DIOS,
RELIGIÓN
Y EL ORDEN INCONCIENTE
Por
Esteban Ierardo
Buenas noches! Antes
de la supuestamente segura palabra del logos, del discurso, pensé
que el desafío más grande era -en el comienzo del espacio que compartiré con ustedes- eludir la explicación ordenada y
sistemática, que vendrá después, y asumir un camino más
incierto. Más sugerente. El camino del relato. El relato exige
que imaginemos una proyección de símbolos. El relato que se
me ocurre imaginar nos acercará a una posible visión de lo
sagrado, y al mundo del sueño. En este relato imaginaremos la figura de un personaje que, en nuestra tradición,
muchas veces relacionamos con Adán, con un hombre arquetípico
que deambula por primera vez sobre la tierra, y bajo la sombra
intangible de las nubes.
Y
este hombre camina en principio con la certeza del saber. Cree
saber el porqué del espacio, el porqué del flujo del tiempo, el
porqué de la vida múltiple que nos rodea. Cree
saber, pero en cierto momento lo invaden la fatiga y el sueño. Y
cuando sueña, se sueña de otra manera. Y este hombre arquetípico
se convierte en un soñador. En cuyo sueño llega una voz, que
puede ser la del viento, o la del rayo, como a tantas culturas les
gustó imaginar la voz de algo otro. Y esa voz ahora le dice al
soñador en el sueño: "Hasta ahora creíste saber y todo se
te daba como un don; pero, ahora, aquello que te rodea, para
seguir existiendo, exigirá de ti un acto de comprensión. Te doy un día
para que intentes comprender cuál es el funcionamiento secreto de
la Tierra, por qué existen los animales, por qué existen los
seres; por qué el agua contribuye con el Sol a que la vegetación
florezca; por qué la Tierra es vida y cómo
funciona esa vida. Te doy un día dentro de tu sueño, para que intentes comprender y descubrir
cómo funciona eso que hasta ahora se te había dado como un
don".
Y entonces, el soñador desesperado, durante ese primer
día, intenta comprender el porqué de los animales, cómo
nacieron, cómo se relacionan, el porqué de la vida en la Tierra; por qué la Tierra es
vida; por qué está atravesada por
el tiempo. Pero no logra llegar a una respuesta clara. Bullen en su mente muchas respuestas. Mas no
alcanza a comprender de manera clara y definitiva, cómo funciona
la vida terrestre. Y entonces, al cabo de ese primer día, la Tierra desaparece; porque su continuidad dependía
de la comprensión del soñador, y el soñador no comprende cómo
funciona la Tierra. Por lo que, ahora, ya no se le dará más la Tierra que antes él no comprendía y
sin embargo existía. Y se le daba como un don.
Y, ahora, ya este
soñador que no comprende lo que creía comprender, ya no tiene Tierra donde habitar.
Vuelve a soñar el soñador. La voz se repite.
Y le dice: "Mira el cielo que hasta ahora se te ha dado; que se
te ha dado como un don. Mira el
cielo con el fuego solar; mira la danza centelleante de las
estrellas; mira la figura arqueada de la bóveda azulada del día o
de la cúpula nocturna. Mira
todo eso. Te otorgo un día para que intentes comprender; sólo
si comprendes cómo funciona el cielo, el cielo seguirá.
Antes se te daba como un don pero ahora su existencia dependerá de tu comprensión.
De tu consciente comprensión dependerá la continuidad del
cielo".
Pasa un día, y nuevamente el soñador encuentra muchas
posibles respuestas. Pero ninguna lo convence. Ninguna lo sustrae de la duda. Por lo tanto, al cabo de este
segundo día el soñador ahora también acepta que no comprende el
cielo que se suspende sobre él. Entonces la voz le dice: "Esto que
antes se te daba como un don, ahora te lo retiraré".
Y
ya no hay cielo.
