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TIEMPO DE GITANOS
Por Esteban Ierardo

El
presente texto es una ampliación de la
ponencia que dicté el 28 de noviembre del 2001 en la Fundación
Centro Psicoanalítico Argentino a propósito de la obra Tiempo
de gitanos del notable creador yugoslavo Emir Kusturica.
Aquí trazo una exploración sobre diversos niveles simbólicos que
involucran al mundo animal, la significación del agua y
el fuego, lo que llamo "la apertura de los objetos, de la casa o el templo
cerrado", y la levitación. Un intento de meditar el modo como el
arte nos des-enlaza de la opacura y la vida sin fulguración.
El cine es el
ojo donde hierven diversos mundos. En el tiempo y la imagen
cinematográfica pueden eclosionar y perdurar símbolos y figuras de
temporalidades extrañas. Atravesaremos el tiempo extraño que bulle en el
film de Emir Kusturica Tiempo de gitanos. Una obra que exhala diversos
simbolismos que trastocan nuestra cotidianeidad. Niveles simbólicos que
involucran al mundo animal, la significación del agua y
el fuego, la levitación, y lo que llamaremos "la apertura de los objetos, de la casa o el templo
cerrado". Todos estas son
significaciones que se incrustan en el espinazo de una temporalidad extraña.
¿Dónde situar la procedencia y la naturaleza de este tiempo otro?
Si apelamos a coordenadas
históricas y sociales, la obra de Kusturica (1989) emerge en la
Yugoslavia posterior a Tito, en la Europa del derrumbe
del muro, en el mundo de la guerra fría agonizante. La primera
veta temporal entonces donde se perfila el film es un determinado tiempo histórico
de Occidente, y de Yugoslavia en
particular. Pero el título de la obra lo explicita con nitidez: la
narración fílmica no se asocia esencialmente a la historia occidental sino
a otro tiempo. Un tiempo de
gitanos. ¿Y cuál es la singularidad propia de esa temporalidad gitana? Los gitanos: un pueblo singular de
hábitos nómades. Aunque el gitano se arraigue en apariencia en algún
lugar, perdura su conciencia nómada, arcaica. Allí empieza a relumbrar
el
contenido del existir gitano como tiempo otro, fuera de
nuestra cultura.
Quizá podamos esculpir una constelación de los momentos de emergencia
del tiempo otro, gitano, arcaico, en nuestro propio universo
espacio-temporal. Una primera fulguración de esas emergencias nace de la
presencia de lo animal en la obra de Kusturica que estamos considerando.
La relación del hombre con
el mundo animal pareciera ser un dato poco significativo para nuestra
autocomprensión como seres humanos y para la comprensión de cómo una
cultura se manifiesta en la historia. Somos deudores de percepciones del mundo que tomamos por naturales
pero que, ineludiblemente, son una creación histórica, cultural.
Nuestro
vínculo con el mundo animal es un ejemplo. Cuando suponemos
que el animal es devenir mecánico, instintivo; cuando suponemos que en el animal no hay
lugar para la conciencia sino simplemente para la repetición de un
mecanicismo corporal, fisiológico, heredado, somos deudores
de una idea moderna, ilustrada, del mundo animal. Según esta idea, lo animal es
sólo materialización del mundo-máquina; lo animal encarna una
legalidad sin pensamiento ni espíritu, pura causalidad
mecánica de causa y efecto. Descartes
imagino a la naturaleza como una gran máquina, y supuso que el animal
es paradigma del autómata, el principal exponente del universo-mecanismo.
