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CONVERSACIÓN
CON HUGO MUJICA
Entrevista
Esteban Ierardo
Fotos
Andrés Manrique
Nos encontramos con Hugo Mujica en su morada. Un hogar henchido de madera y de
anaqueles
habitados por cientos de libros. El hechizo de un clima introspectivo
rápido nos predispuso al
resplandor compartido del diálogo. Hugo Mujica es un poeta argentino, autor
de Paraíso vacío, Para albergar una ausencia, Flecha de niebla y
otras obras poéticas. También de su pluma nació su ensayo poético en
torno al pensar heideggeriano: La palabra inicial. En Temakel,
ya hemos editado su poema Retorno
a lo sagrado junto con
las magníficas fotografías de árboles de Rubén Sotera. Con
Mujica, entre los collares de las preguntas y las respuestas, invocamos
los rubíes de la poesía y lo sagrado; el lenguaje y sus atavíos menos
habituales; la imagen poética y su afinidad con el cine y la música.
Con Mujica intentamos cincelar árboles de cuarzo en cuyas copas
entrevimos como algo cercano, y al mismo tiempo oculto, distante, la
emergencia del decir poético y la creación trascendente.
EI:
Siempre me pregunto cómo abrirse a la dimensión de lo sagrado
dentro de un mundo técnico y profano. En tu caso personal,
¿cómo percibís el palpitar de la sacralidad en tu obra?
HM:
Escribo sin intención y, en cuanto a lo sagrado, es aquello a lo que uno no puede acercarse, sino dejarlo venir.
Yo escribo y
espero que en ese escribir se abra más de lo que abren las palabras. Y
en ese acontecimiento del abrirse, quizá sea un contacto con eso más
inaugural que es lo sagrado y que no lo abarca el arte. La posibilidad del
arte es simplemente el estar ahí en ese momento inaugural que llamamos
creación y cuyo acontecimiento es la obra.
EI:
Platón sostenía que el deseo es producto de
una carencia. El deseo busca unirse con algo ausente... la sabiduría en el caso
del filósofo; o los deseos instintivos insatisfechos, en el caso de
Nietzsche o Freud o Lacan. Detrás del deseo siempre late la carencia.
El hecho de dejarse encontrar por la
palabra poética, ¿es producto de una carencia o de una
sobreabundancia? ¿Es consecuencia de una suerte de desmesura o de una
necesidad de cubrir con la palabra poetizante esa ausencia que nunca se puede cubrir?
HM:
No; yo creo que plantearse que el deseo es carencia es plantearlo desde
una plenitud, y yo no creo que exista la plenitud por un lado y la
carencia por otro. Yo creo que el estado de carencia no es carencia,
sino despliegue. No es ni plenitud ni carencia. La
aceptación de nuestra finitud como posibilidad de un posible despliegue.
Eso creo que es el deseo.
EI:
En tu pensar en la frontera entre poesía y filosofia, Heidegger y
Levinas son dos pensadores que convocan fuertemente tu interés. ¿Qué
diferencias pueden ser pensadas en el acercamiento al ser consumadas
por Heidegger y Levinas?
HM:
Desde la lectura que Levinas tiene de
Heidegger, este último continúa en una totalidad cerrada, aunque esa
totalidad sea el ser. Y precisamente la propuesta de Levinas es la
salida del ser, o sea del in-terés. El in-terés de estar dentro del
ser. El desinterés sería la posibilidad de romper con una totalidad
clausurada en sí misma que, según Levinas, propondría Heidegeger.
La cuestión sería cómo salir del ser, cómo salir de Occidente
o lo que llamamos Occidente.
Esta salida
Levinas la propone desde la posibilidad ética. La
ética como la
posibilidad de estar frente al otro sin la apropiación del otro. La
posibilidad de ir sin volver, de conocer sin reflexión. Un ejemplo clásico
que da Levinas de esto es Ulises. Ulises sale de Ítaca. Recorre tierras y
mares. Tiene
experiencia y vuelve de dónde partió, enriquecido; pero vuelve a su
propio sí. Y la otra imagen que propone Levinas es la de Abraham.
Abraham parte
para no volver y va dónde no sabe. Uno es la circularidad del regreso,
o sea, el yo que sale para conquistar y retornar. Es el caso de Ulises. El otro es la
vía de Abraham: la posibilidad del conocimiento que no es como reflexión sino la de
entregarse a lo desconocido.
