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LA ESTRELLA
Por Arthur Clarke
En el universo, que niega toda
frontera, las estrellas arden, se arremolinan dentro de hogueras
incandescentes. Sudan tormentas de llamas. Y, a veces, estallan.
Entonces, en un solo instante, el astro que ha estallado puede
brillar más que todos los soles de la galaxia. Así nace la
supernova y parpadea con su ojo de fuego indescriptible.
¿Y por qué brilla la gran estrella? ¿Su luz poderosa no oculta
ningún sentido, ningún designio? ¿Las estrellas estallan sólo
por ciegos procesos físicos o por fuerzas azarosas y gratuitas?
¿Ninguna conciencia universal, inteligente, asegura algún sentido
para cada hecho en la Tierra o en toda galaxia lejana?
En el futuro, en una nave capaz de grandes travesías
interestelares, viaja un astrofísico jesuita. Al estudiar la
propiedad del espacio y el universo no puede desentenderse de su fe
religiosa. El científico de la creencia divina penetra en un enigma
temporal: ¿cuándo estalló una supernova que brilló en la
nebulosa del Fénix? Con asombro, con una fusión de tristeza y
regocijo, el astrofísico religioso del relato de Arthur Clarke
descubrirá que la luz salvaje de la supernova brilló en un momento
preciso de la historia de la Tierra.
A través de la luminosidad en el cielo material, el científico
confirmará la existencia de una voluntad extraña, sobrehumana.
Quizá, a pesar de todo, un pensamiento divino juegue dentro de cada
fibra de tiempo.
Esteban
Ierardo
Hay
tres mil anos-luz
hasta el Vaticano. En otro tiempo creí que el espacio no tendría
poder sobre la fe, tal como creí que los cielos proclamaban la
gloria de la obra divina. Ahora que he visto una parte de esta obra,
mi fe se siente gravemente turbada.
Contemplo el crucifijo que cuelga en mi camarote, sobre el ordenador
Tipo VI y, por primera vez en toda mi vida, me pregunto si no será
nada más que un símbolo vacío.
No se lo he contado aún a nadie, pero la verdad no puede ocultarse.
Los datos están aquí para que cualquiera pueda leerlos,
grabados en los incontables kilómetros de cinta magnética y
en los millares de fotografías que traemos de regreso a la Tierra.
Otros científicos podrán interpretarlos tan fácilmente como yo.
Posiblemente con mayor facilidad. Yo no soy de esos que están de
acuerdo con los manejos de la Verdad que a menudo le dieron a mi
Orden un mal renombre en los viejos tiempos.
La tripulación está ya bastante deprimida, y me pregunto cómo se
tomarán esta definitiva ironía. Pocos de ellos tienen algo de fe
religiosa y sin embargo, no creo que sientan placer en utilizar esta
última arma en su campaña contra mí..., esa guerra privada,
bienintencionada pero fundamentalmente seria, que ha durado todo el
camino desde la Tierra. Les divertía tener a un jesuita como astrofísico
jefe. Por ejemplo, el doctor Chandler nunca pudo sobreponerse a ello
(¿por qué los médicos siempre serán unos ateos tan notorios?). A
veces se encontraba conmigo en la cubierta de observación, donde
las luces siempre brillan mortecinas para que las estrellas puedan
arder con esplendor no disminuido. Se acercaba a mí en la oscuridad
y se quedaba mirando por la gran ventana de observación ovalada,
mientras los cielos pasaban lentamente a nuestro alrededor al compás
de la nave sobre sí misma debido a aquel impulso residual que nunca
nos preocupamos de corregir.
-Aquí lo tiene, padre -me decía al fin-; se
extiende por siempre jamás, y quizá Algo lo hizo. Pero el que
usted pueda creer que ese Algo tiene un especial interés en
nosotros y en nuestro miserable pequeño mundo es lo que me
desconcierta.
Y entonces se iniciaba la discusión mientras las estrellas y las
nebulosas giraban alrededor nuestro en silencio e interminables
arcos más allá del impolutamente transparente plástico de la
ventana de observación.
