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EL
CAPOTE
Por
Nicolai V. Gógol
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Nicolai
Vasilievich Gógol (1809-1852), retrato de T.Hipak. |
Presentación:
Una cierta luz en el fin del mundo, por
Elena Bisso
El
capote
Una
cierta luz en el fin del mundo.
Yo
estoy destinado por los poderes misteriosos
a
caminar mano a mano con sus extraños héroes,
viendo
la vida en toda su inmensidad
cuando
pasa a mi lado...
(Almas
muertas)
Podemos
preguntarnos hoy, como un problema del campo de la teoría
literaria, acerca del uso del canon. Y también leer cuentos
célebres para disfrutar de aquello que contamos como herencia.
Dostoievski dijo "Todos salimos del capote de Gogol" y
esta puede ser hoy una invitación a leer un cuento magnífico.
Cuenta
una época y a un personaje totalmente logrados. Es una narración
de una gran humanidad y de una profunda ternura, vigente hoy para
nuestra situación social, tan crítica como piadosamente
humorística.
En
una postal poética del cuento, podríamos encontrar el destino del
personaje: "Akakiy Akakievich se acercaba a un punto donde
la calle desembocaba en una plaza muy grande, en la que apenas si se
podían ver las cosas del otro extremo y daba la sensación de un
inmenso y desolado desierto. A lo lejos, Dios sabe dónde, se
vislumbraba la luz de una garita que parecía hallarse al fin del
mundo."
El capote, fatal y contingente lleva al protagonista más allá de
las ruinas de su vida cotidiana. Se trata de la iluminada irrupción
del deseo en la titubeante mortandad de todas las sumisiones.
Nikolai
Gogol
era ruso. Sus obras de teatro, relatos y novelas integran las obras
maestras de la literatura realista rusa del siglo XIX. Nació el 31
de marzo de 1809, en Mirgorod, provincia de Poltava,
Al
año siguiente de publicar el Capote, Gógol viajó en
peregrinación a Tierra Santa y a su regreso cayó bajo la
influencia de un sacerdote fanático, quien le convenció de que sus
obras narrativas eran pecaminosas. A raíz de ello, Gógol destruyó
una gran cantidad de manuscritos inéditos. La figura de Gógol se
puede comparar con la de otros grandes escritores rusos, como los
novelistas Leon Tolstoi, Ivan Turgueniev y Fedor Dostoievski, y el
poeta Alexandr Pushkin, que fue amigo íntimo durante toda su vida y
el mejor crítico de su literatura.
Murió en Moscú el 4 de marzo de 1852.
Elena
Bisso
EL CAPOTE
En
el departamento ministerial
de **F; pero creo que será preferible no nombrarlo, porque no hay
gente más susceptible que los empleados de esta clase de
departamentos, los oficiales, los cancilleres..., en una palabra:
todos los funcionarios que componen la burocracia. Y ahora, dicho
esto, muy bien pudiera suceder que cualquier ciudadano honorable se
sintiera ofendido al suponer que en su persona se hacía una afrenta
a toda la sociedad de que forma parte. Se dice que hace poco un
capitán de Policía-no recuerdo en qué ciudad-presentó un
informe, en el que manifestaba claramente que se burlaban los
decretos imperiales y que incluso el honorable título de capitán
de Policía se llegaba a pronunciar con desprecio. Y en prueba de
ello mandaba un informe voluminoso de cierta novela romántica, en
la que, a cada diez páginas, aparecía un capitán de Policía, y a
veces, y esto es lo grave, en completo estado de embriaguez. Y por
eso, para evitar toda clase de disgustos, llamaremos sencillamente un
departamento al departamento de que hablemos aquí.
Pues bien: en cierto departamento ministerial trabajaba un
funcionario, de quien apenas si se puede decir que tenía algo de
particular. Era bajo de estatura, algo picado de viruelas, un tanto
pelirrojo y también algo corto de vista, con una pequeña calvicie
en la frente, las mejillas llenas de arrugas y el rostro pálido,
como el de las personas que padecen de almorranas... ¡Qué se le va
a hacer! La culpa la tenía el clima petersburgués.
En cuanto al grado-ya que entre nosotros es la primera cosa que sale
a colación-, nuestro hombre era lo que llaman un eterno consejero
titular, de los que, como es sabido, se han mofado y chanceado
diversos escritores que tienen la laudable costumbre de atacar a los
que no pueden defenderse. El apellido del funcionario en cuestión
era Bachmachkin, y ya por el mismo se ve claramente que deriva de la
palabra zapato; pero cómo, cuándo y de qué forma, nadie lo sabe.
El padre, el abuelo y hasta el cuñado de nuestro funcionario y
todos los Bachmachkin llevaron siempre botas, a las que mandaban
poner suelas solo tres veces al año. Nuestro hombre se llamaba
Akakiy Akakievich. Quizá al lector le parezca este nombre un tanto
raro y rebuscado, pero puedo asegurarle que no lo buscaron adrede,
sino que las circunstancias mismas hicieron imposible darle otro,
pues el hecho ocurrió como sigue:
Akakiy Akakievich nació, si mal no se recuerda, en la noche del
veintidós al veintitrés de marzo. Su difunta madre, buena mujer y
esposa también de otro funcionario, dispuso todo lo necesario, como
era natural, para que el niño fuera bautizado. La madre guardaba aún
cama, la cual estaba situada enfrente de la puerta, y a la derecha
se hallaban el padrino, Iván Ivanovich Erochkin, hombre excelente,
jefe de oficina en el Senado, y la madrina, Arina Semenovna
Belobriuchkova, esposa de un oficial de la Policía y mujer de
virtudes extraordinarias.
Dieron a elegir a la parturienta entre tres nombres: Mokkia, Sossia
y el del mártir Josdasat. «No -dijo para sí la enferma-. ¡Vaya
unos nombres! ¡ No! » Para complacerla, pasaron la hoja del
almanaque, en la que se leían otros tres nombres, Trifiliy, Dula y
Varajasiy.
-¡Pero todo esto parece un verdadero castigo! -exclamó la madre-.
¡Qué nombres! ¡Jamás he oído cosa semejante! Si por lo menos
fuese Varadat o Varuj; pero ¡Trifiliy o Varajasiy!
Volvieron otra hoja del almanaque y se encontraron los nombres de
Pavsikajiy y Vajticiy.
-Bueno; ya veo-dijo la anciana madre-que este ha de ser su destino.
Pues bien: entonces, será mejora que se llame como su padre. Akakiy
se llama el padre; que el hijo se llame también Akakiy.
Y así se formó el nombre de Akakiy Akakievich. E1 niño fue
bautizado. Durante el acto sacramental lloró e hizo tales muecas,
cual si presintiera que había de ser consejero titular. Y así fue
como sucedieron las cosas. Hemos citado estos hechos con objeto de
que el lector se convenza de que todo tenía que suceder así y que
habría sido imposible darle otro nombre.
Cuándo y en qué época entró en el departamento ministerial y quién
le colocó allí, nadie podría decirlo. Cuantos directores y jefes
pasaron le habían visto siempre en el mismo sitio, en idéntica
postura, con la misma categoría de copista; de modo que se podía
creer que había nacido así en este mundo, completamente formado
con uniforme y la serie de calvas sobre la frente.
En el departamento nadie le demostraba el menor respeto. Los
ordenanzas no sólo no se movían de su sitio cuando él pasaba,
sino que ni siquiera le miraban, como si se tratara sólo de una
mosca que pasara volando por la sala de espera. Sus superiores le
trataban con cierta frialdad despótica. Los ayudantes del jefe de
oficina le ponían los montones de papeles debajo de las narices,
sin decirle siquiera: «Copie esto», o «Aquí tiene un asunto
bonito e interesante», o algo por el estilo. como corresponde a
empleados con buenos modales. Y él los cogía, mirando tan sólo a
los papeles, sin fijarse en quién los ponía delante de él, ni si
tenía derecho a ello. Los tomaba y se ponía en el acto a
copiarlos.
Los empleados jóvenes se mofaban y chanceaban de él con todo el
ingenio de que es capaz un cancillerista-si es que al referirse a
ellos se puede hablar de ingenio-, contando en su presencia toda
clase de historias inventadas sobre él y su patrona, una anciana de
setenta años. Decían que ésta le pegaba y preguntaban cuándo iba
a casarse con ella y le tiraban sobre la cabeza papelitos, diciéndole
que se trataba de copos de nieve. Pero a todo esto, Akakiy
Akakievich no replicaba nada, como si se encontrara allí solo. Ni
siquiera ejercía influencia en su ocupación, y a pesar de que le
daban la lata de esta manera, no cometía ni un solo error en su
escritura. Solo cuando la broma resultaba demasiado insoportable,
cuando le daban algún golpe en el brazo, impidiéndole seguir
trabajando, pronunciaba estas palabras:
-¡ Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?
Había algo extraño en estas palabras y en el tono de voz con que
las pronunciaba. En ellas aparecía algo que inclinaba a la compasión.
Y así sucedió en cierta ocasión: un joven que acababa de
conseguir empleo en la oficina y que, siguiendo el ejemplo de los
demás, iba a burlarse de Akakiy, se quedó cortado, cual si le
hubieran dado una puñalada en el corazón, y desde entonces pareció
que todo había cambiado ante él y lo vio todo bajo otro aspecto.
Una fuerza sobrenatural le impulsó a separarse de sus compañeros,
a quienes había tomado por personas educadas y como es debido. Y
aun mucho más tarde, en los momentos de mayor regocijo, se le
aparecía la figura de aquel diminuto empleado con la calva sobre la
frente, y oía sus palabras insinuantes
« ¡Dejadme! ¿Por qué me ofendéis?» Y simultáneamente con
estas palabras resonaban otras: «¡Soy tu hermano!» El pobre
infeliz se tapaba la cara con las manos, y más de una vez, en el
curso de su vida, se estremeció al ver cuánta inhumanidad hay en
el hombre y cuánta dureza y grosería encubren los modales de una
supuesta educación, selecta y esmerada. Y, ¡Dios mío!, hasta en
las personas que pasaban por nobles y honradas...
