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  RAYO Y TORMENTA

  Ensayo sobre la furia del cielo

   Por Esteban Ierardo  

 

 

Rayo y tormenta. Ensayo sobre la furia del cielo

Pájaro de trueno Poema inspirado en la creencia de los indios norteamericanos en un pájaro de la tormenta

 

RAYO Y TORMENTA

Ensayo sobre la furia del cielo

   Es el atardecer. Gigantes vestidos de nubes se apelotonan en el cielo. En un extremo de la cúpula, sobre el horizonte quizás, sobre una cadena de montañas, o las cabelleras verdes de un bosque, refulge el primer fucilazo. El primer relámpago. En un mismo instante, desde las alturas se descuelga un rugido, el clamor del cielo embravecido. El primer rayo y el primer trueno. Poco después, el follaje negruzco de nubes, florece en todo el firmamento. Ningún retazo de luz solar subsiste en la bóveda. Umbrías máscaras nubosas se desplazan gracias al viento veloz, saludable. La lluvia entonces extiende sus dedos de agua sobre la tierra. Los corazones de aves y animales aceleran sus latidos. Y se emocionan ante  las nuevas serpientes de incandescencia que descienden violentas, relumbrantes, veloces, desde el cielo. Desde el torso iracundo de la tormenta. Incandescentes reptiles. Nuevos rayos. Venas de luz quemante del cielo. Que fosforece sólo un instante. Rayos cuyo magma blanco de electricidad luego se disipa en la corteza terrestre.

    Y el hombre y la mujer se agazapan, temblorosos, dentro de la cueva, o al pie de árboles o farallones de rocas. En sus oídos, estalla el tambor estentóreo del trueno; en sus ojos, arden las fugaces jabalinas del relámpago. 

   ¿Pero quién maquina el tumulto atronador, el resoplido feroz del viento y los torrentes oblicuos de agua, el relámpago y el rayo?

   El rayo y el trueno, la tormenta y el viento, son, para el animal humano del comienzo, poder fertilizante y justicia inapelable.

   La contemplación del cielo predispone al humano arcaico a la percepción de una fuerza universal, independiente de su yo, superior. El cielo no es simple extensión aérea, espacio pasivo para el repetido deambular de nubes y astros. En la altura se concentra, simbólicamente, lo real como poder dinámico. Diversos dioses celestes comparten un atributo común: la creación primero del universo y, luego, un progresivo alejamiento del mundo de las formas. Numerosas divinidades primero crean y ordenan el mundo, asisten al hombre y, después, se alejan tras delegar su poder en dioses inferiores. Algo de este tenor acontece con el dios iroqués Oki; Temaukel, divinidad de los onas; Ometeohl, dios andrógino azteca; Baiame; dios de las tribus australianas Kamilarolo, Wiradju, Evahlayi; Olorum de los yorubas, en el África occidental; el Kan Vuan de los pigmeos; y el Kooch de los tehuelches.

   El dios después se torna lejano y se desvanece en el trasfondo del espacio. Pero su inicial poder aún se revela como epifanía, afloramiento de sacralidad a través del rayo, el trueno, el arcoiris, o, incluso, el cielo. Lo celeste como expresión de la divinidad. Para las poblaciones africanas ewe, Mawu es el supremo dios. Mawu proviene de Wu "extender, cubrir". El dios se viste con el cielo. Vestimenta divina que, con un doble sentido, oculta al dios ausente, y, a un mismo tiempo, es el velo que cubre la faz del ser divino. Las nubes son sus movedizos y cambiantes adornos; la luz es un aceite con el que la divinidad siempre brilla en toda su vastedad. Todo el cielo y, por extensión, la naturaleza en su íntegra amplitud, pueden ser el cuerpo o vestidura de la deidad. El principal ornamento visible del dios celeste es el rayo; su principal joya audible el trueno.

   El dios, la máxima sacralidad, la mayor fuerza, está fuera o más allá de las formas. Pero el trueno anuncia su presencia. Confirma su existencia. Así, para el humano arcaico, el trueno es memoria sonora de lo sagrado. Cada nuevo tronar en las alturas ratifica la interrumpida presencia de la divinidad de fuerza apabullante. 

   La mente suele poblarse con rosarios de imágenes, que son recuerdos de los espacios de una vida anterior. El recordar de esta índole es visual, písquico. Por el contrario, en cada estampido del trueno, el humano arcaico recuerda mediante la vibración. El trueno cabrillea en la intimidad del hombre como recuerdo vibratorio. Memoria sonora de una potencia capaz de conmover la materia y la conciencia.

   Para los sioux, su dios es Wakan. Wakan es invisible. Pero su voz, el trueno, es cercana. Audible. El dios australiano Daramulun, luego de una estadía en la tierra, regresa a la altura del cielo y, desde allí, recuerda su existencia mediante el tronar. El dios céltico de la tormenta, Taranis, alberga en su raíz, Taran, cercano al irlandés "toran", "trueno". 

    La voz del trueno se asocia también al mugido del toro. En la historia de las religiones, la divinidad celeste es, en principio, fuerza espiritual ordenadora del mundo. El atributo ordenador es intangible, sutil, una cualidad no representable. Quizá por su ser abstracto, en una segunda etapa del desarrollo de las religiones, la divinidad celeste es sustituida por las fuerzas más palpables, observables, de la atmósfera. El dios ya no es la potencia distante de creación y ordenación, sino la cercana fuerza fertilizante de la lluvia y la tormenta.  

   El trueno hermana al dios tormentoso con el toro y su semen fertilizante, generador. Rudra es la forma divina aria que Indra (dios védico de la tormenta) luego asimila. Rudra es el toro celeste que se une con Prishni o Sabardugha, diosa-vaca. Gracias al divino semen taurino, vivifica o crea todo. Tres milenios antes de Cristo, en Ur, el dios celeste es un toro. El esposo divino de la diosa Hitita Harinna es tauromorfo. Enlil, dios sumerio babilónico, hijo de Anu, es "el señor del viento impetuoso"; a él, asimismo, se lo denomina Alim, "dios del cuerno". Hadad, dios arameo de la tormenta, también es toro, que porta sobre sí un rayo con forma de cuernos. En el Antiguo Egipto, el dios Min llega a la tierra desde una tormenta. Es llamado el "toro de su madre". Y con fisonomía taurina Zeus rapta a la ninfa Europa; se ayunta con Antilopa y ultraja  violentamente a su diosa del cereal, su hermana Démeter.

