En abril de 1997, dos mil trabajadores sin tierra del Brasil
atravesaron caminando miles de kilómetros a lo largo de rutas tan
largas que parecían infinitas, cruzaron selvas, se internaron en
desiertos, rodearon trepidantes ciudades en las cuales a veces
penetraron y, habiendo partido desde los cuatro puntos cardinales
del inmenso país-continente, convergieron en Brasilia, la ciudad
de la esperanza soñada y realizada entre 1956 y 1960 por los
arquitectos utopistas Oscar Niemeyer y Lucio Costa.
La
fecha de esa épica marcha que situó al MST –el Movimiento de
Trabajadores Sin Tierra– en el centro de la opinión pública
mundial, no fue casual. Un año antes, el 17 de abril de 1996, se
había producido una masacre en El Dorado dos Carajás, un remoto
pueblo en el estado de Pará. Más de un centenar y medio de
policías militares enfrentaron a un grupo de campesinos que
protestaban por la demora gubernamental en "asentar" sus
familias en la hacienda Macaxeira. Fueron asesinados 19 campesinos
y 57 resultaron heridos.
Cubrí
la marcha de 1997 como periodista. Fue una experiencia profesional
y humana inolvidable; fue también una epopeya mediática. La Rede
Globo la difundió, casi día a día, para 50 millones de
telespectadores, y ocupó la portada en semanarios como Veja
o Istoé, además de Time, Newsweek o New
Statesmen. Obtuvo generosos espacios en CNN, BBC y otras
cadenas mundiales. No era la primera vez que el MST ocupaba
primeras planas, pero nunca su protagonismo había sido tan
grande. Las encuestas de IBOPE certificaron por aquellos días que
un 83% de los brasileños apoyaba la marcha y que un 43% aprobaba
las ocupaciones de tierras improductivas siempre que se produjeran
sin violencia.
En
este 2002 en que el Partido de los Trabajadores –tan
estrechamente ligado en sus orígenes al MST– culmina una lucha
de largas dos décadas instalando en el Palacio do Planalto al ex
obrero metalúrgico Luiz Inácio Lula Da Silva, las imágenes
imborrables de aquellos días acuden a mi recuerdo. Los Sin Tierra
son un engranaje de la compleja realidad que hizo posible la
llegada del Partido de los Trabajadores al poder. El triunfo de
Lula excede pero le debe mucho a la revolución cultural que
significó el Movimiento Sin Tierra, a su aglutinación de
componentes históricos e ideológicos: comunidades de base,
gandhismo, ecologismo. También a sus novedades organizativas:
democracia interna, dirección colegiada, repulsa a toda forma de
clientelismo o caudillismo; y a su uso desprejuiciado de los
medios de comunicación: la televisión, y especialmente la Rede
Globo hizo popular al MST cuando una telenovela ilustró la
vida cotidiana de sus militantes.
Pero,
¿qué es el Movimiento de Trabajadores Sin Tierra, esa
organización premiada en todo el mundo (ha ganado decenas de
premios como un modelo de lucha por los derechos humanos, algunos
otorgados por la UNESCO o por el Rey de Bélgica)? ¿No hay algo
de rémora en este movimiento que, en un mundo dominado por la
tecnología, propone una utopía agraria? ¿Es un movimiento
revolucionario o postula una democratización de la propiedad?
¿Cuáles son sus modelos, Emiliano Zapata o los campesinos
tecnificados de la Europa capitalista? José Raínha lo ha dicho
con claridad: "El MST no es un movimiento revolucionario.
Para nada. Hacer la reforma agraria significa hacer avanzar el
capitalismo… Y somos pacifistas."
Organizado
a partir de un congreso realizado en 1984, el MST nació al calor
de la Comisión Pastoral de la Tierra, un organismo de la
Conferencia Episcopal del Brasil, la Iglesia de la Teología de la
Liberación y de los legendarios obispos Helder Cámara, Paulo
Evaristo Arns y Pedro Casaldáliga, éste aún en actividad en el
remoto nordeste. Brasil tiene 858 millones de hectáreas de
superficie, de las que 600 millones son tierras productivas
(incluyendo 200 millones en manos del estado), pero sólo están
cultivadas 46 millones. El resto es tierra improductiva en un
país en el que, de sus 170 millones de habitantes, la mitad pasa
hambre. El MST ocupa fundos improductivos, sus miembros se
establecen en campamentos y, cuando el estado expropia y concede
créditos, organizan técnicamente la explotación.
