Creo
que intentar pensar la estética una vez más ofrece una primera
tentación. Construir un nuevo navío teórico, un nuevo velero
de
ideas, con el que navegar en el mar de la teoría. Repensar lo
estético mediante la adición de una nueva teoría al océano
de la especulación filosófica sobre lo que sea el arte y la
belleza. Pero hoy no quisiera proponer un nuevo intento teórico sobre lo que es o
debería ser la estética. No. Lo que hoy quisiera proponer es un regreso a lo
que permite toda experiencia estética antes de cualquier
postulación teórica. Intentaremos regresar al lecho de la
percepción corporal. Lo corpóreo percibe, ordena, entiende lo
real antes de las categorías lógicas o de los bosques de las
palabras del lenguaje. En un sentido general, la estética es aístesis,
sensación, percepción sensitiva, corpórea de la cosa, de la
materialidad del mundo. La estética primera nace del poder
corpóreo para percibir sensaciones. Desde luego que el
pensamiento y toda cultura invaden este espacio inicial del
cuerpo e
intentan modelarlo según sus propias ideas e intenciones. Lo
que sea el cuerpo como percepción primaria es así sofocado,
olvidado.
A veces, la perdida de lo corpóreo se consuma por una
saturación de discursos que quieren decir qué es el cuerpo. En
este sentido, Foucault manifiesta que, en la época victoriana, la
sexualidad no era reprimida mediante el silencio, el no decir. Por
el contrario, en aquella época existió una proliferación de
discursos sobre lo que debería ser la correcta sexualidad (1). De la misma manera, hay muchas teorías abiertas a la
recuperación del cuerpo anterior al pensamiento y
la reflexión. Este es el caso de Merlau Ponty; Nietzsche (y
las interpretaciones de Nietzsche); Artaud (y las
interpretaciones de Artaud); el body art, o el cuerpo en
el acting neoexpresionista (2). Todo esto, sin embargo, no
significa que la materialidad del cuerpo, y su forma primera de
percepción, sean efectivamente recuperadas. Esta perdida quizá se repita en mis
futuras palabras. Quizá a pesar de mis buenas intenciones, la
dignidad del cuerpo siempre huye cuando es invocada o exaltada desde las alfombras acicaladas de la
teoría.
Pero, a pesar de todo, construiremos un nuevo intento.
Un intento que se inicia no en la teoría sino en una narración.
Narratio. Un evocar la escena del
nacimiento de algo esencial que nos acompañe en la meditación
sobre el vínculo entre el cuerpo, la luz y los cristales; y el
cuerpo como lo que es atravesado por un movimiento sin fin; el
cuerpo como tierra de la primera percepción estética de la
realidad extraña.
ll
El desierto de Egipto nos rodea. Respiramos en alguna
irrecuperable exhalación del tiempo. Miles de años antes del
nacimiento del que fue sacrificado en el Gólgota. En los labios de oro del sol,
se esgrime una gran
sonrisa. El día es claro y apasionado. Un clima saludable que
estimula la curiosidad. Entonces, alguien
observa la arena. Luego, enciende un horno en el que la
temperatura desmesurada, de cientos de grados, grita con llamas
rojas.
Y ese alguien arroja arena, cenizas y piedra caliza en un horno.
El calor
disuelve. Transforma. Crea lo nuevo. Una sustancia que, al
enfriarse, se muestra sólida y, a la vez, diáfana, transparente.
Es el vidrio. El cristal.
En el tórrido Egipto antiguo, manos anónimas realizaron la
combinación mágica de los elementos que engendraron el vidrio.
El vidrio es un material omnipresente en nuestra vida moderna.
Está en ventanas, espejos, botellas, pantallas, vasos, lámparas, vitrinas, puertas. A pesar de su
omnipresencia,
desconocemos su origen. O más exactamente: no nos interesa su
procedencia, los procesos que han gestado el resplandor cristalino del vidrio.
También desconocemos, y nos deja indiferentes, el origen de tantos
otros materiales que se repiten en nuestro entorno urbano. Esta
ignorancia e indiferencia por el origen de los materiales de la vida
contemporánea se relaciona con
la no percepción de la realidad
como un proceso o devenir. Como todos sabemos, vivimos
sofocados por el imperio de la actualidad y lo instantáneo.