   Los dioses taurinos de la tormenta no son esencialmente creadores. Su destino es fecundar a la gran Diosa. El dios tormentoso, toro celeste Min, Baal, Rudra, Zeus, expelen semen divino, su lluvia fecunda la vaca-tierra, la gran Madre agraria. Así, el cielo se enlaza en erótico abrazo, en hierogamia, o matrimonio sagrado.

 

   ll.  El trueno anuncia al toro divino que muge entre valles de borrasca. El trueno pregona la fecundidad de la tempestad. Pero el dios de la tormenta es también rayo. El rayo como arma. La tormenta armada con el rayo revela la guerra. El rayo y la tormenta, la guerra atmósferica, la guerra como atributo de lo divino y el mundo. 

    El rayo alberga otros tres posibles sentidos: el rayo como justicia, letal, como signo de la iniciación, y como lo que llamaremos "desencadenamiento artístico de las aguas".

   El rayo es arma justiciera en las divinas manos de Zeus. En esta función es Zeus Astrapos, el que fulmina. Con su fogoso rayo, desde su suprema morada del Olimpo, Zeus castiga a Icaro, el hijo de Dédalo, dotado de alas de cera, que osa volar hasta el sol; castiga a Faetón, hijo del sol, que dirige  el carro solar y lo acerca peligrosamente a la tierra porque su motivación es el resplandecer para la ostentación, el mostrarse, la vanidosa afirmación de sí. Y mata con su fulminante fuego a Asclepio, hijo de Apolo, educado por el sabio centauro Quirón quien posee el poder de la curación y la resucitación de los muertos.

  El Júpiter romano es Jupiter Feretaius cuando es "el que hiere"; también cuando blande un cortante silex, entonces se denomina Jupiter Lapis. La divinidad romana castiga a quienes no cumplen la palabra, violan tratados. Júpiter es así Jupiter omnipotens, Jupiter potimus maximus, es divinidad que castiga con el fulgurante rayo de la justicia. Y también Indra, dios hindú de la tormenta, castiga y mata con su rayo. Thor, por su parte, mata con su martillo-rayo a la serpiente Migdar.

  El punzante fuego que desciende del cielo también puede ser forma de sacralización. La encina es tradicionalmente consagrada al dios Júpiter porque es el árbol sobre el que con más asiduidad se precipita el rayo. El árbol tan frecuentado por el dedo de fuego del dios es así sagrado. Dodona se convierte en uno de los más importantes santuarios del Zeus Enelysia porque allí se yerguen unas encinas sagradas. 

   Todos los heridos por el rayo que sobreviven están predestinados a ser iniciados en los misterios del chamán. En el horizonte arcaico, la iniciación repite un esquema tripartito. El hombre nace a la existencia  "natural", al mundo donde imperan los sentidos y sus límites. El humano sólo nacido una vez, no trasciende las sinfonías de formas y estímulos que se le aparecen. En sus ojos sólo baila la costra de lo visible, de la materia próxima. Pero para el hombre arcaico, la realidad es espesura atravesada por sangre secreta, invisible.  El chamán, el hombre de sabiduría, debe percibir aquellas corrientes secretas; de ahí la necesidad de un segundo nacer que inicia al humano en la visión de lo invisible. Uno de los procesos universalmente repetidos para inducir este segundo nacer o iniciación es el despedazamiento simbólico del viejo cuerpo, de sentidos estrechos. El rayo y su luz filosa puede inducir este renacer iniciático. Así acontece que para el yakita Bukes Ullejeen:

   "El dios del rayo ha bajado del cielo y me ha cortado el cuerpo en pequeños trozos-dice Bukes-, ahora he resucitado como chamán y veo cuanto ocurre a mi alrededor hasta una distancia de treinta versas". (1) 

  "Treinta versas" es la expresión tradicional en el chamanismo siberiano para aludir a la "clarividencia". El instantáneo golpe de fuego del rayo inicia al humano en la experiencia de lo sacro. Lo mismo hace el relámpago. Rayo y relámpago son instantáneas emanaciones de luz. El rayo, incrusta su luminosidad concentrada en un sitio; el relámpago se expande a través de la amplia faz del espacio. Fulgor concentrado en un caso; resplandor expandido en el otro; pero, en ambos casos, la luz obra como instantánea metamorfosis: mutación del lugar o el espacio oscuro en luminosidad. Fundirse con la refulgencia instantánea del rayo y el relámpago es vibrar en una actualidad ajena a la sucesión temporal. Aquel que es  la instantánea luz late en una plenitud fuera del tiempo, en el ascua radiante de la eternidad, que es el espíritu del dios y su nervio centelleante. A través de la participación en la súbita brillantez del rayo o el relámpago, Qaumaneq, un chamán esquimal, accede a:

  "Una luz misteriosa que aun con los ojos cerrados ve a través de las tinieblas o percibe cosas y acontecimiento futuros, ocultos a los demás humanos. Puede, de esta manera, conocer tanto el porvenir como los secretos de los demás". (2)

  El rayo y el relámpago son actos efímeros, pero su fugacidad no brota de una debilidad incapaz de perdurar. Su breve reino en la naturaleza se debe a su condición de eternidad en acto. En la eternidad no hay ayer ni mañana, sólo actual presente. Rayo y relámpago son quizá eclosión del instante y lo eterno dentro de lo temporal. Lo eterno contiene todos los trazos del tiempo; de ahí que el humano, que respira dentro de su luz, adquiere el don de saltar o abolir barreras temporales. Y nadar en ríos de sangre secreta.

 

      El rayo, como arma, el rayo como lanza de la tormenta, nutre una experiencia primera e inadvertida: el cielo del rayo y el desencadenamiento estético de los aguas...

     En el comienzo siempre están las aguas. Aguas primordiales. Lo oscuro y líquido palpitan en la génesis mítica del mundo. Multitud de cosmogonías así lo imaginan. El agua es amorfa. Puede acomodarse a la figura de un lecho de río u océano. Pero la acuosidad como tal, no es forma quieta o solidez. Quizá el agua es el comienzo porque lo informe, amorfo, es receptáculo de todas las posibles formas futuras. Todo lo que puede ser es ya en el regazo de lo líquido. El agua como vientre de la gran Diosa, o como liquidez del mar primordial alberga en sí las venideras polifonías de vida. 

