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En
Este mundo, la alimentación es necesidad biológica,
y uno de los signos de la injusta distribución de
la riqueza. También es manifestación esencial
de la imagen de la realidad que profesan los pueblos.
Un ejemplo este vinculo entre una comida tradicional
y una concepción de vida es la barroca comida mexicana.
El artículo que sigue a continuación del Doctor
en Filosofía Héctor Zagal Arreguín es una excelente
ilustración de esta temática. El texto fue editado
originalmente en la revista mexicana Istmo.
Agradecemos su envío para su edición aquí.
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LA
BARROCA COMIDA MEXICANA O EL CHOQUE DEL CAZO Y EL COMAL
Por Héctor Zagal Arreguín (*)
La
comida mexicana no es —como quieren algunos— el
destructivo sabor del chile toscamente revuelto con tortillas
y frijoles. La cocina mexicana es una manera de ver la vida,
es el barroco llevado a su último extremo, es una etiqueta
cortesana que no pueden vivir ni los racionalistas (hijos de
la fast food) ni los bárbaros puritanos (hijos de la
comida low fat). Tal vez viniera bien a la tan llevada
y traída identidad del mexicano, sabernos orgullosamente
"hijos del maíz". Entre los comales y las cazuelas
late la palabra secreta de la cocina mexicana: barroco.
(*)
Ensayista
y articulista. Doctor en Filosofía. Profesor en la Facultad
de Filosofía de la Universidad Panamericana. Consejero
editorial de ISTMO. Miembro del Sistema Nacional de
Investigadores. Autor, entre otras publicaciones, de Ética
para adolescentes posmodernos y de Ética de los
negocios: hacia las organizaciones del tercer tipo
"Bendito
sea Dios que con pan nos cría, porque con pasto bastaría"
Apreciar
la comida mexicana exige dos cualidades difíciles: un saludable
estómago y un bolsillo lleno. No tengo lo uno ni lo otro, pero
mi gastroenterólogo y mis amistades hacen maravillas. Uno me
receta y los otros me invitan. Mi agradecimiento.
De
entre los vapores de un cocido de chambarete (con verduras,
perón, membrillos y manzanas) emanan tentaciones contra
cualquier dieta. Madame Calderón de la Barca disfrutó
hace 150 años de este magnífico cocido en la aristocrática
casa de los Cortina. A mi abuela le servían
frecuentemente el mismo platillo en su rancho de San Pedro de
las Colonias hace 60 años. La receta no había cambiado. En
vísperas del siglo XXI, mi madre continúa preparándolo igual.
Se conservó la esencia y sus esencias.
El
verdadero quid de la cocina mexicana no es, contra
lo que piensan gringos y gachupines, el chile. Entre los comales
y las cazuelas late la palabra secreta de la cocina mexicana: barroco.
El
retruécano verbal, llamado albur; la infinita politesse,
desesperante para los extranjeros; el boato y ceremonia son
manifestaciones del barroquismo nacional, quintaesencia de lo
mexicano. El Volksgeist —espíritu del pueblo—
no encuentra mejor definición que el recargamiento, el
ocultamiento, el alambicamiento. Ser mexicano es ser complicado,
es saber ocultarse presentándose en público. El barroquismo es
exaltación del sentimiento, es estética, es exuberancia y
ondulación.
Príncipe
barroco es el mole poblano, guiso enigmático donde se conjugan
los tropicales plátanos con las sequedades de las almendras,
donde se dan cita el cacao y una letanía de chiles y especias,
tantas, que ni el paladar más educado puede distinguir sin un
recetario a mano. El mole —invención de monjas poblanas para
agasajar a un virrey— es la consagración de la complejidad.
Mole del náhuatl molotl, guiso, es emblema
nacional, salvaguardado por la Fonda Santa Clara,
a la que yo no dudaría en condecorar. El mole resulta
ininteligible para aquellos pueblos de pastores —afirmó un
intelectual francés— acostumbrados a la comida sencilla del
campo, donde lo único importante es la calidad de la materia
prima.
