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BIODIVERSIDAD
La
variedad de la vida
Por
Virginia Morell
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Desde
la altura, cualquier superficie de bosque, selva
o agua, parece una extensión uniforme. Sin
embargo, en su interior la naturaleza oculta una
prodigiosa biodiversidad, la poderosa variedad de
la vida.
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La cantidad de estrellas en el
cosmos invade el cerebro con números inconmensurables.
El universo es hervidero de la variedad. Y también
lo es nuestro planeta. Sobre la fértil extensión
de la tierra se agitan los flecos de una desaforada biodiversidad.
Sobre la Mater Tellus laten 963 mil especies de insectos;
270 mil de plantas; 100 mil de hongos y líquenes; 80
mil de protozoos y algas; 70 mil de moluscos; 40 mil de crustáceos;
22 mil de peces; 10.500 de reptiles y anfibios; 10 mil de
aves; 4.500 de mamíferos; 4 mil de bacterías...
Las cifras son sólo aproximativas y la enumeración
de otras especies puede proseguir largamente. La ignorancia
humana se evidencia por múltiples vacíos de
conocimiento. Uno de ellos es el conocimiento de la cantidad
exacta de especies que habitan Este Mundo.
Aquí presentamos un artículo de la National
Geographic donde se
acompaña los asombrosos senderos de la investigación
en la selva ecuatoriana de Terry Erwin, entomólogo,
especialista en insectos, del Instituto Smithsoniano. Erwin
estima que quizá existan en el planeta alrededor de
100 millones de especies. Una cifra inabarcable. Mas aún
cuando meditamos en que los biólogos hasta ahora sólo
han descrito alrededor de 1.750.000 especies.
La biodiversidad puede ser sólo un frío concepto
de la investigación científica naturalista o
del vocabulario de los estudios ecológicos. Pero también
es atributo de la vida que evidencia la riqueza y complejidad
de la naturaleza. La biodiversidad es la continua variedad
absoluta. Y también es continua nuestra incapacidad
para comprender la multiplicidad de los seres. Cuya propia
existencia corresponde a procesos que observamos parcialmente.
Pero que no creamos.
Esteban
Ierardo
BIODIVERSIDAD
La
variedad de la vida
Por
Virginia Morell
Son las cuatro de la
mañana en un remoto bosque tropical ecuatoriano y la vida
de los insectos que da su zumbido al bosque tropical está
apagada. Por eso estamos despiertos y avanzamos a pie
al lugar donde hace su estudio, dice Terry Erwin, entomólogo
del Instituto Smithsoniano. Debemos llegar allá a la
hora de la Cenicienta del mundo de los insectos, cuando tanto
los que deambulan por el día como los que lo hacen
por la noche descansan en los árboles. Sólo
durante este rato, me había explicado Erwin, podía
atraparlos a todos con la ayuda de su equipo de estudiantes.
Silenciosamente
atravesamos en fila india los bosques oscuros, siguiendo los
brillantes haces de luz que las lámparas de nuestros
cascos arrojan a lo largo del lodoso camino. Media hora más
tarde llegamos a un sendero marcado con cinta rosa de topógrafo
y el equipo entra en acción. Erwin y dos estudiantes
cargan dos fumigadores impulsados por gasolina que parecen
cañones con un insecticida biodegradable, mientras otros miembros
del equipo corren sendero abajo, suspendiendo diez sábanas
blancas justo sobre el suelo del bosque a intervalos escogidos
al azar. Una vez desplegada la última sábana,
Erwin mira su reloj de pulsera: son la 4: 40. "¿Listos?",
pregunta a su equipo. Le hacen señas de que sí. "Entonces,
vamos a comenzar!", dice en español.
Erwin hace arrancar uno de los aparatos y lo dirige hacia
el cielo nocturno. El rugido del motor rompe el silencio del
bosque mientras una acre nube blanquiazul forma una angosta
columna sobre la primera sábana. Lentamente, la nube
letal pasa a través de las capas de larguiruchos arbustos
de anchas hojas y envuelve cada hoja y cada ramita; se arremolina
sobre las cimas de las frondas de encaje de palmas y helechos
adheridos a los árboles y trepa por el terso tronco
de una gigantesca higuera hasta las puntas de sus ramas allende
las estrellas. En unos segundos, los insectos comienzan a
salir de los lugares de descanso y a caer en la sábana;
pero Erwin no aguarda para ver qué ha atrapado, sale
corriendo sendero abajo hasta la siguiente sábana,
donde dirige el aparato otra vez hacia el cielo.
