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Retrato
de Jean Baptise Poquelin, más conocido como Moliére. |
Han
transcurrido más de tres siglos desde que Jean Baptiste Poquelin,
una de las figuras sobresalientes de la segunda generación de
clásicos de la literatura francesa del siglo XVII, más conocido
como Moliére, legara a la cultura universal una producción
teatral en la que, al igual que Shakespeare en la suya se
encuentran caracterizadas de forma magistral ciertas modalidades
particulares de la conducta humana. El gremio de los médicos,
quizá más por tradición corporativa que por conocimiento
literario, ha considerado las obras de Molière como otras de las
tantas formas agresivas con que los escritores de todos los
tiempos se han ensañado con nuestra noble profesión.
En este
artículo, escrito por un médico y una psicóloga y destinado a
otros médicos, se intenta rescatar de esas invectivas, más allá
de su acre sabor inicial, el profundo sentido ético y moralizador
que encierran. Para ello ha resultado conveniente realizar, luego
de un breve recuerdo de la biografía de Molière, una somera
revisión del entorno histórico y del estado de la medicina y la
práctica médica de su tiempo.
Vida de Molière
Molière fue un
hombre cuya vida atesora una abigarrada combinación de éxitos y
fracasos, alegría y desgracias, ascensos y caídas, soportados
por un ser humano que supo administrar el privilegio de poseer una
afinada capacidad de observación junto a un insuperable ingenio.
Ambas condiciones le permitieron concretar, a través de sus
escritos, agudas y acertadas consideraciones sobre la condición
humana. La biografía. que a continuación puede leerse ha tenido
como guía fundamental el meduloso libro publicado por Ramón
Gómez de la Serna en 1951.
Jean Baptiste
Poquelin, nacido en París a principios de 1622, fue el
primogénito de un matrimonio burgés acomodado. Su madre, María
Cressé, falleció cuando el niño tenía apenas 10 años luego de
enseñarle a leer con una edición de Vidas de Plutarco.
Durante su
adolescencia, acompañado por su abuelo materno, conoció el arte
de los trashumantes actores italianos enharinados del Pont Neuf,
afectos a la Commedia dell´Arte mientras que, con su abuelo
paterno, feriante de Saint Germanin, pudo vincularse con la gente
común de ese pintoresco barrio parisino. En 1631 su padre compró
el cargo de tapicero ordinario de la Casa Real, anexo al de
´Valet de Chambre´ del Rey.
A partir de 1636
y durante tres años, Jean Baptiste cursó estudios de humanidades
en el Colegio Jesuita de Clermont ( College Louis LeGrand),
institución que aunque admitía jóvenes nobles y burgueses,
mantenía severas diferencias en el trato aplicado a sus alumnos
en relación con su origen social. Durante ese lapso aprendió
latín y algo de griego, frecuentó los clásicos, participó en
representaciones teatrales, escribió algunos versos y asistió a
las clases dictadas por el filósofo epicúreo Gassendi, de
conocida vida licenciosa. En 1641, en la Universidad de Orleáns,
se graduó de abogado, profesión que nunca ejerció pero cuyos
conocimientos le sirvieron para adornar con propiedad la trama de
algunas de sus obras. Al año siguiente, ejerciendo el cargo de
Valet de Chambre acompañó a Luis XIII en un viaje a Narbonne.
En 1642 contrajo
relaciones con la familia Bejart, de conocida actividad teatral, a
la que pertenecía Magdalena, hermosa y respetada artista de vida
turbulenta que, cuatro años antes y antes de conocer a Molière,
había concebido una hija que fuera bautizada como Armanda Hervé
y cuya paternidad fue más tarde , de forma malévola, adjudicada
a Molière.
Retrato de
Molière
La fuerte
atracción ejercida por la personalidad de Magdalena provocó el
1643 la ruptura con su pasado burgués y la dedicación definitiva
a las tablas, concretadas en la cesión de su cargo de Valet Real
a su hermano y la incorporación contractual con los Bejart –
herencia maternal mediante – adoptando desde ese momento y para
no mancillar su apellido. El seudónimo de Molière al parecer en
memoria de Francisco Molière, escritor popular asesinado en 1625,
a los 20 años de edad (Encic. Rialp).
La nueva
compañía, denominada El Ilustre Teatro, culminó su actuación
con un rotundo fracaso económico y la contracción de importantes
deudas que, en dos ocasiones condicionaron la prisión la prisión
de Molière, redimidas ambas con sendos préstamos paternos.
