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PATORUZÚ Y EL REFLEJO DE LA REALIDAD SOCIAL

 

Por Sergio Fuster

 

Patoruzú en algún acantilado de las costas de la Patagonia, el hogar de su estirpe tehuelche.

 

   Una aparición fugaz de un indio y una avestruz en las tiras cómicas allá por 1928, marcó para siempre la historia de los cómics argentinos. Inspirador del belga Asterix, Patoruzú sobrevive como un emblema nacional y cuadro arquetípico de una época en que las historietas estaban vivas, en un país donde crear era posible y cuyo terreno fructífero bien supo aprovechar, entre otros, el genio de Dante Quinterno.

 

   La obra, autóctona y genial, de Dante Quinterno es un memorial de una Argentina que sólo existe en el recuerdo. Sus personajes, eternos vivificadores de las rectilíneas historietas, urbe de tinta china, supieron reflejar una visión muy nuestra.

  ¡Parece que fue ayer! Cuánto nos emocionábamos y nos reíamos con "las andanzas de Patoruzú" o con "las correrías de Patoruzito", y por qué no mencionar a las posteriores "locuras de Isidoro". Hoy, como rito que ambiciona detener el tiempo, una extraña nostalgia invade a las lecturas de aquellas reediciones de los clásicos que siempre siguen estoicamente presentes en los kioscos de la ciudad, cual mito viviente; o en el mejor de los casos, entre los amarillentos recuerdos de nuestra infancia.

A veces surge la pregunta:  ¿cómo se produce este fenómeno en el seno de un pueblo? Es, sin duda, una receta que incluye el advenimiento de un genio creador, como entre otros lo fue Dante Quinterno, inserto en una época que ofrecía más oportunidades en medio de una sociedad que hallaba una manera de expresión, y por qué no, de protesta en la viñeta.

UN ARTISTA Y SU OBRA

Patoruzito (izquierda) e Isidorito (derecha) en apuros; atrás, con mirada torva, Pamperito contempla la escena.

   Dante Quinterno nace un 26 de octubre de 1909. Aficionado al boxeo y al remo, comienza a enviar sus primeros dibujos a diferentes medios gráficos. Siendo muy joven logra publicar "Pan y Truco" en "El Suplemento" y luego "Don Fermín"(Precursor de "Don Fierro") en el diario "El Mundo". Después de su viaje a los Estados Unidos donde conoce a Disney publica ya de regreso a la Argentina la mítica revista del Cacique Patoruzú.

La primera vez que aparece aquel indio quijotesco es en un episodio de "Las aventuras de don Gil Contento" en las páginas de "Crítica", cuando asoma en la ventanilla de un tren un Tehuelche inocentón heredero de una gran fortuna de nombre Curugua Cariguaguija, tosco prototipo del indio que llegamos a querer después. Aquel apodo es demasiado largo, por lo tanto, prefirieron llamarlo: Patoruzú; derivado del nombre "pasta de oruzú", una golosina conocida en su tiempo que solía conseguirse en las farmacias.

En 1942, el mismo día que se estrena en las salas de los cines "La guerra Gaucha", en el "Ambasador" aparece el corto "Upa en apuros"; quien tuvo el privilegio de contemplar esta obra sabe de lo que es posible hacer en una nación algo más pujante y de lo que no se hace en un pueblo cuya cultura tiene poca prensa.

Quinterno supo establecer un perfil muy específico a sus personajes, dando a sus dibujantes intensas y precisas instrucciones de diversos detalles que nunca se podrían alterar acerca del contorno de sus creaciones. Patoruzú debía ser "la perfección dentro de la imperfección". Nunca sería un superhéroe como Batman o Superman, porque nunca dejaría el terreno humano; quizá por esto lo admiramos.

Una de las razones quizás por las que la historieta Patoruzú perdura como bien argentino es por el hecho de que sus personajes lograron reflejar la sociedad de la que nacieron. Por un lado el sureño fortachón Patoruzú, humanitario, noble y de alma generosa, donde la malicia no tiene donde germinar. Toda su actividad consiste en obras de caridad. En cambio Isidoro, su padrino, es su opuesto: huye del trabajo y sólo piensa en el juego, las mujeres y la vida nocturna. Pero, en definitiva, ambos terminan fundiéndose en una leal amistad. De alguna manera, esta dicotomía facilita la identificación del lector con la lucha moral entre los ideales y la mediocridad.

