LOS
CABALLOS DE ABDERA
Abdera,
la ciudad tracia del Egeo, que actualmente es Balastra y que no
debe ser confundida con su tocaya bética, era célebre por sus
caballos.
Descollar en Tracia por sus caballos, no era poco; y ella
descollaba hasta ser única. Los habitantes todos tenían a gala
la educación de tan noble animal, y esta pasión cultivada a porfía
durante largos años, hasta formar parte de las tradiciones
fundamentales, había producido efectos maravillosos. Los caballos
de Abdera gozaban de fama excepcional, y todas las poblaciones
tracias, desde los cicones hasta los bisaltos, eran tributarios en
esto de los bistones, pobladores de la mencionada ciudad. Debe añadirse
que semejante industria, uniendo el provecho a la satisfacción,
ocupaba desde el rey hasta el último ciudadano.
Estas circunstancias habían contribuido también a intimar las
relaciones entre el bruto y sus dueños, mucho más de lo que era
y es habitual para el resto de las naciones; llegando a
considerarse las caballerizas como un ensanche del hogar, y extremándose
las naturales exageraciones de toda pasión, hasta admitir
caballos en la mesa. Eran verdaderamente notables corceles, pero
bestias al fin. Otros dormían en cobertores de biso; algunos
pesebres tenían frescos sencillos, pues no pocos veterinarios
sostenían el gusto artístico de la raza caballar, y el
cementerio equino ostentaba entre pompas burguesas, ciertamente
recargadas, dos o tres obras maestras. El templo más hermoso de
la ciudad estaba consagrado a Anón, el caballo que Neptuno hizo
salir de la tierra con un golpe de su tridente; y creo que la moda
de rematar las proas en cabezas de caballo, tenga igual
proveniencia: siendo seguro en todo caso que los bajos relieves hípicos
fueron el ornamento más común de toda aquella arquitectura. El
monarca era quien se mostraba más decidido por los corceles,
llegando hasta tolerar a los suyos verdaderos crímenes que los
volvieron singularmente bravíos; de tal modo que los nombres de
Podargos y de Lampón figuraban en fábulas sombrías; pues es del
caso decir que los caballos tenían nombres como personas.
Tan amaestrados estaban aquellos animales, que las bridas eran
innecesarias, conservándolas únicamente como adornos, muy
apreciados desde luego por los mismos caballos. La palabra era el
medio usual de comunicación con ellos; y observándose que la
libertad favorecía el desarrollo de sus buenas condiciones, dejábanlos
todo el tiempo no requerido por la albarda o el arnés en libertad
de cruzar a sus anchas las magníficas praderas formadas en el
suburbio, a la orilla del Kossínites para su recreo y alimentación.
A son de trompa los convocaban cuando era menester, y así para el
trabajo como para el pienso eran exactísimos. Rayaba en lo increíble
su habilidad para toda clase de juegos de circo y hasta de salón,
su bravura en los combates, su discreción en las ceremonias
solemnes. Así, el hipódromo de Abdera tanto como sus compañías
de volatines; su caballería acorazada de bronce y sus sepelios,
habían alcanzado tal renombre, que de todas partes acudía gente
a admirarlos: mérito compartido por igual entre domadores y
corceles.
Aquella educación persistente, aquel forzado despliegue de
condiciones, y para decirlo todo en una palabra, aquella
humanización de la raza equina iban engendrando un fenómeno que
los bistones festejaban como otra gloria nacional. La inteligencia
de los caballos comenzaba a desarrollarse pareja con su
conciencia, produciendo casos anormales que daban pábulo al
comentario general.
Una yegua había exigido espejos en su pesebre, arrancándolos con
los dientes de la propia alcoba patronal y destruyendo a coces los
de tres paneles cuando no le hicieron el gusto. Concedido el
capricho daba muestras de coquetería perfectamente visible.
Balios, el más bello potro de la comarca, un blanco elegante y
sentimental que tenía dos campañas militares y manifestaba
regocijo ante el recitado de hexámetros heroicos, acababa de
morir de amor por una dama. Era la mujer de un general, dueño del
enamorado bruto, y por cierto no ocultaba el suceso. Hasta se creía
que halagaba su vanidad, siendo esto muy natural, por otra parte,
en la ecuestre metrópoli.
