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Luis Buñel
en El perro andaluz, uno de los films emblemáticos del cine
surrealista. |
Introducción
Este artículo se propone ubicar la emergencia de las vanguardias
estéticas en el contexto social y cultural de la primera mitad de
nuestro siglo, y caracterizar al surrealismo y mostrar cómo este
movimiento se manifestó en el cine.
Al comienzo trataré de responder a las preguntas de por qué
surgieron las vanguardias, qué objetivos perseguían y de qué forma
influyeron en la historia del arte y del pensamiento. También me
gustaría contraponer la postura que tienen respecto a la relación
entre el lenguaje y la realidad, con la posición que plantea George
Stainer sobre el mismo problema.
Luego
me internaré en el apasionante mundo surrealista para mostrar cómo a
partir del manifiesto de André Bretón (París, 1924) numerosos
artistas se inspiraron en su extraño mensaje y crearon un conjunto de
obras desconcertantes, pero llenas de fuerza, que transformarían
radicalmente los presupuestos tradicionales.
Por
último me referiré al cine para ver cómo los principios, los
problemas, y las características del Surrealismo se dieron en este
campo y para ello tomaré, a modo de ejemplo, algunas de las
películas del más grande director que dio el movimiento: el español
Luis Buñuel.
Creo
que las vanguardias, y sobre todo el Surrealismo, pudieron surgir
gracias a las condiciones únicas e irrepetibles (como epicentro la
Primera Guerra Mundial) que se dieron en las primeras décadas del
siglo XX. Hoy es impensada la aparición de un movimiento parecido,
entre otras cosas, porque los artistas de vanguardia no perseguían un
objetivo económico, imperativo al que muy pocos renunciarían en la
actualidad. Se sabe que en esta época la mayoría de los hombres
persiguen fines materiales, fieles a los preceptos de la sociedad en
la que viven. Cabe aclarar que hoy “una de las formas de analizar
nuestro presente está dado por la reflexión de teóricos y
ensayistas, sobre la ausencia de vanguardias”.
El
fenómeno del vanguardismo
Contexto
de Surgimiento
A
lo largo del siglo XIX, los progresos técnicos, el desarrollo de la
economía y el continuo avance de las ciencias habían forjado un tipo
de sociedad occidental que se asentaba en una creencia que les
parecía firme e inmutable: la fe en el progreso de la ciencia como
elemento imprescindible para un desarrollo humano que parecía
ilimitado e incuestionable.
Sin
embargo, las teorías de algunos pensadores y científicos como
Nietzche, Einstein y Freud pusieron en cuestión la bondad del
progreso basado en un desarrollo incontrolado de la técnica, la
validez de principios éticos y morales no cuestionados hasta el
momento y la importancia de la parte no racional de la persona,
quebrando con ello la confianza y la seguridad de las hasta aquel
momento optimistas sociedades de Occidente. Los malos presagios que
auguraban que el desarrollo de la tecnología no tenía por qué ir
necesariamente ligado al progreso y bienestar se confirmaron
plenamente en el período 1914-1918, durante la cual una espantosa
guerra sembró el horror y la muerte por todo el continente europeo.
Tras
el enfrentamiento bélico, nació un mundo distinto. Por un lado, la
URSS, Italia, Alemania y, en menor medida, otros países, vieron nacer
y desarrollarse filosofías que dieron lugar al establecimiento de
regímenes autoritarios; por otro, el sistema capitalista, basado en
la iniciativa privada y la inhibición del Estado en la economía,
entró en profunda crisis con sus secuelas de paro y miseria, y por
último, el sistema democrático sufrió un cierto desprestigio al ser
incapaz de garantizar seguridad y bienestar. Todos estos profundos
cambios no fueron ajenos al mundo del arte. A partir de entonces, el
artista, en buena medida racionalista academicista y confiado, dejó
su lugar a otro con inquietudes distintas, más escéptico y receloso
ante un porvenir incierto e inquietante. El nuevo artista reniega de
la misión que hasta ese momento realizaban sus colegas: la de plasmar
la realidad. Lo que le interesa, por el contrario, es trasladar a sus
lienzos o a la piedra sus inquietudes, su visión del mundo, sus
sueños. En definitiva, el artista dejó de ser un fiel transmisor de
lo que veía para convertirse en un creador. Aunque surgieron
movimientos de índole diversa, todos tenían un denominador común:
la convicción de que el arte debía encontrar nuevos derroteros,
liberarse de normas y formalismos pasados y de ser el resultado de las
vivencias e inquietudes de cada autor. A éstos movimientos se los
conoce como vanguardias del siglo XX.