   Acaso esta creencia procede de la observación de la génesis de los organismos y de la luz auroral. Los cuerpos nacen del vientre de la hembra, mujer que representa a la gran madre y su vientre. Su matriz es oscura, inhaprensible, desligada de la geometría clara de la forma visible. El brillo matinal, por su parte, el fervor de la aurora, emerge del regazo umbrío, amorfo, de la noche. En la oscuridad vacía, en las serenas aguas, hay ya vida, pero no creación. La creación comienza a través de la mutación de lo líquido. El agua quieta, serena, es un anillo en cuyo centro pulsan la geografía de uno o muchos mundos posibles, futuros. El anillo debe quebrase, disolverse para que el agua fluya, se aleje de sí misma y se mute y transforme la vida potencial en nuevos mundos. El rayo, lanza de la tormenta, quiebra el anillo de las aguas. Permite que la vida latente se revele como nuevo seres y mundos. Esta experiencia es simbolizada por la lucha de Indra contra el dragón Vrita.

  Vitra proviene de la raíz sánscrita Vr, que denota las acciones de "encerrar", "detener", "cubrir", "ocultar". Vitra es uno de los principales Asuras, titanes o antidioses en la mitología hindú. También le corresponden los epítetos de "obstructor" o bloqueador". Vitra es un dragón que se manifiesta como roca de montaña que le cierra el paso al curso de las aguas. Indra es el dios indoario de la tormenta. Se desplaza con ceño enfadado y barba y cabellera encendidas entre remolinos de nubes. Su misión es matar al dragón. Quebrar el anillo que retiene  los poderes vivificantes y generadores del agua. Desde su carro en la tormenta, Indra endereza sus ojos centelleantes hacia la criatura que es roca, anillo que obstruye las aguas. Y entonces alza su arma, el rayo, Vajra, para derrotar a la criatura monstruosa. Y así Indra da muerte a Vritra con su arma-rayo;  y una vez muerto su dueño, las aguas comienzan a fluir velozmente. Así asegura  un himno del Rig-Veda que recuerda las hazañas del dios del rayo Vajra. Indra se convierte también en Vritrashan, el "soberano del universo", "rey del cosmos", el "señor del rayo  radiante". El agua entonces fluye para expandirse y nutrir la vida. El agua ya no es caos o potencialidad sino libre flujo y torrente creador, desencadenada fuerza de creación. 

    El rayo  y su concentrada violencia es así la detonación inicial de un proceso creador. Pero el rayo, fuego celeste, también puede conquistar lo líquido como vivificación eterna de lo creado. Al derrotar al dragón, Indra conquista el soma o Amrita, el elixir de la inmortalidad, el néctar de la vida. El soma es "el agua de la vida, la leche de las vacas celestes". Procede de una planta prodigiosa. El soma es humedad, liquidez que preserva el frescor radiante de lo vivo.

 

  lll. El rayo y la tormenta. Temor y fascinación para el humano. En muchas geografías, las nubes feroces irrumpen con escasa frecuencia. Numerosos horizontes y tierras conviven con el celeste límpido del firmamento o con pasajeros frentes nubosos, o con ocasionales y apacibles lluvias. Pero imaginemos ojos humanos que son ojos de pájaros. Imaginemos que ese ser aéreo ahora surca veloz la curvatura de la tierra. Entonces, el ave descubrirá la tempestad continua. En cada segundo, en la atmósfera centellean alrededor de dos mil tormentas. Tempestades que expelen, entre atronadores aullidos, diez millones de rayos al día; unos cien por segundo. Rayo como flujo de energía pura cuya temperatura puede alcanzar los 28.000 grados centígrados.

  En la tempestad se anidan protuberancias aún no penetradas por la lámpara de la explicación científica:  ¿cuándo se produce el rayo? ¿Dónde caerá? ¿Qué efecto genera la diaria descarga de los flujos eléctricos sobre la tierra? Junto al destino misterioso del rayo, se agregan las denominadas "apariciones" y "surtidores". Por encima de la tormenta, mediante cámaras sensibles, es posible la observación de misteriosos y ascendentes descargas eléctricas de tonalidad rojiza, de un campo de expansión hasta cuatro millones de metros cúbicos.

    "Apariciones" es el nombre que los científicos le otorgan a esta luminosidad. Junto a ella, nacen otras, breves, rápidas emanaciones de gran altura y propagación denominadas "surtidores". Otro nudo laberíntico de la tormenta, no desatable por la ciencia.

   Pero junto a los nudos, junto a las protuberancias no explicadas, el saber metereológico puede recrear la gestación y madurez de la tormenta: el sol, con sus ardientes manos, calienta masas de aire húmedo. Al ascender éstas, el aire del entorno se hace frío. La presión atmosférica disminuye; la humedad se enfría, condensa, genera nubes. Nubes que se enzarzan, funden. Crecen. Los gotas de agua aumenta su peso. El aire ya no puede detenerlas. Caen. La lluvia inicia su música. Fuerzas ascendentes continúan elevando las gotas más pequeñas hacia arriba. En la región alta y fría de la nube, las ascendidas gotas se congelan. Se transforman en cristales de hielo. Que se distribuyen de forma horizontal en la parte alta de la nube. Los cristales absorben agua congelada. Y comienzan su caída libre. Durante su precipitación, el granizo colisiona con las diminutas partículas en ascenso. Se gestan innumerables colisiones. Cada choque desprende un electrón de las partículas que suben y que se cargan positivamente. El granizo que se precipita adquiere un signo negativo. Así, la nube se electrifica. Deviene una gran y aérea batería positiva en la parte superior y negativa en la inferior. Y, entonces, ambas cargas se neutralizan mediante la fulminante estampida del rayo.

     La explicación científica reconstruye el encuentro de opuestos en la tormenta como si se tratase de una proceso mecánico. El calor del sol colisiona con el frío y la humedad. De este inicial encuentro entre calor y frialdad emergen las nubes. La nube, lo leve, al multiplicarse, al condensarse, produce su opuesto: el agua, la pesadez. Y, luego, el agua que ha ascendido experimenta congelamiento, y nacen los cristales de hielo. Pero entonces el helado cristal rueda hacia su oposición: se transforma en granizo. Ligereza que desciende. Y el granizo que cae colisiona con lo que sube. El arriba y el abajo, lo positivo y lo negativo, se enfrentan como opuestos. 

    Pero en la nube eléctrica, vientre aéreo del rayo, la dualidad halla su disolución. Al colisionar con sus dos polos, la oposición se neutraliza, desaparece. El rayo anuncia una supresión de la dualidad, la cesación de la oposición y el enfrentamiento. El fulgor blanco y salvaje del rayo anuncia un movimiento de restauración, reconciliación. La tempestad vive primero un juego de oposiciones de las cargas negativas y afirmativas y, luego, trasciende esa dualidad mediante el rayo.

