Madeconio Fernández es uno de los escritores esenciales de la
literatura argentina. Perteneció a la generación martinfierrista,
al grupo de Florida, expresiones éstas de una corriente literaria
ávida de metáforas, universalismos y transformación
vanguardista. Y, en este sentido, Macedonio fue quizá, junto con
Oliverio Girondo, el mayor alquimista rioplatense de la tradición
literaria. Así lo atestigua su heterodoxa novela, y su obra
fundamental, El sueño de la novela de la eterna.
Macedonio poseía fuertes inquietudes metafísicas que se reflejan en
No todo es vigilia la de los ojos abiertos. Lo obsesionaba la
relación entre el sueño y la realidad. Influyó en Borges, con
quien sostuvo una decisiva amistad. El autor de Ficciones aseguraba
que Macedonio era el único metafísico argentino.
Y en Macedonio, también brilló el cristal de la imaginación
fantástica. La ráfaga imaginativa que ahora le presentamos en este
sección de Grandes cuentos fantásticos de Temakel es
un contundente ejemplo...
EI
EL
ZAPALLO QUE ERA COSMOS
Por
Macedonio Fernández
Érase un zapallo creciendo
solitario en ricas tierras del Chaco.
Favorecido por una zona excepcional que le daba de todo, criado
con libertad y sin remedios fue desarrollándose con el agua
natural y la luz solar en condiciones óptimas, como una verdadera
esperanza de la Vida. Su historia íntima nos cuenta que iba
alimentándose a expensas de las plantas más débiles de su contorno,
darwinianamente; siento tener que decirlo, haciéndolo antipático.
Pero la historia externa es la que nos interesa, ésa que sólo
podrían relatar los azorados habitantes del Chaco que iban a
verse envueltos en la pulpa zapallar, absorbidos por sus poderosas
raíces.
La primera noticia que se tuvo
de su existencia fue la de los sonoros crujidos del simple natural
crecimiento. Los primeros colonos que lo vieron habrían de espantarse,
pues ya entonces pesaría varias toneladas y aumentaba de volumen
instante a instante. Ya medía una legua de diámetro cuando llegaron
los primeros hacheros mandados por las autoridades para seccionarle
el tronco, ya de doscientos metros de circunferencia; los obreros
desistían más que por la fatiga de la labor por los ruidos espeluznantes
de ciertos movimientos de equilibración, impuestos por la inestabilidad
de su volumen que crecía por saltos.
Cundía el pavor. Es imposible
ahora aproximársele, porque se hace el vacío en su entorno,
mientras las raíces imposibles de cortar siguen creciendo. En
la desesperación de vérselo venir encima, se piensa en sujetarlo
con cables. En vano. Comienza a divisarse desde Montevideo,
desde donde se divisa pronto lo irregular nuestro, como nosotros
desde aquí observamos lo inestable de Europa. Ya se apresta
a saberse el Río de la Plata.
Como no hay tiempo de reunir una
conferencia panamericana -Ginebra y las cancillerías europeas
están advertidas-, cada uno discurre y propone lo eficaz. ¿Lucha,
conciliación, suscitación de un sentimiento piadoso en el Zapallo,
súplica, armisticio? Se piensa en hacer crecer otro zapallo
en el Japón, mimándolo para apresurar al máximo su prosperación,
hasta que se encuentren y se entredestruyan, sin que, empero,
ninguno sobrezapalle al otro. ¿Y el ejército?
Opiniones de los científicos;
qué pensaron los niños, encantados seguramente; emociones de
las señoras; indignación de un procurador, entusiasmo de un
agrimensor y de un toma-medidas de sastrería; indumentaria para
el Zapallo; una cocinera que se le planta delante y lo examina,
retirándose una legua por día; un serrucho que siente su nada.
¿Y Einstein?; frente a la facultad de medicina alguien que insinúa:
¿purgarlo? Todas estas primeras chanzas habían cesado. Llegaba
demasiado urgente el momento en que lo que más convenía era
mudarse adentro. Bastante ridículo y humillante es el meterse
en él con precipitación, aunque se olvide el reloj o el sombrero
en alguna parte y apagando previamente el cigarrillo, porque
ya no va quedando mundo fuera del zapallo.
