Por William Ospina
Si
algo caracteriza a esta región del continente es su extraordinaria
diversidad. Hijos de un pasado histórico compartido, los pueblos
habitan regiones tan radicalmente distintas, que es fácil entender
al mirarlos por qué, a pesar de su comunidad cultural, han
terminado teniendo una tal riqueza de estilos.
Nada
relacionaría a Chile esa línea de crestas montañosas y playas
fragosas con la extensa y tropical Venezuela, con sus tepuyes
vertiginosos y sus formaciones de roca antiquísima. Nada relacionaría
al Brasil de la selva y del río, costado verde del Atlántico, con
el seco altiplano de México, que se borra de luz en los desiertos
del norte. Nada relacionaría a Cuba o Puerto Rico, cumbres de montañas
rodeadas de agua, con Bolivia, una mole de agua rodeada de montañas.
Europa
es un continente mucho más homogéneo, no sólo por estar todo
extendido en el mapa en línea horizontal al norte del Trópico de Cáncer,
por esa latitud que comparte con Canadá y con los Estados Unidos y
que los unifica en un mismo régimen de climas, sino porque no hay
en su territorio los grandes contrastes geográficos que abundan en
el nuestro. No concebimos en Europa una selva verdadera, una
cordillera tan vertiginosa como los Andes, unas praderas como los
llanos colombo-venezolanos o como la Pampa argentina, y apenas sí
podemos decir que el Mar Mediterráneo configura como el Mar Caribe
un micromundo.
Fue
el poeta Auden quien dijo que una de las principales diferencias que
existen entre Europa y América, es que en Europa, por perdido que
alguien se encuentre, está a menos de una hora de algún lugar
poblado, mientras que todo americano ha visto con sus ojos comarcas
prácticamente intocadas por la historia. Ese contraste de
magnitudes lo vivieron con especial perplejidad algunos hombres del
siglo XVI, y sobre todo los cronistas de Indias, que advirtieron
temprano cuán enorme era el mundo recién encontrado frente al
continente del que procedían. Hay quien se anima a pensar que en
rigor Europa ni siquiera es, en términos geográficos, un
continente, y Paul Valery la ha llamado, con delicada ironía, esa
península que el continente asiático avanza hacia el Atlántico.
América
ha vivido varios descubrimientos y esos descubrimientos a veces han
sido posteriores a las conquistas. Parece formar parte de su destino
esa rutina de descubrimientos y conquistas, pero es tal la enormidad
del territorio y la complejidad de sus culturas que a veces sentimos
que nunca acabarán de descubrirse. Hace cinco siglos empezó a
hablarse del Nuevo Mundo, pero todavía hoy sentimos que nuestra América
está a punto de ser descubierta, cada día nos sorprende con alguna
revelación, y ya veremos que curiosamente no sólo terminan siendo
desconocidos su naturaleza y su futuro, sino que su propio pasado
deja de ser perceptible, para seguir actuando poderosamente en la
sombra.
Hasta
hace cinco siglos no sólo la luna tenía una cara oculta, también
la tierra se escondía a sí misma, y dos mitades suyas habían
discurrido por milenios sin el menor contacto. Ello había permitido
el desarrollo de civilizaciones totalmente autónomas, dueñas de su
propia lógica y de su propio ritmo, y por eso pudo haber sido tan
enriquecedor para el mundo el encuentro de las culturas. Pero ese
encuentro se convirtió en un choque, porque desafortunadamente la
Europa que encontró a América venía de una edad de barbarie. Los
soldados de Carlos V eran una prolongación de los cruzados que
durante siglos habían asediado a los árabes en el Asia Menor,
estaban poseídos por la dogmática convicción de que su cultura
era la única legítima, y esto hizo que los primeros tiempos de la
dominación europea en América fueran espeluznantes, como bien lo
testimonian las alarmas de Bartolomé de Las Casas y las octavas
reales de Juan de Castellanos, el gran poeta de la Conquista y el más
abarcador de los cronistas de Indias del siglo XVI.
Debido
a la lógica que caracteriza los colonialismos, los americanos nos
hemos acostumbrado a ver aparecer nuestro continente en el horizonte
de la historia desde la proa de las carabelas españolas. Ello creó
por siglos una distorsión en el conocimiento de este mundo. Los
muchos miles de años que precedieron al descubrimiento europeo
tienden a ser cubiertos por una niebla impenetrable, descalificados
como prehistoria o excluidos como tiempos ajenos a nuestra cultura.
Por ello no aprendimos a habitar plenamente en el territorio, a
arraigar en sus tradiciones, a ser la continuación serena de ese
pasado intemporal. Durante mucho tiempo vivimos como huéspedes que
han llegado a poblar una casa antigua, y que ni siquiera se
preocupan por explorar las interminables habitaciones, la sucesión
de sus habitantes. Una sorda discordia entre la centenaria América
occidental y la milenaria América planetaria más de una vez nos
hace vivir como si acabáramos de aparecer en el mundo, y hace del
nuestro un destino de extrañeza y de vértigo. Valdría la pena
mirar la historia, incluso la historia del descubrimiento, no desde
el ápice de las naves inventoras de regiones, como las llamó
el poeta, sino desde las playas de América, desde la pluralidad de
sus culturas nativas y desde la exuberancia de su naturaleza, desde
las cronologías de esa otra historia que es también la nuestra y
que Hegel no podría entender.
