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IDENTIDAD,
POSMODERNIDAD Y NUEVAS TECNOLOGÍAS
Por
María
Lidia Saguier
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Internet,
computadoras, nuevas tecnologías, formas de ineludibles
efectos en la constitución de la identidad en el mundo
contemporáneo (foto página Universia) |
Maria Lidia Saguier
es una socióloga argentina perteneciente al prestigioso Instituto
de Investigaciones Gino Germani en la ciudad de Buenos Aires. El
presente trabajo sobre el lenguaje y las modernas tecnologías
como formas de construcción de la identidad fue presentado por su autora en el contexto del Simposio Latinoamericano y del Caribe
"La educación, la ciencia y la cultura en
la sociedad de la Información", SimpLAC 2002. Algunas
de las cuestiones particulares que estudia Saguier son: el nombre
como generador de identidades; la posmodernidad y sus formas
culturales, la computación y el internet y su efecto en
las identidades; la crisis de filiación como parte de la
trasformación del modelo familiar tradicional. En este ensayo
podremos así acercarnos a esta faceta de Este mundo que
nos envuelve, condiciona y constituye.
EI
Resumen
Manuel
Castells, en su libro "La ciudad informacional" (1995),
no duda en calificar a la actual revolución tecnológica como
"un punto de inflexión en la historia". Las nuevas
tecnologías parecen plantear un horizonte de profundas
modificaciones, aún en cuestiones que podrían parecer tan
lejanas a su influencia como la misma identidad personal, es
decir, la manera como creamos y experimentamos la identidad
humana. Siguiendo a Sherry Turkle (1997) podemos decir que las
TICs están afectando nuestras ideas sobre la mente, el cuerpo, el
yo, la máquina y lo que significa estar vivo. Comienza a
desplegarse -ante nuestros ojos incrédulos- un nuevo universo
cultural de implicancias inimaginables. Se abre un inmenso campo
de investigación y teorización.
En
este contexto, el trabajo propone una indagación de la
problemática de la identidad a partir de la consideración de un
elemento fundamental de la misma: el nombre de la persona,
base elemental de la identidad humana. Toma en consideración las
vicisitudes que el mismo parece estar experimentando en nuestras
postmodernas sociedades de la información, tal como queda de
manifiesto en un actual "tic del lenguaje", sumamente
difundido –particularmente-, en el contexto de la "cultura
juvenil" de distintos medios urbanos: identificarse a sí
mismos, y ser identificados por los otros, sólo por el nombre de
pila, prescindiendo totalmente del apellido. Esta tendencia se
complementa de modo coherente con la información periodística
que consignara el caso de reemplazo del apellido por la
denominación ".com".
El
trabajo aborda la comprensión de estos fenómenos como expresión
de una problemática social más amplia, vinculada a los cambios
operados en el "clima socio-cultural" a partir de la
así llamada crisis de la modernidad y la aparición en
nuestro medio social de rasgos constitutivos de la denominada cultura
postmoderna, atravesada por la poderosa irrupción -en la vida
cotidiana de millones de personas- de las nuevas tecnologías de
la información y la comunicación (TICs).
-
Introducción
El
presente trabajo aborda la temática propuesta para el SimpLAC
2002 "La educación, la ciencia y la cultura en la sociedad
de la información", a partir de tomar en consideración
algunos elementos del universo cultural presentes en nuestras
sociedades. En primer lugar haremos referencia a un actual
"tic del lenguaje" que resulta sumamente difundido entre
los jóvenes de distintos medios urbanos: nos referimos a la
modalidad de identificarse a sí mismos, y ser identificados por
los demás, sólo por el nombre de pila, prescindiendo de los
apellidos. Esta modalidad resulta tan extendida que podría
decirse que forma parte de la nueva "cultura juvenil", a
la vez que la expresa fuertemente. A veces, quizá debido a la
existencia de nombres similares en el grupo o a la necesidad de
aclarar de quién efectivamente se trata, podemos observar
también que los jóvenes emplean para identificarse el recurso de
hacer referencia al lugar o situación en donde se han conocido, o
donde tiene principalmente lugar la interacción que los vincula.