El inventario de los insectos de los bosques es importante,
según Erwin, como medida total de su biodiversidad,
término que emplean los biólogos para describir
la abundante variedad de la vida en la Tierra. Basándose
en cálculos que ha hecho, Erwin estimó en una
ocasión que compartimos la Tierra con unos 30 millones
de especies diferentes de plantas y animales; y, mientras
que otros biólogos creen que Erwin exagera sus cálculos,
él está seguro de que su primera estimación
fue demasiado baja. "Apuesto a que la cifra se acerca
a los 100 millones", dice, sacudiendo la cabeza ante
la idea de los grandes números y las variadas formas
que ha adoptado el ADN, el componente básico de la
vida. De esas muchas especies -ya sean 10, 30 0 100 millones-,
los biólogos han descrito una pequeña porción:
sólo 1.750.000. "No sabemos cuántas especies
hay y todavía no podemos explicar cómo
se relacionan recíprocamente, ni siquiera las relaciones
entre los organismos de una sección del bosque. He
encontrado 28 especies diferentes de gorgojos de higuera en
un solo árbol".
Ni se trata sólo de insectos. La vida, como la conocemos,
florece desde la bóveda de los bosques tropicales hasta
los desiertos de Australia, pasando por las cálidas
fisuras volcánicas del fondo de los océanos.
Esa gran diversidad sostiene la vida humana, manteniendo los
recursos más fundamentales, el aire y el agua; y también
nos brinda la oportunidad de hacer descubrimientos maravillosos
que cambian la vida; por ejemplo: algunos de los tratamientos
más eficaces contra el cáncer provienen de una
sustancia química descubierta en una planta de Madagascar
hace varios decenios, mientras que un microbio recolectado
en los manantiales termales de Yellwstone proporcionó
la enzima perfecta para la producción masiva
de ADN, lo cual llevó al auge actual de la investigación
genética. Una especie silvestre de la investigación
genética. Una especie silvestre de maíz promete
incrementar las cosechas del grano. Así, el mundo
natural se extiende ante los científicos como Erwin
cual un inexplorado océano de antaño; y los investigadores
reflexionan acerca de lo que conocen y lo que desconocen,
como marineros que desembarcasen en una tierra ignota.
La
tierra ignota de Erwin es la bóveda superior de la
selva, las ramas y hojas que se elevan a 30 metros o mas sobre
el suelo del bosque tropical. Comenzó a coleccionar
insectos en este tipo de hábitat especial hace 25 años,
en una selva humedad panameña, y lo que encontró
cuando su equipo lanzó su columna de humo sigue siendo
asombroso: unas 1200 especies diferentes tan sólo de
escarabajos.
"Eso
se traduce en 42 mil especie diferentes de insectos por hectárea-
me dice más tarde ese día en un laboratorio
de la Estación Tiputini de la Biodiversidad'. Aquí
estamos encontrando cantidades aún más grandes,
que sugieren al menos 60 mil especies por hectárea",
continúa mientras abre uno de los frascos de recolección
de la captura de hoy y vierte el contenido en una bandeja
blanca esmaltada.
Amontonados
en un charco de alcohol yacen saltamontes, saltarillas, libélulas
y escarabajos de brillantes colores, de todos tamaños y tonos,
desde especies no mayores que la uña de mi dedo meñique, que
brillan como si fueran de oro líquido, hasta otras
de siete a diez centímetros de largo, negras y grotescamente
armadas con cuernos y púas. Flotando junto a ellas
hay mantis religiosas y hormigas, ácaros, abejas y
arañas. "Ahí tienes lo que es la biodiversidad;
y sólo proviene de una sección de bosque -me
dice, ofreciéndome unas tenazas-; anda, escoge lo que
quieras; te apuesto a que no encuentras dos individuos de
la misma especie".
