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VERA
Por
Auguste Villiers de L´ Isle-Adam
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Auguste Villiers de L´ Isle-Adam
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La forma del cuerpo es más esencial que su sustancia
La fisiología moderna
Auguste
Villiers de L´ Isle-Adam
(1838-89)
nació en Bretaña, en el norte de Francia. Si bien era de origen
aristocrático, vivió en Paris en medio de grandes privaciones.
Era lector de Hegel, Hoffmann, Poe y Baudelaire. Le atraía fuertemente
las ciencias ocultas. Su literatura es de estirpe romántica, simbolista,
y está espolvoreada de inquietudes herméticas y esotéricas. Creó
el personaje Tribulat Bonhomet, grotesco personaje que representaba
los peligros de un precipitado y superficial materialismo pseudocientífico.
En sus Cuentos crueles (1883) y en los Nuevos cuentos
crueles ( 1888) fulgura su imaginación fantástica, y su poder
para liberar los odres oscuros del horror. En la Eva futura
(1886), mediante la narración novelesca critica los excesos
y distorsiones de las invenciones tecnológicas representados por
Thomas Alva Edison.
En el relato Vera, Villiers indaga la proximidad entre el
mundo visible y las moradas intangibles de lo invisible. Vera
comunica esos dos corazones de lo real.
E.I
VERA
Por
Auguste Villiers de L´ Isle-Adam
El amor
es más poderoso que la muerte,
dijo Saiomón. Efectivamente, su extraña fuerza no tiene límites.
Era en París, una tarde otoñal de estos últimos años. Después
de la hora del Bosque, los coches iluminados se dirigían hacia
el barrio sombrío de Saint-Germain. Uno de los coches detuvo su
marcha frente al portal de una enorme mansión señorial circundada
de jardines seculares. Arriba de la arcada lucía el escudo de
piedra con las armas de la tradicional familiar de los condes
de Athol: campo azul cielo con una estrella plateada y la
leyenda pallida victrix bajo a corona con armiño del
sombrero principesco. Las gruesas puertas se abrieron. Un hombre
vestido de negro, de unos treinta y cinco años y rostro pálido
como la muerte, descendió del coche. Taciturnos criados con antorchas
lo aguardaban en la escalinata. Sin mirarlos, el hombre subió
y entró en la casa. Era el conde de Athol. Las blancas escaleras
conducían al mismo recinto donde, por mañana, había colocado en
un ataúd de terciopelo, envue1to en olas de batista y violetas,
el cuerpo de Vera, su adorada compañera, su pálida esposa, su
desesperación.
Arriba, la puerta giró suavemente sobre la
alfombra; levantó los cortinados. Todas las cosas estaban en el
mismo lugar en que, el día anterior, las dejara la condesa. La
muerte había llegado súbitamente. La noche antes su amada había
languidecido en medio de una dicha tan intensa, desvanecida entre
tan exquisitas caricias, que su corazón, agobiado por las delicias,
desfalleció. De improviso, sus labios se cubrieron de un púrpura
mortal. Tan sólo alcanzó a besar por última vez a su esposo, sonriendo en silencio. Luego, como
negros crespones, las largas pestañas velaron la hermosa noche de
sus ojos.
La jornada innombrable había pasado ya.
A mediodía, el conde hizo retirar el lúgubre cortejo luego que
finalizara la tristísima ceremonia en la tumba familiar Después se
quedó solo con la muerta, entre las cuatro paredes de mármol,
cerrando tras de sí la puerta de la bóveda. En un trípode situado
frente al ataúd ardía el incienso, y, a la cabecera, ardía una
luminosa corona de lámparas.
De pie, meditabundo, lleno de una ternura sin esperanzas el conde
permaneció allí durante todo el día. A la caída del sol, a las
seis de la tarde, abandonó el lugar sagrado. Cuando cerró el
sepulcro, retiró la llave de plata del cerrojo y, empinándose
sobre el último escalón la dejó caer suavemente al interior de la
tumba, a través del trébol del portal.
¿Por qué lo hizo? Sin duda a causa de alguna determinación
misteriosa de no volver nunca más.