No es novedad que tras una historieta de aventuras pervive, por medio de códigos y símbolos, la realidad histórica y social. En la sociedad argentina de la década de 1930, la crisis norteamericana comienza a repercutir con fuerza; el trabajo es escaso y muy mal pago. Las miras del Estado sólo se centran en la producción agropecuaria. En este contexto, Isidoro desprecia el empleo en pro de una vida fácil mientras que el indio Patoruzú es dueño de la mitad de la Argentina.

  La contraposición Isidoro-Patoruzú ha sido criticada por ser demasiado clásica, maniqueísta y conservadora; sin embargo, sus detractores han quedado frustrados. Sin duda fascinó a grandes y chicos. La acción domina la tira; es expresiva, vital, dinámica. Las luchas entre nuestro héroe y sus archienemigos son largas y costosas; en ocasiones, logran quebrar al mismo Patoruzú. En el episodio "Cosa nostra", Upa, el hermano del Cacique, es secuestrado por la mafia; y casi logran reducir a Patoruzú en su osado intento por salvarlo. Pero el héroe indio logra dar vuelco a aquella situación y salir victorioso.

 El mayor triunfo de Patoruzú es conservar la integridad familiar y los valores éticos y morales en medio de la más franca adversidad y maledicencia. Su familia la componen el capataz Ñancul; la mama de leche Chacha, con su pipa al estilo Popeye y sus irresistibles empanadas; la enamoradiza Patora y su clásico corcel negro, Pampero. En un arcaico episodio, Patoruzú conoce a su redondo hermano perdido Upa, que fue confiscado a vivir en una lúgubre caverna por haber nacido deforme; allí se revela el origen de su familia. Los Paturuzex son de origen egipcio, hijos del faraón Paturusex y la princesa Napata, conocida como "Patora la tuerta". Esto explica que un indio tehuelche conserve a sus difuntos en una deslumbrante mastaba trunca y dentro de sarcófagos decorados, blanco de frecuentes intentos de robo que da pie para las más emocionantes tramas.

Quinterno y su equipo de guionistas y dibujantes supieron dentro de un cuadro clásico, como enfoques estáticos pero de una honda expresión gestual simple y limpia, trasmitirnos las aventuras de todo un ejército de vivaces y queribles personajes que rayaba en la más muda emoción e ingeniosa narrativa entre aquellas páginas apaisadas.

   PATORUZU DEBE PERDURAR

   En una Argentina que padece una crisis definida por algunos medios como "la peor de su historia", en un país donde los valores parecen no tener cabida, donde la corrupción es moneda corriente, y como temía José Ingenieros, no quisiéramos admitir que la llama del ideal está inerte, los argentinos precisamos revalorizar nuestra identidad. Nuestra valía. Tal vez entre otras cosas necesitemos a hombres con temple como el de Patoruzú, o a jóvenes como el casiquito Patoruzito, que equilibren con los Isidoros Cañones, que oscurecen la vida. Junto a ellos aprendimos a amar el campo, a rendir homenaje a la desarticulada población indígena y a la gente del campo; aprendimos a querer la ciudad. La historieta es un medio gráfico social que puede proporcionarnos esos ejemplos.

Recuperar el cómic nacional significa, entre otras cosas, dar lugar a que nuevos talentos iluminen con su genio nuevas viñetas. ¡Quién sabe! ¡Quizá entre ellos esté aquel que vuelva dar vida al indio Patoruzú! Que bien nos haría tener nuevamente entre nosotros aventuras inéditas del heroico Cacique, enfrentando a nuevos y actuales enemigos y siendo espejo y compañero de lucha de esta nueva realidad social que nos toca vivir.

 En estos últimos años, noticias de varios intentos de resurrección de la clásica historieta han despertado cierta esperanza. Pero todo fue inútil. Patoruzú parece condenado a morir con su autor; pero aun así, y sin resignación, sentimos que siempre vivirá junto a nosotros. Como diría alguna vez Fontanarrosa "Ocurre que los indios simplemente fueron desde siempre dueños de esta tierra" y especialmente el Cacique Patoruzú, dueño de nuestros corazones donde de seguro no morirá.

 

Patoruzú y su brioso corcel: Pampero

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo