La
rosa de Paracelso
Tigres
azules
Los
dos cuentos borgeanos
que ofrecemos a vuestra lectura pertenecen a La memoria de
Shakespeare. En "La rosa de Paracelso", Borges
imagina su ficción desde la tradicional relación
maestro-discípulo. El verdadero maestro elige con matemática
precisión a un discípulo. La sabiduría reclama verdad y
también autenticidad en su descubrimiento y asimilación. Si
la motivación del candidato a discípulo no es noble, el
saber corre peligro y pierde una posibilidad para su correcta
conservación. Y si el maestro intuye nubes oscuras en la
frente del falso discípulo deberá ocultar su gema, fingir
ignorancia; deberá quemar una rosa y luego no ensayar su
mágica resurrección...
El maestro que inspira el relato borgeano es Paracelso, el
célebre médico y alquimista suizo del Renacimiento que
pensó la imaginación como una fuerza corpórea y
experimentó con el homúnculo, la creación de un artificial
ser humano en el laboratorio alquímico. Paracelso es un
importante personaje en el universo renacentista del duque Pier Francesco
Orsini recreado por Manuel Mujica Láinez en su esencial
novela histórica Bomarzo.
El segundo cuento, "Tigres azules", sólo en su
abertura es otra reincidencia en la pasión borgeana por los
felinos de Bengala y Siberia. El verdadero manantial del
relato borbotea en unas "insensatas piedras que
engendran". Mágicas piedras azules que se multiplican
con vigor en una lujuria caótica y sin respetar ningún
patrón lógico de multiplicación. Entonces, más que un
regreso al fervor por los animales de las muchas rayas, lo que
bulle aquí es la intuición de un caos inextricable que se
halla en el espinazo inasible de la realidad a la manera de
"La lotería de Babilonia", otro esencial relato de
Borges.
El
camino auténtico hacia la sabiduría y el descenso al
tembladeral caótico del mundo generan las situaciones
fantásticas de estos dos relatos que incluimos en Grandes
relatos fantásticos de Temakel.
El
maestro verdadero y las piedras que se multiplican nos arrojan
a las aguas aún desconocidas.
Esteban
Ierardo
LA
ROSA DE PARACELSO
En
su taller que abarcaba
las dos habitaciones del sótano,
Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a
cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El
escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares.
Levantarse para encender la lampara de hierro era demasiado
trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su
plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques
y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento,
se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió
una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy
cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y
esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.
El
maestro fue el primero que habló:
-
Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente – dijo no
sin cierta pompa. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué
deseas de mí?
-
Mi nombre es lo de menos -replicó el otro -. Tres días y
tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu
discípulo. Te traigo todos mis haberes.
Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran
muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había
dado la espalda para encender la lampara. Cuando se dio vuelta
advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo
inquietó.
Se
recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:
-
Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los
elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y
si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.
-
El oro no me importa- respondió el otro.
-
Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de
trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer el
camino que conduce a la Piedra.
Paracelso
dijo con lentitud:
-
El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si
no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender.
Cada paso que darás es la meta.
El
otro miró con recelo. Dijo con voz distinta:
-
Pero.. ¿hay una meta?
Paracelso
se rió.
-
Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos
dicen que no, y me llaman un impostor. No les doy la razón,
pero no es imposible que sea un iluso. Sé que “hay” un
Camino.
Hubo
un silencio, y dijo el otro:
-
Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar
muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar
siquiera de lejos la Tierra Prometida, aunque los astros no me
dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.
-
¿Cuándo?- preguntó con inquietud Paracelso.
-
Ahora mismo - contestó con brusca decisión el discípulo.
Habían
empezado hablando en latín; ahora, en alemán. El muchacho
elevó en el aire la rosa.
-
Es fama -dijo - que puedes quemar una rosa y hacerla
resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser
testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi
vida entera.
-
Eres muy crédulo- dijo el maestro-. No he menester de la
credulidad; exijo la fe.
El
otro insistió.
-
Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la
aniquilación y la resurrección de la Rosa.