En 1645 la
Compañía abandonó París e inició un periplo artístico por el
interior de Francia que duró más de 12 años y durante el cuál
muchas veces representó obras al estilo italiano, basado en la
improvisación en escena. En esa gira enfrentó penurias y
fracasos antes de alcanzar, más tarde, el éxito teatral que le
permitiría mejorar su condición económica.
En 1653 Moliére
estrenó su primera obra, El atolondrado, en la que comprobó que
su voz y su genio actoral se adaptaban mejor para la vis cómica,
con la que habría que alcanzar sus mayores triunfos escénicos .
Ese mismo año actuó frente al Príncipe de Conti, ex
condiscípulo de Clermont, que facilitó su nombre a la
compañía.
En 1658, luego
de un prolongado exilio fuera del ambiente de París, contando ya
con una posición económica desahogada y con un ganado prestigio
teatral, pudo presentarse con su compañía en el Louvre y frente
a la familia Real poniendo en escena una obra de Corneille a cuyo
final, con la autorización de Luis XIV, estrenó su obra El
Doctor enamorado. La buena acogida de esta pieza teatral
acrecentó su fama haciendo que su compañía, poco tiempo
después, se transformara en la Comañía de Monsieur, hermano del
Rey.
Para ese
entonces Armanda , la hija de Magdalena Bejart, convertida a la
sazón en una bella mujer y en una aceptable artista de teatro,
despertó en Molière una intensa pasión que lo llevó a su
matrimonio en 1662, rotulado como incestuoso por algunos de sus
detractores.
En 1663 Luis XIV
apadrinó el primer hijo de Molière y acordó a su compañía un
subsidio de 1.000 libras anuales. Este mecenazgo estimuló su
fecunda creación artística no interrumpida a pesar de la muerte
prematura de su primer hijo., las graves desavenencias
matrimoniales e infidelidades de su joven esposa y las frecuentes
recaídas de su proceso pulmonar crónico.
Mientras dispuso
del favor real, Molière continuó con su tarea autoral y actoral
superando con entereza sus infortunios personales y la constante
crítica de sus competidores. En 1672 comenzaron a enfriarse las
relaciones con Luis XIV, agravadas por la designación del Maestro
Lully como Director de la Real Academia de Música. Este famoso
músico, que había compuesto los entremeses musicales que
acompañaban las obras de Molière, asestó un duro golpe a las
finanzas del comediógrafo al exigir regalías por la
representación de obras que contuvieran sus partituras.
El 17 de febrero
de 1673, mientras presentaba en el Palais Royal El Enfermo
imaginario, estrenada unos días antes, Molière sufrió un
malestar creciente y pese a las recomendaciones de sus compañeros
no interrumpió su actuación. Al terminar su último acto, luego
de haber pronunciado el macarrónico juramento con que Argán se
convierte en médico y resonando todavía los aplausos por su
interpretación, fue retirado de la escena víctima de una grave
vómica hermorrágica que, horas más tarde lo llevó a la muerte.
Como dice Santisbury, al igual que la decisión adoptada más
tarde por al Almirante Nelson, Molière eligió morir ´debout et
dans son rang´ para apelar a un tribunal que no juzgara de
acuerdo con las reglas dictadas por los puritanos o los fariseos (Waller).
A pesar de su
solicitud no pudo recibir asistencia religiosa dada su condición
de comediante ya que el ritual de París, promulgado en 1654,
prohibía dar asistencia religiosa y cristiana sepultura a las
rameras, concubinas, cómicos, usureros y brujos´, por lo que
para proceder a su sepelio fue necesario apelar a la mediación
directa del Rey para permitir su inhumación, cuatro días
después de su muerte en el cementerio de San José sin ninguna
pompa. En 1680 su viuda unió su compañía con la del Hotel de
Bourgogne dando nacimiento a lo que más tarde sería la Commedie
Francaise.
En 1817 sus
restos fueron trasladados al cementerio del Padre Lachaise donde
fueron depositados a la vera de la tumba de su amigo La Fontaine.