Señalábase igualmente casos de infanticidio, que aumentando en
forma alarmante, fue necesario corregir con la presencia de viejas
mulas adoptivas; un gusto creciente por el pescado y por el cáñamo
cuyas plantaciones saqueaban los animales; y varias rebeliones
aisladas que hubo de corregirse, siendo insuficiente el látigo,
por medio del hierro candente. Esto último fue en aumento, pues
el instinto de rebelión progresaba a pesar de todo.
Los bistones, más encantados cada vez con sus caballos, no
paraban mientes en eso. Otros hechos más significativos produjéronse
de allí a poco. Dos o tres atalajes habían hecho causa común
contra un carretero que azotaba su yegua rebelde. Los caballos
resistíanse cada vez más al enganche y al yugo, de tal modo que
empezó a preferirse el asno. Había animales que no aceptaban
determinado apero; mas como pertenecían a los ricos, se defería
a su rebelión comentándola mimosamente a título de capricho.
Un día los caballos no vinieron al son de la trompa, y fue
menester constreñirlos por la fuerza; pero los subsiguientes no
se reprodujo la rebelión.
Al fin ésta ocurrió cierta vez que la marea cubrió la playa de
pescado muerto, como solía suceder. Los caballos se hartaron de
eso, y se les vio regresar al campo suburbano con lentitud sombría.
Medianoche era cuando estalló el singular conflicto.
De pronto un trueno sordo y persistente conmovió el ámbito de la
ciudad. Era que todos los caballos se habían puesto en movimiento
a la vez para asaltarla, pero esto se supo luego, inadvertido al
principio en la sombra de la noche y la sorpresa de lo inesperado.
Como las praderas de pastoreo quedaban entre las murallas, nada
pudo contener la agresión; y añadido a esto el conocimiento
minucioso que los animales tenían de los domicilios, ambas cosas
acrecentaron la catástrofe.
Noche memorable entre todas, sus horrores sólo aparecieron cuando
el día vino a ponerlos en evidencia, multiplicándolos aun. Las
puertas reventadas a coces yacían por el suelo dando paso a
feroces manadas que se sucedían casi sin interrupción. Había
corrido sangre, pues no pocos vecinos cayeron aplastados bajo el
casco y los dientes de la banda en cuyas filas causaron estragos
también las armas humanas.
Conmovida de tropeles, la ciudad oscurecíase con la polvareda que
engendraban; y un extraño tumulto formado por gritos de cólera o
de dolor, relinchos variados como palabras a los cuales mezclábase
uno que otro doloroso rebuzno, y estampidos de coces sobre las
puertas atacadas, unía su espanto al pavor visible de la catástrofe.
Una especie de terremoto incesante hacía vibrar el suelo con el
trote de la masa rebelde, exaltado a ratos como en ráfaga
huracanada por frenéticos tropeles sin dirección y sin objeto;
pues habiendo saqueado todos los plantíos de cáñamo, y hasta
algunas bodegas que codiciaban aquellos corceles pervertidos por
los refinamientos de la mesa, grupos de animales ebrios aceleraban
la obra de destrucción. Y por el lado del mar era imposible huir.
Los caballos, conociendo la misión de las naves, cerraban el
acceso del puerto.
Sólo la fortaleza permanecía incólume y empezábase a organizar
en ella la resistencia. Por lo pronto cubríase de dardos a todo
caballo que cruzaba por allí, y cuando caía cerca era arrastrado
al interior como vitualla.
Entre los vecinos refugiados circulaban los más extraños
rumores. El primer ataque no fue sino un saqueo. Derribadas las
puertas, las manadas introducíanse en las habitaciones, atentas sólo
a las colgaduras suntuosas con que intentaban revestirse, a las
joyas y objetos brillantes. La oposición a sus designios fue lo
que suscitó su furia.