El
buen cocinero mexicano escapa al dicho aquel de que "no hay
mal cocinero con buen filete". Digámoslo cínicamente: la
presentación y la combinación de los ingredientes es tan
importante como la calidad del producto: "La comida y la
mujer por los ojos han de entrar". El pipián,
el mole verde, el mole negro de Oaxaca, el mole blanco (cuajado
de coco y almendra), el mole de ciruela son tantas eternas
variaciones, combinaciones, donde la mezcla de ingredientes
origina una gama cuasi infinita de aromas, texturas, colores y
sabores. Y ya que de pipián hablamos, sepa el lector que el
pipián fue elogiado por un Papa. "Beati indiani qui
manducat pipiani", exclamó el pontífice
romano al probar el platillo obsequiado por unas sencillas
monjas virreinales. Las pobres religiosas no habían encontrado
ni joyas ni plata en su convento, sólo un recetario para
regalar al Papa romano.
De
la cuchara molera —cuchara de madera— que hiere las ollas de
barro de tantas fondas, escurre la esencia de lo mexicano: un
sí que es no, un chile que no es picante, o mejor, un dulce que
pica. Nada más lejos de la comida vasca y navarra, en que lo
importante es la frescura de los espárragos de Tudela o de la
merluza de Fuenterrabía. Qué distancia tan enorme nos separa
de los cheeseburgers y "perros
calientes".
Pasar
lista al recetario mexicano, terriblemente agredido por la tex-mex
food al estilo chili con carne, y
percatarse de la complejidad, de lo churrigueresco, de lo
mexicano son una misma cosa: salsa con xoconotzli
(tuna agria), salsa borracha (con queso añejo y pulque), salsa
de tomatillo verde silvestre, de jitomate maduro, de guajillo o
pico de gallo. Variar, ocultar, engañar, aparentar. Bordados y
filigranas de cebollas y ajos entretejidos al chile.
¿Qué
otra cosa son los chiles en nogada sino la negación del sabor
propio de cada ingrediente? Las nueces de Castilla —ésas sí
deben ser frescas, por eso sólo hay salsa de nogada alrededor
de la fiesta de San Agustín— molidas con dulce
moscatel, crema agria, queso de cabra, batido todo con discretas
especias y salpicadas de granada, y quizá un poco de canela,
son la corona triunfal de un tímido chile —poblano tenía que
ser— capeado o sin capear, chile desollado y atiborrado con
carne picada con almendras y piñones, acitrón y durazno, pasas
y algún secretillo más.
El
"manchamanteles" toma prestadas las frutas del chile
en nogada y las engulle en su rojiza y picante salsa. Pedazos de
cerdo nadan indemnes alrededor de pedazos de manzana y pera.
Ignoro si, como en el caso del mole, fueron monjas las sabias
artífices del manchamanteles, o si lo fueron patrióticas
doncellas, como en el caso de los chiles en nogada (verde,
blanco y rojo, el pabellón nacional en la nogada). Por cierto,
otra condecoración a la Fonda Santa Clara,
compartida, esta vez con la Casa Merlo por
sus adobados manchamanteles.
"He
frito mi longaniza en mejores tepalcates"
Los
métodos de cocción son también infinitos. Desde un horno de
barbacoa excavado en los llanos de Apam, hasta un caldo de
pescado, cocido también en un hoyo, pero recubierto de hojas de
plátano, cuya temperatura se alcanza arrojándole piedras
incandescentes. Trompos de "al pastor", arracheras
asadas sobre parrilla, tamales al vapor, pollos al barro,
pescados envueltos en hojas de árbol, camarones secos al rayo
del sol, cebiches cocidos con la fuerza de limones, cazuelas de
salpicante manteca para "carnitas" o modestísimos
caldos hervidos. Son múltiples los caminos del fuego.