Ahora bien la
cuestión es: ¿para todas las culturas el animal es instinto mecánico
y, por tanto, desprovisto de autoconciencia? En modo alguno; para las
llamadas sociedades tradicionales lo animal es símbolo
privilegiado de lo sagrado. En Tiempo de gitanos, Perhan, el personaje
central, el joven Perhan, sostiene una suerte de amistad con un pavo. Mediante
este lazo, Perhan instituye a lo animal como
portador de un simbolismo espiritual, continuador
de la significación arcaica de la animalidad. En
la cultura egipcia, por ejemplo, el animal se hallaba más cerca de los dioses
que el hombre. Para entender esta creencia quizá debiéramos meditar en las drásticas
oposiciones que pueden existir en la interpretación de un mismo conjunto de datos
empíricos por parte de distintas culturas. Por la vía empírica, vemos al animal. Y vemos que es un ser que
repite costumbres, un ser que parecería despojado de individualidad,
dado que es incapaz de modificar los hábitos tradicionales de su especie.
Es entonces cuando en nuestro entramado cultural, suponemos que el animal corporiza el lugar de lo automático, de
lo mecánico.
Pero frente a estos mismos datos empíricos, la cultura egipcia reacciona
desde una
interpretación totalmente otra. Si el animal siempre repite un modelo
heredado es porque palpita fuera del tiempo, porque respira en lo atemporal; y la atemporalidad,
la eternidad, evoca el modo de existencia de los dioses. Por el contrario, el hombre vive
enmarañado en la red temporal; su cuerpo y su aliento vital son constantemente
erosionados por el tiempo, por un tiempo que sopla como viento que deshilacha
nuestra integridad y esculpe nuestro camino hacia la muerte.
En Tiempo de gitanos, el animal con su impronta arcaica se introduce en el tiempo occidental
en el momento en el que Perhan se entrega al juego, un juego
aparentemente inofensivo, con su pavo. Perhan es un muchacho sensible y
particular. Posee poderes telekinéticos. En ocasiones, es capaz de
desplazar objetos mediante la decisión de su pensamiento. Vive con su
abuela, una rechoncha y encantadora gitana, y su hermana Danira y su
trastornado tío Merdzan. La abuela le obsequia a Perhan el pavo. Es la
continuidad de lo antiguo, la vieja gitana, la que entrega el animal a
lo nuevo, al joven.
Perhan "juega" con el pavo.
Intenta hipnotizarlo mientras repite, sin descanso, la expresión:
"Alabado pájaro del sol ". La repetición como estrategia
para la supresión de las reacciones normales, de la corriente temporal
conocida. La repetición sonora, magia de transmutación de la
conciencia y lo real. Entonces Perhan extiende
sus brazos como si fueran alas. El
pavo repite aquella acción. Acontece así una sincronicidad que implica
identidad, encuentro o integración entre lo humano y lo animal. Lo opuesto a nuestra experiencia habitual, donde nos consideramos lo otro, lo
distinto, lo separado del animal y de la naturaleza. En esta dinámica de sincronicidades
lo animal ya no es alojado en una
escena secundaria.
Luego, Perhan duerme abrazando a
su pavo. Proximidad física que es a un mismo tiempo impregnación, contagio con lo no
lógico de la animalidad. Entonces, acontece el quiebre mágico de la unicidad del
tiempo y el espacio occidental normales. Perhan asciende, levita. Aéreo, leve, se
aleja de su cama. Y siempre aferrado a su animal aliado, vuela
mágicamente hasta un río donde el pueblo gitano celebra un ritual. Una
ceremonia sagrada de purificación a través del agua y el fuego.
Para
este trasladarse de la quietud y postración en su camastro hacia el río,
Perhan debió romper el cofre de la casa, la casa como ámbito cerrado. Como veremos,
en Tiempo de Gitanos ocurren otras formas de ruptura del encierro de la
casa moderna, la casa del hombre sedentario y occidental.
