Seguir a Andrei Tarkovski como pensador, en cuanto
elabora una reflexión sobre la filosofía y el arte del cine,
es un camino practicable porque el mismo Tarkovski pensó
profundamente esta relación al obrar como lo hizo en el campo
artístico. El mejor testimonio de su forma de relacionarse de
manera profundamente reflexiva con su práctica son las ideas
sobre el cine que reunió en Esculpir en el tiempo [1].
Como punto de referencia y norma que nos retará en este
análisis citaré lo más fuerte, lo más exigente de esta
reflexión: "La idea y el objetivo de una película deben
ser claros para el director desde el inicio. Suceda lo que
suceda o lo mucho que tenga que buscar el artista, desde el
momento en que esta búsqueda queda fija sobre la película, es
decir, desde el momento en que esta idea se ha vuelto una cosa
con estatuto objetivo, uno tiene que aceptar que el artista
encontró lo que quiso decir con su película".
"La
comunicación exige siempre un esfuerzo y un triunfo sobre el
quedarse mudo, hasta pide un continuo esfuerzo sobrehumano. Sin
ello, sin una entrega apasionada, no es ciertamente posible que
una persona comprenda a otra".
"La
creación artística no es un mero modo de formular una
afirmación que existe objetivamente; más bien no existe a
menos de ser una visión personal y única del mundo. La obra de
arte implica una unidad estética y filosófica integral, como
un organismo vivo que se desarrolla según sus propios
principios internos".
Si
toda la obra de Tarkovski (un organismo de siete películas que
interactúan su sentido) tiene que estar en conformidad con esta
norma, cada película en sí misma también tiene que estarlo,
porque un organismo existe como tal en cuanto forma que da
unidad a lo múltiple, en cuanto preside cada parte orgánica
como forma de lo total. Entonces, la totalidad unitaria de la
obra compuesta de siete miembros articulados preside también,
como totalidad, cada elemento de la obra. De ese organismo de
siete, tomaremos la película Solaris, uno de los
miembros (Solaris y Stalker) que a primera vista
se acercan más a un discurso filosófico explícito y que
simétricamente están distribuidos en el tiempo entorno de El
Espejo, eje central y singular de toda la obra de Tarkovski.
Hace
poco más de treinta años, Tarkovski comenzó Solaris;
más tarde, y a la luz de lo que realizó después, el
consideró esa película como la menos lograda de su
producción. Cuando hizo Andrei Rublev, Tarkovski
afirmó, en consonancia con la idea de Engels, que una
obra de arte está más lograda en cuanto su idea central se
encuentra más profundamente enterrada en la sustancia
expresiva. Aunque el rigor crítico aplicado por el autor a Solaris
fuera cierto, de todas maneras podríamos concluir que en esta
película está toda su filosofía, aunque la idea central no se
haya fundido en la materia narrativa fílmica como hubiera
debido hacerlo. Si el concepto filosófico de Solaris
estuviera en la superficie de esta obra, si ahí fuera más
explícito, aunque no hubiera logrado plasmar la materia en una
forma que esconde la idea que la rige, podríamos ver con más
nitidez en qué consiste la "visión personal del mundo
que, en cuanto obra de arte, se desarrolla como un organismo en
una unidad estética y filosófica integral". Mi propósito
no es tanto demostrar una conceptualidad filosófica rigurosa en
el autor cuanto dejar entrever el telos: cómo el
principio guía interno, que preside el desarrollo de un
organismo de sentido, plasma todos sus elementos en una
escultura de imágenes temporales y cómo hace que esa escultura
mantenga forma e identidad en el tiempo y hasta contra el
tiempo.
Kris
Kelvin, el personaje principal de Solaris, especialista
en psicología del espacio, es el típico miembro de la cultura
cosmopolita industrial nacida después de la segunda guerra
mundial. Su identidad es a la vez muy pronunciada y muy
restringida. Es el tipo de hombre unidimensional de una era que
vive a partir de proyectos instrumentales planeados
racionalmente y realizados estratégicamente; el tipo de hombre
cuya conciencia de lo real se absorbe en el cálculo integral de
un "ahora manipulable". Su razón se funda en la
certeza de un cálculo metódico que guía una objetivación sin
límites. Para él, el pasado no tiene el peso real del
"ahora manipulable", porque justamente todavía se
resiste a ser objeto de un cálculo planificador, aunque
ideológicamente sea manipulable. Así, la cultura a la que
Kelvin pertenecen se divide en dos componentes mayores, ciencia
e ideología. Este tipo de racionalidad reduce el acercamiento
que explora lo real y que procede por resonancia afectiva, a
mera irracionalidad, o lo hace a su vez el objeto de un estudio
objetivo, tolerándolo como aquello sobre lo que la psicología
se enfoca. Todo lo que pretende tener un estatuto que trasciende
las dimensiones del espacio y del tiempo se acepta con
escéptica sospecha y no genera una heurística apropiada.
La
civilización que Kris Kelvin encarna, tal y como lo conocemos
al principio de la película es –como dice Martin Heidegger-
la de un ordenamiento continuo (Gestell) en donde todo lo
que es, lo es en la medida en que es transparente en su
calculable disponibilidad.
