
Rayo
y tormenta. Ensayo sobre la furia del cielo
Pájaro
de trueno Poema
inspirado en la creencia de los indios norteamericanos en un
pájaro de la tormenta
RAYO
Y TORMENTA
Ensayo
sobre la furia del cielo
Es el atardecer. Gigantes vestidos de nubes se apelotonan en el
cielo. En un extremo de la cúpula, sobre el horizonte quizás,
sobre una cadena de montañas, o las cabelleras verdes de un
bosque, refulge el primer fucilazo. El primer relámpago. En un mismo instante, desde
las alturas se
descuelga un rugido, el clamor del cielo embravecido. El primer
rayo y el primer trueno. Poco después, el follaje negruzco de
nubes, florece en todo el firmamento. Ningún retazo de luz
solar subsiste en la bóveda. Umbrías máscaras nubosas se
desplazan gracias al viento veloz, saludable. La lluvia
entonces extiende sus dedos de agua sobre la tierra. Los
corazones de aves y animales aceleran sus latidos. Y se
emocionan ante las nuevas serpientes de incandescencia
que descienden
violentas, relumbrantes, veloces, desde el cielo. Desde el torso
iracundo de la tormenta. Incandescentes reptiles. Nuevos rayos.
Venas de luz quemante del cielo. Que fosforece sólo un instante.
Rayos cuyo magma blanco de electricidad luego se disipa en la corteza
terrestre.
Y el
hombre y la mujer se agazapan, temblorosos, dentro de la cueva,
o al pie de árboles o farallones de rocas. En sus oídos,
estalla el tambor estentóreo del trueno; en sus ojos, arden las fugaces
jabalinas del relámpago.
¿Pero quién maquina el tumulto
atronador, el resoplido feroz del viento y los torrentes
oblicuos de agua, el relámpago y el rayo?
El rayo y el trueno, la tormenta y el viento, son, para
el animal humano del comienzo, poder fertilizante y justicia inapelable.
La contemplación del cielo predispone al humano arcaico a la
percepción de una fuerza universal, independiente de su yo, superior. El cielo no es simple
extensión aérea, espacio pasivo
para el repetido deambular de nubes y astros. En la altura se
concentra, simbólicamente, lo real como poder dinámico. Diversos dioses celestes
comparten un atributo común: la creación primero del universo
y, luego, un progresivo
alejamiento del mundo de las formas. Numerosas divinidades
primero crean y ordenan el mundo, asisten al hombre y, después, se
alejan tras delegar su poder en dioses inferiores. Algo de
este tenor acontece con el dios iroqués Oki; Temaukel, divinidad
de los onas; Ometeohl, dios andrógino azteca; Baiame; dios de
las tribus australianas Kamilarolo, Wiradju, Evahlayi; Olorum de
los yorubas, en el África occidental; el Kan Vuan de los pigmeos;
y el Kooch de los tehuelches.
El dios después se torna lejano y se desvanece en el trasfondo del
espacio. Pero su inicial poder aún se revela como epifanía,
afloramiento de sacralidad a través del rayo, el
trueno, el arcoiris, o, incluso, el cielo. Lo celeste como
expresión de la divinidad. Para las poblaciones
africanas ewe, Mawu es el supremo dios. Mawu proviene de Wu
"extender, cubrir". El dios se viste con el cielo. Vestimenta
divina que, con un doble sentido, oculta al dios ausente, y, a
un mismo tiempo, es el velo que cubre la faz del ser divino. Las
nubes son sus movedizos y cambiantes adornos; la luz es un
aceite con el que la divinidad siempre brilla en toda su
vastedad. Todo el cielo y, por extensión, la naturaleza en su
íntegra amplitud, pueden ser el cuerpo o vestidura de la
deidad. El principal
ornamento visible del dios celeste es el rayo; su
principal joya audible el trueno.
El dios, la máxima sacralidad, la mayor fuerza, está fuera o más
allá de las formas. Pero el trueno anuncia su presencia. Confirma su existencia.
Así, para el
humano arcaico, el trueno es memoria sonora de lo sagrado. Cada
nuevo tronar en las alturas ratifica la interrumpida presencia
de la divinidad de fuerza apabullante.
La mente suele poblarse con rosarios de imágenes, que son recuerdos de
los espacios de una vida anterior. El recordar de esta índole es
visual, písquico. Por el contrario, en cada estampido del
trueno, el humano arcaico recuerda mediante la vibración. El trueno cabrillea en la intimidad del hombre como
recuerdo vibratorio. Memoria sonora de una potencia capaz de conmover la
materia y la conciencia.
Para los sioux, su dios es Wakan. Wakan es invisible. Pero su voz, el
trueno, es cercana. Audible. El dios australiano Daramulun,
luego de una estadía en la tierra, regresa a la altura del cielo
y, desde allí, recuerda su existencia mediante el tronar. El
dios céltico de la tormenta, Taranis, alberga en su raíz, Taran,
cercano al irlandés "toran", "trueno".
La voz del trueno se asocia también al mugido del toro. En la
historia de las religiones, la divinidad celeste es, en
principio, fuerza espiritual ordenadora del mundo. El atributo
ordenador es intangible, sutil, una cualidad no representable.
Quizá por su ser abstracto, en una segunda etapa del desarrollo
de las religiones, la divinidad celeste es sustituida por las
fuerzas más palpables, observables, de la atmósfera. El dios ya
no es la potencia distante de creación y ordenación, sino la
cercana fuerza fertilizante de la lluvia y la tormenta.
El
trueno hermana al dios
tormentoso con el toro y su semen fertilizante, generador.
Rudra es la forma divina aria que Indra (dios védico de la
tormenta) luego asimila. Rudra es el toro celeste que se une con
Prishni o Sabardugha, diosa-vaca. Gracias al divino semen
taurino, vivifica o crea todo. Tres milenios antes de Cristo,
en Ur, el dios celeste es un toro. El esposo divino de la
diosa Hitita Harinna es tauromorfo. Enlil, dios sumerio babilónico, hijo de Anu, es "el señor del viento
impetuoso"; a él, asimismo, se lo denomina Alim, "dios
del cuerno". Hadad, dios arameo de la tormenta, también es
toro, que porta sobre sí un rayo con forma de cuernos. En el Antiguo Egipto, el dios Min
llega a la tierra desde una tormenta. Es llamado el "toro de su madre".
Y con fisonomía taurina Zeus rapta a la ninfa Europa; se ayunta con Antilopa y
ultraja violentamente a su diosa del cereal, su hermana Démeter.
Los dioses taurinos de la tormenta no son esencialmente
creadores. Su destino es fecundar a la gran Diosa. El dios
tormentoso, toro celeste Min, Baal, Rudra, Zeus, expelen semen
divino, su lluvia fecunda la vaca-tierra, la gran Madre
agraria. Así, el cielo se enlaza en erótico abrazo, en hierogamia, o
matrimonio sagrado.
ll.