Paracelso
la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
-
Eres crédulo - dijo-. ¿Dices que soy capaz de
destruirla?
-
Nadie es incapaz de destruirla - dijo el discípulo.
-
Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser
devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso
pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
-
No estamos en el Paraíso - habló tercamente el
muchacho; - aquí, bajo la luna, todo es mortal.
Paracelso
se había puesto de pie e inquirió:
-
¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede
crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída
es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
-
Una rosa puede quemarse- desafió el discípulo.
-Aún
queda el fuego en la chimenea. Si arrojamos esta rosa a las
brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es
verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que solo su
apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la
vieras de nuevo.
-
¿Una palabra?- dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor
está apagado y están llenos de polvos los alambiques. ¿Qué
harías para que resurgiera?
Paracelso
lo miró con tristeza.
-
El atanor esta apagado – repitió – y están llenos de
polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de
otros instrumentos.
-
No me atrevo a preguntar cuáles son - dijo el otro con
astucia o con humildad.
-
Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la
tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado
original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la
ciencia de la Kabalah.
El
discípulo dijo con frialdad:
-
Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición
de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el
Verbo.
Paracelso
reflexionó. Al cabo, dijo:
-
Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia
impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la
fe que buscas: Deja, pues, la rosa.
El
joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le
dijo:
-
Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un
maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer
semejante don?
El
otro replicó, tembloroso:
-
Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años
que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después
la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de
mis ojos.
Tomó
con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado
sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió
y solo quedó un poco de ceniza.
Durante
un instante infinito esperó las palabras y el milagro.
Paracelso
no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
-
Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman
que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está
la ceniza que fue la rosa y que no lo será.
El
muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un
mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta
y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas
eran vanas.
Se
arrodilló, y le dijo:
-
He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor
exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza.
Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al
cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba
con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le
inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan
insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes
Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de
la máscara no había nadie?
Dejarle
las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir.
Paracelso lo acompaño hasta el pie de la escalera y le dijo
que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que
no volverían a verse.
Paracelso
se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en
el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la
mano cóncava y dijo una palabra en voz baja.
Y
la rosa resurgió. (*)
(*)
Fuente: Jorge Luis Borges, "La rosa de Paracelso",
en Obras Completas, editorial Emecé, Buenos Aires, pp. 89-92.
TIGRES AZULES

Una
famosa página de Blake hace del tigre un fuego que resplandece
y un arquetipo eterno del mal; prefiero aquella sentencia de
Chesterton, que lo define como símbolo de terrible elegancia.
No hay palabras, por lo demás, que puedan ser cifra del tigres,
forma que desde hace siglos habita la imaginación de los
hombres. Siempre me atrajo el tigre. Sé que me demoraba, de niño,
ante cierta jaula del zoológico; nada me importaban las otras.
Juzgaba a las enciclopedias y a los libros de historia natural
por los grabados de los tigres. Cuando me fueron revelados los
Jungle Books, me desagradó que Shere Khan, el tigre, fuera el
enemigo del héroe. A lo largo del tiempo, ese curioso amor no
me abandonó. Sobrevivió a mi paradójica voluntad de ser
cazador y a las comunes vicisitudes humanas. Hasta hace poco -la
fecha me parece lejana, pero en realidad no lo es- convivió de
un modo tranquilo con mis habituales tareas en la Universidad de
Lahore. Soy profesor de lógica occidental y consagro mis
domingos a un seminario sobre la obra de Spinoza. Debo agregar
que soy escocés; acaso el amor de los tigres fue el que me
atrajo de Aberdeen al Punjab. El curso de mi vida ha sido común,
en mis sueños siempre vi tigres (ahora los pueblan de otras
formas).
Más
de una vez he referido estas cosas y ahora me parecen ajenas.
Las dejo, sin embargo, ya que las exige mi confesión.
A
fines de 1904, leí que en la región del delta del Ganges habían
descubierto una variedad azul de la especie. la noticia fue
confirmada por telegramas ulteriores, con las contradicciones y
disparidades que son del caso. Mi viejo amor se reanimó.