Los
años en que ocupó la presidencia Fernando Henrique Cardoso,
quien se retira del poder respetado pero desgastado, presenciaron
un duelo entre él y el MST. Lo cierto es que, aunque las cifras
son objeto de permanente discordia, hay 350.000 familias
campesinas asentadas en tierras expropiadas. Esto hace alrededor
de dos millones de personas que han recuperado la dignidad de sus
vidas por el MST. Son pocas, dicen sus dirigentes, en un país
donde aún hay cuatro millones de campesinos sin un pedazo de
tierra.
En
un alto del camino entre San Pablo y Brasilia, en aquel abril de
1997, me dijo José Raínha Junior –uno de los miembros de la
conducción colegiada del MST y, por su activismo y arrojo, una de
sus grandes figuras–, mientras comía con sus compañeros,
sentado a la sombra de un árbol, un plato de arroz con porotos:
"El lema del MST es: ocupar, resistir, producir. No
ocupamos tierras cultivadas, ocupamos latifundios. Nuestra base es
la Constitución Brasileña de 1988, que ordena al Estado
expropiar los fundos improductivos y distribuirlos entre quienes
los trabajen."
José
Raínha tiene hoy 41 años y es hijo de campesinos de Espíritu
Santo arruinados por una mala cosecha de café. Raínha, que fue
condenado a prisión perpetua por presunta agresión a guardias
armados y luego absuelto, se mueve por todo el Brasil pero trabaja
en una de las grandes bases del MST, Pontal de Paranapanema (San
Pablo), donde el movimiento tiene una plantación agrícola
modelo. En Brasil funcionan más de 500 asociaciones de
producción, comercialización y servicios gestionadas por el MST,
49 cooperativas de producción agro-zootécnica, 32 cooperativas
de servicios con 12.000 socios, un centenar de pequeñas y
medianas agroindustrias que cultivan frutas y verduras, leche y
derivados, cereales, café… Los niños de las familias asentadas
por la acción del MST aprenden en 1500 escuelas propias. El
movimiento tiene convenios con universidades y forma su propia red
de dirigentes.
El
más sólido de ellos es João Pedro Stédile, un economista
gaúcho de 48 años graduado en la Pontificia Universidad de Porto
Alegre con estudios de posgrado, realizados durante la dictadura,
en la Universidad Autónoma de México donde su profesor fue…
Fernando Henrique Cardoso. Elías Araujo, también de la
dirección del MST, lo definió de esta forma: "Ninguno como
él tiene esa capacidad de articulación y ese brillo
teórico". Autor de varios libros en los que explica la
historia y los fundamentos del MST, Stédile, caminando hacia
Brasilia, en abril de 1997, se refirió así a la izquierda
clásica: "Dogmática, racionalista y arrogante".
"Sólo
tengo un sueño: un pedazo de tierra para plantar algo de
verdura", me dijo, más modestamente, una mujer de los Sin
Tierra llamada Celia Faría de Flores, 45 años, esposa de Antonio
Rosa y madre de Jackson, de 27 años, y de Edison, de 14. Todos
eran cortadores de caña desocupados del Norte Fluminense y
habían participado de la ocupación de la Hacienda União São
João. De momento, en aquel abril de 1997, Celia sólo contaba con
un toldo de lona en un campamento en medio del barro y con una
única letrina a doscientos metros. Celia, con su marido y sus dos
hijos, con sandalias, camiseta con las siglas del MST estampadas y
un gorrito rojo, caminaba integrada a esa oruga humana, de a dos
en fondo, extendida como una larga, interminable caravana de la
esperanza, siempre al borde de la ruta, aunque por allí no pasara
nadie.
