El
Mahabarata es la obra más extensa en los anales de la
literatura. La compone más de doscientos mil versos. Parte de la
historia que tintinea entre sus poéticas estrofas ha sido
adaptada al cine por el director teatral Peter Brook. En la
esencia de este gran poema, vibra la llama de la filosofía
metafísica hindú. Hoy quisiera explorar junto a ustedes algunos
diamantes de esta sabiduría de la India. Para cristalizar este propósito,
pensé que el camino más atinado es invocar primero un relato
preñado de significado.
Revivamos la historia de un sabio cuyo hijo
se llama Svetaketu Aruneya. Aruyena
recibe la formación de brahmán, obligatoria para todos los jóvenes de su casta. Se
retira de su hogar a los 12 años y regresa al duplicar esa
edad. En ese largo arco de tiempo, de meditaciones y lecturas, cree
haber estudiado la totalidad de los
Vedas (1). Cree
haberse impregnado de toda su sabiduría.
Aruyena se manifiesta soberbio, presuntuoso. Su padre,
al percatarse de este comportamiento, le dice: "Svetaketu,
querido mío, puesto que ahora eres presumido, te crees docto y
eres orgulloso, ¿pediste también esa enseñanza por la cual lo
que no ha sido oído llega a ser oído, lo que no ha sido
pensado llegar a ser pensado, lo que no ha sido comprendido
llega a ser comprendido?" (2).
El hijo manifiesta su perplejidad; admite no conocer esa
enseñanza. Entonces, el padre le revela que, a través
de cualquier parte de la arcilla, podemos conocer toda la
arcilla; a partir de cualquier fragmento de cobre, podemos
conocer las propiedades de todo el cobre; a través del hierro
utilizado en la construcción de una tijera para uñas, podemos
conocer todo el hierro. De la misma manera que a través de un
fragmento de cada una de estas sustancias podemos conocer su
totalidad, lo mismo ocurre con la realidad. A partir de
cada forma, de cada fragmento, de cada singularidad, podemos
intuir o experimentar la totalidad.
Y, luego, el padre pregunta a su hijo: "Ves aquella sal";
Aruyena asiente. Entonces le pide que disuelva o arroje la sal en el
agua y, que al día siguiente, vuelva. Cuando padre e hijo se
reencuentran en la mañana, el primero le
pide al segundo que beba del agua, en un principio de la parte de la
izquierda; luego de la derecha y, después, del área central.
Tras esto, pregunta el hombre mayor qué es lo que experimenta el
joven. La respuesta que se repite siempre es: "un mismo sabor, el agua salada".
Pues bien,
la realidad que el sabio debe intuir desde una filosofía metafísica como la
hindú
es esa realidad sutil en principio imperceptible que trasciende
las formas, que escapa a los nombres, pero que, sin embargo,
secretamente lo impregna todo. Así como la arcilla impregna
cada una de las cosas arcillosas,
así como el cobre o el hierro hacen otro tanto respecto de los
objetos particulares que participan de estas sustancias, lo
mismo ocurre con la sal. Luego de diluirse, la sal parece ya
ausente, imperceptible y, sin embargo, perdura en la
totalidad del agua. La sal que se diluye es metáfora de una
esencia sutil; del ser que se disuelve en la totalidad y palpita
en cada cosa.
La mente del sabio debe estar abierta a la intuición de ese
ser que en todo bulle. Esta realidad única, le revela
finalmente el
padre a su presuntuoso vástago, arde en cada hebra de
existencia. Ese ser, por tanto, es también nuestro yo (el atmán).
"Ese ser eres tú" sentencia, al final, el sabio padre a su
hijo (3).
La historia de Aruneya forma parte del Upánisad, libro
esencial de la antigua sabiduría védica (4). En este universo de
creencias, el yo individual es idéntico al espíritu
universal, Brahman, lo absoluto. Es la exacta igualdad entre lo
particular y el todo. Lo pequeño reverbera dentro del cuerpo de
una realidad única, total, absoluta.
Desde la antigüedad, la India es santuario del monismo, de la
idea de que lo real es un solo ser manifestado en múltiples
formas. Es así lógico que esta unicidad de la realidad, esta continua fusión de lo
particular en la totalidad cascabelee también en el Bhágavad
Gita, que forma parte del Mahabharata y del que luego
hablaremos.
Como ya comentamos, el Mahabharata ha sido
adaptado por Peter
Brook, uno de los principales realizadores teatrales del
presente. A partir de la década del '60, Brook innova en
las formas de la expresión escénica. Su principal camino
experimental en este sentido es el grupo del Teatro de la crueldad,
llamado así por el famoso manifiesto de un nuevo teatro gestado
por Artaud en la década del '30 (5).