En
Solaris, Tarkovski se propone desconstruir (pero no en el
sentido posmoderno) la imagen de la ciudad funcional como
emblemática de un mundo y revelar el talón de Aquiles de este
gigante. En Solaris el sufrimiento –irreducible e inmanejable-
irrumpe en su arquitectura y rebasa la previsión administrativa
al inundar a la razón (siempre preparada y lista para cualquier
eventualidad) con una afectividad enajenante. En vano este mundo
trata de desterrar narcóticamente el sufrimiento. En la medida
en que el sufrimiento no es mero dolor, sino apertura posible, e
ineludible, hacía un sentido ulterior previamente inalcanzable,
aparece en la matriz misma en la que se gesta un mundo siempre
más feliz; reaparece en el laboratorio, más grande que la vida
que los científicos buscan cobijar con sus aparatos. Gran parte
del sufrimiento humano perdió su carácter cruel, pero el
hombre triunfador del funcionalismo racionalista trasladó el
sufrimiento en cuanto cruel al interior de su propia vida, a su
autopercepción y sus relaciones humanas.
Kelvin
encontrará esta nueva e inesperada realidad al llegar a la cima
de su carrera cuando deberá juzgar y decidir científicamente
si la investigación que se lleva a cabo en la estación
espacial Solaris, donde durante años se ha estudiado un océano
cósmico pensante, aún tiene un valor científico para la
humanidad. Verosímilmente, Solaris estamos ya en la era
esperada que Tarkovski evocará en Nostalgia: ya no
existen fronteras entre las naciones, pero el hombre se percata
que las lleva cada vez más dentro de sí.
La
ciencia tiene contacto con lo que no se puede explicar, en
Solaris ella descubrió razón e intencionalidad en el
comportamiento de un océano, pero no comprende la motivación
ni el sentido de ese hecho. La ciencia se encuentra desarmada
frente al océano: ¿los experimentos para tratar de entablar
relaciones con él, podrían dar resultados útiles o no?
El
problema científico se resolverá durante el viaje de Kelvin,
pero no de modo precisamente científico: el contacto se logró,
los inquietantes visitantes desaparecieron. Pero, ¿se entendió
por qué? Pragmáticamente, el hombre posee las capacidades para
resolver su problema cósmico; sin embargo, se trata también de
entender la naturaleza de estas capacidades.
El
padre de Kelvin dirá la primera palabra contundente sobre su
hijo al afirmar a Burton que Kelvin le parece un contador
sonámbulo que redacta el balance anual de la Solarística. Kris
Kelvin experimentará que, como exponente de una cultura del
poder basada en el control, él mismo ha provocado sufrimiento y
que, como objeto usado instrumentalmente por esa cultura (es el
enviado del Consejo Espacial), su interioridad está atrofiada.
A un problema visto en primera instancia como de mera índole
científica ya no opondrá una hipótesis experimental; acabará
respondiendo con una transformación interior. El hombre no
resolverá un problema científico último (el ser del hombre
como parte de un cosmos) sin la purificación moral de su alma.
El
significado implícito de las primeras imágenes que nos
presentan a Kelvin como un extranjero perdido (sonámbulo en
pleno día) en el ambiente natural de la casa paterna, se vuelve
manifiesto en las últimas imágenes de la primera parte (la
tierra antes de la salida hacia Solaris): la ruptura entre
Kelvin y su padre; es decir, la ruptura entre la infancia y la
edad adulta o, también, la ruptura entre la infancia y la edad
adulta o, también, la ruptura que hay entre la tierra y su
cultura –la casa del padre está llena de objetos que se
refieren a una cultura humanista en cuanto el hombre se expresó
en ellos como hijo de esa tierra- y la ciudad y su civilización
invasora –de modo subrepticio nos damos cuenta de que las
tentaculares supercarreteras que salen de la ciudad han
englobado la casa del padre-. Las últimas imágenes de la
primera parte nos muestran al padre y al hijo dándose la
espalda. Una tía llora porque esta relación se ha quedado sin
lazo interior. Vivimos el sentido de esta ruptura cuando
participamos en lo que sucede entre Kelvin y Burton, el piloto,
amigo del padre, que éste confronta dramáticamente con su
hijo.
Al
piloto –muy atormentado desde hace años por su experiencia de
vuelo, pasada y única, sobre el océano de Solaris, en donde
pretende haber vislumbrado, primero, un jardín, y después, un
niño-, Kris, como miembro imparcial del Consejo Espacial, le da
un veredicto abrupto (aquí no hay relaciones que por su misma
índole –Burton es amigo del padre- nos den una mirada
privilegiada sobre lo que conocemos gracias a ellas). Según
Kelvin la Solarística está muerta gracias a un fantasear
irresponsable entorno a ella. Dice a Burton: "Yo quiero la
verdad. Usted quiere compañeros de luchas prevenidos. Yo quiero
medidas drástica, hasta considerar irradiaciones del
océano". Desde el inicio, Kris está del lado del Consejo,
emblema de la civilización del poder científico, por eso,
cuando en nombre de la ética, Burton le prohíbe irradiar al
océano, Kelvin le responde que el hombre realiza la ciencia
sólo si no existen consideraciones limitantes de ese orden.
Kelvin, es el juez científico e imparcial del actuar humano.
Mientras habla con Burton y le comunica su parecer sobre el
asunto, sube por una escalera apoyada contra un árbol desde
donde lo mira, tomando posición sobre él, y le dice que él
mismo, Burton, no logró decidir si sus visiones eran o no
alucinatorias.
El
Consejo no tomó en consideración el relato de Burton; a su
vez, Kelvin se alejó de él sin considerar la verdad posible
que aportaría un hecho tan sorprendente como la herida interior
que desde hace años perdura en ese hombre a raíz de su único
contacto con el océano. Para Kelvin, Burton es un simple
piloto, un hombre práctico a quien le haría falta funcionar
como un mero ojo observador y que sufre por su propia culpa al
rehusarse a dominar las cosas de manera racional.