El trueno anuncia al toro divino que muge
entre valles de borrasca. El trueno pregona la
fecundidad de la tempestad. Pero el dios de la tormenta es también rayo. El rayo como arma. La tormenta armada con el rayo
revela la guerra. El rayo y la tormenta, la guerra atmósferica,
la guerra como atributo de lo divino y el mundo.
El rayo alberga
otros tres posibles sentidos: el rayo como justicia, letal, como
signo de la iniciación, y como lo que llamaremos
"desencadenamiento artístico de las aguas".
El rayo es arma justiciera en las divinas manos de Zeus. En esta
función es Zeus Astrapos, el que fulmina. Con su fogoso rayo,
desde su suprema morada del Olimpo, Zeus castiga a Icaro, el hijo de
Dédalo,
dotado de alas de cera, que osa volar hasta el sol; castiga a
Faetón, hijo del sol, que dirige el carro solar y lo
acerca peligrosamente a la tierra porque su motivación es el
resplandecer para la ostentación, el mostrarse, la vanidosa
afirmación de sí. Y mata con su
fulminante fuego a Asclepio, hijo de Apolo, educado por el
sabio centauro Quirón quien posee el poder de la curación y la
resucitación de los muertos.
El Júpiter romano es Jupiter Feretaius cuando es "el que
hiere"; también cuando blande un cortante silex,
entonces se denomina Jupiter Lapis. La divinidad romana castiga
a quienes no cumplen la palabra, violan tratados. Júpiter es así
Jupiter omnipotens, Jupiter potimus maximus, es divinidad que
castiga con el fulgurante rayo de la justicia. Y
también Indra, dios hindú de la tormenta, castiga y mata con su rayo.
Thor, por su parte, mata con su martillo-rayo a la serpiente
Migdar.
El punzante fuego que desciende del cielo también puede ser
forma de sacralización. La encina es tradicionalmente consagrada al dios
Júpiter porque es el árbol sobre el que con más
asiduidad se precipita el rayo. El árbol tan frecuentado por el
dedo de fuego del dios es así sagrado. Dodona se convierte en uno de los
más
importantes santuarios del Zeus Enelysia porque allí se yerguen
unas encinas sagradas.
Todos los heridos por el rayo que sobreviven están predestinados a ser iniciados en los misterios del
chamán. En el horizonte arcaico, la iniciación
repite un esquema tripartito. El hombre nace a la
existencia "natural", al mundo donde imperan los
sentidos y sus límites. El humano sólo nacido una vez, no trasciende
las sinfonías de formas y estímulos que se le
aparecen. En sus ojos sólo baila la costra de lo visible,
de la materia próxima. Pero para el hombre arcaico, la realidad es
espesura atravesada por sangre secreta, invisible. El chamán, el hombre de
sabiduría, debe percibir
aquellas corrientes secretas; de ahí la necesidad de un segundo nacer que inicia al humano en la
visión de lo
invisible. Uno de los procesos universalmente repetidos para
inducir este segundo nacer o iniciación es el
despedazamiento simbólico del viejo cuerpo, de sentidos
estrechos. El rayo y su luz filosa puede inducir este renacer
iniciático. Así acontece que para el yakita Bukes Ullejeen:
"El
dios del rayo ha bajado del cielo y me ha cortado el cuerpo en
pequeños trozos-dice Bukes-, ahora he resucitado como chamán y
veo cuanto ocurre a mi alrededor hasta una distancia de treinta
versas". (1)
"Treinta versas" es la expresión tradicional en el
chamanismo siberiano para aludir a la "clarividencia".
El instantáneo golpe de fuego del rayo inicia al humano en la
experiencia de lo sacro. Lo mismo hace el relámpago. Rayo y relámpago son
instantáneas emanaciones de luz. El rayo, incrusta su
luminosidad concentrada en un sitio; el relámpago se expande
a través de la amplia faz del espacio. Fulgor concentrado en un
caso; resplandor expandido en el otro; pero, en ambos casos, la
luz obra como instantánea metamorfosis: mutación del lugar o el espacio
oscuro en luminosidad. Fundirse con la refulgencia instantánea del
rayo y el relámpago es vibrar en una actualidad ajena a la
sucesión
temporal. Aquel que es la instantánea luz late
en una plenitud fuera del tiempo, en el ascua radiante de la
eternidad, que es el espíritu del dios y su nervio
centelleante. A través de la participación en la súbita
brillantez del rayo o el relámpago, Qaumaneq, un chamán esquimal,
accede a:
"Una luz misteriosa que aun con los ojos
cerrados ve a través de las tinieblas o percibe cosas y
acontecimiento futuros, ocultos a los demás humanos. Puede, de
esta manera, conocer tanto el porvenir como los secretos de los
demás". (2)
El rayo y el relámpago son actos efímeros, pero su fugacidad no
brota de una debilidad incapaz de perdurar. Su breve reino en la
naturaleza se debe a su condición de eternidad en acto. En la eternidad
no hay ayer ni mañana, sólo actual presente. Rayo y relámpago son
quizá eclosión del instante y lo eterno dentro de lo temporal. Lo eterno
contiene todos los trazos del tiempo; de ahí que el humano, que
respira dentro de su luz, adquiere el don de
saltar o abolir barreras temporales. Y nadar en ríos de sangre secreta.
El rayo, como arma, el rayo como lanza de la tormenta, nutre
una experiencia primera e inadvertida: el cielo del rayo y el
desencadenamiento estético de los aguas...
En el comienzo siempre están las aguas. Aguas primordiales. Lo
oscuro y líquido palpitan en la génesis mítica del mundo.
Multitud de cosmogonías así lo imaginan. El agua es amorfa.
Puede acomodarse a la figura de un lecho de río
u océano. Pero la acuosidad como tal, no es forma quieta o
solidez. Quizá el agua es el comienzo porque lo informe,
amorfo, es receptáculo de todas las posibles formas futuras.
Todo lo que puede ser es ya en el regazo de lo líquido. El agua
como vientre de
la
gran Diosa, o como liquidez del mar primordial alberga en sí las
venideras polifonías de vida.