Suavemente, me valgo de las tenazas para hurgar en esa
masa húmeda. En la parte superior están los insectos
gigantescos: mantis religiosas y caballos de palo; una especie
de saltamontes con sus verdes alas venenosas en forma de hojas
que hubiese mordisqueado una oruga; una libélula helicóptero,
con brillantes manchas amarillas en el extremo de cada ala;
y grandes escarabajos de tonos cafés y negros con cornamenta.
Bajo ellos hay diminutos gorgojos, como trocitos de obsidiana
negra con patas de un amarillo ocre; un saltamontes verdiamarrillo
de 2-5 centímetros de largo; y una gruesa oruga con
el moteado rojo y crema de un trozo de ágata. Levantó
lo que parece una ficha de plástico ígneo anaranjado...Sólo
los ojos, negros y abultados, me dicen que debe ser un insecto.
"Ah, ese es unos de los E.T-me explica Pablo Araujo, asistente
de Erwin-. Es una ninfa de saltarilla, pero trata de parecerse
a algo nunca visto en la Tierra para engañar a los pájaros".
Erwin escoge un escarabajo café rojizo y lo coloca bajo
el microscopio. "Mira; se pueden ver ácaros
en la espalda y otros bajo las alas". Cada uno es una especie
diferente que vive en un hábitat especial, tan pequeño
que Erwin lo llama "manohábitat". Por lo demás,
cada uno de esos ácaros probablemente es nuevo para la
ciencia, al igual que casi todos los insectos del bosque abarcada
por la columna de insecticida.
Y, por supuesto, los insectos de Erwin son sólo una parte
de la variedad de la vida. Aquí, en este sitio específico
del Ecuador, en aproximadamente 600 hectáreas, los científicos
han contado tres mil especies de plantas, 530 especies de aves,
casi 80 especies de murciélagos y 11 especies de primates.
Hay jaguares y otros felinos salvajes, tapires, ciervos, nutrias,
capibaras y agutíes, todos con cantidades desconocidas
de parásitos internos y externos. Hay un incontable número
de reptiles, anfibios y peces con sus propios parásitos,
más los invertebrados y los microorganismos que merodean
en los suelos del bosque. De alguna manera, esas especies distintas
están todas relacionadas, dice Erwin, "pero realmente
no entendemos cómo funcionan esas relaciones o cómo
se establecen. Si alguien destruyera esta selva, no podríamos
reconstruirla, ni siquiera nos acercaríamos a lo que
antes hubo sido".
A
medio mundo de distancia, en un laboratorio de Oxford, Inglaterra,
el genetista Paul Rainey está abordando precisamente
esa cuestión: el surgimiento de la variedad de la vida.
"Cuando se está en el corazón de un bosque tropical,
es difícil determinar los orígenes de la biodiversidad
-me dice, poniendo frente a mí una probeta sellada- o
entender qué la sostiene". Esa es la razón
por la que Rainey, hombre intenso de cabello oscuro y poco más
de treinta años, volvió su atención hacia las
bacterias. Emplea una bacteria común, la
Pseudomonas fluorescens, que medra tanto en el suelo como en
las plantas, para recrear un bosque tropical en miniatura.
Cuatro días antes de mi llegada, Rainey había
colocado una sola bacteria en la probeta con un caldo
alimenticio basado en glicerol. En ese corto tiempo, la bacteria
única que, como su nombre lo indica, es fluorescente,
de un amarillo brillante, se había diversificado rápidamente
en una gama de formas nuevas en los diferentes hábitats
de la probeta. Los hábitats varían de acuerdo
con la cantidad de oxígeno, gas del que hay más
en la superficie que en el fondo. Algunos tipos habían
formado una maraña en la superficie de la solución nutriente;
otras habían desarrollado una apariencia de mucosa que
les permitía desarrollarse en torno al borde interior
de la probeta, como la mancha que se forma alrededor del desagüe
de una tina de baño; mientras que otros más se establecieron
justo en el fondo. "Si tratásemos de contar todos
los tipos diferentes, sería frustrante", me dice
Rainey; no obstante, por diferentes que parezcan, todos han
surgido debido a dos factores: la oportunidad y la competencia
ecológicas.