Y ahora el soñador sólo puede descansar sobre una roca. Y se escucha, por primera vez, el quejido y el
lamento del soñador: "¿Por qué me estás arrebatando la
tierra, el cielo? Donde antes había vida ahora sólo hay una oscuridad que circunda
mi roca". Y luego
piensa el soñador: "Pero todavía queda el espacio".
Entonces, la voz vuelve a resonar: "Te daré un día para
que intentes comprender lo que
antes se te daba como un don: el espacio. Ahora el espacio sólo
será, sólo continuará, si lo comprendes".
Transcurre un nuevo día. Y el soñador evalúa muchas
posibilidades. Muchas respuestas. Pero otra vez la
desesperación. Otra vez al cabo de este
tercer día de reflexión, el hombre que sueña debe admitir que no comprende cómo funciona el
espacio; y, por lo tanto, el espacio le es arrebatado.
El que escucha en el sueño es ya un cuerpo sin espacio. Sin tierra y sin cielo.
"¿Pero tal
vez mi cuerpo es todavía tiempo?", aún piensa el soñador;
porque aun en su pecho puede sentir el tamborileo de sus latidos,
el paso de una palpitación tras otra. Por lo tanto, el soñardor
es todavía un cuerpo que vive en la sucesion del tiempo.
Y la voz regresa. Y dice: "Hasta ahora, tu cuerpo se
te había dado como un don, y el tiempo de la vida que atraviesa tus
órganos; pero ahora, para que tu cuerpo continúe, tendrás que
comprender conscientemente lo que antes se te daba como un
inconsciente don. Te doy un nuevo día para que intentes
comprender el origen de tu cuerpo, el funcionamiento de todos los
órganos, la mecánica secreta de tu anatomía y la relación del
tiempo con tu cerebro y tu corazón.
Te
doy un día para que intentes comprender todo eso".
Y el nuevo día transcurre en medio de la desesperación de
los muchos caminos donde el humano que sueña busca la naturaleza
del tiempo y su vínculo con el cuerpo, con su origen y su
funcionamiento. Y cuando ese
día concluye, el soñador, humillado, una vez más admite que no
puede comprender. Entonces, también su cuerpo le es arrebatado. Y
el soñador sólo sobrevive como un pensamiento evanescente,
ligero. Sin peso
ni saber. Un pensamiento desencarnado.
A ese sujeto, que antes creía comprender lo que no
comprendía, se le revela que sólo seguiría existiendo entre la
realidad del cielo, la tierra, el espacio, el cuerpo y el tiempo, si
lograba comprender. Si podía hacer consciente lo que antes se le daba como
un don inconsciente. Pero no pudo. Antes tampoco comprendía. Y sin
embargo el mundo era. El mundo latía y se sucedía desde la sutil trama de
un orden que siempre fue inconciente para el sujeto.
Ahora,
todo eso que antes existía con independencia de la conciencia y
la comprensión del hombre, lo llamaremos "el funcionamiento inconsciente
de la materia". Es todo aquello que diariamente se produce y
existe con independencia de nuestra propia
conciencia y comprensión.
Es el orden inconciente que permite la realidad común donde
existen, sutilmente entrelazados, los
planetas, la ley de la gravedad, los animales y los humanos. Es el orden que nos
entrega un planeta donde el agua, la luz y el tiempo generan
vida. Un funcionamiento inconciente que permite que el
propio cuerpo exista, y que sus órganos tengan una armonía y
relación entre sí. Todo eso existe, cotidianamente, desde una
inconsciente dinámica de lo material que nosotros ignoramos. Esa
realidad existe o funciona inconscientemente, fuera de nuestra
pequeña conciencia como sujetos. Ahora también a ese orden sin
la mediación de nuestra conciencia lo pensaremos como una realidad
subyacente. Como una realidad gobernada por una
inteligencia otra, extrahumana, en tanto distinta de
nuestra conciencia. Una inteligencia acaso universal, divina, sagrada.