Acaso esta creencia procede de la observación de la génesis de los organismos y de la
luz auroral. Los cuerpos nacen del vientre de la hembra, mujer
que representa a la gran madre y su vientre. Su matriz es oscura,
inhaprensible, desligada de la geometría clara de la
forma visible. El brillo matinal, por su parte, el fervor de la aurora,
emerge del regazo umbrío, amorfo, de la noche. En la oscuridad
vacía, en las serenas aguas, hay ya vida, pero no creación. La creación comienza a través de la mutación de lo
líquido. El agua quieta, serena, es un anillo en cuyo centro
pulsan la geografía de uno o muchos mundos posibles, futuros. El anillo debe quebrase, disolverse
para que el agua fluya, se aleje de sí misma y se mute y transforme
la vida potencial en nuevos mundos. El rayo, lanza de la
tormenta, quiebra el anillo de las aguas. Permite que la
vida latente se revele como nuevo seres y mundos. Esta
experiencia es simbolizada por la lucha de Indra contra el dragón Vrita.
Vitra proviene de la raíz sánscrita Vr, que denota las
acciones de "encerrar", "detener", "cubrir",
"ocultar". Vitra es uno de los principales Asuras,
titanes
o antidioses en la mitología hindú. También le corresponden los epítetos de "obstructor" o
bloqueador". Vitra es un dragón que se manifiesta como roca
de montaña que le cierra el paso al curso de las aguas. Indra
es el dios indoario de la tormenta. Se desplaza con ceño
enfadado y barba y cabellera encendidas entre remolinos de nubes. Su
misión es matar al dragón. Quebrar el anillo que retiene los poderes
vivificantes y generadores
del agua. Desde su carro en la tormenta, Indra endereza
sus ojos centelleantes hacia la criatura que es roca, anillo que
obstruye las aguas. Y entonces alza su arma, el rayo, Vajra,
para derrotar a la criatura monstruosa. Y así Indra da muerte a
Vritra con su arma-rayo; y una vez muerto su dueño,
las aguas comienzan a fluir velozmente. Así asegura un
himno del Rig-Veda que recuerda las hazañas del dios del rayo
Vajra. Indra se convierte también en Vritrashan, el
"soberano del universo", "rey del cosmos",
el "señor del rayo radiante". El agua entonces
fluye para expandirse y nutrir la vida. El agua ya no es caos o
potencialidad sino libre flujo y torrente creador,
desencadenada fuerza de creación.
El
rayo y su concentrada violencia es así la detonación
inicial de un
proceso creador. Pero el rayo, fuego celeste, también puede
conquistar lo líquido como vivificación eterna de lo creado. Al
derrotar al dragón, Indra conquista el soma o Amrita, el elixir
de la inmortalidad, el néctar de la vida. El soma es "el
agua de la vida, la leche de las vacas celestes". Procede
de una planta prodigiosa. El soma es humedad, liquidez que
preserva el frescor radiante de lo vivo.
lll. El rayo y la tormenta. Temor y fascinación para el humano. En
muchas geografías, las nubes feroces irrumpen con escasa
frecuencia. Numerosos horizontes y tierras conviven con el celeste
límpido del firmamento o con pasajeros frentes nubosos, o con
ocasionales y apacibles lluvias. Pero imaginemos ojos humanos que
son ojos de pájaros. Imaginemos que ese ser aéreo ahora surca veloz la curvatura de la
tierra. Entonces, el ave descubrirá la tempestad continua. En cada segundo, en
la atmósfera centellean alrededor de dos mil tormentas. Tempestades que expelen, entre
atronadores aullidos, diez millones de rayos al día; unos cien por
segundo. Rayo como flujo de energía pura cuya temperatura puede
alcanzar los 28.000 grados centígrados.
En la tempestad se anidan protuberancias aún no penetradas por
la lámpara de la explicación científica: ¿cuándo se
produce el rayo? ¿Dónde caerá? ¿Qué efecto genera la diaria
descarga de los flujos eléctricos sobre la tierra? Junto al
destino misterioso del rayo, se agregan las denominadas "apariciones"
y "surtidores". Por encima de la
tormenta, mediante cámaras sensibles, es posible la observación de misteriosos y ascendentes descargas
eléctricas de
tonalidad rojiza, de un campo de expansión hasta cuatro
millones de metros cúbicos.
"Apariciones" es el nombre que los científicos le
otorgan a esta luminosidad. Junto a ella, nacen otras, breves, rápidas
emanaciones de gran altura y propagación denominadas "surtidores".
Otro nudo laberíntico de la tormenta, no desatable por la ciencia.
Pero junto a los nudos, junto a las protuberancias no explicadas, el saber
metereológico
puede recrear la gestación y madurez de la tormenta: el sol, con
sus ardientes manos, calienta masas de aire húmedo. Al ascender
éstas, el aire del entorno se hace frío. La presión atmosférica
disminuye; la humedad se enfría, condensa, genera nubes.
Nubes que se enzarzan, funden. Crecen. Los gotas de agua aumenta su peso. El
aire ya no puede detenerlas. Caen. La
lluvia inicia su música. Fuerzas ascendentes continúan
elevando las gotas más pequeñas hacia arriba. En la región alta y
fría de la nube, las ascendidas gotas se congelan. Se transforman en cristales de hielo. Que se distribuyen de forma
horizontal en la parte alta de la nube. Los cristales absorben
agua congelada. Y comienzan su caída libre. Durante su
precipitación, el granizo colisiona con las diminutas partículas en ascenso. Se gestan innumerables colisiones. Cada
choque desprende un electrón de las partículas que suben y que
se cargan positivamente. El granizo que se precipita adquiere
un signo negativo. Así, la nube se electrifica. Deviene una
gran y aérea batería positiva en la parte superior y negativa
en la inferior. Y, entonces, ambas cargas se neutralizan
mediante la fulminante estampida del rayo.
La explicación científica reconstruye el encuentro de
opuestos en la tormenta como si se tratase de una proceso mecánico. El calor del sol
colisiona con el frío y la
humedad. De este inicial encuentro entre calor y frialdad emergen las nubes.
La nube, lo leve, al multiplicarse, al condensarse, produce su opuesto: el agua,
la pesadez.
Y, luego, el agua que ha ascendido experimenta congelamiento, y nacen los
cristales de hielo. Pero entonces el helado cristal rueda
hacia su oposición: se transforma en granizo. Ligereza que desciende.
Y el granizo que cae colisiona con lo que sube. El arriba y el abajo,
lo positivo y lo negativo, se enfrentan como opuestos.
Pero en la nube eléctrica, vientre aéreo del rayo, la dualidad halla su
disolución. Al colisionar con sus dos polos, la oposición se
neutraliza, desaparece. El rayo anuncia una supresión de la
dualidad, la cesación de la oposición y el enfrentamiento. El
fulgor blanco y salvaje del rayo anuncia un movimiento de
restauración, reconciliación. La tempestad vive primero
un juego de oposiciones de las cargas negativas y afirmativas y, luego, trasciende
esa dualidad mediante el
rayo.