    Una conclusión lógica, enlaza premisas, funde en una misma afirmación términos diferenciados y opuestos. La superación dialéctica de los opuestos en la historia, de tipo hegeliano, es un sueño perseguido como la quimera de El dorado. Pero en la realidad social, la promesa de igualdad y dignidad mediante la trascendencia dialéctica, sucumbe en la continua oposición y violencia entre dominadores y dominados. En su histórico trono, el mal se pavonea con el cetro de la desigualdad constante y con el murmullo creado por el llanto de cientos de generaciones a las que se les negó la llegada al valle de la plenitud. El humano, el humano Hegel, postula la salida de los opuestos desde la playa del pensamiento puro y el deseo de lo ausente. Pero la tormenta resuelve sus opuestos mediante la incandescencia bella y eruptiva del rayo. En cada segundo, al menos cien veces la eléctrica mente de la tempestad reúne lo enfrentado. La electricidad de signo afirmativo y negativo se reúnen en la realidad nueva y tercera  del rayo. La dialéctica siempre exitosa del fuego del cielo.

 

      lV. Imaginamos encuentros y reintegraciones en el verbo caliente del rayo. Pero el humano suele tener vedada la participación en su fuerza unificante.  La fragilidad física del hombre, su condición de débil mamífero, lo obliga a padecer la fuerza de la tormenta como amenaza de aniquilación. No como estallido recreador. La potencia destructora de la tempestad adquieren su fisonomía más fatídica en el huracán, las devastadoras tormentas tropicales. En la tierra, el humano confía en que la casa o la cueva lo protegerán de las dentelladas enloquecidas del viento. Pero en el océano, la tormenta debilita la oportunidad del escondite. El barco fuertemente hostigado por la tempestad ya no es refugio ante el dios del rayo. Dentro de su literatura, Joseph Conrad recreó la colisión entre la tempestad y el humano:

 "Un débil relámpago serpenteó a su alrededor, como si hubiera estallado dentro de una cueva, en una negra y secreta cámara del mar con un suelo de espumosas crestas.

  Durante un siniestro y aleteante instante, desveló una masa deshilachada de nubes bajas, el movimiento del largo perfil del barco, las figuras negras de los hombres sorprendidos en el puente, con la cabeza gacha, como si se hubieran quedado petrificados en el momento de la embestida. La oscuridad palpitante lo envolvía todo desde arriba y, entonces, finalmente, llegó lo de verdad.

  Fue algo formidable e inmediato, como la ruptura repentina de ira. Parecía explotar alrededor del barco con una intimidante detonación y una avalancha gigantesca de las aguas, como si una presa inmensa hubiera cedido empujada por el viento. En un instante los hombres perdieron todo contacto. Este es el poder desintegrador del vendaval: aislar al hombre de los de su especie. Un terremoto, un corrimiento de tierras, una avalancha, pueden alcanzar al hombre como si fuera por casualidad, sin apasionamiento. Pero un temporal furioso le ataca como si fuera un enemigo personal, intenta agarrarle los miembros, se cierra sobre su mente, intenta agarrarles los miembros, se cierra sobre su mente, intenta extirparle hasta el espíritu". (3) 

 

   Durante el viaje en el mar, los hombres labran un alma colectiva. El limitado espacio físico de la embarcación es sustituto de la vasta tierra firme donde se inició la travesía. En la pequeña tierra flotante, cada hombre cumple con su tarea, se fija a un sitio de la nave, es reconocido por el resto en esa función. La proximidad física, el reconocimiento entre los hombres, construye un alma colectiva. Una diminuta nación ambulante, donde cada latido tiende a resonar en un corazón compartido. Antes de la ira del mar, la tripulación del navío es el receptáculo de una humanidad integrada. Pero cuando la tormenta vomita su cólera y las olas alzan sus puños, la tempestad manifiesta, otra vez, su potencia creadora. Solo que en este caso, su creación necesita de la destrucción del hombre colectivo. Mediante precisos golpes de turbulencia, la tormenta separa al hombre del bloque de mármol compartido. Y luego lo esculpe entre los bandazos y sobresaltos de la nave. Lo esculpe como un ser solitario. La soledad del marino creada por la tempestad, es el impulso que obliga al hombre a una refundación épica de sí. Para continuar en la vida, el marino debe demostrar su determinación a sobrevivir dentro de la furia. En esta, el marino experimenta la agresión individual de la tormenta. La aceptación del embate del cielo impele la refundación del individuo dentro de la ira y el grito. La soledad del sujeto aquí no es intimidad que separa del mundo. Por el contrario, es solitaria compenetración con los elementos y potencias del espacio. El solitario marino que lucha contra la tempestad corporiza una épica ambiental. El hombre agredido que sobrevive entre la tormenta y el mar se pare a sí mismo como épica llama alimentada por las fuerzas de la atmósfera.

  

       La tormenta de alta mar crea al individuo como afirmación épica y ambiental. Pujanza creadora de la tempestad que nace de la orgía eléctrica de la tempestad. Pero también la tormenta puede ser inventora de la mente imaginativa.

    El escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento alienta esta intuición en su obra Facundo. Ensayo en principio de cariz político, trasluce también una filigrana romántica. 

   La geografía argentina típica es la llanura pampeana. Esta desata en sus habitantes sensaciones de infinito, la experiencia de la propia pequeñez, la intuición de una vastedad interminable. Pero junto a una percepción de la llanura sin fin, existe el efecto espiritual de la atmósfera pampeana. La poesía brota en el pueblo de la Pampa como respuesta a la exaltación del firmamento. Y esto porque...

  "Existe pues, un fondo de poesía que nace de los accidentes naturales del país y de las costumbres excepcionales que engendra. La poesía, para despertarse, (porque la poesía es como el sentimiento religioso, una facultad del espíritu humano), necesita el espectáculo de lo bello, del poder terrible, de la inmensidad, de la extensión, de lo vago, de lo incomprensible, porque donde acaba lo palpable y vulgar, empiezan las mentiras de la imaginación, el mundo ideal. Ahora yo pregunto: ¿Qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina, el simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver.., no ver nada; porque cuanto más hunde los ojo en aquel horizonte incierto,vaporoso, indefinido, más se le aleja, más lo fascina, lo confunde y lo sume en la contemplación y la duda? ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que ve? ¡La soledad, el peligro, el salvaje, la muerte! He aquí ya la poesía: el hombre que se mueve en estas escenas, se siente asaltado de temores e incertidumbres fantásticas, de sueños que le preocupan despierto. 

