El cohete
La
noche soplaba en el pasto escaso del páramo. No había ningún
otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo,
inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás,
se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en
polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos
hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera
solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas,
les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.
Las
luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y
se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de
los hombres espiaba la respiración débil y fría y los
parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el
fuego con la espada.
-¡No,
idiota, nos delatarás!
-¡Qué
importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros
de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
-Es
la muerte, no el sueño, lo que buscamos . . .
-¿Por
qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
-¡Cállate,
tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro
pueblo al pueblo vecino.
-¡Que
se los devore y que nos deje llegar a casa!
-¡Espera,
escucha!
Los
dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron
largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la
piel de los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que
repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente,
suavemente.
-Ah
. . . -El segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas.
Todo sucede aquí. Alguien apaga el sol; es de noche. Y
entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Este dragón dicen
que tiene ojos de fuego, y un aliento de gas blanquecino; se lo
ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos
y azufre, quemando el pasto. Las ovejas, aterradas, enloquecen y
mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia
del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se
conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del
sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos
caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y
habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?
-¡Suficiente
te digo!
-¡Más
que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en
qué año estamos.
-Novecientos
años después de Navidad.
-No,
no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo
no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos
atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría
nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no
tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los
bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y
aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de
fuego. ¡Qué Dios nos ampare!
-¡Si
tienes miedo, ponte tu armadura!
-¿Para
qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se
desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos
nuestra armadura, moriremos ataviados.
Enfundado
a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y
volvió la cabeza.
En
el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada,
en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando
ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo.
En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón
de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá
del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los
huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre,
depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas
moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una
niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y
no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin
rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se
movían por detrás de un cristal verde: el inmenso ventanal
descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la
hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin
aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio
ardor, en un tiempo frío.
-Mira
. . . -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá . . .
A
kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un
rugido, el dragón.
Los
hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos, en
silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta,
y el dragón, rugiendo, se acercó, y se acercó todavía más.
La deslumbrante mirada amarilla apareció de pronto en lo alto
de un cerro, y en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano,
impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
-¡Pronto!
Espolearon
las cabalgaduras hasta un claro.
-¡Por
aquí pasa!
Los
guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre
los ojos de los caballeros.
-¡Señor!
-Sí,
invoquemos su nombre.
En
ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo
ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con
destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido
quejumbroso, y un ímpetu demoledor, y la bestia prosiguió su
carrera.
-¡Dios
misericordioso!
La
lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado, y el hombre voló
por el aire. El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó,
y el hombro negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de
distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo
siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y
debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de
humo enceguecedor.
-¿Viste?
-gritó una voz-. ¿No te lo había dicho?
-¡Sí!
¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
-¿Vas
a detenerte?
-Me
detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este
páramo. Me pone la carne de gallina. No sé qué siento.
-Pero
atropellamos algo.
-El
tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una
ráfaga de humo dividió la niebla.
-Llegaremos
a Stokely a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un
nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El
tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó
por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada,
hacia el Norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo
negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el
aire quieto.
(*)
(*)
Fuente: Ray Bradbury, "El
dragón", en Remedio para melancólicos.
EL
COHETE
Fiorello
Bodoni se despertaba de noche y oía los cohetes que pasaban
suspirando por el cielo oscuro. Se levantaba y salía de
puntillas al aire de la noche. Durante unos instantes no sentiría
los olores a comida vieja de la casita junto al río. Durante un
silencioso instante dejaría que su corazón subiera hacia el
espacio, siguiendo a los cohetes. Ahora, esta noche, de pie y
semidesnudo en la oscuridad, observaba las fuentes de fuego que
murmuraban en el aire. ¡Los cohetes en sus largos y veloces
viajes a Marte, Saturno y Venus!
-Bueno,
bueno, Bodoni.
Bodoni dio un salto.
En un cajón, junto a la orilla del silencioso río,
estaba sentado un viejo que también observaba los cohetes en la
medianoche tranquila.
-Oh,
eres tú, Bramante.
-¿Sales
todas las noches, Bodoni?
-Sólo
a tomar aire.
-¿Sí?