Una conclusión lógica, enlaza premisas, funde en una
misma afirmación términos diferenciados y opuestos. La
superación dialéctica de los opuestos en la historia, de tipo
hegeliano, es un
sueño perseguido como la quimera de El dorado. Pero en la realidad
social, la promesa de igualdad y dignidad mediante la trascendencia
dialéctica, sucumbe en la continua oposición y violencia entre
dominadores y dominados. En su histórico trono, el mal se
pavonea con el cetro de la desigualdad constante y con el murmullo
creado por el llanto de cientos de
generaciones a las que se les negó la llegada al valle de la
plenitud. El humano, el humano Hegel, postula la salida de los opuestos desde
la playa del pensamiento puro y el deseo de lo ausente. Pero la tormenta
resuelve sus opuestos mediante la incandescencia
bella y eruptiva del rayo. En cada segundo, al menos cien
veces la eléctrica mente de la tempestad reúne lo enfrentado.
La electricidad de signo afirmativo y negativo se reúnen en la
realidad nueva y tercera del rayo. La dialéctica siempre
exitosa del fuego del cielo.
lV. Imaginamos encuentros y reintegraciones en el verbo caliente del
rayo. Pero el humano suele tener vedada la participación en su fuerza
unificante. La fragilidad física del hombre, su condición de
débil mamífero, lo obliga a padecer la
fuerza de la tormenta como amenaza de aniquilación. No como
estallido recreador. La potencia destructora de la tempestad
adquieren su fisonomía más fatídica en el huracán, las
devastadoras tormentas tropicales. En la tierra, el humano
confía en que la casa o la cueva lo protegerán de las dentelladas
enloquecidas del viento. Pero en el océano, la tormenta debilita la oportunidad del
escondite. El
barco fuertemente hostigado por la tempestad ya no es refugio ante el dios
del
rayo. Dentro de su literatura, Joseph Conrad recreó la colisión entre la tempestad y el
humano:
|
"Un
débil relámpago serpenteó a su alrededor, como si hubiera
estallado dentro de una cueva, en una negra y secreta cámara del
mar con un suelo de espumosas crestas.
Durante un siniestro y aleteante instante, desveló una masa
deshilachada de nubes bajas, el movimiento del largo perfil
del barco, las figuras negras de los hombres sorprendidos en el
puente, con la cabeza gacha, como si se hubieran quedado
petrificados en el momento de la embestida. La oscuridad
palpitante lo envolvía todo desde arriba y, entonces,
finalmente, llegó lo de verdad.
Fue algo formidable e inmediato, como la ruptura repentina de
ira. Parecía explotar alrededor del barco con una intimidante
detonación y una avalancha gigantesca de las aguas, como si una
presa inmensa hubiera cedido empujada por el viento. En un
instante los hombres perdieron todo contacto. Este es el poder
desintegrador del vendaval: aislar al hombre de los de su
especie. Un terremoto, un corrimiento de tierras, una avalancha,
pueden alcanzar al hombre como si fuera por casualidad, sin
apasionamiento. Pero un temporal furioso le ataca como si fuera
un enemigo personal, intenta agarrarle los miembros, se cierra
sobre su mente, intenta agarrarles los miembros, se cierra sobre
su mente, intenta extirparle hasta el espíritu". (3)
|
Durante el viaje en el mar, los hombres labran un alma
colectiva. El limitado espacio físico de la embarcación es
sustituto de la vasta tierra firme donde se inició la travesía.
En la pequeña tierra flotante, cada hombre cumple con su tarea,
se fija a un sitio de la nave, es reconocido por el resto en
esa función. La proximidad física, el reconocimiento entre los
hombres, construye un alma colectiva. Una diminuta nación
ambulante, donde cada latido tiende a resonar en un corazón
compartido. Antes de la ira del mar, la tripulación del navío
es el receptáculo de una humanidad integrada. Pero cuando la
tormenta vomita su cólera y las olas alzan sus puños, la tempestad manifiesta, otra
vez, su potencia creadora.
Solo que en este caso, su creación necesita de la destrucción del hombre colectivo.
Mediante precisos golpes de
turbulencia, la tormenta separa al hombre del bloque de mármol
compartido. Y luego lo esculpe entre los bandazos y sobresaltos de la
nave. Lo esculpe como un ser solitario.
La soledad del marino creada por
la tempestad, es el impulso que obliga al hombre a una refundación
épica de sí. Para continuar en la vida, el marino
debe demostrar su determinación a sobrevivir dentro de la
furia. En esta, el marino experimenta la agresión individual de
la tormenta. La aceptación del embate del cielo impele la
refundación
del individuo dentro de la ira y el grito. La soledad
del sujeto aquí no es intimidad que separa del mundo. Por el
contrario, es solitaria compenetración con los elementos y
potencias del espacio. El solitario marino que lucha contra la
tempestad corporiza una épica ambiental. El hombre agredido
que sobrevive entre la tormenta y el mar se pare a sí mismo como
épica llama alimentada por las
fuerzas de la atmósfera.
La tormenta de alta mar crea al individuo como afirmación épica y ambiental. Pujanza creadora de la
tempestad que nace de la orgía eléctrica de la tempestad. Pero
también la tormenta puede ser inventora de la mente
imaginativa.
El escritor argentino
Domingo Faustino Sarmiento alienta esta intuición en su obra Facundo. Ensayo en principio de cariz
político, trasluce también una filigrana romántica.
La geografía argentina típica
es la llanura pampeana. Esta desata en sus habitantes
sensaciones de infinito, la experiencia de la propia pequeñez,
la intuición de una vastedad interminable. Pero junto a una
percepción de la llanura sin fin, existe el efecto espiritual de la
atmósfera pampeana.
La poesía brota en el pueblo de la Pampa como respuesta a la
exaltación del firmamento. Y esto porque...
|
"Existe pues, un fondo de poesía que nace de los
accidentes naturales del país y de las costumbres
excepcionales que engendra. La poesía, para
despertarse, (porque la poesía es como el sentimiento
religioso, una facultad del espíritu humano), necesita
el espectáculo de lo bello, del poder terrible, de la
inmensidad, de la extensión, de lo vago, de lo
incomprensible, porque donde acaba lo palpable y vulgar,
empiezan las mentiras de la imaginación, el mundo
ideal. Ahora yo pregunto: ¿Qué impresiones ha de dejar
en el habitante de la República Argentina, el simple
acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver.., no ver
nada; porque cuanto más hunde los ojo en aquel
horizonte incierto,vaporoso, indefinido, más se le
aleja, más lo fascina, lo confunde y lo sume en la
contemplación y la duda? ¿Dónde termina aquel mundo
que quiere en vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más
allá de lo que ve? ¡La soledad, el peligro, el
salvaje, la muerte! He aquí ya la poesía: el hombre
que se mueve en estas escenas, se siente asaltado de
temores e incertidumbres fantásticas, de sueños que le
preocupan despierto.