En
las dos conversaciones que Kelvin sostiene con su padre vemos
que para éste es importante el valor del testimonio de un
amigo, se trata de una fuente de relación privilegiada con la
realidad. Al final de la primera conversación, le dice:
"Escucha, Kris", pero Kris no escucha. Ha salido y
habla con Burton. La segunda conversación termina con un juicio
del padre sobre el hijo. "Eres demasiado duro. Gente como
tú no debería ir al espacio. Allá todo es frágil, no es como
la tierra, acostumbrada a gente como tú".
El
día anterior a su salida para Solaris –cuando el padre quiere
sacar a su hijo de su ceguera racionalista- vemos que Kris
camina en dirección de la casa y escuchamos que un cuclillo
llama en la lejanía. Ir a la casa de su infancia se vuelve la
primera etapa de una vocación diferente de la científica. El
padre quiere que su hijo se acerque al cosmos como miembro de
una vasta casa humana, como hijo verdadero de la tierra. Quiere
que su hijo le dé otro sentido y contenido a su misión
científica; que no proporcione al Consejo un reporte final que
le dará el argumento terminante para rechazar violentamente lo
que aún, y tal vez para siempre, sobrepasa a la razón
calculadora. Quiere que Burton, avanzado en edad y experiencia,
Kelvin busque paciente, delicadamente un contacto directo con el
océano en función de una esperada unión entre el cosmos
pensante y la tierra.
Kris
(el último miembro del proyecto Solaris) tiene que decidir
desde qué base saldrá: desde la metrópoli tentacular en donde
se ubica el Consejo o desde la casa del padre.
Un
día antes de partir, algo le queda claro. La ruptura con su
padre le revela que se ha vuelto un hijo rebelde. Es el inicio
de un penoso y progresivo darse cuenta de que su sublevación lo
convirtió en un hijo pródigo.
La
ruptura se orquesta semánticamente mediante una reiteración de
motivos líricos que crean un campo de significados que no sólo
arraigan concretamente un conflicto marcado y orientado por
decisiones fundamentales del hombre, sino que vehiculan la
narración indirecta de la toma de conciencia sobre el alcance
de estas decisiones.
Mientras
camina hacía la casa, Kris ve a un caballo libre; también lo
ve así cuando mira el mundo desde la casa. Éste es el primer
motivo lírico. El caballo -un medio proporcional a un
movimiento real y libre del hombre en el mundo- aparece luego
atado junto a un coche bajo un cobertizo. El coche en el que
Burton viaja como prisionero de un camino trazado aisla al
hombre de la naturaleza como un horizonte de medidas
convenientes para él. Kris parece percibir la inquietud del
caballo justo después de la primera plática fallida con el
padre. Figura esa percepción un índice velado de su estado
mental antes de enfrentar al amigo que tiene la confianza del
padre.
El
caballo es la capacidad que tiene Kris de ver de la manera en
que mira el padre, pero aparece atado cuando él se desliga de
la casa.
El
segundo motivo poético esencial asociado con el proceso de
conocimiento que Kris irá adquiriendo sobre sí mismo, revela
lentamente, como gota a gota, su multivalencia significante: el
agua. En la primera parte de la película, las líneas de fuerza
semántica que fluyen en el lago y que caen como lluvia, se
juntan con el motivo de la casa y del padre alrededor de Kelvin.
Esas líneas visualizan una aspiración humana hacia la pureza y
la unidad entre las cosas, de la cual la zona paterna es la
encarnación espacial.
Ahí,
Kelvin se lava las manos, mientras "se deja" mojar por
la lluvia que aparece cuando el padre le habla. Los niños
juegan con el perro, que en la obra de Tarkovski siempre es
presencia vigilante y fiel. Kris se deja mojar junto a los
frutos de la tierra, de la casa, mientras el padre le habla y el
perro juega con el ser humano como si jugara con un niño. Como
niño, cada hombre habitó un día la zona paterna en donde la
pureza y la unidad (la polimorfa perversidad del niño no le
quita nada a la niñez) poblaban el deseo como generosas
realidades táctiles, brindando lucidez en lúdica soltura. Si
la misión a la que lo convida el cuchillo tiene éxito algún
día, será porque Kelvin salió hacía Solaris con el deseo de
reintegrar, de manera despierta, esa zona de su alma.
El
hecho de llevar consigo una cajita llena de tierra natal, indica
que Kelvin vislumbra ya que la posibilidad de una eventual
redención no será el resultado de una elección enteramente
consciente de su voluntad. Será también el resultado de una
donación primera, que incluso antes de él ya formaba parte de
su ser y no sólo de su conciencia refleja. Kris aprovechará
las dimensiones que conserva de su ser creatura en cuanto guarda
la gracia del hogar referida al amor paterno originante, de modo
que estará más allá de un rechazo consciente de su propia
creaturalidad en función de unas convicciones ideológicas
racionalmente vigentes.
Pero
no sólo la gracia aún escondida -y no disponible en cuanto
fuente reconocida de saberse criatura- lo trabajará en su viaje
a su ser verdadero (que, a su debido tiempo, el cosmos
oceánicamente magnánimo le proporcionará), también se
regenerará por el trabajo de la memoria relacional sobre la
historia que revelan las fotos de su difunta madre y de su
esposa y una película casera de su infancia.
Mientras
Kelvin conversa con su padre, su mirada va de la foto de la
madre en la pared hacía los niños que juegan en el jardín. La
ausencia de la madre en el contexto narrativo no se debe sólo a
su muerte física -que antecede a la narración y de la que el
cineasta no nos quiso contar nada-, está más bien ligada con
la ausencia existencia! de Kris de su propia niñez.