Aquí ya estamos situados, lo sé bien,
en un territorio que escandaliza a los escépticos y a los que
reducen toda realidad posible a lo constituido o entendido por
la subjetuividad humana.
Ahora bien, si se me permite la concesión de
imaginar toda esa realidad que existe fuera de nuestra conciencia
como una inteligencia asociada con un sujeto, podríamos
preguntarnos: ¿pero cuál es la naturaleza de este sujeto, de esta
inteligencia
inconsciente que está funcionando en la materia independientemente a
nuestra pequeña conciencia? ¿Esa inteligencia es una suerte de
sujeto personal, es una especie de gran Dios que podría ser representado de manera
antropomórfica, bajo aquella famosa, ancestral y tal vez infantil
imagen de una suerte de conciencia superior a nosotros, un gran señor barbado que todo lo controla
desde arriba?
Las religiones tienen una respuesta
mucho más profunda para lo que podría ser ese sujeto de inteligencia inconsciente mediante la
cual funciona la materia. En la tradición religiosa de Occidente
hay una respuesta, según la cual esa inteligencia no es la de un
sujeto, la de una suerte de gran sujeto que sería la proyección
de nuestra propia condición como sujetos. Sobre la inconciencia de
que hablamos aquí no se pueden atribuir conceptos o
propiedades últimas. Esto es lo que, por ejemplo, Borges descubre
a propósito del acercamiento a Dios en una prosa incluida en Otras
inquisiciones, una prosa llamada De alguien a nadie. Hay dos posibles visiones para entender lo divino: que Dios, lo sagrado, es como
una especie de gran sujeto, una gran persona de la cual podemos,
mediante el lenguaje, manifestar sus atributos esenciales. Así en la Biblia se dice de Jehová que es "el
Fuerte de Jacob", o que es "Piedra de Israel", "el Dios de los ejércitos",
"el Rey
de Reyes". O también dice lo divino: "Yo soy el que soy",
cuando le habla a Moises desde una zarza ardiente. Pero en todos
esos nombres Dios se convierte en un alguien. En un sujeto. Y todo
alguien lo es en tanto recibe ciertos atributos diferentes de
otros. Todo alguien es una realidad finita.
¿Y cómo un alguien que sería una realidad finita puede
ser la inteligencia infinita que
estaría detrás de todo el funcionamiento de la materia? La
inteligencia inconciente, al menos para nosostros, debe ser
entonces un estado impersonal. Así surgió una serie de teólogos,
en la Edad Media, que cultivaban lo que se llama teología
negativa, que Borges nos recuerda -como lo hace Heidegger cuyo
pensamiento tanto le debe a la teología
negativa medieval alemana-. La teología afirmativa es la que dice:
Dios es un gran sujeto, un sujeto personal, y sobre él podemos decir tal y tal cosa
como predicado; pero cuando decimos algo sobre algo lo estamos
limitando, lo estamos restrigiendo a nuestras palabras, a nuestro lenguaje. En cambio la teología negativa
dice: sobre lo sagrado
nada se puede decir. No es un sujeto, no es una gran persona, no
es un alguien sobre el cual se pueda decir nada en absoluto.
En sentido estricto, ni siquiera puede decirse que es sujeto
o ser absoluto. Es una nada paradójica de la cual todo surge. Pero
de la que nada puede decirse.
Esa nada, que sería en realidad lo sagrado, lo divino, emerge en la teología negativa a través de
pensadores como
un personaje, un tanto legendario o histórico del siglo V d.c., llamado el Pseudo Dionisio Areopagita. En una serie de
textos llamados Corpus Dionysiacum, el Aeropagita comenzó a
difundir esta idea: Dios es una suprema nada, nada se puede decir
sobre él. Por su parte, en el siglo IX d. c., un teólogo irlandés, Escoto
Erígena, cultivó la misma idea; y dijo: Dios no es un ser,
porque decir que es un ser es limitarlo a una definición; por lo
tanto Dios está más allá del ser. Es una suerte de nada.