Yo prefiero mirar los cohetes -dijo el viejo Bramante-. Yo era aún
un niño cuando empezaron a volar. Hace ochenta años. Y nunca
he estado todavía en uno.
-Yo
haré un viaje uno de estos días.
-No
seas tonto -dijo Bramante-. No lo harás. Este mundo es para la
gente rica.-El viejo sacudió su cabeza gris, recordando-.
Cuando yo era joven alguien escribió unos carteles, con letras
de fuego: El mundo del futuro. Ciencia, confort, y novedades
para todos. ¡Ja! Ochenta años. El futuro ha llegado. ¿Volamos
en cohetes? No. Vivimos en chozas como nuestros padres.
-Quizá
mis hijos -dijo Bodoni.
-¡Ni
siquiera los hijos de tus hijos! -gritó el hombre viejo-.
¡Sólo
los ricos tienen sueños y cohetes!
Bodoni
titubeó.
-Bramante,
he ahorrado tres mil dólares. Tardé seis años en juntarlos.
Para mi taller, para invertirlos en maquinaria. Pero desde hace
un mes me despierto todas las noches. Oigo los cohetes. Pienso.
Y esta noche, al fin, me he decidido. ¡Uno de nosotros irá a
Marte! Los ojos de Bodoni eran brillantes y oscuros.
-Idiota -exclamó Bramante-. ¿A quién
elegirás? ¿Quién irá en el cohete? Si vas tú, tu mujer te
odiará, toda la vida. Habrás sido para ella, en el espacio,
casi como un dios. ¿Y cada vez que en el futuro le hables de tu
asombroso viaje no se sentirá roída por la amargura?
-No,
no.
-¡Sí! ¿Y tus hijos? ¿No se pasarán la vida
pensando en el padre que voló hasta Marte mientras ellos se
quedaban aquí? Qué obsesión insensata tendrán toda su vida.
No pensarán sino en cohetes. Nunca dormirán. Enfermarán de
deseo. Lo mismo que tú ahora. No podrán vivir sin ese viaje.
No les despiertes ese sueño, Bodoni. Déjalos seguir así,
contentos con su pobreza. Dirígeles los ojos hacia sus manos, y
tu chatarra, no hacia las estrellas . . .
-Pero
. . .
-Supón que vaya tu mujer. ¿Cómo te sentirás,
sabiendo que ella ha visto y tú no? No podrás ni mirarla.
Desearás tirarla al río. No, Bodoni, cómprate una nueva
demoledora, bien la necesitas, y aparta esos sueños, hazlos
pedazos. El viejo calló, con los ojos clavados en el río. Las
imágenes de los cohetes atravesaban el cielo, reflejadas en el
agua. -Buenas noches -dijo Bodoni.
-Que duermas bien -dijo el otro.
Cuando la tostada saltó de su caja de plata,
Bodoni casi dio un grito. No había dormido en toda la noche.
Entre sus nerviosos niños, junto a su montañosa mujer, Bodoni
había dado vueltas y vueltas mirando el vacío. Bramante tenía
razón. Era mejor invertir el dinero. ¿Para qué guardarlo si sólo
un miembro de la familia podría viajar en el cohete? Los otros
se sentirían burlados.
-Fiorello,
come tu tostada -dijo María, su mujer. -Tengo la garganta
reseca -dijo Bodoni.
Los niños entraron corriendo. Los tres muchachos
se disputaban un cohete de juguete; las dos niñas traían unas
muñecas que representaban a los habitantes de Marte, Venus y
Neptuno: maniquíes verdes con tres ojos amarillos y manos de
seis dedos. -¡Vi el cohete de Venus! -gritó Paolo.
-Remontó
así, ¡chiii! -silbó Antonello.
-¡Niños!
-gritó Fiorello Bodoni, tapándose los oídos. Los niños lo
miraron. Bodoni nunca gritaba.
-Escuchad
todos -dijo el hombre, incorporándose-. He ahorrado algún
dinero. Uno de nosotros puede ir a Marte. Los niños se pusieron
a gritar.
-¿Me
entendéis? -preguntó Bodoni-. Sólo uno de nosotros. ¿Quién?
-¡Yo,
yo, yo! -gritaron los niños.
-Tú
-dijo María. -Tú -dijo Bodoni. Todos callaron. Los niños
pensaron un poco.