¿Qué
son las vanguardias en el arte?
Las
vanguardias representan una nueva mirada sobre la realidad, pretenden
romper con el pasado y su enfrentamiento se construye a través de la
negación del mismo. Para Humberto Eco “la vanguardia desfigura el
pasado, una vez que ha destruido la figura, llega a lo abstracto, a lo
informal, a la tela blanca”.
Son
propias de las vanguardias las nuevas fuentes de percepción tales
como el fluir sin censura racional del subconsciente y el automatismo
psíquico; las propuestas insólitas y desacostumbradas, la
sobrevaloración del presente. Reniegan del mundo dado, de valores y
morales burguesas, y buscan a través del arte un proceso concreto de
liberación de la subjetividad creadora y receptora, de denuncia
contra las formas consoladoras, sublimadas, “bellas” del arte
burgués instituido. Van a mostrar las miserias del mundo moderno. Sus
figuras van a ser la prostituta, el enfermo, el marginal, el corrupto,
la violencia social, el cuerpo desnudo femenino como mercancía
sexual, lo procaz, la desesperación existencial, los valores
insurgentes de la bohemia, la soledad en la muchedumbre urbana, la
incomunicación humana, la angustia de la falta de sentido, la guerra,
la muerte horrorosa, los cuerpos mutilados, lo absurdo, lo informe, lo
desarticulado.
Sus
representantes pertenecían a una elite que era una minoría selecta
dueña de las propuestas teóricas y las únicas que comprendían el
significado de sus manifiestos y propuestas.
Fueron
sus armas de transformación la agresión y la trasgresión
permanentes. Pretendieron la participación activa de aquellos a
quienes iba dirigida la obra de arte.
Sostenían
un ideal esperanzador y confiaban en un mundo mejor pese a la
torturante realidad que los rodeaba. Como dice Nicolás Casullo “ el
arte de vanguardia va a contener variables ideológicas y teóricas
donde va a reivindicar una violencia categórica de su mensaje
artístico como respuesta, desde las obras, a la violencia de la
propia guerra, a la violencia del propio hombre, de la vida cotidiana,
de un vivir en la metrópolis, en la masividad, en la irracionalidad
de las relaciones humanas”.
Las
vanguardias artísticas sabían que nacían para morir. La crítica
que planteaban al mundo racional era tan enérgica contra las formas
institucionales del arte que su propio espíritu las obliga a pensarse
circunstanciales, rechazantes de la consagración estética al estilo
tradicional. “Lo peor que podía pasarle a una vanguardia estética
es prolongarse, transformarse en experiencia estética
institucionalizada, llevada a la academia y al museo como el resto del
arte burgués”.
La
época que se denomina “de las vanguardias” concluirá en 1939 con
la Segunda Guerra Mundial, y no volverá a ser claramente reactivada
hasta la década del ’60, donde esta experiencia modernista
reaparece como gesto final de toda una larga época tratando de
recuperar, en las rebeliones juveniles y libertarias, mucho de lo que
se viene analizando.
La
postura vanguardista respecto a la realidad
En
el siglo XIX gravita el Realismo en las expresiones estéticas. Hay
una imprescindible adecuación del arte a la imagen que tenemos de lo
real. La vanguardia confronta con esta posición realista, la combate
expresando que el presentar realísticamente las cosas desde el arte
es caer en las apariencias, en la mentira, en lo ilusorio de la vida y
de las relaciones humanas. El mandato del arte es la búsqueda de esas
otras realidades invisibles, mutiladas, que no se hacen presentes sino
a través de una nueva intuición, imaginación, investigación, en
ese acto complejo y subjetivo de la creación. Esto significa que “la
realidad es constitución del lenguaje. Esa es la crítica de las
vanguardias a la apariencia, a la falsedad del Realismo que trabaja en
función de demostrar que con el lenguaje artístico va hacia una
realidad insospechada de otras cosas {...} De acuerdo a cómo
trabajemos nosotros el lenguaje, así tendremos la realidad. Y no hay
una realidad de verdad y otra realidad de mentira. Lo que construye el
lenguaje es verdad en tanto que lenguaje”. Entonces, la vanguardia
va a rechazar la idea de traducir una realidad ya constituida.
Me
interesa contrastar esta postura con la posición que tiene George
Stainer respecto a este tema. Stainer utiliza a Dios como un supuesto
teórico y va a negar que este sea una pura verbalización vacía.