Lo sagrado, lo divino como nadidad que escapa al conocimiento, que
escapa al lenguaje, escapa por tanto a la teología. Escapa
incluso a los propios libros sagrados. Tal como lo manifiesta
Esquilo en la Heliades: "Zeus es el aire, Zeus
es la tierra, Zeus es el cielo; Zeus es todas las cosas, y, sin
embargo, está más allá de todas las cosas".
Pero
quizá el máximo teólogo que cultivó la tradición negativa fue Meister
Eckhart. Meister Eckhart -que ejerció gran influencia sobre Heidegger- es un dominico del
siglo XIV que en buena medida transmitió su pensamiento mediante
sermones. Un tratado esencial de Eckhart, donde se
cristaliza una apertura a lo sagrado como una suerte de nada
creadora, es su Tratado del desprendimiento.
Eckhart desarrolló una teología apofatica, donde como ya
observamos, lo divino carece de atributos. Y es un abismo sin
fondo (abgrund). Es unidad, pero no como una
congregación indefinida de propiedades, sino como un neutro
unum, como unidad indivisible, que no se divide en
sentidos particulares. Dios es unum enim est, inquo nullus
est. Dios no es "ni esto ni aquello", "ni
es persona o imagen".
San Juan de la Cruz, el místico del Renaicmiento español del
siglo XVI, vinculó la unio mystica con una
peregrinación a través de las noche oscura, y el ascenso al
Monte Carmelo. Para San Juan, fiel en este caso a la via
negationis, Dios "no tiene forma ni figura...siendo
como es inagotable no cabe en la imaginación", "no
tiene sentido sustancia", "es
incomprensible".
La aproximación a este unión con la deidad inquo nullus
est surge en Eckhardt a través de la carencia de todo
deseo (gelassenheit), o del desasimiento en San Juan
de la Cruz. Sólo el desapego nos
abre a la profundidad inconciente e impersonal que gobierna la
sinfonía múltiple de las cosas. Cuando el hombre ya no pretende
poseer la verdad, no se ve limitado a ninguna proposición, a
ninguna particularidad desmembrada del todo. En
el alma o corazón desprendido surge un espacio vacío. Sólo
cuando el hombre hace un vacío está disponible, dice Meister
Eckhart, en tanto posee un espacio interior donde puede llegar a
emerger y mostrarse ese ser que no puede ser dicho con
palabras. Que es inefable, que no puede ser reducido al lenguaje,
ni a la conciencia. El alma debe tener la humildad de
expulsar sus certezas aparentemente inconmovibles y aceptar la
limitación de su lenguaje y de todo sistema de conocimiento. Sólo ahí surge
en el alma un vacío interior. Ese vacío es el que
permite que eso otro incomprensible, inconciente, pueda llegar a manifestarse.
El deus absconditus solo
deviene deus revelatus en el alma cuando se halla
vacía "para que se produzca el gran silencio en todas las
cosas, y desde el trono divino se escuche una palabra
arcana". El vaciamiento de contenidos o representaciones
previas en la interioridad del sujeto permite la manifestacion de
la magmática e incomprensible alteridad de lo divino.
Este camino propiciador de la irrupción de lo divino fue
cultivado también por Angelus Silesius (1626-1677), el expositor
poético del pensamiento místico alemán. Su obra El peregrino
querúbico es un ejercicio de una concientización poética
del itinerarium mente in deum. Silesius asegura que
"cuanto más sales de ti, tanto más Dios está en ti",
o que "Dios prefiere entrar en nosotros cuando hemos
abandonado nuestra morada".
Son muchas las sendas que la meditación sobre Dios y la religión nos
puede empujar a transitar. Pero aquí, ya en el escaso tiempo que
me resta, quisiera destacar la importancia de pensar la religión
como un estado sensible y no como expresión de un
estricto orden institucional o de una cerrada pirámide de
conceptos teológicos. Como la teología afirmativa, lo teológico
negativo corre un riesgo: el de petrificar la vivacidad del
sentimiento religioso y convertirlo en opaca dureza intelectual. Los
místicos, y los teólogos de la tradición negativa (que son al
mismo tiempo místicos), nos aseguran que lo sagrado es indecible.