Entre el torrente de honras póstumas merece citarse el epitafio
del padre Bonhours que reza: "Molière, nada a tu gloria
faltaría si entre los defectos que tan bien descubriste pudieras
haber incluido la negra ingratitud" (Gómez de la
Serna")
La Francia del siglo XVII
Luego de
concluidas las guerras religiosas el pueblo francés gozo, durante
el siglo XVII, de una era de progreso político, social y
económico que culminó en el desarrollo de una fuerte
nacionalidad, el fortalecimiento de su lengua vernácula y la
cimentación de la monarquía absoluta.
Luego del
asesinato de Enrique IV (1610) y bajo el reinado de Luis XIII,
Francia participó desde 1635, en la Guerra de los Treinta Años y
en 1638 liquidó el poderío protestante con la toma de la Rochela.
En 1648, bajo la Regencia de Ana de Austria, se firmó el tratado
de Westfalia que dio a Francia un papel hegemónico en la
política europea.
En el lustro
transcurrido entre 1648 y 1653 la corona francesa debió soportar
los embates de La Fronda, movimiento sedicioso encabezado por
miembros del clero y cierta parte de la nobleza. Ahogada esta
revuelta, Francia continuó la política pragmática diseñada por
Richelieu y Mazarino y en consecuencia volvió a guerrear contra
España para terminar en 1659 con otro triunfo que le aportó la
anexión de extensos territorios y el matrimonio de Luis XIV con
María Teresa de Austria, hija de Felipe IV de España.
En 1662 Luis
XIV, luego de la muerte del Cardenal Mazarino y asistido por
capaces colaboradores, casi todos pertenecientes a la burguesía,
inició el reinado absoluto que habría de convertir a Francia en
el árbitro de Europa.
Durante todo
este siglo, a pesar de las guerras externas y por efecto de una
eficiente administración, Francia gozó de una llamativa
estabilidad interior y un importante desarrollo industrial y
económico que facilitaron, con el mecenazgo y control del poder
central, el florecimiento de importantes expresiones en todos los
campos de la cultura. En el literario constituyen hechos salientes
la aparición de la Gazeta Francesa en 1631 y la publicación de
las obras de Descartes (1596 - 1650) La Roche-foucauld
(1613-1680), el cardenal de Retz (1613-1679), La Fontaine
(1621-1695), Molière (1622-1673), Pascal (1623-1662), Mme. De
Sevigné (1626-1693), Bossuet (1627-1704), Boileau (1636-1711),
Racine (1639-1699), La Bruyere (1645-1696), y –Fenelon
(1651-1715), así como la creación de la Academia Francesa
(1635). En esa misma época España mostró la producción
literaria del Padre Mariana (1535-1639), Lope de Vega (1562-1635),
Francisco de Quevedo (1580-1645), Ruiz de Alarcón (1581-1639),
Gracián (1584-1658), Calderón de la Barca (1600-1681), y
Francisco de Rojas (1617-1648), cuyas obras influyeron de forma
visible en la producción de Molière.
La Sociedad de
esa época mostraba una organización estratificada conformada por
niveles sociales bien definidos, todos dependientes del
centralismo dominante. El más alto correspondía al Rey y a la
nobleza de sangre, completado por los magistrados y funcionarios
de mayor jerarquía. Los cargos religiosos más elevados eran
provistos por el Rey y se acompañaban de prebendas y distinciones
especiales. El Tercer Estado o Llano, representado por la
burguesía, proporcionaba los militares de carrera y el grupo
humano que con su esfuerzo y trabajo labró la riqueza de
Francia.. Los siervos de la gleba, sin organización, consideraban
al Rey como defensor de sus derechos frente a los intentos
especulativos de los nobles terratenientes (Maurois).
Las diferencias
de clase estaban bien marcadas aunque existía cierta movilidad
social apuntalada en la obtención de riqueza, facilitada por la
ley Paulette dictada en 1604, que permitía comprar y convertir en
hereditarios algunos cargos importantes de la administración y la
justicia. Cada napa social veía en su inmediata superior un
modelo digno de imitar a cualquier precio: los nobles sostenían
entre sí una sorda lucha por la obtención de los favores reales,
los clérigos luchaban por la obtención de canonías y entre los
burgueses nada impedía que, al amparo de la riqueza acumulada, se
copiaran de cualquier forma los modales, vestimentas y estilo de
vida de los nobles. La vida provinciana y aún la de los villanos
y campesinos también cambió estimulada por el influjo de un
intenso deseo de ascenso social. Este afán de enriquecimiento y
figuración facilitó el desarrollo de una marcada frivolidad en
las costumbres y una moral pública proclive a la eclosión de
actitudes no siempre de buen gusto y muchas veces por virtuosas.