"De aquí resulta que el
pueblo argentino es poeta por caracter, por naturaleza.
¿Ni cómo ha de dejar de serlo, cuando en medio de una
tarde serena y apacible, una nube torva y negra se
levanta sin saber de dónde, se extiende sobre el cielo,
mientras se cruzan dos palabras, y de repente, el
estampido del trueno anuncia la tormenta que deja frío
al viajero, y reteniendo el aliento, por temor de
atraerse un rayo de dos mil que caen en torno suyo? La
obscuridad se sucede después a la luz: la muerte está
por todas partes; un poder terrible, incontrastable le
ha hecho, en un momento, reconcentrarse en sí mismo, y
sentir su nada en medio de aquella naturaleza irritada;
sentir a Dios, por decirlo de una vez, en la aterrante
magnificencia de sus obras. ¿Qué más colores
para la paleta de la fantasía? Masas de tinieblas
que anublan el día, masas de luz lívida, temblorosa,
que ilumina un instante las tinieblas, y muestra la
pampa a distancias infinitas, cruzándola vivamente el
rayo, en fin, símbolo del poder. Estas imágenes
han sido hechas para quedarse hondamente grabadas. Así,
cuando la tormenta pasa, el gaucho se queda triste,
pensativo, serio, y la sucesión de luz y tinieblas se
continúa en su imaginación, del mismo modo que cuando
miramos fijamente el sol, nos queda, por largo tiempo,
su disco en la retina.
"Preguntadle al gaucho a quien matan con preferencia los
rayos, y os introducirá en un mundo de idealizaciones
morales y religiosas (...) Añádase que, si es cierto que el fluido eléctrico
entra en la economía de la vida humana y es el mismo
que llaman fluido nervioso, el cual, excitado, subleva
las pasiones y enciende el entusiasmo, muchas
disposiciones debe tener para los trabajos de la
imaginación el pueblo que habita bajo una atmósfera
recargada de electricidad hasta el punto que la ropa
frotada, chisporrotea como el pelo contrariado del gato."
(4)
|
Sarmiento comparte el postulado que Hipólito Taine aplicó al
arte. El medio geográfico forja las tendencias artísticas. Y
puede también tornear los caracteres espirituales de un
pueblo. Auque entre ellas medie una gran distancia,
geografías semejantes crean tipos humanos parecidos, definidos
por un mismo grupo de hábitos y creencias. Así, el escritor
argentino se sorprende de las coincidencias entre las costumbres
de los traperos de las praderas norteamericanas, descritos por
la pluma de Fenimore Cooper, y el gaucho. Pero fuera de los
paralelismos, Sarmiento brega por subrayar el efecto singular de
la atmósfera y la tierra pampeanas sobre quien la habita.
El escritor sorprende al gaucho cuando este interrumpe su cabalgata.
Entonces, el jinete nómade contempla las nubes negras que ocultan el cielo con un paño denso y movedizo. Las
llamas eléctricas que lanza el cielo, hunden sus puntas de luz
en la tierra, estremecida. La oscuridad, hierve así en luz
terrorífica. Signo de un peligro de muerte. Como el hombre
arcaico, el gaucho experimenta fascinación y temor ante
la potencia de la naturaleza. Ambivalencia del sentimiento que
coincide con la dualidad de estados que motiva la génesis de lo
poético en la meditación sarmientina. La poesía para nacer
"necesita de lo bello" y de la viva impresión ante "el
poder terrible, de la inmensidad, de la extensión".
Y el jinete permanece inmóvil, atrapado,
retenido, por
las garras del temor. Y atisba el horizonte. Lo vago, lo
indefinido, lo atenaza con sensaciones de soledad y perplejidad.
Y decenas de rayos ya brincan a su
alrededor. Y desde las alturas se descuelgan las voces salvajes
del trueno. Torrentes de luces sobrenaturales bañan sus ojos. Imágenes de
fantasía, delineadas por pinceladas de electricidad,
mordisquean la piel primero y, después, horadan la carne y los
huesos.
La potencia estruendosa del cielo impulsa al gaucho a
reconcentrarse en sí mismo. La nada de la propia finitud se
disuelve en la cercana percepción de una fuerza divina,
pletórica de cuchillos de luz, los rayos, que horadan la tierra.
Acaso signos de un poder superior y aplastante. Un
poder cuyo vehículo es radiación eléctrica.
Y la tormenta envuelve con
su manto eléctrico al viajero fascinado de la Pampa. La
tormentosa atmósfera eléctrica fluye hacia quien la contempla
asombrado. Electrificación tormentosa del hombre. Creación
atmosférica de un cuerpo chisporroteante. Generación de
un humano que
alberga en sí la electricidad de la tormenta y la predisposición
a una imaginación exaltada, a " los trabajos de
la imaginación". La tempestad se muta
en fervor imaginativo. La tormenta perdura así dentro del
cuerpo electrificado. Demasiado poderosa es la contemplación de
la orgía de luces y truenos manando desde lo alto. El exceso del
rayo y el trueno no pueden cesar. Y continúan en algún sitio
de la atmósfera del planeta o dentro del cerebro que ha
absorbido las luces del rayo y los platillos del trueno.
Perduración interior de la tormenta en el humano. Continuidad
que nutre los fucilazos de la imaginación.
El hombre desciende del avión. Imágenes de mar aún salpican sus
ojos. El viajero ha atravesado un océano. La tierra del acento
galo ahora vive muy lejana. Ahora, el piloto, alto, de rostro
donde convive una expresión infantil y una mirada decidida, pisa
el suelo del gaucho y del abundante ganado. El piloto, el
artista, Saint-Exupéry, impulsa en 1930 la aeronavegación en
Argentina. En precarios aviones atraviesa los cielos de la
Pampa y la Patagonia. Durante su estancia de año y medio en
Argentina, el autor del Principito realiza numerosos vuelos.
Pero dos son especiales. En uno de ellos, un accidente le impide
despegar y debe permanecer unos días en Concordia, Provincia de
Entre Ríos. Allí es hospedado en el Castillo de San Carlos
por la francesa familia Fuchs. Conoce así a las dos hermanas
hijas del matrimonio francés. Según algunos, el deslumbramiento
ante el encanto infantil de Emma Fuchs, la hija menor, será la
inspiración para el personaje del Principito.
El otro vuelo singular del piloto-artista en la Argentina, y
recordado en El
piloto y las potencias naturales,
acontece en el cielo patagónico...
Es 1931. Saint-Exupéry despega desde el aeropuerto de Trelew. Se
dirige a Comodoro Rivadavia. Cuando su avión flota sereno en
las alturas, irrumpe el cuerpo negro de una tempestad. Los brazos
arremolinados de la tormenta se extienden con rapidez.