Para regresar
a lo primario del agua y el fuego, Perhan debe trascender la casa de
techo bajo; debe moverse en la anchura y altura del cielo. Su
transformación en hombre-pájaro implica la adquisición de la condición
alada. Al aferrarse a su pavo, Perhan muta su cuerpo; sus brazos ya no son
tenazas que contienen, sino alas que propagan la propia anatomía. Así, el humano, antes solo humano y habitante de la casa cerrada, se
convierte en ser que asciende, como pájaro, y a la vez, desciende, como
topo, a vetas primarias del tiempo. Descenso a un tiempo de
gitanos, tiempo ritual, ancestral, de la
iniciación, del rito, donde el hombre vuelve al agua y vuelve al fuego,
para renovarse y para restaurar su pacto con los ancestros, y el encuentro con los dioses.
Lo primero es el agua horizontal, el
río que recién mencionamos, el río como manantial de purificación. En
muchas culturas, los ríos son sacralizados porque el regreso al agua es retorno al origen, a la nueva vida, a la
regeneración. A partir del mágico desplazamiento de Perhan al río, al
agua horizontal, se inicia la vida simbólica del agua y el fuego en el
film.
Perhan vive junto con su abuela, su tío y su hermana. Cuando el tío de
Perhan, Merdzan, le
reclama a la abuela un dinero que él cree que le corresponde, afuera, en las
alturas estalla una tormenta. Desde el cielo fluye agua vertical. Entonces,
el tío enfurecido, mediante cuerdas y un camión, se las arregla para
levantar la casa. La casa, antes receptáculo del encierro de lo vital, ahora
se balancea en lo alto. Y las ráfagas de la tempestad y las gotas del
agua libre, salvaje, empapan y humedecen a la abuela y sus nietos, y
todas sus pertenencias. Entonces, la abuela gitana
comienza a recordar un relato del origen:
Érase una vez cuando el cielo y la tierra estaban unidos; eran marido y
mujer. Y tuvieron cinco hijos: el sol, la Luna, el fuego, la nube y el
agua. Entre ellos, crearon un lindo lugar para sus hijos. Entonces, el díscolo
sol trató de separar la tierra del cielo. Pero falló. Y un día, el
viento arremetió y separó el cielo de la tierra.
En el comienzo, el cielo y la tierra
estaban unidos. Su unidad representaba una
típica forma del pensamiento arcaico, lo que se conoce como la hierogamia,
el matrimonio sagrado. ¿Y cómo fue que el mundo surgió? El
mundo surgió porque el viento, el aire, el pneuma, el espíritu,
separó el cielo y la tierra. El viento, enérgico como la tormenta, separa
lo celeste y lo terrestre para que dejen de estar confundidos, para que el mundo devenga orden y,
por tanto, sea.
Cuando la
abuela recuerda el relato del origen, lo hace entre los rumores del agua, el agua vertical, el agua
furiosa de la tormenta. Presencia del agua que, como dijimos, es purificación, renovación.
Y
en el río donde llega
Perhan con su pavo, se celebra un ritual de purificación. Sobre las
aguas, relumbran muchas hogueras. El agua y
el fuego son aliados. Tendemos a creer que el agua y el fuego están separados, que
el agua es enemiga del fuego porque lo puede apagar. Por ejemplo, para la mitología hindú
el
tiempo verdadero es un tiempo circular. Todo ha surgido en
un momento y todo en algún momento será destruido. Así creen
los hindúes que nuestra época, nuestro mundo, está en la última
etapa, lo que se conoce como kali-yuga. Y cuando termine lo que se conoce
como el gran círculo del tiempo de este mundo, el año de Bhrama, el
mundo se destruirá mediante la frenética danza del Dios Shiva. Una
danza que exhala bocanadas de un fuego destructor. El fuego destruye pero
para que todas las cosas vuelvan a tener el carácter amorfo del agua, y
es desde el agua donde un nuevo universo será creado. Coexistencia,
solidaridad de lo líquido y la llama. Y el fuego y el agua coexisten en el
río, en el río del tiempo otro, del rito gitano, porque, secretamente,
agua y fuego son aliados en la regeneración simbólica y mítica de la
existencia.