-Que
vaya Lorenzo . . . es el mayor.
-Que vaya Mirianne . . . es una chica.
-Piensa en todo lo que vas a ver -le dijo María
a Bodoni, con una voz ronca. Tenía una mirada rara-. Los
meteoros, como peces. El universo. La Luna. Debe ir alguien que
luego pueda contarnos todo eso. Tú hablas muy bien.
-Tonterías.
No mejor que tú -objetó Bodoni. Todos temblaban.
-Bueno -dijo Bodoni tristemente, y arrancó
de una escoba varias pajitas de distinta longitud-. La más
corta gana. -Abrió su puño-. Elegid. Solemnemente todos fueron
sacando su pajita.
-Larga.
-Larga.
Otro.
-Larga.
Los niños habían terminado. La habitación estaba
en silencio. Quedaban dos pajitas. Bodoni sintió que le dolía
el corazón.
-Vamos
-murmuró-. María. María tiró de la pajita. -Corta -dijo.
-Ah -suspiró Lorenzo, mitad contento, mitad
triste-. Mamá va a Marte.
Bodoni trató de sonreír.
-Te
felicito. Mañana compraré tu pasaje.
-Espera,
Fiorello . . .
-Puedes salir la semana próxima . . .
-murmuró Bodoni. María miró los ojos tristes de los niños, y
las sonrisas bajo las largas y rectas narices. Lentamente le
devolvió la pajita a su marido. -No puedo ir a Marte.
-¿Por qué no?
-Pronto
llegará otro bebé. -¿Cómo? María no miraba a Bodoni. -No me
conviene viajar en este estado.
Bodoni la tomó por el codo. -¿Es cierto
eso? -Elegid otra vez.
-¿Por qué no me lo dijiste antes? -dijo Bodoni incrédulo.
-No
me acordé.
-María,
María -murmuró Bodoni acariciándole la cara. Se volvió hacia
los niños-. Empecemos de nuevo. Paolo sacó en seguida la
pajita corta.
-¡Voy
a Marte! -gritó dando saltos-. ¡Gracias, papá!
Los
chicos dieron un paso atrás.
-Magnífico,
Paolo. Paolo dejó de sonreír y examinó a sus padres, hermanos
y hermanas.
-Puedo ir, ¿no es cierto?-preguntó con un tono
inseguro.
-Sí.
-¿Y me querrán cuando regrese?
-Naturalmente.
Paolo alzó una mano temblorosa. Estudió la preciosa pajita y
la dejó caer, sacudiendo la cabeza.
-Me había olvidado.
Empiezan las clases. No puedo ir. Elegid otra vez.
Pero nadie
quería elegir. Una gran tristeza pesaba sobre ellos.
-Nadie irá
-dijo Lorenzo.
-Será lo mejor -dijo María.
-Bramante tenía
razón -dijo Bodoni.
Fiorello Bodoni se puso a trabajar en
el depósito de chatarra, cortando el metal, fundiéndolo, vaciándolo
en lingotes útiles. Aún tenía el desayuno en el estómago,
como una piedra. Las herramientas se le rompían. La competencia
lo estaba arrastrando a la desgraciada orilla de la pobreza
desde hacía veinte años. Aquélla era una mañana muy mala. A
la tarde un hombre entró en el depósito y llamó a Bodoni, que
estaba inclinado sobre sus destrozadas maquinarias. -Eh, Bodoni,
tengo metal para ti.
-¿De qué se trata, señor Mathews?-preguntó Bodoni distraídamente.
-Un cohete. ¿Qué te pasa? ¿No lo quieres?
-¡Sí, sí!
Bodoni
tomó el brazo del hombre, y se detuvo, confuso.
-Claro que es sólo
un modelo -dijo Mathews-. Ya sabes. Cuando proyectan un cohete
construyen primero un modelo de aluminio. Puedes ganar algo
fundiéndolo. Te lo dejaré por dos mil . . .
Bodoni dejó caer
la mano.
-No tengo dinero.
-Lo siento. Pensé que te ayudaba. La última vez me dijiste que
todos los otros se llevaban la chatarra mejor. Creí
favorecerte. Bueno...
-Necesito un nuevo equipo. Para eso ahorré.