Otros hablaban de monstruosos amores, de mujeres asaltadas y
aplastadas en sus propios lechos con ímpetu bestial; y hasta se
señalaba a una noble doncella que sollozando narraba entre dos
crisis su percance: el despertar en la alcoba a la media luz de la
lámpara, rozados sus labios por la innoble jeta de un potro negro
que respingaba de placer el belfo enseñando su dentadura
asquerosa; su grito de pavor ante aquella bestia convertida en
fiera, con el resplandor humano y malévolo de sus ojos
incendiados de lubricidad; el mar de sangre con que la inundara al
caer atravesado por la espada de un servidor...
Mencionábase varios asesinatos en que las yeguas se habían
divertido con saña femenil, despachurrando a mordiscos a las víctimas.
Los asnos habían sido exterminados, y las mulas subleváronse
también, pero con torpeza inconsciente, destruyendo por destruir,
y particularmente encarnizadas contra los perros.
El tronar de las carreras locas seguía estremeciendo la ciudad, y
el fragor de los derrumbes iba aumentando. Era urgente organizar
una salida, por más que el número y la fuerza de los asaltantes
la hiciera singularmente peligrosa, si no se quería abandonar la
ciudad a la más insensata destrucción.
Los hombres empezaron a armarse; mas, pasado el primer momento de
licencia, los caballos habíanse decidido a atacar también.
Un brusco silencio precedió al asalto. Desde la fortaleza
distinguían el terrible ejército que se congregaba, no sin
trabajo, en el hipódromo. Aquello tardó varias horas, pues
cuando todo parecía dispuesto, súbitos corcovos y agudísimos
relinchos cuya causa era imposible discernir, desordenaban
profundamente las filas.
El sol declinaba ya, cuando se produjo la primera carga. No fue,
si se permite la frase, más que una demostración, pues los
animales se limitaron a pasar corriendo frente a la fortaleza. En
cambio, quedaron acribillados por las saetas de los defensores.
Desde el más remoto extremo de la ciudad, lanzáronse otra vez, y
su choque contra las defensas fue formidable. La fortaleza retumbó
entera bajo aquella tempestad de cascos, y sus recias murallas dóricas
quedaron, a decir vedad, profundamente trabajadas.
Sobrevino un rechazo, al cual sucedió muy luego un nuevo ataque.
Los que demolían eran caballos y mulos herrados que caían a
docenas; pero sus filas cerrábanse con encarnizamiento furioso,
sin que la masa pareciera disminuir. Lo peor era que algunos habían
conseguido vestir sus bardas de combate en cuya malla de acero se
embotaban los dardos. Otros llevaban jirones de tela vistosa,
otros, collares, y pueriles en su mismo furor, ensayaban
inesperados retozos.
De las murallas los conocían. ¡Dinos, Aethon, Ameteo, Xanthos! Y
ellos saludaban, relinchaban gozosamente, enarcaban la cola,
cargando en seguida con fogosos respingos. Uno, un jefe
ciertamente, irguióse sobre sus corvejones, caminó así un
trecho manoteando gallardamente al aire como si danzara un marcial
balisteo, contorneando el cuello con serpentina elegancia, hasta
que un dardo se le clavó en medio del pecho...
Entre tanto, el ataque iba triunfando. Las murallas empezaban a
ceder.
Súbitamente una alarma paralizó a las bestias. Unas sobre otras,
apoyándose en ancas y lomos, alargaron sus cuellos hacia la
alameda que bordeaba la margen del Kossínites; y los defensores
volviéndose hacia la misma dirección, contemplaron un tremendo
espectáculo.
Dominando la arboleda negra, espantosa sobre el cielo de la tarde,
una colosal cabeza de león miraba hacia la ciudad. Era una de
esas fieras antediluvianas cuyos ejemplares, cada vez más raros,
devastaban de tiempo en tiempo los montes Ródopes. Mas nunca se
había visto nada tan monstruoso, pues aquella cabeza dominaba los
más altos árboles, mezclando a las hojas teñidas de crepúsculo
las greñas de su melena.