   "De aquí resulta que el pueblo argentino es poeta por caracter, por naturaleza. ¿Ni cómo ha de dejar de serlo, cuando en medio de una tarde serena y apacible, una nube torva y negra se levanta sin saber de dónde, se extiende sobre el cielo, mientras se cruzan dos palabras, y de repente, el estampido del trueno anuncia la tormenta que deja frío al viajero, y reteniendo el aliento, por temor de atraerse un rayo de dos mil que caen en torno suyo? La obscuridad se sucede después a la luz: la muerte está por todas partes; un poder terrible, incontrastable le ha hecho, en un momento, reconcentrarse en sí mismo, y sentir su nada en medio de aquella naturaleza irritada; sentir a Dios, por decirlo de una vez, en la aterrante magnificencia de sus obras.  ¿Qué más colores para la paleta de la fantasía?  Masas de tinieblas que anublan el día, masas de luz lívida, temblorosa, que ilumina un instante las tinieblas, y muestra la pampa a distancias infinitas, cruzándola vivamente el rayo, en fin, símbolo del poder. Estas imágenes  han sido hechas para quedarse hondamente grabadas. Así, cuando la tormenta pasa, el gaucho se queda triste, pensativo, serio, y la sucesión de luz y tinieblas se continúa en su imaginación, del mismo modo que cuando miramos fijamente el sol, nos queda, por largo tiempo, su disco en la retina.

    "Preguntadle al gaucho a quien matan con preferencia los rayos, y os introducirá en un mundo de idealizaciones morales y religiosas (...) Añádase que, si es cierto que el fluido eléctrico entra en la economía de la vida humana y es el mismo que llaman fluido nervioso, el cual, excitado, subleva las pasiones y enciende el entusiasmo, muchas disposiciones debe tener para los trabajos de la imaginación el pueblo que habita bajo una atmósfera recargada de electricidad hasta el punto que la ropa frotada, chisporrotea como el pelo contrariado del gato." (4)

 

    Sarmiento comparte el postulado que Hipólito Taine aplicó al arte. El medio geográfico forja las tendencias artísticas. Y puede también tornear los caracteres espirituales de un pueblo.  Auque entre ellas medie una gran distancia, geografías semejantes crean tipos humanos parecidos, definidos por un mismo grupo de hábitos y creencias. Así, el escritor argentino se sorprende de las coincidencias entre las costumbres de los traperos de las praderas norteamericanas, descritos por la pluma de Fenimore Cooper, y el gaucho. Pero fuera de los paralelismos, Sarmiento brega por subrayar el efecto singular de la atmósfera y la tierra pampeanas sobre quien la habita.

  El escritor sorprende al gaucho cuando este interrumpe su cabalgata. Entonces, el jinete nómade contempla las nubes negras que ocultan el cielo con un paño denso y movedizo. Las llamas eléctricas que lanza el cielo, hunden sus puntas de luz en la tierra, estremecida. La oscuridad, hierve así en luz terrorífica. Signo de un peligro de muerte. Como el hombre arcaico, el gaucho experimenta fascinación y temor ante la potencia de la naturaleza. Ambivalencia del sentimiento que coincide con la dualidad de estados que motiva la génesis de lo poético en la meditación sarmientina. La poesía para nacer "necesita de lo bello" y de la viva impresión ante "el poder terrible, de la inmensidad, de la extensión".

     Y el jinete permanece inmóvil, atrapado, retenido, por las garras del temor. Y atisba el horizonte. Lo vago, lo indefinido, lo atenaza con sensaciones de soledad y perplejidad. Y decenas de rayos ya brincan a su alrededor. Y desde las alturas se descuelgan las voces salvajes del trueno. Torrentes de luces sobrenaturales bañan sus ojos. Imágenes de fantasía, delineadas por pinceladas de electricidad, mordisquean la piel primero y, después, horadan la carne y los huesos.

    La potencia estruendosa del cielo impulsa al gaucho a reconcentrarse en sí mismo. La nada de la propia finitud se disuelve en la cercana percepción de una fuerza divina, pletórica de cuchillos de luz, los rayos, que horadan la tierra. Acaso signos de un poder superior y aplastante. Un poder cuyo vehículo es radiación eléctrica. 

    Y la tormenta envuelve con su manto eléctrico al viajero fascinado de la Pampa. La tormentosa atmósfera eléctrica fluye hacia quien la contempla asombrado. Electrificación tormentosa del hombre. Creación atmosférica de un cuerpo chisporroteante. Generación de un humano que alberga en sí la electricidad de la tormenta y la predisposición a una imaginación exaltada, a " los trabajos de la imaginación". La tempestad se muta en fervor imaginativo. La tormenta perdura así dentro del cuerpo electrificado. Demasiado poderosa es la contemplación de la orgía de luces y truenos manando desde lo alto. El exceso del rayo y el trueno no pueden cesar. Y continúan en algún sitio de la atmósfera del planeta o dentro del cerebro que ha absorbido las luces del rayo y los platillos del trueno. Perduración interior de la tormenta en el humano. Continuidad que nutre los fucilazos de la imaginación. 

 

      El hombre desciende del avión. Imágenes de mar aún salpican sus ojos. El viajero ha atravesado un océano. La tierra del acento galo ahora vive muy lejana. Ahora, el piloto, alto, de rostro donde convive una expresión infantil y una mirada decidida, pisa el suelo del gaucho y del abundante ganado. El piloto, el artista, Saint-Exupéry, impulsa en 1930 la aeronavegación en Argentina. En precarios aviones atraviesa los cielos de la Pampa y la Patagonia. Durante su estancia de año y medio en Argentina, el autor del Principito realiza numerosos vuelos. Pero dos son especiales. En uno de ellos, un accidente le impide despegar y debe permanecer unos días en Concordia, Provincia de Entre Ríos. Allí es hospedado en el Castillo de San Carlos por la francesa familia Fuchs. Conoce así a las dos hermanas hijas del matrimonio francés. Según algunos, el deslumbramiento ante el encanto infantil de Emma Fuchs, la hija menor, será la inspiración para el personaje del Principito. El otro vuelo singular del piloto-artista en la Argentina, y recordado en El piloto y las potencias naturales, acontece en el cielo patagónico...

   Es 1931. Saint-Exupéry despega desde el aeropuerto de Trelew. Se dirige a Comodoro Rivadavia. Cuando su avión flota sereno en las alturas, irrumpe el cuerpo negro de una tempestad. Los brazos arremolinados de la tormenta se extienden con rapidez. Fatalmente, el avión se hunde como una pequeña lanza de metal dentro del gran gigante de viento y gas.

