El
camino hacia la oscuridad
Para realizar El
Séptimo Sello (Det Sjunde Inseglet, 1956), Bergman se
basó en Pintura sobre Madera, una breve obra teatral suya
inspirada a su vez en las imágenes que ilustran las paredes
de las antiguas iglesias nórdicas (3). Con el fin de llevarla
a la pantalla grande, agregó algunos personajes y situaciones
aunque la idea principal era la misma. A su regreso de las
cruzadas, el Caballero cristiano Antonius Block, se enfrenta
cara a cara con la Muerte (4), quien llega decidida a llevarse
su alma. Sin embargo –y este es uno de los cambios con respecto
a la obra de teatro- el guerrero desafía a la Parca con una
partida de ajedrez, como una manera de posponer su fin. A
pesar de que la Muerte le revela que "ha caminado a su
lado durante mucho tiempo", Bolck siente que aún no es
el momento de partir. Tras diez años de guerra, ha cambiado
su espíritu y su fe. Hasta su propia patria se ha transformado
en un país diezmado por la Peste o Muerte Negra. En esta situación
su única certeza es la duda permanente. El primer lugar donde
acude el Caballero para responder a sus interrogantes es a
una pequeña iglesia rural.
Es en este ámbito
donde el noble expresa –con amplitud- sus más profundos cuestionamientos.
Lo perturba –entre otras cosas- la incapacidad de percibir
a Dios de un modo tangible (5). "¿Resulta tan cruelmente
inconcebible llegar a Dios por medio de los sentidos?",
se interroga Block. Desde el confesionario, traslada todas
sus dudas al clérigo que lo escucha con paciencia y atención.
"¿Por qué no puedo matar a Dios dentro de mí?...¿Por
qué, a pesar de todo, es una realidad contundente que no puedo
hacer desaparecer?". En el diálogo siguiente, el Caballero
revela su angustiosa necesidad:
Block: Quiero sabiduría,
no fe, no suposiciones, sino sabiduría. Quiero que Dios estire
su mano hacia mí, se me revele y me hable.
Confesor: Pero
permanece en silencio.
Block: Lo llamo
en las tinieblas pero parece que no hubiera nadie allí.
Confesor: Quizá
no haya nadie.
Block: Entonces
la vida es un horror atroz. Nadie puede vivir frente a la
muerte, sabiendo que todo es nada.
Poco después de
hacer esta reflexión, el noble advierte que el solícito sacerdote
del confesionario es en realidad la Muerte, que le ha tendido
una trampa. Por segunda vez se encuentra con el Destino, pero
no halla en él ningún indicio que lo lleve hacia la revelación
de lo divino. Ahora sabe que el tiempo que le queda en la
Tierra puede ser usado para "llevar a cabo una labor
significativa" que le permita dejar atrás el "horror
atroz" de la vida.
Block no está sólo
en su regreso a la Patria. Lo acompaña Jöns, el escudero que
estuvo con él durante toda la campaña en Oriente. Es un hombre
eminentemente práctico y racionalista, un escéptico que carece
de las dudas de su señor porque sólo actúa sobre lo contrastable.
Conoce los engranajes de la sociedad –para esto resulta muy
interesante el diálogo que sostiene con un pintor de iglesias-
y está dispuesto a ajustar cuentas con algunos de los representantes
del orden imperante, con el cual está en desacuerdo. Coherente
con sus convicciones, no duda en castigar al teólogo que predicó
la necesidad de ir a las cruzadas, una experiencia vacía de
sentido.
Habitantes de una
tardía Edad Media, ambos –Señor y sirviente- representan un
cambio mental en la concepción del mundo donde la fe no ocupa
el primer lugar. Block desconfía de una realidad basada solamente
en la idea de "creer" en tanto que Jöns parece haber
superado esta etapa y prefigura al hombre de la Edad de la
Razón en su necesidad de "probar". En un breve trabajo
sobre el filme, el historiador y teórico español Manuel Villegas
López sostenía que podía establecerse un paralelismo entre
estos "sueños terroríficos del hombre medieval"
y el "hombre contemporáneo, igualmente angustiado y perdido
en un mundo de transición, lleno de temores y de esperanzas,
pero igualmente enajenado, poseído, angustiado por el poder
de ese universo que está creando (6)".