"Ora
es cuando, chile verde, le has de dar sabor al caldo"
Pariente
pobre de la pimienta, la cual llegara a valer más que el oro,
el chile es un incomprendido. Reduciendo el chile a dos o tres
tipos, las transnacionales han convertido a Jalapa, gentilicio
jalapeño, en la capital del chile, dejando a un lado a una
pléyade de hermanos pequeños y mayores. ¿Quién no ha probado
aquellos chiles piquines —"chiquito pero picoso"—
que se venden encurtidos en los portales de Toluca?, ¿o el
"hocico de perro", más conocido como
"habanero", tan popular en la cocina yucateca? ¿Y
qué decir de la cándida simplicidad de un chile serrano
partido en rodajas, o de un paupérrimo chilito verde que al ser
toreado en un comal adquiere una recia personalidad? Mulatos y
cascabeles, anchos y chipotles, morita y de árbol. Secos,
frescos y encurtidos constituyen toda una gama desconocida por
los legos educados en cafeterías de segunda. ¡Hay de aquel que
no hace reverencia al chile, pues condenado está a comer
rajitas enlatadas el resto de su vida!
El
chile es multiforme: se rellena hasta las grandiosidades
festivas de la nogada, o se disfraza humilde y pobre de chile
ancho relleno de queso. Y la nouvelle cuisine
—por qué no decirlo, Los candelabros— llegan a la
excelsitud de hojaldrar un chile ancho relleno de picadillo y
ofrecerlo a los ojos, al olfato y al paladar en cama de una
salsa ligeramente dulce y ligeramente picosa.
"El
que sembró su maíz, que se coma su pinole"
La
Biblia —escrita en el Medio Oriente— narra cómo el
hombre fue hecho del barro de la tierra. El Popol-Vuh,
libro sagrado de los mayas, cuenta cómo el hombre fue hecho de
maíz. Si Egipto, como pensó Herodoto, fue don del Nilo,
Mesoamérica, la Nueva España y la República mexicana son
regalo del maíz. La domesticación del maíz marca el inicio de
la cultura sedentaria en el nuevo mundo. Es la primera piedra
del muro de la tortilla que separa nuestro país de los otrora
territorios mexicanos.
El
maíz es padre de un vasto linaje. Taco, tostada, tamal,
tlacoyo, totopo, tlayuda. La "t" de taco es vorágine,
un aleph infinito: flautas, tacos de canasta,
tacos al carbón, tacos de cazuela y un largo y tupido
etcétera. La "m" de maíz significa pozole
jalisciense, que Coahuila interpreta a su estilo y lo convierte
en un picosito menudo (para cuando se termina una juerga). Los
chilaquiles, hijos del maíz, ya rojos, ya verdes, son también
vianda preferida por los trasnochados y parranderos, servidos
con unas rodajas de cebolla, un poco de crema y espolvoreados
con queso añejo son "vuelve a la vida". Hay todo un
juego de matices: "No confundas las enchiladas con los
chilaquiles".
El
mexicano come tortillas como los aztecas. No ha cambiado
sustancialmente la nixtamalización de maíz; el procedimiento
es el mismo. Únicamente han sido sustituidas las rudas faenas
del metate por las mecanizadas piedras de un molino. Blanca,
azul, verde y morada, la tortilla es una hoja en donde se puede
escribir cualquier cosa. Inflada y rellena con lechón, cerdo o
pavo, embadurnada con un poco de frijoles negros, se convierte
en panucho adornado con cebollas moradas (curaditas con limón y
granos de pimienta). Los encantos de los panuchos son más bien
difíciles de encontrar en esta gran ciudad, a no ser por El
habanero, el bastión de la comida yucateca en el D.F.
En
forma oval, de preferencia azul, amasado con frijoles tenemos un
tlacoyo. ¿Otra variante? Amasarlo con habas molidas.
El
maíz es camaleónico: ora adopta la forma de líquido espeso,
el pozol chiapaneco bebido por los chamulas; ora la forma de un
finísimo polvo de pinole que consumen los tarahumaras; ora la
forma fermentada del tejuino, bien popular en Guadalajara; o
quizá la consistencia de un atole de fresa con rajitas de
canela. Hijo ilegítimo del maíz es el cuitlacoche,
parásito que bendice a la mazorca tierna, ambrosía del Olimpo
náhuatl, verdaderamente comestible en tiempos de lluvias. El
cuitlacoche es magnánimo y condescendiente. Visitante de la
fritanguera callejera, el cuitlacoche alterna ahora en los
fastuosos restaurantes de lujo, donde se viste de crepa francesa
o raviol italiano (por ejemplo, los extraordinarios ravioles
rellenos de cuitlacoche creados en Petit Clunny).
