Desde
el Crátilo platónico, el misterio del vínculo entre el lenguaje y lo
real ha acicateado la inquietud reflexiva del hombre occidental.
Los
discursos sobre la naturaleza del lenguaje de Borges y Wittgenstein
pueden ser leídos, en algunos aspectos, como una
intuición coincidente del enigmático lazo entre el lenguaje y lo
real; y como un ejercicio de correspondencia entre el
discurso filosófico (wittgensteniano) y la discursividad literaria
(borgeana). Así, primero, nos acercaremos a un primer eje de la relación,
a Wittgenstein, para, luego, abrir las ánforas del agua compartida
con el escritor de "El Aleph".
Para muchos, Wittgenstein, el filósofo vienes, con la redacción de las setentas y
cinco crípticas páginas del Tractatus (1), pretendió legitimar el uso de
las proposiciones del lenguaje descriptivo de las ciencias de la naturaleza como el único válido para
decir el orden objetivo de las cosas. Estas proposiciones podrían
ser traducidas en una segura red de términos lógicos y
simbólicos. Estas proposiciones formales aseguran la consistencia
racional de una teoría, su liberación de cualquier contradicción.
Luego de esta "salud lógica", los postulados de la
teoría científica deben ser lanzados a la experiencia para su
comprobación. Desde
esta perspectiva, Wittgenstein, como miembro conspicuo de la corriente del neopositivismo
lógico auspiciada por Bertrand Russell,
Gottlob Frege o Rudolf Carnap, habría hecho uso del instrumento de la lógica simbólica para determinar el uso correcto
del lenguaje científico en su intento de expresar los hechos
empíricos, verificables.
Sin embargo, el primero en desmentir la perspectiva de un
Wittgenstein puramente logicista fue el propio Wittgenstein cuando,
en la búsqueda de publicar el Tractatus, en una carta al editor
austríaco Ludwig Ficker del periódico Der Brenner (el
único
respetado por el gran polemista vienés de la época, Karl Kraus), le aseguraba que esta obra " es al mismo tiempo
estrictamente filosófica y literaria" y que el "punto
central del libro es esencialmente ético" (2).
¿Pero cuál era ese talante esencialmente eticista de esa obra
aparentemente sólo filosófico-logicista como el Tractatus y
qué vinculación se desprende de esto con la postura borgeana respecto al
lenguaje y lo real? Tal como lo expresa Wittgenstein en su último
famoso aforismo de la obra antes mencionada, "de aquello de lo
que no se puede hablar es mejor callar". ¿Y qué es aquello que
no puede ser dicho en tanto insuficiencia de la palabra
humana? El hombre no puede aprehender lingüísticamente, por
ejemplo, las esferas de los valores, lo bueno o lo malo, dado
que la naturaleza de lo valioso escapa a lo decible. Esta región de
realidad es esencialmente inefable; lo cual no significa que sea inexistente o ilusoria, sino sólo
que no es expresable por afirmaciones
descriptivas o proposiciones normativas. Lo ético indecible sólo se
manifiesta por la acción.
La ética entonces, para Wittgenstein, tal como lo manifiesta en sus
Conferencias sobre etica, publicadas póstumamente, es
el impulso por forzar los confines de lo lingüístico, por
trascender las palabras y despeñarse sobre los farallones de una
realidad que sólo puede experimentarse mediante el actuar, el obrar.
De ahí que, para Wittgenstein, lo más importante de la vida humana
es aquello que no puede ser dicho sino a lo sumo mostrado a través
de acciones, no de conceptos.
La posición wittgensteniana de fijarle límites al lenguaje se
asemeja a la posición del creador de Ficciones, quien
había recibido, en este sentido, el influjo de
Fritz Mauthner, contemporáneo y compatriota de Wittgenstein y uno
de los fundadores de la "crítica del lenguaje".
Para Borges, todo lenguaje es un sistema
arbitrario de signos incapaces de aprehender la sustancia propia
de lo real. En "El idioma analítico de John Wilkins" (3), o
en su pequeña prosa "La rosa amarilla"(4), o en "Funes
el memorioso"(5), entre otros lugares, queda patentizada con
claridad la conciencia borgeana de la no adecuación entre las
palabras y las cosas. En el ensayo dedicado al curioso idioma de
John Wilkins se menciona una enciclopedia china con una singular
clasificación rayana en lo disparatado y grotesco, cuya intención
es dar cuenta de la visible arbitrariedad de toda definición. En la
breve prosa en la que Borges sitúa como protagonista al poeta
preciosista del siglo XVll, Giambattista Marino, se señala como
última revelación crucial de la vida del poeta la convicción de
que sus obras poéticas, con sus esmeradas composiciones líricas, no son
un espejo de la realidad sino una cosa más agregada al mundo.