   El piloto vive ya dentro de remolinos oscuros, y percibe que el horizonte..."el horizonte... no hay más horizonte. Estoy como encerrado entre las bambalinas de un teatro atestado de planos de decorados. Verticales, horizontales, oblicuas, todas las líneas se mezclan. Cien valles transversales me enredan en sus perspectivas. No alcanzo a ubicarme cuando una nueva erupción me hace girar un cuarto de vuelta, o me vuelve" (5).

  Dentro de la garganta enojada de la tormenta, el piloto siente el vacío. Al tiempo que el horizonte desaparece, sus pensamientos se desvanecen y el poder de su cerebro sobre el cuerpo se ahoga. Ahora sólo desea. No piensa ni gobierna sus músculos, sus manos y sus piernas. Sólo desea y experimenta respeto. Respeto ante la tierra a la que desea regresar, al suelo en cuya plana piel necesita aterrizar.  El respeto surge como el único "sentimiento claro en esa mezcla de sentimientos confusos". " Respeto a ese pico. Respeto a esa arista aguzada. Respeto a esa cúpula. Respeto a ese valle transversal, que desemboca en el mío y va a provocar sabe Dios qué remolinos, al mezclar su torrente de viento con el que ya me arrastra". (6)

   Dentro del vacío y la suspensión del gobierno sobre su cuerpo, el piloto entreve el mar. Desvía la aeronave hacia las praderas de espumas y olas del océano. Una firmeza que no brota  de su voluntad aferra los controles y ensaya algún nuevo camino, aun cuando la desorientación vierte más estupor sobre él. Finalmente, en los espacios que ruedan hacia abajo, en el final de ese túnel descendente, el artista que vuela distingue figuras distintas a la de las montañas y las llanuras. Son hombres. Que se arraciman cerca de la pista salvadora. El camino amable de cemento donde el avión ya se desploma con suavidad y agotamiento.

   Una vez en tierra, el piloto desciende aunque no sabe plenamente que deja la cabina; no advierte que sus pies, nuevamente, acaloran el suelo. No sabe, no reconoce su descenso, su salvación, la conclusión del peligro, porque el vacío, el desvanecimiento de la conciencia y la voluntad, perduran en su ser. Sólo luego, lentamente, regresa el tibio vapor de la serenidad a sus ojos, y regresa el pensamiento, la lucidez y la memoria. Reconoce el poder del recuerdo y recuerda la tempestad de negro y furia. Y únicamente entonces advierte que, en su accidentado vuelo, debió sentir horror. Pero el miedo no lo apabulló durante la tormenta...

   Comienza entonces el otro encuentro del piloto artista con la tempestad. Se inicia la tormenta recordada, narrada, recreada y ordenada, aun en su forma caótica. Es la tormenta de la literatura, ya no la tempestad vivida en las alturas del firmamento patagónico.

   Lo que también empieza aquí es el divorcio entre la escritura y la tormenta.

   Comienza la distancia entre el orden del lenguaje y la violencia e intensidad de la materia. La potencia de la tormenta es vitalidad no decible. Es erupción ajena a la serenidad civilizada de los signos escritos. Es lo salvaje, la sal de vida primera refractaria a la gramática y la civilización.

    Por eso, luego del descenso, Saint-Exupery manifiesta que: "No cuento nada. Tengo sueño. Muevo lentamente los dedos que no logro desentumecer. Apenas me parece que recién he tenido miedo. ¿Tuve miedo? Asistí a un extraño espectáculo. ¿Qué extraño espectáculo? No sé. El cielo estaba azul y el mar muy blanco. ¡Tendría que relatar mi aventura ya que vuelvo de tan lejos! Pero lo ocurrido se me escapa. "Imaginen un mar blanco.., muy blanco... más blanco todavía. . ." No se comunica nada multiplicando los epítetos. No se comunica nada con esos balbuceos. No se comunica nada porque no hay nada que comunicar. Ningún drama verdadero reside en esos pensamientos que han horadado las entrañas, en ese dolor en los hombros". (7)

     El rayo en su máximo éxtasis es luz blanca. Esa luminosidad ardiente que las fotografías de rayos pueden congelar, detener. Es ese blanco brillo no reemplazable por ninguna descripción. La tormenta es magma e intensidad, enemiga de toda sustitución. El tapiz lento y progresivo del lenguaje no puede sustituir lo que es inmediata eclosión, fuerza en acto. La lengua no puede reemplazar la magmática luz blanca del rayo. Sin embargo, la tormenta ruge cerca de la letra. Vocifera también dentro de la escritura, invade el recinto de las letras, la complexión de frases inteligibles, el sujeto y predicado, la coma y el punto que ordena. 

   ¿Cómo meditar esa proximidad entre tormenta y el signo escrito?

   La luz blanca del rayo se desvanece en la superficie perceptible del cielo. Pero esta aparente extinción es ilusión, porque la tormenta nunca concluye. El blanco orgiástico del rayo permanece como blanco de la hoja. Blancura del papel, símbolo del magma del rayo congelado, detenido. Blanco que contiene, soporta,  la letra, el torrente lineal de lenguaje. El blanco del papel como simbólica perduración del fogonazo del rayo. Blancura donde bulle lo real previo a la letra, la tormenta anterior a la palabra. Realidad originaria, previa al sujeto aunque el humano del Occidente Moderno persista la creencia de que el mundo, incluso el mundo natural, es su efecto. Todas las arquitecturas polimórficas de la vida como efecto de su poder. En el blanco papel perdura el rayo del cielo, el recuerdo de la madera que ahora es plana celulosa, de los rayos contemplados o recibidos. Escribimos sobre astillas de árboles y tempestades. Y aún en la pantalla electrónica persiste la huella de esplendor refulgente de la tormenta. Pantalla donde se escribe sobre electricidad dócil, domada, espectro pero también hermana del eléctrico látigo de luz del rayo.

   Pero detrás del blanco rayo y su metamorfosis en papel y pantalla subsiste la tormenta anterior a la escritura. Sobre la hoja o el monitor de computadora,  persiste la borrasca que, que por refulgir previa a la lengua, no acepta ser plenamente dicha o escrita.

   Tormenta no decible. Por eso, ante el supuesto horror de la indefensión frente a la tempestad, Saint-Exupéry afirma:   

  "El ciclón del que hablaré fue realmente la experiencia más impresionante en su brutalidad, por la que he pasado; y sin embargo, más allá de cierta medida, ya no sé describir la violencia de los remolinos sino multiplicando superlativos que no añaden nada más que una molesta sensación de exageración.