Brillaban claramente sus enormes colmillos, percibíase sus ojos
fruncidos ante la luz, llegaba en el hálito de la brisa su olor
bravío, inmóvil entre la palpitación del follaje, herrumbrada
por el sol casi hasta dorarse su gigantesca crin, alzábase ante
el horizonte como uno de esos bloques en que el pelasgo, contemporáneo
de las montañas, esculpió sus bárbaras divinidades.
Y de repente empezó a andar, lento como el océano. Oíase el
rumor de la fronda que su pecho apartaba, su aliento de fragua que
iba sin duda a estremecer la ciudad cambiándose en rugido.
A pesar de su fuerza prodigiosa y de su número, los caballos
sublevados no resistieron semejante aproximación. Un solo ímpetu
los arrastró por la playa, en dirección a la Macedonia,
levantando un verdadero huracán de arena y de espuma, pues no
pocos disparábanse a través de las olas.
En la fortaleza reinaba el pánico. ¿Qué podrían contra
semejante enemigo? ¿Qué gozne de bronce resistiría a sus mandíbulas?
¿Qué muro a sus garras...?
Comenzaban ya a preferir el pasado riesgo (al fin en una lucha
contra bestias civilizadas), sin aliento ni para enflechar sus
arcos, cuando el monstruo salió de la alameda. No fue un rugido
lo que brotó de sus fauces, sino un grito de guerra humano, el bélico
"¡alalé!" de los combates, al que respondieron con
regocijo triunfal los "hoyohei" y los "hoyotohó"
de la fortaleza.
¡Glorioso prodigio!
Bajo la cabeza del felino, irradiaba luz superior el rostro de un
numen; y mezclados soberbiamente con la flava piel, resaltaban su
pecho marmóreo, sus brazos de encina, sus muslos estupendos.
Y un grito, un solo grito de libertad, de reconocimiento, de
orgullo, llenó la tarde:
—¡Hércules,
es Hércules que llega! (*)
(*)
Fuente:
Leopoldo Lugones, "Las caballos de Abdera", en Las fuerzas
extrañas, Colección Austtral, Biblioteca de Literatura
Hispanoamericana, Buenos Aires, pp.137-145.
LA
LLUVIA DE FUEGO
Y
tornaré el cielo de hierro y la tierra de cobre.
Levítico, XXVI - 19.
Recuerdo
que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular, en
las calles atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de
tersura perfecta.
Desde
mi terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles
salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta gris
de una avenida...
A
eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá
—partículas de cobre semejantes a las morcellas de un pábilo;
partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un
ruidecito de arena. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor
urbano no decrecía. Únicamente los pájaros de mi pajarera
cesaron de cantar.
Casualmente
lo había advertido, mirando hacia el horizonte en un momento de
abstracción. Primero creí en una ilusión óptica formada por mi
miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa,
pues la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de
tal modo, que se destacaban lo mismo. Una rapidísima vírgula de
fuego, y el golpecito en la tierra. Así, a largos intervalos.
Debo
confesar que al comprobarlo, experimenté un vago terror. Exploré
el cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De dónde
venía aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?...
Acababa
de caer una chispa en mi terraza, a pocos pasos. Extendí la mano;
era, a no caber duda, un gránulo de cobre que tardó mucho en
enfriarse. Por fortuna la brisa se levantaba, inclinando aquella
lluvia singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las chispas
eran harto ralas, además. Podía creerse por momentos que aquello
había ya cesado. No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían
siempre los temibles gránulos.
En
fin, aquello no había de impedirme almorzar, pues era el mediodía.
Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin cierto miedo de
las chispas. Verdad es que el toldo, corrido para evitar el sol,
me resguardaba...
¿Me
resguardaba? Alcé los ojos; pero un toldo tiene tantos poros, que
nada pude descubrir.
En
el comedor me esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado
celibato sabía dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto la
biblioteca, el comedor era mi orgullo. Ahíto de mujeres y un poco
gotoso, en punto a vicios amables nada podía esperar ya sino de
la gula. Comía solo, mientras un esclavo me leía narraciones
geográficas. Nunca había podido comprender las comidas en compañía;
y si las mujeres me hastiaban, como he dicho, ya comprenderéis
que aborrecía a los hombres.