Así, pasan a identificarse y ser identificados como "Juan,
del club ", "Laura, de la facultad ",
"Jorge, el amigo de Joaquín".
Del
nombre de la persona –base de la identidad humana,
representación elemental del "sí mismo" de cada uno-
desaparece toda referencia al apellido sin que, de este modo,
pueda establecerse –o tan siquiera presumirse- lazo de
filiación alguna. La identidad personal se presenta, así,
fragmentada, se transforma en una serie de identidades parciales,
yuxtapuestas, se vuelve sólo "situacional", una
identidad "de coyuntura", un rompecabezas siempre
incompleto.
Esta
modalidad del lenguaje de nuestros jóvenes tiene una fuerza tal
que comienza a observarse su proliferación, incluso en el mundo
adulto. ¡Ya nadie es hijo de nadie...! En nuestras sociedades la
identidad parece prescindir de la memoria.
A
partir de esta singular modalidad surgida en nuestra cultura, y
entendiendo que los "tics del lenguaje" suelen expresar
con mucha claridad el espíritu de cada época, el presente
trabajo realiza un análisis que establece algunas hipótesis
respecto de la forma en que este elemento de la cultura juvenil
puede ser comprendido como expresión de una problemática social
más amplia, vinculada a los cambios operados en "el clima
socio-cultural" a partir de la aparición en nuestro medio
social de rasgos constitutivos de la denominada cultura
postmoderna, así como del proceso de creciente influencia en
nuestra cultura de las nuevas tecnologías telemáticas.
El
trabajo se propone como una reflexión respecto del rol que la
cultura, a través del lenguaje y las nuevas tecnologías, está
desempeñando en la creación de una nueva sensibilidad social, en
la configuración de las nuevas formas en que pensamos y sentimos
sobre nosotros mismos -sobre quiénes somos- y sobre otras
personas. Estos cambios en curso comienzan a manifestarse
particularmente entre los jóvenes, usuarios claves de las nuevas
tecnologías telemáticas. Las mismas, tal como señala Wolton
(2000), en el contexto de un mundo donde ya no quedan más
territorios de aventuras, se ofrecen a las jóvenes generaciones
con la fuerza de la utopía, como un lugar de libertad y apertura
inigualable; una especie de "Lejano Oeste" en el que
todavía "otra vida" es posible. Como siempre, los
jóvenes se han lanzado de lleno a los nuevos escenarios y el
clima cultural de la época está experimentando cambios
significativos. En nuestro trabajo apuntaremos a centrarnos en
aquellos que, provenientes del campo del lenguaje o de las TICs,
nos permitan indagar en una temática fundamental de la cultura
actual: las vicisitudes que la concepción de la identidad humana
está experimentando en nuestras sociedades.
-
El
nombre como generador de identidad: algunas consideraciones
históricas
Tal
como señala Juan E. Tesone (1987), si bien los dos elementos del
sistema onomástico moderno son el apellido y el nombre de pila,
en realidad el apellido constituye un elemento de aparición
relativamente reciente. Pero la referencia al hecho de la
filiación resulta algo que proviene de las más antiguas
tradiciones culturales (Leon-Dufour, 1996). Específicamente en el
contexto de la tradición judeo-cristiana, resulta llamativa la
singular importancia otorgada tanto al nombre de los personajes
involucrados en los distintos textos y relatos bíblicos, como la
referencia a la consiguiente filiación de los mismos (Gn 4,
17-22; 5, 1-32; Is 7,1; 1Re 14,1; Mt 1, 1-17; Lc 1,5). En este
sentido, el texto bíblico refleja la milenaria concepción
existente en el mundo semítico, respecto de que sólo se puede
existir, ser, tener identidad, dentro de una genealogía.