Difícilmente se encontraría un hombre que viviera cumpliendo tan
celosamente con sus deberes... y, ¡es poco decir!, que trabajara
con tanta afición y esmero. Allí, copiando documentos, se abría
ante él un mundo más pintoresco y placentero. En su cara se
reflejaba el gozo que experimentaba. Algunas letras eran sus
favoritas, y cuando daba con ellas estaba como fuera de sí: sonreía,
parpadeaba y se ayudaba con los labios, de manera que resultaba
hasta posible leer en su rostro cada letra que trazaba su pluma.
Si le hubieran dado una recompensa a su celo tal vez, con gran
asombro por su parte, hubiera conseguido ser ya consejero de Estado.
Pero, como decían sus compañeros bromistas, en vez de una
condecoración de ojal, tenía hemorroides en los riñones. Por otra
parte, no se puede afirmar que no se le hiciera ningún caso. En
cierta ocasión, un director, hombre bondadoso, deseando
recompensarle por sus largos servicios, ordenó que le diesen un
trabajo de mayor importancia que el suyo, que consistía en copiar
simples documentos. Se le encargó que redactara, a base de un
expediente, un informe que había de ser elevado a otro
departamento. Su trabajo consistía sólo en cambiar el título y
sustituir el pronombre de primera persona por el de tercera. Esto le
dio tanto trabajo, que, todo sudoroso, no hacía más que pasarse la
mano por la frente, hasta que por fin acabó por exclamar:
-No; será mejor que me dé a copiar algo, como hacía antes.
Y desde entonces le dejaron para siempre de copista.
Fuera de estas copias, parecía que en el mundo no existía nada
para él. Nunca pensaba en su traje. Su uniforme no era verde, sino
que había adquirido un color de harina que tiraba a rojizo. Llevaba
un cuello estrecho y bajo, y, a pesar de que tenía el cuello corto,
éste sobresalía mucho y parecía exageradamente largo, como el de
los gatos de yeso que mueven la cabeza y que llevan colgando, por
docenas, los artesanos.
Y siempre se le quedaba algo pegado al traje, bien un poco de heno,
o bien un hilo. Además. tenía la mala suerte, la desgracia, de que
al pasar siempre por debajo de las ventanas lo hacía en el preciso
momento en que arrojaban basuras a la calle. Y por eso, en todo
momento, llevaba en el sombrero alguna cáscara de melón o de sandía
o cosa parecida. Ni una sola vez en la vida prestó atención a lo
que ocurría diariamente en las calles, cosa que no dejaba de
advertir su colega, el joven funcionario, a quien, aguzando de modo
especial su mirada, penetrante y atrevida, no se le escapaba nada de
cuanto pasara por la acera de enfrente, ora fuese alguna persona que
llevase los pantalones de trabillas, pero un poco gastados ora otra
cosa cualquiera, todo lo cual hacía asomar siempre a su rostro una
sonrisa maliciosa.
Pero Akakiy Akakievich, adonde quiera que mirase, siempre veía los
renglones regulares de su letra limpia y correcta. Y sólo cuando se
le ponía sobre el hombro el hocico de algún caballo, y éste le
soplaba en la mejilla con todo vigor, se daba cuenta de que no
estaba en medio de una línea, sino en medio de la calle.
Al llegar a su casa se sentaba en seguida a la mesa, tomaba rápidamente
la sopa de schi (1), y después comía un pedazo de carne de vaca
con cebollas, sin reparar en su sabor. Era capaz de comerlo con
moscas y con todo aquello que Dios añadía por aquel entonces.
Cuando notaba que el estómago empezaba a llenársele, se levantaba
de la mesa, cogía un tintero pequeño y empezaba a copiar los
papeles que había llevado a casa. Cuando no tenía trabajo, hacía
alguna copia para él, por mero placer, sobre todo si se trataba de
algún documento especial, no por la belleza del estilo, sino porque
fuese dirigido a alguna persona nueva de relativa importancia.
Cuando el cielo gris de Petersburgo oscurece e totalmente y toda la
población de empleados se ha saciado cenando de acuerdo con sus
sueldos y gustos particulares; cuando todo el mundo descansa,
procurando olvidarse del rasgar de las plumas en las oficinas, de
los vaivenes, de las ocupaciones propias y ajenas y de todas las
molestias que se toman voluntariamente los hombres inquietos y a
menudo sin necesidad; cuando los empleados gastan el resto del
tiempo divirtiéndose unos, los más animados, asistiendo a algún
teatro, otros saliendo a la calle, para observar ciertos sombreritos
y las modas últimas, quiénes acudiendo a alguna reunión en donde
se prodiguen cumplidos a lindas muchachas o a alguna en especial,
que se considera como estrella en este limitado círculo de
empleados, y quiénes, los más numerosos, yendo simplemente a casa
de un compañero, que vive en un cuarto o tercer piso compuesto de
dos pequeñas habitaciones y un vestíbulo o cocina, con objetos
modernos, que denotan casi siempre afectación, una lámpara o
cualquier otra cosa adquirida a costa de muchos sacrificios,
renunciamientos y privaciones a cenas o recreos. En una palabra: a
la hora en que todos los empleados se dispersan por las pequeñas
viviendas de sus amigos para jugar al whist y tomar algún que otro
vaso de té con pan tostado de lo más barato y fumar una larga
pipa, tragando grandes bocanadas de humo y, mientras se distribuían
las cartas, contar historias escandalosas del gran mundo a lo que un
ruso no puede renunciar nunca, sea cual sea su condición, y cuando
no había nada que referir, repetir la vieja anécdota acerca del
comandante a quien vinieron a decir que habían cortado la cola del
caballo de la estatua de Pedro el Grande, de Falconet...; en suma, a
la hora en que todos procuraban divertirse de alguna forma, Akakiy
Akakievich no se entregaba a diversión alguna.
Nadie podía afirmar haberle visto siquiera una sola vez en alguna
reunión. Después de haber copiado a gusto, se iba a dormir,
sonriendo y pensando de antemano en el día siguiente. ¿Qué le iba
a traer Dios para copiar mañana?
Y así transcurría la vida de este hombre apacible, que, cobrando
un sueldo de cuatrocientos rublos al año, sabía sentirse contento
con su destino. Tal vez hubiera llegado a muy viejo, a no ser por
las desgracias que sobrevienen en el curso de la vida, y esto no sólo
a los consejeros de Estado, sino también a los privados e incluso a
aquellos que no dan consejos a nadie ni de nadie los aceptan.
Existe en Petersburgo un enemigo terrible de todos aquellos que no
reciben más de cuatrocientos rublos anuales de sueldo. Este enemigo
no es otro que nuestras heladas nórdicas, aunque, por lo demás, se
dice que son muy sanas. Pasadas las ocho, la hora en que van a la
oficina los diferentes empleados del Estado, el frío punzante e
intenso ataca de tal forma los narices sin elección de ninguna
especie, que los pobres empleados no saben cómo resguardarse. A
estas horas, cuando a los más altos dignatarios les duele la cabeza
de frío y las lágrimas les saltan de los ojos, los pobres
empleados, los consejeros titulares, se encuentran a veces
indefensos. Su única salvación consiste en cruzar lo más rápidamente
posible las cinco o seis calles, envueltos en sus ligeros capotes, y
luego detenerse en la conserjería, pateando enérgicamente, hasta
que se deshielan todos los talentos y capacidades de oficinistas que
se helaron en el camino.
Desde hacía algún tiempo, Akakiy Akakievich sentía un dolor
fuerte y punzante en la espalda y en el hombro, a pesar de que
procuraba medir lo más rápidamente posible la distancia habitual
de su casa al departamento. Se le ocurrió al fin pensar si no tendría
la culpa de ello su capote. Lo examinó minuciosamente en casa y
comprobó que precisamente en la espalda y en los hombros la tela
clareaba, pues el paño estaba tan gastado, que podía verse a través
de él. Y el forro se deshacía de tanto uso.
Conviene saber que el capote de Akakiy Akakievich también era
blanco de las burlas de los funcionarios. Hasta le habían quitado
el nombre noble de capote y le llamaban bata. En efecto, este capote
había ido tomando una forma muy curiosa; el cuello disminuía cada
año más y más, porque servía para remendar el resto. Los
remiendos no denotaban la mano hábil de un sastre, ni mucho menos,
y ofrecían un aspecto tosco y antiestético. Viendo en qué estado
se encontraba su capote, Akakiy Akakievich decidió llevarlo a
Petrovich, un sastre que vivía en un cuarto piso interior, y que, a
pesar de ser bizco y picado de viruelas, revelaba bastante habilidad
en remendar pantalones y fraques de funcionarios y de otros
caballeros, claro está, cuando se encontraba tranquilo y sereno y
no tramaba en su cabeza alguna otra empresa.
Es verdad que no haría falta hablar de este sastre; mas como es
costumbre en cada narración esbozar fielmente el carácter de cada
personaje, no queda otro remedio que presentar aquí a Petrovich,
Al principio, cuando aún era siervo y hacía de criado, se llamaba
Gregorio a secas. Tomó el nombre de Petrovich al conseguir la
libertad, y al mismo tiempo empezó a emborracharse los días de
fiesta, al principio solamente los grandes y luego continuó haciéndolo,
indistintamente, en todas las fiestas de la Iglesia, dondequiera que
encontrase alguna cruz en el calendario. Por ese lado permanecía
fiel a las costumbres de sus abuelos, y riñendo con su mujer, la
llamaba impía y alemana.
Ya que hemos mencionado a su mujer, convendría decir algunas
palabras acerca de ella. Desgraciadamente, no se sabía nada de la
misma, a no ser que era esposa de Petrovich y que se cubría la
cabeza con un gorrito y no con un pañuelo. Al parecer, no podía
enorgullecerse de su belleza; a lo sumo, algún que otro soldado de
la guardia es muy posible que si se cruzase con ella por la calle le
echase alguna mirada debajo del gorro, acompañada de un extraño
movimiento de la boca y de los bigotes con un curioso sonido
inarticulado .