Para él, Dios es una expresión de una realidad exterior al lenguaje,
es la fuerza creadora de una realidad que ya existe. Antes de un
sistema de la lengua humano ya hay una presencia real que surge de
este Dios que presupone. Por lo tanto, y a diferencia de lo que
plantean las vanguardias, el lenguaje es la expresión de los
contenidos de la realidad anterior. La realidad no es una
construcción hecha por el lenguaje.
Para
Stainer, cuando el lenguaje interpreta la existencia real va a estar
dispuesto a descifrar distintos mundos. La realidad única puede tener
en sí misma infinitos mundos que no se han expresado totalmente. Son
potenciales. Las obras de arte pueden ser vistas como una extensión
de esa presencia real anterior al lenguaje que surge del Dios que
Stainer presupone.
El
Surrealismo
Características
del movimiento
El
Surrealismo nació oficialmente en 1924, con la publicación de “Manifiestos
del Surrealismo”, obra del escritor francés André Bretón. Aunque
el propio Bretón lo llegó a negar, el Surrealismo, que no solo
abarca la pintura sino también la literatura, el cine, la
fotografía, nació estrechamente ligado al movimiento Dadaísta.
Surgido
tras la Primera Guerra Mundial y con una decidida orientación
nihilista, el Dadaísmo significó ante todo una abierta
manifestación contra toda forma de arte tradicional, y llegó incluso
al rechazo de todo arte producido por formas convencionales. Y en este
punto de rechazo y ruptura con el pasado se entronca con el
Surrealismo. La diferencia está en que este último sustituyó el
nihilismo dadaísta por una experimentación científica con ayuda de
la filosofía y la psicología. Esta conexión entre ambos movimientos
explica que muchos de los componentes del dadaísmo (Ernst, Arp,
Picabia, Ray) se adhiriesen posteriormente al Surrealismo y que muchas
obras se puedan encuadrar perfectamente en ambos movimientos.
El
Surrealismo fue definido por el propio Bretón como “automatismo
psíquico puro, por el cual se propone expresar verbalmente, por
escrito, o bien de otra manera, el funcionamiento real del
pensamiento, en ausencia de todo control ejercido por la razón fuera
de cualquier preocupación estética o moral”. El impacto que causó
en los medios intelectuales de la época no fue inferior al escándalo
provocado por el Dadaísmo.
Hasta
cierto punto el Surrealismo era una reposición del romanticismo con
ropaje del siglo XX, aunque con un mayor sentido del absurdo y de la
burla. A diferencia de las principales vanguardias modernas, pero
igual que el dadaísmo, no tenía interés por la innovación formal
en sí misma. Poco importaba que el subconsciente se expresara a
través de un caudal de palabras escogidas al azar, lo importante era
reconocer la capacidad de la imaginación espontánea, sin mediación
de sistemas de control racionales, para producir coherencia a partir
de lo incoherente y una lógica aparentemente necesaria a partir de lo
ilógico o de lo imposible.
El
Surrealismo trata de darle a la negación constante el fundamento de
una doctrina. Se pasa de la negación a la afirmación. Tiene
actitudes destructivas, el sentido general de su rebelión y métodos
provocadores. Lo destructivo está acompañado por una parte
constructiva.
El
problema fundamental de este movimiento es el de la libertad. No se
presenta como una esfera artística, sino de la vida misma, del
destino del hombre. Afirma que este problema tiene dos caras: la de la
libertad individual y la de la libertad social. La solución se da en
dos pasos, la libertad social, que se puede alcanzar a través de la
revolución, se considera como la premisa indispensable para llegar a
la libertad completa del espíritu. Pretende llegar a crear las
condiciones de la libertad material y espiritual del hombre. La
cuestión fundamental es devolverle al hombre su potencia que siglos
de perjuicios, humillaciones e inhibiciones han cohibido. Propone que
al lado de la revolución social, la revolución individual debe
romper con todos los lazos que deformaron nuestra naturaleza y así
nuestra personalidad.
Los
surrealistas criticaban la pérdida de la libertad en los creadores,
debida a que el pragmatismo, la rutina, el peso de la educación
someten al individuo de tal manera que no es necesario que exista una
coacción física: la propia autocensura se encarga de limitar la
capacidad de creación del individuo al no ser capaz de romper sus
ataduras y dejar que la imaginación vague sin lazos ni trabas de
clase alguna. El creador es, pues, un alienado de la sociedad, de la
que solo puede librarse mediante la exaltación de lo irracional, de
la locura, del sueño, es decir, mediante la oposición de “otro
mundo” al establecido y dominado por las clases dirigentes. Es esta
la razón por la cual algunos surrealistas se adhieren al marxismo,
pues piensan que es el instrumento capaz de destruir el orden social y
crear una nueva sociedad.