Desde
la antigüedad, y aproximadamente hasta fines del primer milenio
de la era cristiana, solía asignarse a cada niño un nombre
único, que no era transmisible de generación en generación. Era
generalmente inédito, y su creación, por parte de los padres era
un hecho simbólico que dotaba al niño de una singularidad
equiparable a su patrimonio genético. Su elección no era
arbitraria, podía deberse a algún acontecimiento histórico de
la comunidad, a las características del parto, a los rasgos del
niño, etc., pero sobre todo expresaba los deseos de los padres en
relación a ese niño. Se elegía deliberada y cuidadosamente,
entendiendo que gravitaba en el destino del niño. Tesone señala
que se encuentra este mismo proceso nominativo en todos los
pueblos de la antigüedad, e incluso actualmente en aquellos en
los que la cultura sigue siendo de transmisión oral, como en
algunos pueblos africanos y entre los esquimales.
El
uso de "apellido" comienza a aparecer en Europa hacia el
año 1000, y es recién en el Renacimiento cuando se extiende de
modo significativo. La Iglesia, si bien ya a partir del siglo
XII-XIII, había comenzado a utilizar en sus registros de bautismo
la fórmula del "nombre-apellido", para evitar el
matrimonio consanguíneo, es recién en el concilio de Trento
(1563) que ordena consignar, en forma sistemática, ambos datos.
Es
entonces avanzado el segundo milenio, que puede decirse que el
apellido queda inequívocamente asociado a la identidad de las
personas, inscribiendo formal y explícitamente al niño en una
estructura de parentesco en la que las relaciones de alianza,
filiación y consanguinidad resultan clara y
"universalmente" proclamadas. El dato de la filiación,
de ser "hijo de", se vuelve así algo manifiesto en el
mismo hecho de "nombrarse", reforzando de este modo el
valor históricamente asignado a dicho vínculo.
-
El
actual contexto socio cultural
Esta
nueva modalidad del lenguaje surgida en nuestra cultura de emplear
para identificarse sólo el nombre de pila, pone de manifiesto el
escamoteo -sutil pero inequívoco- del dato de la filiación,
sugiriendo de manera bastante explícita un no reconocimiento
– o al menos una fuerte secundarización- de la procedencia, las
raíces, los orígenes.
En
este sentido, y desde una perspectiva sociológica y psico-social,
llama la atención que la aparición de esta modalidad del
lenguaje coincida con hechos tan relevantes del contexto social
como: el notable aumento experimentado en la expectativa de vida;
la creciente incorporación de nuestras sociedades a la cultural
digital –particularmente importante en la vida cotidiana de los
jóvenes-; así como las significativas modificaciones que está
experimentando la configuración familiar.
Con
respecto al primero de ellos, cabe puntualizar la paradoja que la
modalidad del lenguaje que analizamos se instale en el momento
histórico en que -por primera vez- "coexisten" el mayor
número de generaciones diferentes. Efectivamente, las
modificaciones producidas en la expectativa general de vida han
llevado a que resulte habitual que -de una misma familia- vivan
actualmente tres, -y hasta cuatro-, generaciones distintas. En la
generación de nuestros padres fueron pocos los que llegaron a
conocer algún abuelo; hoy, es frecuente que esa misma generación
–la de nuestros padres- alcance a conocer hasta a sus bisnietos.
Esta posibilidad de establecer fluida y espontáneamente cierta
continuidad en la identidad familiar, contrasta ciertamente con la
abrupta ruptura que plantea la modalidad de lenguaje que
analizamos. Ello nos lleva a considerar algunas cuestiones que, de
acuerdo a autores tales como Baudrillard (1984), Lipovetsky
(1986), Vattimo (1986) y Lyotard (1989), son algunas de las que
caracterizan la crisis del paradigma de la modernidad y nos
remiten al que estaría actualmente en desarrollo y que denominan post-moderno.