Subiendo la escalera que conducía al piso del sastre, que, por
cierto, estaba empapada de agua sucia y de desperdicios,
desprendiendo un olor a aguardiente que hacía daño al olfato y
que, como es sabido, es una característica de todos los pisos
interiores de las casas petersburguesas; subiendo la escalera, pues,
Akakiy Akakievich reflexionaba sobre el precio que iba a cobrarle
Petrovich, y resolvió no darle más de dos rublos.
La puerta estaba abierta, porque la mujer de Petrovich, que en aquel
preciso momento freía pescado, había hecho tal humareda en la
cocina, que ni siquiera se podían ver las cucarachas. Akakiy
Akakievich atravesó la cocina sin ser visto por la mujer y llegó a
la habitación, donde se encontraba Petrovich sentado en una ancha
mesa de madera con las piernas cruzadas, como un bajá, y descalzo,
según costumbre de los sastres cuando están trabajando. Lo primero
que llamaba la atención era el dedo grande, bien conocido de Akakiy
Akakievich por la uña destrozada, pero fuerte y firme, como la
concha de una tortuga. Llevaba al cuello una madeja de seda y de
hilo y tenía sobre las rodillas una prenda de vestir destrozada.
Desde hacía tres minutos hacía lo imposible por enhebrar una
aguja, sin conseguirlo. y por eso echaba pestes contra la oscuridad
y luego contra el hilo, murmurando entre dientes:
-¡Te vas a decidir a pasar, bribona! ¡Me estás haciendo perder la
paciencia, granuja!
Akakiy Akakievich estaba disgustado por haber llegado en aquel
preciso momento en que Petrovich se hallaba encolerizado. Prefería
darle un encargo cuando el sastre estuviese algo menos batallador, más
tranquilo, pues, como decía su esposa, ese demonio tuerto se
apaciguaba con el aguardiente ingerido. En semejante estado,
Petrovich solía mostrarse muy complaciente y rebajaba de buena
gana, más aún, daba las gracias y hasta se inclinaba
respetuosamente ante el cliente. Es verdad que luego venía la mujer
llorando y decía que su marido estaba borracho y por eso había
aceptado el trabajo a bajo precio. Entonces se le añadían diez
kopeks más, y el asunto quedaba resuelto. Pero aquel día Petrovich
parecía no estar borracho y por eso se mostraba terco, poco
hablador y dispuesto a pedir precios exorbitantes.
Akakiy Akakievich se dio cuenta de todo esto y quiso, como quien
dice, tomar las de Villadiego; pero ya no era posible. Petrovich
clavó en él su ojo torcido y Akakiy Akakievich dijo sin querer:
-¡Buenos días, Petrovich!
-¡Muy buenos los tenga usted también!-respondió Petrovich,
mirando de soslayo las manos de Akakiy Akakievich para ver qué
clase de botín traía éste.
-Vengo a verte, Petrovich, pues yo...
Conviene saber que Akakiy Akakievich se expresaba siempre por medio
de preposiciones, adverbios y partículas gramaticales que no tienen
ningún significado. Si el asunto en cuestión era muy delicado, tenía
la costumbre de no terminar la frase, de modo que a menudo empezaba
por las palabras: «Es verdad, justamente eso...», y después no
seguía nada y él mismo se olvidaba, pensando que lo había dicho
todo.
-¿Qué quiere, pues?-le preguntó Petrovich, inspeccionando en
aquel instante con su único ojo todo el uniforme, el cuello, las
mangas, la espalda, los faldones y los ojales, que conocía muy
bien, ya que era su propio trabajo.
Esta es la costumbre de todos los sastres y es lo primero que hizo
Petrovich.
-Verás, Petrovich...; yo quisiera que... este capote..; mira el paño...;
¿ves?, por todas partes está fuerte..., sólo que está un poco
cubierto de polvo. parece gastado; pero en realidad está nuevo, sólo
una parte está un tanto..., un poquito en la espalda y también
algo gastado en el hombro y un poco en el otro hombro... Mira, eso
es todo... No es mucho trabajo...
Petrovich tomó el capote, lo extendió sobre la mesa y lo examinó
detenidamente. Después meneó la cabeza y extendió la mano hacia
la ventana para coger su tabaquera redonda con el retrato de un
general, cuyo nombre no se podía precisar, puesto que la parte
donde antes se viera la cara estaba perforada por el dedo y tapada
ahora con un pedazo rectangular de papel. Después de tomar una
pulgada de rapé, Petrovich puso el capote al trasluz y volvió a
menear la cabeza. Luego lo puso al revés con el forro hacia afuera,
y de nuevo meneó la cabeza; volvió a levantar la tapa de la
tabaquera adornada con el retrato del general y arreglada con aquel
pedazo de papel, e introduciendo el rapé en la nariz, cerró la
tabaquera y se la guardó, diciendo por fin:
-Aquí no se puede arreglar nada. Es una prenda gastada.
Al oír estas palabras, el corazón se le oprimió al pobre Akakiy
Akakievich.
-¿Por qué no es posible, Petrovich?-preguntó con voz suplicante
de niño-. Sólo esto de los hombros está estropeado y tú tendrás
seguramente algún pedazo...
-Sí, en cuanto a los pedazos se podrían encontrar-dijo Petrovich-;
sólo que no se pueden poner, pues el paño está completamente
podrido y se deshará en cuanto se toque con la aguja.
-Pues que se deshaga, tú no tiene más que ponerle un remiendo.
-No puedo poner el remiendo en ningún sitio, no hay dónde fijarlo,
además, sería un remiendo demasiado grande. Esto ya no es paño;
un golpe de viento basta para arrancarlo.
-Bueno, pues refuérzalo...; como no..., efectivamente, eso es...
-No-dijo Petrovich con firmeza-; no se puede hacer nada. Es un
asunto muy malo. Será mejor que se haga con él unas onuchkas para
cuando llegue el invierno y empiece a hacer frío, porque las medias
no abrigan nada, no son más que un invento de los alemanes para
hacer dinero -Petrovich aprovechaba gustoso la ocasión para meterse
con los alemanes-
. En cuanto al capote, tendrá que hacerse otro nuevo.
Al oír la palabra nuevo, Akakiy Akakievich sintió que se le
nublaba la vista y le pareció que todo lo que había en la habitación
empezaba a dar vueltas. Lo único que pudo ver claramente era el
semblante del general tapado con el papel en la tabaquera de
Petrovich.
-¡Cómo uno nuevo!-murmuró como en sueño-. Si no tengo dinero
para ello.
-Sí; uno nuevo-repitió Petrovich con brutal tranquilidad.
-...Y de ser nuevo..., ¿cuánto sería...?
-¿Que cuánto costaría?
-Sí.
-Pues unos ciento cincuenta rublos-contestó Petrovich, y al decir
esto apretó los labios.
Era muy amigo de los efectos fuertes y le gustaba dejar pasmado al
cliente y luego mirar de soslayo para ver qué cara de susto ponía
al oír tales palabras.
-¡Ciento cincuenta rublos por el capote !-exclamó el pobre Akakiy
Akakievich.
Quizá por primera vez se le escapaba semejante grito, ya que
siempre se distinguía por su voz muy suave.
-Sí-dijo Petrovich-. Y además, ¡qué capote! Si se le pone un
cuello de marta y se le forra el capuchón con seda, entonces vendrá
a costar hasta doscientos rublos.
-¡Por Dios, Petrovich!-le dijo Akakiy Akakievich con voz
suplicante, sin escuchar, es decir, esforzándose en no prestar
atención a todas sus palabras y efectos-. Arréglalo como sea para
que sirva todavía algún tiempo.
-¡No! Eso sería tirar el trabajo y el dinero... -repuso Petrovich.
Y tras aquellas palabras, Akakiy Akakievich quedó completamente
abatido y se marchó. Mientras tanto, Petrovich permaneció aun
largo rato en pie, con los labios expresivamente apretados, sin
comenzar su trabajo, satisfecho de haber sabido mantener su propia
dignidad y de no haber faltado a su oficio.
Cuando Akakiy Akakievich salió a la calle se hallaba como en un sueño.
« ¡Qué cosa!-decía para sí-. Jamas hubiera pensado que iba a
terminar así . . . ¡Vaya !-exclamó después de unos minutos de
silencio-. ¡He aquí al extremo que hemos llegado! La verdad es que
yo nunca podía suponer que llegara a esto... -y después de otro
largo silencio, terminó diciendo-: ¡Pues así es! ¡Esto sí que
es inesperado!...
¡Qué situación ! ...»
Dicho esto, en vez de volver a su casa se fue, sin darse cuenta, en
dirección contraria. En el camino tropezó con un deshollinador,
que, rozándole el hombro, se lo manchó de negro; del techo de una
casa en construcción le cayó una respetable cantidad de cal; pero
él no se daba cuenta de nada. Sólo cuando se dio de cara con un
guardia, que habiendo colocado la alabarda junto a él echaba rapé
de la tabaquera en su palma callosa, se dio cuenta porqué el
guardia le grito:
-¿Por qué te metes debajo de mis narices? ¿Acaso no tienes la
acera?
Esto le hizo mirar en torno suyo y volver a casa. Solamente entonces
empezó a reconcentrar sus pensamientos, y vio claramente la situación
en que se hallaba y comenzó a monologar consigo mismo, no en forma
incoherente, sino con lógica y franqueza, como si hablase con un
amigo inteligente a quien se puede confiar lo más íntimo de su
corazón
-No-decía Akakiy Akakievich-; ahora no se puede hablar con
Petrovich, pues está algo...; su mujer debe de haberle
proporcionado una buena paliza. Será mejor que vaya a verle un
domingo por la mañana; después de la noche del sábado estará
medio dormido, bizqueando, y deseará beber para reanimarse algo, y
como su mujer no le habrá dado dinero, yo le daré una moneda de
diez kopeks y él se volverá más tratable y arreglará el
capote...