Sospeché un error, dada la impresión habitual de los nombres
de los colores. Recordé haber leído que en islandés el nombre
de Etiopía era "Bláland", Tierra Azul o Tierra de
Negros. El tigre azul bien podía ser una pantera negra. Nada se
dijo de las rayas y la estampa de un tigre azul con rayas de
plata que divulgó la prensa de Londres; era evidentemente apócrifo.
El azul de la ilustración me pareció más propio de la heráldica
que de la realidad. En un sueño vi tigres de un azul que no había
visto nunca y para el cual no hallo la palabra justa. Sé que
era casi negro, pero esa circunstancia no basta para imaginar el
matiz. Meses después un colega me dijo que en cierta aldea muy
distante del Ganges había oído hablar de tigres azules. El
dato no dejó de sorprenderme, porque se que en esta región son
raros los tigres. Nuevamente soñé con el tigre azul, que al
andar proyectaba su larga sombra sobre el suelo arenoso.
Aproveché las vacaciones para emprender el viaje a esa aldea,
de cuyo nombre -por razones que luego aclararé- no quiero
acordarme.
Arribé
ya terminada la estación de las lluvias. La aldea estaba
agazapada al pie de un cerro, que me pareció más ancho que
alto, y la cercaba y amenazaba una jungla, que era de un color
pardo. En alguna página de Kipling tiene que estar el villorio
de mi aventura ya que en ellas está toda la India, y de algún
modo todo el orbe. Básteme referir que una zanja con oscilantes
puentes de cañas apenas defendía las chozas. Hacia el sur había
ciénagas y arrozales y una hondonada con un río limoso cuyo
nombre no supe nunca, y después, de nuevo, la jungla.
La
población era de hindúes. El hecho, que yo había previsto, no
me agradó. Siempre me he llevado mejor con los musulmanes,
aunque el Islam, lo sé, es la más pobre de las creencias que
proceden del judaísmo.
Sentimos
que en la India el hombre pulula; en la aldea sentí que lo que
pulula es la selva, que casi penetraba en las chozas. El día
era opresivo y la noche no tenía frescura.
Los
ancianos me dieron la bienvenida, y mantuve con ellos un primer
diálogo, hecho de vanas cortesías. Ya dije la pobreza del
lugar, pero sé que todo hombre da por sentado que su patria
encierra algo único. Ponderé las dudosas habitaciones y los no
menos dudosos manjares y dije que la fama de ese lugar había
llegado hasta Lahore. Los rostros de los hombres cambiaron; intuí
inmediatamente que había cometido una torpeza y que debía
arrepentirme. Los sentí poseedores de un secreto que no
compartirían con un extraño. Acaso veneraban al Tigre Azul y
le profesaban un culto que mis temerarias palabras habrían
profanado.
Esperé
a la mañana del otro día. Consumido el arroz y bebido el te,
abordé mi tema. Pese a la víspera, no entendí, no pude
entender, lo que sucedió. Todos me miraron con estupor y casi
con espanto, pero cuando les dije que mi propósito era apresar
a la fiera de la curiosa piel, me oyeron con alivio. Alguno me
dijo que lo había divisado en el lindero de la jungla.
En
mitad de la noche me despertaron. Un muchacho me dijo que una
cabra se había escapado del redil y que, yendo a buscarla, había
divisado al tigre azul en la otra margen del río. Pensé que la
luz de la luna nueva no permitiría divisar el color, pero todos
confirmaron el relato y alguno, que antes había guardado
silencio, dijo que lo había visto. Salimos con los rifles y vi,
o creí ver, una sombra felina que se perdía en la tiniebla de
la jungla. No dieron con la cabra, pero la fiera que la había
llevado, bien podía no ser mi tigre azul. Me indicaron con énfasis
unos rastros que, desde luego, nada probaban.