La
unidad del niño con la casa, el padre y la madre pertenecen
todavía a la muerte de cierto pasado en él y también a la
potencia regeneradora de una voluntad de memoria, aún discreta,
que espera ser interpelada plenamente por una palabra ya
vigente, pero adormecida en cuanto vital: la del juicio del
padre sobre el hijo.
Hacía
el final de la película vemos que Kris evolucionó en
dirección de una identidad plena, a tal punto que la estática
imagen fotográfica de su madre recupera el tiempo animado en la
memoria vivencia! de su niñez, aunque esto tenga que pasar por
un episodio febril que acompaña una crisis de su vitalidad. Se
trata de lo contrario de lo que Kierkegaard llamó la
"enfermedad que lleva a la muerte".
En
ese momento no se lavará a sí mismo como lo hizo al inicio.
Cuando permite que su madre lo lave -tal vez eso quiere decir
que lava la culpa de un Edipo no resuelto que lo llevó a
retroceder, ante la madre, en su compromiso matrimonial con Hari,
lo que causó su muerte- accede, una vez más, a una saludable
dimensión de pasividad.
Así,
Kelvin tampoco se niega a la confrontación prolongada con la
parte más traumática y reprimida de su pasado: la unión
indeleble con su mujer. Al inicio, la foto de Hari corrió el
riesgo de desaparecer quemada junto con otros papeles de
juventud que él juzgó inútiles. Pero Kelvin salvó del fuego
esta huella material de Hari que le brindará luego la
posibilidad de que su estancia en Solaris, acompañada por la
foto y la tierra natal, marque los indicios de un periodo de
meditación regenerativa y de asimilación de buena parte de una
vida amputada que cargaba como un peso inerte.
Por
esta interiorización que empezó tempranamente en el viaje,
cuando en la tierra estaba cerca de las aguas del olvido, Hari
acabará por salvarlo del fuego cegador que arde
infructuosamente en un remordimiento de conciencia que no sabe
cómo acceder al arrepentimiento.
Cuando
al regreso, por la ventana, el padre ve a su hijo en el jardín,
nos percatamos de que entre ellos todavía arde el fuego
encendido la víspera de la partida. El fuego por el que Kris
trató en vano de deshacerse de su ligamen con el pasado siguió
prendido como fuego de vigilias mientras él pasaba su noche del
espíritu en Solaris.
La
memoria de aquello que se regeneró en su alma, apenas abierta,
le recuerda que la breve estancia en la zona paterna nunca se
apagó. La película casera será la ocasión de un paso
ulterior en una confrontación siempre más fidedigna con las
fuentes borradas de su ser.
Al
final, vemos de nuevo la caja metálica de la película. Ya no
contiene una n inerte y fija sobre celuloide. Es tierra
germinante. En ese instante, Kelvin ve el agua de la lluvia que
cae sobre él y hombro del padre. Éste no se percata porque se
trata del elemento en que res lluvia también cae sobre la caja
meta caja es ahora el huerto experimental, p pero real, en el
que Kris cultivará como los tesoros de su niñez.
Justamente
el triste amigo del padre, Burton, fue quien en su generosidad
herida afirmó que en Solaris vio un jardín y un niño y era
verdadero aunque no sabía decir cómo.
La
primera parte (la despedida de 1a tierra), sobre la ruptura
entre padre e hijo, visualiza lo que podría llamarse la
"ruptura antropológica" del hombre moderno. Se trata
de una operada en el propio ser a través de la que se pone en
una racionalidad instrumental que reduce la razón humana, en su
apertura a la totalidad del ser, a lo que es objeto posible de
metódica objetivación. Esa certeza cartesiana hace del sujeto
el fundamento del mundo. Desde ese momento, al concebirse como
objeto mundano y redefinirse conforme a una efectiva
manipulación de sí, el hombre se separa de sí mismo. Tratar
de entender lo que él es a partir de su propio artefacto la
computadora, es sólo la extrema consecuencia de este camino.
Llegar desde un humano con un centro teológico a un humano con
un centro antropología tiempo. Llegar de un mundo huma centro
antropológico a un mundo sir y, quizá, sin hombres, parece ser
cada -una vía intensa, pero corta.
Kelvin
se encuentra en una relación (una relación rota es todavía
relación y no ausencia de relación, lo que preserva su e
recuperación) con la totalidad de las capas su ser. Esa ruptura
que operó en sí al participar en los objetivos de una
civilización fundada la moderna ruptura antropológica,
implicó hacer lazos mentalmente vitales con seres más
cercanos. Esas relaciones tan fundamentales para la densidad de
la propia identidad se invirtieron en cuanto prioridad normativa
cuando se relacionaron con el mundo. Ahora Kelvin ve su propia
vida (la zona paterna y los que la habitan) con los ojos de una
racionalidad amputada, inadecuada para percibirla sobre un
horizonte de sentido original.
Esa
ruptura antropológica se articula causalmente con una
"ruptura ontológica". La ruptura con el padre (que es
la ruptura consigo mismo en cuanto es un ya no habitar la tierra
desde la densidad racional del propio yo, sino desde su
periferia) se origina (y se compagina) en la ruptura con el
cosmos, con la totalidad del ser en cuanto primera instancia
dada, y no proyectada desde el sujeto. Esa última relación
rota (la ruptura ontológica) se presenta en la relación de
poder metódicamente dominador con el océano vivo y pensante,
del cual Kris ya no logra entender ni la intencionalidad ni el
sentido.
