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LA
VISIÓN DE HANRAHAN
Por William
Butler Yeats
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Imagen
de Irlanda, la tierra de la estirpe céltica
donde acontece la visión de Hanrahan imaginada por
W.B.Yeats. (Foto Paul Gallagher) |
Camina el poeta
bajo el cielo y dentro
del ensueño. El poeta es irlandés. Es William Butler Yeats (1865-1939),
Premio Nobel de Literatura y apasionado buceador en los lagos
de las leyendas del pasado celta. Los años que vivió en el Condado
de Sligo lo estimularon a recrear, con sus poemas, obras
teatrales y de prosa lírica, algunas antiguas hogueras de la
imaginación céltica. Este fue el caso de El peregrinaje de
Oisin (1889), La isla del lago de Innisfree
(1893), El crepúsculo celta (1893), La rosa
secreta (1897), Deirdre (1907), una tragedia en verso,
y algunas obras teatrales protagonizadas por el héroe celta
Cuchulain conocidas como Cuatro obras para baile (1921).
Sus obras poéticas principales son El viento entre los juncos
(1899), Las aguas sombrías (1900) y El yelmo verde
(1910), Los cisnes salvajes de Coole (1917), La torre
(1928) y La escalera de caracol (1933). En 1887, en Londres,
descubrió el hinduismo, la teosofía y el ocultismo. En 1917
se casó con Georgie Hyde-Lees, que, como medium, tenía un talento
especial para la escritura automática. Se enamoró también de
Maud Gonne, bella patriota irlandesa. Ella lo acercó a la causa
nacionalista, al afán por liberar a Irlanda del dominio inglés.
Sostuvo una intensa amistad con la autora teatral nacionalista
Lady Gregory. Y con Lady Isabella Augusta Gregory fundó el famoso
Teatro Abbey. La fecunda acción de Yeats como director y
autor de obras teatrales, consiguió convertir este teatro en
uno de los más importantes del mundo, y fundamental manantial
del renacimiento literario irlandés. En 1922 llega la independencia
y W.B.Yeats, entre 1922 y 1928, es senador del primer parlamento
irlandés. En su obra Vision (1925) expuso las vértebras
filosóficas de su obra poética. Ezra Pound, de un brillante
y polémico destino poético, lo asistió como secretario.
Yeats narró, con bella lírica, el ciclo de Hanrahan el rojo. Poeta
y viajero de una legendaria Irlanda celta. El relato que incluimos
en este nuevo momento de Grandes relatos fantásticos y de Textos
Olvidados de Temakel, nos conduce a la delgada frontera
donde lo real y lo fantástico se enzarzan y entonan una sola
música. Musicalidad etérea de nieblas que tejen un anillo de
romanticismo y melancolía. Desde el que resurgen ante la mirada
poética de Hanrahan los Sidhe, antiguos habitantes de
Irlanda, de apariencia humana pero de prosapia divina. Y, entre
ellos, el viajero poeta se encuentra con Dervorguilla,
que
se presenta ahora como un
mendigo que, con voz femenina, recuerda su mítica historia. Su vida
se enlazó con la del héroe Diarmuid, héroe de la epopeya irlandesa
del ciclo de Leinster. Graine obligó al joven Diarmuid a que la
rapte. Su historia terminó de manera trágica. Diarmuid transgredió
un interdicto, el de comer carne de jabalí. Finn Mac Cumail, esposo
o novio de Graine, lo dejó morir entonces. Antes de esto, Diarmuid
amó también a Dervorguilla. Luego
de varias centurias la voz de Dervorguilla
halla oídos que pueden
escuchar su pasada vida emanada por la fragua de la leyenda.
El timbre de la voz legendaria, el libre deambular por la tierra de
la niebla mítica, son efímeros.
La visión concluye. Pero Hanrahan ha traspasado un cerro oscuro. El
de la vida ensombrecida, lánguida, sin dioses. Y ha entrevisto una
escondida campana de eternidad.
Esteban
Ierardo
LA
VISIÓN DE HANRAHAM
Fue en el mes de junio, y
Hanrahan iba por la carretera de Sligo, pero no quiso entrar
en la ciudad, sino que se volvió para el Ben Bulhen porque los
recuerdos de un tiempo antiguo le volvían a la mente y no tenía
deseo de encontrarse con gentes vulgares. Y mientras caminaba
iba cantando para sí una de las canciones que le vinieran al
espíritu en la época de las ensoñaciones:
El
huesudo dedo de la Muerte
nunca sabrá
encontrarlos allá
en la
ciudad llana y elevada,
donde
damos y prescindimos del amor;
En
donde las ramas portan frutos y flores
en todas las
estaciones del año;
En donde los ríos no
cesan de correr
arrastrando
cerveza rubia y negra.
Un viejo rústico toca
la gaita
en un bosque de
plata y oro;
Y
reinas de ojos azul hielo
allí bailan entre los
otros.
La
pequeña zorra se puso a murmurar;
"¡Oh!
¿Qué hay del veneno del mundo?"
Y
el sol sonreía con dulzura
mientras la luna venía
pegada a mis espaldas.