¡Diez
años me separaban de mi última orgía! Desde entonces, entregado
a mis jardines, a mis peces, a mis pájaros, faltábame tiempo
para salir. Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo a la
orilla del lago. Me gustaba verlo, escamado de luna al anochecer,
pero esto era todo y pasaba meses sin frecuentarlo.
La
vasta ciudad libertina era para mí un desierto donde se
refugiaban mis placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas
horas de mesa; lecturas; mis peces; mis pájaros; una que otra
noche tal cual orquesta de flautistas, y dos o tres ataques de
gota por año...
Tenía
el honor de ser consultado para los banquetes, y por ahí
figuraban, no sin elogio, dos o tres salsas de mi invención. Esto
me daba derecho —lo digo sin orgullo— a un busto municipal,
con tanta razón como a la compatriota que acababa de inventar un
nuevo beso.
Entre
tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y de nieve, que
comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso
frescor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá,
pues la servidumbre no daba muestras de notarla.
De
pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato,
no pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, a la mesa; pero
acusando con su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda
espalda un agujerillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la
chispa voraz que lo había abierto. Ahogámosla en aceite, y fue
enviado al lecho sin que pudiera contener sus ayes.
Bruscamente
acabó mi apetito; y aunque seguí probando los platos para no
desmoralizar a la servidumbre, aquélla se apresuró a
comprenderme. El incidente me había desconcertado.
Promediaba
la siesta cuando subí nuevamente a la terraza. El suelo estaba ya
sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia
aumentara. Comenzaba a tranquilizarme, cuando una nueva inquietud
me sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba
paralizado a causa del fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la
ciudad. Sólo, de cuando en cuando, un vago murmullo de viento
sobre los árboles. Era también alarmante la actitud de los pájaros.
Habíanse apelotonado en un rincón, casi unos sobre otros. Me
dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron
salir; antes se recogieron más acongojados aún. Entonces comenzó
a intimidarme la idea de un cataclismo.
Sin
ser grande mi erudición científica, sabía que nadie mencionó
jamás esas lluvias de cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En
el aire no hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo no
dejaba conjeturar la procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era
esto. Las chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la
inmensidad desmenuzándose invisiblemente en fuego. Caía del
firmamento el terrible cobre —pero el firmamento permanecía
impasible en su azul. Ganábame poco a poco una extraña congoja;
pero, cosa rara: hasta entonces no había pensado en huir. Esta
idea se mezcló con desagradables interrogaciones. ¡Huir! ¿Y mi
mesa, mis libros, mis pájaros, mis peces que acababa precisamente
de estrenar un vivero, mis jardines ya ennoblecidos de antigüedad,
mis cincuenta años de placidez, en la dicha del presente, en el
descuido del mañana?...
¿Huir?
. . . Y pensé con horror en mis posesiones (que no conocía) del
otro lado del desierto, con sus camelleros viviendo en tiendas de
lana negra y tomando por todo alimento leche cuajada, trigo
tostado, miel agria...
Quedaba
una fuga por el lago, corta fuga después de todo, si en el lago
como en el desierto, según era lógico, llovía cobre también;
pues no viniendo aquello de ningún foco visible, debía ser
general.
No
obstante el vago terror que me alarmaba, decíame todo eso
claramente, lo discutía conmigo mismo, un poco enervado a la
verdad por el letargo digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y
después de todo, algo me decía que el fenómeno no iba a pasar
de allí. Sin embargo, nada se perdía con hacer armar el carro.
En
ese momento llenó el aire una vasta vibración de campanas. Y
casi junto con ella, advertí una cosa: ya no llovía cobre. El
repique era una acción de gracias, coreada casi acto continuo por
el murmullo habitual de la ciudad. Ésta despertaba de su fugaz
atonía, doblemente gárrula. En algunos barrios hasta quemaban
petardos.
Acodado
al parapeto de la terraza, miraba con un desconocido bienestar
solidario la animación vespertina que era todo amor y lujo. El
cielo seguía purísimo. Muchachos afanosos recogían en
escudillas la granalla de cobre, que los caldereros habían
empezado a comprar. Era todo cuanto quedaba de la grande amenaza
celeste.