Tenemos entonces hasta ahora dos formas de la emergencia de la
temporalidad extraña en la obra de Kusturica que
estamos atravesando: la relación hombre-animal (Perhan-pavo), y la relación del hombre con los elementos naturales,
con el agua horizontal (del río); con el agua vertical (de la tormenta);
y con el fuego, destructor, de la regeneración.
Ahora accedemos a lo que podríamos denominar "la esfera roja y su
refutación de la arquitectura escindida del todo".
Veamos: en una fundamental escena del film,
la abuela de Perhan camina frente al Duomo, la catedral de Milán.
Canturrea. Y sostiene en una de sus manos una esfera roja; una bobina de
hilo rojo en verdad. Al mismo tiempo, Perhan, ya iniciado en la mafia
gitana por un oscuro personaje, parece imaginar aquella escena, en la noche,
semidormido, dentro de un ómnibus abandonado. Mientras imagina, mueve
un objeto que semeja un espantapájaros de metal. Lo extraño de la
acción de la mente sobre la materia configura una experiencia de
apertura. El objeto, antes pura y cerrada materia, se abre al espíritu
y se mueve al ritmo del pensamiento. Mediante la telekinesis, Perhan
abre los objetos al movimiento del espíritu. Y su abuela también
consuma un movimiento de apertura típico de una sensibilidad mítica.
Perhan abre el objeto clausurado; su abuela abrirá el templo, el templo
cristiano...
En su origen, el templo cristiano es deudor o continuación de los edificios sacros anteriores a la propia cultura
cristiana. El templo como tal, surge en el contexto de la
arquitectura sagrada. En el antiguo Sumer, en ciudades como Ur, Nippur,
Lagash, surgió
una figura arquitectónica que era el zigurat, una forma de templo con pasillos escalonados.
Su sentido era ser altar, lugar
de encuentro entre los hombres y los dioses. El zigurat como arquitectura que busca que el hombre se trascienda, salga de sí
mismo, tenga una abertura, un lugar de comunicación con lo divino, con
lo celestial, con lo alto. En el mundo medieval, la catedral de Milán surge con
ese espíritu. Es decir: la catedral de Milán sólo empíricamente es
una estructura cerrada. A partir de la luz solar que descendía por los
vitrales, a partir de las cúpulas ojivales, el creyente al entrar al
templo abandonaba el tiempo profano, se adentraba en una temporalidad
sagrada, y alzaba su vista hacia el cielo, hacia la cúpula, hacia la luz solar,
hacia la verdad espiritual. En el universo medieval, la catedral de
Milán tenía ese espíritu. Pero ya no ahora. La cultura occidental ha
perdido la capacidad de trascendencia, de vincularse con
algo distinto del hombre y la repetición de sus propias
creencias. Por lo tanto lo que tendría que ser forma de la
trascendencia, el templo cristiano de Milán, es lo contrario, otro
símbolo de la cultura enclaustrada, lo finito que se regodea
en su propia limitación. Sin trascendencia ni apertura.
Pero
la abuela abre el templo... En su mano porta una esfera roja que remite
a dos forma de propagación del hombre al todo: el hilo y la sangre.
Atendamos primero a la sangre. En un momento de la obra, la vieja gitana
fue llamada por el mafioso gitano (que luego "instruye" a
Perhan") para que curara a su hijo enfermo. Mediante adecuados
masajes y manipulaciones sobre el cuerpo del niño consigue su
propósito. Entonces se le pregunta sobre el modo como curó, sobre el
origen de su poder para la curación. La abuela gitana, afirma entonces: "La
sangre es el secreto. La fuerza está en la sangre". La sangre es
aquí signo de la vida que idealmente fluye por cada poro del cuerpo del
universo. Quien no reciba ese caudal sanguíneo, salutífero, es
territorio, cuerpo, enfermo, vida débil. Volver al rojo, a la sangre,
es regresar a la vida universal, plena.