La
visión modernista de la realidad, que ha dominado el pensamiento
occidental desde la Ilustración, podría ser caracterizada por
términos tales como "lineal", "lógico",
"jerárquico", y por reivindicar en los sucesos y
fenómenos de la realidad "profundidades" que pueden ser
dilucidadas y comprendidas. El pensamiento de los autores
postmodernos plantea una concepción bien diferente.
Un
elemento central de la misma, es precisamente la modificación de
la noción y valoración del tiempo. La "postmodernidad"
plantea el fin de un paradigma temporal que postula una
concepción progresiva, lineal y acumulativa. Se pasa de una
temporalidad organizada alrededor de la sucesión a una
vivencia temporal centrada en la simultaneidad. El presente
se autonomiza así del pasado, y se desliga, a su vez, del futuro.
Como dice Cullen (1988): "El ‘después’ no se deja
reducir al ‘ahora’ opuesto a un ‘antes’". Se instala
la percepción del "fin de la historia", la vivencia de
una radical fragmentación, donde la lógica de comprensión del
mundo y la historia se modifica fuertemente. Se observa así, como
una de las características postmodernas más evidentes, la
aparición del gusto por la discontinuidad, el zapping, y
la consiguiente habilidad para saltar, o más bien deslizarse,
quizá de modo superficial pero con soltura y habilidad, por el pandemonium
de ideas, imágenes o productos de consumo.
En
este sentido, podría decirse que la pauta del lenguaje que
analizamos remeda también, de algún modo, el "lenguaje del
videoclip", -según O. Landi (1992), típico lenguaje de este
fin milenio-, caracterizado por su impronta de collage, de
yuxtaposición, superposición, simultaneidad, secuencias en
tiempo no lineal, saltos en la narración, disolución y fusión
de imágenes.
Es
en este contexto cultural, entonces, que no parece descabellado
esto de "obviar" la existencia de la línea generacional
de procedencia, aún cuando hoy en día, ésta tenga la
contundencia de la existencia concreta no sólo de padres, sino de
abuelos y bisabuelos. Desde esta perspectiva, podría comprenderse
este "tic del lenguaje" como un modo postmoderno más de
desterrar la sucesión e instalar la simultaneidad
de un "eterno presente", sin vínculos reconocidos con
nada anterior. La negación del pasado expresaría así -en el
lenguaje de la época- una característica típica del paradigma
cultural en curso.
-
Identidad
y nuevas tecnologías
La
doctora en Psicología y Sociología Sherry Turkle (1997) ha
dedicado un singular esfuerzo en indagar las relaciones existentes
entre ambos términos del título de este parágrafo. En su
opinión, la construcción de la identidad en la era de Internet
plantea un sinnúmero de nuevas cuestiones, abriendo un
inmenso campo de investigación y teorización. Turkle plantea que
la red de redes, que se expande en nuestras sociedades con
velocidad inusitada y enlaza a millones de personas en nuevos
espacios, está cambiando la forma en la que pensamos, la
naturaleza de nuestra sexualidad, la forma de nuestras comunidades
y nuestras propias identidades.
"Este
contexto es la historia de la erosión de las fronteras entre lo
real y lo virtual, lo animado y lo inanimado, el yo unitario y el
yo múltiple, que ocurre tanto en campos científicos avanzados de
investigación como en los modelos de la vida cotidiana."
Los
juegos de ordenador para múltiples usuarios -cuya denominación
genérica, más allá de las diferencias de software, suele ser
MUD (Multi-User Domains)-, constituyen un nuevo tipo de juego de
salón virtual y una nueva forma de comunidad. Los jugadores se
convierten en autores de ellos mismos, construyendo nuevos yos a
través de la interacción social que se va generando en el juego.