"Más
vale pura tortilla, que hambre pura"
Pero
sin lugar a dudas, su forma más popular es la tortilla, disco
solar que alumbra el universo mesoamericano. El maíz, hijo de
estas tierras, ha sido recibido a regañadientes en Europa
occidental, donde lo han arrumbado como forraje de animales y
grano de pobres. No pocos españoles asocian el maíz a la
hambruna de la guerra civil, y los irlandeses del XIX sólo
famélicos aceptaron este grano. El trigo, cual estirado
gachupín del siglo XVIII, se negó a compartir abolengo con el
maíz indígena, y lo confinó a vivir en sus dominios indianos.
El maíz, al igual que la polenta, pasaron a ser dieta de
pobres. Sólo los caprichos de la moda los han redimido; ahora
en restaurantes parisinos se sirven granos de elote (de lata)
con el ampuloso nombre de salade exotique. La polenta
se sirve ya en elegantes restaurantes norteamericanos. En
México, la Pequeña Italia ofrece
una polenta magnífica.
Pero
si bien Europa occidental se ha mostrado ingrata con el maíz,
que más de alguna ocasión la salvó de la inanición, la Nueva
España se ha mostrado más agradecida con el trigo. Desde el
septentrión virreinal (California, Texas, Nuevo México,
Colorado, Arizona y Nevada) el maíz cedió parte de su imperio
solar al trigo. Convirtióse la tortilla al trigo. La
metamorfosis —la harina de trigo— no puede ser más
suculenta. Masa de trigo paloteada con manteca, espléndido pan
para machacado y agujas, extendida como sábana en Sonora y
Chihuahua, o en discretas proporciones en Nuevo León y
Coahuila, la tortilla de harina es soporte indispensable del
chile con queso y del sinaloita chilorio.
La
tortilla de harina significa más: es la frontera cultural entre
dos Méxicos, el México criollo, hijo del siglo XVII, y del
México mestizo, hijo del XVI. La tortilla de harina es el
símbolo de los mexicanos indómitos que se alejaron de la villa
y corte, atestadas de escribanos y abogados virreinales,
amparados en sus títulos y prosapias, mercedes y canongías,
graciosamente otorgadas por sus católicas majestades desde El
Escorial o el madrileño Palacio Real. La tortilla de harina es
el universo norteño, ajeno al tiempo del altiplano central,
sede del omnipotente tlatoani.
Tan
fuerte es el arraigo de la tortilla de harina en el norte, que
ni a los 150 años de arrebatada Texas, la hamburguesa ha podido
destronar a su competidor mexicano. La big-mac
se ha resignado a convivir con un "chicano burrito",
híbrido de la fast food y de la tortilla de
harina.
En
una buena familia del norte, se palotea diariamente para la cena
la tortilla de harina —saladas, dulces—, sin arrinconar al
dios maíz, presente en los tamales norteños. Tamales que, a
diferencia de los tamales del centro, son pequeños y sazonados
con comino, y que recalentados en el comal —jamás al vapor—
son especialmente sabrosos.
"Chocolate
que no tiñe claro está"
Los
gringos nos expropiaron el nombre de "América" y los
suizos el chocolate. Un buen chocolate evoca inmediatamente las
suculentas tabletas amargas fabricadas en Suiza y no las
pastillas de chocolate de metate del Soconusco. La jícara en
que solía beberse el chocolate, incluso en España, ha dejado
su lugar al vaso del chocolat milkshake. Perdimos
el chocolate y ahora —triste realidad— importamos bombones
europeos y yanquis, donde ni siquiera crece el cacao. Chiapas ha
dejado de ser —injustamente— la capital mundial del
chocolate.
Bernal
Díaz del Castillo
describe en su Historia verdadera de la conquista de
la Nueva España el modo como Moctezuma bebía el
chocolate: servido en copas de oro, ¿qué otro material es
digno del cacao? Los novohispanos adoptaron el chocolate como su
bebida favorita, célebre por sus cualidades reconfortantes para
el cuerpo y el alma. Bebida preferida por frailes y monjas,
líquido obligado en las visitas sociales, y alimento de primera
necesidad para ricos y pobres.