El
MST no corta caminos ni calles, y sus miembros, cuando marchan, no
se tapan la cara; son decisiones largamente debatidas: las fuerzas
de seguridad los acosan, de hecho, hay más de mil mártires
caídos bajo las balas de pistoleros patronales y policías. Sin
embargo, no responden a la violencia porque son conscientes de que
los campesinos en todo el Brasil son el 5% de la población, por
lo que buscan y necesitan el apoyo de la sociedad.
En
abril de 1997, María José Alvez de Oliveira, viuda de 43 años,
caminaba con el rostro curtido cubierto por un sombrero de paja de
ancha ala: había llegado a los alrededores de Brasilia desde un
campamento del MST llamado Antonio Conselheiro, en el estado de
Mato Grosso. Antonio Conselheiro encabezó a fines del siglo XIX
una rebelión de hambrientos en Canudos. Conselheiro, además de
prometerles el Reino de los Cielos, les ofrecía un reino de
justicia en la Tierra, en el que los sertanejos (campesinos del
sertón) pudieran comer con el fruto de su trabajo. Aquel
levantamiento de desposeídos tardó años en ser sofocado por el
ejército y motivó una guerra civil. En los años sesenta del
siglo XX retomaron la llama de la rebelión agraria las Ligas
Campesinas, cuyo líder era el abogado de Pernambuco Francisco
Julião. Es en esta tradición de lucha contra el latifundio que
se inscribe el MST.
Cuando
la marcha en rememoración de la matanza de El Dorado llegó a
Brasilia, en 1997, los militantes del MST miraron con escepticismo
cómo los políticos (Leonel Brizola, Lula o Eduardo Suplicy, del
PT) se peleaban para subir al palco en la Explanada y "robar
cámara" en aquel momento de apogeo que pertenecía
legítimamente al MST. En octubre de 2002, al día siguiente del
triunfo de Lula en la primera vuelta de las elecciones
presidenciales, Stédile ratificó, aun admitiendo la expectativa
favorable que despierta en el pueblo la victoria de Lula, un
concepto clave del Movimiento sin Tierra: "El MST actúa de
forma autónoma respecto del PT. Por lo tanto, presionaremos para
que la Reforma Agraria se realice en la práctica, para exigirle
al gobierno la ruptura con el FMI y con el Banco Mundial".
Luiz
Beltrami tiene 89 años y el MST lo ha colocado al frente de la
columna que, en la tarde del 17 de abril, como una marea de
banderas rojas desplegadas bajo la tibia llovizna, ingresa en la
Explanada de los Ministerios, la faraónica avenida de Brasilia
flanqueada por gigantescos edificios públicos. Luiz Beltrami,
cuya cara es un archipiélago de arrugas, ha hecho el trayecto en
un jeep pero con guapeza quiso caminar los últimos kilómetros y
lo logró. El MST lo ha elegido para simbolizar el sentido de esta
marcha: los últimos –los más desposeídos, los más pequeños,
los más débiles– son los primeros. Tiene su momento de gloria
y, sepultado por las cámaras de los noticiosos de televisión, es
disputado por los políticos que quieren sacarse una foto con él,
mientras los micrófonos lo acosan para preguntarle… el secreto
de su longevidad. Luiz Beltrami alcanza a musitar: "toda la
vida desayuné leche con coco".
En
aquellos días, José Saramago se sentó en un aula de la
Universidad de Río de Janeiro y dijo estas palabras en la
presentación del libro Terra, del gran fotógrafo
Sebastião Salgado, que ilustra este artículo: "Mientras
tantos se destruyen a sí mismos, mientras muchos viven como si no
contasen, como si no tuviesen importancia, personas que sufren,
aquí en Brasil, han comenzado a preguntarse por qué". En
aquel 1997, dos mil campesinos hicieron algo tan primitivo y
elemental como caminar juntos. Como otros lo hicieron, hace más
de veinte siglos, por los polvorientos caminos de Palestina. Como
en la India lo hizo Gandhi, quien tiene una estatua en Cinelandia,
el centro de Río de Janeiro. (*)
|

La
voluntad de lucha de los sin tierra. Foto de
Sebastião Salgado. |