Fatalmente, el avión se hunde como una pequeña lanza de metal
dentro del gran gigante de viento y gas.
El piloto vive ya dentro de remolinos oscuros, y percibe que el horizonte..."el horizonte... no hay más
horizonte. Estoy como encerrado entre las bambalinas de un
teatro atestado de planos de decorados. Verticales,
horizontales, oblicuas, todas las líneas se mezclan. Cien
valles transversales me enredan en sus perspectivas. No alcanzo
a ubicarme cuando una nueva erupción me hace girar un cuarto de
vuelta, o me vuelve" (5).
Dentro de la garganta enojada de la tormenta, el piloto siente
el vacío. Al tiempo que el horizonte desaparece, sus
pensamientos se desvanecen y el poder de su
cerebro sobre el cuerpo se ahoga. Ahora sólo desea. No piensa ni
gobierna sus músculos, sus manos y sus piernas. Sólo desea y
experimenta respeto. Respeto ante la tierra a la que desea
regresar, al suelo en cuya plana piel necesita aterrizar.
El respeto surge como el único "sentimiento claro en esa mezcla de sentimientos
confusos". " Respeto a ese pico. Respeto a esa arista
aguzada. Respeto a esa cúpula. Respeto a ese valle transversal,
que desemboca en el mío y va a provocar sabe Dios qué
remolinos, al mezclar su torrente de viento con el que ya me
arrastra". (6)
Dentro del vacío y la suspensión del gobierno sobre su cuerpo,
el piloto entreve el mar. Desvía la aeronave hacia las praderas de espumas y
olas del océano. Una firmeza que no brota de su voluntad aferra los
controles y ensaya algún nuevo camino, aun cuando la
desorientación vierte más estupor sobre él. Finalmente, en
los espacios que ruedan hacia abajo, en el final de ese túnel
descendente, el artista que vuela distingue figuras distintas a
la de
las montañas y las llanuras. Son hombres. Que se arraciman cerca
de la pista salvadora. El camino amable de cemento donde el avión
ya se desploma con suavidad y agotamiento.
Una vez en tierra, el piloto desciende aunque no sabe plenamente que deja la
cabina; no advierte que sus pies, nuevamente, acaloran el suelo. No sabe, no
reconoce su descenso, su salvación, la conclusión del peligro, porque el
vacío, el
desvanecimiento de la conciencia y la voluntad, perduran en su
ser. Sólo luego, lentamente, regresa el tibio vapor de la serenidad
a sus ojos, y regresa el pensamiento, la lucidez y la memoria. Reconoce el
poder del recuerdo y recuerda la tempestad de negro y furia. Y
únicamente entonces advierte que, en su accidentado vuelo, debió sentir horror.
Pero el miedo no lo apabulló durante la tormenta...
Comienza entonces el otro encuentro del piloto artista con la tempestad. Se inicia la tormenta recordada,
narrada, recreada y ordenada, aun en su forma caótica. Es la tormenta de la literatura, ya no la tempestad
vivida en las alturas del firmamento patagónico.
Lo que también empieza aquí es el divorcio entre la
escritura y la tormenta.
Comienza la distancia entre el orden del lenguaje y la violencia
e intensidad de la materia. La potencia de la tormenta es vitalidad
no decible. Es erupción ajena a la serenidad civilizada de los
signos escritos. Es lo salvaje, la sal de vida primera
refractaria a la gramática y la civilización.
Por eso, luego del descenso,
Saint-Exupery manifiesta que:
"No cuento nada.
Tengo sueño. Muevo lentamente los dedos que no logro
desentumecer. Apenas me parece que recién he tenido miedo. ¿Tuve
miedo? Asistí a un extraño espectáculo. ¿Qué extraño
espectáculo? No sé. El cielo estaba azul y el mar muy blanco.
¡Tendría que relatar mi aventura ya que vuelvo de tan lejos!
Pero lo ocurrido se me escapa. "Imaginen un mar blanco..,
muy blanco... más blanco todavía. . ." No se comunica
nada multiplicando los epítetos. No se comunica nada con esos
balbuceos. No se comunica nada porque no hay nada que comunicar.
Ningún drama verdadero reside en esos pensamientos que han
horadado las entrañas, en ese dolor en los hombros". (7)
El rayo en su máximo éxtasis es luz blanca. Esa luminosidad
ardiente que las fotografías de rayos pueden congelar, detener.
Es ese blanco brillo no reemplazable por ninguna descripción. La tormenta es magma e intensidad, enemiga de toda sustitución.
El tapiz lento y progresivo
del lenguaje no puede sustituir lo que es inmediata eclosión,
fuerza en acto. La lengua no puede reemplazar la magmática luz
blanca del rayo. Sin embargo, la tormenta ruge cerca de la
letra. Vocifera también dentro de la escritura, invade el recinto de
las letras, la complexión de frases inteligibles, el sujeto y predicado, la
coma y el punto que ordena.
¿Cómo meditar esa proximidad entre tormenta y el signo
escrito?
La luz blanca del rayo se desvanece en la superficie perceptible
del cielo. Pero esta aparente extinción es ilusión, porque la
tormenta nunca concluye. El blanco orgiástico del rayo
permanece como blanco de la hoja. Blancura del papel,
símbolo del magma del rayo congelado,
detenido. Blanco que contiene, soporta, la letra, el torrente
lineal de lenguaje. El blanco del papel como simbólica perduración del fogonazo del rayo.
Blancura donde bulle lo real previo a la letra, la tormenta
anterior a la palabra. Realidad
originaria, previa al sujeto aunque el humano del Occidente
Moderno persista la creencia de que el mundo, incluso el
mundo natural, es su efecto. Todas las arquitecturas
polimórficas de la vida como efecto de su poder. En el
blanco papel perdura el rayo del cielo, el recuerdo de la madera
que ahora es plana celulosa, de los rayos contemplados o
recibidos. Escribimos sobre astillas de árboles y tempestades.
Y aún en la pantalla electrónica persiste la huella de
esplendor refulgente de la tormenta. Pantalla donde se escribe
sobre electricidad dócil, domada, espectro pero también
hermana del eléctrico látigo de luz del rayo.
Pero detrás del blanco rayo y su metamorfosis en papel y
pantalla subsiste la tormenta anterior a la escritura. Sobre la
hoja o el monitor de computadora, persiste la borrasca que, que por refulgir previa a la lengua, no acepta ser
plenamente dicha o escrita.
Tormenta no decible. Por eso, ante el supuesto horror de la
indefensión frente a la tempestad, Saint-Exupéry afirma:
"El ciclón del que hablaré fue realmente la experiencia más
impresionante en su brutalidad, por la que he pasado; y sin
embargo, más allá de cierta medida, ya no sé describir la
violencia de los remolinos sino multiplicando superlativos que
no añaden nada más que una molesta sensación de exageración.