Espumoso,
batido con molinillo de madera fina —nada de licuadoras—
hirviente y oloroso, espeso o menos espeso, con agua o con
leche, en todo caso, el chocolate es la bebida de los dioses
mexicanos. Fiel acompañante de campechanas y soletas, una
tacita de chocolate para los niños que meriendan. Estimulante
nutritivo, a diferencia del café, era recomendado por doctos
galenos para los afanes sabios de estudiantes y profesores.
Moctezuma
bebía el chocolate aromatizado con vainilla, la única especie
de las orquídeas que es comestible. La vainilla totonaca es
también un fruto expropiado. Hoy los mexicanos no usamos
vainilla de Papantla, sino un saborizante artificial que
importamos de Europa. La vainilla es cara —carísima— y
sólo vale la pena venderla, claro está, a quienes pagan en
dólares y marcos. ¿Qué sería de un vanilla ice cream
sin vainilla de Veracruz?, ¿y qué sería de la creme
brulé sin un toque del Tajín? Sin embargo, de vez en
vez, es posible espigar alguna vaina de vainilla. Pueden
comprarse en la zona del Papantla unos cristos de vainilla,
celosamente custodiados en cajas de metal y delicadamente
envueltos en papel encerado, precauciones mínimas para no
perder el supremo aroma. Fragmentos arrancados a estas figuritas
sirven para perfumar un postre, o un chocolate, o mejor aún, un
postre y chocolate.
"El
amor es como los pasteles que recalentados no sirven"
En
Cholula —se cuenta— existen 365 iglesias, una para cada día
del año. Según parece, no son tantas. En cambio, sí hay un
postre para cada día del año. Buñuelos de queso, de requesón
y de viento (muy socorridos en año nuevo), huevos reales y
huevos hilados, castañetas fingidas, hojaldre de mazapán o de
leche, picatostes de manjar blanco, alfeñiques y alfajores,
bocadillos de dama, de nuez y de coco, cajitas de "bien me
sabes", canutos nevados, leche de espuma, torrejas reales,
huevitos de faltriquera... son postres fabricados antaño en las
recónditas cocinas de monjas y que, para desgracia nuestra, se
van perdiendo de manera acelerada. Fiel custodia de los postres
mexicanos se yerguen las dulcerías Celaya (México) y El
Parián (Puebla), diques que intentan detener el
frenético suicidio de los postres conventuales. Entrar a tales
dulcerías es una delicia para los ojos. El papel de china
envuelve multicoloramente polvorones y turrones, y con obleas se
protegen palanquetas de nuez, cacahuate y pepita. Poco tienen
que envidiar al elegante marron glacé tanto el
camote de Puebla como el atropellado de camote yucateco (y quien
ha probado lo uno y los otros, sabe a qué me refiero). Los
jamoncillos y figuritas de dulce de pepita (gallinitas y
borregos, frutas y verduras) son alarde de fantasía, encuentro
de la cocina con las artes plásticas. Para el día de Todos los
Santos, una calaquita de azúcar y calabaza en tacha; los
domingos, muéganos y merengues de vendedor callejero en el
parque.
Desde
Saltillo hasta la meseta del Anáhuac, la leche "cocida y
recocida" adquiere texturas y flagrantes sabores, ahora
salpicada con piñones, ahora con un poco de canela, o
sencillamente, más requemada y un poco amarga ¿no se nos
antojan unas glorias de Linares? Y ya que de leche quemada
hablamos, un elogio a la cajeta de cabra, que desafortunadamente
ya no se vende en vistosas cajitas de madera (la que comúnmente
se ofrece en cajas de madera es falsificación de la cajeta de
Celaya, es un vulgar jarabe azucarado; la cajeta Coronado
es mucho mejor). La guanajuatense cajeta hace estupenda
mancuerna con la vainilla de Papantla. ¿No es fantástico el
maridaje entre las crépes de Bretaña y la cajeta
de Celaya? Aquí mi voto a la famosa crepería Clunny de
San Ángel.