Más
numerosa que nunca, la gente de placer coloría las calles; y aun
recuerdo que sonreí vagamente a un equívoco mancebo, cuya túnica
recogida hasta las caderas en un salto de bocacalle, dejó ver sus
piernas glabras, jaqueladas de cintas. Las cortesanas, con el seno
desnudo según la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante
coselete, paseaban su indolencia sudando perfumes. Un viejo lenón
erguido en su carro manejaba como si fuese una vela una hoja de
estaño, que con apropiadas pinturas anunciaba amores monstruosos
de fieras: ayunta-mientos de lagartos con cisnes; un mono y una
foca; una doncella cubierta por la delirante pedrería de un pavo
real. Bello cartel, a fe mía; y garantida la autenticidad de las
piezas. Animales amaestrados por no sé qué hechicería bárbara,
y desequilibrados con opio y con asafétida.
Seguido
por tres jóvenes enmascarados pasó un negro amabilísimo, que
dibujaba en los patios, con polvos de colores derramados al ritmo
de una danza, escenas secretas. También depilaba al oropimente y
sabía dorar las uñas.
Un
personaje fofo, cuya condición de eunuco se adivinaba en su
morbidez, pregonaba al son de crótalos de bronces, cobertores de
un tejido singular que producía el insomnio y el deseo.
Cobertores cuya abolición habían pedido los ciudadanos honrados.
Pues mi ciudad sabía gozar, sabía vivir. Al anochecer recibí
dos visitas que cenaron conmigo. Un condiscípulo jovial, matemático
cuya vida desarreglada era el escándalo de la ciencia, y un
agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad de visitarse
después de aquellas chispas de cobre. De visitarse y de beber,
pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una rápida
salida. La ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado
la coyuntura para decretarse una noche de fiesta. En algunas
cornisas, alumbraban perfumando, lámparas de incienso. Desde sus
balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se
divertían en proyectar de un soplo a las narices de los transeúntes
distraídos, tripas pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles. En
cada esquina se bailaba. De balcón a balcón cambiábanse flores
y gatitos de dulce. El césped de los parques palpitaba de
parejas.
Regresé
temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho con más grata
pesadez de sueño.
Desperté
bañado en sudor, los ojos turbios, la garganta reseca. Había
afuera un rumor de lluvia. Buscando algo, me apoyé en la pared, y
por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo.
La pared estaba caliente y conmovida por una sorda vibración.
Casi no necesité abrir la ventana para darme cuenta de lo que
ocurría.
La
lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez nutrida y compacta.
Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y
urinoso apestaba el aire Por fortuna, mi casa estaba rodeada de
galerías y aquella lluvia no alcanzaba las puertas.
Abrí
la que daba al jardín. Los árboles estaban negros, ya sin
follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado
de vírgulas de fuego, era de una paralización mortal; y por
entre aquéllas se divisaba el firmamento, siempre impasible,
siempre celeste.
Llamé,
llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La
servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un cobertor de
viso, acorazándome espaldas y cabeza con una bañera de metal que
me aplastaba horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas.
Los caballos habían desaparecido también. Y con una tranquilidad
que hacía honor a mis nervios, me di cuenta de que estaba
perdido.
Afortunadamente,
el comedor se encontraba lleno de provisiones; su sótano,
atestado de vinos. Bajé a él. Conservaba todavía su frescura;
hasta su fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el
eco de su grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje
de la alacena secreta el pomo de vino envenenado. Todos los que
teníamos bodega poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni tuviéramos
convidados cargosos. Era un licor claro e insípido, de efectos
instantáneos.
Reanimado
por el vino, examiné mi situación. Era asaz sencilla. No
pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno aquél,
la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues
era, a no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre
incandescente! ¡La ciudad en llamas! Valía la pena.
