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Patoruzú
en algún acantilado de las costas de la Patagonia, el
hogar de su estirpe tehuelche. |
Una aparición
fugaz de un indio y una avestruz en las tiras cómicas allá por
1928, marcó para siempre la historia de los cómics argentinos.
Inspirador del belga Asterix, Patoruzú sobrevive como un emblema
nacional y cuadro arquetípico de una época en que las
historietas estaban vivas, en un país donde crear era posible y
cuyo terreno fructífero bien supo aprovechar, entre otros, el genio
de Dante Quinterno.
La obra, autóctona y genial,
de Dante Quinterno
es un memorial de una Argentina que sólo existe en el recuerdo. Sus personajes, eternos vivificadores
de las rectilíneas historietas, urbe de tinta china, supieron
reflejar una visión muy nuestra.
¡Parece
que fue ayer! Cuánto nos emocionábamos y nos reíamos con
"las andanzas de Patoruzú" o con "las correrías
de Patoruzito", y por qué no mencionar a las posteriores
"locuras de Isidoro". Hoy, como rito que ambiciona
detener el tiempo, una extraña nostalgia invade a las lecturas de
aquellas reediciones de los clásicos que siempre siguen
estoicamente presentes en los kioscos de la ciudad, cual mito
viviente; o en el mejor de los casos, entre los amarillentos
recuerdos de nuestra infancia.
A
veces surge la pregunta: ¿cómo se produce este fenómeno en el seno de
un pueblo? Es, sin duda, una receta que incluye el advenimiento de
un genio creador, como entre otros lo fue Dante Quinterno, inserto en una
época que ofrecía más oportunidades en medio de una sociedad
que hallaba una manera de expresión, y por qué no, de protesta en
la viñeta.
UN
ARTISTA Y SU OBRA
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Patoruzito
(izquierda) e Isidorito (derecha) en apuros; atrás, con
mirada torva, Pamperito contempla la escena. |
Dante
Quinterno nace un 26 de octubre de 1909. Aficionado
al boxeo y al remo, comienza a enviar sus primeros dibujos a
diferentes medios gráficos. Siendo muy joven logra publicar
"Pan y Truco" en "El Suplemento" y
luego "Don Fermín"(Precursor de "Don
Fierro") en el diario "El Mundo". Después de su
viaje a los Estados Unidos donde conoce a Disney publica ya de
regreso a la Argentina la mítica revista del Cacique Patoruzú.
La
primera vez que aparece aquel indio quijotesco es en un episodio
de "Las aventuras de don Gil Contento" en las
páginas de "Crítica", cuando asoma en la ventanilla
de un tren un Tehuelche inocentón heredero de una gran fortuna de
nombre Curugua Cariguaguija, tosco prototipo del indio que
llegamos a querer después. Aquel apodo es demasiado largo, por
lo tanto, prefirieron llamarlo: Patoruzú; derivado del nombre
"pasta de oruzú", una golosina conocida en su tiempo
que solía conseguirse en las farmacias.
En
1942, el mismo día que se estrena en las salas de los cines
"La guerra Gaucha", en el "Ambasador" aparece
el corto "Upa en apuros"; quien tuvo el privilegio
de contemplar esta obra sabe de lo que es posible hacer en una nación
algo más pujante y de lo que no se hace en un pueblo cuya cultura
tiene poca prensa.
Quinterno
supo establecer un perfil muy específico a sus personajes, dando
a sus dibujantes intensas y precisas instrucciones de diversos
detalles que nunca se podrían alterar acerca del contorno de sus
creaciones. Patoruzú debía ser "la perfección dentro de
la imperfección". Nunca sería un superhéroe como
Batman o Superman, porque nunca dejaría el terreno humano; quizá
por esto lo admiramos.
Una de
las razones quizás por las que la historieta Patoruzú perdura como bien
argentino es por el hecho de que sus personajes lograron reflejar
la sociedad de la que nacieron. Por un lado el
sureño fortachón Patoruzú, humanitario, noble y de alma
generosa, donde la malicia no tiene donde germinar. Toda su
actividad consiste en obras de caridad. En cambio Isidoro, su padrino,
es su opuesto: huye del trabajo y sólo piensa en el juego, las mujeres y
la vida nocturna. Pero, en definitiva, ambos terminan fundiéndose en una leal amistad. De alguna manera, esta
dicotomía facilita la identificación del lector con la
lucha moral entre los ideales y la mediocridad.