El
amaranto se come en dulce y en guisado. ¿Qué otra cosa son los
huazontles sino hierbas de amaranto con queso, rebozadas en
huevo y servidas en un caldillo? El cultivo de amaranto fue
prohibido por los conquistadores. La razón de la prohibición
fue religiosa. Con amaranto fabricaban los indígenas imágenes
de sus deidades, escribe fray Bernardino Sahagún en su
Historia de las cosas de la Nueva España, idolitos
que comían ritualmente en algunas festividades. El amaranto era
cómplice de su paganidad. Ante el riesgo de que su ingestión
contribuyera a revivir ritos idolátricos, se optó por prohibir
su cultivo (y se desbalanceó la dieta de los indios). Pasados
ya los cultos a "tlálocs" y "tonatiúhes",
comemos ahora figuritas geométricas de semillas de amaranto,
engarzadas por miel, y hay quien se ha atrevido —en un alarde
de ingenio— a añadirle una dosis de chocolate al jarabe
compactador.
"Cuando
hay pa' carne, es vigilia"
Y
ya que de religión y golosinas hablamos, bueno es recordar las
austeridades de la cuaresma, templadas por una capirotada con
ralladura de naranja, cacahuates y queso. Pero un postre de
mortificación cuaresmal debe estar precedido de un platillo
salado igualmente penitencial ¿Qué tal unas tortitas de
camarón seco con romeritos? Advierta el ígnaro extranjero que
"romerito" no es lo mismo que el ibérico romero.
Secar
el camarón es una costumbre oriental. Quizá la nao de la China
nos trajo la costumbre o quizá la aprendimos de los vizcaínos,
el hecho es que camarones y pescados secos son bien acogidos en
México. ¿La razón? En épocas sin refrigeradores, la única
manera de comer pescado tierra adentro era secarlo y salarlo.
Sin embargo, un bacalao de Terranova cocinado en México se
distingue del bacalao del país vasco por los chiles "güeros".
Para los viernes de cuaresma el lago de Pátzcuaro ofrece unos
exquisitos charales, bien sequecitos y fritos, envueltos en una
tortilla, con salsa y limón. También de esas aguas robamos un
pescado blanco digno de particular elogio (y terriblemente
escaso). Y si al litoral nos vamos, encontramos un pan de cazón
y un filete a la veracruzana como sólo Pardiños puede
hacer. Y puestos a hacer propaganda, no resisto la tentación de
encomiar los mixiotes de huachinango en salsa de xoconoztli
al pulque, creación de nouvelle cuisine de mi
hermano, chef de profesión.
Desconozco
si la hueva de mosquito del lago de Texcoco, apreciada desde la
fundación de Tenochtitlan hasta bien entrado el siglo XIX por
ricos y pobres del Valle de México, puede comerse en viernes de
vigilia. A Madame Calderón de la Barca le ofrecieron el
platillo y, cortésmente, declinó la invitación, pues su
sangre anglosajona —era escocesa— le impidió hacer
averiguaciones. Seguramente tampoco comió chapulines de Oaxaca,
bien a pesar de que San Juan Bautista —se lee en el
evangelio— comía langostas (saltamontes), menos aún comió
la Marquesa los jumiles de Taxco y los escamoles (hueva de
hormiga, caviar mexicano, de altísimo precio y extraordinario
sabor). Hasta aquí mis escrúpulos de vigilia y abstinencia.
Dejo
el caldo cantinero a un lado, pues si bien no lleva carne, los
lugares donde se consume poco o nada tienen de cuaresmales. Las
cantinas antiguas estaban cerradas a "mujeres, uniformados
y niños", eran recintos —qué tiempos aquéllos—
herméticos al feminismo y a la policía.
"Me
he de comer esa tuna aunque me espine la mano"
A
la variedad de postres corresponde una variedad de frutas. Ates
y jaleas son nombres para designar la misma y maravillosa
mixtura de azúcar y frutas. Los ates de membrillo, guayaba,
pera y tejocote son un acompasado compañero para un queso
fresco de San Juan del Río o —más atrevidamente— para un
queso Chihuahua. El queso trenzado y el de Cotija hay que
reservarlo para otros menesteres, así como los extraordinarios
quesos de Chiapas que merecen un sitio especial en la mesa.