Lo mismo que a Artaud, al director teatral británico lo mueve, al menos en
parte, la
nostalgia por el teatro sagrado. Este gesto nostálgico lo
plasma Brook en El
espacio vacío (6). En esta obra
le dedica un capítulo íntegro al teatro sacro. Esta modalidad
teatral es la que
busca hacer visible aquello
que, en principio, es invisible y distante. Ahora bien: ¿cuál es el contenido de aquello invisible que el teatro
sagrado busca hacer presente, patente? La realidad invisible en
cuestión consiste en el hervidero de fuerzas cosmológicas, divinas, que atraviesan la materia,
el tiempo, el cuerpo, la vida humana y
los fenómenos naturales. Esta multiplicidad de fuerzas es, en
realidad, una sola potencia sutil y creadora y,
en principio, imperceptible, que atraviesa el universo. El teatro sagrado anhela convertir en un ostensible
fuego presente esa fuerza de absoluto poder creador. Para esto, el teatro necesita
nutrirse del rito.
En
sus comienzos, el teatro sagrado en Occidente estuvo
asociado al rito de adoración a Dioniso. Pero para que haya rito, previamente debe haber
mito,
una narración mítica.
¿Y qué
es lo propio de este narrar mítico? Es una narratividad donde
laten dos presupuestos. El primero involucra al lenguaje. El mito supone
que el lenguaje puede expresar lo real,
puede manifestar o sugerir el ser. El mito presupone una
identidad entre el lenguaje y las cosas.
El segundo
presupuesto de la narración mítica afecta al tiempo. El pathos
mítico traspasa la sucesión temporal y regresa a una escena
eterna donde la realidad no sufre los procesos del
desgaste, de la muerte corrosiva y lenta. En esta escena atemporal,
en este otro tiempo sin corrosión, es donde suceden los hechos
narrados.
Vaysa es el narrador del Mahabharata. Es quien narra la guerra
entre dos familias fuertemente unidas por lazos de parentesco. Pero esta contienda no transcurrre
en un pliegue determinado del tiempo histórico, cronológico. Ocurre en la atemporalidad
mítica. En un eterno
presente donde los hechos nunca pierden su vitalidad, su intensidad, y
una fecunda irradiación de símbolos.
Vaysa,
el narrador del Mahabharata, esculpe un relato mítico; despliega
una urdimbre de hechos que fluyen en una escena eterna. Y lo
eterno respira alrededor de un ser u origen divino de la
realidad. Ese ser en el Mahabharata que inspira la adaptación
de Brook, es Visnu. Como el Hijo de Dios en el cristianismo,
Visnu se manifiesta en el tiempo; se encarna en una figura
humana; consuma una divina misión
entre los hombres. Es un dios proclive a las metamorfosis. Visnu, en el
Mahabharata, es Krsna (7).
Visnu trae en el Bághavad Gita el camino hacia la verdad
mediante el conocimiento. En el primer estadio de la religión
védica, el hombre se aproxima a lo divino mediante los sacrificios. Pero
Krsna
trae una sabiduría que sólo se revela a través del agua honda
del conocimiento. El momento preciso
de esta revelación en el Bhágavad Gita es el siguiente: en el
norte de la India, estalla la guerra entre dos familias, los
pandavas y los Kaurava, ligados por fuertes parentescos
familiares. El líder de los pandavas es el príncipe Arjuna.
Antes del inicio de la batalla, Arjuna le ordena a su cochero
que le conduzca hasta la línea divisoria que separa a los dos
ejércitos para revisar sus propias fuerzas. Al arribar a ese
sitio, el príncipe ve que entre los guerreros enemigos se hallan
muchos maestros amigos, hijos, abuelos, tíos, sobrinos,
hermanos. Entonces, sopla un viento de conmoción en
su espíritu. La indecisión, el temor, trituran su alma. ¿Cómo
podrá atreverse el príncipe Arjuna a cargar sobre los de su
propia estirpe? ¿Cómo hundir sin vacilar su espada en el pecho
de un ser amado que comparte con él una misma sangre?
El príncipe se despeña en la inacción. Permanece ahogado en
la confusión. Entonces, su cochero inicia palabras de una
visceral sabiduría. El cochero no es otro que Krsna, la
encarnación o avatar de Visnu.