Al
cabo de las noches comprendí que esas falsas alarmas constituían
una rutina. Como Daniel Defoe, los hombres del lugar eran
diestros en la invención de rastros circunstanciales. El tigre
podía ser avistado a cualquier hora, hacia los arrozales del
Sur o hacia la maraña del Norte, pero no tardé en advertir que
los observadores se turnaban con regularidad sospechosa. Mi
llegada coincidía invariablemente con el momento exacto en que
el tigre acababa de huir. Siempre me indicaban la huella y algún
destrozo, pero el puño de un hombre puede falsificar los
rastros de un tigre. Una que otra vez fui testigo de un perro
muerto. Una noche de luna, pusimos una cabra de señuelo y
esperamos en vano hasta la aurora. Pensé al principio que esas
fábulas cotidianas obedecían al propósito de que yo demorara
mi estadía, que beneficiaba a la aldea, ya que la gente me vendía
alimentos y cumplía mis quehaceres domésticos. Para verificar
esa conjetura, les dije que pensaba buscar el tigre en otra región,
que estaba aguas abajo. Me sorprendió que todos aprobaran mi
decisión. Seguí advirtiendo, sin embargo, que había un
secreto y que todos recelaban de mí.
Ya
dije que el cerro boscoso a cuyo pie se amontonaba la aldea no
era muy alto; una meseta lo truncaba. Del otro lado, hacia el
Oeste y el Norte, seguía la jungla. Ya que la pendiente no era
áspera, les propuse una tarde escalar el cerro. Mis sencillas
palabras los consternaron. Uno exclamó que la ladera era muy
escarpada. El más anciano dijo con gravedad que mi propósito
era de ejecución imposible. La cumbre era sagrada y estaba
vedada a los hombres por obstáculos mágicos. Quienes la
hollaban con pies mortales corrían el albur de ver la divinidad
y de quedarse locos o ciegos.
No
insistí, pero esa noche, cuando todos dormían, me escurrí de
la choza sin hacer ruido y subí la fácil pendiente. No había
camino y la maleza me demoró.
La
luna estaba en el horizonte. Me fijé con singular atención en
todas las cosas, como si presintiera que aquel día iba a ser
importante, quizá el más importante de mis días. Recuerdo aún
los tonos obscuros, a veces casi negros, de la hojarasca.
Clareaba y en el ámbito de las selvas no cantó un solo pájaro.
Veinte
o treinta minutos de subir y pise la meseta. Nada me costó
imaginar que era más fresca que la aldea, sofocada a su pie.
Comprobé que no era la cumbre, que era una suerte de terraza,
no demasiado dilatada, y que la jungla se encaramaba hacia
arriba, en el flanco de la montaña. Me sentí libre, como si mi
permanencia en la aldea hubiera sido una prisión. No me
importaba que sus habitantes hubieran querido engañarme; sentí
que de algún modo eran niños.
En
cuanto al tigre... Las muchas frustraciones habían gastado mi
curiosidad y mi fe, pero de manera casi mecánica busqué
rastros.
El
suelo era agrietado y arenoso. En una de las grietas, que por
cierto no eran profundas y que se ramificaban en otras, reconocí
un color. Era, increíblemente, el azul del tigre de mi sueño.
Ojalá no lo hubiera visto nunca. Me fijé bien. La grieta
estaba llena de piedrecitas, todas iguales, circulares, muy
lisas y de pocos centímetros de diámetro. Su regularidad le
prestaba algo artificial, como si fueran fichas.
Me
incliné, puse la mano en la grieta y saqué unas cuantas. Sentí
un levísimo temblor. Guardé el puñado en el bolsillo derecho,
en el que había una tijerita y una carta de Allabahad. Estos
dos objetos casuales tienen su lugar en mi historia.
Ya
en la choza, me quité la chaqueta. Me tendí en la cama y volví
a soñar con el tigre. En el sueño observé el color; era el
del tigre ya soñado y el de las piedritas de la meseta. Me
despertó el sol en la cara. Me levanté. La tijera y la carta
me estorbaban para sacar los discos. Saqué un primer puñado y
sentí que aún quedaban dos o tres. Una suerte de cosquilleo,
una muy leve agitación, dio calor a mi mano. Al abrirla vi que
los discos eran treinta o cuarenta. Yo hubiera jurado que no
pasaban de diez. Las dejé sobre la mesa y busqué los otros. No
precisé contarlos para verificar que se habían multiplicado.