Subí
a la terraza, pero no pude pasar de la puerta que daba acceso a
ella. Veía desde allá lo bastante, sin embargo. Veía y
escuchaba. La soledad era absoluta. La crepitación no se
interrumpía sino por uno que otro ululato de perro, o explosión
anormal. El ambiente estaba rojo; y a su través, troncos,
chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez tristísima. Los
pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse, negros, de un
negro de estaño. La luz había decrecido un poco, no obstante de
persistir la limpidez celeste. El horizonte estaba, esto sí,
mucho más cerca, y como ahogado en ceniza. Sobre el lago flotaba
un denso vapor, que algo corregía la extraordinaria sequedad del
aire.
Percibíase
claramente la combustible lluvia, en trazos de cobre que vibraban
como el cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando
mezclábanse con ella ligeras flámulas. Humaredas negras
anunciaban incendios aquí y allá.
Mis
pájaros comenzaban a morir de sed y hube de bajar hasta el aljibe
para llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel depósito,
vasta cisterna que podía resistir mucho al fuego celeste; mas por
los conductos que del techo y de los patios desembocaban allá,
habíase deslizado algún cobre y el agua tenía un gusto
particular, entre natrón y orina, con tendencia a salarse. Bastóme
levantar las trampillas de mosaico que cerraban aquellas vías,
para cortar a mi agua toda comunicación con el exterior.
Esa
tarde y toda la noche fue horrendo el espectáculo de la ciudad.
Quemaba en sus domicilios, la gente huía despavorida, para
arderse en las calles en la campiña desolada; y la población
agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un
horror, de una variedad estupendos. Nada hay tan sublime como la
voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas
mercancías y efectos diversos, y más que todo, la quemazón de
tantos cuerpos, acabaron por agregar al cataclismo el tormento de
su hedor infernal. Al declinar el sol, el aire estaba casi negro
de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por la mañana
entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras. Empezó
a soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente.
Parecía que se estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo,
tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego.
¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme
fuego de la ciudad ardida no alcanzaba a dominar; y aquella
fetidez de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire
seco que hacía escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo
no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el rumor del
incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores en que
aullaban, gemían, bramaban todas las bestias con un inefable
pavor de eternidad!...
Bajé
a la cisterna, sin haber perdido hasta entonces mi presencia de ánimo,
pero enteramente erizado con todo aquel horror; y al verme de
pronto en esa obscuridad amiga, al amparo de la frescura, ante el
silencio del agua subterránea, me acometió de pronto un miedo
que no sentía –estoy seguro– desde cuarenta años atrás, el
miedo infantil de una presencia enemiga y difusa; y me eché a
llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo, allá en un rincón,
sin rubor alguno.
No
fue sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se
me ocurrió apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así con su
propia escalera y algunos barrotes de la estantería, devolviéndome
aquella defensa alguna tranquilidad; no porque hubiera de
salvarme, sino por la benéfica influencia de la acción. Cayendo
a cada instante en modorras que entrecortaban funestas pesadillas,
pasé las horas. Continuamente oía derrumbes allá cerca. Había
encendido dos lámparas que traje conmigo, para darme valor, pues
la cisterna era asaz lóbrega. Hasta llegué a comer, bien que sin
apetito, los restos de un pastel. En cambio bebí mucha agua.
De
repente mis lámparas empezaron a amortiguarse, y junto con eso el
terror, el terror paralizante esta vez, me asaltó. Había
gastado, sin prevenirlo, toda mi luz, pues no tenía sino aquellas
lámparas. No advertí, al descender esa tarde, traerlas todas
conmigo.
Las
luces decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna
empezaba a llenarse con el hedor del incendio. No quedaba otro
remedio que salir; y luego, todo, todo era preferible a morir
asfixiado como una alimaña en su cueva.
A
duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros
del comedor cubrían...
...Por
segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no
existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las
torres yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero
silencio de catástrofe. Cinco o seis grandes humaredas empinaban
aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni
un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias
eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para
siempre, hedía como un verdadero cadáver.
La
singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda
también el regocijo de haberme salvado, único entre todos, cohibían
mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de
mi zaguán había quedado en pie y asiéndome de las adarajas pude
llegar hasta su ápice.
No
quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho a un
escorial volcánico. A trechos, en los parajes que la ceniza no
cubría, brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido.