EI:
Detrás de este pensar de Levinas en torno a la ética, ¿no hay un
anhelo de recuperar lo ético como un obrar y no un sistema de
proposiciones? Digo esto recordando la conferencia que Wittgenstein dictó bajo la influencia de sus juveniles lecturas del Tolstoi que
deseaba recuperar al cristianismo como un obrar. Para ese Wittgenstein la
ética está más allá del lenguaje o de las proposiciones normativas. Es decir, que la ética sólo puede ser lo acontecido o lo
experimentado, por lo tanto no lo nominado racionalmente. Ahora, sea
como sea, en el obrar ético la voluntad está en el centro de la acción.
Apelando a mi libertad debo decidir el acto bueno o el malo. Pero, en el
caso del poeta, ¿éste no debe sacrificar esa centralidad de la
voluntad que hay en lo ético para así dejarse visitar por un decir
poético que le es dado?
HM:
Sí, así se da el
hecho poético. Hay siempre una dimensión de no voluntariedad
que se puede llamar: las musas, los dioses, el Dios, el inconsciente, lo
que quieras. Pero siempre lo que aflora es eso que no es un acto
consciente de la voluntad del que instaura, el poeta, sino de otra instancia, no
sabemos qué, llamemos lo otro. Lo otro me da como don lo que llamaríamos
la inspiración. O sea, yo recibo eso que voy a plasmar, pero lo recibo
plasmándolo, porque ahí hay un acto dónde se pierde el sujeto y el
objeto. Es decir: yo recibo la inspiración pero la recibo al concretarla
como hecho; y, sin embargo, eso que no entra en las palabras, que parece
una circularidad, eso es lo que de alguna forma sigue estando presente
en el poema como poesía. La
vida misma supone un recibir.
Yo plasmo la vida que recibí
y la recibo plasmándola. El acto creador no hace más que
reproducir el acto generador de vida. Yo soy la donación de mí, y al
decir eso estoy dándole forma a esa donación y haciéndola ser. Pero
siempre hay un recibir, y un plasmar después esa recepción. Así
es la vida; así es como apareció en cada uno de
nosotros.
EI:
Solemos pensar que el don que recibe el poeta es un decir profundo,
palabras
que
dicen lo lo inicial, lo primero. ¿Qué ocurría si en un momento de su
experiencia el poeta percibe que lo más originario no es la palabra sino un
silencio anterior a las palabras? En ese caso, sus viejas
palabras, ¿por qué podrían ser sustituidas?
HM:
Primero, no creo que el poeta tenga que callar. No me gusta
esa dualidad como que de un lado estuviera el silencio y del otro
la expresión. Más allá de las palabras, los símbolos o
los signos, la dimensión última de la realidad es expresión. Por lo tanto la
expresión de la belleza es ruptura del silencio. Por eso yo no
creo en un momento donde se haya que callar o que el silencio sea la dimensión
última. Todo es un flujo y reflujo y la dimensión última
es que la realidad, Dios, lo otro o como quieras es expresión. Y nosotros somos lo expresado por eso, pero es una expresión que nunca
termina por expresarse cabalmente. Por eso sigue todo.
EI:
Heidegger, Lacan y otras posturas filosóficas y estéticas manifiestan
que el lenguaje es una intancia anterior al yo y la conciencia humanas.
Se me ocurre imaginar: ¿cuál sería el destino del lenguaje si lo
pensaramos totalmente desligado de la palabra del poeta o del hombre como
tal? ¿Cómo sería un lenguaje sin hombres que hablen?
HM:
Esa es una pregunta ociosa porque desde el momento en que la
formulás con lenguaje, te das cuenta que la vas a contestar con
lenguaje. O sea, no nos es dado a nosotros la perspectiva que vos señalás,
porque por más que la digamos, la nombramos siempre. El hombre no puede estar sin nombrar, en eso constituye
lo humano y si no seríamos como animales. No es ni mejor ni peor, es la especificidad humana. El pájaro
no sería pájaro si no vuela. Nosotros no seríamos hombres si no nombráramos.
En nosotros se nos dice la palabras, es el lugar donde existe el
lenguaje, como en las montañas existen las alturas. En el hombre se da
eso único que no es sólo nombrar, sino el saber que nombra, eso que se
llama reflexión. Yo
digo la pared y en la
palabra hay una pared. El hombre es el lugar dónde las cosas se pueden
decir.