El
padre considera de suma importancia para la vida terrestre
humana que Kris escuche personalmente al testigo más
importante, y que experimente de manera personal y directa el
misterio cósmico en donde intuye que el hombre es rebasado e
invitado a sobrepasar su propio ser autolimitante.
El
misterioso océano se evoca en la película, primero,
acompañado por el silencio; después, por una música sagrada.
Esos vectores sonoros se integran visualmente con el elemento
del agua, la sustancia del océano. Lo extraterrestre se liga
con lo más central y originario que hay en la tierra. De ese
modo lo cósmico universal se une con lo específico terrestre y
asume líneas de significación que unen al océano con el
motivo multivalente del agua en la zona paterna. Todo lo que
vale para el hombre tiene una relación interior con el elemento
del agua, si lo referimos al océano cósmico bíblico sobre el
cual, en los orígenes. Motaba el espíritu creador.
El
hombre de la ruptura antropológica y ontológica niega,
teorética y prácticamente, en su poder donante aquello a
partir de lo que vive.
El
padre quiere que su hijo sane esta ruptura, el Consejo quiere
que Kelvin la confirme como algo final. Kris tiene que
restablecer una jerarquía verdadera en sí mismo, entre esas
dos bases conflictivas desde las que opera.
Como
él no puede hacerlo a partir de lo que él mismo se ha vuelto,
el océano le ayudará u enneciarse otra vez con lo que queda en
él de su ser anterior. La gracia de una primera donación que
sigue siendo en él receptora de lo otro a pesar de estar
marginada.
Veamos
ahora cómo Tarkovski esculpe en el tiempo dramático de Solaris
esa lucha de naturaleza espiritual, pero conceptualmente
articulable, contra aquello que del tiempo (en su exclusiva
configuración mental moderna) nos arranca de nosotros mismos.
La dinámica propia del océano de Solaris inducirá la lucha
interna del alma para que ésta llegue a su vértice en las
relaciones que se viven frente al océano y en su cercanía.
Esa
lucha es la parte más extensa del film y pide un detallado
análisis, pero no podría empezar, ni mucho menos llevarse a
cabo, si no fuera por aquello que el protagonista recibió como
gracia. Nunca hay futuro sin una auténtica integración de una
medida de normatividad continua que nos entrega a nosotros
mismos desde la fecundidad de un pasado de donde a fin de
cuentas salimos a la luz.
El
océano confronta a Kris con la parte de sí que excluyó, negó
y no supo aceptar, integrar y amar. Se trata de la
reencarnación de su mujer. En ella vemos la cara femenina del
océano, también la cara femenina de la razón bajo la
escisión imperante de la que el océano sufrió, por parte de
los científicos, una agresiva irradiación masiva.
La
evolución en la actitud de Kelvin se refleja dramáticamente en
su cambio de actitud con el ser oceánico representado por Han,
que en boca de Kelvin va adquiriendo un estatuto cada vez más
humano. Kelvin llega incluso u afirmar tres veces ante Sartorius,
el científico más irredento, que no es un ser reductible a una
configuración de neutrinos, que se trata en verdad de su mujer,
aunque admite científicamente (lo que es cierto) que su carne y
su sangre no son molecularmente orgánicas.
Al
inicio del viaje de Kelvin vemos sólo sus ojos encuadrados,
como si estos fueran su ser entero. Kelvin se dice todavía a
sí mismo que va a observar sin dejarse afectar por la
fantasía. Al llegar, tropieza con el lazo de su propio zapato.
Con la mano lo vuelve a amarar. La primera cosa que observa,
después, en la desolada estación, es un cortocircuito. Con la
mano lo desactiva. Viene como ojo objetivo, regresará
reintegrando su ser ojo a su ser mano. Las dimensiones más
corporales con las cuales uno, por lo regular, se implica con
las cosas. Kelvin terminará siendo brazos alrededor de un padre
y ojos escondidos en su regazo. Primero aprenderá a abrazar, a
consolar a su mujer. Ella es la que su razón puede, si
quisiera, reducirá neutrinos o reconocer como un otro normativo
para su libertad en cuanto otro Antes de la llegada de Kelvin,
el océano había reaccionado a la agresión de los solaristas
operando en ellos la imposibilidad de esconderse de su mala
conciencia. Por ello, los solaristas tenían que enfrentarse sin
remedio con los seres que encarnaban lo peor de sus intenciones
o ideas presentes o pasadas. Así, empezaron a huir el uno del
otro para terminar encerrándose con su vergüenza.
Gibarían,
uno de los científicos, se suicida. No tanto por vergüenza,
sino por falta de esperanza delante de esta vergüenza, dirá
Kris. El primer momento en la evolución de Kelvin es su
reacción personal y comprometida con ese amigo muerto. Su
primera postura auténtica es su postura ante la muerte.
Después
de enterarse del fin de su colega, mira hacia afuera. No ve
nada, el océano está oscuro. No es mágico ni milagroso, es la
natural y periódica noche orbital, pero la coincidencia es
significativa. Como una correspondencia que contrasta con los
ojos de Kelvin que al inicio del viaje aparecen encuadrados,
entramos dentro del círculo de la ventana en un close-up
cada vez más amplio sobre la oreja de Kelvin. Delante de la
muerte frente a la cual no queda nada por observar, el hombre
decide entrar en sí mediante la escucha, con el fin de
"ver" si hay algo que a través de la muerte todavía
le hable. El ojo observador que decide qué ve, cuándo lo ve y
hasta cómo lo ve, frente a la oscuridad de la muerte tiene la
posibilidad de que algo le sea dicho, de oír algo que viene de
lo que otro le quiere revelar. Puede que sea el otro que trae
dentro de sí y que le habla a raíz de que ha aceptado que ya
no puede ver nada detrás de la muerte. En cuanto hijos de una
cultura judeocristiana, Roma que suple a Grecia, somos, como
griegos, ojos atentos a la belleza de un cuerpo y, como hebreos,
orejas atentas a la bondad de una palabra.
