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EN LA
CRIPTA
Por Howard Phillips Lovecraft
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Howard Phillips
Lovecraft |
En este nuevo
momento de Grandes relatos fantásticos de Temakel
le presentamos "En la cripta", uno de los máximos
cuentos de Howard Phillips
Lovecraft, "el soñador de Providence". El
mencionado relato está precedido
por una reseña biográfica del
creador de la saga mítica de Los Mitos de
Cthulhu;
obra ésta donde se menciona el enigmático libro el Necronomicón.
En Temakel podrán encontrar una introducción a la historia y
posible significado de este misterioso libro mágico nacido,
acaso, de la prolífica y terrorífica imaginación de Lovecraf.
Ver en
El
necronomicón.
Un tratado de horror cósmico
BIOGRAFÍA
DE H.P.LOVERCRAFT
Howard Phillips Lovecraft, autor de relatos y novelas fantásticas, es uno de los maestros clásicos del cuento de terror del siglo XX. Como el filósofo alemán Immanuel
Kant, viajó por todo el mundo sin abandonar su ciudad natal, Providence
(Rhode Island, EE.UU.) donde nació el 20 de agosto de 1890. En su Introducción a la literatura norteamericana Jorge Luis Borges -que en 1975 dedicó a su memoria uno de sus cuentos: There Are More
Things- nos dice que Lovecraft, «muy sensible y de salud delicada, fue educado por su madre viuda y sus tías. Gustaba, como
Hawthorne, de la soledad, y aunque trabajaba de día, lo hacía con las persianas bajas.» Se crió sobreprotegido, siempre solitario, entre personas mayores y cuando jugaba con otros niños, gustaba de teatralizar escenas mitológicas, aburriendo a sus compañeros. En ese momento corría a refugiarse en la gran biblioteca de su abuelo, una gran colección de libros, la mayoría del siglo XVIII, cuyo estilo en prosa inglesa imitaba a la perfección. Ahí asimiló historia, literatura, ciencia, y en especial astronomía, a la que era gran aficionado. Vivió una segunda vida en sus sueños, al punto que la mitad de su obra está regada con transcripciones de sus mundos oníricos, hecho que le valió el mote de «el soñador de Providence».
El principal vehículo de difusión de los relatos fantásticos de Lovecraft fue la revista Weird Tales, fundada en 1923, folletín con tapas sensacionalistas y una abirragada mezcla de géneros literarios, precursora de innumerables publicaciones posteriores de los aficionados a la ciencia ficción, género que crecería en popularidad y circulación en la posguerra, desplazando al género fantástico. Lovecraft se ganaba la vida como corrector de estilo y
ghostwriter, tareas que redujeron la dedicación a su propia obra, si bien en sus colaboraciones (donde a veces ni figuraba como coautor) intercaló gran parte de su propia mitología. La justicia que otorga el tiempo hace que hoy leamos los nombres de sus clientes sólo porque figura HPL como colaborador.
Esta situación, sumada al hecho de que la mayor parte de sus escritos se publicaron en revistas populares junto con la ausencia de traducciones, provocó un desconocimiento por parte de la crítica especializada sobre la obra
lovecraftiana. Cuando sus obras se publican en libro en la década del '70, comienzan las traducciones en francés y español, y crece su popularidad en la literatura europea y mundial (como había pasado con
Poe, rescatado para el orbe por su traductor Charles Baudelaire). En Francia la revista Planète publica Hypnos y la prestigiosa L'Herne le dedica un número completo, mientras que en Argentina y España aparecen las primeras traducciones al español.