Bajo los pesados cortinados de cachemir malva bordado en oro, la
ventana estaba abierta; un mortecino rayo de luz alumbraba el gran
retrato de la difunta enmarcado en madera antigua. El Conde miró a
su alrededor: el vestido abandonado el día anterior sobre un sillón,
y, encima de la chimenea, las joyas, el collar de perlas, el
entreabierto abanico, y los perfumes que ella ya no aspiraría.
Entre los encajes de la cama de ébano, todavía deshecha, podía
verse la huella que su divina cabeza adorada dejara sobre la
almohada, y un pañuelo manchado de sangre donde la joven aleteara
unos segundos antes de morir. El piano permanecía abierto y, en el
atril, una melodía quedaría para siempre inconclusa. Las flores
indias que ella recogiera en el invernadero desmayaban en antiguos jarrones de Sajonia. A los pies de la cama, las
pequeñas mulas de terciopelo de Oriente lucían, bordada con perlas, una singular
divisa de Vera: Aquel que vea a Vera la amará. ¡Ayer nomás, los
pies desnudos de la amada jugueteaban besados por el plumón del
cisne! Allí en la oscuridad estaba el reloj de péndulo cuyo
mecanismo el conde había destruido para que no marcara nuevas
horas.
¡Así se había ido ella!... ¿Hacia dónde? ¿Para qué vivir? ¿Para
qué?.. . Era absurdo, intolerable.
El conde se entregaba a
divagaciones extrañas.
Recordaba el pasado. Seis meses habían
transcurrido desde su boda. ¿La conoció en el baile de una
embajada extranjera? En efecto. Nítidas imágenes renacían ante
sus ojos. En ellas la amada se mostraba radiante. Esa noche sus
ojos se encontraron, reconociéndose íntimamente como seres de idéntica
naturaleza, nacidos para amarse eternamente.
Las conversaciones, las sonrisas, as sugerencias y todas las
trabas
que pone el mundo para retardar la inevitable dicha de los que se
aman, habían desaparecido ante la tranquila certidumbre de que en
pocos momentos serían no del otro.
Cansada de las actitudes hipócritas
y ceremoniosas de los que la rodeaban, Vera se le había acercado
apenas se sintió molesta, simplificando maravillosamente los actos
banales que hacen perder las horas preciosas de la vida.
A las primeras palabras, las triviales consideraciones de las
personas que les resultaban indiferentes, fueron como pájaros
nocturnos que en bandada vuelven a penetrar en la tinieblas. ¡Qué
sonrisa inefable! ¡Qué interminable abrazo!
Sus naturalezas eran, en realidad, de las más
extrañas. Dos personas dotadas de extraordinarios sentidos, pero
exclusivamente terrenales. En ellos las sensaciones se prolongaban
con perturbadora intensidad. De tanto sentirlas se olvidaban de sí
mismos. En cambio, las ideas del espíritu, el infinito y
hasta la misma idea de Dios, estaban como negadas para su comprensión. La fe de mucha gente en
las cosas sobrenaturales era para ellos motivo de cierta admiración, una carta cerrada que no los inquietaba ya que eran incapaces de condenar o justificar. Así, reconociéndose
ajenos al mundo, después de la unión se habían aislado en esa antigua y sombría mansión, donde
lo intrincado de los jardines acallaba el bullicio exterior.
Allí, los amantes se abandonaron en el mar de sus lánguidos y perversos
placeres, en los cuales
el espíritu se une misteriosamente a la carne. Agotaron la furia de
los deseos, los estremecimientos y las ternuras infinitas. Fueron en
el latido uno del otro. El espíritu penetraba en sus cuerpos y sus
besos eran encendidos eslabones que los encadenaban en una fusión
ideal. ¡Qué intenso deslumbramiento! Y ahora, todo el sortilegio
se desvanecía, la fatalidad los separaba, sus brazos se
desenlazaban. ¿Qué sombra tenebrosa le había robado su querida
muerta? ¡Muerta! No. ¿Es que el alma de los violoncelos termina en
el grito de una cuerda rota?
Transcurrieron las horas.