Hacia el lado del desierto, resplandecía hasta perderse de vista
un arenal de cobre. En las montañas, a la otra margen del lago,
las aguas evaporadas de éste condensábanse en una tormenta. Eran
ellas las que habían mantenido respirable el aire durante el
cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba a
agobiarme con una honda desolación cuando hacia el lado del
puerto percibí un bulto que vagaba entre las ruinas. Era un
hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía a mí.
No
hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por
el arco vino a sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado
como yo en una bodega, pero apuñaleando a su propietario. Acababa
de agotársele el agua y por ello salía.
Asegurado
a este respecto, empecé a interrogarlo. Todos los barcos
ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto
amargo. Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví
—ignoro por qué— a levantar la mía.
Ofrecíle
mi bodega, donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos
quesos, todo el vino...
De
repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La
polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en
socorro, los compatriotas de Adama o de Seboim.
Pronto
hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan
desolador como peligroso.
Era
un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que
acudían a la ciudad como a un oasis, furiosos de sed,
enloquecidos de cataclismo.
La
sed y no el hambre los enfurecía, pues pasaron junto a nosotros
sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos
revelaba tan lúgubremente la catástrofe.
Pelados
como gatos sarnosos, reducida a escasos chicharrones la crin,
secos los ijares, en una desproporción de cómicos a medio vestir
con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una
rata que huye, las garras pustulosas, chorreando sangre —todo
aquello decía a las claras sus tres días de horror bajo el azote
celeste, al azar de las inseguras cavernas que no habían
conseguido ampararlos.
Rondaban
los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y
bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro depósito,
agotado también, hasta que sentándose por último en torno del
postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de
desolación y de eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro,
pusiéronse a rugir.
Ah...
nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni el clamor de la ciudad
moribunda era tan horroroso como ese llanto de fiera sobre las
ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra.
Lloraban quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto a
alguna divinidad obscura. El alma sucinta de la bestia agregaba a
sus terrores de muerte, el pavor de lo incomprensible. Si todo
estaba lo mismo, el sol cuotidiano, el cielo eterno, el desierto
familiar, ¿por qué se ardían y por qué no había agua?... Y
careciendo de toda idea de relación con los fenómenos, su horror
era ciego, es decir, más espantoso. El transporte de su dolor
elevábalos a cierta vaga noción de provenencia, ante aquel cielo
de donde había estado cayendo la lluvia infernal; y sus rugidos
preguntaban ciertamente algo a la cosa tremenda que causaba su
padecer. Ah... esos rugidos, lo único de grandioso que
conservaban aún aquellas fieras disminuidas: cual comentaban el
horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su
dolor irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la
eterna sed...
Aquello
no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de
nuevo, más compacto, más pesado que nunca.
En
nuestro súbito descenso, alcanzamos a ver que las fieras se
desbandaban buscando abrigo bajo los escombros.
Llegamos
a la bodega, no sin que nos alcanzaran algunas chispas; y
comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba a consumar la ruina,
me dispuse a concluir.
Mientras
mi compañero abusaba de la bodega —por primera y última vez, a
buen seguro—decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño
fúnebre; y después de buscar inútilmente un trozo de jabón,
descendí a ella por la escalinata que servía para efectuar su
limpieza.
Llevaba
conmigo el pomo de veneno, que me causaba un gran bienestar apenas
turbado por la curiosidad de la muerte.
El
agua fresca y la obscuridad, me devolvieron a las voluptuosidades
de mi existencia de rico que acababa de concluir. Hundido hasta el
cuello, el regocijo de la limpieza y una dulce impresión de
domesticidad, acabaron de serenarme.
Oía
afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez a caer escombros.
De la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo
de llamas que entraban por la puerta del sótano, el característico
tufo urinoso... Llevé el pomo a mis labios, y... (*)
(*)
Fuente:
Leopoldo Lugones, "La lluvia de fuego", en Las
fuerzas extrañas, Colección Austral, Biblioteca de
Literatura Hispanoamericana, Buenos Aires, pp.69-82.