Pero Lovecraft, casi ignorado en vida, cuando muere en 1937 era célebre sólo en un reducido grupo de amantes de los relatos fantásticos. Su fama póstuma se debe principalmente a August Derleth (1909-1971), de Sauk City
(Wisconsin, USA), amanuense, admirador y corresponsal suyo desde 1925. Derleth es uno de los autores más prolíficos de este siglo, con casi 150 libros y miles de contribuciones a revistas y periódicos de todo el mundo. Realizó una fructífera acción en el campo de la literatura fantástica, divulgando no sólo a su maestro sino presentando las obras de Ray
Brabdury, Robert Bloch, etc., y rescatando del olvido a autores como Sheridan Le
Fanu, Arthur Machen, o Algernon Blackwood. Al morir Lovecraft, Derleth fundó una editorial con el nombre de una de sus ciudades imaginarias:
"Arkham House", en la que publicó en forma de libro su obra (que incluye poesía y ensayos), dispersa hasta entonces en antologías, revistas de tipo pulp fiction (llamadas así porque estaban impresas en papel de pulpa, el más barato), una voluminosa correspondencia y numerosos manuscritos con proyectos de relatos, borradores y apuntes.
La obra de Lovecraft contiene numerosos cuentos cortos, cuya primer época está dominada por el influjo de Edgar Allan
Poe, a quien admiraba. Más tarde incorporará nuevos elementos procedentes de los ingleses Arthur Machen, Lord Dunsany y William Hope Hodgson logrando un nuevo estilo de relatos en los que predominan una precisa descripción local de Nueva Inglaterra (la costa nordeste de Estados Unidos) y la aparición de una mitología pletórica de razas prehumanas, conocidas con el nombre de los «mitos de Cthulhu». Todos estos nuevos dioses protagonizan la mayor parte de los relatos intervieniendo en los designios humanos. Este corpus mitológico agrupa una serie de trece relatos interconectados, escritos en un lapso de 14 años, desde 1921 a 1935.
La Enciclopedia Británica define el tema de los Mitos de Cthulhu como «la dislocación del tiempo y del espacio, que incluye seres horrorosos de origen
extraterrestre.» Refiriéndose a sus mitos, dijo Lovecraft: «Todos mis relatos, por muy distintos que sean entre sí, se basan en la idea central de que antaño nuestro mundo fue poblado por otras razas que, por practicar la magia negra, perdieron sus conquistas y fueron expulsadas, pero viven aún en el Exterior, dispuestas en todo momento a volver a apoderarse de la Tierra.» Encontramos así en sus relatos a estos seres de eras pretéricas que suelen morar en cuerpos humanos para estudiar el universo conocido con el objetivo de recuperar su dominio y poder sobre los elementos; o vemos en otros relatos personas de nuestra época cuyas almas son captadas por estos seres y de este modo exploran, durante el sueño, mundos lejanos en el tiempo y en el espacio donde acechan las entidades primordiales aguardando el momento de recuperar su reino perdido.
Todos estos relatos tienen un protagonista de costumbres solitarias y aficiones cultas, muchos de ellos estudiantes de arqueología, profesores universitarios, o simplemente parientes de alguien que les deja entre su heredad pistas de los dioses Primordiales, y se ven así involucrados en extraños sucesos. En estos momentos el protagonista suele emprender un viaje y entonces Lovecraft despliega todo su arsenal escenográfico de atrayentes climas descriptivos y ajustada ambientación, con los que logra efectos opresivos, como en el cuento La ciudad sin nombre (1921), que relata las peripecias de un explorador en el cambiante desierto árabe, o en La sombra más allá del tiempo (1934), donde un profesor universitario comienza a sufrir lapsos temporales y permanece atrapado en lugares y épocas ajenas a la vida humana. Esta obra, junto con la novela El caso de Charles Dexter Ward (1927), donde retoma el tema del doble, están consideradas como lo mejor de su producción. Con respecto al realismo de sus cuentos, la Enciclopedia Británica señala que «sus conocimientos de Historia y Geografía y su interpolación de una mitología elaborada han otorgado a sus escritos una verosimilitud inesperada en la literatura fantástica.»
