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EL GATO
Por Héctor Murena
La mirada lectora de
Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo relumbró ante la ficción que
aquí los espera. Por eso, la incluyeron en su famosa Antología
de la literatura fantástica. Héctor Murena, un notable
ensayista argentino, autor de El pecado Original de América,
Homo atomicus, y las memorables obras La metáfora y lo
sagrado y El nombre secreto y otros ensayos; obras que,
en algunos de sus fulgores, hemos incluido en Temakel.
Murena expandió también su verbo en la palabra poética de El
escándalo y el Fuego, Relámpago de la duración, y El
demonio de la Armonía; en novelas como Las leyes de la Noche
y la La fatalidad de los Cuerpos; o en los cuentos de Primer
testamento.
En "El gato" Murena imagina un hombre siempre acompañado
misteriosamente por un gato. La repetida proximidad física entre el
humano y el animal en una habitación, libera un mágico proceso. El
resultado de esta experiencia extraña es una identificación entre
el hombre y su compañía felina. Queda al lector entrever el
posible simbolismo de esta integración. ¿El hombre deviene animal,
se hace gato? ¿O el sujeto
descubre que siempre fue animal disfrazado de racional humanidad?
El gato como incitación para el imaginar nos recuerda "El gato
negro" de Edgar Allan Poe, o "La orientación de los
gatos", de Julio Cortázar. El gato siempre nos acerca a lo
enigmático y divino como aconteció en el Antiguo Egipto o en La
Edad Media.
Algunas veces, el animal nos arrebata el suelo de nuestras certezas
racionales y nos obliga a flotar en el mar nebuloso de los instintos
y la naturaleza y cierta renacida fascinación por lo primitivo.
Esteban
Ierardo
EL
GATO
¿Cuánto tiempo lleva encerrado?
La mañana de mayo velada por la neblina en que había ocurrido
aquello le resultaba tan irreal como el día de su nacimiento,
ese echo acaso más cierto que ninguno, pero que sólo atinamos a recordar como una increíble idea. Cuando descubrió, de
improviso, el dominio secreto e impresionante que el otro ejercía sobre
ella, se decidió a hacerlo. Se dije que quizá iba obrar en nombre
de ella, para librarla de una seducción inútil y envilecedora. Sin
embargo, pensaba en sí mismo, seguía un camino iniciado mucho
antes. Y aquella mañana, al salir de esa casa, después que todo
hubo ocurrido, vio que el viento había expulsado la neblina, y, al
levantar la vista ante la claridad enceguecedora, observó en. el
cielo una nube negra que parecía una enorme araña huyendo por un campo
de nieve. Pero lo que nunca olvidaría era que a partir de ese
momento el gato del otro, ese gato del que su dueño se había
jactado de que jamás lo abandonaría, empezó a seguirlo, con
cierta indiferencia, con paciencia casi ante sus intentos iniciales
por ahuyentarlo, hasta que se convirtió en su sombra.
Encontró
es pensionsucha, no demasiado sucia ni incómoda, pues se preocupaba
por ello. El gato era grande y musculoso, de pelaje
gris, en partes de un blanco sucio. Causaba la sensación de un dios
viejo y degradado, pero que no ha perdido toda la fuerza para hacer
daño a los hombres; no les gustó, lo miraron con repugnancia
y temor, y, con la autorización de su accidental amo, lo echaron.
Al día siguiente, cuando regresó a su habitación, encontró al
gato instalado allí; sentado en el sillón, levantó apenas la
cabeza, lo miró y siguió dormitando. Lo echaron por segunda vez, y
volvió a meterse en la casa, en la pieza, sin que nadie supiera
cómo. Así ganó la partida, porque desde entonces la dueña de la
pensión y sus acólitos renunciaron a la lucha.
¿Se concibe que
un gato influya sobre la vida de un hombre, que consiga
modificarla?
Al
principio él salía mucho; los largos hábitos de una vida regalada
hacían que aquella habitación, con su lamparita de luz amarillenta
y débil, que dejaba en la sombra muchos rincones, con sus muebles
sorprendentemente feos y desvencijados
si se los miraba bien, con las paredes cubiertas por un papel
listeado de colores billones, le resultaba poco tolerable. Salía y
volvía más inquieto; andaba por las calles, andaba, esperando que
el mundo le devolviera una paz ya prohibida. El gato no salía nunca.