El
trópico —digámoslo con descaro— es pródigo y se vierte en
los fruteros. Olorosos mangos de Manila y voluptuosos mangos
petacones, mameyes, papayas, chicozapote, zapotes negros y
blancos, son exuberancias del trópico; las tunas, rojas o
verdes, las pitayas y chirimoyas son flaquezas del desierto.
Plátano macho frito con arroz y frijoles o relleno de mariscos,
platanitos dominicos con "sopa aguada de fideos", o
sencillamente un plátano Tabasco. Guanábana, sandía, melones,
granada china o verde, ciruela, fresa de Irapuato, capulines,
toronja, naranja valenciana o china, mandarina, caña de
azúcar. El tamarindo es un fruto incierto y ácido: revuelto
con chile es ansiosamente devorado por los niños durante el
recreo y el agua de tamarindo es particularmente refrescante en
tierra caliente. Los danzantes de Coyoacán
han sabido hacer del tamarindo una exquisita salsa para el atún
fresco.
No
erró López Velarde al comparar a México con el cuerno
de la abundancia.
"Muy
redondo para huevo, y muy largo p'aguacate"
Renglón
aparte al aguacate, esmeralda aceitosa cubierta de negro, que se
descubre inverosímil y versátil : ¿es salada o dulce?
Fascinante y atrayente, bastan unas rebanadas de aguacate para
encopetar a la más pobre de las ensaladas ¿Qué decir de una
elegante crema de aguacate? (como la que preparan en La
hacienda de los Morales). ¿Y de unos tacos placeros de
crujiente chicharrón con guacamole? Glorificado sea Uruapan y
sus ubérrimas huertas aguacateras. Pero, que quede claro, no es
uno sino muchos los aguacates. En la plaza de México a final
del siglo XVIII se podían comprar al menos tres tipos distintos
de aguacate.
"Para
todo mal, mezcal, y para todo bien, también"
Más
allá de la comida está la bebida. Duros fueron los reyes
españoles al prohibir la explotación de las vides en México.
El norte —como Parras, Coahuila— escapó furtivamente a tan
déspota mandamiento. El vino fue importado y nuestros vinos
fueron y han sido pobres (con honrosas excepciones, ¿qué tal
un tinto Monte Xanin?). Lo prueban la inmoral costumbre de
guardar el vino para ocasiones especiales, y las múltiples
dificultades que cualquier restaurancillo tiene para vender un
vinillo con la comida, lo que nos obliga a ser el segundo
consumidor de refrescos en el mundo.
El
tequila y los mezcales surgieron como por encanto de magueyes
destilados. Indígena fue el maguey y español el alambique:
mestizos fueron tequilas y mezcales. El tequila es oro reposado.
El gusano de maguey, sello de autenticidad del mezcal de Oaxaca,
líquido guardado en vientres de barro negro. En uno y otro
caso, son acompañantes más o menos fieles de ocasiones
festivas. Los mezcales también fueron cruelmente perseguidos
por los Habsburgos y Borbones, temerosos de que
nuestros licores compitieran con los aguardientes españoles, y
su temor estaba bien fundado.
Para
las mujeres y los niños, una copita de rompope, obra también
de angelicales monjas, sutil bebida que, afortunadamente,
escapó a las persecuciones mercantiles de la corona española.
Y si las señoritas quieren una bebida un poquitín más fuerte,
¿qué tal el licor de "pasita" que se vende en el
Callejón de los Sapos en la Angelópolis?
"¿Por
qué con tamal me pagas teniendo bizcochería?"
Trigo,
azúcar, leche, manteca y huevo, batidos al son de lo mexicano,
son un místico génesis, que genera —de donde génesis— un
sinnúmero de bizcochos. Estamos en los hornos de una
panadería. El pan dulce —y el salado también— debe ser
fresco. A las siete de la noche, criadas y amas de casa atestan
las panaderías para elegir las piezas que serán engullidas
golosamente en la noche, sopeadas —cuando quien preside la
mesa se descuida— en chocolate o café con leche (al estilo de
café de chinos). Conchas, trenzas, condes, ladrillos, huesitos,
ojos de pancha, roscas, chilindrinas, campechanas, bigotes,
novios, orejas, polvorones, marqueses, mamones, piedras,
volcanes, puchas y hojaldras son algunas de las decenas de
figuras horneadas a lo largo del país, y no hay bizcochero de
respeto que no haya aportado una nueva figura a este desfile.