Alejados de estas
disquisiciones, el grupo de cómicos de la legua que los guerreros
encuentran en pleno campo le ofrece a ambos la posibilidad
de valorar la simplicidad de los bellos momentos de la vida
(7). La modesta comida que consumen juntos en la ladera de
una colina le otorga al Caballero un descanso sugestivo en
su búsqueda de revelaciones, pero no lo hará apartarse de
ésta.
Si en el confesionario
la Muerte le ha impedido a Block alcanzar una respuesta a
los interrogantes que lo abruman, la siguiente opción del
Caballero es conseguir indicios de Dios a través de su opuesto:
el Demonio. Para este objetivo, el hallazgo de una joven condenada
por brujería es tentador. El noble sabe que si confirma la
existencia palpable del Diablo logrará –por extensión- tener
certezas de Dios. Los dos breves encuentros con la desgraciada
muchacha –acusada también de propagar la peste- son, sin embargo,
desalentadores. En especial el último, producido casi al pie
de la hoguera. La rea "siente" la protección del
demonio pero no puede ofrecer pruebas de ésta. Ante esta situación
Block desespera. Cree ver en el momento de la muerte de la
supuesta bruja un signo de la intercesión demoníaca pero la
extrema sinceridad de Jöns lo devuelve a la realidad. Para
el escudero lo único que ve la joven es "el vacío bajo
la Luna", donde "nuestro terror y el de ella son
idénticos". De esa forma, la primera muerte a la que
asisten ambos revela lo que Block teme intuir y Jöns sabe:
la vida como un camino hacia la nada. De todas maneras el
Caballero cree aún que en el último momento de su existencia
podrá conocer los "secretos" de la Muerte, sin saber
que ésta se considera a sí misma como una "ignorante"
sin posibilidades de responder ninguna cuestión.
Ya en su propio
castillo, Block, su mujer, su escudero y algunos otros personajes
tendrán su encuentro definitivo con el Destino. Si en la iglesia
el hidalgo Señor clamaba en las tinieblas por un mensaje palpable
de su Dios, la presencia tangible y definitiva de la Muerte
lo hará invocar a su divinidad una vez más desde el corazón
de la oscuridad. "Desde nuestras tinieblas te llamamos
a ti, Señor" suplica Block. La respuesta a su reclamo
no proviene entonces de una presencia ultraterrena sino desde
la pragmática visión de Jöns. "En las tinieblas donde
se supone que estáis... no encontraréis a nadie que escuche
vuestros lamentos o que se apiade de vuestros padecimientos"
concluye el escudero. La única certeza es la nada.
El
clamor desde las tinieblas
Si Block se siente
en medio de la Oscuridad, el Príncipe Próspero inicia desde
el centro de las tinieblas el derrotero que lo llevará a conocer
la naturaleza de la Muerte. Este perverso noble es el protagonista
de La Máscara de la Muerte Roja (The Masque of the Red
Death, 1964), dirigida por el prolífico Roger Corman.
El filme forma parte de la serie de películas que el realizador
norteamericano rodó sobre la base de textos de Edgar Allan
Poe (8). En este caso específico la fuente de inspiración
responde al cuento homónimo del escritor bostoniano más el
agregado de una subtrama basada en Hop Frog, cuento del mismo
autor. La adaptación de ambos relatos fue realizada por el
guionista Charles Beaumont -quizás una de las mayores figuras
del género fantástico audiovisual entre finales de los años
cincuenta y comienzos de los sesenta- con la colaboración
de R. Wright Campbell.
