Alejo Carpentier (1904-1980),
el gran escritor
cubano, fulguró
con El recurso del método, La consagración de la primavera,
o Los pasos perdidos. El relato que le presentamos a
continuación, uno de los más celebrados de Carpentier, bracea
en las aguas del tiempo...
El tiempo nos devora y atraviesa; nos concede el don de la esperanza
o la repetición del hastío. El tiempo baila de continuo en nuevos
instantes y alberga la expectativa del futuro, del mañana
desconocido. Pero, a pesar de sus propagaciones hacia nuevas
bocanadas de segundos, el tiempo contiene siempre un corredor de
regreso hacia el origen, el comienzo, la semilla.
En la celebre narración
El viaje a la semilla de Alejo Carpentier, el tiempo de la
narración literaria es, paralelamente, magia metafísica, alquimia
de la conciencia abrumada por el presente y la expectativa del
futuro. La lectura ya no es sólo un avanzar en el despliegue del
relato. Es también el proceso ficcional que trasciende el tiempo
corriente, y un acercarse a la semilla inicial donde el tiempo
oculta su matriz, su fuente de la que surgen todos los
instantes.
EI
VIAJE
A LA SEMILLA
Por
Alejo Carpentier
-¿Qué quieres, viejo?...
Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero
el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando,
sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles.
Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros, muertos
con su mosaico de barro cocido. Arriba los picos desprendían
piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera,
con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas
que iban desdentando las murallas aparecían -despojado de sus
secretos- cielos rasgos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas,
dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de
los testeros como viejas pieles de serpientes en muda. Presenciando
la demolición, una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído,
vetado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio,
sobre fuentes de mascarones borrosos. Visitados por el sol en
horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en
agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros,
negros sobre claro cielo, que iban rebajando la altura secular
de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole
la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos
en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los
rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban,
sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables
y pechugona.
Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se despoblaron.
Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el asalto del día
siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores,
blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y
palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo
llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su
ya caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún
relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez
las habitaciones dormirían persianas, abiertas sobre paisajes
de escombros.
Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las
hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal.
Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica,
atraída por un aire de familia, Cuando cayó la noche, la casa
estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía
aún, en lo alto, con tablas de sombra suspendidas de sus bisagras
desorientadas.
*
Entonces
el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños,
volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.
Los cuadrados de mármol, blancos y negros, volaron a los pisos,
vistiendo la tierra. Las piedras, con saltos certeros, fueron a
cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se
encajaron en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas
volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación. En los
canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las
tejas juntaron sus fragmentos, alzando sonoro torbellino, de barro,
para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció,
traída nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y
vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más peces en la fuente. Y el
murmullo del agua llamó begonias olvidadas.
El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal,
y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando
encendió los velones un estremeciento amarillo corrió por el óleo
de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en
todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de
chocolate.
Don Marcial, Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte,
el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con
largas barbas de cera derretida.
*
Los
cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su
tamaño, los apagó una monja apartando una lumbre. Las mechas
blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y
los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado
invisible y abrió los ojos.
Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su
lugar. Los pomos de medicinas, las borlas de damasco, el escapulario
de cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de
sus nieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo
profesional, el enfermo se sintió mejor. Durmió algunas horas y
despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre Anastasio. De
franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo
reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en
el fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se
encontró, de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un
peso en las sienes, se levantó con sorprendente celeridad. La mujer
desnuda que se desesperaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas
y corpiños, llevándose, poco después, sus rumores de seda
estrujada y su perfume. Abajo, en el coche cerrado, cubriendo
tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.
Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la
luna de la consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo
esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes. Sus
pertenencias se irían, a manos del mejor postor, al compás de
martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en
los misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se
enlazan y desenlazan sobre anchas hojas filigranadas de balanzas,
enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas,
testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles
y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban
las piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley,
cordón al cuello, que apretaba su sordina al percibir el sonido de las palabras en libertad. Su firma lo había traicionado,
yendo a complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el
hombre de carne se hacía hombre de papel.
Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar las seis de la
tarde.
*
Transcurrieron
meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada vez mayor. Al
principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le hacía
casi razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de un cuerpo nuevo
fueron desplazadas por escrúpulos recientes, que llegaron al
flagelo. Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con
una correo, sintiendo luego un deseo mayor, pero de corta duración.
Fue entonces cuando la marquesa volvió, una tarde, de su paseo a
las orillas del Almendares. Los caballos de la calesa no traían en
las crines más humedad que la del propio sudor. Pero, durante todo
el resto del día, dispararon coces a las tablas de la cuadra,
irritados, al parecer, por la inmovidad de nubes bajas.
Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se rompió en el baño de
la marquesa. Luego, las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Y
aquella negra vieja, con tacha de cimarrona y palomas debajo de la
cama, que andaba por el patio murmurando: “¡Desconfía de los ríos,
niña; desconfía de lo verde que corre!”. No había en qué el
agua no revelara su presencia: Pero esa presencia acabó por no ser
más que una jícara derramada sobre vestido traído de París, al
regreso del baile aniversario dado por el Capitán General de la
Colonia.
Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya
brillaban, muy claras, las arañas del gran salón. Las grietas de
la fachada se iban cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las
palmas perdían anillos. Las enredaderas soltaban la primera
cornisa. Blanquearon las ojeras de la Ceres y los capiteles
parecieron recién tallados. Más fogoso, Marcial solía pasearse
tardes enteras abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas de
gallina, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza. Un día,
un olor de pintura fresca llenó la casa.
*
Los
rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas
de los biombos, las faldas caían en rincones menos alumbrados y
eran nuevas barreras de encajes. Al fin la marquesa sopló las lámparas.
Sólo él habló en la oscuridad.
Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas -relumbrantes de
grupas alazanas, bocados de plata y charoles al sol. Pero, a la
sombra de las flores de Pascua que enrojecía el portal interior de
la vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial autorizó
danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos días
olientes a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras
esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban
caer sobre las losas un marzo de vriver. El vaho del guarapo giraba
en la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras
anunciaban lluvias reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y
sonoras, eran sorbidas por rejas tan secas que tenían diapasón de
cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido,
aliviados de desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron a
la ciudad. La marquesa trocó su vestido de viaje por traje de novia
y, como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar
su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos, con
revuelo de bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle de
su morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por
algún tiempo, hasta el día en que los anillos fueron llevados al
taller del orfebre para ser desgrabados. Comenzaba para Marcial, una
vida nueva. En la casa de altas rejas, la Ceres fue sustituida por
una Venus italiana, y los mascarones de la fuente adelantaron casi
imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendida, pintada ya
el alba, las luces de los velones.
*
Una
noche después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío,
dejados por sus amigos. Marcial tuvo la sensación extraña de que
los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media,
luego las cuatro, luego las tres y media... Era como la percepción
remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en
enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso, con
el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las
vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor
huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.
Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó
la minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había
dejado de tener un valor legal, y que los registros y escribanías,
con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaban al punto en que
los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne
desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos
generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra
incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio
cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de
los Lagos de Escocia: Otro embocó un cuerno de caza que dormía,
enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina,
al lado de la flauta traversera traída de Aranjuez. Marcial, que
estaba requebrando atrevidamente a la de Campoflorido, se asomó al
guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía
del Trípili-Trápala. Y subieron todos al desván, de pronto,
recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se
guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En
entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de
corte, un espadín de Embajador, varias guerreras amplastronadas, el
manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas casacas, con botones
de damasco y difuminos de humedad en los pliegues. Matizáronse las
penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos, túnicas
marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla
de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos.
La de Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo
de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de
grandes decisiones familiares, para avivar los amenazados fuegos de
un rico Síndico de Calrisas.
Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con
un tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y
se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban
terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por
la cintura, recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corset
que todas se habían hecho según el reciente patrón de “El Jardín
de las Modas". Las puertas se oscurecieron de fámulas,
cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y
de los entresuelos sofocantes, para admirarse ante fiesta de tanto
alboroto. Luego se jugó a la gallina ciega, y al escondite.
Marcial, oculto con la de Campoflorido detrás de un biombo chino,
le estampó un beso en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo
perfumado, cuyos encajes de bruselas guardaban suaves tibiezas de
escote. Y cuando las muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo
hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el
mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se
contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca- así
fuera de movida una guaracha- sus zapatillas de alto tacón. Y como
se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres ojos levantaban
un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un patio
sembrado de granados. Subidos en mesa y taburetes, Marcial y sus
amigos alabaron el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía
a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro,
bailando con altivo mohín de reto.
*
Las
visitas de don Abundio, notario y Albacea de la familia, eran más
frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la cama de
Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo
antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de
Alpaca, cubierta de caspa, cuyas mangas lustrosas recogían títulos
y rentas. Al fin sólo quedó una pensión razonable, calculada para
poner coto a toda locura. Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar
en el Real Seminario de San Carlos.
Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros,
comprendiendo cada vez menos las explicaciones de los dómines. El
mundo de las ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al
principio una ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y
pelucas, controversistas y ergotantes, cobraba la inmovilidad de un
museo de figuras de cera. Marcial se contentaba ahora con una
exposición escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que
se dijera en cualquier texto. “León”, “Avestruz”,
“Ballena”, “Jaguar”, leíase sobre los grabados en cobre de
la Historia Natural. Del mismo modo, “Aristóteles”, “Santo
Tomás”, “Bacon”, “Descartes”, encabezaban páginas
negras, en que se catalogaban aburridamente las interpretaciones del
universo, al margen de una capitular espesa. Poco a poco, Marcial
dejó de estudiarlas, encontrándose librado de un gran peso. Su
mente se hizo alegre y ligera, admitiendo tan sólo un concepto
instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el prisma, cuando la
luz clara de invierno daba mayores detalles a las fortalezas del
puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es incitación para los
dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una bañadera.
El día que abandonó el Seminario, olvido los libros. El gnomo
recobró su categoría de duende; el espectro fue sinónimo de
fantasma; el octandro era bicho acorazado, con púas en el lomo.
Varias veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a
visitar a las mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas azules,
al pie de las murallas. El recuerdo de la que llevaba zapatilla
bordadas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de
calor, como un dolor de muelas. Pero un día, la cólera y las
amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto. Cayó por última
vez en las sábanas del infierno, renunciando para siempre a sus
rodeos por calles poco concurridas, a sus cobardías de última hora
que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus
espaldas cierta acera rajada -señal, cuando andaba con la vista
baja, de la media vuelta que debía darse para hollar el umbral de
los perfumes.
Ahora vivía sus crisis místicas pobladas de detentes, corderos
pascuales, palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste,
estrellas de papel dorado, Reyes magos, ángeles con alas de cisne,
el Asno, el Buey, y un terrible San Dionisio que se le aparecía en
sueños, con un gran vacío entre los hombros y el andar vacilante
de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y Marcial
despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas sordas.
Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste e imágenes
que recobraban su color primero.
*
Los
muebles crecían. Se hacía cada vez más difícil sostener los
antebrazos sobre el borde de la mesa del comedor. Los armarios de
cornisas labradas ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los
moros de la escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del
rellano. Las butacas eran más hondas y los sillones de mecedora tenían
tendencia a irse para atrás. Na había ya que doblar las piernas al
recostarse en el fondo de la bañadera con anillas de mármol.