Los junté en un solo montón y traté de contarlos uno por uno.
La
sencilla operación resultó imposible. Miraba con fijeza
cualquiera de ellos, lo sacaba con el pulgar y el índice y
cuando estaba solo, eran muchos. Comprobé que no tenía fiebre
e hice la prueba muchas veces. El obsceno milagro se repetía.
Sentí frío en los pies y en el bajo vientre y me temblaban las
rodillas. No se cuanto tiempo pasó.
Sin
mirarlos, junté los discos en un solo montón y los tiré por
la ventana. Con extraño alivio sentí que había disminuido su
número. Cerré la puerta con firmeza y me tendí en la cama.
Busqué la exacta posición anterior y quise persuadirme de que
todo había sido un sueño. Para no pensar en los discos, para
poblar de algún modo el tiempo, repetí con lenta precisión,
en voz alta, las ocho definiciones y los siete axiomas de la Ética.
No sé si me auxiliaron. Temí instintivamente que me hubieran oído
hablar solo, y abrí la puerta.
Era
el más anciano, Bhagwan Dass. Por un instante su presencia
pareció restituirme a lo cotidiano. Salimos. Yo tenía la
esperanza de que hubieran desaparecido los discos, pero ahí
estaban, en la tierra. Ya no se cuantos eran.
El
anciano los miró y me miró.
-
Estas piedras no son de aquí . Son las de arriba -dijo con una
voz que no era la suya
-
Así es -le respondí. Agregué no sin desafío. que las había
hallado en la meseta, en inmediatamente me avergoncé de darle
explicaciones. Bhagwan Dass, sin hacerme caso, se quedó mirándolas
fascinado. Le ordené que las recogiera. No se movió.
Me
duele confesar que saqué el revólver y le repetí la orden en
voz más alta.
Bhagwan
Dass balbuceó:
-
Más vale una bala en el pecho que una piedra azul en la mano.
-
Eres un cobarde -le dije.
Yo
estaba, creo, no menos aterrado, pero cerré los ojos y recogí
un puñado de piedras con la mano izquierda. Guardé el revólver
y las dejé caer en la palma abierta de la otra. Su número era
mucho mayor.
Sin
saberlo, ya había ido acostumbrándome a esas transformaciones.
Me sorprendieron menos que los gritos de Bhagwan Dass.
-¡Son
las piedras que engendran! -exclamó-. Ahora son muchas, pero
pueden cambiar. Tienen la forma de la luna cuando está llena y
ese color azul que sólo es permitido ver en los sueños. Los
padres de mis padres no mentían cuando hablaban de su poder.
La
aldea entera nos rodeaba.
Me
sentí el mágico poseedor de esas maravillas. Ante el asombro
unánime, recogía los discos, los elevaba, los dejaba caer, los
desparramaba, los veía crecer o multiplicarse o disminuir extrañamente.
La
gente se agolpaba, presa de estupor y de horror. Los hombres
obligaban a sus mujeres a mirar el prodigio. Alguna se tapaba la
cara con el antebrazo, alguna apretaba los párpados. Ninguno se
animó a tocar los discos, salvo un niño feliz que jugó con
ellos. En un momento sentí que ese desorden estaba profanando
el milagro. Junté todos los discos que pude y volví a la
choza.
Quizá
he tratado de olvidar el resto de aquel día, que fue el primero
de una serie desventurada que no ha cesado aún. Lo cierto es
que no lo recuerdo. Hacia el atardecer pensé con nostalgia en
la víspera, que no había sido particularmente feliz, ya que
estuvo poblada, como otras, por la obsesión del tigre. Quise
ampararme en esa imagen, antes armada de poder y ahora baladí.
El tigre azul me pareció no menos inocuo que el cisne negro del
romano, que se descubrió después en Australia.
Releo
mis notas anteriores y compruebo que he cometido un error
capital. Desviado por el hábito de esa buena o mala literatura
que malamente se llama psicológica, he querido recuperar, no sé
porqué, la sucesiva crónica de mi hallazgo. Más me hubiera
valido insistir en la monstruosa índole de los discos.