La música de las enseñanzas de Krsna resuena en el Bhágavad
Gita. Para rescatar algunas de ellas, leeré ciertos momentos
de esta obra en la traducción incluida en Filosofías de la
India, del reconocido orientalista alemán Heinrich Zimmer.
"Ahora-
le dice Krsna a Arjuna- escucha mi suprema expresión: porque deseo
tu bien te lo proclamaré. Ni las huestes de los dioses, ni los
grandes videntes conocen mi fuente. Muchos más antiguos que
ellos soy Yo. Quien me conoce como el No nacido, el Sin
principio, el Gran señor del mundo, ése entre los mortales,
libre de ilusión es el liberado de todos sus pecados. De Mí
sólo surgen los múltiples estados mentales de los seres
creados (...) Quien conoce en verdad esta manifestación de mi potencia
y de mi poder creador está armado de inconmovible constancia.
Yo soy la fuente de Todo, de Mí todas las cosas nacen. Todos
los que tienen conocimiento lo saben. Y con este conocimiento
los sabios me adoran sobrecogidos de sacro terror.
"Soy el
tiempo, el destructor grande y poderoso que aquí aparece para
barrer a todos los hombres. Aún sin ti y tu liderazgo, ninguno
de estos guerreros, formados en sus filas, quedarán vivos. Por lo
tanto, levántate, gana gloria, hiere al enemigo, goza con
prosperidad tu señorío. Por Mí, sólo por mí, ya han sido
derrocados hace mucho. Sé tú nada más que mi instrumento."
(8)
En este primer momento trascendente de la enseñanza de Krsna a
Arjuna se apretuja una exaltada síntesis de la filosofía monista
india. Todo
es exhalación de un único ser. Entre las formas naturales, los cuerpos y las palabras del
lenguaje, no hay diferencia esencial: todo es uno.
"Ni las huestes de los dioses ni los grandes videntes conocen mi
fuente". Palabras éstas que revelan que el ser florece desde un secreto incognoscible. En su primera
raíz, el ser originario es enigma. Es anterior a toda diversidad, a toda
dualidad. Es también previo a la contraposición tiempo-eternidad. El ser nunca
concluirá porque nunca ha nacido (9). Y el ser
nunca nacido es la fuente única que todo lo produce. "Yo soy la
fuente de todo, de Mí todas las cosas nacen". El ser es así el único verdadero manantial
creador. Todo es grito dentro de su gran e ilimitada fiesta creadora.
Pero, a su vez, el ser flamea en el tiempo. Y las ráfagas del devenir
temporal son
garras que despedazan, matan. Dentro del tiempo, Krsna ha decidido la muerte de numerosos guerreros que se aprestan a combatir.
Lo divino crea y aniquila. La unidad del ser es lo que incluye todos los estados posibles. El estado creador y el destructor.
Al abrigo del ser uno, estos estados no son ya opuestos sino los dos momentos de un
mismo aliento.
El monismo que profesa Krsna no brilla sólo en la India antigua. La creencia
de que una sola fuerza es arquitecta de la totalidad responde a una intuición
arcaica del ser muy extendida. Solemos creer que lo judeo-cristiano es la
inventora de un monismo filosófico bajo su forma de monoteísmo religioso. Pero,
en realidad, existen numerosos antecedentes de esta visión del mundo. Por
ejemplo, en la antigua ciudad egipcia de Menfis, hacia
el 2500 a.C , resplandeció la teología menfita. En ella, reina el dios Ptha.
Es una divinidad que, en principio, es pensamiento puro. Mediante el lenguaje,
a través de palabras, Ptha se piensa a sí mismo. Y habla y dice. Y, al
decir, crea las distintas partes del universo, los diversos dioses y los seres
(10).
Detrás de la multiplicidad de las ciudades sagradas
y templos, tras la diversidad de los cuerpos terrestres y
estelares, titila un único dios. Un solo pensamiento que, al hablar, crea las
selvas diversas del mundo.
Ejemplo de nítido monismo religioso, paralelo e
independiente al cristianismo, es la doctrina de la diosa Isis en
El asno de oro de Apuleyo. Apuleyo se transforma en
asno. Pierde su dignidad humana. Pero no renuncia a la
recuperación de su integridad y a las joyas de la inmortalidad
y la sabiduría. Por eso, busca el auxilio de Isis. Durante la
noche, arriba a la orilla del mar. Entre las penumbras nocturnas, invoca a la diosa. Que,
radiante, emerge de las aguas y le
asegura a su implorante que "...las luminosas
bóvedas del cielo, los saludables vientos del mar, los
silencios desolados de los infiernos, toda está a merced de mi
voluntad; soy la divinidad única a quien venera el mundo entero
bajo múltiples formas, variados ritos y los más diversos
nombres" (11).