Para
Bretón es necesario aprender a liberar, por todos los medios, las
fuerzas de nuestro yo inconsciente también en estado de vigilia. Él
habla de interioridad. Piensa que lo nuevo y lo desconocido huye del
aburrimiento de una realidad enajenada y consumida, y retorna en lo
maravilloso surrealista. En este maravilloso se nos concede una
anticipación de aquella libertad total que está en la perspectiva
del fundido del sueño con la realidad, o de la realidad con el
sueño. Esta fusión devolverá a los hombres su integridad.
En
1927, aparecieron una serie de artículos de Bretón con el título de
“Surrealismo y pintura”, en los que trataba acerca de los caminos
por los que el pintor conseguía adentrarse en el mundo surrealista:
el del automatismo y el de los sueños.
Automatismo
significaba el mecanismo por el que las ideas y las asociaciones de
imágenes surgían al exterior a través de la palabra, la escritura o
la imagen de manera rápida, espontánea, fluida, sin hacer caso para
nada de la coherencia y del sentido. Así aparecieron diferentes
técnicas en el campo de las artes visuales como el collage, los
fotomontajes y el frottage (procedimiento por el cual se pasa un
lápiz por el lienzo extendido sobre una superficie rugosa), cuyo
resultado era la aparición de un conjunto de imágenes yuxtapuestas,
en apariencia faltas de sentido.
En
cuanto al camino de la exploración onírica no se trataba, del
estudio de símbolos de los sueños sino de la plasmación de
imágenes oníricas, que podían proceder de sueños diferentes o
podían recordarnos tan solo ciertas características de los mismos.
La
complejidad del movimiento surrealista, que más que una doctrina o
escuela era una toma de postura frente a la realidad que les tocó
vivir, explica la variedad de estilos. Los hubo que se inclinaron por
un surrealismo figurativo como Ernst, Dalí (ver imagen 2), Magritte
(ver imagen 3), Delvaux, mientras otros como Masson, Miró y Tanguy
optaron por la abstracción.
Principios,
problemas y características del Surrealismo en el cine
Luis
Buñuel, el gran hacedor de imágenes
Eric
Hobsbawm afirmó que "El surrealismo significó una aportación
real al repertorio de estilos artísticos vanguardistas. De su novedad
daba fe su capacidad de escandalizar, producir incomprensión o, lo
que sería lo mismo, provocar, en ocasiones, una carcajada
desconcertada, incluso entre la generación de vanguardistas
anteriores. A diferencia de la mayoría de las vanguardismos
occidentales anteriores, ha hecho importantes aportaciones al arte por
excelencia del siglo XX: el arte de la cámara. El cine está en deuda
con el surrealismo en la persona de Luis Buñuel".
“Adoro
los sueños, aunque mis sueños sean pesadillas y esas sean la más de
las veces, están sembrado de obstáculos que conozco y reconozco pero
me es igual. Esta locura por los sueños, por el placer de soñar, que
nunca he tratado de explicar es una de las inclinaciones profundas que
me han acercado al surrealismo. Un perro andaluz nació en la
convergencia de uno de mis sueños con un sueño de Dalí”. Luis
Buñuel (ver imàgen 4), considerado el más grande cineasta del
Surrealismo recordaba así su primera obra “Un perro andaluz”,
realizada en 1929. Al año siguiente, la llegada del cine sonoro
marcaba el final de una etapa: la edad de oro del cine de vanguardia.
Las
películas capaces de encuadrarse dentro de los lineamientos del
Surrealismo, según los propios integrantes del movimiento, no serían
más que las dos primeras obras de Buñuel. Aunque se evitara una
clasificación tan estricta, el número no se extendería más que a
otros cuatro títulos. La enumeración se dificulta también, por el
hecho de que no existe una definición dada por los mismos artistas de
lo que es el cine surrealista. Por otro lado, toda la cinematografía
de vanguardia se caracteriza por sus contaminaciones y zonas de
contacto.
Para
Buñuel “En ninguna de las artes tradicionales existe una
desproporción tan grande entre posibilidad y realización como en el
cine. Por actuar de una manera directa sobre el espectador,
presentándole seres y cosas concretas; por aislarlo, gracias al
silencio, a la oscuridad, de lo que pudiéramos llamar su hábitat
psíquico, el cine es capaz de arrebatarlo como ninguna otra
expresión humana. Pero como ninguna otra es capaz de embrutecerlo.
Por desgracia, la gran mayoría de los cines actuales parece no tener
más misión que ésa: las pantallas hacen gala del vacío moral e
intelectual en que prospera el cine, que se limita a imitar la novela
o el teatro, con la diferencia de que sus medios son menos ricos para
expresar psicologías”.