He comprendido lentamente la razón de esta impotencia: se
quiere describir un drama que no ha existido. Si se cae en la
evocación del horror, es que el horror ha sido inventado luego,
al revivir los recuerdos. El horror no se muestra en la
realidad.
Por eso es que al comenzar este relato de una revuelta de los
elementos, que he vivido, no siento la impresión de escribir un
drama comunicable" (8).
Los humanos se han fascinado o han padecido la
tormenta que aúlla arriba o a su alrededor. Pero Saint-Exupéry es
uno de esos escasos humanos
que experimenta la tempestad en su núcleo de estruendo, en su
corazón de ira. Un piloto
artista dentro de la tempestad. Raro acontecimiento en la
historia sensible del mamífero expulsado del paraíso. En ese
estar dentro, la cercana palpitación de la tempestad aplasta todo
pensamiento. El sujeto deviene vacío. Su forma ya no es la de
un yo estremecido, aterrorizado. En el vacío del humano
dentro de la tormenta, el cuerpo es propagación del estruendo,
de las luces intensas y las nubes veloces. El cuerpo ya no es
tierra separada del aire y la bóveda; la mente ya no es espíritu
escindido. En el vacío del piloto artista dentro de la tormenta,
la tempestad es la nueva voluntad que decide y quiere aunque
no haya pensamiento. Es ese espacio vibratorio,
misteriosamente resonante, furioso, que actúa y late en la
nube, en el aire y en el humano que sólo sobrevive dentro
como otra ráfaga en el vientre que pare el rayo.
V. La tormenta, su fuerza, no puede ser sustituida. Pero sí puede
restituir. Re-instituye la tormenta la sujeción del humano respecto a la
materia. La tempestad, como todo fenómeno catastrófico, refuta
la ilusión bíblica del Adán custodio y dominador de la
naturaleza. La voluntad adánica alberga la creencia del
ordenamiento por palabras de las formas físicas, las especies, los procesos
vivientes. Adán, y sus descendientes, creen en la naturaleza
como universo de definiciones. La materia como huella de
palabras que definen lo natural, que dicen lo que es naturaleza.
La materia quizá obedezca, sí, a un lenguaje. Pero no a un
lenguaje del concepto sino de bruscas intuiciones, de fuerzas,
inagotables flujos de energía y explosiones. Un lenguaje acaso
sólo pronunciable y decible por una divinidad. Divinidad
impensable y extraña.
Dentro de la espesura de las materias del mundo
bulle el movimiento de las micropartículas, no plenamente
previsibles, en su trayectoria a través de espacios invisibles. Además,
los electrones en su girar en torno a los núcleos atómicos
liberan energía. Y aquellos núcleos atómicos a su vez
contienen desmesuradas proporciones de energía potencial. El
humano necesita del artificio letal de la bomba nuclear para
forzar una reacción que libere el poder de la materia, que
mediante el estallido, expresa sus arrolladoras y profundas
fuerzas latentes, potenciales. Pero la tormenta no humana que estalla con sus
truenos y rayos es directo anuncio de la fuerza intrínseca del
átomo. La tempestad restaura así la explosiva fuerza que
rebulle dentro de la hyle, materia, la pysis,
naturaleza.
Y la tormenta pregona la indeterminación en el mundo físico. Lo mismo que en la física cuántica, la ciencia metereológica
no puede prever el instante exacto del estallido del rayo, y el
lugar preciso de su caída. Arbitrariedad del rayo, señal de su
condición aúlica de mensajero de lo indeterminado.
En el enjambre de rayos, truenos y relámpagos, la materia
expresa el primado de lo indeterminado y el estallido. Materia
que incendia y estalla por su concentración de fuerzas
potenciales.
Pero lejana y ausente es esta radiografía de la tempestad para
los seres de la urbe sin cielo. La profunda castración sensitiva del humano contemporáneo reduce
la tormenta a incómodo y peligroso fenómeno natural, a espectáculo
ocasional de bonitos rayos, a perturbador caos de truenos que
habla de lo salvaje y no civilizado de la naturaleza. La
tormenta es interrupción del sosiego, o efímero momento de
asombro. No lo que revela lo más continuo y cercano: la
vitalidad más plena que bulle en toda la materia, en cada hebra
de espacio, en cada pigmento de la naturaleza y el cosmos.
La tormenta así, para la sensibilidad aún alerta, es
revelación de la música del mundo material: movimiento
continuo e intensidad explosiva. A diferencia de la esporádica
revelación del ser heideggeriano, de la gracia cristiana, o del
satori budista-zen, la revelación tormentosa es repetida,
omnipresente, desafiantemente exterior y atronadora. La
tempestad es revelación exasperada de la vida secreta, inaudible y no
visible de la materia.
Pero también es la ira manifiesta de la
cúpula.
Furia del cielo.
La furia del cielo creada
por la tormenta religa al humano con la bóveda y la inmediatez
de su propio cerebro. Antiguos simbolismos intuyen que la forma
abovedada del cielo es equivalente, isomórfica, con la cabeza
del hombre. El cielo y sus correspondencia con la bóveda
craneana. Lugar de preservación y ocultamiento de lo cerebral.
El cerebro como sitio de poder, hervidero del pensar capaz de
unir concepto e imagen. El pensar como acontecimiento cerebral
es potencia apta para el siempre volver a comprender el enigma y
la presencia del mundo. El pensamiento no debilitado, intenta,
con la inevitable continuidad del latir o el respirar, concebir
lo infinito, el origen de todo, la esencia de la mente y lo
material, o la significación de lo humano. Una y otra vez. El
pensamiento sano, no atrofiado por nihilismos o comodidades
dogmáticas, es capacidad, poder fatal, furioso, que burbujea en
constantes arremetidas para comprender aún más lo
incompresible de la existencia. El pensamiento saludable es la
furia de un continuo reintentar la comprensión más sutil de lo
real.
La furia en el abovedado cerebro es detonación de nuevas
intuiciones, hipótesis, senderos de pensar, flechas movidas por
la fascinación del pensar el misterio siempre en acto de lo que
es.
Y la furia en el cielo es el incendio y ebullición de la materia
explosiva y no pensable aun por el más furioso cerebro. Furia
del cielo donde reina el trueno, grito de los viejos dioses;
desde donde se consuman los divinos castigos mediante los rayos;
desde donde se derrama el semen fertilizante a través del rayo
y la lluvia. Furia del cielo donde el relámpago es fugaz
chisporroteo de eternidad. Furia del cielo donde la materia
revela su verbo no humano de estallido e intensidad. Furia del
cielo donde el ser pierde su aura volátil de idea esquiva y
deviene cascada arrogante de fuerza. Lava y conmoción. Que
anuncia el estallido como pulso más hondo. Estallido en el
sonido: el trueno. Estallar en luz: rayo y relámpago. Tormenta
donde estalla el ser previo a todo hambriento sujeto
filosófico. Ser diseminado en tempestades y no en torneados
castillos de ideas del filosofo. Ser que nunca diré ni dirás.