Se trataba de una sociedad cerrada, pero no tanto, cuyo análisis
permite descubrir la mezcla de restos del feudalismo, que se
batía en retirada frente al centralismo monárquico dominante,
con manifestaciones particulares propias del hombre del
renacimiento, deseoso de libertad, anheloso de dominar el mundo y
sus maravillas y cultor del hedonismo.
Todos estos
elementos socioculturales plasmaron una sociedad muy estructurada
cuyas manifestaciones proporcionaron al genio observador de
Molière una veta riquísima de la que supo extraer prototipos
humanos dotados de credibilidad intemporal.
La Medicina del Siglo
XVII
Durante este
siglo y bajo la influencia del Renacimiento continuó la trabajosa
secularización progresiva del saber, concretada en el despojo
constante de la carga escolástica de la medicina galénica
medieval y la separación del saber científico del teológico.
Los estudios de Vesalio (1514-1564), Falopio (1523-1589), Arancia
(1533-1619), Bauhin (1560-1624), Spiegel (1578-1625), Malpighi
(1628-1694), Leeuwenhoek (1632-1723), y Swammerdam (1637-1680)
revolucionaron la micro y macroanatomía y se asociaron con los
importantes avances estequiológicos aportados por Fabricio de
Acquadependente (1533-1619) y Redi (1621-1697).
En el campo
fisiológico fueron notables el descubrimiento de la circulación
menor por Miguel Servet (1511-1553), los conocimientos aportados
por Santorio (1561-1636) y el descubrimiento de la circulación
mayor por Harvey (1578-1657).
La patología
estaba limitada a la percepción sensorial de los fenómenos
morbosos atribuidos a cambios anómalos de los humores. Las
enfermedades mejor conocidas eran gota, sífilis, y venéreas,
paludismo, tifoidea, raquitismo, difteria, ergotismo y peste
común y algunas afecciones quirúrgicas (hernia, litiasis
vesical, abscesos, traumatismos y heridas de guerra).
Todos estos
avances convivieron con al doctrina de los "humores" y
fundamentaron una práctica médica resultante de la combinación
de la medicina galénica con conceptos mecanicistas y vitalistas
de fuerte contenido empírico y cuyas medidas terapéuticas se
basaban en la concepciones de Paracelso (1493-1541) y Van Helmont
(1578-1644).
Los médicos
formaban una clase bien diferenciada, cuya formación
universitaria debía pasar por la condición de filiatra,
bachiller, archidiatra hasta la obtención de la "licencia
legendi", impuesta en una impresionante ceremonia
pública sin la cual no era posible ejercer (Mazzei).
Administraban su saber luciendo togas y bonetes negros, acudián a
sus consultas. Montados en mulas negras y su conducta exhibía una
concepción fáustica que los impulsaba en forma irresistible a
creerse "dueños y señores de la naturaleza desplegando una
imperiosa y ambiciosa actitud de ser artífices de la curación
del enfermo" (Lían Entralgo).
El examen
físico consistía en una somera exploración de la piel y las
cavidades accesibles, el control del pulso y temperatura y del
estado del sensorio junto a la determinación de las
características organolépticas de las excretas. Los
diagnósticos se basaban en el juego dialéctico de los
conocimientos disponibles, cuyo contexto servía tanto para
explicar los éxitos como para justificar los fracasos. Las
ocasionales consultas con otros médicos se hacían guardando un
gran respeto jerárquico por las dignidades académicas. En el
habla profesional se utilizaban, con harta frecuencia, expresiones
latinas y términos técnicos cuya incomprensión por parte de los
legos formaba una importante parte de la cuota de magia que
siempre ha acompañado el quehacer médico.
Los tratamientos
ofrecían sólo variantes formales y consistían en prescripciones
"farmacéuticas" de efectos azarosos y algunas veces
perjudiciales. Era muy frecuente la administración de sangrías,
clisterios , purgas y eméticos junto con jarabes, pócimas,
ungüentos, pomadas y otras formas farmacéuticas esotéricas que
se administraban asociadas a indicaciones o prohibiciones
dietéticas dictadas por algún médico famoso.