Los
orígenes del cine surreal
Hacia
la primera década del siglo XX, el cine, que ya contaba con quince
años, abandonó su modo de representación primitiva basado en la
narración por medio de la acumulación de sucesivos cuadros
autónomos, la frontalidad de lo representado y en los planos
generales, para ingresar en una nueva etapa. “El nacimiento de una
nación”, filmada en 1915 por el norteamericano David Griffith,
marcó el inicio de un modelo narrativo clásico inspirado en la
causalidad narrativa propia del naturalismo literario del siglo XX y
en ciertos recursos, que darían nacimiento a la gran industria
cinematográfica estadounidense.
Sin
embargo, al igual que todo lo que podía ser considerado como modelo o
clásico, pronto sería puesto en cuestión desde Europa por artistas
que provenían de otras expresiones estéticas pero que se habían
interesado en el nuevo arte. Hacia los años veinte las vanguardias
artísticas, como ya lo habían hecho con la pintura y la literatura,
asumieron la oposición al arte oficial y sus convenciones expresivas
y se convirtieron en el movimiento cinematográfico alternativo.
En
general, los cineastas de vanguardia provenían de la pintura y
consideraron al cine una extensión de ésta. La imagen pasó a ser el
aspecto principal de la narración. En su mayoría, el cine
vanguardista, experimentaba recursos y técnicas sosteniendo el ritmo
visual como principio gobernante, tanto para el montaje como para las
escalas de los objetos o el tiempo de duración de los planos.
Además, utilizaba estudiadas técnicas de composición y numerosos
usos de las cámaras: angulaciones inusuales, efectos ópticos y
distintas velocidades de filmación. Las vanguardias intentaban
descartar la visión tradicional y enseñar nuevas maneras de mirar.
El
Dadaísmo, nacido en Zurich en 1916, de la mano del poeta Tristán
Tzara, en los años viente se habían instalado en París. El
cinematógrafo se presentaba como una arma ideal para el ánimo de
destrucción iconoclasta de Dadá y los artistas se lanzaron en busca
de nuevas técnicas. En 1923 el fotógrafo y pintor Man Ray dio
nacimiento al primer film del movimiento: “El retorno a la razón”,
presentada por Tzara el 7 de julio de 1923 en París, velada en que se
precipitaba la disolución de Dadá y nacia el Surrealismo. La obra no
le gustó al público que produjo un gran escándalo en la sala lo que
se condecía con los fines buscados por los dadaístas.
En
1924 el pintor Francis Picabia ayudado por el cineasta René Clair y
el compositor Erik Satié concluyó “Entreacto”, imágenes sin
sentido se mezclaban en el celuloide con extrañas escenas
protaginizadas por varios integrantes de Dadá.
Las
creaciones dadaístas continuaban con “Aneaic cinéma” del pintor
Marcel Duchamp en colaboración con Man Ray, un interminable desfile
de círculos realizados mediante el uso de una plataforma giratoria
semiesférica que movía figuras espiraladas con palabras escritas,
produciendo ilusiones gráficas y juegos linguísticos. En esta
película se encontraban ya elementos surrealistas a pesar de que se
toma el ya nombrado “Manifiestos del Surrealismo” de Bretón
(1924) como inicio del movimiento. Era dificil determinar el momento
de pasaje del Dadaísmo al Surrealismo, incluso en el cine. Ambos
grupos tienen continuidad entre si y se opusieron con igual energía a
las normas del cine convencional.
Primeras
películas surrealistas
Después
de que surgieron en 1928 “La Caracola y el clérigo” de Germaine
Dullac y “La estrella de mar” de Man Ray, películas con ciertas
características surrealistas pero que no fueron reconocidas por el
movimiento, apareció en 1929 “Un perro andaluz” de Luis Buñuel.
Ésta no obtuvo el rechazo del grupo y fue celebrada como la primera
película surrealista. Paradójicamente, este film, fue ideado por dos
jóvenes que no pertenecían al movimiento: "Esta película
nació de la confluencia de dos sueños. Dalí me invitó a pasar unos
días en su casa y, al llegar a Figueras, yo le conté un sueño que
había tenido poco antes, en el que una nube desflecada cortaba la
luna y una cuchilla de afeitar hendía un ojo. Él, a su vez me dijo
que la noche anterior había visto en sueños una mano llena de
hormigas y añadió: -"Y si, partiendo de esto, hiciéramos una
película?". Pronto nos pusimos manos a la obra siguiendo una
regla adoptada de común acuerdo: no aceptar idea ni imagen alguna que
pudiera dar lugar a una explicación racional, psicológica o
cultural. Abrir todas las puertas a lo irracional. No admitir más que
las imágenes que nos impresionaran, sin tratar de averiguar por
qué".
