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EL
MITO, EL JUEGO Y LA CREACIÓN
Por
Esteban Ierardo
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"La
danza", obra del pintor expresionista alemán Emil
Nolde. La danza como expresión aquí de una actividad
lúdica y ritual de base mítica. Imagen y situación
relacionada con la temática de la conferencia que sigue a
continuación. |
En
mayo de 2004, en el MALBA, Museo de Arte Latinoamericano de
Buenos Aires, se presentó la la traducción castellana de la
obra de Joseph Campbell, Los mitos de la Luz. Dicha
presentación estuvo a cargo del Licenciado Leandro Pinkler,
director del Centro de Estudios de Ariadna. Gentilmente fui
invitado a participar mediante una exposición. El texto que
sigue a continuación es la conferencia que dictada en esa ocasión.
Aquí exploramos el mito, y algunas tradiciones orientales, y
también algunas filosofías occidentales, como
vía hacia una percepción de la realidad como unidad; y
recuperamos también la relación entre el juego y la creación
mítica y artística.
E.I
EL
MITO, EL JUEGO Y LA CREACIÓN
Por
Esteban Ierardo
Buenas noches.
Les propondré un camino donde los mitos, y algunas tradiciones
orientales, y también algunas filosofías occidentales, nos
impulsarán hacia una percepción de la realidad como unidad, y
hacia la actitud de un dejar que las cosas se muestren en lo que
son. Y, sobre el final, consideraremos el juego como un vasto
acto creador.
El mito siempre es narración, una veratio narratio, una
narración de lo verdadero. Al acercarnos al corazón de la
experiencia mítica, debemos desactivar una identificación semántica
habitual que nos hace suponer que el mito es sinónimo de ficción,
de ilusión, de mentira, de pérdida de lo real. Todo lo
contrario. La esencial del mito es ser un acto de expresión
simbólica de lo real.
Dado que hablamos de narración, continuaremos nuestra disertación
a través de la recreación de un narrar mítico. Recordaremos
uno de los relatos paradigmáticos de la tradición hindú, que
tiene a Indra, como su máximo protagonista (1).
Y ocurre en una oportunidad que Indra se encuentra ante
un desafío. En lo alto de unas montañas un dragón llamado Vrtra,
rodea con su cuerpo un lago. De esta manera, impide que el agua
fluya y lleve su poder fertilizante hacia la tierra. Es así que
para lograr que el agua se vierta en los suelos, Indra
descarga su fulminante rayo. Mata al dragón. Y el agua fluye, y
el suelo terrestre empieza a brillar con una incipiente vida fértil.
Aquí Indra actúa como dios que consuma un supremo acto
creador. Desde una perspectiva mitológica, la creación es un
proceso vital por el cual el caos se transforma en un espacio
ordeando bajo la conjunción del cielo y la tierra. La creación
supera el caos primordial y entrega un mundo.
Para todas las mitologías, la primera realidad es aquella donde
todo lo posible está confundido en una suerte de raíz matemática,
potencial y caótica. El agua que aún no fluye y que impide la
fertilidad, el agua retenida por el dragón, es el símbolo de
la posibilidad de la vida que todavía no se ha manifestado. Es
el agua vinculada con aquello que todavía no ha cobrado forma,
es lo amorfo, es aquello que tiene los gérmenes de la vida. Indra,
como dios creador, permite que la potencialidad del caos
vinculado con el agua y lo amorfo devenga acto, creación.
Y
este acto creador contribuye a una suerte de excesiva auto
valoración por parte de Indra.
Indra ahora se siente un dios triunfante, victorioso.
Cree que puede ejercer su poder completo sobre la tierra y el
cielo. Y piensa que debe buscar algún signo visible que
manifieste su grandeza. Entonces, convoca a Visvakarman,
el gran artesano, el gran constructor, el gran arquitecto, con
el propósito de erigir un inmenso palacio cuyo resplandor y
cuya grandeza pueda propagarse a todos los rincones del mundo. Visvakarman
acude al llamado de Indra. Escucha el proyecto del
colosal palacio. Se encuentra con frecuencia con el dios. En
cada nuevo encuentro, Indra le comunica algún
nuevo detalle, alguno nuevo ornamento para que el palacio sea más
grande y más brillante. Entonces, Visvakarman recuerda
con dolor que él es un ser inmortal, que Indra es un ser
inmortal y que, por lo tanto, la obsesión exhibicionista del
dios puede durar eternamente. Algo desesperado, Visvakarman
busca a otro divinidad: a Vishnú. El dios Vishnú
es uno de los fundamentales dioses del el trimurti o
trilogía del hinduismo, junto con Brahman y Shiva.