Desde la
promulgación del edicto dictado por el Concilio de Rheims en
1131, los clérigos habían quedado inhibidos para practicar la
cirugía. Esta rama de la práctica médica quedó en manos de un
grupo de prácticos que en 1210, bajo control clerical, formaron
el Collegio de San Cosme en París, del que formaban parte los
cirujanos de "toga larga", cuya preparación era más
teológica que científica. En forma paralela existía un grupo de
barberos cirujanos, prácticos carentes de preparación
universitaria, que desarrollaban sus tareas revestidos de togas
cortas y dentro del amplio espectro de diversas
"especialidades" como: sacamuelas, tonsuradores,
barberos, extractores de piedras, talladores, curadores de
hernias, sangradores, extirpadores de cataratas, inmovilizadores,
enderezadores de huesos o ventoseros, muchas veces en forma
itinerante para escapar de los reclamos de sus clientes. La
cirugía, por el hecho de implicar una actividad manual, era
menospreciada por los clínicos. Sin embargo su tarea parecía dar
mejores réditos que el de los médicos comunes. En esa época el
mayor peligro para la salud de las mujeres se asociaba con los
partos, para los hombres con la guerra y para todos, con la
infancia y las viruelas (Milford).
Los que
descreían de los médicos eran considerados, al decir de Molière,
como impíos de la medicina aún cuando éstos, al sentirse mal,
no vacilaban en entregarse a los cuidados médicos para
"morir conforme a las reglas". Puede afirmarse que el
ejercicio de la medicina del siglo XVII, permitía que, muchas
afecciones salvo aquellas que poseían una evolución espontánea
favorable y algunas de tipo quirúrgico, culminaran con la muerte
del enfermo, a veces precipitada por la propia agresividad del
tratamiento.
Obras de Molière
Molière,
llamado el Contemplador, fue un profundo y atento observador de la
sociedad en que vivió. Sus paseos infantiles por las ferias de
París y más tarde su convivencia, aunque discriminada, con la
clase noble en el colegio de Clermont sumada a sus andanzas no
siempre afortunadas por innumerables pueblos del interior y su
posterior introducción en el fausto de la Corte, lo pusieron en
contacto con todas las napas sociales aportándole la oportunidad
de conocer sus costumbres, atesorar modismos y expresiones
corteses y populares y en especial aprehender el profundo
conocimiento de la condición humana que su genio literario supo
plasmar en sus obras.
Fue un maestro
de la caricatura hablada. Sus obras delinearon en forma precisa
caracteres humanos dotados de un realismo bien manifiesto que el
público reconocía y celebraba. Luis XIV, que sugirió algunos de
los argumentos, apreció el genio de Molière como autor y actor y
lo utilizó como un instrumento eficiente, no sólo para atacar
aquello que hería la cortesía, las buenas maneras, el buen gusto
y la elegancia que había impreso a su tiempo sino también como
medio para forzar su absolutismo. Tal como había sucedido con
Terencio en la antigua Roma, el apoyo aportado por el Rey Sol hizo
posible la representación de las obras de Molière a pesar de la
natural resistencia que podían despertar en los grupos sociales
criticados.
En las obras de
Molière se encuentran alusiones directas a todos los estamentos
sociales, contra cuyos defectos arremetió "incisivo y
burlón con elegante perversidad pesimista o con sarcástica
ironía" (Quiroga). Como afirma Genier, su pluma enfrentó el
complejo de inferioridad en La escuela de la mujeres (1662), la
nobleza insolente y libertina en el Don Juan (1665), la
pedantería y vanagloria en Los importunos (1661) y La
escuela de los maridos (1661), las marquesas frívolas y
adornadas en Las preciosas ridículas (1659), los celos
exagerados en Don García de Navarra (1661) y El Cornudo
imaginario )1660), el habla enfática y engolada en La
improvisación de Versailles (1663), los matrimonios de
conveniencia en El Casamiento a la fuerza (1664) y Jorge
Dandin (1666), la devoción fariseica en El Tartufo (1667),
las ridiculeces de la burguesía encumbrada en El burgués
gentilhombre (1670), los rentistas usureros en El Avaro (1668),
el espíritu provinciano en El señor de Pourceaugnac (
1669), la seudociencia astrológica en Los amantes magníficos
(1670), el ingenio pícaro y ventajista en Las trapacerías
de Scapin (1671), la pompa y placeres mundanos de la corte en La
condesa de Escarbgnas (1671), el falso saber en LasSabiondas
(1672) y los médicos petulantes en El médico a palos (1666),
el Amor médico (1665) y el Enfermo imaginario (1673).