En
relación con los postulados surrealistas, esta película es
provocativa, agrede al espectador con imágenes insólitas y posee
muchas cosas ilógicas, otras muy impresionables, hasta violentas.
También hay secuencias irreales o inimaginables. Se juega con los
sueños, con la imaginación, presenta fusión y superposición de
imágenes. Se mezcla la violencia de un acoso sexual con la
imaginación de un personaje y se superponen a la vez figuras. Como se
propusieron Buñuel y Dalí, no se puede encontrar un sentido en la
historia de la película, los personajes aparecen en cualquier lugar,
a veces salen de una determinada escena y aparecen en otra totalmente
diferente (por ejemplo un personaje abre la puerta de la cocina y sale
a una playa, o al mar).
Los
españoles Luis Buñuel y Salvador Dalí compartían una tradición
que habían empezado en la residencia de Madrid junto al poeta
Federico García Lorca y Pepín Bello. Muchas de las bromas que
circulaban entre los entonces escolares serían fuente de inspiración
para la película. Terminado el guión Buñuel recurrió a su madre
para financiar la producción y se dispuso a dirigir a los actores
Pierre Batcheff y Simone Mareuil. Buñuel y Dalí también
aparecerían en escena.
En
París, Buñuel conoció a Man Ray que buscaba un complemento para la
proyección de su última producción surrealista: “Los misterios
del castillo de Dé”. Fue así que el español se acercó y fue
sometido a la aprobación de Louis Aragón, André Bretón, Max
Earnst, Paul Eluard, Tristán Tzara, René Char y los demás
surrealistas (ver imágen 1) que se reunian en el café Cyrano.
“Un
perro andaluz”, de escasos 17 minutos de duración, fue estrenada
comercialmente en septiembre de 1929 en el Estudio 28 de París,
acompañada por melodías de Wagner y tangos argentinos. Buñuel
debió deshacerse de la carga de piedras que tenía preparada para
arrojárselas al público en el caso de que la proyección no tuviera
aceptación: “Me había puesto unas piedras en el bolsillo, para
tirárselas al público si la película era un fracaso. No necesité
las piedras. Cuando terminó la película, desde detrás de la
pantalla oí grandes aplausos y, discretamente, me deshice de mis
proyectiles, dejándolos caer al suelo”
Tras
el éxito de la película el español comenzó a filmar “La edad de
oro”, ya en el período sonoro, adoptada como el punto máximo del
Surrealismo cinematográfico. En ella continuó la ruptura de la
narración lineal clásica pero también acentuaba la crítica contra
la técnica minuciosa de los comienzos de las vanguardias.
Las
imágenes se sucedían sin una conexión lógica. De un documental
sobre escorpiones se pasaba a una mansión de la alta sociedad donde
los invitados se divertían con el asesinato de un niño por su padre
o a los intentos amorosos y desesperados de un hombre y una mujer. El
film ironiza sobra la Roma imperial, el vaticano, la gran ciudad, la
clase burguesa, el arte y la música como esferas separadas de la vida
cotidiana (aparece un hombre pateando un violín). La gente hace cosas
inesperadas, inimaginables para el espectador. Hay un ida y vuelta
constante por medio de objetos, personajes y hechos, donde se puede
reconocer la libertad de la imaginación que se plantea en el
surrealismo. En varias escenas de la película, Buñuel ridiculiza a
la clase burguesa. En una, introduce una vaca adentro de la pieza de
la hija de un marqués, en otra, una carreta llena de obreros
atraviesa un salón elegante, durante una reunión de la alta
sociedad. También ironiza sobre las relaciones sexuales de la clase
alta. Otro detalle importante en relación a los procedimientos
surrealistas que posee el film es que hay mucha violencia en las
imágenes. Por ejemplo, cuando un personje golpea a un ciego y a una
mujer, o cuando un padre dispara y mata a su hijo, o cuando otro
personaje tira a un monje por la ventana junto con otras cosas. Los
actores hacen todo lo contrario a lo que se puede esperar, en
relación con los valores y las costumbres de la sociedad. El film
termina con una secuencia en la cual hay mucho ironismo sarcástico
sobre el catolisismo y una fuerte connotación anti-cristiana.
