó de marcar la
decadencia de las antiguas prácticas de ahorro y conservación, por
lo que en estos días las construcciones tienen una vida más corta
que los hombres que la construyeron.
A
propósito de este tema, Benjamin
resalta el uso del hierro en la
construcción como una contribución a la renovación de la
arquitectura. El uso del hierro lleva a una evolución acelerada del
campo de la arquitectura e impulsa la creación de rieles de hierro
para locomotoras, generando el auge de los soportes metálicos.
Benjamin plantea la utilización del hierro y del vidrio en
construcciones de carácter transitorio y lo asocia a la tendencia
enfática de estos tiempos de eliminar lo anticuado. El estilo se
apodera de los viejos cimientos para renovarlos y decorarlos a la
moda con el fin de ser devorados por los consumidores empedernidos.
El círculo vicioso se repite: se consume, se agota y se vuelve a
consumir.
En
medio de tanto desperdicio de tanta obsesión por lo nuevo, por lo
último; en medio de tal aceleración de la historia comienzan a
surgir pequeños grupos que rechazan y repudian esta forma de vivir
y construir la historia. Esta oposición construye nuevos estilos,
creando culturas alternativas donde nuevas ideas intentan moldear
una nueva cultura cuyos símbolos rechazan la sociedad oficial y sus
reglas. Estos nuevos movimientos cautivan a la gente joven, sector
más lucrativo del público consumidor de estilo, deseoso por
innovar, por producir un cambio, por generar estilos renegados.
Estas subculturas se erigieron con la idea de cambiar las
arrasadoras industrias del estilo, tratando de rescatar al hombre de
la multitud, de lo mundano para brindarle la posibilidad de
recuperar sus necesidades y deseos más arcaicos.
El
advenimiento de las contraculturas
Guerra;
paz y amor; remeras psicodélicas; pantalones campana; pelo largo;
el sol y la naturaleza; Woodstock; pantalones negros; clavos;
tachas; cinturones; cadenas; pelados; lo negro; lo sin sentido; la
destrucción; la protesta; el bricolaje. Todas éstas son algunas de
las características estilísticas de los movimientos alternativos
que repudiaron la sociedad capitalista de consumo entre los sesenta
y los ochenta.
Tanto
los hippies, como los punks o los skinheads renegaron contra
industrias como la del cine (tipo hollywood), la de la publicidad y
el obsoletismo que son las principales «máquinas impulsoras» del
sistema capitalista.
La
industria hollywoodense del cine desde sus comienzos ofreció una
visión del consumo como espectáculo. En sus producciones el
desperdicio es elevado al nivel de entretenimiento en su expresión
más completa. En tanto, la publicidad proporciona un espectáculo
diferente, otra variante del tema.
El
mensaje comercial representa en sí mismo la normalización del
desperdicio y materializa el ideal del consumo. El terreno de la
publicidad se define como el destructor y el creador en el proceso
de lo nuevo siempre en evolución. Carteles espectaculares,
pantallas municipales, backlights, displays, packaging; un universo
de cosas creadas en función de la publicidad, que invaden las
grandes metrópolis y sus increíbles autopistas.
Calle con
manequem. Foto Helmut
Newton. Marc Bohan para Christian Dior. La
publicidad de su efecto de leve y constante renovación. |
El
obsoletismo se funda en un ambiente de cambios donde el modelo de
vida se basa en patrones de consumo obsesivos que le producen un
gran placer al consumidor. "Ya no esperamos que las cosas se
acaben lentamente. Las sustituimos por otras que no son más
efectivas, sino más atractivas." La publicidad se convierte en
un recurso significativo para impulsar hacia delante el mercado y
funda la base sobre la que se erige la gran sociedad capitalista
norteamericana. El papel de los medios masivos de comunicación en
el desarrollo del obsoletismo fue fundamental dado que lo lleva,
durante los años treinta, a ser el sustento básico del ideal
lujoso de la prosperidad suburbana. Una frase de Gordon
Lippincott reafirma lo dicho: "nos hemos acostumbrado tanto al
cambio que como nación lo damos por supuesto… la aceptación del
cambio hacia una vida mejor, es en efecto, la mayor ventaja
norteamericana. Es el movilizador principal de nuestra riqueza
nacional".
El
obsoletismo fue el motor de la lógica del desperdicio: la
ideología de vivir el momento que estimula el mercado y evita la
cuestión del futuro, excepto en la medida en que el futuro es
definido por artículos nuevos, mejorados para comprar.