Pero la pequeña zorra
murmuró:
"No
voy yo pegada a sus espaldas,
alla va él cabalgando hacia la ciudad
que es el veneno del mundo.
"
Cuando sus corazones tan altos están
que les es necesario emprenderse a golpes,
ellos descolgaron sus pesadas espadas
de las ramas de plata y oro.
Pero todos los que en batalla sean muertos
resucitarán a la vida de nuevo.
Es una suerte que su historia
no sea conocida entre los hombres,
porque qué de campesinos fuertes
abandonarían enseguida sus palas,
y sus corazones serían entonces como una copa
que alguien apurase hasta agotada.
Miguel descolgaría su trompeta
de una de las ramas sobre su cabeza
y emitiría un breve toque
cuando la cena fuera servida.
Gabriel surgiría de las aguas
con la cola de un pez, y hablaría
de los milagros acaecidos
en mojados caminos por donde pasaban
hombres,
y levantará un cuerno antiguo
de plata martelada, y beberá
hasta que llegue a quedarse dormido
contra el reborde estelar.
Por entonces Hanrahan había iniciado la
ascensión de la montaña, de modo que dejó de cantar, pues la cuesta le resultaba dura y de trecho en
trecho se veía obligado a sentarse para reposar un rato. En un
momento en que estaba descansando, descubrió un arbusto de brezos que tenía muchas flores y
que crecía pegado a los muros de una ciudadela, y le trajo aquello
a la memoria las rosas salvajes que acostumbraba a llevarle a Mary Lavelle, cosa que no hizo con ninguna otra mujer después. Arrancó una ramita del arbusto, que tenía capullos y flores abiertas a la vez, y continuó sir cantar:
La pequeña zorra se puso a murmurar:
¡Oh! ¿Qué hay del veneno del
mundo?
Y el sol sonreía con dulzura
mientras la luna venía pegada a mis espaldas.
Pero la pequeña zorra murmuró:
"No voy yo pegada a sus espaldas,
allá va él cabalgando hacia la ciudad
que es el veneno del mundo. "
Continuó la ascensión del monte, alejándose de aquellas ruinas de ciudadela, y le venían a la mente algunos otros poemas que hablaban de enamorados, buenos y malos, y de alguno que fue despertado del sueño supremo de la tumba por la fuerza del amor de otro, y vuelto a la vida en algún lugar de sombras, donde estarán aguardando a que llegue el día
del Juicio Final, lejos de la Faz de Dios.
Al fin, hacia el final del día, llegó al Despeñadero de los Extranjeros, y allí se dejó caer junto a un cerco de rocas y se puso a mirar hacia
el profundo valle, que parecía lleno de una neblina gris que se extendía de una montaña a la otra.
Y le pareció, mientras estaba mirando, que la niebla se transformaba en fantasmales formas de hombres y de mujeres, y su pecho se puso a latir con el pánico y el gozo simultáneos de la visión. Sus manos, que siempre estaban agitadas, se ocuparon en arrancar los pétalos de las flores de la ramita
del brezo, y las miraba mientras revoloteaban hacia las profundidades del
valle, formando una cadena vacilante.
De repente comenzó a percibir una música en sordina,
una música que tenía más de llantos y de risas que de melodía terrena. Y su corazón se elevo al oír
aquello, y comenzó a reír fuerte, porque sabía que esta música venía de gentes que tenían mayor
belleza y grandeza que las gentes del mundo. Y le pareció que
aquellos humildes pétalos de rosa silvestre, al irse
revoloteando hacia el valle, comenzaron a cambiar sus formas, hasta que pudo reconocer en ellos a una banda
de hombres y de mujeres, lejanos en la niebla, pero que conservan los colores de las flores. La primera
tonalidad de color uniforme se tomó en multitud de olores, y lo que acabó viendo fue una larga fila de
apuestos jóvenes y mujeres. Reinas que ya no se alejaban de él,
sino que avanzaban hacia él y cruzaban de largo, y sus rostros expresaban ternura a través de sus
miradas altivas y buscaban cosas elevadas y dolorosas. Brazos
vaporosos y fantasmales se extendieron desde la niebla como para agarrar a estos seres, pero no llegaron a
tocarlos, porque la paz que parecía envolverlos totalmente era algo que no podía ser roto. Tras ellos e
incluso por delante, manteniéndose sin embargo a distancia, como por
reverencia, había otras formas que subían y bajaban e iban y venían, y Hanrahan
reconoció en su vuelo de torbellino que eran los Sidhe, aquellos antiguos dioses
derrotados. Los brazos vaporosos no se alzaron para atrapar a los
Sidhe, ya que son seres que no pueden ni pecar ni obedecer. Y todos fueron a fundirse en la distancia, y todos
parecían dirigirse hacia una puerta blanca que existía en el
costado de la montaña.