Vishnú es el dios soñador. Mediante su sueño sueña
este mundo. Y le da existencia. El universo existe, por lo
tanto, dentro del sueño de este dios soñador. Vishnú
sueña mientras se halla cómodamente recostado sobre la
serpienta Ananta, que flota en un gran océano. De vuelta
tenemos el agua, el líquido, lo potencial en el comienzo.
Entonces, del ombligo de Vishnú emerge un loto. Y de
entre sus pétalos radiantes, se yergue la figura de otro de los
dioses fundamentales del trimurti: Brahma. Brahma
es aquí, símbolo del universo manifestado, de la existencia
que se despliega luego de ser creada.
Vishnú le
dice a Visvakarman que no se preocupe. Él se encarga del
asunto que lo aflige. Con una recuperada serenidad, el gran
arquitecto retoma la construcción del palacio de Indra.
Y,
al poco tiempo, se presenta en la corte del dios del rayo, un
joven brahmin, alguien perteneciente a la casta
sacerdotal depositaria de la tradición y la sabiduría. Pero
este joven brahmin de piel azul y negra, se caracteriza
por un especial resplandor, por un fulgor especialmente vivo.
Que convoca la atención de los niños y toda la corte.
Entonces, el portero del palacio acude ante Indra, y le
dice que ha llegado un inesperado visitante que sería oportuno
recibir en la cortedado dado que el fulgor que irradia denota
una condición divina. Es así como el brahmin se
presenta ante Indra. Al advertir el resplandor del
palacio en construcción, el joven afirma expresa que
efectivamente es la más colosal mansion que ningún Indra
haya construido antes. Esta comparación inesperada provoca la
sorpresa de Indra. ¿Existieron otros Indras
antes? No es este el único Indra destinado a un gobierno
eterno sobre las cosas producto de su victoria sobre el dragón
que impedía que el agua de la vida fluyera. Y así, el joven brahmin
le relata a la perpleja divinidad, que el universo no existe en
una sola dimensión eterna. No. El universo es cíclico. El
tiempo es circular. El mundo atraviesa periódicos momentos de
aparición, desarrollo y destrucción. Una concepción de la
temporalidad vinculada con el mito del eterno retorno, que fue
desarrollado filosóficamente por los estoicos en la antigüedad
greco-romana y que luego resurge, en su versión filosófica
más difundida, en el eterno retorno nietzscheano. El universo
se repite eternamente. A partir del sueño creador la de Vishnú,
surge el universo, que se desarrolla en un tiempo que se conoce
como el año de Brahma. La última etapa de este gran año
cósmico es el Kali yuga, donde predomina el artha,
el impulso de la posesión. El otro famoso dios Shiva,
cumple entonces con una de sus misiones. Shiva refleja la
ambigüedad, la ambivalencia de lo vital. En la vida se incrusta
el estandarte de la contradicción, el juego de los opuestos
complementarios. La vida no tiene un solo color. Es integración
de la diversidad; es creación. Y destrucción. Estos dos
opuestos son en principio complementarios. Porque el propio Shiva
contiene la fuerza creadora y la fuerza destructora. La
danza del Vishnú es la danza del fuego, el fuego que
destruye el universo cuando ha llegado al fin el año de Brahma.
Y esta fogosa danza que destruye el universo hace que todo lo
que era forma regrese a lo amorfo, a la fuente primaria del ser.
El orden agotado vuelve al frescor del caos líquido, del océano
primordial; y, a partir de allí, resurgirá después otro
universo. Y así la eternidad contiene una cantidad
inconmesurables de universos. En el relato que estamos recreando
simbólicamente, cada uno de esos universos aparece a
partir de un parpadeo de los ojos de Brahma. Brahma
abre los ojos, y surge un nuevo universo que fue antes destruido
por la danza de fuego de Vishnú. Brahma cierra
los ojos. Se destruye el universo. Vuelve a abrirlos. Y se
vuelve a manifestar el universo. Y en cada universo existe un Indra.