Ello
requiere un largo proceso, e incluso se dirá que nosotros, mestizos
americanos por la cultura o por la sangre, no podemos pensar el
mundo por fuera de los parámetros de la civilización europea.
Hasta Borges ha escrito que para los europeos y americanos hay un
orden -un solo orden- posible: el que antes llevó el nombre de Roma
y que ahora es la cultura de Occidente. Pero es más fácil
afirmar eso desde la cultura argentina o la norteamericana,
prolongaciones casi plenas de las culturas europeas, que desde el
resto de las naciones mestizas y mulatas de América, que se deben a
la pluralidad, que llevan en su composición, en su fisonomía, en
su memoria y en sus sueños un más complejo laberinto de símbolos,
una criptografía más densa. Borges mismo no lo ignoraba, y en su
poema a México describió con lucidez y con gran belleza las cosas
que le parecían idénticas entre México y su país, las que le
parecían eternas, es decir, compartidas, y las que le parecían
distintas:
Cuántas
cosas distintas, una mitología
De sangre que entretejen los hondos dioses muertos,
Los nopales que dan horror a los desiertos
Y el amor de una sombra que es anterior al día.
Para
comprender a nuestra América es preciso despojarse de dogmas, y
asumir, como lo dice con sabiduría un poema de Robert Frost, que
quienes habitan una tierra tienen que saber entregarse a ella
plenamente:
Esta
tierra fue nuestra, antes de ser nosotros de esta tierra.
Fue nuestra más de un siglo, antes de convertirnos en su gente.
Fue nuestra en Massachusetts, en Virginia,
pero éramos colonos de Inglaterra,
poseyendo unas cosas que aún no nos poseían,
poseídos de aquello que ya no poseíamos.
Algo que nos negábamos a dar gastaba nuestra fuerza,
hasta entender que ese algo fuimos nosotros mismos
que no nos entregábamos al suelo en que vivíamos
y desde aquel instante fue nuestra salvación el entregarnos.
No
ignoramos que ser americanos equivale hoy a ser herederos de todas
las tradiciones del planeta, y la América Mestiza es inconcebible
inicialmente sin el triple legado del mundo americano, del europeo y
del africano, y después sin el legado del resto de las naciones que
ha hecho que, por ejemplo, Sao Paulo sea hoy una de las ciudades
japonesas más grandes del mundo. Pero a la hora de definir nuestro
ordenamiento político, nuestros panoramas culturales y nuestros
valores éticos y estéticos, el peso de la Conquista sigue siendo
muy grande, e incluso en los países mayoritariamente indígenas
como México, Guatemala o Bolivia, y en los países mulatos como
Haití o República Dominicana, hay dificultades para sobreponerse
al predominio excluyente de la cultura de los conquistadores.
La
América Mestiza está hoy separada en numerosos países que deben
su conformación por igual a las peculiaridades del territorio y de
las naciones, y a los azares de la historia. Esas divisiones,
consagradas por la voluntad de sus pobladores y ratificadas por
tratados de límites y por constituciones políticas, no siempre
fueron provechosas para los pueblos y muchas veces se debieron a
fricciones entre las clases dirigentes de las distintas sociedades o
al resultado de conflictos puntuales.
En
los tiempos prehispánicos hubo grandes imperios y contactos
numerosos entre los pueblos de las distintas regiones. La Conquista
presenció todavía las hazañas de unos cuantos hombres que sometían
provincias enormes y que eran capaces de recorrer el territorio
continental con los precarios medios de aquel tiempo y en
condiciones de gran adversidad. Los tiempos coloniales fraccionaron
esas unidades originales, y la aventura romántica de la
Independencia, a pesar de los sueños de unidad de hombres como Simón
Bolívar, no logró salvar al continente de esa fragmentación, que
persiste hasta hoy. Sin embargo es posible advertir que hay sistemas
geográficos que constituyen regiones naturales, a las que es más
difícil entender cuando se las fracciona en países, porque son
sistemas interdependientes. Tal es el caso de las tres grandes
regiones: el mar Caribe y sus orillas, los sistemas montañosos que
bordean el Océano Pacífico, el mayor de los cuales es la
cordillera de los Andes, y la gigantesca cuenca del Amazonas. Los
extremos del norte y del sur forman sistemas geográficos
relativamente independientes de estas grandes regiones
continentales.
Ahora
bien, ese Caribe al que llegaron por azar los navegantes del
Renacimiento era el escenario histórico de uno de los más ricos y
complejos conglomerados humanos de todos los tiempos. No podían
imaginar los marinos de Colón, en sus pequeñas y frágiles
barcazas, que se estaban acercando a un orbe cultural tan rico y tan
distinto de todo lo que ellos conocían, y la verdad triste es que
una vez halladas las islas ya no se permitieron descubrirlo, porque
ante cada cultura que encontraron procedieron indiscriminadamente al
saqueo y al asalto. Pero si algún viajero hubiera intentado tener
inteligencia plena de aquel vasto mundo, el cuadro panorámico que
habría podido formarse del Caribe de finales del siglo XV habría
sido admirable. (*)
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Una
familia guatemalteca, descendientes de los pueblos
originarios de América. |
(*)
Fuente: William
Ospina, "Lo originario de América", en América
mestiza. El país del futuro, editado en página web de Villegas
editor.