Sartorius
reclama que Kelvin ya no se comporta como científico:
"Piense ahora -le dice- solamente en su deber con la
verdad. Debe acostumbrarse. Usted es demasiado sensible".
Kelvin le responde que su valor le parece demasiado inhumano. En
ese momento el océano gira, la rotación orbital coincide con
la evolución interna que se deja entrever en el esplendor
multicolor que llena la pantalla. Cuando Kris se aparta del
científico, el océano se vuelve hacia él y Kelvin comienza a
dormir.
El
sueño, ese periodo cotidiano que es ausencia de dominio sobre
la vida por parte de la razón e inmersión en lo onírico
inconsciente, es algo que una razón que se vuelve ética
empieza a integrar al querer abrirse a un sentido ulterior que
queda por descubrir, no por instaurar. Por ejemplo, el saber
cósmico de los presocráticos se vuelve ético con Sócrates y
así, lo onírico reaparece alegremente con él; en el discurso
desmitologizador, mismo que la filosofía suele manejar, lo
onírico empieza a funcionar en cuanto onírico de manera
racional ampliada (lo vemos por ejemplo en el
"Pedro"). La razón se entrega, como razón, al sueño
gracias a una aceptación que se compromete con lo mortal que el
hombre ético osa reconocer en él. Apelamos aquí al mismo
Sócrates el día de su muerte tal y como nos lo relata el
"Fedón". Gibarían será sepultado en su tierra
natal, según su último deseo, así lo asegura Kelvin al
contrariado Sartorius.
Justamente
a través del sueño de Kris, el océano asumirá y le
entregará de nuevo lo mejor de lo que una vez hubo en la vida
de Kelvin y, como invitación a una reanudación personal con
esa mejor parte de sí, le restituye a su mujer muerta. Ella se
suicidó a raíz de un prolongado descuido por parte de Kris. El
océano invita a Kris a reestablecer lo que se rompió entre
cosmos y tierra mediante el revivir de una relación humana
fallida a fin de que la reintegre en sí mismo de manera
positiva: aceptar su culpa en esta muerte y darle sentido ahora
en un reencuentro redentor de lo aparentemente irremediable.
Han,
por su parte, hace manifiesto el lazo identificándose en el
espejo delante de Kelvin con la foto de la difunta Hari. Pero a
las preguntas de ella: "¿Quien soy?" y "¿Me
quieres?", Kelvin todavía no se abre y responde:
"Qué
pregunta tonta, como si no supieras" y la saca de nuevo de
su vida enviándola al espacio. Con este acto él se quema
literalmente.
En
la siguiente conversación con Snaut ("Todo está bien si
regresa lo que uno una vez conoció, pero ¿qué pasa cuando
aparece algo que nada más pensó?"), Kelvin se da cuenta
de que el océano no quiere castigarlo, que más bien le da la
mano y que reaccionar con angustia no tiene sentido. A la
siguiente aparición, Hari inquieta le dice que en la cabina
todo está muy oscuro. Él le responde: "No temas,
ven".
Hari,
la conciencia de Kris hecha mujer, no puede dejar de seguirlo.
Ni ella ni él lo saben, lo que ocasiona otro accidente: Hari se
hiere mortalmente al irrumpir con sobrehumano poder a través de
una puerta metálica que se cerró accidentalmente cuando Kris
salió del cuarto. Kris la cuida y ella se recupera de
inmediato.
Sartorius,
a raíz del sorprendente fenómeno de regeneración de Hari,
propone, a Kris proceder a un experimento con ella,
presentándole aquello como un prometedor paso en la resolución
del problema de Fausto: conquistar la inmortalidad terrestre.
Kelvin equipara tal acto con la amputación de una pierna y le
responde: "Tú no eres culpable. Yo sí me siento
culpable". Kris ya sabe juzgar acertadamente a los hombres,
pero se da cuenta de que Sartorius ni siquiera tendría acceso a
una fuente de entendimiento como la culpa.
Después
de esa opción neta y pública por Hari, Kelvin toma la
iniciativa de querer conocerla mejor y le enseña la película
casera en donde ella aparece un instante. Cuando Hari responde:
"No me conozco a mí misma", Kelvin, frente al espejo,
se acerca a ella para ayudarla a reconstruir su identidad, a
darle una memoria humana.
Ella
enfrenta a Kris con su culpa reprimida al decirle que la otra
mujer en las imágenes (la madre de Kris) la detestaba y que
ella, Hari, no contaba. Le deja entrever que él no quiso
alejarse de un vínculo edípico, lo que le impidió optar por
ella en contra de su madre que la aterrorizaba. En respuesta,
Kris le miente; después acepta decirle parte de la triste
verdad que, según él, sólo tenía que ver con ellos. Sobre
taparte que su madre tuvo en esto, guarda silencio.
Sartorius
quiere enviar al océano el encefalograma de Kelvin. Kelvin le
confía a Snaut su opinión sobre ese plan: "De nuevo una
locura sobre la grandeza de la ciencia. ¿Y qué pasa si yo la
quisiera [ a Hari ] muerta? Confía en el plasma [oceánico], ya
penetró en mi alma". Kelvin ya no quiere que Hari se vaya.