Y cada uno de estos Indras repiten la misma historia: la
derrota del caos, una autovaloración excesiva, el deseo de una
insaciable exhibición de la propia grandeza. Y, después, el
caer...el caer en el reconocimiento de la vida sometida a la
fugacidad, a lo efímero y al tiempo. Esta conciencia de la caída
en lo temporal por parte de Indra en el relato, surgirá
al presenciar un inesperado desfile del hormigas que irrumpen en
la corte. Cuando el Brahmin observa el desfile de los
diminutos seres, sonríe. Y, frente a esta risa, Indra,
intrigado, le pregunta el motivo de su alegría. Y el Brahmin
le manifiesta que cada una de las inacabables hormigas que
integran ese desfile son cada uno de los Indras que han
existido en los universos temporales que ya han desaparecido y
que sólo sobreviven en una memoria eterna de lo divino.
Cada una de las diminutas hormigas fue, en algún momento, un Indra
que se pretendía un rey o dios fulgurante, que todo lo podía
gobernar. Indra finalmente comprende. Vuelve a ver la
realidad. Acepta la finitud de su reino, y la necedad de todo
sueño del poder.
La ilusión en la que vive Indra al principio, revela la
necesidad del despertar, la necesidad de recuperar una percepción
perdida de lo real. Lo real escapa al juego de las ilusiones y
de las apariencias.
Uno
de los caminos orientales para la recuperación de lo real
perdido es el camino del yoga al cual Campbell en Los Mitos
de la luz, y en otras obras, le dedica numerosos comentarios.
El yoga es un ejemplo también de lo que es la asimilación
simplificadora de la profundidad del Oriente en Occidente.
En la década del 50, en el contexto de la contracultura norteamericana,
el beatnik, el power flower, la difusión
de lo oriental adquiere gran impulso mediante las famosas
obras de Suzuki sobre el budismo Zen, y una conferencia de
Umberto Eco sobre esta misma cuestión (2). En el caso particular
del yoga, cuando esta milenaria disciplina oriental, iniciada
por Patanjali en el siglo VI a.c, llega a Occidente, suele
reducirse a un abanico de técnicas destinadas a aliviar al
yo psicológico de sus vacíos y angustias. Por ejemplo, el
yoga suele ser restringido a su primera etapa, al Hatha
Yoga, el yoga corporal que consiste en el conocimiento
del cuerpo, y la práctica de los asanas o posturas,
y de la respiración y el control del prana. Pero el
verdadero yoga es lo que el occidental promedio ignora, es
el yoga vinculado con su raíz sánscrita yuj, que significa
acoplar. La esencia del estado yóguico es la reintegración
del individuo con una totalidad perdida. Este reintegra, o
re-unir, es en realidad el camino de toda senda religiosa
genuina. El llamado Yoga Raja, o yoga real, es el que
busca despertar el conocimiento de lo divino olvidado.