A medida que crece es más rápido
su ritmo de dilación; no bien es una cosa ya es otra; no ha
alcanzado la figura de un buque que ya parece una isla. Sus
poros ya tienen cinco metros de diámetro, ya veinte, ya cincuenta.
Parece presentir que todavía el cosmos podría producir un cataclismo
para perderlo, un maremoto o una hendidura de América. ¿No preferirá,
por amor propio, estallar, astillarse, antes de ser metido dentro
de un Zapallo? Para verlo crecer volamos en avión; es una cordillera
flotando sobre el mar. Los hombres son absorbidos como moscas;
los coreanos, en la antípoda, se santiguan y saben su suerte
es cuestión de horas.
El Cosmos desata, en el paroxismo,
el combate final. Despeña formidables tempestades, radiaciones
insospechadas, temblores de tierra, quizá reservados desde su
origen por si tuviera que luchar con otro mundo.
"¡Cuidaos de toda célula
que ande cerca de vosotros! ¡Basta que una de ellas encuentre
su todocomodidad de vivir!! ¿Por qué no se nos advirtió? El
alma de cada célula dice despacito: "yo quiero apoderarme
de todo el ‘stock’, de toda la ‘existencia en plaza’ de Materia,
llenar el espacio, y, tal vez, los espacios siderales; yo puedo
ser el Individuo-Universo, la Persona Inmortal del Mundo, el
latido único". Nosotros no la escuchamos ¡y nos hallamos
en la inminencia de un Mundo de Zapallo, con los hombres, las
ciudades y las almas dentro!
¿Que puede herirlo ya? Es cuestión
de que el Zapallo se sirva sus últimos apetitos para su sosiego
final. Apenas le faltan Australia y Polinesia.
Perros que no vivían más que quince
años, zapallos que apenas resistían uno y hombres que raramente
llegaban a los cien… ¡Así es la sorpresa! Decíamos: es un monstruo
que no puede durar. Y aquí nos tenéis adentro. ¿Nacer y morir
para nacer y morir…?, se habrá dicho el Zapallo: ¡oh, ya no!
El escorpión, cuando se siente inhábil o en inferioridad se
pica a sí mismo y se aniquila, parte al instante al depósito
de la vida escorpiónica para su nueva esperanza de perduración;
se envenena sólo para que le den vida nueva. ¿Por qué no configurar
el Escorpión, el Pino, la Lombriz, el Hombre, la Cigüeña, el
Ruiseñor, la Hiedra, inmortales? Y por sobre todos el Zapallo,
Personación del Cosmos, con los jugadores de póker viendo tranquilamente
y alternando los enamorados, todo en el espacio diáfano y unitario
del Zapallo.
Practicamos sinceramente la Metafísica
Cucurbitácea. Nos convencimos de que, dada la relatividad de
las magnitudes todas, nadie de nosotros sabrá nunca si vive
o no dentro de un zapallo y hasta dentro de un ataúd y si no
seremos células del Plasma Inmortal. Tenía que suceder: Totalidad
todo Interna, Limitada, Inmóvil (sin Traslación), sin Relación,
por ello sin Muerte.
Parece que en estos últimos momentos,
según coincidencia de signos, el Zapallo se alista para conquistar
no ya la pobre Tierra, sino la Creación. Al parecer, prepara
su desafío contra la Vía Láctea. Días más, y el Zapallo será
el ser, la realidad y su Cáscara.
(El Zapallo me ha permitido que
para vosotros -queridos cofrades de la Zapallería- yo escriba
mal y pobre su leyenda y su historia.
Vivimos en ese mundo que todos
sabíamos, pero todo en cáscara ahora, con relaciones sólo internas
y, así, sin muerte.
Esto es mejor que antes.) (*)
(*)
Fuente:
Macedonio Fernández, "El zapallo que era cosmos",
en Obras Completas, Buenos Aires, Editorial Corregidor.