Por la ventana miraba la noche que invadía el firmamento, y la
noche era como una persona: una reina melancólica que marchaba
hacia el exilio. Y Venus, el prendedor de diamantes de su túnica
enlutada, brillaba sola por sobre los árboles, vagando en las
profundidades del cielo.
"Ahí está Vera", pensó.
Al susurrar ese nombre tembló como si despertara.
Luego se
incorporó mirando a su alrededor.
Los objetos del cuarto estaban iluminados con una luz indefinida, la
de una lámpara que azulaba las tinieblas, y que, en la noche,
semejaba otra estrella. Un tríptico, hecho de antigua madera
preciosa, se hallaba suspendido entre el espejo y un cuadro. Un reflejo dorado del interior caía débilmente sobre el
callar, en medio de las joyas que estaban sobre la chimenea.
El halo de la Madona de manto azul brillaba en torno de la cruz bizantina de trazos delgados y rojos que,
esfumados en el
reflejo, prestaban un tinte de sangre al agua iluminada de las
perlas. Desde niña, Vera se condolía del rostro puro y maternal de
la Virgen de sus antepasados, pero, de acuerdo con su
temperamento sólo era capaz de brindarle un amor supersticioso e
ingenuo cuando pasaba frente al velador.
Impresionado hasta lo más
íntimo por esos tristes recuerdos, el conde se incorporó, apagó
la luz sagrada, y, tentando en la oscuridad a franja de un
cortinado, llamó al criado.
Apareció un anciano vestido de negro con una lámpara que colocó
delante del retrato de la condesa. Al volverse, pudo ver, estremecido de
pavor, que su amo estaba de pie y sonriendo, como si nada
ocurriera.
-Raymond -dijo serenamente conde-, la condesa y yo estamos
muy fatigados esta noche; cenaremos a las diez. Además, desde mañana
permaneceremos aquí. Salvo tú, ningún criado pasará la noche en
la casa. Págales los sueldos de tres años y que se vayan. Después
cerrarás la puerta de entrada y encenderás las lámparas del
comedor. Tú nos bastas. En adelante o recibiremos a ninguna
persona. El anciano temblaba mientras observaba atentamente a su amo.
En un primer momento pensó que el excesivo dolor y la desesperación
habían extraviado la razón del conde. En seguida
comprendió que un despertar intempestivo podría resultar fatal.
Pero, ante todo, debía respetar ese secreto. Asintió. ¿Sería cómplice
de se delirio? ¿Debía obedecer? ¿Continuar sirviéndolos sin
pensar en la Muerte?
¡Qué idea extraña!... ¿Tan sólo durará una
noche?... ¡Mañana, mañana!... ¿Quién sabe?.
¡Quizá!... ¡Después de todo se trata de un deseo sagrado!
¿Con qué derecho, él. .. ?
Siguió las órdenes al pie de la letra y
desde esa noche comenzó una insólita vida.
Había que dar forma a una terrible ilusión.
Pronto desapareció la inquietud de los primeros días. Al comienzo,
Raymond actuaba con estupor, pero luego se sintió guiada por una especie de
diferente ternura. Tanto se empeñó en mostrarse natural que, antes
de las tres semanas, él mismo llegó a dudar. El prejuicio iba
languideciendo. En ciertas oportunidades le acometía como un vértigo
y necesitaba repetirse que la condesa había muerto realmente.
Posesionado de su fúnebre papel, a cada instante se alejaba de la
realidad. Pronto fue necesario que reflexionara para poder retornar
a la cordura. Percibió que acabaría por entregarse totalmente al
poderoso magnetismo del conde y de la atmósfera que lo rodeaba. Tenía
miedo, pero un miedo vago e indeciso.
En efecto, el conde de Athol
vivía ignorante de la muerte de su amada. Hasta tal punto la joven
mujer se había adentrado en su vida, que ahora la sentía siempre
presente. A veces, en los días de sol, se sentaba en un banco del
jardín para leer las poesías que ella prefería. Otras veces, junto al fuego y frente a dos tazas de té, conversaba con
sonriente ilusión sentada para él en el sillón cercano.
Pasaron los días, las noches, las semanas. Los dos
hombres eran inconscientes de lo que estaba sucediendo. Ahora se
producían fenómenos extraños y ya distinguir lo real de lo
imaginario. Entre ellos flotaba una presencia; una sombra trataba de
aparecer, de surgir del espacio
que se había vuelto indefinible.