Como Mark Twain y Wiliam Faulkner con sus relatos costumbristas, creó ciudades imaginarias en su amada Nueva Inglaterra: Arkham es una transfiguración de Salem (Massachussets), y Dunwich de Hamden
(Connetticut); pero otras aventuras tienen como escenario la Antártida, como en el relato En las montañas de la locura (1931), donde retoma elementos de La Narración de Arthur Gordon Pym de su admirado Edgar Allan
Poe, mientras que en otros casos nos lleva hasta Aldebarán o la mítica
Kadath. En estos escenarios sus atribulados personajes deambulan indagando sobre los orígenes de tenebrosos sucesos, huyendo aterrorizados por la aparición de los dioses primordiales que perturban nuestro continuum espacio-temporal de tres dimensiones.
Pero todo dios que se precie posee su libro sagrado, y no podía faltar la Biblia del terrible Cthulhu: se trata del famoso tratado de magia negra y conjuros portentosos denominado Necronomicon, escrito por el poeta árabe Abdul Alhazred en el año 700 en Damasco, que llegó a Occidente por medio de traducciones al griego y latín (se cree que el misterioso Dr. John Dee realizó una traducción al inglés) . Este libro es terriblemente peligroso -se afirma que leerlo produce insania-, y se lo mantiene bajo llave en muy pocas bibliotecas como las del Vaticano, el British Museum, o en la de la Universidad de Buenos Aires. Todos los adoradores de Cthulhu suelen atravesar ominosas peripecias para llegar a obtener la información necesaria de este arcano maldito, que contiene las claves para permitir el regreso triunfal y apocalíptico de Cthulhu y sus huestes, que acechan en las fronteras espacio-temporales aguardando que sus temibles y degenerados sectarios abran las puertas dimensionales mediante extrañas invocaciones mágicas y sacrificios.
Con sus nuevos dioses y sus temibles sectarios Lovecraft creó un mundo imaginario en las grietas del racional y ordenado siglo XX, pero dejó las puertas abiertas en sus ficciones y hoy ciertas sectas empalidecen sus más terribles alucinaciones. Si algunos neo-budistas fabrican bombas atómicas con la esperanza de borrar la raza humana de la tierra y lograr así la paz final en el planeta, el caos que surge del orden vaticinado por el «soñador de Providence» en sus obras quizás no sea tan fantástico.
Lovecraft abandonó este mundo hace cincuenta y ocho años en la misma ciudad que contemplara su nacimiento, dejándonos un virtuoso legado: sus hermosos y alucinantes relatos, que para los lectores auténticamente imaginativos son símbolos y signos que abren hermosos reservorios de recuerdos atávicos, de manera que podemos considerarlo no sólo como escritor, sino como un poeta que hace de cada lector un soñador.
(*)
(*)
Fuente:
Página angelfire.com
EN LA CRIPTA
Nada más absurdo, a mi juicio, que esa tópica asociación
entre lo hogareño y lo saludable que parece impregnar la psicología
de la multitud. Mencione usted un bucólico paraje yanqui, un
grueso y chapucero enterrador de pueblo y un descuidado
contratiempo con una tumba, y ningún lector esperará otra cosa
que un relato cómico, divertido pero grotesco. Dios sabe, empero,
que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite
contar tiene, en sí misma, ciertos elementos que hacen que la más
oscura de las comedias resulte luminosa. Birch quedó impedido y
cambió de negocio en 1881, aunque nunca comentaba el asunto si es
que podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor
Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su
dolencia y daños fueron resultado de un desafortunado resbalón
por el que Birch quedó encerrado durante nueve horas en el
mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante
toscos y destructivos métodos. Pero mientras que esto es una
verdad de la que nadie duda, había otros y más negros aspectos
sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de
borracho, cerca de su final. Se confió a mí porque yo era médico,
y porque probablemente sentía la necesidad de hablar con alguien
después de la muerte de Davis. Era soltero y carecía
completamente de parientes.