Era, creo, la aparente incongruencia de mi posición
lo que divertía..., sí, divertía, a la tripulación. En vano les
mostraba mis tres informes en el Astrophysical Journal,
o los cinco en el Monthly Notices of the Royal
Astronomical Society. Les recordaba que nuestra Orden ha
sido famosa desde hace mucho por sus trabajos científicos. Quizá
seamos pocos ahora, pero siempre, desde el siglo XVlll, hemos estado
haciendo contribuciones a la astronomía y a la geofísica,
desproporcionadas con nuestro número.
¿Mi informe sobre la Nebulosa del Fénix terminará con nuestro
millar de años de historia? Me temo que terminará con mucho
más que eso.
No sé quién dio su nombre a la nebulosa, que me parece muy poco
apropiado. Si contiene una profecía, ésta no podrá ser verificada
hasta que pasen varios mil millones de años. Hasta la palabra
nebulosa conduce a engaño: es un objeto mucho más pequeño que
esas maravillosas nubes de niebla, formadas por la materia de las
estrellas aún no nacidas, que están desperdigadas a lo largo de la
Vía Láctea. Lo cierto es que, a una escala cósmica, la nebulosa
del Fénix es una cosa pequeña: una tenue capa de gases rodeando
una única estrella.
El grabado de Loyola hecho por Rubens parece
burlarse de mí desde su lugar, sobre los gráficos de los espectrómetros.
¿Qué harías tú, Padre, de este conocimiento que ha
llegado a mí, tan lejos del pequeño mundo que era el universo que
tú conocías? ¿Habría superado tu fe este reto, cosa que yo no he
logrado?
Tú miras a la distancia, Padre, pero yo he viajado a una distancia
más allá de todo lo que tú podrías haber imaginado cuando
fundaste nuestra Orden hace un millar de años. Ninguna otra nave de
exploración ha estado tan lejos de la Tierra: nos hallamos en las
fronteras mismas del universo explorado; partimos para explorar la
nebulosa del Fénix, lo logramos y vamos de regreso con nuestra
carga de conocimientos. Desearía sacarme este peso de encima, pero
te suplico en vano a través los siglos y los años-luz que se abren
entre nosotros.
En el libro que tienes entre las manos se pueden leer claramente las
palabras: AD MAI0REN DEI GLORIAM, pero éste es un mensaje en el que
ya no puede creer. ¿Creerías tú aún en él, si pudieras ver lo
que he hallado?
Naturalmente, sabíamos lo que era la Nebulosa del Fénix. Cada año,
sólo en nuestra galaxia, estallan más de un centenar
de estrellas: brillan durante algunas horas o días con una
intensidad millones de veces superior a la normal, antes de regresar
a la muerte y a la oscuridad. Se trata de las novas normales: los
desastres habituales de nuestro universo. Yo he seguido los
espectrogramas y curvas de luz de docenas de ellas, desde que comencé
a trabajar en el observatorio lunar.
Pero tres o cuatro veces cada millar de años, ocurre algo junto a
lo cual hasta una nova palidece para quedar convertida en una
insignificancia absoluta. Cuando una estrella se convierte en supernova,
puede, durante un corto tiempo, brillar más que todos los soles
juntos de la galaxia. Los astrónomos chinos vieron suceder esto en
el año 1054 de nuestra era, sin saber de qué se trataba. Cinco
siglos más tarde, en 1572, una supernova brilló en Casiopea con
tal fulgor que era visible en el cielo diurno. Han habido tres más
en el millar de años transcurridos desde entonces.
Nuestra misión era visitar los restos de una de estas catástrofes,
reconstruir los acontecimientos que la habían producido y, si era
posible, averiguar las causas de la misma. Atravesamos lentamente
las esferas concéntricas de gas que habían sido impulsadas por la
explosión de seis mil años antes, y que sin embargo aún seguían
expandiéndose. Eran inmensamente calientes, radiando aún una
intensa luz violeta, pero ya demasiado tenues para causar cualquier
daño. Cuando la estrella había estallado, sus capas exteriores habían
sido lanzadas hacia fuera con tal velocidad que habían escapado
completamente de su campo gravitatorio. Ahora formaban una esfera
hueca lo bastante grande como para contener un millar de sistemas
solares, y en su centro brillaba el pequeño y fantástico objeto en
que se había convertido la estrella: una enana blanca, más pequeña
que la Tierra, y no obstante un millón de veces más pesada que
ella.