Si
me dijeran que hay unicornios en la luna, yo aprobaría o
rechazaría ese informe o suspendería mi juicio, pero podría
imaginarlos. En cambio, si me dijeran que en la luna seis o
siete unicornios pueden ser tres, yo afirmaría de antemano que
el hecho era imposible. Quien ha entendido que tres y uno son
cuatro, no hace la prueba con monedas, con dados, con piezas de
ajedrez o con lápices. Lo entiende y basta. No puede concebir
otra cifra. Hay matemáticos que afirman que tres y uno es una
tautología de cuatro, una manera diferente de decir cuatro... A
mí, Alexandre Craigie, me había tocado en suerte descubrir,
entre todos los hombres de la tierra, los únicos objetos que
contradicen esa ley esencial de la mente humana.
Al
principio yo había sufrido el temor de estar loco; con el
tiempo creo que hubiera preferido estar loco, ya que mi
alucinación personal importaría menos que la prueba de que en
el universo cabe el desorden. Si tres y uno pueden ser dos o
pueden ser catorce, entonces la razón es una locura.
En
aquel tiempo contraje el hábito de soñar con las piedras. La
circunstancia de que el sueño no volviera todas las noches me
concedía un resquicio de esperanza, que no tardaba en
convertirse en terror. El sueño era más o menos el mismo. El
principio anunciaba el temido fin. Una baranda y unos escalones
de hierro que bajaban en espiral y un sótano o un sistema de sótanos
que se ahondaban en otras escaleras cortadas casi a pico, en
herrerías, en cerrajerías, en calabozos y en pantanos. En el
fondo, en su esperada grieta, las piedras que eran también
Behemoth o Leviathan los animales que significaban en la
escritura que el Señor es irracional. Yo me despertaba
temblando y ahí estaban las piedras en el cajón, listas a
transformarse.
La
gente era distinta conmigo. Algo de la divinidad de los discos,
que ellos apodaban tigres azules, me había tocado, pero
asimismo me sabían culpable de haber profanado la cumbre. En
cualquier instante de la noche, en cualquier instante de la
noche, en cualquier instante del día, podían castigarme los
dioses. No se atrevieron a atacarme o a condenar mi acto, pero
noté que ahora eran todos peligrosamente serviles. No volví a
ver al niño que había jugado con los discos. Temí el veneno o
un puñal en la espalda. Una mañana, antes del alba, me evadí
de la aldea. Sentí que la población entera me espiaba y que mi
fuga fue un alivio. Nadie, desde aquella primera mañana, había
querido ver las piedras.
Volví
a Lahore. En mi bolsillo estaba el puñado de discos. El ámbito
familiar de mis discos no me trajo el alivio que yo buscaba.
Sentí que en el planeta persistían la aborrecida aldea y la
jungla y el declive espinoso con la meseta y en la meseta las
pequeñas grietas y en las gritas las piedras. Mis sueños
confundían y multiplicaban esas cosas dispares. La aldea era
las piedras, la jungla era la ciénaga y la ciénaga la jungla.
Rehuí
la presencia de mis amigos. Temí ceder a la tentación de
mostrarles ese milagro atroz que socavaba la ciencia de los
hombres.
Ensayé
diversos experimentos. Hice una incisión en forma de cruz en
uno de los discos. Lo barajé entre los demás y lo perdí al
cabo de una o dos conversiones, aunque la cifra de los discos
había aumentado. Hice una prueba análoga con un disco al que
había cercenado con una lima, una arco de círculo. Éste
asimismo se perdió. Con un punzón abrí un orificio en el
centro de un disco y repetí la prueba. Lo perdí para siempre.
Al otro día regresó de su estadía en la nada el disco de la
cruz. ¿Qué misterioso espacio era ése, que absorbía las
piedras y devolvía con el tiempo una que otra, obedeciendo a
leyes inescrutables o a un arbitrio inhumano?