Y esta fue la resolución que tomó Akakiy Akakievich. Y procurando
animarse, esperó hasta el domingo. Cuando vio salir a la mujer de
Petrovich, fue directamente a su casa. En efecto, Petrovich, después
de la borrachera de la víspera, estaba más bizco que nunca, tenía
la cabeza inclinada y estaba medio dormido; pero con todo eso, en
cuanto se enteró de lo que se trataba, exclamo como si le impulsara
el propio demonio
-¡No puede ser! ¡Haga el favor de mandarme hacer otro capote!
Y entonces fue cuando Akakiy Akakievich le metió en la mano la
moneda de diez kopeks.
-Gracias señor; ahora podré reanimarme un poco bebiendo a su
salud-dijo Petrovich-. En cuanto al capote, no debe pensar más en
él, no sirve para nada. Yo le haré uno estupendo.., se lo
garantizo.
Akakiy Akakievich volvió a insistir sobre el arreglo; pero
Petrovich no le quiso escuchar y
-Le haré uno nuevo, magnífico... Puede contar conmigo; lo haré lo
mejor que pueda. Incluso podrá abrochar el cuello con corchetes de
plata, según la última moda.
Sólo entonces vio Akakiy Akakievich que no podía pasarse sin un
nuevo capote y perdió el ánimo por completo.
Pero ¿cómo y con qué dinero iba a hacérselo? Claro, podía
contar con un aguinaldo que le darían en las próximas fiestas.
Pero este dinero lo había distribuido ya desde hace tiempo con un
fin determinado. Era preciso encargar unos pantalones nuevos y pagar
al zapatero una vieja deuda por las nuevas punteras en un par de
botas viejas, y, además, necesitaba encargarse tres camisas y dos
prendas de ropa de esas que se considera poco decoroso nombrarlas
por su propio nombre. Todo el dinero estaba distribuido de antemano,
y aunque el director se mostrara magnánimo y concediese un
aguinaldo de cuarenta y cinco a cincuenta rublos, sería solo una
pequeñez en comparación con el capital necesario para el capote,
era una gota de agua en el océano. Aunque, claro, sabía que a
Petrovich le daba a veces no sé qué locura y entonces pedía
precios tan exorbitantes, que incluso su mujer no podía contenerse
y exclamaba:
-¡Te has vuelto loco, grandísimo tonto! Unas veces trabajas casi
gratis y ahora tienes la desfachatez de pedir un precio que tú
mismo no vales.
Por otra parte, Akakiy Akakievich sabía que Petrovich consentiría
en hacerle el capote por ochenta rublos. Pero, de todas maneras, ¿dónde
hallar esos ochenta rublos ? La mitad quizá podría conseguirla, y
tal vez un poco más. Pero ¿y la otra mitad?...
Pero antes el lector ha de enterarse de dónde provenía la primera
mitad. Akakiy Akakievich tenia la costumbre de echar un kopek
siempre que gastaba un rublo, en un pequeño cajón, cerrándolo con
llave, cajón que tenía una ranura ancha para hacer pasar el
dinero. Al cabo de cada medio año hacía el recuento de esta pequeña
cantidad de monedas de cobre y las cambiaba por otras de plata.
Practicaba este sistema desde hacía mucho tiempo y de esta manera,
al cabo de unos años, ahorró una suma superior a cuarenta rublos.
Así, pues, tenía en su poder la mitad, pero ¿y la otra mitad? ¿Dónde
conseguir los cuarenta rublos restantes?
Akakiy Akakievich pensaba, pensaba, y finalmente llegó a la
conclusión de que era preciso reducir los gastos ordinarios por lo
menos durante un año, o sea dejar de tomar té todas las noches, no
encender la vela por la noche, y si tenía que copiar algo, ir a la
habitación de la patrona para trabajar a la luz de su vela. También
sería preciso al andar por la calle pisar lo más suavemente
posible las piedras y baldosas e incluso hasta ir casi de puntillas
para no gastar demasiado rápidamente las suelas, dar a lavar la
ropa a la lavandera también lo menos posible. Y para que no se
gastara, quitársela al volver a casa y ponerse sólo la bata, que
estaba muy vieja, pero que, afortunadamente, no había sido
demasiado maltratada por el tiempo.
Hemos de confesar que al principio le costó bastante adaptarse a
estas privaciones, pero después se acostumbró y todo fue muy bien.
Incluso hasta llegó a dejar de cenar; pero, en cambio, se
alimentaba espiritualmente con la eterna idea de su futuro capote.
Desde aquel momento diríase que su vida había cobrado mayor
plenitud; como si se hubiera casado o como si otro ser estuviera
siempre en su presencia, como si ya no fuera solo, sino que una
querida compañera hubiera accedido gustosa a caminar con él por el
sendero de la vida. Y esta compañera no era otra, sino... el famoso
capote, guateado con un forro fuerte e intacto. Se volvió más
animado y de carácter más enérgico, como un hombre que se ha
propuesto un fin determinado. La duda e irresolución desaparecieron
en la expresión de su rostro, y en sus acciones también todos
aquellos rasgos de vacilación e indecisión. Hasta a veces en sus
ojos brillaba algo así como una llama, y los pensamientos más
audaces y temerarios surgían en su mente: «¿Y si se encargase un
cuello de marta?» Con estas reflexiones por poco se vuelve distraído.
Una vez estuvo a punto de hacer una falta, de modo que exclamó «¡Ay!»,
y se persignó. Por lo menos una vez al mes iba a casa de Petrovich
para hablar del capote y consultarle sobre dónde sería mejor
comprar el paño, y de qué color y de qué precio, y siempre volvía
a casa algo preocupado, pero contento al pensar que al fin iba a
llegar el día en que, después de comprado todo, el capote estaría
listo. El asunto fue más de prisa de lo que había esperado y
supuesto. Contra toda suposición, el director le dio un aguinaldo,
no de cuarenta o cuarenta y ocho rublos, sino de sesenta rublos.
Quizá presintió que Akakiy Akakievich necesitaba un capote o quizá
fue solamente por casualidad; el caso es que Akakiy Akakievich se
enriqueció de repente con veinte rublos más. Esta circunstancia
aceleró el asunto. Después de otros dos o tres meses de pequeños
ayunos consiguió reunir los ochenta rublos. Su corazón, por lo
general tan apacible, empezó a latir precipitadamente. Y ese mismo
día fue a las tiendas en compañía de Petrovich. Compraron un paño
muy bueno-¡y no es de extrañar!-; desde hacía más de seis meses
pensaban en ello y no dejaban pasar un mes sin ir a las tiendas para
cerciorarse de los precios. Y así es que el mismo Petrovich no dejó
de reconocer que era un paño inmejorable. Eligieron un forro de
calidad tan resistente y fuerte, que según Petrovich era mejor que
la seda y le aventajaba en elegancia y brillo No compraron marta.
porque, en efecto, era muy cara; pero, en cambio, escogieron la más
hermosa piel de gato que había en toda la tienda y que de lejos fácilmente
se podía tomar por marta.
Petrovich tardó unas dos semanas en hacer el capote, pues era
preciso pespuntear mucho; a no ser por eso lo hubiera terminado
antes. Por su trabajo cobró doce rublos, menos ya no podía ser.
Todo estaba cosido con seda y a dobles costuras, que el sastre
repasaba con sus propios dientes estampando en ellas variados
arabescos.
Por fin, Petrovich le trajo el capote. Esto sucedió..., es difícil
precisar el día; pero de seguro que fue el más solemne en la vida
de Akakiy Akakievich. Se lo trajo por la mañana, precisamente un
poco antes de irse él a la oficina. No habría podido llegar en un
momento más oportuno, pues ya el frío empezaba a dejarse sentir
con intensidad y amenazaba con volverse aún más punzante.
Petrovich apareció con el capote como conviene a todo buen sastre.
Su cara reflejaba una expresión de dignidad que Akakiy Akakievich
jamás le había visto. Parecía estar plenamente convencido de
haber realizado una gran obra y se le había revelado con toda
claridad el abismo de diferencia que existe entre los sastres que sólo
hacen arreglos y ponen forros y aquellos que confeccionan prendas
nuevas de vestir.
Sacó el capote, que traía envuelto en un pañuelo recién
planchado; sólo después volvió a doblarlo y se lo guardó en el
bolsillo para su uso particular. Una vez descubierto el capote, lo
examinó con orgullo, y cogiéndolo con ambas manos lo echó con
suma habilidad sobre los hombros de Akakiy Akakievich. Luego, lo
arregló, estirándolo un poco hacia abajo. Se lo ajustó
perfectamente, pero sin abrocharlo. Akakiy Akakievich, como hombre
de edad madura, quiso también probar las mangas. Petrovich le ayudó
a hacerlo, y he aquí que aun así el capote le sentaba
estupendamente. En una palabra: estaba hecho a la perfección.
Petrovich aprovechó la ocasión para decirle que si se lo había
hecho a tan bajo precio era sólo porque vivía en un piso pequeño,
sin placa, en una calle lateral y porque conocía a Akakiy
Akakievich desde hacía tantos años. Un sastre de la perspectiva
Nevski sólo por el trabajo le habría cobrado setenta y cinco
rublos Akakiy Akakievich no tenía ganas de tratar de ello con
Petrovich. temeroso de las sumas fabulosas de las que el sastre solía
hacer alarde. Le pagó, le dio las gracias y salió con su nuevo
capote camino de la oficina.