Un
segundo momento de gran trascendencia en las revelaciones o enseñanzas de Krsna a
Arjuna ocurre cuando el dios quiere torcer la indecisión del príncipe, su deseo de
no participar en la batalla, su temor a matar a sus parientes.
Krsna, como suprema
divinidad, es el "poseedor de los cuerpos" (saririn).
Es energía infinita, insondable. Puede alojarse en un cuerpo
como atmán, el alma o principio viviente individual.
Pero
es inmune a la eventual muerte
corporal. Por eso, Krsna le asegura al confuso guerrero Arjuna:
"Quien
piensa que él mata y quien piensa que Él es muerto, esos dos
carecen de verdadero conocimiento; porque no mata ni es muerto. No nace ni muere en
ningún momento; no llegó a ser en el pasado ni volverá a cobrar existencia en
un momento futuro. Es no nacido, eterno, perdurable, y le dicen "el
antiguo" (purana); Él no es muerto cuando se da muerte al cuerpo. El
hombre que sabe que Él es indestructible, eterno, sin nacimiento e inmutable
¿cómo puede matar? ¿a quién? Así como un hombre tira las ropas viejas y
gastadas y se pone otras nuevas, así el "Poseedor de los cuerpos"
arroja los cuerpos gastados y entra en otros nuevos" (12).
"El poseedor de los cuerpos" nunca ha nacido. Por lo
tanto, nunca morirá. El atmán, el alma o yo trascendental, es
un latido del corazón incandescente del dios. Es en realidad
energía, poder eterno que no podrá disiparse por la muerte
corporal. Así, nadie puede realmente matar la vida del
otro, porque lo más profundo de esa vitalidad es la propia
divinidad indestructible. El universo deviene así una constante
música de transformaciones. Nadie puede silenciar
definitivamente ningún sonido de la música universal y
eterna.
Lo que no debemos perder de vista es
que Krsna entiende la vida desde una dimensión impersonal.
Ninguna vida personal o individual puede existir fuera de la
previa vida divina que refulge por encima de todos los yoes. Entonces, el
temor de Arjuna a matar a alguno de sus parientes es infundado.
Es un temor que nace del no-conocimiento, del no-saber.
Arjuna aun cree que la vida necesita de un rostro individual. Si ese rostro se
disgrega, la vida desaparece. Pero, en realidad, la vida no es
rostro personal sino la corriente, sin nombre, sin rostro, de la que emergen todos los cuerpos
individuales.
Una tercera exhalación esencial de la sabiduría revelada por
Krsna en el Bhágavad Gita, contenido en el Mahabharata, estimo
que es la doctrina de la acción desinteresada o karmán. Es la
acción que busca su cumbre en el desinterés o desapego. En
relación a esta instancia, Krsna ahora sentencia:
"Contemplando los objetos sensibles internamente, analizándolos y
meditando sobre ellos, creamos el apego a los objetos; del apego viene el
deseo; del deseo, la furia, la pasión violenta; de la pasión violenta, el
aturdimiento, la confusión; del aturdimiento, la pérdida de la memoria y del
autodominio consciente; de esta turbación o ruina del autocontrol viene la
desaparición del entendimiento intuitivo; y de la ruina del entendimiento
intuitivo viene la ruina del hombre mismo". (13)
En este razonamiento de Krsna, podemos advertir un rumor
constante en la historia de las religiones y de la filosofía.
El siseo de la angustia que ambiciona comprender y ejercer la
libertad. Nuestro primer estado es la no-libertad. Nuestra
sujeción al mundo tiene variados perfiles como un prisma.
Durante muchos momentos de la historia, como lo testimonia Rousseau, en El contrato
social, el hombre ha nacido esclavo. En las sociedades modernas,
parecería, que esto ya no es así. Pero seguimos viviendo
profundamente constreñidos a las condiciones que cada sociedad
nos impone para sobrevivir. Es evidente también nuestra
no-libertad en relación al cuerpo y sus procesos fisiológicos
y nuestra dependencia en relación a la naturaleza y sus
recursos, al sol y su energía vivificadora.