En
el contexto de la tradición occidental, en la antigüedad
griega, Platón elabora una teoría de la educación o de paideia
relacionada con la llamada anamnesis, con el recuerdo de
algo que nosotros conocimos, vimos o experimentamos. Y después
perdimos. En la concepción platónica el alma tiene una
preexistencia, existió antes de esta encarnación. Son curiosos
los posibles parentescos entre las tradiciones pitagóricas, órficas
y platónicas y las creencias orientales en la vida cíclica y
en la reencarnación. Platón suponía que el alma, antes de
encarnarse en el soma o cuerpo y de estar dominado por el
mundo de la doxa o la mera opinión, existía en la
contemplación del mundo de las ideas, del eidos. Eidos
es la palabra griega para hablar de las ideas como algo que puede
ser visto. Las ideas en Platón no son entidades puramente
sutiles, abstractas o metafísicas, carentes de algún tipo de
manifestación precisa. Las ideas son formas; sólo que son
formas que trascienden al mundo empírico; son formas que el ojo
físico no puede ver, que únicamente son percibidas por lo que
se conoce en la filosofía griega como el nous, o
intelecto. El ojo de la mente puede ver el eidos, el
mundo de las ideas. Platón imaginaba al mundo de las ideas como
un gran triángulo. Mediante un método que es la dialéctica de
lo ascendente, podemos llegar hasta la cúspide del orden
triangular donde brilla la idea del bien. Y las ideas son
eternas, son inmutables. Son la verdad profunda, que se vincula
con el conocimiento, con la episteme. Antes de
encarnarse, el alma contempló las ideas. El nous tuvo
una percepción del eidos radiante y eterno. Este
conocimiento de lo real, luego se pierde. Esta pérdida es
presentada por Platón a través de una narración mítica, el
mito de Er, que se halla en la segunda parte del libro décimo
de La república. Er es un guerrero que, al morir,
visita el más allá. Ve las realidades del trasmundo. Luego,
retorna a la vida. Er descubre que todas las almas, al regresar
a esta existencia terrenal, al reencarnarse, atraviesan el
Leteo, el río del olvido. Olvidan así todo lo que se contempló
en el trasmundo. Por eso, la educación, el conocimiento
del sujeto encarnado, consiste en la anamnesis, el
recuerdo de aquello que ya se conocía.
La mística oriental también busca ese camino.
En el caso del yoga, recordar un conocimiento que ya se posee o
que ya late en lo profundo del sujeto, se relaciona con el
despertar de una potencialidad espiritual llamada kundalini,
presente en la parte inferior de la columna vertebral, a la
altura del plexo. Kundalini es la serpiente. Es la imagen
de una serpiente arrollada que yace en el fondo de la columna
vertebral. La serpiente permanece dormida al principio. Luego,
al despertar inicia un ascendente y lento camino por sietes chakras
o ruedas. Es un camino que la serpiente tiene que recorrer
gradualmente. La serpiente kundalini se desliza así
desde el muladhara, el primer chakra (que en sánscrito
significa "raíz"), hasta el sahasrara, el último
chakra, ubicado en la coronilla donde se despliega el místico
loto de los mil pétalos. El camino de la serpiente, su gradual
expansión de la conciencia, le permite al hombre trascender la
ilusión de la vida separada. Todas las religiones, por sus
propios caminos, buscan disipar ese gran equívoco. Cuando
percibimos el mundo de la multiplicidad, vemos que existen seres
separados, cada uno dotado con su propia autonomía. Los
animales, el mundo vegetal, el mundo de los minerales, y el
hombre. La separación entre las distintas formas de vida es el
primer dato que eclosiona durante nuestra visión de las cosas.
Sin embargo, la vida múltiple y separada es ilusoria en tanto
que oculta una realidad más subyacente y más profunda, que es
la realidad previa a la multiplicidad. Es la realidad de lo uno.
Tanto en Oriente como en la filosofía presocrática en Grecia,
como en la propia filosofía platónica, como en el pensamiento
cristiano medieval, la relación entre lo uno y lo múltiple es
un tema esencial. ¿Cuál es el latido más profundo de la vida?
¿La multiplicidad o la unidad? La multiplicidad encierra un
peligro que es la fragmentación, la separación. Las verdades
se chocan, se enfrentan, no hay ninguna verdad que esté por
encima de las otras. Todo está sujeto a la diversidad de las
interpretaciones. La vida corre así el peligro de quedar
descompuesta en un conjunto de interpretaciones opuestas, donde,
muchas veces, cada interpretación busca imponerse sobre las
otras. En la historia del cristianismo, este impulso ha derivado
en la decisión de imponer por la fuerza su interpretación de
la divinidad.
Cuando la conciencia espiritual se despierta, ya sea en el
contexto de un Parménides, de un Platón o del yoga oriental,
despierta la conciencia de la unidad. Que es la reintegración
de las partes y los fragmentos en un todo. Cuando el yogui llega
al loto de los mil pétalos, arriba al estado de la contemplación
de la unidad trascendental o samadi. A un estado por el
cual se produce lo que, en la tradición búdica, se conoce
también como Nirvana. La recuperación de esa conciencia de la
unidad, significa escapar a la ilusión de la multiplicidad, la
vida separada y a la ilusión de la maya. La búsqueda
oriental de la verdad es un intento de liberarnos del peligro de
la maya. Muchas veces se entiende la maya como la
percepción ilusoria de la materia como si fuera una existencia
última; lo cual oculta la realidad más subyacente del espíritu.