Petrovich salió detrás de él y, parándose en plena calle, le
siguió largo rato con la mirada, absorto en la contemplación del
capote. Después, a propósito. pasó corriendo por una callejuela
tortuosa y vino a dar a la misma calle para mirar otra vez el capote
del otro lado, es decir, cara a cara. Mientras tanto, Akakiy
Akakievich seguía caminando con aire de fiesta. A cada momento sentía
que llevaba un capote nuevo en los hombros y hasta llegó a sonreírse
varias veces de íntima satisfacción. En efecto, tenía dos
ventajas: primero, porque el capote abrigaba mucho, y segundo,
porque era elegante. El camino se le hizo cortísimo, ni siquiera se
fijó en él y de repente se encontró en la oficina. Dejó el
capote en la conserjería y volvió a mirarlo por todos los lados,
rogando al conserje que tuviera especial cuidado con él.
No se sabe cómo, pero al momento, en la oficina, todos se enteraron
de que Akakiy Akakievich tenía un capote nuevo y que el famoso batín
había dejado de existir. En el acto todos salieron a la conserjería
para ver el nuevo capote de Akakiy Akakievich. Empezaron a
felicitarle cordialmente de tal modo, que no pudo por menos de sonreírse:
pero luego acabó por sentirse algo avergonzado. Pero cuando todos
se acercaron a él diciendo que tenía que celebrar el estreno del
capote por medio de un remojón y que, por lo menos, debía darles
una fiesta, el pobre Akakiy Akakievich se turbó por completo y no
supo qué responder ni cómo defenderse. Sólo pasados unos minutos
y poniéndose todo colorado intentó asegurarles, en su simplicidad,
que no era un capote nuevo, sino uno viejo.
Por fin, uno de los funcionarios, ayudante del Jefe de oficina,
queriendo demostrar sin duda alguna que no era orgulloso y sabía
tratar con sus inferiores, dijo:
-Está bien, señores; yo daré la fiesta en lugar de Akakiy
Akakievich y les convido a tomar el té esta noche en mi casa.
Precisamente hoy es mi cumpleaños.
Los funcionarios, como hay que suponer, felicitaron al ayudante del
jefe de oficina y aceptaron muy gustosos la invitación. Akakiy
Akakievich quiso disculparse, pero todos le interrumpieron diciendo
que era una descortesía, que debería darle vergüenza y que no podía
de ninguna manera rehusar la invitación.
Aparte de eso, Akakiy Akakievich después se alegró al pensar que
de este modo tendría ocasión de lucir su nuevo capote también por
la noche.
Se puede decir que todo aquel día fue para él una fiesta grande y
solemne.
Volvió a casa en un estado de ánimo de lo más feliz, se quitó el
capote y lo colgó cuidadosamente en una percha que había en la
pared, deleitándose una vez más al contemplar el paño y el forro
y, a propósito, fue a buscar el viejo capote, que estaba a punto de
deshacerse, para compararlo. Lo miró y hasta se echó a reír. Y
aun después, mientras comía, no pudo por menos de sonreírse al
pensar en el estado en que se hallaba el capote. Comió alegremente
y luego contrariamente a lo acostumbrado, no copió ningún
documento. Por el contrario, se tendió en la cama, cual verdadero
sibarita, hasta el oscurecer. Después, sin más demora, se vistió,
se puso el capote y salió a la calle.
Desgraciadamente, no pudo recordar de momento dónde vivía el
funcionario anfitrión; la memoria empezó a flaquearle, y todo
cuanto había en Petersburgo, sus calles y sus casas se mezclaron de
tal suerte en su cabeza, que resultaba difícil sacar de aquel caos
algo más o menos ordenado. Sea como fuera, lo seguro es que el
funcionario vivía en la parte más elegante de la ciudad, o sea
lejos de la casa de Akakiy Akakievich. Al principio tuvo que caminar
por calles solitarias escasamente alumbradas pero a medida que iba
acercándose a la casa del funcionario, las calles se veían más
animadas y mejor alumbradas. Los transeúntes se hicieron más
numerosos y también las señoras estaban ataviadas elegantemente.
Los hombres llevaban cuellos de castor y ya no se veían tanto los
veñkas (2) con sus trineos de madera con rejas guarnecidas de
clavos dorados; en cambio, pasaban con frecuencia elegantes trineos
barnizados, provistos de pieles de oso y conducidos por cocheros
tocados con gorras de terciopelo color frambuesa, o se veían
deslizarse, chirriando sobre la nieve, carrozas con los pescantes
sumamente adornados.
Para Akakiy Akakievich todo esto resultaba completamente nuevo; hacía
varios años que no había salido de noche por la calle.
Todo curioso, se detuvo delante del escaparate de una tienda, ante
un cuadro que representaba a una hermosa mujer que se estaba
quitando el zapato, por lo que lucía una pierna escultural: a su
espalda, un hombre con patillas y perilla, a estilo español,
asomaba la cabeza por la puerta. Akakiy Akakievich meneó la cabeza
sonriéndose y prosiguió su camino. ¿Por qué sonreiría? Tal vez
porque se encontraba con algo totalmente desconocido, para lo que,
sin embargo, muy bien pudiéramos asegurar que cada uno de nosotros
posee un sexto sentido. Quizá también pensara lo que la mayoría
de los funcionarios habrían pensado decir: «¡Ah, estos franceses!
¡No hay otra cosa que decir! Cuando se proponen una cosa, así ha
de ser...» También puede ser que ni siquiera pensara esto, pues es
imposible penetrar en el alma de un hombre y averiguar todo cuanto
piensa.
Por fin, llegó a la casa donde vivía el ayudante del jefe de
oficina. Este llevaba un gran tren de vida; en la escalera había un
farol encendido, y él ocupaba un cuarto en el segundo piso. Al
entrar en el recibimiento, Akakiy Akakievich vio en el suelo toda
una fila de chanclos. En medio de ellos, en el centro de la habitación,
hervía a borbotones el agua de un samovar esparciendo columnas de
vapor. En las paredes colgaban capotes y capas, muchas de las cuales
tenían cuellos de castor y vueltas de terciopelo. En la habitación
contigua se oían voces confusas, que de repente se tornaron claras
y sonoras al abrirse la puerta para dar paso a un lacayo que llevaba
una bandeja con vasos vacíos, un tarro de nata y una cesta de
bizcochos. Por lo visto los funcionarios debían de estar reunidos
desde hacía mucho tiempo y va habían tomado el primer vaso de té.
Akakiy Akakievich colgó él mismo su capote y entró en la habitación.
Ante sus ojos desfilaron al mismo tiempo las velas, los
funcionarios, las pipas y mesas de juego mientras que el rumor de
las conversaciones que se oían por doquier y el ruido de las sillas
sorprendían sus oídos
Se detuvo en el centro de la habitación todo confuso, reflexionando
sobre lo que tenía que hacer. Pero ya le habían visto sus colegas;
le saludaron con calurosas exclamaciones y todos fueron en el acto
al recibimiento para admirar nuevamente su capote. Akakiy Akakievich
se quedó un tanto desconcertado; pero como era una persona sincera
y leal no pudo por menos de alegrarse al ver cómo todos ensalzaban
su capote.
Después, como hay que suponer, le dejaron a él y al capote y
volvieron a las mesas de whist. Todo ello, el ruido, las
conversaciones y la muchedumbre... le pareció un milagro. No sabía
cómo comportarse ni qué hacer con sus manos, pies y toda su
figura; por fin, acabó sentándose junto a los que jugaban: miraba
tan pronto las cartas como los rostros de los presentes; pero al
poco rato empezó a bostezar y a aburrirse, tanto más cuanto que
había pasado la hora en la que acostumbraba acostarse.
Intentó despedirse del dueño de la casa; pero no le dejaron
marcharse, alegando que tenía que beber una copa de champaña para
celebrar el estreno del capote. Una hora después servían la cena:
ensaladilla, ternera asada fría, empanadas, pasteles y champaña. A
Akakiy Akakievich le hicieron tomar dos copas, con lo cual todo
cuanto había en la habitación se le apareció bajo un aspecto
mucho más risueño. Sin embargo, no consiguió olvidar que era
media noche pasada y que era hora de volver a casa. Al fin, y para
que al dueño de la casa no se le ocurriera retenerle otro rato,
salió de la habitación sin ser visto y buscó su capote en el
recibimiento, encontrándolo, con gran dolor, tirado en el suelo. Lo
sacudió, le quitó las pelusas, se lo puso y, por último, bajó
las escaleras,
Las calles estaban todavía alumbradas. Algunas tiendas de
comestibles, eternos clubs de las servidumbres y otra gente, estaban
aún abiertas; las demás estaban ya cerradas, pero la luz que se
filtraba por entre las rendijas atestiguaba claramente que los
parroquianos aún permanecían allí. Eran éstos sirvientes y
criados que seguían con sus chismorreos, dejando a sus amos en la
absoluta ignorancia de dónde se encontraban.
Akakiy Akakievich caminaba en un estado de ánimo de lo más alegre.
Hasta corrió, sin saber por qué, detrás de una dama que pasó con
la velocidad de un rayo, moviendo todas las partes del cuerpo. Pero
se detuvo en el acto y prosiguió su camino lentamente, admirándose
él mismo de aquel arranque tan inesperado que había tenido.
Pronto se extendieron ante él las calles desiertas, siendo notables
de día por lo poco animadas y cuanto más de noche. Ahora parecían
todavía mucho más silenciosas y solitarias. Escaseaban los
faroles, ya que por lo visto se destinaba poco aceite para el
alumbrado; a lo largo de la calle, en que se veían casas de madera
y verjas, no había un alma. Tan sólo la nieve centelleaba
tristemente en las calles, y las cabañas bajas, con sus postigos
cerrados, parecían destacarse aún más sombrías y negras. Akakiy
Akakievich se acercaba a un punto donde la calle desembocaba en una
plaza muy grande, en la que apenas si se podían ver las cosas del
otro extremo y daba la sensación de un inmenso y desolado desierto.
A lo lejos, Dios sabe dónde, se vislumbraba la luz de una garita
que parecía hallarse al fin del mundo. Al llegar allí, la alegría
de Akakiy Akakievich se desvaneció por completo. Entró en la plaza
no sin temor, como si presintiera algún peligro. Miró hacia atrás
y en torno suyo: diríase que alrededor se extendía un inmenso océano.