  He comprendido lentamente la razón de esta impotencia: se quiere describir un drama que no ha existido. Si se cae en la evocación del horror, es que el horror ha sido inventado luego, al revivir los recuerdos. El horror no se muestra en la realidad.

      Por eso es que al comenzar este relato de una revuelta de los elementos, que he vivido, no siento la impresión de escribir un drama comunicable" (8).

   Los humanos se han fascinado o han padecido la tormenta que aúlla arriba o a su alrededor. Pero Saint-Exupéry es uno de esos escasos humanos que experimenta la tempestad en su núcleo de estruendo, en su corazón de ira. Un piloto artista dentro de la tempestad. Raro acontecimiento en la historia sensible del mamífero expulsado del paraíso. En ese estar dentro, la cercana palpitación de la tempestad aplasta todo pensamiento. El sujeto deviene vacío. Su forma ya no es la de un yo estremecido, aterrorizado. En el vacío del humano dentro de la tormenta, el cuerpo es propagación del estruendo, de las luces intensas y las nubes veloces. El cuerpo ya no es tierra separada del aire y la bóveda; la mente ya no es espíritu escindido. En el vacío del piloto artista dentro de la tormenta, la tempestad es la nueva voluntad que decide y quiere aunque no  haya pensamiento.  Es ese espacio vibratorio, misteriosamente resonante, furioso, que actúa y late en la nube,  en el aire y en el humano que sólo sobrevive dentro como otra ráfaga en el vientre que pare el rayo.

 

    V. La tormenta, su fuerza, no puede ser sustituida. Pero sí puede restituir. Re-instituye la tormenta la sujeción del humano respecto a la materia. La tempestad, como todo fenómeno catastrófico, refuta la ilusión bíblica del Adán custodio y dominador de la naturaleza. La voluntad adánica alberga la creencia del ordenamiento por palabras de las formas físicas, las especies, los procesos vivientes. Adán, y sus descendientes, creen en la naturaleza como universo de definiciones. La materia como huella de palabras que definen lo natural, que dicen lo que es naturaleza. La materia quizá obedezca, sí, a un lenguaje. Pero no a un lenguaje del concepto sino de bruscas intuiciones, de fuerzas, inagotables flujos de energía y explosiones. Un lenguaje acaso sólo pronunciable  y decible por una divinidad. Divinidad impensable y extraña.

    Dentro de la espesura de las materias del mundo bulle el movimiento de las micropartículas, no plenamente previsibles, en su trayectoria a través de espacios invisibles. Además, los electrones en su girar en torno a los núcleos atómicos liberan energía. Y aquellos núcleos atómicos a su vez contienen desmesuradas proporciones de energía potencial. El humano necesita del artificio letal de la bomba nuclear para forzar una reacción que libere el poder de la materia, que mediante el estallido, expresa sus arrolladoras y profundas fuerzas latentes, potenciales. Pero la tormenta no humana que estalla con sus truenos y rayos es directo anuncio de la fuerza intrínseca del átomo. La tempestad restaura así la explosiva fuerza que rebulle dentro de la hyle, materia, la pysis, naturaleza. 

    Y la tormenta pregona la indeterminación en el mundo físico. Lo mismo que en la física cuántica, la ciencia metereológica no puede prever el instante exacto del estallido del rayo, y el lugar preciso de su caída. Arbitrariedad del rayo, señal de su condición aúlica de mensajero de lo indeterminado. 

    En el enjambre de rayos, truenos y relámpagos, la materia expresa el primado de lo indeterminado y el estallido. Materia que incendia y estalla por su concentración de fuerzas potenciales. 

    Pero lejana y ausente es esta radiografía de la tempestad para los seres de la urbe sin cielo. La profunda castración sensitiva del humano contemporáneo reduce la tormenta a incómodo y peligroso fenómeno natural, a espectáculo ocasional de bonitos rayos, a perturbador caos de truenos que habla de lo salvaje y no civilizado de la naturaleza. La tormenta es interrupción del sosiego, o efímero momento de asombro. No lo que revela lo más continuo y cercano: la vitalidad más plena que bulle en toda la materia, en cada hebra de espacio, en cada pigmento de la naturaleza y el cosmos.

    La tormenta así, para la sensibilidad aún alerta, es revelación de la música del mundo material: movimiento continuo e intensidad explosiva. A diferencia de la esporádica revelación del ser heideggeriano, de la gracia cristiana, o del satori budista-zen, la revelación tormentosa es repetida, omnipresente, desafiantemente exterior y atronadora. La tempestad es revelación exasperada de la vida secreta, inaudible y no visible de la materia. 

    Pero también es la ira manifiesta de la cúpula. 

    Furia del cielo. 

   La furia del cielo creada por la tormenta religa al humano con la bóveda y la inmediatez de su propio cerebro. Antiguos simbolismos intuyen que la forma abovedada del cielo es equivalente, isomórfica, con la cabeza del hombre. El cielo y sus correspondencia con la bóveda craneana. Lugar de preservación y ocultamiento de lo cerebral. El cerebro como sitio de poder, hervidero del pensar capaz de unir concepto e imagen. El pensar como acontecimiento cerebral es potencia apta para el siempre volver a comprender el enigma y la presencia del mundo. El pensamiento no debilitado, intenta, con la inevitable continuidad del latir o el respirar, concebir lo infinito, el origen de todo, la esencia de la mente y lo material, o la significación de lo humano. Una y otra vez. El pensamiento sano, no atrofiado por nihilismos o comodidades dogmáticas, es capacidad, poder fatal, furioso, que burbujea en constantes arremetidas para comprender aún más lo incompresible de la existencia. El pensamiento saludable es la furia de un continuo reintentar la comprensión más sutil de lo real.  

   La furia en el abovedado cerebro es detonación de nuevas intuiciones, hipótesis, senderos de pensar, flechas movidas por la fascinación del pensar el misterio siempre en acto de lo que es.

  Y la furia en el cielo es el incendio y ebullición de la materia explosiva y no pensable aun por el más furioso cerebro. Furia del cielo donde reina el trueno, grito de los viejos dioses; desde donde se consuman los divinos castigos mediante los rayos; desde donde se derrama el semen fertilizante a través del rayo y la lluvia. Furia del cielo donde el relámpago es fugaz chisporroteo de eternidad. Furia del cielo donde la materia revela su verbo no humano de estallido e intensidad. Furia del cielo donde el ser pierde su aura volátil de idea esquiva y deviene cascada arrogante de fuerza. Lava y conmoción. Que anuncia el estallido como pulso más hondo. Estallido en el sonido: el trueno. Estallar en luz: rayo y relámpago. Tormenta donde estalla el ser previo a todo hambriento sujeto filosófico. Ser diseminado en tempestades y no en torneados castillos de ideas del filosofo. Ser que nunca diré ni dirás. Aquello que nos grita y abruma mediante el misterio. Siempre vivo de la materia siempre viva. 