Al mismo tiempo
que desaprobó esos defectos, Molière supo ensalzar la razón, la
moderación, el buen sentido, el amor a la familia, el respeto a
la verdad y el buen gusto aunque sin pretensiones de castigar el
vicio ni recompensar la virtud pero con un claro intento
moralizador capaz de poner en evidencia actitudes reprochables de
la sociedad de su época. Quizá no pensó que sus personajes
dotados de una vitalidad y presencia perdurable, como Argan,
Tartufo, Alcestes, Rapagón y Macroton, por ejemplo representaban
respectivamente, el típico hipocondríaco, el falso devoto, el
misántropo empedernido, el burgués avaro o el médico petulante
de todos los tiempos. Y ello fue así porque tales personajes no
eran creaciones imaginarias sino expresiones destiladas de una
realidad que sólo esperaba su talento para corporizarse en
prototipos propuestos a una sociedad que "malgré tout",
supo reírse de sus defectos.
El Tartufo fue
la única obra que concitó reacciones importantes dando lugar a
un prolongado pleito que terminó con la aprobación dada por Luis
XIV que asestó así un fuerte golpe a quines, como la clerecía y
la alta nobleza, todavía cuestionaban su poder absoluto.
En el estilo de
Molière diversos críticos reconocen la influencia de los
dramaturgos romanos Plauto y Terencio y el conocimiento del drama
español y de la Commedia dell´Arte italiana. Los personajes
moliérescos utilizan un idioma acorde con el papel que deben
representar expresándose en francés clásico, jerga popular,
germanías y hasta en "patois limosin". Waller afirma
que Molière no fue original y copió a sus antecesores franceses
y españoles, no respetó las reglas de la comedia , careció de
tono romántico y manejó un lenguaje impropio y plagiario. Genier
opina que la construcción gramatical de Molière fue defectuosa,
plagada de pleonasmos y redundancias y plena de galimatías,
metáforas incoherentes y ripios, aunque ello puede estar
relacionado con el apuro con que fueron redactadas. Lanso y
Truffau coinciden con esta crítica literaria aunque disculpan
esos vicios considerando que esas obras fueron concebidas
"para los oídos no para los ojos" ya que esos defectos
sintácticos o prosódicos desaparecen cuando esas frases se
escuchan como parlamentos correspondientes a un personaje visible
y van acompañadas de adecuada mímica. Se conforma así un
realismo expresivo que hace aún más creíbles a esos personajes.
Boileau, contemporáneo de Molière, afirmaba que "su
carácter propendía a lo real y su talento, a la sátira".
A diferencia del
teatro de Plauto, en el de Molière debe reconocerse la ausencia
de expresiones groseras, escatológicas o procaces haciendo que su
crítica social, muchas veces mordaz y descardas, fuera siempre
jocosa y aunque contestataria, jamás disolvente. Esta condición
ha sido considerada por Villot como manifestación de servilismo
pero, de todas maneras, en la expresión de un intelecto superior
dotado de la pluma apropiada que de forma reidera - ´corrige
ridendo mores´- fue capaz de desentrañar del ser humano aquellas
facetas que denunciaban conductas impropias, menesterosas de
reconocimiento y corrección (Bentoux).
Es posible que
las agudas críticas utilizadas por Molière representaran una
especie de catarsis desencadenada por las amarguras de su vida.
Sin embargo, a pesar de todos sus infortunios, justo es reconocer
que esa catarsis, si ejercida se efectuó a través de la
creación de obras cargadas de gracia, buen humor y plenas de
chispa cómica aunque, en el fondo siempre puede encontrarse en
ellas cierto dejo autobiográfico no desprovisto de un dejo de
tristeza o amargura. Sus obras deben ser consideradas algo más
que una descarga de resentimientos nacidos al calor de las
desgracias ya que presentar con lucidez un contenido trascendente
apoyado en la comicidad.
Siguiendo a
Freud puede aceptarse que los chistes, bromas o sátiras, si bien
son formas agresivas de expresar sentimientos, deben ser
considerados como medios a través de los cuales resulta posible
utilizar el arma del ridículo para superar las limitaciones y
censuras impuestas por los códigos sociales, y dar rienda suelta
a fuentes de placer que de otra forma resultarían inaccesibles.