Sin embargo, la indecibilidad, en tanto es dicha, nos deja presos,
otra vez, en las redes de las palabras. Que ya no penetran ni
aprehenden la sustancia recóndita del espacio. Lo enigmático no
verbalizable, no obstante, no es una lejana vaguedad. Lo divino no
expresable, a lo que alude la teología negativa, es
lo real en su cercana presencia. Es la interacción o fusión
continua entre el espacio y su pletórico tejido de formas. Lo que
huye del arpón del verbo, del dedo señalador del lenguaje,
es el cercano vértigo de la multiplicidad. Es el espacio que
brilla como montaña. Río. Bosque. O el rostro humano. O animal.
Si en verdad todo aquello brota de una inteligencia inconciente en
relación a nuestra mente, lo real profundo sólo podría ser
experimentado. No dicho. Aquí entonces la religión es
experiencia sensible de reunificación con un devenir inconciente
que fluye en silencio, fuera de todo inmovilidad conceptual. Es
religación con un subyacente orden sin código lógico o sistema
capturable. El orden subyacente es el inconciente de la materia y
de la vida que se mueve con su música en el espacio.
En este estado de percepción religiosa lo esencial no es la
aceptación de una institución eclesiástica, o de un libro
revelado. O de una cohorte de iluminados. En lo religioso como estado
sensible la piel se con-funde con un inconciente e
inteligente devenir preverbal. Este devenir es expansiva y
silenciosa fuerza que ordena y crea a nuestras espaldas lo que
escapa a nuestra conciencia.
Y
casi todo escapa o se burla de nuestra ínfima conciencia.
El
estado divino de la realidad no es una persona. No es una idea. O
un pretencioso sistema teológico. O el nervio de acero de una
maquinaria de poder intimidante y ávida por marcar y oprimir los
cuerpos y las conciencias.
Lo divino sin rostro y palabra atrae el viento matinal de lo
religioso hacia territorios de profundas y cristalinas rocas.
Donde no se levanta ninguna iglesia ni dogma o doctrina
definitiva. El lecho profundo y radiante del ser sería así el
onmipresente gobierno de un inconciente impersonal. Es la
profundidad silenciosa que, con o sin la participación de nuestra
conciencia, gobierna y crea las moléculas, y nuestros órganos. Y
el raro abrazo entre el espacio, esas extrañas amplitudes que nos
rodean, y el rumor inexplicable, incesante, del
tiempo.
Muchas
gracias! (*)
|

El
cielo de Irlanda bajo el que nació Escoto Erígena, uno de
los principiales exponentes de la teología que piensa en
la divinidad según "la vía negativa". (Foto
Gino Oliani) |
(*)
Fuente: Esteban
Ierardo, "Dios, religión y el orden inconciente",
conferencia pronunciada en el año 2002 en la Fundación Centro
pscicoanalítico Argentina, en la ciudad de Buenos Aires.
BIBLIOGRAFIA
POSIBLE SOBRE EL TEMA ABORDADO EN ESTA CONFERENCIA:
H.
Graf, Historia de la mística, ed. Herder.
Miriana
Widakoewinch-Wayland, La nada y su fuerza. Ensayo sobre
mística comparada, ed. Distal.
Meister
Echardt, Tratados.
Escoto
Erígena, Tratado de división de la naturaleza, ed.
Hyspamerica.
Borges,
"De alguien a nadie", en El hacedor, Obras
completas, V.II.
Rudolf
Otto, Lo santo, ed. Alianza.
Vicente
Fattone, El budismo nihilista, ed. Eudeba.
Alan
Watts, la suprema identidad.
A.
Huxley, Las puertas de la percepción.
Heidegger,
Estudios sobre mística medieval, ed. Siruela.