Los dos cuentos
de Poe que forman el punto de partida de La Máscara...
tienen una notoria inspiración medieval que fue conservada
en la adaptación. Corman-Beaumont desarrollan la personalidad
de Próspero a través de lo que Poe tan sólo insinúa. El mundo
dominado por la perversidad y asolado por el fantasma de la
Peste constituye un tema recurrente en la obra del escritor
norteamericano (9). Ubicado todo en un tiempo donde la magia,
la filosofía natural, y la ciencia en ciernes tienen límites
imprecisos. Es en este universo descripto por Poe donde el
Príncipe malvado del filme intenta descubrir las claves de
lo que "gobierna el mundo". Rodeado de un peligro
mortal –la peste-, su espíritu pragmático le permite dominar
el entorno a través del uso indiscriminado del terror y la
humillación. Usa la seguridad de su castillo para "proteger"
a sus súbditos de la "Muerte Roja" aunque no con
fines altruistas sino como una manera de aumentar la sumisión
(10).
Como el guerrero
bergmaniano, el Príncipe tampoco está sólo en su travesía
espiritual. Juliana, su amante, lo acompaña aunque en un sentido
opuesto al de la relación entre Caballero y escudero de la
obra de Bergman. No censura el universo místico del dueño
del castillo sino que se lo apropia para conseguir ventajas.
La entrega total a estas creencias la llevará a la alienación
y a la muerte.
Es justamente en
el terreno de la fe, en el que vimos que el Caballero de Bergman
tiene las mayores dudas, donde el Príncipe hace gala de firmes
convicciones. Su interpretación del mundo es producto de la
combinación de prácticas ocultistas, satanismo y ciertos rudimentos
científicos. Elabora teorías a partir de las evidencias que
cree haber hallado. En algunos aspectos podemos emparentarlo
con el hombre actual. Piensa –como un moderno psicoanalista-
que "en algún lugar de nuestra mente está la clave de
nuestra existencia". Su concepción del orden natural
queda expuesta en un revelador diálogo que sostiene con Francesca,
una joven cristiana que tiene apresada en su castillo.
Próspero: ¿Cómo
puedes mirar a tu alrededor y creer en la bondad de un Dios
que lo gobierna?. Hambre, peste, guerra, enfermedades y muerte.
Ellos gobiernan al mundo.
Francesca: También
hay amor, vida, esperanza...
Próspero: Te aseguro
que muy poca esperanza. Si alguna vez existió un Dios del
amor y la vida, hace mucho que murió.
Algo... Alguien
gobierna en su lugar.
La realidad física
que le impedía a Block percibir a Dios le da a Próspero la
seguridad de su muerte. En algún momento formula a Francesca
un interrogante que bien podría habérselo hecho al propio
Caballero de Bergman: "¿Dónde está tu Dios a la hora
de la necesidad?". Como el Zarathustra de Nietzsche,
el noble del filme de Corman no puede creer –desde esta perspectiva-
que los hombres no hayan oído que "Dios ha muerto".
Piensa que su propio poder –fruto de una correcta comprensión
del mundo- sólo puede ceder ante el de Satán, el verdadero
amo que domina todo, hasta el Destino.
Con la Muerte instalada
en sus feudos, Próspero organiza una mascarada en su castillo,
el único espacio libre de la Peste. Su momento de mayor triunfo
será el preludio de una revelación definitiva. Y aunque en
medio de la fiesta se manifieste la Muerte Roja, el Príncipe
seguirá fiel a sus creencias como Block se aferraba a sus
dudas en el instante de enfrentarse con la Parca.
Muerte Roja: Él
(Satanás) no es mi amo. La Muerte no tiene amo.
Próspero: Pero
Satán gobierna el Universo. Hice un pacto con él.
Muerte Roja: No
gobierna sólo. Y tu pacto con él no te salvará.
Próspero: No existe
otro Dios. Satán lo mató.
Muerte Roja: Cada
hombre crea su propio Cielo e Infierno.
Con esta frase
clave, en el momento fatal, el Príncipe descubre que la única
certeza de su cosmovisión es la de la Muerte. No hay indicios
de otra divinidad. Block y Próspero discurren por distintos
caminos hacia un lugar común. Pero si en la obra de Bergman
la Muerte puede simbolizar el camino hacia la nada, en la
de Corman adquiere una dimensión igualitaria. "Llamé
a muchos. Campesinos y príncipe. Los dignos y los deshonestos"
concluye una fatigada Muerte Roja.