-Comprendo.
-Si compro el cohete, no podré fundirlo. Mi horno de aluminio
se rompió la semana pasada. -Sí, ya sé.
Bodoni parpadeó y
cerró los ojos. Luego los abrió y miró al señor Mathews.
-Pero soy un tonto. Sacaré el dinero del banco y compraré el
cohete.
-Pero si no puedes fundirlo ahora . . .
-Lo compro.
-Bueno, si tú lo dices . . . ¿Esta noche?
-Esta noche estaría
muy bien -dijo Bodoni-. Sí, me gustaría tener el cohete esta
noche.
Era una noche de luna. El cohete se alzaba blanco y
enorme en medio del depósito, y reflejaba la blancura de la
luna y la luz de las estrellas. Bodoni lo miraba con amor. Sentía
deseos de acariciarlo y abrazarlo, y apretar la cara contra el
metal contándole sus anhelos. Miró fijamente el cohete.
-Eres
todo mío -dijo-. Aunque nunca te muevas ni escupas llamaradas,
y te quedes ahí cincuenta años, enmoheciéndote, eres mío.
El
cohete olía a tiempo y distancia. Caminar por dentro del cohete
era caminar por el interior de un reloj. Estaba construido con
una precisión suiza. Uno tenía ganas de guardárselo en el
bolsillo del chaleco. -Hasta podría dormir aquí esta noche
-murmuró Bodoni, excitado. Se sentó en el asiento del piloto.
Movió una palanca. Bodoni zumbó con los labios apretados,
cerrando los ojos. El zumbido se hizo más intenso, más
intenso, más alto, más salvaje, más extraño, más excitante,
estremeciendo a Bodoni de pies a cabeza, inclinándolo hacia
adelante, y empujándolo junto con el cohete a través de un
rugiente silencio, en una especie de grito metálico, mientras
las manos le volaban entre los controles, y los ojos cerrados le
latían, y el sonido crecía y crecía hasta ser un fuego, un
impulso, una fuerza que trataba de dividirlo en dos. Bodoni
jadeaba. Zumbaba y zumbaba, sin detenerse, porque no podía
detenerse; sólo podía seguir y seguir, con los ojos cerrados,
con el corazón furioso.
-¡Despegamos! -gritó Bodoni. ¡La
enorme sacudida! ¡El trueno! ¡La Luna! -exclamó con los
ojos cerrados, muy cerrados-. ¡Los meteoros! La silenciosa
precipitación en una luz volcánica-. Marte.
-¡Oh, Dios! ¡Marte!
¡Marte!
Bodoni se reclinó en el asiento, jadeante y exhausto.
Las manos temblorosas abandonaron los controles y la cabeza le
cayó hacia atrás, con violencia. Durante mucho tiempo Bodoni
se quedó así, sin moverse, respirando con dificultad. Lenta,
muy lentamente, abrió los ojos. El depósito de chatarra estaba
todavía allí. Bodoni no se movió. Durante un minuto clavó
los ojos en las pilas de metal. Luego, incorporándose, pateó
las palancas.
-¡Despega, maldito!
La nave guardó silencio.
-¡Ya
te enseñaré! -gritó Bodoni. Afuera, en el aire de la noche,
tambaleándose, Bodoni puso en marcha el potente motor de su
terrible máquina demoledora y avanzó hacia el cohete. Los
pesados martillos se alzaron hacia el cielo iluminado por la
luna. Las manos temblorosas de Bodoni se prepararon para romper,
destruir ese sueño insolentemente falso, esa cosa estúpida que
le había llevado todo su dinero, que no se movería, que no
quería obedecerle. -¡Ya te enseñaré! -gritó. Pero sus manos
no se movieron.
El cohete de plata se alzaba a la luz de la luna. Y más allá
del cohete, a un centenar de metros, las luces amarillas de la
casa brillaban afectuosamente. Bodoni escuchó la radio
familiar, donde sonaba una música distante. Durante media hora
examinó el cohete y las luces de la casa, y los ojos se le
achicaron y se le abrieron. Al fin bajó de la máquina y echó
a caminar, riéndose, hacía la casa, y cuando llegó a la
puerta trasera tomó aliento y gritó:
-¡María, María,
prepara las valijas! ¡Nos vamos a Marte!