Después la niebla se extendió ante él como un océano solitario que lamiese las montañas con largas olas grises, pero mientras lo miraba todo aquello comenzó a llenarse de nuevo de la fluyente vida rota y descabellada que le es consustancial, y melenas y brazos y cabezas pálidas cubiertas de cabellos flotantes aparecieron en medio de la masa gris difusa. Luego se elevó más y más el mar de niebla, hasta emparejarse con el filo de la pared de roca, y allí las formas no parecieron ya otra cosa sino cuerpos sólidos, y aquella nueva procesión casi perdida en la densidad de la niebla cruzó muy lentamente, con paso desigual, y en el centro de cada una de las sombras había algo que brillaba con fulgor de estrella. Se acercaron más y Hanrahan pudo ver que eran también amantes y que llevaban en el pecho espejos en forma de corazón en lugar del corazón auténtico, y que se iban mirando el rostro eternamente cada uno reflejado en el espejo del otro.
Pasaron más allá, buceando hacia la profundidad a medida que lo rebasaban, y otras formas se dibujaban en lugar de las primeras. Éstas no iban en parejas, una junto a otra, sino que se seguían, extendiendo a los lados brazos en furiosa llamada. Y se dio cuenta de que las formas seguidas eran mujeres, y que todas tenían rostros de una belleza indescriptible, mientras que sus cuerpos tenían apariencia de meras sombras desprovistas de vida. Las larguísimas cabelleras se agitaban con movimiento estremecido, envolviéndolas, como seres dotados de vida propia. En ese momento se elevó la niebla, y casi al mismo tiempo un ligero viento la hizo correr hacia el noroeste y dejó simultáneamente a Hanrahan envuelto por completo en un ala nubosa.
Se puso en pie, titubeante, y se disponía ya a marcharse del valle cuando percibió dos
formas oscuras que estaban semiescondidas y que parecían erguirse en el aire un poco más allá de la roca. Una de ellas tenía la mirada triste de un mendigo, y le habló con voz femenina:
-¡Háblame tú, ya que desde hace siete años nadie me ha dirigido la palabra, ni en este
mundo ni en el otro!
-¡Explícame quiénes son esos que han pasado! -dijo Hanrahan.
-Los primeros que pasaron -dijo la mujer- son aquellos amantes del tiempo antiguo que
gozaron de mayor fama: Blanaid, Deirdre, Grania, y sus correspondientes amados, más otros muchos
que no son conocidos, pero que se amaron también con la misma
fuerza.
"Y porque precisamente no fue el florecer de la juventud lo único que
fueron buscando los unos en los otros, sino esa belleza igual de durable
que la noche o las estrellas, la noche y las estrellas mismas los cobijan
para siempre en su seno, preservándolos de todo conflicto y de todo
perecimiento, a pesar de la sangre y la amargura que su amor ha traído al mundo.
" Los que has visto después -dijo-, y que aún van respirando el aire dulce y llevan espejos
en sus pechos, nunca han sido descritos por las canciones de los poetas, porque lo único que desearon fue triunfar el uno sobre el otro y demostrar así la fuerza y belleza de
alma, y construyeron a partir de este sentimiento otro tipo de amor.
Por último, las mujeres con cuerpo nebuloso no desearon ni tener triunfo, ni
amar activamente, sino sólo ser amadas, y no tienen en el cuerpo ni sangre ni corazón, hasta que no les
sea llevado, en el momento en que les den un beso, y sus vidas durarán
sólo un instante. Todas éstas son desgraciadas, porque soy la más desgraciada, porque soy Dervorguilla, y
éste de aquí es Diarmuid, y fue nuestro pecado lo que hizo que los normandos ambicionasen Irlanda. Así,
las maldiciones de todas las generaciones pesan sobre nosotros, y nadie tiene castigos tan duros como
nuestro castigo. Nosotros somos de los que sólo supimos amar uno en el otro el florecimiento carnal de hombre y mujer; así, después de muertos, no quedó en
torno a nosotros esa quietud que dura inquebrantablemente, y la amargura por los combates que causamos a
Irlanda se ha vuelto nuestro castigo constante. Eternamente condenados a errar; mas Diarmuid, mi
enamorado, ve en mí siempre un cuerpo que ha sido arrastrado
largo tiempo por el suelo, y yo sé que es así como me ve. ¡Pregúntame más, pregúntame más, que todos
estos años han pasado depositando sabiduría en mi corazón, pero nadie me ha escuchado desde hace setecientos años!
El pánico se apoderó del corazón de Hanrahan, y levantando los brazos por encima de su cabeza,
lanzó tres veces un fuerte alarido, y los animales que
pastaban en el valle levantaron las cabezas y mugieron, y los pájaros que anidaban en el precipicio de la
montaña se despertaron de su sueño y revolotearon entre las hojas. Un poco por debajo del reborde de piedra
la banda de hojas color rosa aún se mecía en el
aire, porque las puertas que llevan a la Eternidad se
entreabrieron y volvieron a cerrarse entre dos palpitaciones del corazón.
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Diarmuid
y Graine, míticos personajes célticos mencionados en
el relato de W.B.Yeats. |
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Fuente:
William Butler Yeats,
"La visión de Hanrahan", en La rosa secreta y
Leyendas de Hanrahan el rojo, Barcelona, Altaya, 1995,
pp.137-143.
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