Una mañana en que leía un libro silencioso, Marcial tuvo ganas, súbitamente,
de jugar con los soldados de plomo que dormían en sus cajas de
madera. Volvió a ocultar el torno bajo la jofaina del lavabo, y
abrió una gaveta sellada por las telarañas. La mesa de estudio era
demasiado exigua para dar cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se
sentó en el piso. Dispuso los granaderos por filas de ocho. Luego,
los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Detrás los
artilleros, con sus cañones, escobillones y botafuegos. Cerrando la
marcha, pífanos y timbales, con escoltas de redoblantes. Los
morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de
vidrio a más de un metro de distancia.
-¡Pum!... ¡Pum!...¡Pum!...
Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser
llamado tres veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las
manos y bajar al comedor.
Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el
enlosado. Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se
sorprendió por n o haberlo pensado antes. Afectas al terciopelo de
cojines, las personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a
notario -como don Abundio- por no conocer, con el cuerpo echado, la
frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el sueño pueden
abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación.
Hay bellezas de la madera, misteriosos campos de insectos, rincones
de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Cuando llovía,
Marcial se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía
temblar la caja de resonancia, poniendo todas las notas a cantar.
Del cielo caían los rayos para construir aquella bóveda de
calderones -órgano, pinar al viento, mandolina de grillos.
*
Aquella
mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y
el almuerzo que le sirvieron fue demasiado suculento para un día de
semana. Había seis pasteles de la confitería de la Alameda -cuando
sólo dos podían comerse, los domingos, después de misa. Se
entretuvo mirando estampas de viajes, hasta que el abejeo creciente,
entrando por debajo de las puertas, lo hizo mirar entre persianas.
Llegaban hombres vestido de negro, portando una caja con agarraderas
de bronce. Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento apareció el
calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de botas
sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él,
era Rey. Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de
una en una, mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de
lado, o viceversa. El juego se prolongó hasta más allá del crepúsculo,
cuando pasaron los Bomberos del Comercio.
Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama
de enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el
empaque y los ejemplos usuales. Los “Sí, padre” y los “No,
padre”, se encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de
preguntas, como las respuestas del ayudante en una misa. Marcial
respetaba al Marqués, pero era por razones que nadie hubiera
acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada estatura y
salía, en noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones; porque lo envidiaba el sabel y los entorchados de
oficial de milicias; porque en Pascuas, había comido un pavo entero,
relleno de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque, cierta
vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a una de las
mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su habitación.
Marcial, oculto tras una cortina, la vio salir poco después,
llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que
siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la alacena.
El padre era un ser terrible y magnánimo al que debía amarse después
de Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran
cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque
fastidiaba menos.
*
Cuando
los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que
había debajo de las camas, armarios y vargueños, ocultó a todos
un gran secreto: la vida no tenía encanto fuera de la presencia del
calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las
procesiones del Corpus, eran tan importantes como Melchor.
Melchor, venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En
su reino, había elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los
hombres no trabajaban, como don Abundio, en habitaciones oscuras,
llenas de legajos. Vivían de ser más astutos que los animales. Uno
de ellos sacó el gran cocodrilo del lago azul, ensartándolo con
una pica oculta en los cuerpos apretados de doce ocas asadas.
Melchor sabía canciones fáciles de aprender, porque las palabras
no tenían significado y se repetían mucho. Robaba dulces en las
cocinas; se escapaba de noche, por la puerta de los cuadrerizos,y,
cierta vez, había apredreado a los de la guardia civil,
desapareciendo luego en las sombras de la calle de la Amargura.
En días de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de
la cocina. Marcial hubiese querido tener pies que llenaran tales
botas. La derecha se llamaba Calambia. La izquierda, Calambán.
Aquel hombre que dominaba los caballos cerreros con sólo encajarles
dos dedos en los belfos, aquel señor de terciopelos y espuelas, que
lucía chisteras tan altas, sabía también lo fresco que era un
suelo de mármol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una
fruta o un pastel arrebatados a las bandejas destinadas al Gran Salón.