Birch,
antes de 1881, era el enterrador municipal de Peck Valley, siendo
un rústico y primitivo, incluso para como puede ser ese tipo de
gente. Lo que he oído sobre sus métodos resulta increíble, al
menos para una ciudad, e incluso Peck Valley se había estremecido
de haber conocido la dudosa ética de sus artes mortuorias en
materias tan escabrosas como el apropiarse de los forros,
invisibles bajo la tapa del ataúd, o el grado de dignidad que
daba al disponer y adaptar los miembros no visibles de sus
inquilinos sin vida a unos recipientes no siempre calculados con
exactitud precisa. Más concretamente, Birch era dejado,
insensible y profesionalmente indeseable, aunque no creo que fuera
mala persona. Era, sencillamente, tosco de temperamento y profesión...
bruto, descuidado y borracho, y así lo probaba su fácil
tendencia a los accidentes, así como su carencia de esos mínimos
de imaginación que mantiene el ciudadano medio dentro de ciertos
límites fijados por el buen gusto.
No
sabría decir cuándo comienza la historia de Birch, ya que no soy
un relator avezado. Supongo que puede empezar en el frío
Diciembre de 1880, cuando el terreno se heló y los sepultureros
descubrieron que no podían cavar más tumbas hasta la primavera.
Afortunadamente, el pueblo era pequeño y las muertes bastante
escasas, por lo que fue imposible dar a todas las cargas
inanimadas de Birch un paraíso temporal en el simple y anticuado
mortuorio. El enterrador se volvió doblemente perezoso con aquel
tiempo amargo y pareció sobrepasarse a sí mismo en descuido.
Nunca había colocado juntos tantos ataúdes flojos y
contrahechos, o abandonado más flagrantemente el cuidado del
oxidado cerrojo de la puerta del mortuorio, que abría y cerraba a
portazos, con el más negligente abandono.
Al fin
llegó el deshielo de primavera y las tumbas fueron laboriosamente
habilitadas para los nueve silenciosos frutos del espantoso
cosechero que les aguardaba en la tumba. Birch, aun temiendo el
fastidio de remover y enterrar, comenzó a trasladarlos una
desagradable mañana de abril, pero se detuvo, tras depositar a un
mortal inquilino en su eterno descanso, por culpa de una tremenda
lluvia que pareció irritar a su caballo. El cadáver era el de
Darius Park, el nonagenario, cuya tumba no estaba lejos del
mortuorio. Birch decidió que, el día siguiente, empezaría con
el viejo Matthew Fenner, cuya tumba también se encontraba cerca;
pero la verdad es que pospuso el asunto por tres días, no
volviendo al trabajo hasta el día 15, Viernes Santo. No siendo
supersticioso, no se fijó en la fecha, aunque tras lo que pasó
se negó siempre a hacer algo de importancia en ese fatídico
sexto día de la semana. Desde luego, los sucesos de aquella noche
cambiaron enormemente a George Birch.
La
tarde del 15 de abril, viernes, Birch se dirigió a la tumba con
caballo y carro, dispuesto a trasladar el cuerpo de Matthew Fenner.
Él admite que en aquellos momentos no estaba del todo sobrio,
aunque entonces no se daba tan plenamente a la bebida como haría
más tarde, tratando de olvidar ciertas cosas. Se encontraba sólo
lo bastante mareado y descuidado como para fastidiar a su sensible
caballo, sofrenándolo junto al mortuorio, por lo que éste
relinchó y piafó y se agitó, tal como lo hiciera la ocasión
anterior, cuando le molestó la lluvia. El día era claro, pero se
había levantado un fuerte viento, y Birch se alegró de contar
con refugio mientras corría el cerrojo de hierro y entraba en el
vestíbulo de la cripta. Otro no podría haber soportado la húmeda
y olorosa estancia, con los ocho ataúdes descuidadamente
colocados, pero Birch, en aquellos días, era insensible y sólo
cuidaba de poner el ataúd correcto en la tumba correspondiente.
No había olvidado las críticas suscitadas por los parientes de
Hannah Bixby cuando, deseando transportar el cuerpo de ésta al
cementerio de la ciudad a la que se habían mudado, encontraron en
la caja al juez Capwell bajo su lápida.
La luz era tenue, pero la vista de Birch era buena y no cogió por
error el ataúd de Asaph Sawyer, a pesar de que era muy similar.