No es
novedad que tras una historieta de aventuras pervive, por medio
de códigos y símbolos, la realidad histórica y social. En la sociedad argentina
de la década de 1930, la crisis norteamericana comienza a
repercutir con fuerza; el trabajo es escaso
y muy mal pago. Las miras del Estado sólo se centran en
la producción agropecuaria. En este contexto, Isidoro desprecia el
empleo en pro de una vida fácil mientras que el indio Patoruzú es dueño
de la mitad de la Argentina.
La contraposición Isidoro-Patoruzú ha sido criticada por ser demasiado clásica, maniqueísta
y conservadora; sin embargo, sus detractores han quedado
frustrados. Sin duda fascinó a grandes y chicos. La acción
domina la tira; es expresiva, vital, dinámica. Las luchas entre
nuestro héroe y sus archienemigos son largas y costosas; en
ocasiones, logran quebrar al mismo Patoruzú. En el episodio
"Cosa nostra", Upa, el hermano del Cacique, es secuestrado por la mafia; y
casi logran reducir a Patoruzú en su osado intento por salvarlo.
Pero el héroe indio logra dar vuelco a aquella situación y salir
victorioso.
El mayor triunfo
de Patoruzú es conservar la integridad
familiar y los valores éticos y morales en medio de la más
franca adversidad y maledicencia. Su
familia la componen el capataz Ñancul; la mama de
leche Chacha, con su pipa al estilo Popeye y sus irresistibles
empanadas; la enamoradiza Patora y su clásico corcel negro,
Pampero. En un arcaico episodio, Patoruzú conoce a su redondo
hermano perdido Upa, que fue confiscado a vivir en una lúgubre
caverna por haber nacido deforme; allí se revela el origen de su
familia. Los Paturuzex son de origen egipcio, hijos del faraón
Paturusex y la princesa Napata, conocida como "Patora la
tuerta".
Esto explica que un indio tehuelche conserve a sus difuntos en
una deslumbrante mastaba trunca y dentro de sarcófagos decorados,
blanco de frecuentes intentos de robo que da pie para las más
emocionantes tramas.
Quinterno
y su equipo de guionistas y dibujantes supieron dentro de un
cuadro clásico, como enfoques estáticos pero de una honda
expresión gestual simple y limpia, trasmitirnos las aventuras de
todo un ejército de vivaces y queribles personajes que rayaba en
la más muda emoción e ingeniosa narrativa entre aquellas
páginas apaisadas.
PATORUZU
DEBE PERDURAR
En una
Argentina que padece una crisis definida por algunos
medios como "la peor de su historia", en un país donde
los valores parecen no tener cabida, donde la corrupción es
moneda corriente, y como temía José Ingenieros, no quisiéramos
admitir que la llama del ideal está inerte, los argentinos
precisamos revalorizar nuestra identidad. Nuestra valía. Tal vez
entre otras cosas necesitemos a hombres con temple como el de
Patoruzú, o a jóvenes como el casiquito Patoruzito, que equilibren
con los Isidoros Cañones, que oscurecen la vida. Junto a ellos
aprendimos a amar el campo, a rendir homenaje a la desarticulada
población indígena y a la gente del campo; aprendimos a querer la ciudad. La
historieta es un medio gráfico social que puede proporcionarnos
esos ejemplos.
Recuperar
el cómic nacional significa, entre otras cosas, dar lugar a que
nuevos talentos iluminen con su genio nuevas viñetas. ¡Quién sabe!
¡Quizá entre ellos esté aquel que vuelva dar vida al indio Patoruzú! Que
bien nos haría tener nuevamente entre nosotros aventuras
inéditas del heroico Cacique, enfrentando a nuevos y actuales enemigos y siendo
espejo y compañero de lucha de esta nueva realidad social que nos
toca vivir.
En estos últimos años, noticias de varios intentos de
resurrección de la clásica historieta han despertado cierta
esperanza. Pero todo fue
inútil. Patoruzú parece condenado a morir con su autor; pero aun
así, y sin resignación, sentimos que siempre vivirá junto a
nosotros. Como diría alguna vez Fontanarrosa "Ocurre que los
indios simplemente fueron desde siempre dueños de esta
tierra" y especialmente el Cacique Patoruzú, dueño de
nuestros corazones donde de seguro no morirá.
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Patoruzú
y su brioso corcel: Pampero |