Al
público no le gustó la nueva película. Tras su estreno en el
Estudio 28, en noviembre de 1930, se proyectó seis días a sala llena
pero jóvenes de la Liga Antijudía y la Liga Patriótica atacaron el
cine destrozando los cuadros de la exposición surrealista que se
realizaba en el vestíbulo y lanzaron bombas contra la pantalla. La
prensa de derecha apoyó estas acciones y la película fue prohibida
una semana más tarde, censura que duraría 50 años.
Problemas
económicos y de difusión del cine surreal
Situados
al margen de la industria cinematográfica, el problema económico fue
uno de los más importantes que tuvieron que afrontar los surrealistas
y los artistas de la vanguardia en general. El sistema más común era
el de la autofinanciación. De vez en cuando, aparecía algún mecenas
que hacía posible la creación.
El
problema económico se acentuaba respecto a las proyecciones de las
películas surrealistas. En un principio no existía una circulación
ágil de los films y ningún tipo de recuperación de la inversión.
Hacia
mediados de la década del ’20 aparecieron en París los “cineclubs”,
que facilitaron la difusión de las películas de vanguardia, como el
Estudio 28, pronto convertidos en agrupaciones de espectadores
ilustrados que se reunían a ver las novedades cinematográficas y a
discutirlas. Eran ellos los que, a veces, solventaban los gastos de la
exhibición.
¿Cómo
puede reconocerse una película surrealista?
A
diferencia de la pintura y la literatura no existían preceptos
surrealistas sobre el cine. Los integrantes de este movimiento tampoco
establecieron una teoría orgánica sobre el séptimo arte, a pesar de
que muchos de ellos se dedicaron a estudiarlo y escribieron proclamas
personales. Entonces, ¿cómo puede reconocerse una película de este
grupo?
Los
surrealistas, entre otras cosas, se hicieron eco de los postulados de
Dadá acerca de la necesidad de destruir todo arte existente, empezar
desde la nada y abolir la distinción entre arte y vida. Así como la
provocación es el único método válido para agitar las adormecidas
conciencias, el cine surreal buscaba romper con la causalidad
convencional a favor de la casualidad, el hallazgo fortuito, el mundo
de los sueños y del inconsciente. Para ello operaba dentro de las
figuraciones, la ficción y las convenciones espaciales y temporales
del cine dominante, pero con el fin de desarticularlas y crear algo
nuevo que destruyera el imperio de la razón en que se sostenía el
mundo occidental.
Sin
embargo, la técnica se pondría del lado de la razón. La llegada del
cine sonoro a fines de la década del ’20, asestó un golpe mortal
al cine vanguardista en general y al surrealista en particular, debido
al encarecimiento de los costos de producción, ya que eran difíciles
de solventar. Pero además de las cuestiones económicas, los
surrealistas perdieron el interés pues veían en el cine mudo la
posibilidad de la autonomía del sentido, liberador del anclaje en la
palabra. No pensaron, al menos entonces, en las posibilidades
trasgresoras que podía brindar el sonido ni en la forma de oponerse
con la misma palabra a su sentido convencional.
La
vertiginosa vida del cine surrealista había durado apenas dos años,
de 1928 a 1930. Sin embargo, las escasas películas que se filmaron en
ese período marcaron una ruptura en la historia del séptimo arte y
descubrieron nuevas posibilidades para su lenguaje. Ya no sería
posible hacer cine sin remitirse de alguna forma a las películas
surrealistas.
Conclusión
Al
terminar esta exposición, creo estar en condiciones de afirmar que
las primeras vanguardias del siglo veinte le dieron al arte la
posibilidad de provocar una fébril ruptura. Los artistas propugnaron
cambios, transformaciones y progresiones que marcaron la historia del
siglo pasado.
Antes
de realizar este trabajo no podía encontrar interés alguno en las
obras surrealistas. Ahora, me he transformado en gran admirador de
este movimiento y atribuyo el cambio al hecho de que es necesario
conocer en profundidad las características de este grupo y sobre
todo, la profunda crítica que le hace a la sociedad en la que
vivimos. Sin dejar de reconocer mi ignorancia y falta de información,
no llegan a menudo hasta mí datos que me indiquen sobre lugares de
difusión de obras surrealistas. Atribuyo esto al hecho de que el
Surreallismo ataca desde todos los frentes al sistema dominante y su
falta de recepción beneficia a los que están en el poder.
Las
películas surreales permiten un acercamiento muy diferente al cine
del que estamos acostumbrados en la actualidad, donde la industria
cultural, ha llevado a la prostitución del séptimo arte, evidenciada
en la proliferación de los complejos al estilo estadounidense,
lugares en los que es más difícil encontrar una película que nos
haga pensar y reflexionar sobre la realidad, que acabarse un balde de
pop corns.