El
mismo anhelo de orden que en el principio creó las matemáticas
hizo que yo buscara un orden en esa aberración de las matemáticas
que son las insensatas piedras que engendran. En sus
imprevisibles variaciones quise hallar una ley. Consagré los días
y las noches a fijar una estadística de los cambios. Mi
procedimiento era éste. Contaba con los ojos las piezas y
anotaba la cifra. Luego las dividía en dos puñados que
arrojaba sobre la mesa. Contaba las dos cifras, las anotaba y
repetía la operación. Inútil fue la búsqueda de un orden, de
un dibujo secreto en las rotaciones. El máximo de piezas que
conté fue 419; el mínimo, tres. Hubo un momento que esperé, o
temí, que desaparecieran. A poco de ensayar comprobé que un
disco aislado de los otros no podía multiplicarse o
desaparecer.
Naturalmente,
las cuatro operaciones de sumar, restar, multiplicar o dividir,
eran imposibles. Las piedras se negaban a la aritmética y al cálculo
de probabilidades. Cuarenta discos, podían, divididos, dar
nueve; los nueve, divididos a su vez, podían ser trescientos.
No sé cuánto pesaban. No recurrí a una balanza, pero estoy
seguro que su peso era constante y leve. El color era siempre
aquel azul.
Estas
operaciones me ayudaron a salvarme de la locura. Al manejar las
piedras que destruyen la ciencia matemática, pensé más de una
vez en aquellas piedras del griego que fueron los primeros
guarismos y que han legado a tantos idiomas la palabra "cálculo".
Las matemáticas, dije, tienen su comienzo y ahora su fin en las
piedras. Si Pitágoras hubiera operado con éstas...
Al
término de un mes comprendí que el caos era inextricable. Ahí
estaban indómitos los discos y la perpetua tentación de
tocarlos, de volver a sentir el cosquilleo, de arrojarlos, de
verlos aumentar y decrecer, y de fijarme en pares o impares.
Llegué a temer que contaminaran las cosas y particularmente los
dedos que insistían en manejarlos.
Durante
unos días me impuse el íntimo deber de pensar en las piedras,
porque sabía que el olvido sólo podía ser momentáneo y que
redescubrir mi tormento sería intolerable.
No
dormí la noche del 10 de febrero. Al cabo de una caminata que
me llevó hasta el alba, traspuse los portales de la mezquita
Wazil Khan. Era la hora en que la luz no ha revelado los
colores. No había un alma en el patio. Sin saber porqué, hundí
las manos en el agua de la cisterna. Ya en el recinto, pensé
que Dios y Alá son dos nombres de un ser inconcebible, y le pedí
en voz alta que me librara de mi carga. Inmóvil, aguardé una
contestación.
No
oí los pasos, pero una voz cercana me dijo:
-
He venido.
A
mi lado estaba el mendigo. Descifré en el crepúsculo el
turbante, los ojos apagados, la piel cetrina y la barba gris. No
era muy alto
Me
tendió la mano y me dijo, siempre en voz baja:
-
Una limosna, Protector de los Pobres.
Busqué,
y le respondí:
-No
tengo una sola moneda.
-Tienes
muchas -fue la contestación.
En
mi bolsillo derecho estaban las piedras. Saqué una y la dejé
caer en la mano hueca. No se oyó el menor ruido.
-
Tienes que darme todas - me dijo-. El que no ha dado todo no ha
dado nada.
Comprendí
y le dije:
-
Quiero que sepas que mi limosna puede ser espantosa.
Me
contestó:
-
Acaso esa limosna es la única que puedo recibir. He pecado.
Dejé
caer todas las piedras en la cóncava mano. Cayeron como en el
fondo del mar, sin el ruido más leve.
Después
me dijo:
-
No sé aún cuál es tu limosna, pero la mía es espantosa. Te
quedas con los días y las noches, con la cordura, con los hábitos,
con el mundo.
No
oí los pasos del mendigo ciego ni lo vi perderse en el alba.
(*)
(*)
Fuente:
Jorge Luis Borges, "Tigres azules, en La memoria de
Shakespeare, incluido en Obras Completas, v.III, Ed. Emecé,
Buenos Aires, pp. 381-388.