Cierto periodismo forja cotidianamente nuestra experiencia del
mundo donde lo real es lo inmediato y efímero. Pero lo real
es una red de procesos constantes. Somos el efecto
continuo y creciente de esos procesos. Y en el vidrio atravesado
por la luz duerme la metáfora de la realidad atravesada por
procesos diversos.
En el mundo físico, los
procesos vitales son profundamente solidarios de la luz solar
y su expansión. La luz que se propaga es el germen para el crecimiento y
recreación de lo vivo. El árbol vive por el agua y la luz. Y
el árbol, lo vegetal, es quien purifica el aire que respiramos.
Todo alimento que madura lo hace gracias a la asistencia de la
luz. En este
sentido, todo es de continuo atravesado por la luz que fomenta
lo vital.
El vidrio, y también el cuarzo que le es afín en su
condición transparente, son las únicas sustancias sólidas que dejan
ver la luz que se expande y atraviesa las cosas. El vidrio es
constantemente receptivo a este fluir, devenir, a este atravesar las
cosas por parte de la luz. Aun en la oscuridad, el cuerpo de
cristal es traspasado por la no-luz.
El cuerpo cristalino se halla, por tanto, en una comunicación sin fisuras
con lo luminoso que genera la vida. En este cuerpo vítreo
predomina la percepción de lo real como continuo movimiento y
expansión luminosa. La anatomía de cristal intensifica la luz
como una continua presencia. En cambio, el pensamiento alberga una
constante coexistencia de presencia y ausencia.
Filosofías como la de Heidegger,
Derrida, Foucault, o algunos aspectos de Husserl, confirman el ser
como pulso de una irreversible duplicidad de ausencia y
presencia.
El pensar depende del tiempo, de la sucesión. Para el pensar,
lo que ahora es presencia es ausencia en el futuro que aún no
llega; y también lo que ahora es presencia es ausencia cuando
se convierte en pasado. Además, aunque el pensamiento se pretenda
universal, siempre es un rayo conceptual concentrado sobre un
diamante particular. Al tiempo que el diamante particular es lo
presente, lo pensado ahora, la veta diamantina es lo ausente; y viceversa: cuando
el pensar pretende abrazar la veta, el precioso diamante
individual se desvanece en una nebulosa ausencia. También podemos
especular que, por debajo de esta discontinua
ausencia-presencia, vibra un ser continuo. Pero en cuanto
intentamos pensarlo en nuestro presente, el ser sólo se entrega
como un reflejo, una representación. Nunca se deja pensar el
ser en cuanto tal. Es, por lo tanto, firme ausencia.
Frente al ser que siempre huye y se ausenta, reacciona el poeta.
Él es quien se acerca al ser ausente y explora sus últimas y
más frescas huellas. Por lo que ni siquiera para el poeta el ser es
continuidad.
Quizá nuestro cuerpo olvidado y desconocido no padezca la
discontinuidad. Quizá, lo mismo que el cristal, su destino es
ser atravesado de continuo por la luz de los procesos vitales.
La luz que atraviesa el cuerpo entendido como cristal, que
recorre en un movimiento constante, puede ser imaginada mediante
distintas figuras. En este momento intentaré recuperar sólo
cuatro de esas posibles figuras: la noción de los ríos
metafísicos en Cortázar; el cuerpo sin órganos de Artaud; el
cuerpo soberano en Así hablaba Zaratustra de Nietzsche, y la
inmortalidad corporal en el taoísmo.
Trazaré la recuperación de estos momentos de manera
fugaz a fin de no exagerar la duración de mi exposición.
En
el capítulo 21 de Rayuela, Cortázar imagina un contrapunto de
caracteres arquetípicos. Horacio Oliviera es encarnación del
cazador intelectual de lo absoluto. Aunque se reconozca un límite para la
razón, sólo el pensamiento y su dialéctica pueden
ordenar lo real. A la manera kantiana, se puede admitir que el
ser, en su vena más honda, es incomprensible. Pero, Oliviera, el
inquisitivo intelectual de Rayuela, vive sólo en la realidad
pensada. No en lo real como tal, anterior al pensar o al
calidoscopio de nuestras interpretaciones.