El conde llevaba una vida para
dos, como un iluminado. Un rostro suave y pálido, apenas entrevisto
como un relámpago, un dulce acorde en el piano, un beso cerrándole
la boca cuando él iba a hablar, pensamientos de mujer que respondían
en su interior a lo que él decía, un desdoblamiento de sí,
que aspiraba el suave y vertiginoso perfume de su amada. Y de noche,
entre el sueño y la vigilia, el susurro de ¡mas palabras. Todo se lo advertía. Era, por fin,
la negación de la Muerte, elevada a una potencia desconocida.
Cierta vez el conde la sintió y la vio t in
claramente que la tomó entre sus brazos, pero sólo logró que ella
se desvaneciera.
-¡Pero hija! -sonrió él.
Y se durmió como un
amante rechazado por su compañera soñolienta.
El día de su
fiesta, colocó una siempreviva entre el ramo que puso sobre la
almohada de Vera.
-Ya que cree que está muerta -bromeó.
Merced a la honda y
todopoderosa voluntad del conde, que a fuerza de amor daba la vida
a su mujer, en esa solitaria mansión, esa presencia había
terminado por cobrar un encanto sombrío y convincente. Raymond ya
no experimentaba el menor temor, pues gradualmente se había
habituado a esas impresiones.
Todo le parecía familiar. Un negro
vestido de terciopelo entrevisto por la alameda, una voz alegre que
lo llamaba, la campanilla por la mañana; igual que antes. Se diría
que la muerta jugaba como un niño a hacerse invisible. Se sentía
tan querida que eso resultaba natural.
Pasó un año.
La noche en que se cumplía un aniversario, el conde, sentado junto
al fuego, le leyó un cuento florentino: Calímaco. Luego cerró
el libro y, sirviéndose el té, dijo:
-¿Recuerdas, Dushka el Valle de las Rosas, el Castillo de las Cuatro Torres,
las orillas del
Lahn?... ¿No es cierto que esta historia te los recordó?
Al
incorporarse se observó en ( espejo azulado: estaba más pálido
que de costumbre. Puso en una copa la pulsera de perlas y las miró
con atención. ¿Vera no se las había sacado recién del brazo?
Todavía las perlas estaban tibias y su agua parecía suavizada por
el contacto con la carne. Y ese collar con un ópalo que amaba el
bello seno de Vera, empalideciendo en su red de oro cuando la joven
lo olvidaba por un tiempo. Por eso la condesa amaba aquella joya
fiel... Esa noche, el ópalo resplandecía como si ella recién se
lo hubiese quitado, como si aún conservara el exquisito magnetismo
de la muerta. Cuando dejó el collar, el conde rozó sin querer el
pañuelo de batista: las gotas estaban frescas y rojas como claves
en la nieve... ¿Quién había doblado la última página de la vieja
melodía que estaba sobre el piano? ¡La vela se había encendido en
el relicario! ¡Su llama de oro iluminaba con haz mística el rostro
de ojos cerrados de la Virgen! ¿Y esas frescas flores de la India
en los antiguos jarrones de Sajonia? El cuarto parecía más alegre
y lleno de vida que de costumbre. Pero ya nada sorprendía al conde.
Todo era para él tan natural que ni siquiera se percató de que el
reloj de péndulo había vuelto a funcionar.
Se hubiera dicho que
desde la profundidad de las brumas, Vera trataba de regresar esa
noche a su habitación siempre impregnada de su presencia. ¡Tanto
había dejado allí! La atraían aquellas cosas que habían
constituido su existencia. Su encanto flotaba en el ambiente. Acaso de
voluntad de su esposo podía desatar los tenues lazos que la ligaban
a lo invisible..
Allí se la necesitaba. Allí estaba lo que
ella quería.
Quizá
sentía deseos de sonreír una vez más frente a ese misterioso
espejo que había reflejado su rostro lila.