El
hombre de la multitud que habita las cities industriales sufre de
una psicosis de compra masiva. Este hombre es seducido por todas las
técnicas publicitarias que se han desarrollado, vive embriagado
bajo sus efectos; anhela a la mercancía y al acto de consumir
respetándolos más que a su vida. La publicidad trata de
convencerlo de que necesita un producto nuevo antes de que el viejo
se agote. Las técnicas son variadas. En ciertas ocasiones la
publicidad utiliza el diseño industrial y el diseño de productos
para imprimir en la memoria del consumidor "un mensaje"
logrando perdurar en su mente. Así este hombre enajenado cae en el
juego de la psicosis de compra masiva.
La
publicidad busca transmitir un lugar común entre el hombre
consumidor y la mercancía y lo hace mediante lo estilístico por su
plasticidad y su susceptibilidad para recibir una forma.
Esta
macabra herramienta produjo que los movimientos contraculturales
más relevantes que fueron surgiendo, se convirtieran en otro
elemento distinguido de la sociedad capitalista. Nada le puede
escapar. Cuando surge una cultura alternativa crea sus propias
marcas, tiene rasgos particulares que la identifican y que sólo son
utilizados por quienes la fomentan. Pero todo buen burgués tiene ojo
para los "negocios". Cuando estos movimientos
estilísticos congregan números importantes de personas nunca falta
alguien que vea la "ganancia" y decida comercializarlo.
Conforme el nuevo estilo se convirtió en un estilo comercializable,
se volvió lo opuesto de sí mismo. "Todos empezaron a vestirse
con la onda punk porque es fashion y quedaba lindo". Esta
jugada hace que aquello que no significaba nada, pase a significar
algo, haciendo fracasar la idea primera de las distintas subculturas.
Cuando éstas se convierten en un estilo de mercado ingresan al
ciclo del desperdicio volviéndose algo desechable.
La
máquina voraz arrasa en todos los campos de expresión, saca de
contexto al lenguaje y al estilo y los transforma en un algo sin
sentido. En este proceso se pierde el significado y se los reduce a
la categoría de mercancía. Cualquier significación o valor que
pudiera tener la expresión en el contexto de su evolución inicial,
era ahora más apreciado por su valor de intercambio, por su
capacidad para convertirse en algo mundano.
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Representación del cuadro Las
Meninas. Foto Joel-Peter Witkin. Transformación o reciclaje
de obras insignes del pasado.
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Una vez que este valor
entró en el círculo comercial y se consumió, la frase se reduce a
la condición de materia de desecho cultural, es entonces cuando los
publicistas y los mercaderes del estilo se deslizan hacia algo
nuevo, hacia otro estilo que puedan devorar.
Al
producirse estos desperdicios se va perdiendo la noción de memoria
en la historia, cosa que aleja aun más al hombre de sus deseos y
necesidades primeras.
Viaje
y memoria
El
individuo de la sociedad de consumo no tiene recuerdos que estén
empapados de valores que lo vuelvan a traer a su realidad de hombre,
él vive cómodo en las grandes ciudades, inmerso en su psicosis del
consumo y preocupado por obtener mercancías. Mientras esto sucede
la historia se desintegra, deja de ser una manera de comprender el
mundo. Cambia de la esfera de los seres humanos comprometidos en
relaciones sociales, motivados por el interés, la circunstancia y
la experiencia, a la esfera de los objetos, de las mercancías
abstractas para comprar y vender.
La
memoria es encapsulada en el mundo de la depresión donde el pasado
es evocado a través del estilo, desvirtuándolo. El estilo codifica
nuestra percepción del pasado, puede ocupar nuestro presente y dar
forma a nuestras expectativas del futuro. El individuo de la
sociedad de consumo es incapaz de ver mas allá de las fachadas del
mercado del estilo por eso es necesario que recupere la memoria.
Esta memoria le devolverá sus pulsiones más arcaicas y revalorará
lo antiguo, le devolverá la experiencia llena de sentimientos que
lo conmocionará, que le reinyectará el sentido a todas y cada una de
las cosas del universo.
Cortázar
y Dunlop nos brindan en su libro "Los autonautas de la
cosmopista" una forma de volver a lo arcaico, a lo antiguo y
poder trascender el mundo actual. Esta forma es el viaje y el
descubrir para revivir al ser humano moderno enajenado en el cemento
y bien vestido que sólo vive la rutina del día a día sin
permitirse descubrir que hay del otro lado de la esquina.
En
este libro Cortázar y Dunlop realizan un viaje entre parís y
Marsella con el fin de recorrer y descubrir el mundo que une estas
dos ciudades. La idea de viaje que toman es la idea antigua de
viaje, donde el fin del viaje es conocer, descubrir terrenos
inexplorados por el hombre, asombrarse para poder salir, escaparse
de la multitud urbana. En este viaje los personajes viven
intensamente todo lo que les ocurre y se dejan deslumbrar por lo que
van conociendo, explorando, dejándose atrapar por la magia de lo
arcaico. Cortázar narra: "Es entonces cuando empiezo a vivir
de otra manera todo lo que he visto y oído esta tarde, cuando el
niño sale de casi sesenta años de sueño y vuelve a entender a su
manera los episodios que le están mostrando y narrando." En
este viaje los autores logran transformar lo "urbano" por
lo "antiguo", por lo arcaico, cambiando la sensibilidad
del hombre por la naturaleza.