Con estos dos ejemplos, Borges caracteriza lo lingüístico como un
universo de signos encerrados en sí mismos, autorreferentes,
incapaces de decir o expresar una realidad distinta a las propias
palabras. Con "Funes el memorioso" esta posición se
amplia a través de la indicación de la ruptura entre los
conceptos abstractos del lenguaje y lo particular y concreto de cada
instante de la experiencia. Funes es un joven entrerriano que tras
un accidente queda tullido; vive inmóvil en una humilde casa rural.
Desde allí, intenta la utopía de la total fidelidad al devenir de
la realidad sensible. En cada instante, el mundo físico
cambia, muere para lo anterior, renace para lo nuevo. Entre un
segundo y otro, un árbol cambia, renace, es otro porque la luz
baña de una nueva manera su tronco, porque el viento acicala con
una nueva dirección sus ramas. En cada segundo cada
particularidad del mundo se transforma; trepida como algo diferente.
Funes quiere recordar el reflejo irrepetible emanado por cada cosa
en cada instante. Pero este anhelo de una memoria total de la nueva
y cambiante riqueza particular necesitaría de palabras que sólo
valgan para ese instante. Aquí se revela la trágica
imposibilidad de la ambición memorista, del exhaustivo realismo
nemotécnico de Funes. No es posible retener con imágenes y
palabras el suspiro especial de cada instante porque el lenguaje
vive mediante la combinación de conceptos generales. El lenguaje
dice y recuerda el cielo como categoría estable y general, no
como la bóveda donde se traza el paso único y singular de nubes inacabables o donde brilla la tonalidad única y anaranjada de
los arreboles de un ocaso.
El fracaso de Funes, su prematura muerte, testimonia que lo real es
lo físico que martillea irrepetibles sonidos en cada instante que
pasa. Y la realidad no puede ser re-dicha o conservada en los
genéricos labios de un lenguaje cuyos conceptos describen lo
general y no cambian como lo hace el mundo material a cada instante.
Si el propio lenguaje como tal es incapaz de acceder a la riqueza
del mundo físico que cambia a cada segundo, es comprensible la reducción borgeana del
lenguaje al terreno de la metáfora. Lo real sólo es rozado de
manera lateral por la proa de algunas metáforas. Toda la historia se gesta como
la entonación diversa de unas cuantas metáforas (6). Las teorías
científicas, los estudios históricos, las críticas literarias o
la metafísica, como célebremente sentencia en "Tlon, Uqbar,
Orbis Tertius" (7), terminan siendo un ficcional entramado
metafórico, ramas de la literatura
fantástica.
¿Pero la determinación de los límites de las
palabras significaría que para Borges la experiencia humana se
halla indefectiblemente acorralada por los barrotes del lenguaje o lo
humano puede comunicarse de alguna manera con las hipotéticas
nieblas que se dilatan más allá de la palabra? Si decimos que lo lingüístico
no puede expresar lo real se debe disponer de algún tipo de experiencia a
priori de aquello que está más allá de lo que las palabras
pueden transmitir para, desde allí, percibir la diferencia entre lo
decible y lo indecible. No se puede hablar de la limitación de lo lingüístico
si no se lo hace desde ese a priori de la percepción de lo real que
trasciende ya siempre al lenguaje.
En el caso de Wittgenstein el tema es claro: el hombre efectivamente
accede a la experiencia de lo inefable, a un nivel de
realidad que existe más allá de los conceptos, mediante el obrar
ético. ¿Y en el caso de
Borges? Tal vez el núcleo de la experiencia borgeana de lo que
existiría antes o allende las palabras se sostiene en tres
momentos. En la experiencia del asombro, el sentido del misterio y
el caos.
Tlon es un peculiar planeta imaginado por Borges. Allí, el
idealismo filosófico parpadea con naturalidad en la vida cotidiana.
El idealismo en filosofía piensa que todo es en tanto que es
pensado. El cielo o la piedra vibran en el tiempo y el espacio sólo
sin son previamente pensados, creados, por una mente universal. Esta
mente crea lo que un sujeto puede ver, pero no se desliza con pies
seguros por la verdad o la realidad en sí mismas. Entonces, los metafísicos de Tlon no buscan la verdad, ni siquiera la
verosimilitud, sino sólo el asombro. Concientes de que todo sistema
y, por tanto, toda arquitectura de conceptos "no es otra cosa
que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno
cualquiera de ellos", los filósofos de Tlon saben que el lenguaje no puede decir la
realidad en sí misma incognoscible.