 

 

Citas:

 (1) Mircea Eliade, Misterio, símbolos, sueños, Paidós.

 (2) Ibid.

  (3)  Joseph Conrad, Tifón, Unidad editorial, Madrid, 1988, p. 38.

(5) Domingo F.Sarmiento, Faucndo,  Ed.Huemul, Buenos Aires, 1978, pp.1001-01.

(6) Saint-Exupéry, "El piloto y las potencias naturales", en Un sentido de la vida, Buenos Aires, Ed. Troquel, 1971.

 (7) Ibid.

 (8) Ibid.

 

PAJARO DE TRUENO

 

 

   Dientes de oro del sol, muerdes el agua. Y, tú, agua, aceptas y difundes el calor en espumas y anchuras de mar. Y, tú, calor líquido, exhalas los primeros vapores.  Vaporosa exudación blanca, tenue exhalación. Vapor, vapores del agua,  aguas afiebradas de soles.

   Y, tú, leve vapor, eres ya nube. Nubes: follajes errantes del cielo, hojarascas de piel esponjosa que, muchas veces, dejan el blanco para vestirte gris. 

    Y, ustedes, nubes, nubes grises, son follajes y hojarascas que se funden y enzarzan. Y,  con  lengua de vapor y labios de entusiasmo, invocan al viento, al aire que viene con látigos, trompetas y martillos. 

    Y las nubes se apelotonan y tallan colmillos, figuras de aristas puntiagudas, que se suceden en una sola dentadura, una sola boca convulsa de furia. Colmillos nubosos de la única boca, aun de labios separados, que se prolonga hacia el cuello cuyo origen está detrás del espacio, en un vacío, vientre, vientre-vacío, antes de lo que piensa y habla. Garganta de nervios empotrados en un no-espacio, secreto, vivo en la noche previa al tapiz nocturno de estrellas. Cuello y vientre suspendido, cueva aérea, rodeada de nubes-colmillos, de caballos-viento.

   Y dentro de ti, espero. Espero que se expandan, dilaten, los bordes de tu boca, madre. Espero mi repetido renacer desde la profundidad suspendida, para luego emerger desde tu boca y garganta de circular contorno, jaspeada de nubes y caballos de cólera y viento.

    Y espero en segundos, instantes, dentro de los que viven gigantes que trituran diamantes y campanarios. Y, entonces, pensamientos sin lógica me impulsan hacia adelante, hacia la salida de la oscura boca. 

   Y, otra vez, recorro las aéreas paredes del túnel, y ya escucho sinfonías violentas, cabalgatas del viento. Y vuelo cerca de trompetas enardecidas, de platillos golpeados por huracanes. Vuelo junto a la ráfaga y la nube. Junto a latidos de lluvia que cae; vuelo junto al enojo y jubilo de Ella. Ella. Tú, Madre tormenta. Dentro de ti vuelo. En la turbulencia de tus ojos, vuelo. En derredor de tu ombligo velado, vuelo. Próximo a tus cabellos de ráfagas y lluvia, vuelo; vuelo entre tus huesos empapados, o entre tus senos que rozan cimas de bosques y cerros. Sin romper el cordón umbilical que me enlaza a ti, aleteo.Vuelo. Vuelo por ti y en ti, Madre tormenta. Y grito mi nombre: ¡Thunderbird! ¡Thunderbird! 

    El pájaro del trueno soy. 

   Y con imanes en mis iris, atraigo el rostro de la tierra y el corazón de sus seres, y los metales de la cueva y el subsuelo, y los astros y cometas de patrias celestes. 

   Y la vida que el magnetismo de mi ver atrae, corren en círculos veloces dentro de mis ojos y en mi cuello. Y de mis ojos mana, expansivo, efímero, el relámpago. Y en mi garganta, todo lo que es en mí,  se muta en puños de granito que chocan entre sí, en arremetidas y colisiones feroces, dentro de mi cuello emplumado, húmedo, ligero. Cuello de pájaro de trueno. Desde el que, bajo tu señal, estalla el trueno. Mi trueno. Soy el Pájaro de trueno. 

    Rayo, trueno y relámpago viven en cántaros dentro de mis alas. Cántaros, ánforas, recipientes, que derramo sobre tierras, océanos, hielos, volcanes y los humanos pequeños de todos los tiempos.

   Eso me  complace. Y mío es el secreto de la semilla. Semillas de electricidad. Con arados de cielo y luces eléctricas siembro toda realidad. Para que cada cosa arda en la médula del relámpago y en el diapasón poderoso del trueno. Y con mis soles de relámpagos y aullidos de rayos, obsequio, entrego, radiación y el poder de la veneración a lo que vive bajo de ti, madre, Madre tormenta. Madre de mis plumas y las fogatas de mi oxígeno.

     Y vuelo, vuelo, sin debilidad ni descanso. Continuo mi volar y enseño tu salud: la fosforescencia y el venerar. Y vuelo para sembrar, para sembrarte madre. Y antes que vuelvas a  ocultarte en tu gruta de enigma, grito con mi voz de trueno y liberó el relámpago que es tu anatomía radiante, antes de que la cúpula sea de nuevo plácido azul.

   Pero sé que,  aun después de desaparecer, tú sigues. Cuando la serenidad regresa, tú sigues como fosforescencia en el escarabajo diminuto, en la tierra de surcos y espacios tiznados de rocas, en bosques y pliegues de montañas. Aun después de ocultarte, tú sigues en la fosa y el coral, en llanuras y geografías esmaltadas de nieve, nieve del aliento invernal; y en el húmedo sudor de la jungla, en la duna hirviente del desierto, en el horizonte lejano y curvo que bulle en el ojo de las águilas, tú sigues. 

    Tú sigues. Porque aun cuando te ocultas, sigues en la cúspide  del cielo, en la roca y el agua, en la madera. Emocionada. Del árbol.  

  Y cuando regresas al vacío ancestral de tu cuerpo, Madre, yo también continuo, como radiación y veneración en los humanos que, en la tempestad feroz, me entreven. Adivinan mi aleteo. Saben que soy el pájaro. Pájaro de trueno. Que siembra tu nombre, el de la tormenta continua, con luces de fuego.

 

 

                                                       ©  Temakel. Por Esteban Ierardo