Pero esto genera la equivocada suposición de una concepción
dualista según la cual la materia es lo ilusorio y el espíritu,
como nivel inmaterial del ser, lo verdadero. Esto está
profundamente alejado de lo que es el monismo idealista que
atraviesa las distintas filosofías hindúes conocidas como las
"filosofías arias", para las que el cuerpo y la
materia no son lo falso frente a un espíritu verdadero, sino
que son algo así como la manifestación exterior de un
principio espiritual, Brahma, que en principio es
invisible y eterno; y que Atman, el yo profundo debe
intuir.
La
maya se vinculada con una raíz que viene a significar
algo así como crecer o producir. Es una raíz común
a madre o a materia. La maya es la realidad en su
potencia creadora de formas. La diosa es la que crea el tejido
de formas materiales. La diosa crea las formas a través de un
principio espiritual llamado shakti, que es la energía
pura de la creación. Pero la maya, como tejido de las
formas, es algo así como el preámbulo o el vestido de aquello
que escapa a todas las formas. La maya se convierte en
peligro cuando el individuo cree que el límite de lo real es el
mundo empírico, la multiplicidad de las formas. Y no percibe
que antes de las formas está aquello que escapa a toda forma y,
por lo tanto, a todo concepto y a toda palabra. Esta profundidad
que está más allá de todos los conceptos, es Brahman como
ser indecible. Superar el peligro de la maya entonces no
es negar la materia, sino advertir que ésta existe dentro de
una inasible totalidad espiritual. No se debe negar el mundo
material, sino reconocer que late dentro de un latido infinito,
sin forma ni rostro.
Pero no sólo no debemos dejarnos engañar por la maya.
Tampoco el hombre debe quedar encerrado en sus propios, límites,
en el exclusivo mundo de sus propias leyes o en el mundo que sólo
existe como proyección o creación del sujeto humano. Esta
necesidad de salir de esta existencia autorreferencial, podemos
ilustrarla a través un aspecto del pensamiento chino. En un clásico
sobre la cultura china llamado Sciencia and Civilization in
china, de Joseph Needham se alude a dos categorías
diferentes categorías, el li y el Tse. El li
alude a todo lo que es la ley natural. A la marca que el viento
o una gota de lluvia puede ejercer sobre la delicada brillantez
del jade. Es el poder de la naturaleza. Las leyes
del universo material es el li. Por el contrario, el Tse
es el orden de las leyes humanas, las leyes que el hombre crea.
La diferencia entre el li y el Tse es lo que
en Occidente se conoce como la contraposición entre el derecho
positivo, la ley que el hombre introduce, y el derecho natural,
el orden de una justicia divina o un valor ético preexistente.
Cuando el hombre vive encerrado en sí mismo, vive dentro del
orden de las leyes, de los valores, de las acciones y creencias
que el hombre genera como una proyección de sí. Vive dentro de
sus leyes, del orden del Se, olvidándose de la percepción
de una posible realidad no humana, que es previa a toda cultura,
a toda ley, a toda creencia humana. La recuperación del orden
divino, del li, en la concepción china está relacionado
con una práctica muy interesante que se conoce como el wuwei,
"el no hacer". El no hacer no es negarse a la acción,
sino que es hacer de tal manera que las cosas se puedan
manifestar tal como son. Abandonar la violencia de exigirle al
universo que se manifieste según nuestra propia interpretación,
según nuestra propias leyes.