De hecho, había fabricado aquella caja para Matthew Fenner, pero
la dejó a un lado, por ser demasiado tosca y endeble, en un rapto
de curioso sentimentalismo provocado por el recuerdo de cuán
amable y generoso fue con él el pequeño anciano durante su
bancarrota, cinco años antes. Había dado al viejo Matt lo mejor
que su habilidad podía crear, pero era lo bastante ahorrativo
como para guardarse el ejemplar desechado y usarlo cuando Asaph
Sawyer murió de fiebres malignas. Sawyer no era un hombre amable
y se contaban muchas historias sobre su casi inhumano temperamento
vengativo y su tenaz memoria para ofensas reales o fingidas. Con
él, Birch no sintió remordimientos cuando le asignó el
destartalado ataúd que ahora apartaba de su camino, buscando la
caja de Fenner.
Fue
justo al reconocer el ataúd del viejo Matt cuando la puerta se
cerró de un portazo, empujada por el viento, dejándolo en una
penumbra aún más profunda que la de antes. El angosto tragaluz
admitía sólo el paso de los más débiles rayos, y el
ventiladero sobre su cabeza virtualmente ninguna, así que se vió
obligado a un profano palpar mientras hacía un trastabilleante
camino entre las cajas, rumbo al pestillo. En esa penumbra fúnebre
agitó el mohoso pomo, empujó las planchas de hierro y se preguntó
porqué el enorme portón se había vuelto repentinamente tan
recalcitrante. En ese crepúsculo, además, comenzó a comprender
la verdad y gritó en voz alta, mientras su caballo, fuera, no
pudo más que darle una réplica, aunque poco amistosa. Porque el
pestillo tanto tiempo descuidado se había roto sin duda, dejando
al descuidado enterrador atrapado en la cripta, víctima de su
propia desidia.
Aquello
debió suceder sobre las tres y media de la tarde. Birch, siendo
de temperamento flemático y práctico, no gritó durante mucho
tiempo, sino que procedió a buscar algunas herramientas que
recordaba haber visto en una esquina de la sala. Es dudoso que
sintiera todo el horror y lo horripilante de su posición, pero el
solo hecho de verse atrapado tan lejos de los caminos transitados
por los hombres era suficiente para exasperarlo por completo. Su
trabajo diurno se había visto tristemente interrumpido, y a no
ser que la suerte llevase en aquellos momentos a algún caminante
hasta las cercanías, debería quedarse allí toda la noche o más
tarde. Pronto apareció el montón de herramientas y,
seleccionando martillo y cincel, Birch regresó, entre los ataúdes,
a la puerta. El aire había comenzado a ser excesivamente malsano,
pero no prestó atención a este detalle mientras se afanaba,
medio a tientas, contra el pesado y corroído metal del pestillo.
Hubiera dado lo que fuera por tener una linterna o un cabo de
vela, pero, careciendo de ambos, chapuceaba como podía, medio a
ciegas.
Cuando
se cercionó de que el pestillo estaba bloqueado sin remisión, al
menos para herramientas tan rudimentarias y bajo tales condiciones
tenebrosas de luz, Birch buscó alrededor otras cosas de escapar.
La cripta había sido excavada en una ladera, por lo que el
angosto túnel de ventilación del techo corría a través de
algunos metros de tierra, haciendo que esta dirección fuera inútil
de considerar. Sobre la puerta, no obstante, el tragaluz alto y en
forma de hendidura, situado en la fachada de ladrillo, dejaba
pensar en que podría ser ensanchado por un trabajador diligente,
de ahí que sus ojos se demoraran largo rato sobre él mientras se
estrujaba el cerebro buscando métodos de escapatoria. No había
nada parecido a una escalera en aquella tumba, y los nichos para
ataúdes situados a los lados y el fondo -que Birch apenas se
molestaba en utilizar- no permitían trepar hasta encima de la
puerta. Sólo los mismos ataúdes quedaban como potenciales peldaños,
y, mientras consideraba aquello, especuló sobre la mejor forma de
colocarlos. Tres ataúdes de altura, supuso, permitirían alcanzar
el tragaluz, pero lo haría mejor con cuatro, lo más estable
posible. Mientras lo planeaba, no pudo por menos que desear que
las unidades de su planeada escalera hubieran sido hechas con
firmeza. Que hubiera tenido la suficiente imaginación como para
desear que estuvieran vacías, ya resultaba más dudosa.