En los MUD no es necesario que los personajes sean humanos y
existen más de dos géneros. Turkle señala que los MUD
proporcionan un espacio en el que cada jugador puede construir un
personaje tan cercano o tan lejano de su "yo real" como
lo desee. Dan a la gente la oportunidad de expresar aspectos
múltiples y a menudo inexplorados del yo, jugar con su identidad
y probar identidades nuevas. Dice la autora:
"Los
MUD hacen posible la creación de una identidad tan fluida y
múltiple que pone en tensión los límites de la misma noción.
La identidad, después de todo, se refiere al equilibrio entre
(...) una persona y su personaje. Sin embargo, en los MUD, uno
puede ser muchos personajes al mismo tiempo (en MUD
diferentes)."
Las
diferentes ventanas del ordenador, en las que podemos jugar a ser
(¿o ser?) diferentes personajes, en diferentes MUD, constituyen
para Turkle una metáfora poderosa para pensar el yo como un
sistema múltiple, "distribuido". Permite pensar en la
noción de un yo descentrado, que existe en múltiples mundos e
interpreta múltiples papeles al mismo tiempo. Pero no sólo eso.
En los MUD, uno puede ser muchos "otros" de modo
simultáneo, pero también "otros" pueden ser
"uno", asumiendo nuestro "personaje de la
vida real". Las nuevas tecnologías están generando cambios
fundamentales en la manera como creamos y experimentamos la
identidad humana. El debate mismo se define como un fenómeno en
transformación. En este nuevo contexto tecnológico, la noción
misma de identidad que hemos venido manejando en nuestra cultura
parece desdibujarse. Sus límites parecen expandirse de modo que,
hasta no hace mucho tiempo, no hubiéramos dudado en calificar de
demencial. La construcción de la subjetividad comienza a
transitar por caminos que nos son desconocidos.
Los
MUD constituyen a criterio de Turkle (y también en el nuestro),
objetos evocativos sumamente valiosos para pensar sobre la
identidad humana, así como sobre el conjunto de ideas, al que ya
hemos hecho referencia, denominado "postmodernismo".
Retomando la caracterización que puntualizamos anteriormente y
que podríamos remitir a términos tales como
"descentrado", "fluido, "no lineal",
"opaco", vemos que los MUD ilustran vigorosamente la
concepción postmoderna a la vez que pueden ser comprendidos como
expresión o correlato empírico de la abstracta
conceptualización teórica que realizan los autores a los que
hiciéramos referencia en el parágrafo anterior.
La
interacción social generada en el espacio de los MUD resulta
habitualmente anónima, quienes intervienen son conocidos
exclusivamente por el nombre de su personaje o personajes. La
identidad "real" resulta un dato no pertinente, así
como absolutamente irrelevante. En este sentido, resulta
impensable buscar o pretender establecer vínculos de filiación
alguna, a menos de plantearlos en términos estrictamente
autorreferenciales, a modo de autoengendramiento. El clima
socio-cultural de la época parece atravesar por igual las
modalidades del lenguaje y las nuevas tecnologías. Ambos,
lenguaje y tecnologías telemáticas, manifiestan e ilustran la
conformación de un paradigma cultural diferente al propuesto por
la modernidad y donde la identidad humana parece que: "ya no
es lo que solía ser".
-
Las
transformaciones del entramado social
La
crisis del modelo familiar tradicional, el significativo
incremento del número de disoluciones familiares, la
proliferación de nuevas configuraciones o tipos de familia,
permitiría abrir un interrogante acerca de la medida en que
dichas modificaciones del entramado social pudieran estar
vinculadas con la aparición de ese clima de orfandad radical que
se percibe en las manifestaciones socio-culturales de este cambio
de milenio que venimos analizando. Ese no reconocimiento de
los vínculos de filiación que aparece sutilmente expresado en el
lenguaje de los jóvenes, ¿estaría de algún modo aludiendo a
dichas transformaciones? Desde esta perspectiva de análisis,
cabría interrogarse acerca de la calidad del vínculo que esta
generación de jóvenes ha podido establecer con sus padres. ¿En
qué medida esta nueva modalidad del lenguaje sería una
expresión de la crisis por la que atraviesa, en nuestra cultura,
la institución familiar?