La abuela gitana sabe el secreto de la sangre de la vida roja. Y rojos
son los hilos de la esfera que ella sostiene mientras canturrea y camina
frente al Duomo. Los hilos recuerdan al tejido, y el tejido nos conduce
a las viejas Diosas Hilanderas, aquellas que, lo mismo que la Luna,
gobiernan el tiempo, el devenir de la vida universal. Desplegar los
hilos es apertura a la universalidad de la vida, a todos los tejidos del
mundo.
Los hilos y la sangre son así apertura a la universalidad, la
totalidad. Son los medios rítmicos, mágicos, mediante los cuales la
abuela gitana, encarnación de lo femenino mítico, abre el templo
cristiano cerrado, su arquitectura escindida del ritmo universal.
Y esto ocurre en una decisiva escena donde, dentro de la casa de la
abuela, aparece una maqueta del templo milanés. Una mujer desenrolla
los hilos rojos de la esfera. Y los enrolla luego en la maqueta, el
templo. El templo vuelve así a integrarse en el tejido universal, por
donde circula la sangre de la fuerza vital, la sangre, lo rojo, que
cura, realiza. Y luego irrumpe el fuego que quema, deshace, reduce a
cenizas las formas cerradas.
Otras dimensión de extrañeza que irrumpe en Tiempos de Gitanos es la
levitación. Dentro del mundo mítico todo lo aéreo, todo lo etérico tiene el poder
de unir la realidad en principio quieta y pesada con la realidad
sobrenatural, ligera y divina. En la obra, una de las manifestaciones
esenciales de la levitación se produce cuando la esposa de Perhan da a
luz. Lo hace junto a una vía férrea. Mientras pare, la mujer se hace
sagrada, se embebe del poder extraño que dimana toda generación de
vida. Entonces, el cuerpo femenino flota. Cuerpo que vulnera la
gravedad, la ley terrestre que atrae hacia lo plano del suelo. La mujer
practica luego la
ley celeste: el poder de volar. Y tras su muerte, las prendas de la mujer de Perhan flotan también ligeras,
gráciles, veloces. La levitación del cuerpo y de la prenda que lo
viste ocurre ante la mirada gitana. Un ver donde no germinan la duda o
el escepticismo. Frente a las levitaciones, el ojo
gitano no alucina, sino que presencia y testimonia la realidad de lo
sobrenatural. Así, la magia de las cosas leves que vuelan pierden su
anormalidad, su extrañeza. Se convierten en lo familiar, lo próximo. Es un mundo de
contaminación. Un mundo de impregnación
donde el hombre, lo profano, lo cotidiano, continuamente está
contaminado, confundido con lo sobrenatural y extraño. Es una realidad contraria a la
cultura moderna, a ese universo cultural donde únicamente resuena la música continua y monótona del hombre
y sus acciones, sus sentidos y certezas.
Sobre el final de la obra, Perhan muere asesinado tras vengarse del
mafioso que lo inicia en las lides del delito. Si suponemos que el
desenlace se consuma al concluir el film, la imagen de esta muerte ocupa
el centro de este desenlace. Pero, quizá, en la obra de Kusturica,
triunfa otro morir y otra manera del desenlace. La muerte que acontece
en el film, es la de la opacura sin rareza. La vida social tiende a
enlazarnos con el color ya contemplado, con la restauración permanente
de la vida ya vivida. El vigor imaginativo y simbólico de Tiempo de
gitanos es des-enlace de la anemia de los colores cotidianos. Frente
al color exangue, el fresco colorido de escenas y situaciones extrañas
y fantásticas. Eclosiones de una temporalidad lejana, no actual, que
regresa.
El des-enlazamiento de la debilidad de los colores de la existencia es,
en realidad, una de las potencias del arte. Ante el lazo que sujeta, el
arte nos abriga dentro del tejido rojo, la trama de los hijos rojos que
nos acercan a la sangre. La sangre que atraviesa todas las imágenes del
mundo.

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