Existe una curiosa afinidad entre el camino chino de Wuwei
y lo que puede ser una filosofía occidental, crítica de la
modernidad cartesiana, como es el pensamiento heideggeriano. En
su famosa conferencia sobre la cosa, Heidegger afirma que un
centro de gravedad crucial de la modernidad es el acto de
violencia que el sujeto cartesiano ejerce sobre las cosas. La época
moderna, como Heidegger manifiesta famosamente, "es la época
de la imagen del mundo". Esto no significa que la
modernidad se defina sólo por tener una imagen o cosmovisión
del mundo como la tienen todas las culturas. Todas las culturas
tienen una Weltanschaung o una concepción del mundo
propia. En la modernidad ocurre algo más. La propia realidad
es una imagen, es una representación. Para el hombre
cartesiano y moderno la realidad es proyectada y dominada por el
sujeto. El objeto, la cosa, no brilla por sí sola. No
resplandece en su propio fulgor. Por eso, el camino de la
recuperación de la cercanía de la cosa heideggeriano y el
camino oriental y chino del wuwei, tienen una gran
afinidad. En estos dos caminos, el hombre debe dejar de
proyectar su propio ruido, la cacofonía de sus propias leyes
finitas. Para permitirle a las cosas que se muestren en lo que
son.
El camino japonés para permitir que la cosa se manifieste en su
propio brillo involucra al budismo zen. El zen es
una derivación del budismo originario de la India, que después
pasa a China y llega a Japón. En su raíz etimológica zen deriva
del chino ch'an y éste a su vez deriva del sánscrito dhyana,
que significa contemplación. El propósito del zen es
recuperar lo real. Recuperar la contemplación de lo que la cosa
es independientemente de las interpretaciones o imágenes del
propio sujeto. Y aquí el yoga y el zen tienen un
gran parentesco. Una de las imágenes más frecuentes del yoga
es que la mente suele vivir constantemente como si fuera un
estanque de agua donde el viento provoca una constante ondulación.
Si pensamos que ese estanque de agua es una superficie
reflectante, aquello que refleja el agua, el cielo, la tierra,
la proximidad de los árboles, se verán como una realidad
quebrada, como una realidad fragmentaria. El yoga busca una
detención consciente, intencional, de las aguas del estanque
para que, lo que antes se reflejaba como imagen quebrada,
fragmentaria, dividida, ahora se manifieste en lo que es. Antes,
cuando la mente estaba en un estado de movimiento y agitación,
el cielo no se mostraba como cielo, la tierra no se mostraba
como tierra; sólo se mostraban los fragmentos. Por lo tanto, el
dominio de la mente conciente es la serenidad que permite
contemplar rectamente lo que la realidad es. Por el contrario,
en el camino japonés oriental del zen, la búsqueda de
la detención de las aguas que transmiten imágenes quebradas,
las aguas del estanque de la mente, no es un camino intencional,
aunque este tema es más complejo. El zen busca una
suerte de experiencia espontanea de lo que.
El
kendo es un ejemplo de este mostrarse espontáneo de las
cosas. El kendo es el camino japonés del dominio de la
espada, donde el espadachín no busca doblegar a su adversario
mediante una planificación, mediante un método de combate que
gradualmente va asimilando y en el cual se va haciendo cada vez
más diestro. El ataque no es algo dirigido por la conciencia,
planificado por un método previo, sino que el ataque, la reacción
a las embestidas del contrincante, surgirán desde un movimiento
espontáneo. En esa espontaneidad lo que se busca es una suerte
de vacío en la interioridad de la mente. Para el taoísmo, para
el Lao tse del Tao te king,
el vacío es el tao. Y este vacío es indecible, no
puede ser forzado a manifestarse. La única posibilidad de que
el ser vacío se muestre es a través de una espontáneo
mostrarse. El camino del zen también busca preparar a la
mente para la espontánea manifestación del ser. Sólo así el
hombre vuelve a contemplar las cosas en su propia realidad.
Cuando recuperamos la realidad tal como es, trascendemos el
mundo de las proyecciones humanas.
Hemos explorado como el camino de los mitos y de algunas
tradiciones, como el yoga, el pensamiento chino, el taoísmo o
el zen nos conduce a una recuperación de la realidad
como unidad, y como un dejar que las cosas se muestren en lo que
son. Pero la realidad también puede mostrarse como juego.