EI:
En un comienzo, poesía y música eran un solo arte. Ahora, nosotros
vivimos bajo la idea de
la división social del trabajo y la división de las artes. Suponiendo que
fueran dos dimensiones autónomas, ¿dónde está realmente la
diferencia? ¿Hay una diferencia real entre el decir o el nombrar
poético y el nombrar sin palabra de la melodía o de la armonía musical?
HM:
Pienso que, aunque la música es muchísimo más universal que la poesía,
la música, lo mismo que la poesía, sigue siendo un nombrar.
Es decir, nosotros no podemos escuchar música sin de alguna forma
nombrar aunque sea el placer que suscita. Si no lo hacemos así no sabríamos que
estamos escuchando música. Nosotros, para ser nosotros, tenemos
que ir haciendo propio lo que acontece. Entonces hasta la música nos
puede sacar una exclamación, y esa exclamación es la que humaniza el
acontecimiento de la música, que de por sí es hasta un lenguaje quizá
más estricto que la gramática.
EI:
Heidegger siempre admiró a Meister Eckhart, un teólogo alemán del medioevo, representante de la
mística negativa. Es decir, de una
actitud ante lo divino según la cual la divinidad siempre es
innombrable. ¿El cristianismo medieval era conciente de esta divinidad impronunciable o esta conciencia de una divinidad
intrasmisible se reduce a excepciones, virtualmente herética, como la de
Eckhart?
HM:
Santo Tomás tuvo la certeza de la divinidad como realidad
impronunciable. Cuando termina la Suma teológica,
tiene una experiencia de Dios que no la registra mayormente. Luego, le pide permiso a su superior para quemar toda su obra.
El pedido le es negado. Dicho
esto, él muere muy poco tiempo después, muere quemado por la
experiencia que había tenido. Pero él quiere quemar su obra, se da
cuenta que todo eso no era nada, él dice que era paja. Sin embargo, por
otro lado, su Suma teológica, esa infinita catedral medieval de las
ideas, era un kohan que le permitió trascender su propia obra. Por eso
quiso quemarla. Porque primero atravesó su obra, el discurso, y después
fue más allá. En vez de eliminar la obra, el discurso, Santo Tomás la atravesó. En vez de hacer el camino del despojo, hizo el
camino de la construcción. Santo Tomás vio todo esto con claridad. Lo que
ocurre es que después
todos los demás imitaron su obra y no el lugar al que lo llevó esa
obra.
EI:
En cuanto al cine, ¿cuál es tu postura?
HM:
En general, yo pienso que todo tiene su parte mercancía y su parte
creativa. Y creo que hay un cine que es creativo y otro que es mercancía,
como hay literatura y hay best sellers. Eso está en todos los ámbitos.
Lo que sucede es que como el cine es lo más masivo es donde más se
muestra esta dualidad. Lo que pasa es que ya el cine desde su origen vino marcado por
la modernidad, porque apareció como industria del cine.
EI:
¿Cuál sería el lugar real, o un posible encuentro entre la poesía
como un nombrar lingüístico y la poesía como imagen?
HM:
El cine es el único arte que se manifiesta plenamente en el
tiempo. Digo, que no está basado en el ser y sus leyes, sino en el
devenir y su despliegue. El cine como arte es el espejo de la suma de
lo que el hombre fue entendiendo por la realidad.
EI:
¿Cuál es tu relacion con la poética visual de grandes cineastas como
Andrei Tarcovsky o el danés Lars von Trier?
HM:
Yo precisamente creo que lo que más me llega es lo que menos puedo
tematizar. Creo que Tarkovsky me sitúa ante el asombro y lo abierto.
Frente a su cine, uno se percata que está aconteciendo
lo sagrado. Genera el comunicarte con una dimensión que no es accesible
cotidianamente. Que puede ser lo sagrado como es en él o puede ser lo
terrible como es en Lars von Trier, en Contra viento y marea,
Los idiotas y Bailarín en la oscuridad. Von
Thiers hace una trilogía del bien. Lo más claro es que él va a una dimensión
del bien que para uno se vuelve angustia. Lars von Trier logra una dimensión
que nadie hasta ahora había atravesado y lo había mostrado. Muestra lo
terrible del bien, es decir, hasta dónde se puede ser bueno y volverse
terrible. Entonces creo que el arte tiene eso, la posibilidad de
extender lo ya visto o lo ya vivido hasta ahora y mostrarlo.
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