Al dirigirse con Snaut a donde se encuentra Sartorius, regresa
repentinamente sobre sus pasos dándose cuenta de que Hari tiene
que sufrir por no querer seguir a Kris, a fin de dejarlo en paz
con su conciencia de la cual ella es el recuerdo vivo. La
encuentra muy dolida en la cama a causa de su resistencia para
seguirlo. Kris se arrodilla por vez primera delante de ella y le
pide perdón. A esta petición el océano responde y se contrae
sobre sí mismo. Desde entonces, y siempre más explícitamente,
Kelvin le confesará su amor.
Una
vez, durante una inquietud nocturna de Hari que le pide que le
cuente algo sobre su mujer, Kris responde: "Ella sentía
que yo no la quería de verdad. Pero a ti sí te quiero de
verdad". Hari a su vez le confiesa su amor y se entrega al
sueño.
La
última confesión se realiza delante de Snaut y Sartorius en la
biblioteca. Hari dice a Sartorius que Kris la ama. Sartorius
molesto, sale, luego Kris acompaña a un Snaut borracho a su
cabina y por primera vez, sin sufrimiento, Hari se queda sola.
El sitio es la biblioteca, lugar en el que toda confesión
humana pública tiene la forma perdurable de un libro. Al igual
que la estatua, la pintura y la música, la biblioteca es
testigo de un amor vinculante y, más allá del tiempo que sólo
pasa, le da forma humana de memoria, disponible para siempre a
la conciencia.
Hari
contempla las pinturas murales de Breugel, las asocia con la
película sobre la infancia de Kris y, cuando él regresa, le
dice: "cariño, me quedé pensativa". En la
biblioteca, gracias al amor de un hombre, junto con el amor de
otros hombres que se entregaron en sus obras, las emociones y
pensamientos de Hari se vuelven enteramente humanos, desligados
de la inquietud, libres y disponibles a una belleza y a una
bondad ya no reprimidas, sino expresadas para formar un mundo
humano en donde el hombre está consigo mismo estando con ellas.
¿Qué tipo de Turing Test podría ahora distinguir a
Hari de una mujer de carne y hueso'?
Nada
pesado separa ya a Kris y a Hari en el momento orbital en que la
estación entra en una zona sustraída a la gravedad y los hace
flotar juntos, libres en medio de un patrimonio humanista,
acompañados por la gentil luz de un candelabro y de un libro.
De nuevo vemos imágenes en donde el océano parece moverse en
su foro interno y se contrae más sobre sí mismo. La unión de
entendimiento (lo que es más que lograr contacto) se
estableció por un reencuentro verdadero con el amor,
corporalmente vivido entre un hombre y una mujer.
Después
siguen las secuencias en las que trata, por amor a Kris, de
suprimirse a sí misma, dado que él decide no regresar a la
Tierra para quedarse a vivir con ella en la estación, único
lugar en donde su configuración material queda estable. Hari
sabe que el lugar en donde Kris tiene sus asuntos es la tierra,
por eso bebe oxígeno líquido. Kris le dice que no irá para
vivir con ella. En y a través de la voluntad de Hari por
desaparecer, el océano muestra a Kris su amor por el hombre que
se asume en todo lo que es
Ahora,
en el momento en que Kelvin se da cuenta de que ni siquiera
inconscientemente quiere que Hari se vaya, acepta la
proposición de Sartorius de enviar al océano su encefalograma.
El envío del encefalograma ya no se puede considerar como un
mero experimento científico (como lo concibe Sartorius), sino
como un signo de la completa entrega de Kelvin a la vocación de
ser hombre en su dimensión cósmica y espiritual, arcanamente
llamado desde la Bondad, y para ella, que irradia el fondo de
las cosas.
Kelvin
entra en un tipo de éxtasis de unión con el océano mediante
la entrega de sí mismo a Hari. En su fiebre alucinatoria por
los pasillos está a punto de caer en el suelo como cuando
llegó a Solaris. Snaut y Hari lo sostienen y el océano inunda
el pasillo con su deslumbrante luz. Al despertar de su trance
místico, Kris encuentra que Hari ya no está. En reacción a la
devoción y al sacrificio de Hari, en Kris culmina interiormente
una profunda trasformación. Si el primer suicidio de Hari fue
por despecho o por tristeza, el segundo es redentor, así, Kris
se encuentra en condiciones de aprender de él y hasta de
aprovecharlo. Ya no regresa a su anterior desesperanza que lo
llevó a ser el Kelvin del inicio de la película: el hombre
absorbido en la estéril autocompasión. Ahora se encuentra
libre para responder a una nueva misión que percibe con
claridad: regresar a la tierra y estar en ella como si fuera la
primera vez. La resolución del misterio de Solaris está en un
reporte no escrito sobre la no mundana eficacia del amor
redentor. Kris ni siquiera piensa en entregarlo al Consejo
Espacial. Está escrito en su alma y lo entrega, como si se lo
entregara a sí mismo, a su padre.
En
Solaris, al ya no enfrentarse a lo dado mediante una
reordenación metódica a priori, Kelvin descubre el
camino de regreso hacía su ser humano más propio. Trasciende
la razón instrumental para coronarla con una razón activamente
abierta al sentido más amplio de las cosas. Kris descubre al
ser humano como un camino fundamentalmente ético de
unificación con todos sus presupuestos vitales. Un camino que
lo lleva, a través de la vivencia y de la afirmación, a lo que
esto implica de inevitable sufrimiento y muerte de sí mismo.
Concesión a morir a cuanto ese sí mismo arrastra inercialmente
todavía de inmediatez, lo que pide una mediación efectiva y
penosa.
Lo
logra en una confirmación suya de la dimensión del don y de la
gracia, constitutivamente primera e innegable, que le permite
emprender un camino liberador de interiorización de todas las
capas universales y particulares de su ser temporal.