Finalmente,
decidió colocar una base de tres, paralelos al muro, para colocar
sobre ellos dos pisos de dos y, encima de éstos, uno solo que
serviría de plataforma. Tal estructura permitiría el ascenso con
un mínimo de problemas y daría la deseada altura. Aún mejor,
pensó, podría utilizar sólo dos cajas de base para soportar
todo, dejando uno libre, que podría ser colocado en lo alto
encaso de que tal forma de escape necesitase aún mayor altitud.
Y, de esta forma el prisionero se esforzó en aquel crepúsculo,
desplazando los inertes restos de mortalidad sin la menor
ceremonia, mientras su Torre de Babel en miniatura iba ascendiendo
piso a piso. Algunos de los ataúdes comenzaros a rajarse bajo el
esfuerzo del ascenso, y él decidió dejar el sólidamente construido
ataúd del pequeño Matthew Fenner para la cúspide, de forma que
sus pies tuvieran una superficie tan sólida, como fuera posible.
En la escasa luz había que confiar ante todo en el tacto para
seleccionar la caja adecuada y, de hecho, la encontró por
accidente, ya que llegó a sus manos como a través de alguna
extraña volición, después de que la hubiera colocado
inadvertidamente junto a otra en el tercer piso.
Al cabo, la torre estuvo acabada, y sus fatigados brazos
descansaron un rato, durante el que se sentó en el último peldaño
de su espantable artefacto; luego , Birch ascendió cautelosamente
con sus herramientas y se detuvo frente al angosto tragaluz. Los
bordes eran totalmente de ladrillo y había pocas dudas de que,
con unos pocos golpes de cincel, se abriría lo bastante como para
permitir el paso de su cuerpo. Mientras comenzaba a golpear con el
martillo, el caballo, fuera, relinchaba en un tono que podría
haber sido tanto de aliento como de burla. Cualquiera de los dos
supuestos hubiera sido apropiado, ya que la inesperada tenacidad
de la albañilería, fácil a simple vista, resultaba sin duda
sardónicamente ilustrativa de la vanidad de los anhelos de los
mortales, aparte de motivo de una tarea cuya ejecución necesitaba
cada estímulo posible.
Llegó
el anochecer y encontró a Birch aún pugnando. Trabajaba ahora
sobre todo el tacto, ya que nuevas nubes cubrieron la luna y,
aunque los progresos eran todavía lentos, se sentía
envalentonado por sus avances en lo alto y lo bajo de la abertura.
Estaba seguro se que podría tenerlo listo a medianoche... aunque
era una característica suya el que esto no contuviera para él
implicaciones temibles. Ajeno a opresivas reflexiones sobre la
hora, el lugar y la compañía que tenía bajo sus pies,
despedazaba filosóficamente el muro de piedra, maldiciendo cuando
le alcanzaba un fragmento en el rostro, y riéndose cuando alguno
daba en el cada vez más excitado caballo que piafaba cerca del
ciprés. Al final, el agujero fue lo bastante grande como para
intentar pasar el cuerpo por él, agitándose hasta que los ataúdes
se mecieron y crujieron bajo sus pies. Descubrió que no
necesitaba apilar otro para conseguir la altura adecuada, ya que
el agujero se encontraba exactamente en el nivel apropiado, siendo
posible usarlo tan pronto como el tamaño así lo permitiera.
Debía
ser ya la medianoche cuando Birch decidió que podía atravesar el
tragaluz. Cansado y sudando, a pesar de los muchos descansos, bajó
al suelo y se sentó un momento en la caja del fondo a tomar
fuerzas para esfuerzo final de arrastrarse y saltar al exterior.