En
los tiempo que corren necesitamos realizar vivencias como éstas
para poder recuperar nuestra conciencia y poder escapar de entre las
garras de la multitud que nos hunde en lo más profundo de las
ciudades modernas.
Crónica
de una muerte anunciada
La
crisis de la legitimación del capitalismo tardío, la crisis
política y social y el advenimiento de la sociedad postindustrial
tiene que entenderse desde su relación dialéctica con la crisis de
la cultura, el final de la modernidad. Hoy nadie cree en el porvenir
de la revolución y el progreso, los individuos desean vivir el
aquí y el ahora donde su realización más plena coincide con su
fugacidad. Esto lleva a la realización deformada de la razón de la
historia. En esta vorágine, la creencia en una historia unitaria,
dirigida hacia un fin, fue sustituida por la perturbadora
experiencia de la multiplicación indefinida de los sistemas de
valores y de los criterios de legitimación que se limitan a su
propia reproducción. Este panorama plantea una situación crítica
de crisis porque no es posible hablar de historia ni de las
gramáticas del tiempo como progreso, como transformación social.
Es
evidente que se necesita un cambio, volver a recuperar la memoria y
nuestras ansias por descubrir. Reencontrarnos con los valores
primitivos del hombre donde nuestro planeta Tierra y su naturaleza
tenían un sentido particular, donde nuestros pares invocaban el
respeto mutuo, donde la felicidad no se basaba en algo tan
desechable y abstracto como lo es una mercancía. La sociedad del
consumo tiene que encontrar una fuerza integradora que la ayude a
superar las contradicciones en las que está inmersa para poder
dominar la crisis política, social y cultural en la que se
encuentra (tiene que salirse de la chalana de basura).
El
subdesarrollo es necesario para que el sistema capitalista continúe
vigente. Ser un país subdesarrollado es una situación imposible de
invertir dado que forma parte del círculo vicioso. En estos
últimos tiempos en la Argentina y en el mundo se están viviendo
sucesos que están advirtiendo el límite de saturación posible. La
crisis mundial llegó a una magnitud de tal índole que no hay
vuelta atrás. Entramos en la cuenta regresiva donde el tiempo se
desvanece llevándose consigo la posibilidad de recuperar la
historia. El cambio es inminente.
La
Capital porteña es invadida desde temprano por masas amorfas de
individuos aglomerados que corren preocupados por el tiempo sin
siquiera reconocer al otro. Se llena de individuos totalmente
abstraídos que se chocan entre sí y sólo se preocupan por volver
a acomodarse el sobretodo; que caminan a tranco ligero con la mirada
clavada en el piso. Individuos que esquivan personas que mendigan
como si estuviesen esquivando el desperdicio de algún perro, los
miran con desprecio y fruncen la nariz como si olieran algo
nauseabundo. Luego se internan en sus escritorios para volver a
salir después de la jornada de trabajo. Se sumergen en la masa que
avanza lentamente hacia ningún lado. Mugre, gente, pobres, gente,
vendedores ambulantes, gente, puestos de diarios, gente, autos,
taxis, gente, semáforos, polución, gente, bocinazos, subte,
mendigos, lustra zapatos, parquímetros, gente, fuego, bancos,
manifestaciones, vallas, gente, las abuelas, palomas, desperdicios,
gente, piqueteros, policías, represión, muerte. Caos. Al final del
día la ciudad queda silenciosa, la quietud es admirable. Florece la
vida nocturna. Los vagabundos se apoderan de los rincones más
resguardados; los mendigos revuelven los recipientes de basura; la
suciedad pulula y se mueve para donde la lleve el viento mientras los
barrenderos intentan apresarla en enormes bolsas. (*)
(*)
Fuente: Trabajo
realizado por Nayla Fernández en el contexto de la materia
Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo de la Carrera
de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires
en el año 2002.
Bibliografía
•
Stwart ewen, «La forma busca el desperdicio», Módulo I de
Comunicación II - Mangone, Secretaria de Publicaciones de la
Facultad de Ciencias Sociales, 2001.
•
Ficha práctica II de Ciudad y Naturaleza PCPC-Casullo, Secretaria
de Publicaciones de la Facultad de Ciencias Sociales, 2002.
•
Josep Picó, «Prefacio» Modernidad y postmodernidad, Módulo I de
PCPC Casullo, Secretaría de Publicaciones de la facultad de
Ciencias sociales, 2001.
•
Nicolás Casullo, «Itinerarios de la modernidad», Eudeba, 2001.