"Siempre se había pensado que esos factores eran
esenciales para la biodiversidad, pero nadie había puesto
a prueba la idea de antes", continúa Rainey. En
ocasiones, en el pasado lejano, hace por ejemplo 540 millones
de años, en los inicios del período Cámbrico,
el mundo estaba casi tan vacío como una de las probetas
de Rainey; pero las pocas formas de la vida que habitan los
océanos de la Tierra hicieron explosión virtualmente
de la noche a la mañana, creando nuevas especies que pronto
habitaron cada rincón, cada recoveco del globo. "Eso
ocurrió porque había muchísimos medioambientes
desocupados y una intensa competencia entre las formas de vida",
dice Rainey. En una escala mucho más pequeña, la probeta
de Rainey ofrece las mismas oportunidades a la bacteria,
que ésta aprovecha instantáneamente.
"Eso fue lo que me asombró, la rapidez con que aparecen
esas muchas formas". Pero la diversidad también
puede perderse en un instante: sacudiendo la probeta, destruye
su mezcla de hábitats y las diversas formas de bacterias.
"Es la variedad de medioambientes: la superficie del caldo,
el borde del frasco y el fondo, lo que mantiene la diversidad-
me indica Rainey-, y ello también es cierto en el caso
de la biodiversidad del mundo natural".
Los
botánicos se han maravillado desde hace mucho por la
variedad de plantas existente a lo largo del borde suroeste
de la punta de África. Las proteas, arbustos de hojas
ásperas con flores del tamaño de platos soperos, las
ericas parecidas a brezos, los lirios, las orquídeas
y las suculentas rivalizan todas por un lugar al sol.
Para explicar cómo ha surgido ese mosaico de vegetación
exuberante, los botánicos John Manning y Peter Goldblatt
me indican el camino a través de los bajos macizos de
las tenaces plantas de hojas punzantes que cubre la arenisca,
la pizarra y la caliza de la región de El Cabo, en Sudáfrica.
Aunque gran parte de la flora parece igual (arbustos ramosos
con diminutas hojas verde oscuro), los botánicos observan
que casi todas las plantas que nos detenemos a inspeccionar
son una especie distinta de un género y familia diferente.
En realidad, las plantas que forman el fynbos (del afrikaaner),
como se conoce colectivamente a ese tipo de vegetación
único, se encuentran entre la más diversificadas
del mundo.
Los 90 mil kilómetros cuadrados de El Cabo albergan casi nueve
mil especies de plantas; el estado norteamericano de California,
cuatro veces más grande, es el hogar de solo 5.500. ¿Por
qué en algunas partes del mundo, como El Cabo y el bosque
tropical ecuatoriano, hay tal exuberancia de vida?
"El Cabo es archirrico para ser una zona templada -dice
Gildblatt, investigador del Jardín Botánico de
Missouri-. Por lo general, ese tipo de diversidad se asocia
con los trópicos húmedos. Aquí, creemos
que se produce debido a los numerosos microhábitats
que tenemos", y cita la variedad de suelos, el repentino
aumento de elevación desde la planicie costera hasta
la cima de las montañas, la variable precipitación pluvial
y los incendios esporádicos.
Pero existe otro elemento en juego: los polinizadores de las
plantas, que pueden actuar para mantener separadas las especies
y ayudar a formar otras nuevas. Manning, botánico del
Jardín Botánico Nacional Kirstenboch de Ciudad
del Cabo, me muestra dos cajas de exhibición con decenas
de moscas de probóscide larga fijadas con alfileres y
etiquetadas en claras filas. Su largo varía de aproximadamente
6 a 25 milímetros y sus amplias alas transparente las
hacen parecer más abejas que moscas. Como sugiere su
nombre, la probóscide de esas moscas es pronunciada,
en algunos casos de 35 a 70 milímetros de largo. Y debido
a que las moscas no pueden retraerlas o enroscarlas hábilmente
como lo hace una mariposa, la probóscide se extiende
frente a ellas todo el tiempo como una negra cuerda de piano.
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(*)
Fuente: Virginia
Morell, "La variedad de la vida", publicado en Revista
National Geographic, febrero de 1999, pp. 12-23.
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