Como
adultos, esta crisis de filiación puesta de manifiesto en
el lenguaje cotidiano de nuestros jóvenes nos invita a
cuestionarnos fuertemente respecto de la clase y calidad de los
modelos identificatorios de los que, como adultos y padres, los
hemos provisto. Al respecto, tal como señalan Obiols y Di Segni
(1993), cabría destacar la dificultad de los adolescentes y
jóvenes de hoy para encontrar figuras adultas con las cuales
identificarse, ya que el mismo medio cultural que los rodea parece
haber decretado "la adolescentización de la sociedad
misma", desdibujándose así el modelo de adulto propuesto en
la modernidad. Encuentran, entonces, que los padres evidencian sus
mismas dudas, no tienen valores claros, comparten sus mismos
conflictos. La hipótesis de los autores plantea que la cultura
postmoderna misma encarna, en cierto modo, los conflictos
tradicionalmente descriptos como típicos de la adolescencia: un collage
en lo referente a la identidad, crisis en los valores, ambigüedad
sexual, hedonismo.
La
negación a ser identificados como "hijos de",
parecería asimismo evidenciar en el clima cultural de la época
cierta dosis de autosuficiencia excesiva, de vanidosa
omnipotencia. Parece poner de manifiesto la existencia de cierta
fantasía o deseo narcisista de autogeneración, la
ilusión de ser self made men en el más radicalizado y
literal sentido del término.
La
contracara de la omnipotencia implícita en este clima cultural
imperante en nuestras postmodernas sociedades de la información,
quizá pueda verse en algunas de las nuevas problemáticas
psicológicas y sociales de nuestros días: en el aumento de las
transgresiones y transtornos antisociales de la personalidad, así
como de las adicciones. En las problemáticas de transgresión, de
búsqueda patológica de límites, bien puede pensarse en el
vacío y soledad que se experimenta frente a la falta de
"padre" (de "ley"). Por su parte, en el caso
de los adictos (del latín addico; ad: hacia, dico:
decir) cabe plantearse qué es, precisamente, lo "no
dicho" que "intenta decirse". En el contexto de la
reflexión que venimos haciendo en este trabajo, cabría
plantearse que lo que "no pueden decir" es "su
nombre", que está obturada la posibilidad de decir
"su mismidad".
La
cuestión que no puede soslayarse es que la experiencia de
filiación es una experiencia indisolublemente constitutiva de lo
humano. La experiencia de filiación nos constituye como personas,
lo percibamos o no, nos guste o lo queramos, o no. En términos de
Filloux (1962), todo ser humano es historia dentro de otra
historia más amplia, donde se coaligan lo étnico, lo social, lo
familiar, lo grupal, lo religioso, etc. Todo ello contribuye a la
identidad personal de cada uno. En el contexto de la psicología
clínica, esta comprensión es la que permite reconocer la
eficacia de lo transgeneracional, comprobada reiteradamente en la
práctica clínica y presente, desde Freud (1948), en distintos
desarrollos teóricos (Kaes, 1996).
También,
desde la percepción de los poetas, se ha aludido reiteradamente a
los misteriosos y profundos lazos que se entretejen secretamente
entre generaciones. Al respecto, dice Borges (1996) en su poema
"Al hijo": "No soy yo quien te engendra. Son los
muertos./ Son mi padre, su padre y sus mayores/...".
Reconocer
y aceptar el-lugar-de-"los-otros"-que-nos-dan-origen,
implica la posibilidad de verdadero insight, de acercarse a
una comprensión más cabal de uno mismo y de la propia historia,
recuperando aspectos fundamentales de la mismidad personal.
Implica necesariamente la renuncia a la suficiencia, una actitud
de apertura a lo que no viene de uno mismo, una aceptación de la
alteridad, de la ley. Una renuncia, en suma, a nuestros aspectos
más primitivos, al encierro narcisista, ya que implica
reconocernos radicalmente dependientes, frágiles y finitos.