La realidad previa al
concepto es una serpiente que avanza y ondula sin respetar la
lógica y sus necesidades de racionalidad. El reptil del
continuo ondular puede mutarse en una imagen más tradicional
para sugerir el movimiento constante. Puede convertirse en un
río metafísico (3). Esta realidad como torrente existe con independencia del pensar
humano. En este río bulle un frescor creador continuo, un
ondular de un trigo de la continua abundancia. Hay un ser, un
cuerpo, que puede nadar y ser atravesado por esa corriente vital,
los ríos metafísicos. "Yo describo y defino-dice
Oliveira- y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los
encuentro, los miro desde el puente, ella los nada" (4). La
que nada es el cuerpo de mujer; es la transparente anatomía de
una mujer: la Maga. La Maga es el cuerpo cristalino surcado,
atravesado, por
el fértil e inagotable río metafísico.
Antonin Artaud
intuyó también el olvidado cuerpo cristalino. Lo llamó cuerpo
sin órganos. En nuestro movimiento corporal habitual
prevalece un órgano en particular. Al caminar sobresalen las
piernas y su locomoción; al ver, imperan los ojos y su poder
visual, etc. Este predominio de un órgano en especial implica
una división de lo corporal. La ausencia de una acción
conjunta de todos los órganos
con la misma intensidad.
El cuerpo se fragmenta así, y todo lo fragmentado es una forma debilitada
de vida. El cuerpo con órganos siempre es una vida
fracturada y
menguada. Por el contrario, el cuerpo sin órganos no se somete a
ningún órgano en particular. Es un solo flujo vital que discurre
con igual intensidad. Esta forma de la corporalidad es, así, plena e
integra. Es energía biológica pura, en libre estado
de devenir, que llega de lo exterior y regresa luego al afuera.
Es una luz que, como en un cristal, constantemente atraviesa la
interioridad corporal (5).
En Así hablaba Zaratustra, en la sección "Sobre los
despreciadores del cuerpo", Nietzsche pregona al cuerpo como
fuente de la vitalidad y sentido anterior al yo. "Detrás
de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se encuentra
un soberano poderoso, un sabio desconocido, llamase 'sí mismo'.
En tu cuerpo habita, es tu cuerpo. Hay más razón en tu cuerpo
que en tu mejor sabiduría" (6).
Esta bahía de la reflexión nietzscheana es
esencial en cuanto a una superación del paradigma cartesiano.
Descartes, en sus célebres Meditaciones Metafísicas, diferencia
profundamente la dimensión de la subjetividad, el pensamiento
(res cogitans) de la materia, el cuerpo, la naturaleza
(la res extensa). El cuerpo es aquello que ocupa un solo lugar
a la vez en el espacio. Y que se define por su forma limitada. A
un mismo tiempo, el cuerpo es lo que carece de
conciencia y saber. Es una máquina compuesta de huesos, músculos
e instintos, que actúa como soporte o instrumento pasivo del
alma. El conocimiento es incandescencia del intelecto; por el
contrario, la repetición mecánica es brillo opaco del cuerpo.
En Nietzsche, lo corporal como no-saber es reemplazado por la corporalidad que
sabe, que dimana poder, que crea al yo como puro
instrumento y prolongación de sus propios designios.
El conocimiento es también un instinto que, en la modernidad,
brilla con más fuerza entre el calor de otros instintos.
Esta corporalidad nietzscheana es cuerpo inconciente, previo a nuestra
experiencia corporal cotidiana. Es este otro cuerpo una fuerza
vital procedente de la tierra, a la que el cuerpo debe serle
fiel. La fuerza primaria de la tierra y, por extensión, de toda
la materia, atraviesa como continua radiación, este nuevo
cuerpo transparente, cristalino.
La señal de otro cuerpo cristal emerge en el cuerpo inmortal
del taoísmo.