Una tarde que él estaba apurado por cambiarse y presenció desde la puerta cómo limpiaba
la habitación la sirvienta, comprobó
que ni siquiera en ese momento dejaba la pieza a medida que la mujer
avanzaba con su trapo y su plumero, se iba desplazando hasta que se
instalaba en un lugar definitivamente limpio; raras veces había
descuidos, y entonces la sirvienta soltaba un chistido suave, de
advertencia, no de amenaza, y el animal se movía. ¿Se resistía a
salir por miedo de que aprovecharan la ocasión para echarlo de nuevo
o era un simple reflejo de su instinto de comodidad? Fuera lo que
fuese, él decidió imitarlo, aunque para forjarse una especie de
sabiduría con lo que en el animal era miedo o molicie.
En su plan
figuraba privarse primero de las salidas matutinas y luego también
de las de la tarde; y, pese a que al principio le costó ciertos
accesos de sorda nerviosidad habituarse a los encierros, logró
cumplirlo. Leía un librito de tapas negras que había llevado en el
bolsillo; pero también se paseaba durante horas por la pieza,
esperando la noche, la salida. El gato apenas si lo miraba; al
parecer tenía suficiente con dormir, comer y lamerse con su rápida
lengua. Una noche muy fría, sin embargo, le dio pereza vestirse y
no salió; se durmió en seguida. Y a partir de ese momento todo le
resultó sumamente fácil, como si hubiese llegado a una cumbre desde la que
no tenía más que descender. Las persianas de su cuarto sólo se
abrieron para recibir la comida; su boca, casi únicamente para
comer. La barba le creció, y al cabo puso también fin a las
caminatas por la habitación.
Tirado
por lo común en la cama, mucho más gordo, entró en un período de
singular beatitud. Tenía la vista casi siempre fija en las polvorientas
rosetas de yeso que ornaban el cielo raso, pero no las distinguía, porque su necesidad de
ver quedaba satisfecha con los cotidianos diez minutos de observación
de las
tapas del libro. Como si se hubieran despertado en él nuevas
facultades, los reflejos de la luz amarillenta de la bombita sobre esas
tapas negras le hacían sombras tan complejas, matices tan sutiles
que ese solo objeto real bastaba para saturarlo, para sumirlo en una especie
de hipnotismo. También su olfato debía hacer crecidos, pues los más
leves olores se levantaban como grandes fantasmas y lo envolvían, lo
hacían imaginar vastos bosques violáceos, el sonido de las olas contra
las rocas. Sin saber por qué comenzó a poder contemplar
agradables imágenes: la luz de la lamparita -eternamente encendida-
menguaba hasta desvanecerse, y, flotando en los aires, aparecían
mujeres cubiertas por largas vestimentas, de rostro color sangre o verde
pálido, caballos de piel intensamente celeste...
El gato, entretanto,
seguía tranquilo en su sillón.
Un día oyó frente a su puerta
voces de mujeres. Aunque se esforzó,
no pudo entender qué decían, pero los tonos le bastaron. Fue como si tuviera una enorme barriga fofa y le
clavaran en ella un palo, y
sintiera el estímulo, pero tan remoto, pese a ser sumamente intenso,
que comprendiese que iba a tardar muchas horas antes de poder
reaccionar. Porque una de las voces correspondía a la dueña de la
pensión, pero la otra era la de ella, que finalmente debía haberlo
descubierto.
Se
sentó en la cama. Deseaba hacer algo, y no podía.
Observó al gato: también él se había incorporado y miraba hacia la
persiana, pero estaba muy sereno. Eso aumentó su sensación de impotencia.
Le
latía el cuerpo entero, y las voces no paraban. Quería hacer
algo. De pronto sintió en la cabeza una tensión tal que parecía
que cuando cesara él iba a deshacerse, a disolverse.
Entonces
abrió la boca, permaneció un instante sin saber qué buscaba con ese movimiento, y al fin maulló,
agudamente, con infinita
desesperación, maulló. (*)
(*)
Fuente: Héctor Murena, "El gato", en la
Antología de la literatura fantástica, compilada por Jorge Luis
Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, Editorial Sudamericana, pp.
301-304.
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