Aceptar la finitud, la castración, implica reconocer un
aspecto indisolublemente ligado a la identidad más profunda de
nuestra condición humana.
-
Comentarios
finales
Nos
toca vivir en una época de profundos cambios y modificaciones en
los más diversos ámbitos de la vida y del quehacer humanos. En
todo el mundo se perciben con claridad los dolores y desajustes
producidos por una crisis que, acorde con los tiempos, se presenta
globalizada y global. Se percibe el resquebrajamiento de un orden,
de una concepción del mundo y, simultáneamente, el surgimiento
de nuevas instancias.
Tal
como dice Turkle, la cultura de la simulación se está
convirtiendo en la nueva forma de pensar sobre la vida, está
contribuyendo fuertemente a poner en cuestión nociones que
creíamos firmemente asentadas. En nuestros días, parece
prevalecer una noción de identidad móvil, fluida y en constante
cambio. Lo más importante en nuestras actuales sociedades, parece
ser la capacidad para una permanente y fluida adaptación al
cambio, para estar siempre en proceso. Hay algo, en este cambio de
milenio, que nos induce a jugar a que somos múltiples y
diversos casi hasta el infinito; autosuficientes y autónomos
hasta la arrogancia de pretendernos casi autogenerados. Pero
también, a pensar en aspectos positivos de la "nueva
identidad" como multiplicidad, fluidez, descentralización,
flexibilidad, emergencia.
Las
comunidades virtuales constituyen hoy, un contexto inédito desde
el cual pensar la identidad humana. La era de Internet recién
comienza a manifestar sus efectos sobre ella. ¿Lograremos
aprender cómo el mundo de lo real y el de lo virtual pueden
volverse mutuamente permeables, desplegando cada uno de ellos lo
mejor de su potencial para enriquecer y expandir al otro? Muchos
autores consideran que el fabuloso desarrollo de las nuevas
tecnologías telemáticas que está teniendo lugar en nuestras
actuales sociedades postmodernas, requiere –asimismo- de una
apertura "postmoderna" a múltiples puntos de vista. Al
respecto dice Turkle:
"...
la cultura de la simulación nos puede ayudar a conseguir una
visión de una identidad múltiple pero integrada, cuya
flexibilidad, resistencia y capacidad de júbilo está relacionada
con tener acceso a nuestros muchos yos. Pero si hemos perdido la
realidad en el proceso, nos sorprenderá el mal negocio que hemos
hecho."
Es
necesario, entonces, que nos preguntemos: ¿Nuestra vida
"real" se enriquece y expande debido a nuestras
experiencias virtuales? ¿Nuestras experiencias virtuales expanden
verdaderamente nuestra vida "real"? Es necesario
instaurar un pensamiento crítico sobre estos temas, "pensar
Internet" más allá de toda la euforia fácil que pueden
despertar las nuevas tecnologías. En este sentido, corresponde
más bien una mirada desmitificadora, que evite toda idealización
y permita conceptualizarlas como una herramienta al servicio de un
fin superior. ¿Cómo podrán los jóvenes, que pasan gran
cantidad de tiempo delante de todo tipo de pantallas y situaciones
virtuales, volver más ricos a la realidad empírica? El
desafío que se abre para nuestra cultura es, entonces, mejorar la
comprensión que actualmente tenemos de los alcances, las
dinámicas y el sentido de la experiencia virtual, para poder así
enriquecer y mejorar realmente nuestras propias vidas, las de
nuestras familias y las de nuestras comunidades. (*)
(*)
Fuente:
Trabajo presentado
por María Lidia Saguier en el contexto del Simposio Latinoamericano
y del Caribe "La educación, la ciencia y la cultura en
la sociedad de la Información", SimpLAC 2002 organizado
por el Ministerio de Informática y Comunicaciones de Cuba y
la UNESCO. También se halla publicado en la página www.infopolis.org.ar
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