«¡No! ¡Será mejor que no mire!», pensó para sí, y siguió
caminando con los ojos cerrados. Cuando los abrió para ver cuánto
le quedaba aún para llegar al extremo opuesto de la plaza, se
encontró casi ante sus propias narices con unos hombres bigotudos,
pero no tuvo tiempo de averiguar más acerca de aquellas gentes. Se
le nublaron los ojos y el corazón empezó a latirle
precipitadamente.
-¡Pero si este capote es mío!-dijo uno de ellos con voz de trueno,
cogiéndole por el cuello.
Akakiy Akakievich quiso gritar pidiendo auxilio, pero el otro le tapó
la boca con el pañuelo, que era del tamaño de la cabeza de un
empleado, diciéndole: «¡Ay de ti si gritas!»
Akakiy Akakievich sólo se dio cuenta de cómo le quitaban el capote
y le daban un golpe con la rodilla que le hizo caer de espaldas en
la nieve, en donde quedó tendido sin sentido.
Al poco rato volvió en sí y se levantó, pero ya no había nadie.
Sintió que hacía mucho frío y que le faltaba el capote. Empezó a
gritar, pero su voz no parecía llegar hasta el extremo de la plaza.
Desesperado, sin dejar de gritar, echó a correr a través de la
plaza directamente a la garita, junto a la cual había un guarda,
que, apoyado en la alabarda, miraba con curiosidad, tratando de
averiguar qué clase de hombre se le acercaba dando gritos.
Al llegar cerca de él, Akakiy Akakievich le gritó todo jadeante
que no hacía más que dormir y que no vigilaba, ni se daba cuenta
de como robaban a la gente. El guarda le contestó que él no había
visto nada: sólo había observado cómo dos individuos le habían
parado en medio de la plaza, pero creyó que eran amigos suyos. Añadió
que haría mejor, en vez de enfurecerse en vano, en ir a ver a la mañana
siguiente al inspector de policía, y que éste averiguaría sin
duda alguna quién le había robado el capote.
Akakiy Akakievich volvió a casa en un estado terrible. Los cabellos
que aún le quedaban en pequeña cantidad sobre las sienes y la nuca
estaban completamente desordenados. Tenía uno de los
costados, el pecho y los pantalones, cubiertos de nieve. Su vieja
patrona, al oír cómo alguien golpeaba fuertemente en la puerta,
saltó fuera de la cama, calzándose solo una zapatilla, y fue
corriendo a abrir la puerta, cubriéndose pudorosamente con una mano
el pecho, sobre el cual no llevaba más que una camisa. Pero al ver
a Akakiy Akakievich retrocedió de espanto. Cuando él le contó lo
que le había sucedido ella alzó los brazos al cielo y dijo que debía
dirigirse directamente al Comisario del distrito y no al inspector,
porque éste no hacía más que prometerle muchas cosas y dar largas
al asunto. Lo mejor era ir al momento al Comisario del distrito, a
quien ella conocía, porque Ana, la finlandesa que tuvo antes de
cocinera, servía ahora de niñera en su casa, y que ella misma le
veía a menudo, cuando pasaba delante de la casa. Además, todos los
domingos, en la iglesia pudo observar que rezaba y al mismo tiempo
miraba alegremente a todos, y todo en él denotaba que era un hombre
de bien.
Después de oír semejante consejo se fue, todo triste, a su
habitación. Cómo pasó la noche..., sólo se lo imaginarían
quienes tengan la capacidad suficiente de ponerse en la situación
de otro.
A la mañana siguiente, muy temprano, fue a ver al Comisario del
distrito, pero le dijeron que aún dormía. Volvió a las diez y aún
seguía durmiendo. Fue a las once, pero el Comisario había salido.
Se presentó a la hora de la comida, pero los escribientes que
estaban en la antesala no quisieron dejarle pasar e insistieron en
saber qué deseaba, por qué venía y qué había sucedido. De modo
que, en vista de los entorpecimientos, Akakiy Akakievich quiso, por
primera vez en su vida, mostrarse enérgico, y dijo, en tono que no
admitía réplicas, que tenía que hablar personalmente con el
Comisario, que venía del Departamento del Ministerio para un asunto
oficial y que, por tanto, debían dejarle pasar, y si no lo hacían,
se quejaría de ello y les saldría cara la cosa. Los escribientes
no se atrevieron a replicar y uno de ellos fue a anunciarle al
Comisario.
Éste interpretó de un modo muy extraño el relato sobre el robo
del capote. En vez de interesarse por el punto esencial empezó a
preguntar a Akakiy Akakievich por qué volvía a casa a tan altas
horas de la noche y si no habría estado en una casa sospechosa. De
tal suerte, que el pobre Akakiy Akakievich se quedó todo confuso.
Se fue sin saber si el asunto estaba bien encomendado. En todo el día
no fue a la oficina (hecho sin precedente en su vida). Al día
siguiente se presentó todo pálido y vestido con su viejo capote,
que tenía el aspecto aún más lamentable. El relato del robo del
capote-aparte de que no faltaron algunos funcionarios que
aprovecharon la ocasión para burlarse-conmovió a muchos.
Decidieron en seguida abrir una suscripción en beneficio suyo, pero
el resultado fue muy exiguo, debido a que los funcionarios habían
tenido que gastar mucho dinero en la suscripción para el retrato
del director y para un libro que compraron a indicación del jefe de
sección, que era amigo del autor. Así, pues, sólo consiguieron
reunir una suma insignificante. Uno de ellos, movido por la compasión
y deseos de darle por lo menos un buen consejo, le dijo que no se
dirigiera al Comisario, pues suponiendo aún que deseara granjearse
las simpatías de su superior y encontrar el capote, este permanecería
en manos de la Policía hasta que lograse probar que era su legítimo
propietario. Lo mejor sería, pues, que se dirigiera a una «alta
personalidad», cuya mediación podría dar un rumbo favorable al
asunto. Como no quedaba otro remedio. Akakiy Akakievich se decidió
a acudir a la «alta personalidad».
¿Quién era aquella «alta personalidad» y qué cargo desempeñaba?
Eso es lo que nadie sabría decir. Conviene saber que dicha «alta
personalidad» había llegado a ser tan sólo esto desde hacía algún
tiempo, por lo que hasta entonces era por completo desconocido. Además
su posición tampoco ahora se consideraba como muy importante en
comparación con otras de mayor categoría. Pero siempre habrá
personas que consideran como muy importante lo que los demás
califican de insignificante. Además, recurriría a todos los medios
para realzar su importancia. Decretó que los empleados subalternos
le esperasen en la escalera hasta que llegase él y que nadie se
presentara directamente a él sino que las cosas se realizaran con
un orden de lo más riguroso. El registrador tenía que presentar la
solicitud de audiencia al secretario del Gobierno, quien a su vez la
transmitía al consejero titular o a quien se encontrase de categoría
superior. Y de esta forma llegaba el asunto a sus manos. Así, en
nuestra santa Rusia, todo está contagiado de la manía de imitar y
cada cual se afana en imitar a su superior. Hasta cuentan que cierto
consejero titular, cuando le ascendieron a director de una cancillería
pequeña, en seguida se hizo separar su cuarto por medio de un
tabique de lo que él llamaba «sala de reuniones». A la puerta de
dicha sala colocó a unos conserjes con cuellos rojos y galones que
siempre tenían la mano puesta sobre el picaporte para abrir la
puerta a los visitantes, aunque en la «sala de reuniones» apenas
si cabía un escritorio de tamaño regular.
El modo de recibir y las costumbres de la «alta personalidad» eran
majestuosos e imponentes, pero un tanto complicados. La base
principal de su sistema era la severidad. «Severidad, severidad,
y... severidad», solía decir, y al repetir por tercera vez esta
palabra dirigía una mirada significativa a la persona con quien
estaba hablando aunque no hubiera ningún motivo para ello, pues los
diez emplea los que formaban todo el mecanismo gubernamental, ya sin
eso estaban constantemente atemorizados. Al verle de lejos,
interrumpían ya el trabajo y esperaban en actitud militar a que
pasase el jefe. Su conversación con los subalternos era siempre
severa y consistía sólo en las siguientes frases: «¿Cómo se
atreve? ¿Sabe usted con quién habla ? ¿Se da usted cuenta? ¿Sabe
a quién tiene delante?»
Por lo demás, en el fondo era un hombre bondadoso, servicial y se
comportaba bien con sus compañeros, sólo que el grado de general
(3) le había hecho perder la cabeza. Desde el día en que le
ascendieron a general se hallaba todo confundido, andaba descarriado
y no sabía cómo comportarse. Si trataba con personas de su misma
categoría se mostraba muy correcto y formal y en muchos aspectos
hasta inteligente. Pero en cuanto asistía a alguna reunión donde
el anfitrión era tan sólo de un grado inferior al suyo, entonces
parecía hallarse completamente descentrado. Permanecía callado y
su situación era digna de compasión, tanto más cuanto él mismo
se daba cuenta de que hubiera podido pasar el tiempo de una manera
mucho más agradable. En sus ojos se leía a menudo el ardiente
deseo de tomar parte en alguna conversación interesante o de
juntarse a otro grupo, pero se retenía al pensar que aquello podía
parecer excesivo por su parte o demasiado familiar, y que con ello
rebajaría su dignidad. Y por eso permanecía eternamente solo en la
misma actitud silenciosa, emitiendo de cuando en cuando un sonido
monótono, con lo cual llegó a pasar por un hombre de lo más
aburrido.
Tal era la «alta personalidad» a quien acudió Akakiy Akakievich,
y el momento que eligió para ello no podía ser más inoportuno
para él; sin embargo, resultó muy oportuno para la «alta
personalidad». Ésta se hallaba en su gabinete conversando muy
alegremente con su antiguo amigo de la infancia, a quien no veía
desde hacía muchos años, cuando le anunciaron que deseaba hablarle
un tal Bachmachkin.