El hambriento caballo estaba relinchando repetidamente y de forma
casi extraña, y él deseó vagamente que parara. Se sentía
curiosamente desazonado por su inminente escapatoria y casi
espantado de intentarlo, ya que su físico tenía la indolente
corpulencia de la temprana media edad. Mientras ascendía por los
astillados ataúdes sintió con intensidad su peso, especialmente
cuando, tras llegar al de más arriba, escuchó ese agravado
crujir que presagiaba la fractura total de la madera. Al parecer,
había planificado en vano elegir el más sólido de los ataúdes
para la plataforma, ya que, apenas apoyó todo su peso de nuevo
sobre esa pútrida tapa, ésta cedió, hundiéndole medio metro
sobre algo que no quería ni imaginar. Enloquecido por el sonido,
o por el hedor que se expandió al aire libre, el caballo lanzó
un alarido que era demasiado frenético para un relincho, y se
lanzó enloquecido a través de la noche, con la carreta
traqueteando enloquecidamente a su zaga.
Birch,
en esa espantosa situación, se encontraba ahora demasiado abajo
para un fácil ascenso hacia el agrandado tragaluz, pero acumuló
energías para un intento concreto. Asiendo los bordes de la
abertura, tratando de auparse cuando notó un extraño impedimento
en forma de una especie de tirón en sus dos tobillos. Enseguida
sintió miedo por primera vez en la noche, ya que, aunque pugnaba,
no conseguía librarse del desconocido agarrón que hacía presa
de sus tobillos en entorpecedora cautividad. Horribles dolores,
como de salvajes heridas, le laceraron las pantorrillas, y en su
mente se produjo un remolino de espanto mezclado con un inamovible
materialismo que sugería astillas, clavos sueltos y similares,
propios de una caja rota de madera. Quizás gritó. Y en todo
momento pateaba y se debatía frenética y casi automáticamente
mientras su conciencia casi se eclipsaba en un medio desmayo.
El
instinto guió su deslizamiento a través del tragaluz, y, en el
arrastrar que siguió, cayó con un golpetazo sobre el húmedo
terreno. No podía caminar, al parecer, y la emergente luna debió
presenciar una horrible visión mientras él arrastraba sus
sangrantes tobillos hacia la portería del cementerio; los dedos
hundiéndose en el negro mantillo, apresurándose sin pensar, y el
cuerpo respondiendo con una enloquecedora lentitud que se sufre
cuando uno es perseguido por los fantasmas de la pesadilla. No
obstante, era evidente que no había perseguidor alguno, ya que se
encontraba solo y vivo cuando Armington, el guarda respondió a
sus débiles arañazos en la puerta.
Armington
ayudó a Birch a llegar a una cama disponible y envió a su hijo
pequeño, Edwin, a buscar al doctor Davis. El herido estaba
plenamente consciente, pero no pudo decir nada coherente, sino
simplemente musitar: "¡Ah, mis tobillos!" "Déjame",
o "Encerrado en la tumba". Luego llegó el doctor con su
maletín, hizo algunas preguntas escuetas y quitó al paciente la
ropa, los zapatos y los calcetines. Las heridas, ya que ambos
tobillos estaban espantosamente lacerados en torno a los tendones
de Aquiles, parecieron desconcertar sobremanera al viejo médico
y, por último, casi espantarlo. Su interrogatorio se hizo más
que médicamente tenso, y sus manos temblaban al curar los
miembros lacerados, vendándolos como si desease perder de vista
las heridas lo antes posible.
Siendo,
como era Davis, un doctor frío e impersonal, el ominoso y
espantoso interrogatorio resultó de lo más extraño, intentando
arrancar al fatigado enterrador cada mínimo detalle de su
horrible experiencia. Se encontraba tremendamente ansioso de saber
si Birch estaba seguro -absolutamente seguro- de que era el ataúd
de Fenner en la penumbra, y de cómo había distinguido éste del
duplicado de inferior calidad del ruin de Asaph Sawyer. ¿Podría
la sólida caja de Fenner ceder tan fácilmente? Davis, un
profesional con larga experiencia en el pueblo, había estado en
ambos funerales, aparte de haber atendido a Fenner como a Sawyer
en su última enfermedad. Incluso se había preguntado, en el
funeral de éste último, cómo el vengativo granjero podría
caber en una caja tan acorde al diminuto Fenner.