Las brillantes esferas de gas estaban a nuestro alrededor, cerrando
el paso a la habitual oscuridad del espacio interestelar. Navegábamos
hacia el centro de una bomba cósmica que había detonado hacía
milenios, y cuyos fragmentos incandescentes aún seguían alejándose.
La inmensa escala de la explosión y el hecho de que los restos cubrían
ya un volumen de espacio de muchos miles de millones de kilómetros
de diámetro robaba a la escena todo movimiento visible. Pasarían décadas
antes de que el ojo desnudo detectase cualquier variación en
aquellos torturados remolinos y nubes de gases y, sin embargo, la
sensación de una expansión turbulenta era sobrecogedora.
Habíamos parado nuestros motores principales horas antes y avanzábamos
lentamente, llevados por el impulso hacia la estrella enana. En otro
tiempo había sido como el nuestro, pero había derrochado en pocas
horas la energía que lo hubiera mantenido brillando durante un millón
de años. Ahora era una empequeñecida miseria, acumulando
avaramente sus recursos como para tratar de compensar su pródiga
juventud.
Nadie tenía verdaderas esperanzas de encontrar planetas. Si había
habido alguno antes de la explosión, habrían sido convertidos en
nubecillas de gas y su sustancia inmersa en la superior cantidad de
restos producidos por la misma estrella. Pero hicimos la investigación
de rutina, como siempre se hace cuando uno se aproxima a una
estrella desconocida. Y para sorpresa nuestra, hallamos un pequeño
mundo solitario circundando la estrella a una inmensa distancia. Debía
tratarse del Plutón de aquel desconocido sistema solar, orbitando
en las fronteras de la noche demasiado lejos del sol central para
haber conocido nunca la vida, y cuya lejanías lo había salvado del
destino de sus compañeros perdidos.
Las llamas que habían pasado junto a él había fundido sus rocas y
volatilizado la capa de gas helado que debía haberlo cubierto en
los días anteriores al desastre. Aterrizamos y encontramos la Bóveda.
Sus constructores habían tenido mucho cuidado en asegurarse de que
la hallásemos. La monolítica señal que se alzaba sobre la entrada
era ahora un muñón fundido, pero hasta las primeras fotografías
a gran distancia ya nos indicaban que se trataba del trabajo de
seres inteligentes. Un poco más tarde detectamos las tramas
radioactivas que, a nivel continental, habían sido grabadas en las
rocas. Aunque el pilón situado sobre la Bóveda había sido
destruido, éste permanecía como un casi eterno faro llamando a las
estrellas. Nuestra nave cayó hacia el gigantesco blanco con una
flecha va hacia su meta.
El pilón debió de haber tenido casi un par de kilómetros de
altura cuando fue construido, pero ahora parecía una vela que se ha
fundido hasta convertirse en un charco de cera. Nos llevó una
semana perforar la roca fundida, puesto que no teníamos las
herramientas adecuadas para una tarea como aquélla. Éramos astrónomos,
no arqueólogos, pero podíamos improvisar. Habíamos olvidado ya
nuestro programa original: aquel monumento solitario, erigido tan
trabajosamente a la mayor distancia posible del sol condenado, sólo
podía tener un significado. Una civilización que sabía que estaba
a punto de morir había jugado su última carta para ganar la
inmortalidad.
Nos llevará generaciones investigar todos los
tesoros que fueron colocados en la bóveda. Tuvieron mucho tiempo
para prepararse, pues su sol debió de haber dado sus primeros
avisos muchos años antes de la detonación final. Llevaron a aquel
lejano mundo, en los días antes del fin, todo aquello que deseaban
conservar, todos los frutos de su genio, esperando que alguna otra
raza las hallase y no fuesen absolutamente olvidados.
¡Si hubieran tenido sólo algo más de tiempo! Podían viajar a
voluntad entre los planetas de su propio sol, pero no habían
aprendido aún a cruzar los abismos interestelares, y el sistema
solar más cercano se hallaba años-luz de distancia.