-¡Oh!
-¡Ah!
-¡No
puedo creerlo!
Los niños se apoyaban ya en un pie ya en otro.
Estaban en el patio atravesado por el viento, bajo el cohete
brillante, sin atreverse a tocarlo. Se echaron a llorar. María
miró a su marido. -¿Qué has hecho?-le dijo-. ¿Has gastado
en esto nuestro dinero? No volará nunca.
-Volará -dijo Bodoni,
mirando el cohete.
-Estas naves cuestan millones. ¿Tienes tú
millones?
-Volará -repitió Bodoni firmemente-. Vamos, ahora
volveos a casa, todos. Tengo que llamar por teléfono, hacer
algunos trabajos. ¡Salimos mañana! No se lo digáis a nadie,
¿eh? Es un secreto.
Los chicos, aturdidos, se alejaron del
cohete. Bodoni vio los rostros menudos y febriles en las
ventanas de la casa.
María no se había movido.
-Nos has arruinado -dijo-. Nuestro
dinero gastado en . . . en esta cosa. Cuando necesitabas tanto
esa maquinaria.
-Ya verás -dijo Bodoni.
María se alejó en silencio.
-Que Dios
me ayude -murmuró su marido, y se puso a trabajar. Hacia la
medianoche llegaron unos camiones, dejaron su carga, y Bodoni,
sonriendo, agotó su dinero. Asaltó la nave con sopletes y
trozos de metal; añadió, sacó, y volcó sobre el casco
artificios de fuego y secretos insultos. En el interior del
cohete, en el vacío cuarto de las máquinas, metió nueve
viejos motores de automóvil. Luego cerró herméticamente el
cuarto, para que nadie viese su trabajo. Al alba entró en la
cocina.
-María -dijo-, ya puedo desayunar.
La mujer no le
respondió.
A la caída de la tarde Bodoni llamó a los
niños.
-¡Estamos listos! ¡Vamos!
La casa estaba en silencio.
-Los he encerrado en el desván -dijo María.
-¿Qué quieres
decir? -le preguntó Bodoni.
-Te matarás en ese cohete -dijo la
mujer-. ¿Qué clase de cohete puedes comprar con dos mil dólares?
¡Uno que no sirve!
-Escúchame, María.
-Estallará en pedazos.
Además no eres un piloto.
-No importa, sé manejar este
cohete. Lo he preparado muy bien.
-Te has vuelto loco -dijo María.
-¿Dónde está la llave del desván?
-La tengo aquí.
Bodoni
extendió la mano.
-Dámela.
María se la dio.
-Los matarás.
-No, no.
-Sí, los matarás. Lo sé.
-¿No vienes conmigo?
-Me quedaré
aquí.
-Ya entenderás, vas a ver -dijo Bodoni, y se alejó
sonriendo. Abrió la puerta del desván-. Vamos, chicos. Seguid
a vuestro padre.
-¡Adiós, adiós, mamá!
María se quedó mirándolos
desde la ventana de la cocina, erguida y silenciosa. Ante la
puerta del cohete, Bodoni dijo: -Niños, vamos a faltar una
semana. Vosotros tenéis que volver al colegio, y yo a mi
trabajo.
Tomó las manos de todos los chicos, una a
una
-Oíd.
Este cohete es muy viejo y no volverá a volar. Y vosotros no
podréis repetir el viaje. Abrid bien los ojos.
-Sí, papá.
-Escuchad con atención. Oled los olores del cohete. Sentid.
Recordad. Así, al volver, podréis hablar de esto durante todas
vuestras vidas.
-Sí, papá.
La nave estaba en silencio, como un
reloj parado. La cámara de aire se cerró susurrando detrás de
Bodoni y sus hijos. Bodoni los envolvió a todos, como a menudas
momias, en las hamacas de caucho.
-¿Listos? -les preguntó.
-¡Listos!
-respondieron los niños.
-¡Allá vamos!
Bodoni movió diez
llaves. El cohete tronó y dio un salto. Los niños chillaron y
bailaron en sus hamacas.
-¡Ahí viene la Luna!