En la antigua China, los seguidores del Tao, creían
que la inmortalidad
sólo podría conseguirse mediante la construcción de un cuerpo
imperecedero. Una idea con sus paralelismos en otras mitologías. Los
antiguos egipcios asociaban también la vida inmortal con la
preservación del propio cuerpo merced a la momificación.
Entre
los taoístas, un sendero indispensable para propiciar un existir
sin conclusión es la retención de los dioses que habitan en los
diversos órganos y regiones corporales. Es así que
"nuestro cuerpo rebosa de dioses, y estos son los mismos
que los del mundo exterior. He ahí una de las consecuencias de
que el cuerpo humano sea idéntico al mundo (...) Los dioses que moran dentro del cuerpo son
muchísimos...es un múltiplo elevado de 360, y se habla
generalmente de 36.000 dioses. A cada extremidad, articulación,
víscera, órgano o parte del cuerpo le corresponde uno o varios
dioses" (6).
El cuerpo taoísta es así claro cristal por el que fluye,
circula, la realidad sutil y sagrada representada por la
rebullente multiplicidad de los dioses.
Hemos invocado así, fugazmente, cuatro figuras de la realidad
que, como movimiento, devenir, como luz vivificadora, atraviesan
de continuo al cuerpo primario, olvidado, cristalino. Pero el
cuerpo cristal es, a su vez, el resplandecer del vitral...
III
Podemos apelar a otra imagen para entrever aún más la naturaleza del
cuerpo cristalino; podemos convocar la textura colorida y translúcida
de los vitrales. En el mundo contemporáneo, al ingresar a una iglesia, el vitral, con su fina vivacidad cromática, nos atrae por su
belleza. No por su potencia simbólica. El vitral hoy es un
llamativo decorado que flanquea el altar y la nave central de un
templo. En cambio, en la Edad Media, en las catedrales góticas, el
vitral generaba efectos más penetrantes en la sensibilidad.
Permítaseme esta proposición: el
vitral es el cuerpo sensible donde la luz enciende las potencialidades
y donde el origen de lo luminoso permanece siempre velado y distante.
Para desentrañar esta afirmación debemos observar que el vitral
sólo muestra su figura de espaldas a la fuente luminosa. Sólo cuando lo
luminoso atraviesa la anatomía cristalina del vitral se encienden sus
poderes de forma, color, el aura de una figura, la expresión de un
sentido. El vitral es
signo así de un ser que únicamente se plasma al percibir la luz que
lo recorre. El vitral anuncia el ser que adviene a lo que es como
incandescencia que se nutre del estar atravesado por lo luminoso. Lo
luminoso que
siempre llega desde un afuera distante del cuerpo iluminado.
El ser en el vitral se
realiza en el percibirse atravesado por la luz, pero sin percibir la procedencia y naturaleza
esencial de la luz. Todo esto significa que el
cuerpo-vitral, el cuerpo-cristal, no es celebración de una
transparencia absoluta del movimiento vital. El vitral nos enseña que
la luz revela sin revelarse ella misma, que el ser atravesado por el
devenir luminoso no es ajeno a la oscuridad que cobija la propia
luz.
La
oscuridad que cobija la luz...
Fuera
de los casos de ceguera congénita, podemos pensar el
enceguecimiento como destrucción del aparato óptico ante una
luminosidad demasiado exaltada. La oscuridad que entonces sobreviene
puede ser interpretada sólo como incapacidad visual, como un ya no
poder ver. Sin embargo, la ceguera quizá alberga un contenido más
escurridizo e inquietante. Quizá la oscuridad que borbotea dentro de
la ceguera es un retazo de lo oscuro que se agazapa en lo más
luminoso de la luz. No se puede ver demasiado tiempo el fulgor de una
luz muy poderosa. De ahí que la luz, en sus más plena fuerza o
irradiación, permanezca no visible, velada, oscura. La oscuridad de lo invisible de la luz, de la luz que
no puede ser vista por insoportable es continua presencia. Es el
juego constante de la máxima claridad que coexiste, en un solo
acto de presencia, con la máxima oscuridad. La luz más victoriosa
es así, a un mismo tiempo, radiación oscura (7).