Davis
se fue el cabo de dos horas largas, urgiendo a Birch a insistir en
todo momento que sus heridas eran producto enteramente de clavos
sueltos y madera astillada. ¿Qué más, añadió, podría
probarse o creerse en cualquier caso? Pero haría bien en decir
tan poco como pudiera y en no dejar que otro médico tratase sus
heridas. Birch tuvo en cuenta tal recomendación el resto de su
vida, hasta que me contó la historia, y cuando vi las cicatrices
-antiguas y desvaídas como eran- convine en que había obrado
juiciosamente. Quedó cojo para siempre, porque los grandes
tendones fueron dañados, pero creo que mayor fue la cojera de su
espíritu. Su forma de pensar, otrora flemática y lógica, estaba
indeleblemente afectada y resultaba penoso notar su respuesta a
ciertas alusiones fortuitas como "viernes",
"tumba", "ataúd", y palabras de menos obvia
relación. Su espantado caballo había vuelto a casa, pero su
ingenio nunca lo hizo. Cambió de negocio, pero siempre anduvo
recomido por algo. Podía ser sólo miedo, o miedo mezclado con
una extraña y tardía clase de remordimiento por antiguas
atrocidades cometidas. La bebida, claro, sólo agravó lo que
trataba de aliviar.
Cuando el doctor Davis dejó a Birch esa noche, tomó una linterna
y fue al viejo mortuorio. La luna brillaba en los dispersos trozos
de ladrillo y en la roída fachada, así como en el picaporte de
la gran puerta, lista para abrirse con un toque desde el exterior.
Fortificado por antiguas ordalías en salas de dirección, el
doctor entró y miró alrededor, conteniendo la náusea corporal y
espiritual ante todo lo que tenía ante la vista y el olfato. Gritó
una vez, y luego lanzó un boqueo que era más terrible que
cualquier grito. Después huyó a la casa y rompió las reglas de
su profesión alzando y sacudiendo a su paciente, lanzándole una
serie de estremecedores susurros que punzaron en sus oídos como
el siseo del vitriolo.
-¡Era
el ataúd de Asaph, Birch, tal como pensaba! Conozco sus dientes,
con esa falta de incisivos superiores... ¡Nunca, por dios,
muestre esas heridas! El cuerpo estaba bastante corrompido, pero
si alguna vez he visto un rostro vengativo... o lo que fue un
rostro... ya sabe que era como un demonio vengativo... cómo
arruinó al viejo Raymond treinta años después de su pleito de
lindes, y cómo pateo al perrillo que quizo morderle el agosto
pasado... era el demonio encarnado, Birch, y creo que su afán de
revancha puede vencer a la misma Madre Muerte. ¡Dios mío, qué
rabia! ¡No quiero ni pensar en que se hubiera fijado en mí!
-"¿Por
qué lo hizo, Birch? Era un canalla, y no lo reprocho que le diera
un ataúd de segunda, ¡pero fue demasiado lejos! Bastante tenía
con apretujarlo de alguna manera ahí, pero usted sabía cuán
pequeño de cuerpo era el viejo Fenner.
-"Nunca
podré borrar esa imagen de mis ojos mientras viva. Usted debió
de patalear fuerte, porque el ataúd de Asaph estaba en el suelo.
Su cabeza se había roto, y todo estaba desparramado. Mira que he
visto cosas, pero eso era demasiado. ¡Ojo por ojo! Cielos, Birch,
usted se lo buscó. La calavera me revolvió el estómago, pero lo
otro era peor... ¡Esos tobillos aserrados para hacerle caber en
el ataúd desechado de Matt Fenner! (*)
(*) Título
original: In The Vault (18 de septiembre de 1925). Primera
publicación: The Tryou , noviembre de 1925. El manuscrito
original se encuentra en la John Library de la Brown University.
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