Aunque no hubieran sido tan desconcertadamente humanos como sus
esculturas muestran, no podríamos haber dejado de admirarlos y
dolernos por su destino. Dejaron millares de grabaciones visuales y
las máquinas para proyectarlas, junto con detalladas instrucciones
pictográficas a partir de las cuales no será difícil aprender su
lenguaje escrito. Hemos examinado muchas de esas grabaciones y
vuelto a la vida por primera vez en seis mil años el calor y la
belleza de una civilización que, en muchos aspectos, debió de
haber sido superior a la nuestra. Quizá sólo nos mostrasen
lo mejor, y uno no puede culparles por ello. Pero sus mundos eran
encantadores, sus ciudades estaban edificadas con una gracilidad que
se puede comparar con lo mejor que nosotros tenemos. Los hemos
contemplado trabajando y disfrutando, y escuchado su musical
lenguaje través de los siglos. Aún tengo ante mis ojos un grupo de
niños en una playa de extraña arena azul, jugando con las olas tal
como lo hacen los de la Tierra.
Y, hundiéndose en el mar, aún cálido y amistoso y dador de
vida, se ve el sol que pronto se convertirá en traidor y aniquilará
toda aquella felicidad inocente.
Quizá, si no hubiéramos estado tan lejos de casa y
tan vulnerables ante la soledad, no nos hubiéramos sentido tan
profundamente conmovidos. Muchos de nosotros habíamos visto ya las
ruinas de antiguas civilizaciones en otros mundos, pero nunca nos
habían afectado profundamente.
Aquella tragedia era algo fuera de lo común. Una cosa es que una
raza decline y muera, como ha ocurrido con las naciones y las
culturas en la Tierra, y otra que sea destruida de una manera
tan completa en la flor de su desarrollo, sin dejar
supervivientes... ¿Cómo puede reconciliarse esto con la
misericordia divina?
Mis colegas me han preguntado esto, y yo les he dado las respuestas
que me ha sido posible. Quizá tú lo hubieras hecho mejor, Padre
Loyola, pero no he encontrado nada en los Exercitia
Spiritualia que me pueda servir en este caso. No eran una
gente malvada: no sé a qué dioses adorarían, si es que adoraban a
alguno. Pero los he contemplado a través de los siglos y los he
observado mientras su sol moribundo iluminaba por última vez la
belleza a cuya conservación dedicaron sus últimos esfuerzos.
Sé las respuestas que mis colegas darán cuando regresemos a la
Tierra. Dirán que el Universo no tiene propósito ni plan, y que
algo así como un centenar de soles estallan cada año en nuestra
galaxia, y que en este mismo momento alguna raza está muriendo en
las profundidades del espacio. El que esta raza haya obrado bien o
mal durante su vida no importa al fin: no hay justicia divina,
pues no hay Dios.
Y sin embargo, claro está, lo que hemos visto no prueba nada de
eso. Cualquiera que argumente así está dejándose llevar por la
emoción y no por la lógica. Dios no tiene necesidad alguna de
justificar sus acciones ante el hombre. Él, que ha creador el
universo, puede destruirlo cuando lo desee. Es pura arrogancia, y se
acerca mucho a la blasfemia, el tratar de decirle lo que puede o no
puede hacer.
Esto podría haberlo aceptado, a pesar de lo que me cueste
contemplar mundos y pueblos enteros lanzados al horno. Pero llega un
momento en que hasta la fe más profunda se tambalea y, ahora,
mientras miro mis cálculos, sé que al fin ha llegado a ese
momento.
No podíamos asegurar, antes de alcanzar la nebulosa, cuánto hacía
que se había producido la explosión. Ahora, mediante las
evidencias astronómicas y las grabaciones en las rocas de aquel
planeta superviviente, he sido capaz de fecharla con mucha
exactitud. Sé en qué año la luz de aquella colosal detonación
llegó a la Tierra. Sé cuán brillantemente la supernova cuyo cadáver
se va empequeñeciendo tras nuestra nave que acelera iluminó en
otro tiempo los cielos de la Tierra. Sé cómo debió de haber
aparecido, muy baja sobre el horizonte del este, antes del amanecer,
como un faro en aquella alba oriental.
No cabe duda alguna: al fin ha quedado resuelto el antiguo misterio.
Y, sin embargo, ¡oh, Dios!, había tantas estrellas que podrías
haber usado.
¿Qué necesidad había de lanzar a ese pueblo al fuego, para que el
símbolo de su fin brillase sobre Belén? (*)
(*)
Fuente: Arthur Clarke, "La estrella", en El
centinela, Biblioteca El Mundo, Unidad Editorial, Madrid, 1998,
pp. 85-98.
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