Recuperar la transparencia del cristal o el vitral, como metáfora del
cuerpo en su percepción primaria del espacio, no es entonces
propalar la ingenua creencia, sin espesura ontológica, de que todo es
reductible a una transparencia o revelación final. Recuperar lo
cristalino y vítreo es, sí, alentar la experiencia que a un sujeto
le permite percibir ese estado sensible, estético, en que todo es
atravesado por la vivificación sutil de la luz. Y en ese estado de ser
atravesado el cuerpo se funde con el mundo amplio que la luz recorre.
Y el cuerpo enciende así su más alta potencialidad de creación y
sensibilidad.
De
esta manera, la utópica ciudad de cristal del expresionista Paul Scheerbart no debería ser interpretada de una manera excesivamente
lineal como la hace Benjamin en su ensayo Experiencia y pobreza.
Allí, el gran crítico cultural supone que "las cosas de vidrio
no tiene 'aura'. El vidrio es el enemigo número uno del
misterio" (8). Esto habla también de un "borrar huellas", de un
disolver las marcas de una experiencia personal, profunda,
ancestral. En el vidrio pontificado por Scheerbart es difícil
dejar huellas.
Pero,
creemos, que esta es una interpretación muy parcial. La luz que
atraviesa los cuerpos transparentes no tiene como principal destino
disolver huellas personales, o todo lo ambiguo, brumoso u oscuro. No. Un cuerpo
translucido que percibe la luz que lo atraviesa se comunica con la
amplitud de la que procede la luz. Enciende por esta vía sus poderes
sensitivos y espirituales. Pero, en modo alguno, se desvanece en una
falsa luminosidad de la transparencia absoluta donde desaparecen la
incertidumbre, lo velado, indeterminado, oscuro o enigmático. O las
huellas de la propia personalidad.
IV
Y, ahora, demos unas últimas pisadas en estas praderas especulativas. Unos
pasos finales que son también una condensación de lo que hemos
intentado pensar.
Habitualmente
identificamos lo estético con la contemplación de lo bello o la
creación de
belleza. Pero quizá la estética de lo bello sea un estadio
posterior a la estética de la percepción corporal del
movimiento luminoso.
No hay vida sin luz.
Y la luz se propaga, expande, en un movimiento sin detención.
En apariencia, la luz puede chocar o desviarse de algunos
cuerpos u objetos; sin embargo, el poder vivificador de lo
luminoso se derrama dentro de los seres. El aire y los
alimentos, necesitan de la luz para ser. A nivel físico,
mediante la respiración y la nutrición, la luz y sus efectos
actúan como un continuun que atraviesa los
órganos. Este hecho puede ser ignorado. No percibido. Pero los
cuerpos, antes que lo bello o tenebroso, perciben el ser
recorrido y atravesado por el movimiento luminoso.
El cuerpo vitral, el cuerpo cristal, depende de la luz que lo
atraviesa. Y esa luz mueve también una oscuridad que palpita en
el centro de la luminosidad más radiante e insoportable. La luz
que atraviesa el cuerpo-cristal habla también del espacio
amplio. Y de la riqueza y vitalidad de ese espacio que lo
luminoso recorre antes de atravesar el cuerpo
translúcido.
El ser corporal, encarnado, que recupera el cordón umbilical
que lo une con ese devenir de la luz que se mueve y lo
atraviesa, enciende, despliega, expande sus poder más sutiles.
Quizá, por eso, en las religiones o las
mitologías, la
espiritualidad es la plena comunicación con la realidad sagrada,
profunda, que se manifiesta en un cuerpo luminoso. Anatomía de
la radiación (9). Cuerpo que, como el cristal o el vitral, es siempre lugar de
tránsito e
irradiación. Nunca sitio de retención desesperada o de pérdida
del flujo de luz del ser que es movimiento sin fin (10).
La estética ya no es así sólo teoría filosófica sobre la
belleza natural o el arte. Lo estético se convierte en la
percepción olvidada de los cuerpos que se encienden al percibir
el movimiento de luz que atraviesa, aviva, la
materia.