Aquello que nos grita y abruma mediante el misterio. Siempre
vivo de la materia siempre viva.

Citas:
(1)
Mircea Eliade, Misterio, símbolos, sueños, Paidós.
(2)
Ibid.
(3)
Joseph Conrad, Tifón, Unidad editorial, Madrid, 1988, p. 38.
(5)
Domingo F.Sarmiento, Faucndo, Ed.Huemul, Buenos Aires,
1978, pp.1001-01.
(6)
Saint-Exupéry, "El piloto y las
potencias naturales", en Un sentido de la vida,
Buenos Aires, Ed. Troquel, 1971.
(7)
Ibid.
(8)
Ibid.
PAJARO
DE TRUENO

Dientes de oro del sol, muerdes el agua. Y, tú, agua, aceptas y
difundes el calor en espumas y anchuras de mar. Y, tú, calor líquido, exhalas los
primeros vapores. Vaporosa exudación blanca, tenue
exhalación. Vapor, vapores del agua, aguas afiebradas de soles.
Y, tú, leve vapor, eres ya nube. Nubes: follajes errantes del cielo, hojarascas
de piel esponjosa que, muchas veces, dejan el blanco para
vestirte gris.
Y, ustedes, nubes, nubes grises, son follajes y hojarascas que se funden y enzarzan.
Y, con lengua de
vapor y labios de entusiasmo, invocan al viento, al aire que
viene con látigos,
trompetas y martillos.
Y las nubes se apelotonan y tallan
colmillos, figuras de aristas puntiagudas, que se suceden en una
sola dentadura, una sola boca convulsa de furia. Colmillos
nubosos de la única boca, aun de labios separados, que se
prolonga hacia el cuello cuyo origen está detrás del espacio,
en un vacío, vientre, vientre-vacío, antes de lo que piensa y habla. Garganta de nervios empotrados
en un no-espacio, secreto, vivo en la noche previa al tapiz
nocturno de estrellas. Cuello y vientre suspendido,
cueva aérea, rodeada de nubes-colmillos, de caballos-viento.
Y dentro de ti, espero. Espero que se expandan, dilaten, los
bordes de tu boca, madre. Espero mi repetido renacer desde la
profundidad suspendida, para luego emerger desde tu boca y garganta de circular contorno,
jaspeada de nubes y caballos de cólera y viento.
Y espero en segundos, instantes, dentro de los que viven gigantes
que trituran diamantes y campanarios. Y, entonces, pensamientos sin
lógica me impulsan hacia adelante, hacia la salida de la oscura
boca.
Y, otra vez, recorro las aéreas paredes del túnel, y ya
escucho sinfonías violentas, cabalgatas del viento. Y vuelo cerca de trompetas enardecidas,
de platillos golpeados por huracanes. Vuelo junto a la ráfaga y la nube.
Junto a latidos de lluvia que cae; vuelo junto al enojo y jubilo de Ella.
Ella. Tú, Madre tormenta.
Dentro de ti vuelo. En la turbulencia de
tus ojos, vuelo. En derredor de tu ombligo velado, vuelo. Próximo
a tus cabellos de ráfagas y lluvia, vuelo; vuelo entre tus huesos
empapados, o entre
tus senos que rozan cimas de bosques y cerros. Sin
romper el cordón umbilical que me enlaza a ti, aleteo.Vuelo. Vuelo
por ti y en ti, Madre tormenta. Y grito mi nombre: ¡Thunderbird!
¡Thunderbird!
El pájaro del trueno soy.
Y con imanes en mis iris, atraigo el rostro de la tierra y el
corazón de sus seres, y los metales de la cueva y el subsuelo,
y los astros y cometas de patrias celestes.
Y la vida que el magnetismo de mi ver atrae, corren en círculos
veloces dentro de mis ojos y en mi cuello. Y de mis ojos mana,
expansivo, efímero, el relámpago. Y en mi garganta, todo lo
que es en mí, se muta en
puños de granito que chocan entre sí, en arremetidas y
colisiones feroces, dentro de mi cuello emplumado, húmedo,
ligero. Cuello de pájaro de trueno. Desde el que, bajo tu
señal, estalla el trueno. Mi trueno. Soy el Pájaro de trueno.
Rayo, trueno y relámpago viven en cántaros dentro de mis alas.
Cántaros, ánforas, recipientes, que derramo sobre tierras, océanos,
hielos, volcanes y los humanos pequeños de todos los tiempos.
Eso me complace. Y mío es el secreto de la semilla.
Semillas de electricidad. Con arados de cielo y luces
eléctricas siembro toda realidad. Para que cada
cosa arda en la médula del relámpago y en el diapasón
poderoso del trueno. Y con mis soles de relámpagos y aullidos de
rayos, obsequio, entrego, radiación y el poder de la veneración
a lo que vive bajo de ti, madre, Madre
tormenta. Madre de mis plumas y las fogatas de mi oxígeno.
Y
vuelo, vuelo, sin debilidad ni descanso. Continuo mi
volar y enseño tu salud: la fosforescencia y el venerar. Y vuelo para
sembrar, para sembrarte madre. Y antes que vuelvas a ocultarte en tu gruta
de enigma, grito con mi voz de trueno y liberó el relámpago
que es tu anatomía radiante, antes de que la cúpula sea de
nuevo plácido azul.
Pero sé que, aun después de desaparecer, tú sigues. Cuando
la serenidad regresa, tú sigues como fosforescencia en el escarabajo diminuto, en la tierra de
surcos y espacios tiznados de rocas, en bosques y pliegues de
montañas. Aun después de ocultarte, tú sigues en la fosa y el
coral, en llanuras y geografías esmaltadas de nieve, nieve del aliento
invernal; y en el húmedo sudor de la
jungla, en la duna hirviente del desierto, en el horizonte
lejano y curvo que bulle en el ojo de las águilas, tú sigues.
Tú sigues. Porque aun cuando te ocultas, sigues en la cúspide del cielo, en
la roca y el agua, en la madera. Emocionada. Del árbol.
Y cuando regresas al vacío ancestral de tu cuerpo, Madre, yo
también continuo, como radiación y veneración en los humanos
que, en la tempestad feroz, me entreven. Adivinan mi aleteo.
Saben que soy el pájaro. Pájaro de trueno. Que siembra tu nombre,
el de la tormenta continua, con luces de fuego.