Noticia
triste es que el pan de huevo ya no se fabrica con blanquillos
de gallina o guajolote, sino con huevo deshidratado, y que la
tradicional manteca de cerdo ha sido sustituida con margarinas.
En fin, todo sea por aquello de los colesteroles. Unámonos al
lamento popular: "Si eso dice pan de huevo, ¿qué dirá
bizcocho duro?".
Nos
queda el consuelo de las panaderías regidas por el calendario.
Las fiestas de santos patronos merecen un pan de pulque a las
afueras de las iglesias, y en noviembre el pan de muerto,
elaborado con agua de azahar (ligeramente parecido a la columba
pascual italiana), seguido por la pomposa rosca de reyes
adornada con acitrones e higos secos. La rosca es "como el
pan de Acámbaro, con la ganancia por dentro". El
"niño" de la rosca es la primicia de la Candelaria,
flor de tamales y atole (¿que tal unas corundas y uchepas con
crema y queso para variar la "tamalada" del próximo
febrero?).
"Después
de comer, ni un sobre escrito leer"
¿Qué
sería del gazpacho andaluz sin el jitomate y los pimientos
importados de México? ¿Qué sería de un espagueti a la
boloñesa sin el jitomate? ¿y de la comida húngara sin la paprika
(chile mexicano tratado)? ¿Y de los zucchini sin
las calabazas? ¿Y de la Herrencreme sin
chocolate, por mucho coñac que se le agregue? ¿Y de un
anglosajón pavo a la Cumberland con salsa de grosella sin
nuestro nacional guajolote?
Cacao,
jitomate, frijoles, calabazas, guajolotes, chile fueron algunos
de los productos que el mundo prehispánico regaló —por
decirlo de una manera cursi— a Europa. El nuevo mundo se
enriqueció, a su vez, con reses, cerdos, gallinas, almendras y
nueces, trigo y cebada, manzanas y azúcar. Se amasó una
fortuna gastronómica de la noche a la mañana. El resultado de
esa confluencia es la cocina mexicana, uno de los escasos signos
de identidad, más aún, una de las pocas realidades
auténticamente mestizas de nuestro país. Es el café de olla,
donde confluye el café de Medio Oriente, la canela de Ceilán y
el piloncillo en un chorreado jarrito de Tlaquepaque. Es la
cochinita pibil, integración de lo maya y lo ibérico en los
mágicos braseros del sureste. Son los tamales chiapanecos que
esconden, bajo las hojas de plátano, tierna masa de maíz
mechada con almendras, aceitunas y ciruelas pasas. Es la machaca
con huevo (Europa aporta los ingredientes) acompañados de unos
frijoles aguados (cortesía de Tenochtitlan). Es la longaniza
verde de Toluca, tomatillo verde mazahua y cerdo europeo.
La
comida mexicana no es —como quieren algunos— el destructivo
sabor del chile toscamente revuelto con tortillas y frijoles. La
cocina mexicana es una manera de ver la vida, es el barroco
llevado a su último extremo, es una etiqueta cortesana que no
pueden vivir ni los racionalistas (hijos de la fast food)
ni los bárbaros puritanos (hijos de la comida low fat).
Tal vez viniera bien a la tan llevada y traída identidad del
mexicano, sabernos orgullosamente "hijos del maíz".
Se
ha dicho tantas veces que, en México, el fondo es la forma;
así es en nuestra cocina: el fondo es también la forma. Larga
vida a los tacos y tostadas. (*)
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| Los
chiles, unos de los ingredientes de la comida
tradicional mexicana. |
(*)
Fuente: Héctor
Zagal Arreguín, "La barroca comida mexicana o el choque
del cazo y el comal", publicado en Revista
Istmo. Humanismo y Empresa, Año 39 - Número 230 - Mayo/junio
1997