Por otra parte, Borges ensalza las kenningar, las prolíficas
metáforas de los escaldos de la poesía medieval islandesa. Las ocurrentes variaciones metafóricas
nórdicas para dar cuenta de una batalla, o de las espadas o la
sangre, nacían, en último término, del asombro ante la
rareza fundamental y la complejidad y la riqueza del mundo que huyen
siempre de los brazos de las palabras (8).
Pero la percepción de lo otro inasequible por el concepto es
también, en Borges, el sentimiento de lo enigmático del ser. Lo
que es misterio no puede ser transmutado en conocimiento expresable.
Tal vez esto estimuló el interés borgiano por la experiencia
mística y religiosa porque precisamente éstas iluminan una
realidad que sólo puede ser objeto de una silenciosa vivencia
directa y no de expresión lingüística.
El
caos también aviva en Borges la intuición de una realidad
preverbal. Tal como lo expresara al final de una conferencia sobre
este género (9), la pulcra geometría racional de la novela policial
fue la última tentativa desesperada por dominar el caos que oprime
la médula del mundo. Pero como lo revela "La lotería de Babilonia"
(10), el caos rebulle en la nervadura más abisal de la
existencia.
La realidad inefable nunca puede ser domesticada por el ansia humana
de orden; de ahí que los laberintos borgeanos sean también un modo
de expresar un mundo caótico refractario a la transparencia de las
gramáticas.
Lo real, así, únicamente puede ser sugerido o evocado por
metafóricos reflejos. De esta manera,
la disolución de la personalidad, por ejemplo en "Los
teólogos"(11), "El inmortal" (12) o "La forma de la
espada"(13); o la visión del infinito condensado en un punto de lo
espacial, como en "El Aleph" (14); o la búsqueda de
desentrañar la escritura del nombre de la divinidad impronunciable
para el individuo como en "La escritura del Dios" (15), son distintos ejemplos de una única experiencia que
intuye que la
realidad profunda es inefable, enigmática. Y que sólo puede
desnudar algunas de sus gemas mediante el susurro de unas pocas
metáforas.
Así, a través de la urdimbre de
sus relatos, ensayos y poemas, Borges apaña una percepción de lo real con
coincidencias, en su espíritu último, con el genio del Tractatus.
Para Wittgenstein, la realidad más profunda es silenciosa, y sólo puede ser
parcialmente visitada por la acción ética. Y para el cosmopolita
escritor argentino, el mundo real es vegetación frondosa impenetrable para el decir.
Es bosque
silencioso, no verbal, sólo entrevisto por la
literatura o la poesía en un fugaz y esquelético suspiro que brota
desde los pulmones de algunas dispersas metáforas. Y, también, la
floresta callada de lo real se deja entrever, en un efímero
relámpago, por la experiencia del asombro, del reconocimiento del caos y el enigma aterrador del
mundo.
Así, desde parajes aparentemente
distintos, Borges y
Wittgenstein arriban a la costa de un mismo océano. Al mismo mar
de las aguas silenciosas y esquivas.
Muchas
gracias!
CITAS:
Aclaración:
todas los cuentos y ensayos de Borges mencionadas pertenecen a las Obras
Completas de Editorial Emecé; son citadas mediante la abreviatura
OB, y luego el nombre de la obra a la que pertenecen y el número de volumen donde se
encuentran.
(1)
Ludwig Wittgenstein, El tractatus logicus-philosophicus,
Madrid, Alianza Editorial.
(2)
Allan Janik y Sthepen Toulm, La viena de Wittgenstein,
Madrid. 1987.
(3)
OB, "El idioma analítico de John Wilkins", Otras
inquisiciones, v. II.
(4)
OB, "Una rosa amarilla", El hacedor, v II.
(5)
OB, "Funes el memorioso", Ficciones, v I.
(6)
Ver OB, "La esfera de Pascal", en Otras inquisiciones,
v. II.
(7)
OB, "Tlon, Uqbar, Orbis Tertius, Ficciones, v.I.
(8)
Ver OB, "Las kenningar", Historia de la eternidad,
v.I.
(9)
Ver OB, conferencia sobre el género policía en Borges oral,
v.I.
(10)
OB, "La lotería de Babilonia", Ficciones, v.I.
(11)
OB, "Los teólogos, El aleph, v.I.
(12)
OB, "El inmortal", El aleph, v.I.
(13)
OB, "La forma de la espada", Ficciones, v.I.
(14)
OB, "El aleph", El aleph, v.I.
(15)
OB, "La escritura del Dios", El aleph, v.I.