A Joseph Campbell muchas
veces relaciona la mitología con la producción de lo lúdico,
con el juego. En su teoría del conocimiento, Kant usó la
categoría del "como si". El hombre no puede conocer
si existe Dios, pero puede hacer un juego: puede hacer como
si Dios pudiera ser conocido. Y esto nos otorga un
beneficio: que Dios se convierta en un modelo moral y guíe
nuestra acción hacia una creciente purificación o elevación.
Por lo tanto, en los mitos, los dioses pueden convertirse también
en un juego. En el juego creador del universo. Que en la tradición
sánscrita es la lisha. Los dioses juegan. Y jugando
crean el universo. El mundo no es consecuencia de una necesidad.
El juego es lo contrario de toda acción realizada de manera
necesaria. La diferencia entre lo surge por el placer del juego
y lo que se realizsa dsesde la nnecesidad, es pensada Federico
Schiller, en sus famosas Cartas sobre la educación estética
del género humano (3). Schiller afirma que al hombre lo
mueven tres instintos: el instinto vinculado con la reproducción
y la supervivencia biológica, el instinto de lo sensual; el
instinto relacionado con la necesidad de imponer un orden
racional a las cosas, el instinto de la forma. Y Schiller
pretende descubrir o señalar un tercer instinto: el instinto
del juego. El juego es el momento en el cual el hombre supera
las exigencias del medio ambiente. Es cuando el hombre empieza a
crear arte, y le adosa ornamentos o aditamentos innecesarios a
las cosas bellas. La belleza rompe el estrecho círculo de la
lucha animal por la subsistencia. La belleza, la creación artística
de lo bello, es abundancia. Libertad. Juego.
Y
el juego es expresión de la inagotable abundancia creadora
de los dioses. El universo es juego porque los dioses lo crean,
no por necesidad, sino para manifestar su libertad creadora.
El universo es juego creador. Y el hombre debe participar
en él desde una respuesta lúdica. Al jugar, el hombre crea.
Como los dioses. Crea los mitos, el arte, las teorías científicas.
Él mismo es continuación del juego divino primordial. La existencia
que es lúdica creación no es fagocitada por la angustia existencial,
ni por un paralizante escepticismo. Al jugar, el hombre, como
manifiesta Gadamer, sostiene un libre automovimiento, un moverse
que se da a así mismo sin opresivas o condicionantes
determinaciones extrínsecas (4); al jugar, el hombre,
baila en torno a un centro perdido, a la fuente del primer
gran juego creador de los dioses. Este es el juego que mueve
los pies que bailan. Más allá del cerco de todo racionalismo
estrecho.
Muchas
gracias.
Citas:
(1)
Indra Indra es un equivalente en el contexto de la
mitología griega de Zeus. Y no en vano, como destacaremos
después, tanto la mitología hindú como la mitología griega
tienen una raíz indo-aria común. Ambos dioses Indra
y Zeus son dioses que corresponden a los llamados dioses
celestiales, los dioses que gobierno sobre el topos urano,
sobre el cielo. Gobierno en el cielo, su poder es el rayo,
el fuego que se descarga sobre mortales o sobre posibles monstruos
o entidades enemigas.
(2)
Umberto Eco, Obra abierta, Planeta-Agostini, 1992.
(3) F. Schiller, Cartas sobre la educación estética del
género humano, Madrid. ed. tecnos.
(4)
El juego como pilar esencial de la creación artística
es desarrollado por Gadamer, en su obra La actualidad de
lo bello, ed.Paidós.
BIBLIOGRAFÍA:
Jopseph
Campbell, Los mitos de la luz. Métaforas orientales de lo
eterno, Buenos Aires, Marea Editorial.
Heinrich
Zimmer, Filosofías de la India, Buenos Aires, ed. Eudeba.
Mitos y símbolos de la India, ed. Siruela.
Lao
Tze, Tao te King (traducción Whilhem Reich), ed.
Sudamericana.
Platón,
La república, Buenos Aires, ed. Eudeba.
Daitzet
Suzuki, Introducción al budismo zen, Buenos Aires, ed.
Kier.
M.Heidegger,
"La época de la imagen del mundo", en Senderos del
bosque, ed. Alianza.
F.
Schiller, Cartas sobre la educación estética del género
humano, Madrid. ed. tecnos.
Hans-George
Gadamer, La actualidad de lo bello, ed. Paidós.
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