Hace
unas semanas asistí a la proyección, en la facultad de Ciencias
Sociales de la Universidad de Buenos Aires, de “La hora de los
hornos” de Pino Solanas, película que, con características
totalmente diferentes a las surrealistas, me dejó la misma impresión
que éstas cuando terminé de observarla: qué útil y qué diferente
es ver “el otro cine”. Los films de vanguardia se enmarcan dentro
del cine alternativo y el de Solanas dentro del tercer cine o cine
militante. Ambos nos permiten tomar distancia de las películas al
estilo “holiwoodense”, ya que nos impulsan hacia la reflexión,
nos “abren la cabeza”, nos dan la oportunidad de la trascendencia
y no tienen como único objeto el burdo entretenimiento, el escapismo
y, en muchos casos, la interpelación para que el espectador acepte
las reglas del sistema dominante. O como explica el propio Buñuel ”
Hablando con el propio Zavattini hace algún tiempo, expresaba mi
inconformidad con el neorrealismo: estábamos comiendo juntos, y el
primer ejemplo que se me ocurrió fue el vaso de vino en el que me
hallaba bebiendo. Para un neorrealista, le dije, un vaso es un vaso y
nada más que eso: veremos como lo sacan del armario, lo llenan de
bebida, lo llevan a lavar a la cocina en donde lo rompe la criada, la
cual podrá ser despedida de la casa o no, etc. Pero ese mismo vaso
contemplado por distintos hombres puede ser mil cosas distintas,
porque cada uno de ellos carga de afectividad lo que contempla, y
ninguno lo ve tal como es, sino como sus deseos y su estado de ánimo
quieren verlo. Yo propugno por un cine que me haga ver esa clase de
vasos, porque ese cine me dará una visión integral de la realidad,
acrecentará mi conocimiento de las cosas y de los seres y me abrirá
el mundo maravilloso de lo desconocido, de lo que no puedo leer en la
prensa diaria ni encontrar en la calle”.
Para
finalizar, quisiera retomar una idea que expresé en la introducción.
Allí afirmaba que las vanguardias pudieron surgir gracias a las
condiciones únicas e irrepetibles que se dieron en las primeras
décadas del siglo XX y que hoy es impensada la aparición de un
movimiento parecido, entre otras cosas, porque los artistas de
vanguardia no perseguían un objetivo económico, imperativo al que
muy pocos renunciarían en la actualidad. Ahora, no me siento en
condiciones de asegurar el motivo por el cual, hoy, no asistimos a la
aparición de movimientos vanguardistas. Más bien, me gustaría dejar
planteado este interrogante. (*)
|
Imagen de
La edad de oro, otro esencial film surrealista de Buñuel. |
(*)
Fuente: Trabajo realizado por en el contexto de la materia
Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo de la Carrera de
Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires en el año
2002.
Bibliografía
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Hobsbawm,
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Películas
"Un
perro andaluz" (Luis Buñuel, 1929).
"La
Edad de Oro" (Luis Buñuel, 1930).
Documental,
“Vanguardias -Tx2- Lamerica”, Canal á: Arte y Espectáculos
Páginas
web
HYPERLINK "http://www.satiria.com"
www.satiria.com
HYPERLINK "http://www.netcall.com.mx"
www.netcall.com.mx
Notas
Casullo,
Nicolás; Forster, Ricardo; Kaufman, Alejandro, Itinerarios de la
modernidad, Buenos Aires, Eudeba, 1999, p. 65
2
Humberto Eco, “Apostillas a El Nombre de la Rosa”, Ed. Lumen,
Barcelona 1970, P. 254.
3
Casullo, Nicolás, op.cit., p. 69
4
Casullo, Nicolás, op.cit., p. 69
5
Casullo, Nicolás, op.cit., p. 98
6
Cfs. Stainer, George, “Presencias reales”, cap. 1
7
Bretón, André “Manifiestos del Surrealismo”, Barcelona, Ed.
Labor, 1995. p. 44
8
Hobsbawm, Eric, “Historia del siglo XX”, Buenos Aires, Ed.
Crítica, 1998. p.185
9
Documental, “Vanguardias -Tx2- Lamerica”, Canal á: Arte y
Espectáculos
10
HYPERLINK "http://www.temakel.com"
www.temakel.com, Buñuel, Luis, Iconografía personal,
México, Ed. Fondo de cultura económica, 1988.
11
Buñuel Luis, "Mi último suspiro", Barcelona, Plaza &
Jones, 1982. pp. 102-103.
12
Ídem, p105
13
HYPERLINK "http://www.temakel.com"
www.temakel.com, op.cit.