Marcial y Melchor tenían en común un depósito secreto de grageas
y almendras, que llamaban el “Urí, uría, ura”, con entendidas
carcajadas. Ambos habían explorado la casa de arriba abajo, siendo
los únicos en saber que existía un pequeño sótano lleno de
frescos holandeses, debajo de las cuadras, y que en descán inútil,
encima de los cuartos de criadas, doce mariposas polvorientas
acababan de perder las alas en caja de cristales rotos.
*
Cuando
Marcial adquirió el hábito de romper cosas, olvidó a Melchor para
acercarse a los perros. Había varios en la casa. El atigrado
grande; el podenco que arrastraba las tetas, el galgo, demasiado
viejo para jugar; el lanudo que los demás perseguían en épocas
determinadas y que las camareras tenían que encerrar. Marcial
prefería a Canelo porque sacaba zapatos de las habitaciones y
desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o
cubierto de tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba
sin motivo y ocultaba huesos robados al pie de la fuente. De vez en
cuando. También vaciaba un huevo acabado de poner, arrojando la
gallina al aire con brusco palancazo. Todos daban de patadas al
Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban. Y el perro
volvía triunfante, moviendo la cola, después de haber sido
abandonado más allá de la Casa de Beneficiencia, recobrando un
puesto que los demás, con sus habilidades en la caza o desvelos en
la guardia, nunca ocuparían.
Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces se encogían la alfombra
persa del salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que
se ensanchaban lentamente. Esto costaba castigo de cintarazos. Pero
los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores.
Resultaban, en cambio, pretexto admirable para armar concertantes de
aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca
del tejadillo calificaba a su padre de “bárbaro”, Marcial
miraba a Canelo, riendo con los ojos. Lloraban un poco más para
ganarse un bizcocho, y todo quedaba olvidado. Ambos comían tierra,
se revolcaban al sol, bebían en la fuente de los peces, buscaban
sombra y perfume al pie de las albahacas. En horas de calor, los
canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí estaba la gansa gris,
con bolas colgantes entre las patas zambas; el gallo viejo del culo
pelado; la lagartija que decía “urí, urá”, sacándose del
cuello una corbata rosada; el triste jubo, nacido en ciudad sin
hembras, el ratón que tapiaba su agujero con una semilla de carey.
Un día, señalaron el perro a Marial.
-¡Guau, guau! .dijo.
Hablaba su propio idioma, Había logrado la suprema libertad. Ya
querría alcanzar, con sus manos, objetos que estaban fuera del
alcance de sus manos.
*
Hambre,
sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la
de estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era
accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado el abutismo, con su sal
desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la
vista. Sus manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente
sensible y táctil. El universo le entraba por todos los puros.
Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosas y
penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría.
El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló
hacia la vida.
Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas
horas. Los minutos sonaban a glissando de naipes bajo pulgar de
jugador. Las aves volvieron al huevo en torbellinos de plumas. Los
peces cuajaron la hueva, dejando nevada de escamas en el fondo del
estanque. Las palmas doblaron las pencas, desaparecieron en la
tierra como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el
suelo tiraba de todo lo que le perteneciera. El trueno retumbaba en
los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las
mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros
distantes. Los armarios, los vargueños, las camas, los crucifijos,
las mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando sus
antiguas raíces al pie de las selvas. Todo lo que tuviera clavos se
desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía dónde, llevó
presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente. Las
panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los
bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal
que galerías sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro volvió
al barro, dejando un yermo en lugar de la casa.
*
Cuando
los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición,
encontraron el trabajo acabado. Alguien se había llevado la estatua
de Ceres, vendida la víspera a un anticuario. Después de quejarse
al Sindicato, los hombres fueron a sentarse en los bancos de un
parque municipal. Uno recordó entonces la historia, muy difuminada,
de una Marquesa de Capellanías, abogada, en tarde de mayo, entre
las malangas del Almendares. Pero nadie prestaba atención al
relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente, y las horas
que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la
pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la muerte. (*)
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Alejo
Carpentier
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