Esos
vectores integradores en la mediación de un yo moderno hacia un
sí mismo posmoderno, pero de nuevo abierto a la primacía
ontológica de una totalidad fundada en la razón, son la
memoria voluntariamente ética, el trabajo confiado al sueño
(elaboración onírica como traduce Ballesteros el
concepto Freudiano de träumarbeit) y a la disposición a
la entrega mística, que empieza con la escucha del otro en
cuanto otro en toda la extensión del término. Un camino de
Eros integrador en la más pura tradición filosófica
occidental que va de Platón hasta Freud y Rilke.
Todo
esto en Tarkovski se cumple y se corona en, y por, una última
dimensión icónica referencia!: el regreso del hijo que desde
que se reconoce como rebelde llega a aceptarse como pródigo,
perdido, necesitado de perdón y de acogimiento. En un
inequívoco guiño al famoso cuadro de Rembrandt que
está en el museo Hermitage de San Petersburgo, "El regreso
del hijo pródigo", Tarkovski termina su película dejando
a Kris Kelvin abrazar a su padre que ahora reconoce claramente
referido a su elemento nativo, el agua de vida, el agua
oceánica primordial sobre la cual voló en los orígenes el
Espíritu de sabiduría.
El
camino de Kris es el del verdadero retorno erótico al principio
de realidad y de exigencia ética que tiene rostro humano, el
retorno al padre normativo. Normativo porque es libre dador de
todo. Ahí, frente a él, se arrodilla de nuevo y se sabe
acogido.
Este
camino de conversión le permite integrar, mediante una
superación amorosa y creativa, los restos perturbadores de su
Edipo. Kris reconoce que la dimensión dominante del principio
de placer (representado por el lazo exclusivo con la madre que
fue fatal para Hari) le cerró el crecimiento humano en plenitud
y lo hizo volcarse hacia una razón estrechamente instrumental,
pues su yo necesitaba defenderse agresivamente contra las
dimensiones oscuras y profundas de la vida mediante la
instauración de un mundo tecnológicamente manejable según el
antojo deseante y sin rumbo ético, Poseer el cosmos, esquivando
al padre y a la esposa, era un digno substituto inalcanzable de
la madre igualmente inalcanzable.
Al
final, Kelvin sigue siendo un científico (continúa vistiendo
su gruesa chamarra de cuero protector) porque a fin de cuentas
esa parte lo de su personalidad también es una parte válida de
su persona. Pero ahora lo que sabe de ciencia lo sabe solamente
en cuanto respuesta parcial en un marco más amplio de preguntas
iluminadoras sobre un misterio sin término. El científico se
ha vuelto sabio.
En
su última conversación con Snaut dice: "Uno ama lo que
puede perder: a ti mismo, a tus seres queridos, a tu
patria". En cuanto al saber humano, afirma: "Preguntar
es querer comprender, pero las grandes verdades necesitan
secretos protectores: la felicidad, la muerte, el amor".
El
evasivo y dual Snaut, quien nunca optó fundamentalmente pero
que tampoco se cerró ciegamente, le replica en su modo usual,
escéptico, lo que lo delata como el eterno sabio a medias:
"Tal vez tienes razón. Pero lo mejor es no pensarlo".
Y Kelvin, decidido, le responde: "Pensar en esto es lo
mismo que conocer el día de tu muerte".
Alguien
que supo reconquistar la vida como un don en todos sus sentidos
puede también hacer suyo un horizonte de sabiduría última y
positiva en su ineluctabilidad porque queda referido a un marco
de fe trinitaria ("La Trinidad" de Roublev
aparece en la casa y después sobre la pared de la cabina de
Kelvin) por la que nada significativo se puede perder.
Tal
vez la última frase sapiencial de Kelvin podernos reformularla
con una mayor amplitud tradicional de esta manera: "Hombre,
porque ahora puedes con toda razón abandonarte, reconoce que
eres mortal".
Se
podrían aportar todavía muchos más elementos semánticos a
este esclarecimiento sobre la consistencia filosófica de una
narración cinematográfica que se propuso "esculpir en el
tiempo" contra el tiempo presente. Ni siquiera hemos tocado
el asunto fundamental: la manera sintáctica según la cual
Tarkovski compone con medios cinematográficos propios los
significados lógicamente internos de un "argumentar
metafísico sobre el ser mediante un esculpir en imágenes
hechos de tiempo" (como lo son el encuadre, la composición
dinámica dentro del encuadre, el montaje secuencia! dentro del
ritmo que le viene conferido por la manera en que fluye el
tiempo en cada imagen cinematográfica).
Pero
quizás esto que he dicho baste para contender contra la
autoevaluación negativa que Tarkovski tuvo sobre esa obra que
consideró la menor de las siete que realizó. En Solaris expuso
de manera más contundente y amplia lo que implica una
filosofía "sobre el cinematógrafo" como arte de
esculpir en el tiempo. Se trata de concebir imágenes con mente
y corazón lucidos que, junto con la sustancia del ser mismo,
que es el tiempo de nuestra finitud, se oponen al tiempo en lo
que del tiempo necesita detenerse y retenerse, para que la parte
no lleve el todo al olvido, para que el sentido no quede
amputado de su plenitud que desde siempre se dejó vislumbrar
como fin en amulo inicio sin término. (*)

(*)
Fuente:
Georges Voet, "Andrei Tarkovski: un pensamiento esculpido
contra el tiempo. Claves filosóficas de una obra",
publicado en Revista
Ixtus. Espíritu y cultura. Año X, No. 39, 2003.