La Luna pasó
como un sueño. Los meteoros se deshicieron como fuegos de
artificio. El tiempo se deslizó como una serpentina de gas. Los
niños gritaban. Horas más tarde, liberados de sus hamacas,
espiaron por las ventanillas.
-¡Allí está la Tierra! ¡Allá
está Marte!
El cohete lanzaba rosados pétalos de fuego. Las
agujas horarias daban vueltas. A los niños se les cerraban los
ojos. Al fin se durmieron, como mariposas borrachas en los
capullos de sus hamacas de goma.
-Bueno -murmuró Bodoni, solo.
Salió de puntillas del cuarto de comando, y se detuvo largo
rato, lleno de temor, ante la puerta de la cámara de aire.
Apretó un botón. La puerta se abrió de par en par. Bodoni dio
un paso hacia adelante. ¿Hacia el vacío? ¿Hacia los mares de
tinta donde flotaban los meteoros y los gases ardientes? ¿Hacia
los años y kilómetros veloces, y las dimensiones infinitas?
No. Bodoni sonrió. Alrededor del tembloroso cohete se extendía
el depósito de chatarra. Oxidada, idéntica, allí estaba la
puerta del patio con su cadena y su candado. Allí estaban la
casita junto al agua, la iluminada ventana de la cocina, y el río
que fluía hacia el mismo mar. Y en el centro del patio,
elaborando un mágico sueño se alzaba el ronroneante y
tembloroso cohete. Se sacudía, rugía, agitando a los niños,
prisioneros en sus nidos como moscas en una tela de araña. María
lo miraba desde la ventana de la cocina. Bodoni la saludó con
un ademán, y sonrió. No pudo ver si ella lo saludaba. Un leve
saludo, quizá. Una débil sonrisa. Salía el sol. Bodoni entró
rápidamente en el cohete. Silencio. Todos dormidos. Bodoni
respiró aliviado. Se ató a una hamaca y cerró los ojos. Se
rezó a sí mismo. "Oh, no permitas que nada destruya esta
ilusión durante los próximos seis días. Haz que el espacio
vaya y venga, y que el rojo Marte se alce sobre el cohete, y
también las lunas de Marte, e impide que fallen los films de
colores. Haz que aparezcan las tres dimensiones, haz que nada se
estropee en las pantallas y los espejos ocultos que fabrican el
sueño. Haz que el tiempo pase sin un error." Bodoni
despertó. El rojo Marte flotaba cerca del cohete.
-¡Papá!
Los niños trataban de salir de las hamacas. Bodoni
miró y vio el rojo Marte. Estaba bien, no había ninguna falla.
Bodoni se sintió feliz. En el crepúsculo del séptimo día el
cohete dejó de temblar.
-Estamos en casa -dijo Bodoni.
Salieron del cohete y cruzaron el patio. La sangre les cantaba
en las venas. Les brillaban las caras.
-He preparado jamón y huevos para todos -dijo María desde la
puerta de la cocina.
-¡Mamá, mamá, tendrías que haber
venido, a ver, a ver Marte, y los meteoros, y todo!
-Sí -dijo
María. A la hora de acostarse, los niños se reunieron
alrededor de Bodoni.
-Queremos darte las gracias, papá.
-No es
nada.
-Siempre lo recordaremos, papá. No lo olvidaremos nunca.
Muy tarde, en medio de la noche, Bodoni abrió los ojos. Sintió
que su mujer, sentada a su lado, lo estaba mirando. Durante un
largo rato María no se movió, y al fin, de pronto, lo besó en
las mejillas y en la frente.
-¿Qué es esto? -gritó Bodoni.
-Eres el mejor padre del mundo -murmuró María.
-¿Por qué?
-Ahora veo -dijo la mujer-. Ahora comprendo.
-Acostada de
espaldas, con los ojos cerrados, tomó la mano de Bodoni-. ¿Fue
un viaje muy hermoso?
-Sí.
-Quizás -dijo María-, quizás
alguna noche puedas llevarme a hacer un viaje, un viaje corto,
¿no es cierto?
-Un viaje corto, quizá.
-Gracias -dijo María-.
Buenas noches.
-Buenas noches -dijo Fiorello
Bodoni.(*)
(*)
Fuente: Ray Bradbury, "El cohete", en El hombre
ilustrado, Barcelona, Ed. Minotauro.