-¿Quién es?-preguntó bruscamente.
-Un empleado.
-¡Ah! ¡Que espere! Ahora no tengo tiempo -dijo la alta
personalidad. Es preciso decir que la alta personalidad mentía con
descaro; tenía tiempo; los dos amigos ya habían terminado de
hablar sobre todos los temas posibles, y la conversación había
quedado interrumpida ya más de una vez por largas pausas, durante
las cuales se propinaban cariñosas palmaditas, diciendo:
-Así es, Iván Abramovich.
-En efecto, Esteban Varlamovich.
Sin embargo, cuando recibió el aviso de que tenía visita, mandó
que esperase el funcionario, para demostrar a su amigo, que hacía
mucho que estaba retirado y vivía en una casa de campo, cuánto
tiempo hacía esperar a los empleados en la antesala. Por fin. después
de haber hablado cuanto quisieron o, mejor dicho, de haber callado
lo suficiente, acabaron de fumar sus cigarros cómodamente
recostados en unos mullidos butacones, y entonces su excelencia
pareció acordarse de repente de que alguien le esperaba, y dijo al
secretario, que se hallaba en pie, junto a la puerta, con unos
papeles para su informe:
-Creo que me está esperando un empleado. Dígale que puede pasar.
Al ver el aspecto humilde y el viejo uniforme de Akakiy Akakievich,
se volvió hacia él con brusquedad y le dijo:
-¿ Qué desea ?
Pero todo esto con voz áspera y dura, que sin duda alguna había
ensayado delante del espejo, a solas en su habitación, una semana
antes que le nombraran para el nuevo cargo.
Akakiy Akakievich, que ya de antemano se sentía todo tímido, se
azoró por completo. Sin embargo, trató de explicar como pudo o
mejor dicho, con toda la fluidez de que era capaz su lengua, que tenía
un capote nuevo y que se lo habían robado de un modo inhumano, añadiendo,
claro está, más particularidades y más palabras innecesarias.
Rogaba a su excelencia que intercediera por escrito... o así....
como quisiera.... con el jefe de la Policía u otra persona para que
buscasen el capote y se lo restituyesen. Al general le pareció, sin
embargo, que aquel era un procedimiento demasiado familiar, y por
eso dijo bruscamente:
-Pero, ¡señor!, ¿no conoce usted el reglamento? ¿Cómo es que se
presenta así? ¿Acaso ignora cómo se procede en estos asuntos?
Primero debería usted haber hecho una instancia en la cancillería,
que habría sido remitida al jefe del departamento, el cual la
transmitiría al secretario y éste me la hubiera presentado a mí.
-Pero, excelencia...-dijo Akakiy Akakievich recurriendo a la poca
serenidad que aún quedaba en él y sintiendo que sudaba de una
manera horrible-. Yo, excelencia, me he atrevido a molestarle con
este asunto porque los secretarios..., los secretarios... son gente
de poca confianza..
-¡Cómo! ¿Qué? ¿Qué dice usted?.-exclamó la «alta
personalidad»-. ¿Cómo se atreve a decir semejante cosa? ¿De dónde
ha sacado usted esas ideas? ¡Qué audacia tienen los jóvenes con
sus superiores y con las autoridades!
Era evidente que la «alta personalidad» no había reparado en que
Akakiy Akakievich había pasado de los cincuenta años. de suerte
que la palabra « joven» sólo podía aplicársele relativamente,
es decir, en comparación con un septuagenario.
-¿Sabe usted con quién habla? ¿Se da cuenta de quién tiene
delante? ¿Se da usted cuenta, se da usted cuenta? ¡Le pregunto yo
a usted!
Y dio una fuerte patada en el suelo y su voz se tornó tan cortante,
que aun otro que no fuera Akakiy Akakievich se habría asustado
también.
Akakiy Akakievich se quedó helado, se tambaleó, un estremecimiento
le recorrió todo el cuerpo, y apenas si se pudo tener en pie. De no
ser porque un guardia acudió a sostenerle, se hubiera desplomado.
Le sacaron fuera casi desmayado.
Pero aquella «alta personalidad», satisfecha del efecto que
causaron sus palabras, y que habían superado en mucho sus
esperanzas, no cabía en sí de contento, al pensar que una palabra
suya causaba tal impresión, que podía hacer perder el sentido a
uno. Miró de reojo a su amigo, para ver lo que opinaba de todo
aquello, y pudo comprobar, no sin gran placer, que su amigo se
hallaba en una situación indefinible, muy próxima al terror.
Cómo bajó las escaleras Akakiy Akakievich y cómo salió a la
calle, esto son cosas que ni el mismo podía recordar, pues apenas
si sentía las manos y los pies. En su vida le habían tratado con
tanta grosería, y precisamente un general y además un extraño.
Caminaba en medio de la nevasca que bramaba en las calles, con la
boca abierta, haciendo caso omiso de las aceras. El viento, como de
costumbre en San Petersburgo, soplaba sobre él de todos los lados,
es decir, de los cuatro puntos cardinales y desde todas las
callejuelas. En un instante se resfrío la garganta y contrajo una
angina. Llegó a casa sin poder proferir ni una sola palabra: tenía
el cuerpo todo hinchado y se metió en la cama. ¡Tal es el efecto
que puede producir a veces una reprimenda!
Al día siguiente amaneció con una fiebre muy alta. Gracias a la
generosa ayuda del clima petersburgués, el curso de la enfermedad
fue más rápido de lo que hubiera podido esperarse, y cuando llegó
el médico y le cogió el pulso, únicamente pudo prescribirle
fomentos, solo con el fin de que el enfermo no muriera sin el benéfico
auxilio de la medicina. Y sin más ni más, le declaró en el acto
que le quedaban sólo un día y medio de vida. Luego se volvió
hacia la patrona, diciendo:
-Y usted, madrecita, no pierda el tiempo: encargue en seguida un ataúd
de madera de pino, pues uno de roble sería demasiado caro para él.
Ignoramos si Akakiy Akakievich oyó estas palabras pronunciadas
acerca de su muerte, y en el caso de que las oyera, si llegaron a
conmoverle profundamente y le hicieron quejarse de su Destino, ya
que todo el tiempo permanecía en el delirio de la fiebre.
Visiones extrañas a cuál más curiosas se le aparecían sin cesar.
Veía a Petrovich y le encargaba que le hiciese un capote con alguna
trampa para los ladrones, que siempre creía tener debajo de la
cama, y a cada instante llamaba a la patrona y le suplicaba que
sacara un ladrón que se había escondido debajo de la manta; luego
preguntaba por qué el capote viejo estaba colgado delante de él,
cuando tenía uno nuevo. Otras veces creía estar delante del
general, escuchando sus insultos y diciendo: «Perdón, excelencia.»
Por último se puso a maldecir y profería palabras tan terribles,
que la vieja patrona se persignó, ya que jamás en la vida le había
oído decir nada semejante; además, estas palabras siguieron
inmediatamente al título de excelencia. Después só1o murmuraba
frases sin sentido, de manera que era imposible comprender nada. Sólo
se podía deducir realmente que aquellas palabras e ideas
incoherentes se referían siempre a la misma cosa: el capote.
Finalmente, el pobre Akakiy Akakievich exhaló el último suspiro.
Ni la habitación ni sus cosas fueron selladas por la sencilla razón
de que no tenía herederos y que sólo dejaba un pequeño paquete
con plumas de ganso, un cuaderno de papel blanco oficial, tres pares
de calcetines, dos o tres botones desprendidos de un pantalón y el
capote que ya conoce el lector. ¡Dios sabe para quién quedó todo
esto!
Reconozco que el autor de esta narración no se interesó por el
particular. Se llevaron a Akakiy Akakievich y lo enterraron; San
Petersburgo se quedó sin él como si jamás hubiera existido.
Así desapareció un ser humano que nunca tuvo quién le amparara, a
quien nadie había querido y que jamás interesó a nadie. Ni
siquiera llamó la atención del naturalista, quien no desprecia de
poner en el alfiler una mosca común y examinarla en el microscopio.
Fue un ser que sufrió con paciencia las burlas de sus colegas de
oficina y que bajó a la tumba sin haber realizado ningún acto
extraordinario; sin embargo, divisó, aunque sólo fuera al fin de
su vida, el espíritu de la luz en forma de capote, el cual reanimó
por un momento su miserable existencia, y sobre quien cayó la
desgracia, como también cae a veces sobre los privilegiados de la
tierra...
Pocos días después de su muerte mandaron a un ordenanza de la
oficina con orden de que Akakiy Akakievich se presentase
inmediatamente, porque el jefe lo exigía. Pero el ordenanza tuvo
que volver sin haber conseguido su propósito y declaró que Akakiy
Akakievich ya no podía presentarse. Le preguntaron:
-¿Y por qué?
-¡Pues porque no! Ha muerto; hace cuatro días que lo enterraron.
Y de este modo se enteraron en la oficina de la muerte de Akakiy
Akakievich. Al día siguiente su sitio se hallaba ya ocupado por un
nuevo empleado. Era mucho más alto y no trazaba las letras tan
derechas al copiar los documentos, sino mucho más torcidas y
contrahechas. Pero ¿quién iba a imaginarse que con ello termina la
historia de Akakiy Akakievich, ya que estaba destinado a vivir
ruidosamente aún muchos días después de muerto como recompensa a
su vida que pasó inadvertido? Y, sin embargo, así sucedió, y
nuestro sencillo relato va a tener de repente un final fantástico e
inesperado.
En San Petersburgo se esparció el rumor de que en el puente de
Kalenik, y a poca distancia de él, se aparecía de noche un
fantasma con figura de empleado que buscaba un capote robado y que
con tal pretexto arrancaba a todos los hombres, sin distinción de
rango ni profesión, sus capotes, forrados con pieles de gato, de
castor, de zorro, de oso, o simplemente guateados: en una palabra :
todas las pieles auténticas o de imitación que el hombre ha
inventado para protegerse.