Así puede explicarse cómo Molière pudo transformar sus
críticas en algo que, sin violencia, se plasmaba en momentos
placenteros para el observador de sus obras, oyente de sus
parlamentos, a través de una forma literaria que, al par de hacer
posible la descarga de sus sentimientos dolorosos, no provocaba
consecuencias destructivas al crear caracteres cuya propia
humanidad les permitió trascender los tiempos en que fueron
concebidos.
Molière y los Médicos
Los registros de
la Compañía Teatral, llevados por Legrange, permiten inferir que
Molière padeció desde 1655 una enfermedad respiratoria de
naturaleza crónica a la que Moorman Lewis y otros autores
consideran como una tuberculosis pulmonar. Las recaídas de este
proceso lo alejaron en varias ocasiones de su quehacer actoral y
lo obligaron a repetidas consultas médicas en las que seguramente
pudo apreciar la conducta profesional de los galenos y sentir, en
"carne propia", la naturaleza y efectos de los
tratamientos que utilizaban y que en su caso, como era previsible,
fueron inútiles. Además, es posible que tuviera acceso al
Journal de la Santé du Roi, a cargo de los médicos de la corte
(Valle, Jaquin y Fagon), que contenía datos sobre la salud real y
describía episodios acaecidos en las consultas, las sangrías
excesivas y la medicación utilizada (Moorman).
Los médicos y
la medicina fueron sabroso alimento del genio moliéresco en cinco
de sus obras: Don Juan (1665), El amor médico (1665), El médico
a la fuerza (1666), El Señor de Pourceaugnac (1669) y El enfermo
imaginario (1673). En el Don Juan los médicos sólo son aludidos
en una breve pero mordaz crítica deslizada en un agudo diálogo
sostenido por el ilustre mujeriego y su criado pero, en las
restantes obras mencionadas, cada una con su argumento propio, la
medicina y sus oficiantes forman parte esencial de la trama. En
ellas Molière hace actuar a galenos y seudogalenos a través de
exposiciones en las que se evidencian, en forma jocosa y
desopilante, los fundamentos del arte médico y el uso de
terapéuticas extravagantes. Se ataca la base de la praxis médica
a través de la presentación de cómicas disquisiciones
patogénicas basadas en la teoría de "los humores"
mientras se hacen comentarios festivos sobre los conocimientos en
boga y los tratamientos practicados. Las reideras consultas están
plagadas de latinajos y propuestas terapéuticas sólo difieren
entre sí en el número y composición de las lavativas, la vena
utilizable para la sangría o la frecuencia con que ellas deben
efectuarse así, como el sabor y aspecto de los jarabes, pociones
o brebajes, todo anodinos.
Los médicos
fingidos intervienen utilizando graciosas galimatías y hacen sus
aportes indicando otras medidas sanadoras de menor fundamentación
científica cuya adopción determina el "happy end" en
el que se recompone el entuerto amoroso o se cura una inexistente
enfermedad.
El enfermo
imaginario, que es la obra más conocida, muestra las críticas
más mordaces contra los médicos. Su personaje principal es Argan,
un típico patofóbico e hipocondríaco, menesteroso de permanente
asistencia médica que, luego de reideras quejas y disquisiciones
y chispeantes consultas, acepta convertirse en médico para poder
tratar mejor sus propios padecimientos.
El enfermo imaginario
La macarrónica
ceremonia final se desarrolla al compás de un fondo musical que
puede considerarse como un verdadero Carmina Burana, en el que
participan ocho portajeringas (para lavativas), seis boticarios y
veintidós doctores. En esa escena, Argan es sometido a un examen
en el que se utiliza un lenguaje seudotécnico, mezcla abigarrada
de latinajos y deformados vocablos franceses e italianos. Una vez
aprobada esta prueba se satiriza una colación de grado en la que
los oficiantes hacen jurar al neófito su nueva condición
profesional certificada con la imposición del birrete y de la
toga mientras se reafirman los elementos básicos de la práctica
médica entonando la fórmula : "Ego, cum isto boneto,
verabili et docto, virtutem et puissnciam, medandi, purgandi,
percandi, cuipandi, et occidenti impune per totam terram"
(Yo con este bonete, venerable y docto, te doy la virtud y el
poder para medicar, purgar, sangrar, abrir, cortar y matar en
forma impune por toda la tierra).