La dulce muerta debió haberse estremecido entre sus violetas, en la
oscuridad de la tumba, tan sola, al ver la llave de plata sobre las
baldosas. ¡Ella quería regresar! Y su voluntad se desvanecía
entre el incienso y la soledad. La Muerte es algo definitivo para
los que esperan el cielo. Pero para Vera, la Muerte, el Cielo y la
Vida eran el beso de su amado. Y el beso solitario de su amante atraía
sus labios en la noche. Y su melodía, las palabras embriagadoras de
antaño, las telas que la cubrían y que guardaban su fragancia,
las mágicas piedras que la deseaban, y, más que nada,
la inefable sensación
de su presencia compartida por las propias cosas. Desde mucho
tiempo atrás todo la llamaba, la buscaba. Solo faltaba Ella,
curada al fin de la Muerte adormecedora.
¡Oh! ¡Las Ideas
son seres vivos!... El conde había cavado en el espacio la forma de
su amada y era necesario que ese hueco fuese ocupado por el único
ser que le era homogéneo: de lo contrario el mundo se
aniquilaría. Fue en ese momento que se tuvo la impresión clara y
absoluta de que Ella tenía que estar ahí, en su habitación. El conde y todas las cosas que lo
rodeaban se habían
impregnado de esta certidumbre. Y como la única que faltaba era
Vera, de presencia tangible, era necesario que ella
estuviese allí y que abriese sus puertas infinitas el
gran Sueño de la Vida y de
la Muerte. ¡La fe le había a mostrado a ella el camino de la
resurrección! El lecho nupcial se iluminó alegremente con una
fresca carcajada. El conde se volvió. Y allí, ante él, hecha de
memoria y voluntad, apoyada sobre el almohadón de encajes,
recogiendo sus negros cabellos con las manos, los labios
entreabiertos en una deliciosa sonrisa, hermosísima, la condesa Vera lo miraba, todavía algo adormecida.
-¡Roger!... -dijo, y su
voz sonó a lo lejos. El se aproximó. Sus bocas se unieron en un
placer divino, inmortal. Entonces sintieron que en verdad eran un
solo ser. Extrañamente, las horas rozaron ese éxtasis en el que,
por vez primera, se mezclaban la tierra y el cielo.
De pronto, como sacudido por un recuerdo fatal, el conde de Athol se
estremeció.
-¡Ah! ¿Qué sucede? ¡Tú estás muerta!
En ese
instante el místico velador del inconostasio dejó de alumbrar. La débil luz de una mañana gris y lluviosa
se filtró por los
intersticios del cortinado. Las bujías languidecieron y se apagaron, y
sus rojas mechas despidieron un humo acre. El fuego se desvaneció
bajo un manto de tibias cenizas; las flores se marchitaron en pocos
segundos; el péndulo del reloj se detuvo. La certidumbre de todas
las cosas se desvaneció súbitamente. El ópalo perdió su brillo; y
se secaron para siempre las manchas de sangre del pañuelo. Esfumándose
de los brazos desesperados que en vano querían retenerla, la
blanca visión volvió al aire y allí desapareció. Un tenue suspiro
de adiós, nítido pero lejano, alcanzó el alma de Roger. El Conde
se irguió: comprendió que ahora estaba solo. Su sueño había
terminado. Con unas pocas palabras, el hilo encantado de la radiante
trama quedaba roto. Ahora se respiraba la atmósfera de la muerte.
Todo se había quebrado, como lágrimas de cristal, que es
imposible romper en su parte más gruesa pero que se deshacen en
fino polvo si se parten por el extremo más delgado.
-¡Ah! -susurró el conde-, ¡es el final! ¡Se ha perdido! ¡Y
está sola! ¿,Cómo llegaré ahora hasta ti? ¡Muéstrame el
camino!...
Un objeto brillante que cayó del lecho haciendo un ruido metálico
fue la respuesta. La luz del día terrible lo iluminó. El
abandonado recogió el objeto y, al reconocerlo, una sonrisa sublime
le iluminó el rostro: era la llave de la tumba. (*) (*)
Fuente: Auguste Villiers L´Isle, "Vera", en Cuento
fantástico y de horror, Buenos Aires, Centro Editor de
Latinoamérica, 1977, pp.73-83 (traducción de Gabriela Lemoine). |