Uno de los empleados del Ministerio vio con sus propios ojos al
fantasma y reconoció en él a Akakiy Akakievich. Se llevó un susto
tal, que huyó a todo correr, y por eso no pudo observar bien al
espectro. Sólo vio que aquel le amenazaba desde lejos con el dedo.
En todas partes había quejas de que las espaldas y los hombros de
los consejeros, y no sólo de consejeros titulares, sino también de
los áulicos, quedaban expuestos a fuertes resfriados al ser
despojados de sus capotes.
Se comprende que la Policía tomara sus medidas para capturar de la
forma que fuese al fantasma, vivo o muerto, y castigarlo duramente,
para escarmiento de otros, y por poco lo logró. Precisamente una
noche un guarda en una sección de la calleja Kiriuchkin casi tuvo
la suerte de coger al fantasma en el lugar del hecho, al ir aquél a
quitar el capote de paño corriente a un músico retirado que en
otros tiempos había tocado la flauta. El guarda, que lo tenía
cogido por el cuello, gritó para que vinieran a ayudarle dos compañeros,
y les entrego al detenido, mientras él introducía sólo por un
momento la mano en la bota en busca de su tabaquera para reanimar un
poco su nariz, que se le había quedado helada ya seis veces. Pero
el rapé debía de ser de tal calidad que ni siquiera un muerto podía
aguantarlo. Apenas el guarda hubo aspirado un puñado de tabaco por
la fosa nasal izquierda, tapándose la derecha, cuando el fantasma
estornudó con tal violencia, que empezó a salpicar por todos
lados. Mientras se frotaba los ojos con los puños, desapareció el
difunto sin dejar rastros, de modo que ellos no supieron si lo habían
tenido realmente en sus manos.
Desde entonces los guardas cogieron un miedo tal a los fantasmas,
que ni siquiera se atrevían a detener a una persona viva, y se
limitaban solo a gritarle desde lejos: «¡Oye, tú! ¡Vete por tu
camino!» El espectro del empleado empezó a esparcirse también más
allá del puente de Kalenik, sembrando un miedo horrible entre la
gente tímida.
Pero hemos abandonado por completo a la «alta personalidad»,
quien, a decir verdad, fue el culpable del giro fantástico que tomó
nuestra historia, por lo demás muy verídica. Pero hagamos justicia
a la verdad y confesemos que la «alta personalidad» sintió algo
así como lástima, poco después de haber salido el pobre Akakiy
Akakievich completamente deshecho. La compasión no era para él
realmente ajena: su corazón era capaz de nobles sentimientos,
aunque a menudo su alta posición le impidiera expresarlos. Apenas
marchó de su gabinete el amigo que había venido de fuera, se quedó
pensando en el pobre Akakiy Akakievich. Desde entonces se le
presentaba todos los días, pálido e incapaz de resistir la
reprimenda de que él le había hecho objeto. El pensar en él le
inquietó tanto, que pasada una semana se decidió incluso a enviar
un empleado a su casa para preguntar por su salud y averiguar si se
podía hacer algo por él. Al enterarse de que Akakiy Akakievich había
muerto de fiebre repentina, se quedó aterrado, escuchó los
reproches de su conciencia y todo el día estuvo de mal humor. Para
distraerse un poco y olvidar la impresión desagradable, fue por la
noche a casa de un amigo, donde encontró bastante gente y, lo que
es mejor, personas de su mismo rango, de modo que en nada podía
sentirse atado. Esto ejerció una influencia admirable en su estado
de ánimo. Se tornó vivaz, amable, tomó parte en las
conversaciones de un modo agradable; en un palabra: pasó muy bien
la velada. Durante la cena tomó unas dos copas de champaña, que,
como se sabe, es un medio excelente para comunicar alegría. El
champaña despertó en él deseos de hacer algo fuera de lo
corriente, así es que resolvió no volver directamente a casa, sino
ir a ver a Carolina Ivanovna, dama de origen alemán al parecer, con
quien mantenía relaciones de íntima amistad. Es preciso que
digamos que la «alta personalidad» ya no era un hombre joven. Era
marido sin tacha buen padre de familia, y sus dos hijos, uno de los
cuales trabajaba ya en una cancillería, y una linda hija de dieciséis
años, con la nariz un poco encorvada sin dejar de ser bonita, venían
todas las mañanas a besarle la mano, diciendo: «Bonjour, papa.»
Su esposa, que era joven aún y no sin encantos, le alargaba la mano
para que él se la besara, y luego, volviéndola hacia fuera tomaba
la de él y se la besaba a su vez. Pero la «alta personalidad»,
aunque estaba plenamente satisfecho con las ternuras y el cariño de
su familia, juzgaba conveniente tener una amiga en otra parte de la
ciudad y mantener relaciones amistosas con ella. Esta amiga no era más
joven ni más hermosa que su esposa; pero tales problemas existen en
el mundo y no es asunto nuestro juzgarlos.
Así, pues, la «alta personalidad» bajó las escaleras, subió al
trineo y ordenó al cochero:
-¡A casa de Carolina Ivanovna!
Envolviéndose en su magnífico y abrigado capote permaneció en
este estado, el más agradable para un ruso, en que no se piensa en
nada y entre tanto se agitan por sí solas las ideas en la cabeza, a
cual más gratas, sin molestarse en perseguirlas en buscarlas. Lleno
de contento, rememoró los momentos felices de aquella velada y
todas sus palabras que habían hecho reír a carcajadas a aquel
grupo, alguna de las cuales repitió a media voz. Le parecieron tan
chistosas como antes, y por eso no es de extrañar que se riera con
todas sus ganas.
De cuando en cuando le molestaba en sus pensamientos un viento fortísimo
que se levantó de pronto Dios sabe dónde, y le daba en pleno
rostro, arrojándole además montones de nieve. Y como si ello fuera
poco, desplegaba el cuello del capote como una vela, o de repente se
lo lanzaba con fuerza sobrehumana en la cabeza, ocasionándole toda
clase de molestias, lo que le obligaba a realizar continuos
esfuerzos para librarse de él.
De repente sintió como si alguien le agarrara fuertemente por el
cuello; volvió la cabeza y vio a un hombre de pequeña estatura,
con un uniforme viejo muy gastado, y no sin espanto reconoció en él
a Akakiy Akakievich. E1 rostro del funcionario estaba pálido como
la nieve, y su mirada era totalmente la de un difunto. Pero el
terror de la «alta personalidad» llegó a su paroxismo cuando vio
que la boca del muerto se contraía convulsivamente exhalando un
olor de tumba y le dirigía las siguientes palabras:
-¡Ah! ¡Por fin te tengo!... ¡Por fin te he cogido por el cuello!
¡Quiero tu capote! No quisiste preocuparte por el mío y hasta me
insultaste. ¡Pues bien: dame ahora el tuyo!
La pobre «alta personalidad» por poco se muere. Aunque era firme
de carácter en la cancillería y en general para con los
subalternos, y a pesar de que al ver su aspecto viril y su gallarda
figura, no se podía por menos de exclamar: «¡Vaya un carácter!»,
nuestro hombre, lo mismo que mucha gente de figura gigantesca, se
asustó tanto, que no sin razón temió que le diese un ataque. Él
mismo se quitó rápidamente el capote y gritó al cochero, con una
voz que parecía la de un extraño:
-¡A casa, a toda prisa!
El cochero, al oír esta voz que se dirigía a él generalmente en
momentos decisivos, y que solía ser acompañado de algo más
efectivo, encogió la cabeza entre los hombros para mayor seguridad,
agitó el látigo y lanzó los caballos a toda velocidad. A los seis
minutos escasos la «alta personalidad» ya estaba delante del
portal de su casa.
Pálido, asustado y sin capote había vuelto a su casa, en vez de
haber ido a la de Carolina Ivanovna. A duras penas consiguió llegar
hasta su habitación y pasó una noche tan intranquila, que a la mañana
siguiente, a la hora del té, le dijo su hija:
-¡Qué pálido estás, papá!
Pero papá guardaba silencio y a nadie dijo una palabra de lo que le
había sucedido, ni en dónde había estado, ni adónde se había
dirigido en coche. Sin embargo, este episodio le impresionó
fuertemente, y ya rara vez decía a los subalternos: «¿Se da usted
cuenta de quién tiene delante?» Y si así sucedía, nunca era sin
haber oído antes de lo que se trataba. Pero lo más curioso es que
a partir de aquel día ya no se apareció el fantasma del difunto
empleado. Por lo visto, el capote del general le había venido justo
a la medida. De todas formas, no se oyó hablar más de capotes
arrancados de los hombros de los transeúntes.
Sin embargo, hubo unas personas exaltadas e inquietas que no
quisieron tranquilizarse y contaban que el espectro del difunto
empleado seguía apareciéndose en los barrios apartados de la
ciudad. Y, en efecto, un guardia del barrio de Kolomna vio con sus
propios ojos asomarse el fantasma por detrás de su casa. Pero como
era algo débil desde su nacimiento-en cierta ocasión un cerdo
ordinario, ya completamente desarrollado, que se había escapado de
una casa particular, le derribó, provocando así las risas de los
cocheros que le rodeaban y a quienes pidió después, como
compensación por la burla de que fue objeto, unos centavos para
tabaco-, como decimos, pues, era muy débil y no se atrevió a
detenerlo. Se contentó con seguirlo en la oscuridad hasta que aquel
volvió de repente la cabeza y le preguntó:
-¿Qué deseas?-y le enseñó un puño de esos que no se dan entre
las personas vivas.
-Nada-replicó el guardia, y no tardó en dar media vuelta.
El fantasma era, no obstante, mucho más alto tenía bigotes
inmensos. A grandes pasos se dirigió al puente Obuko,
desapareciendo en las tinieblas de la noche. (*)
(*)
Fuente: Nicolai
Gógol, "El capote", (perteneciente a las novelas
breves peterburguesas), en Obras
Completas, Aguilar, Madrid, 1964; traducción
de Irene Tchernowa.
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