En las irónicas
palabras de Molière relacionadas con los médicos se puede
advertir la profunda crítica asestada a la infalibilidad del
saber y a la precisión de los diagnósticos, el comentario
sardónico sobre las complejas formalidades de las prácticas y la
desconfianza manifiesta sobre su efectividad, así como se llama
la atención sobre el uso de un lenguaje críptico que el paciente
no alcanza a comprender. De igual forma se discute la
trascendencia que el médico se atribuye en la curación del
enfermo, se ataca la sumisión que debe prestar el propio paciente
en cumplimiento de las prescripciones y hasta del pronóstico
formulado, se reprueba la obsecuencia prestada a los colegas
distinguidos, se impugna el secreto excluyente del saber
profesional y se plantean dudas sobre la aplicación de técnicas
agotadoras para el paciente o el uso de preparados farmacéuticos
de inconsistente composición y dudoso efecto.
A poco que se
analice el trasfondo de los dichos de Molière resultará fácil
advertir cómo sus agudas pullas eran públicas denuncias de las
características dominantes en las prestaciones médicas de la
época, en las que primaba la soberbia cuasi religiosa del saber
aplicado sobre un paciente indefenso y desprovisto de
alternativas, en una relación en la que sólo tenía obligaciones
y ningún derecho. Se jerarquizaba así la necesidad que tiene el
paciente de ser escuchado y comprendido tratando de enfatizar el
papel humanitario que debe desarrollar el médico al servicio de
su paciente. No son éstos, acaso, los principios que sustenta la
Bioética actual ? Entonces, no puede considerarse a Molière como
un verdadero profeta de la ética médica y por lo tanto afirmar
que también clamó en el desierto ya que más de trescientos
años después esos mismos defectos, entonces denunciados,
todavía se siguen observando en la práctica médica diaria?
Como observa
Mitford, los médicos de hoy ya no vestimos togas, no sangramos ni
administramos clisterios sino que usamos ropas blancas,
transfundimos sangre y ordenamos aplicaciones de complejos
aparatos electrónicos, pero en muchas ocasiones sigue siendo
posible todavía advertir en nuestra conducta profesional
actitudes similares a las de nuestros colegas del siglo XVII, las
mismas que merecieron las críticas de Molière. Es aceptable que
si el paciente de hoy, como el de hace trescientos años, sigue
siendo considerado como un objeto pasivo que los médicos debemos
reparar como si fuera un simple artefacto mecánico, seguramente
dentro de no mucho tiempo otras generaciones médicas mirarán a
la medicina actual con la misma irreverencia fundada con que hoy
nosotros observamos la del comienzo de la Edad Moderna.
Las palabras de
Molière, luego de más de trescientos años de haber sido
escritas, constituyen una verdadera lección práctica de conducta
médica y su vigencia cobra cada día más actualidad porque sus
contenidos, por su profunda naturaleza, siguen teniendo validez y
presencia en un mundo en el que no todos los cambios han sido para
bien.
Colofón
Pese a los
evidentes avances del saber y del hacer médicos la esencia de la
medicina sigue siendo inmutable porque su fundamento estriba en la
prestación del mejor servicio que un hombre sanador debe brindar
a otro hombre enfermo. La excelencia de esta prestación no
depende exclusivamente del conocimiento científico utilizado o de
la precisión de la tecnología aplicada, sino de la forma
humanitariamente comprensiva con que puede satisfacer las
angustias y expectativas de otros seres menesterosos de cuidados.
El olvido de este principio fundamental es el argumento que la
sociedad actual esgrime con mayor fuerza para rotular a la
medicina actual como deshumanizada, a pesar de sus innegables
logros científicos y tecnológicos.
Si los médicos
sabemos pasar de alto las circunstancias propias de la época en
que se desarrollan las obras de Molière y sólo nos atenemos a la
intención esencial de sus críticas y al perfil humano de los
caracteres allí pintados, podrá captarse el profundo mensaje
ejemplificador que ellas encierran haciendo que su lectura o la
asistencia a su representación resulte una fuente permanente de
profundas y fructuosas reflexiones. De esta forma Molière,
tradicionalmente considerado como adversario de los médicos,
pasará a ocupar merecidamente el puesto de un verdadero Maestro
de la Etica Médica.
(*)
(*)
Fuente: este artículo fue publicado originalmente
en Revista Fundación Facultad de Medicina, Ciudad de
Buenos Aires.
(1) El
Dr. Jorge Manrique es Profesor Honorario de la Facultad de Medicina (U.B.A)
y
Miembro de la Academia Nacional de Medicina.