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ANTE EL NIÑO DE LOS PIES HERIDOS

 

 

                                                                                   Texto Esteban Ierardo

                                                                                                        Fotos Andrés Manrique

 

  Al caminar con ojos asombrados, podemos descubrir este niño en Buenos Aires. Y ante su 

estatua, en el cruce de Santa  Fé y Esmeralda, sentimos que ...

 

                                     

   Estaba recluido en una recámara oscura del sueño. Pero quise despertar. Para  permanecer frente a ti, y escuchar. Escuchar tu grito. 

   Escucho tu grito: voz de tobillos desangrados arañando la indiferencia. Pero, a pesar de tu dolor, no me pides auxilio. Sólo quieres que presencie tu caminar aun con pies heridos, y una burla roja en tu rostro y la angustia de tu mano perdida. 

   En tu cántaro silban, lo sé, los cascabeles de algún recuerdo. Recuerdo quizá de una tierra sin edificios, de un mar sin ciudades. Recuerdo del mundo que ya pensaba con la forma del cielo y la tierra antes de la existencia de las fortalezas caóticas del asfalto. Dentro de  tu cántaro todavía se enrollan las serpientes que recuerdan algo divino y anterior, que inventa y acoge a lo humano. 

   Pero un viento de teorías sin dioses, martillos y pinceles con aguijones de odio, quieren que caigas. Que tu cántaro no se alimente con el calor de tu cadera. Quieren que tu tesoro estalle en la dureza  del cemento, y sea fragmentos, dispersión, cadáveres de sabiduría triturados por un dragón sin altares ni luna.

    Pero tú no caes. Tu fragilidad aparente es piel que recubre tus duras vértebras de diamante. Sé que eres un rayo lejano que, aun cuando no lo escuchen los hombres, sigue retumbando en los oídos viejos de la tierra; sé que eres una barcaza de juncos que ni siquiera se desmadeja bajo las jabalinas de una tormenta violenta.

    Y sé que finges inclinarte; finges el preludio de una caída porque quieres que te den por derrotado. Para que sea una sorpresa el instante en que te endereces. Y liberes a las serpientes de ojos extraños, escamas de magma, que viven en tu cántaro. A esas serpientes que le enseñarán a los edificios a crear. A crear altares y lunas en las calles.

 

 

      ©  Temakel. Por Esteban Ierardo