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Imagen de
un tren, protagonista del relato de Arreola que presentamos
aquí. Un tren que mueve la nieve, como también puede
desplazar la resplandeciente sustancia de la fantasía, como
ocurre en "El guardagujas" del
escritor mexicano Juan José Arreola.
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Juan José Arreola es
una de las estrellas más vivas del cielo literario mexicano. Nació
en 1918 en Jalisco aunque luego afirmó que "pudo haber nacido
en cualquier lugar y en cualquier tiempo". En su literatura
resuenan palpitaciones fantásticas. Obra cumbre en su creación es Confabulario,
la cual mereció varias reediciones luego de su primera aparición
en 1952. Algunos de sus logros son: La
migala, El miligramo prodigioso, Baby H.P., Botella
de Klein. A su hijo
Oscar Arreola, le dictó el texto autobiográfico El último juglar.
"El
Guardagujas" es una de sus ficciones fundamentales. Allí, lo
fantástico socava el deseo de previsibilidad y orden. Un viaje en
tren aspira a ser el ejemplo de puntualidad y eficacia.
Manifestación de la técnica segura y planificada. Pero, en el relato de Arreola, el tren, sus
viajes y rieles, se transforman en la materialización de lo esquivo,
azaroso e incontrolable.
El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran
valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se
enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los
rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo
consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave.
Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago
aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero
tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero,
que le preguntó con ansiedad:
-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
-¿Lleva usted poco tiempo en este país?
-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer
ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y
señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un
presidio.
-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso
de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más
barato y recibirá mejor atención.
-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le
daré unos informes.
-Por favor...
-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta
ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho
grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios
y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y
enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos
hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que
los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que
pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país
así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del
servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de
desagrado.
-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?
-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede
darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En
algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo
mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún
tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que
eso pueda suceder. Yo he visto pasar por aquí, pero nada impide que
eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y
conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera
convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a
subir a un hermoso y confortable vagón.
-¿Me llevará ese tren a T.?
-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.?
Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el
tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese
rumbo no es el de T.?
-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo
ser conducido a ese lugar, ¿no es así?
-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros
podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones,
adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las
gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país.
Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...
-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...
-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser
construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su
inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto
ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes,
ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación,
y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero
tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y
definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser
conducido al sitio que desea.
-¿Cómo es eso?
-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a
ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares
intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas
transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en
tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos
trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo
de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero
lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que
prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren
trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los
vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las
ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las
previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los
de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros
tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por
igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.
-¡Santo Dios!
-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos
accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas
por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros
pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales
surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se
transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una
aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los
vestigios enmohecidos del tren.
-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a
convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los
viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio.
Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las
páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que
en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave
omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el
puente que debía salvar un abismo. Pues
bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los
pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir
adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza
por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que
todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río
caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la
empresa renunció definitivamente a la construcción del puente,
conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de
los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que
es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la
fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos;
mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los
viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la
fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas
veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de
prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse
unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y
el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación.
Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación,
y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
-¿Y la policía no interviene?
-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación,
pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio
inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo
demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la
salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de
esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el
establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros
viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado.
Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque
esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona
una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les
rompan las costillas.
-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas
contingencias?
-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las
estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T.,
y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los
vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano
de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han
sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad
importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el
engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que
figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan
fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una
perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de
un cansancio infinito.
-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no
debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal
como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque
deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea
usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que
pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día
siguiente oyen que el conductor anuncia: "Hemos llegado a
T.". Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se
hallan efectivamente en T.
-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo.
Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de
que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán
desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las
autoridades.
-¿Qué está usted diciendo?
En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de
espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su
vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno
no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan
cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase,
por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una
opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia,
sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un
vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación
perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor
cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes
de que vea en T. alguna cara conocida.
-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro,
muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas,
está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas
están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de
ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil
para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora,
hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en
marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras,
mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de
los cristales.
-¿Y eso qué objeto tiene?
-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la
ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las
sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen
plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no
les importe saber adónde van ni de dónde vienen.
-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
-Yo, señor, sólo soy guardagujas. A decir verdad, soy un
guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para
recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de
hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes
han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen
le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren
reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que
desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que
admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de
grutas, de cataratas o de ruinas célebres: "Quince minutos
para que admiren ustedes la gruta tal o cual", dice amablemente
el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia,
el tren escapa a todo vapor.
-¿Y los viajeros?
Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero
acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas
intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda
civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se
abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres
abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un
pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al
viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un
silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer
señales ridículas y desordenadas con su linterna.
-¿Es el tren? -preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando
estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:
-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación.
¿Cómo dice que se llama?
-¡X! -contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero
el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los
rieles, imprudente, al encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso
advenimiento. (*)
(*)
Fuente: Juan José Arreola, Confabulario y varia
lección.