Pero nuestra
no-libertad también es construida por una interpretación
errónea de la existencia. Mediante el deseo nos sometemos a las
cosas porque, a través de ellas, estimamos que podremos
realizarnos y alcanzar la felicidad. Sin embargo, el deseo
golpea siempre las puertas del palacio de la pasión violenta
porque nunca puede ser plenamente satisfecho, calmado. La cadena
de los deseos posibles es infinita. Actuar sometido a las
exigencias del deseo, por ejemplo del deseo de
autorrealización, nos arroja a la
frustración, al aturdimiento, la confusión, la pérdida del
autodominio. Y a la desaparición de lo que Krsna llama "el
entendimiento intuitivo". Una facultad que, mediante los
claros rayos de un candil, permite ver que la verdadera acción
libre es la acción desapegada.
En esta visión, la libertad
adquiere dos expresiones: la liberación de la frustración del
deseo (es el momento de la libertad negativa, consistente en la
liberación de lo que nos oprime), y la libertad como ejercicio
de la acción desinteresada (el momento de la libertad positiva,
la libertad no sólo como un liberarse de una opresión sino
como un hacer). En la doctrina hindú de Krsna entonces,
liberarse del apego o dependencia y de la desazón que generan
los deseos insatisfechos no equivale a un no actuar. Desde una dimensión
estrictamente psicológica, sabemos que es imposible no desear.
Lo que se sugiere entonces es un cambio del timón del deseo y
la acción. Lo
que ahora se desea no es la acción como medio para un logro
personal. Lo que ahora se quiere es la acción desapegada. Un
actuar que danza en el mundo. Que genera hechos y realidades
pero no como instrumento para la propia satisfacción, sino por el valor radiante
de la acción, por la gracia o nobleza inherente a la acción
misma.
El hombre así ya no es siervo de sus deseos. Ahora es señor de sus
actos libres.
Hay cierto curioso parentesco entre el panegérico hindú del
desapego y la obra del místico alemán, dominico, del siglo XIII,
Meister Eckhart.
La acción desapegada es defendida por Eckhart en su
Tratado del desapego (14). El actuar por la dignidad de la
propia acción, ya no como medio para una satisfacción
egocéntrica, nace de una previa renuncia. La renuncia a la posesión conceptual
de dios. Para esta renuncia, según el teólogo dominico, se
debe entender que Dios no es el supremo ser. Dios no es
porque es indecible. No puede ser reducido a ninguna
palabra. Lo divino no puede apegarse, fijarse al entendimiento,
al lenguaje. No puede decirse nada sobre Dios entonces. Ni
siquiera que es "supremo ser". La oración no debe
buscar así un control o apego sobre Dios.
Según Eckhart, no se debe orar a la divinidad para poseerla
y obligarla a cumplir nuestros deseos. Por el contrario, se debe orar a dios sólo como expresión de un amor desinteresado.
Como vemos, las revelaciones de Krsna son diversas. Sin embargo, en ellas resopla una
aspiración humana esencial: la necesidad de emanciparse de la erosión
orgánica, del envejecimiento, del tiempo. Parte del destino humano es
liberarse de la navaja de la erosión. Del tiempo que erosiona y mata.
En la antigua India, una
de las formas más poderosas que la humanidad ha generado para esta
liberación es la alianza con un extraño dios bailarín (15). Un dios danzante que
obliga al mundo a la danza del continuo cambio, del nacer, el debilitarse y
extinguirse.
El mundo que danza se erosiona en ese danzar.
Pero el mundo no
danza en el vacío.
Baila dentro del cuerpo invisible de un dios cuyos
movimientos no se desgastan.
El
mundo baila en el tiempo que cercena y debilita. Pero también lo hace dentro
de la danza sin erosión del dios.
Y lo mismo ocurre con el hombre.
Y es el hombre quien según la lejana filosofía de la India, puede trascender el
baile agotado del mundo y aprender la danza sin fatiga. Porque el hombre
es uno de los pasos del abismal dios danzante que nunca se agota.
Muchas
gracias!
Citas:
(1)
Los Veda son los textos de la antigua religión aria de la
India. Lo componen himnos y normas de liturgia ritual, y los
Upásnidad, la parte especulativa, filosófica, metafísica.
(2)
Heinrich Zimmer, Filosofías de la India, Buenos Aires,
EUDEBA (Editorial Universitaria de Buenos Aires), 1965, p. 266.
(3)
"Eso eres tú" (tat tuam asi, en su
fórmula sánscrita) es la "gran fórmula" (mahavakya)
de los Vedas por la cual todo lo diverso que los ojos ven debe
ser reducido a una sola esencia universal y sutil.
(4)
Ver Upanisads, con prólogo de Raimon Panikkar, Madrid,
Ediciones Siruela, 1997.