Otras
conexiones
Las relaciones
entre la obra de Bergman y la de Corman van más allá de los
nexos temáticos. Para realizar La Máscara..., el director
norteamericano descartó toda una rica iconografía vinculada
con la obra de Poe -como los excelentes dibujos del ilustrador
Harry Clarke (1890-1931)- y prefirió buscar inspiración en
la propia estética medieval. Esta decisión, que emparentaba
aún más su película con la del cineasta sueco, fue uno de
los motivos de las continuas postergaciones que sufrió el
comienzo del rodaje. "Una de las razones por las que
había esperado para hacer La Máscara era El Séptimo
Sello... me inquietaba que pudieran acusarme de copiar
a Bergman, así que dejé reposar la historia unos cuantos años",
confesó Corman (11). Pese a estos temores, el aspecto visual
del filme adquirió méritos propios, en gran parte gracias
al trabajo del director de fotografía Nicholas Roeg(12) que
dotó a la película de un interesante manejo del color y los
contrastes.
Las condiciones
de producción de ambos filmes fueron también similares. Los
dos rodajes duraron cinco semanas y contaron con presupuestos
reducidos, lo que motivó que en algunas oportunidades se echara
mano a la improvisación (13) . En términos económicos, El
Séptimo Sello fue una producción modesta de la Svensk
Filmindustri, que varias veces rechazó el proyecto. La
Máscara... fue financiada por la American International
Pictures junto con la empresa inglesa Anglo-Amalgamated y
si bien su costo fue bajo, constituyó una de las mayores inversiones
de una productora que no estaba acostumbrada a hacerlas. Comparado
con el de una película de un gran estudio, el presupuesto
fue ínfimo.
Pero por sobre
todas las cosas, estas obras de Bergman y Corman se vinculan
por un hondo amor por el cine, el arte que ha hecho que la
muerte no sea tan definitiva. (*)
(*)
Fuente: Carlos Adrián Muoyo, "Cine o el jardín
de los senderos que no se bifurcan. La visión de la muerte
en Bergman y Corman",
enviado por su autor para ser editado aquí., y editado
anteriormente en la desaparecida revista virtual Tuxys en
el año 2000.
Citas:
(1)
Para ampliar este tema ver Charles Baudelaire contra el
doctor Frankenstein en El tragaluz del infinito,
de Noël Burch, Ediciones Cátedra, Madrid, 1987.
(2)
Por ejemplo, en 1513 –a comienzos de la Edad Moderna- el artista
alemán Alberto Durero realizó un grabado llamado El Caballero,
la Muerte y el Diablo. En él puede verse a un cansado
guerrero que atraviesa un bosque acosado por la presencia
de la muerte y del demonio. Esta obra ha influenciado a otras
posteriores y fue fuente de inspiración de varios relatos
como puede apreciarse en el libro Variaciones sobre un
tema de Durero, Editorial Galerna, Buenos Aires, 1968.
Por lo expuesto, es probable que el grabado fuera conocido
tanto por Bergman como por Corman y sus colaboradores. La
asociación entre el director sueco y la obra de Durero ya
está insinuada en Ingmar Bergman, de Jacques Siclier,
Ediciones Rialp, Madrid, 1962.
(3)
El cineasta sueco conoció desde pequeño estos templos, donde
su padre –pastor protestante- solía predicar. Una escena de
El Séptimo Sello resalta el carácter tétrico de esas
pinturas. En la película también pueden apreciarse influencias
de La Muerte Cansada o Las Tres Luces (Der Müde Tod, 1921),
de Fritz Lang, en especial en el plano iconográfico. En El
Mago (Ansiktet, 1958), otro filme de Bergman, la vinculación
del director sueco con la mencionada obra de Lang es mucho
más directa.
(4)
En la tradición nórdica, la Muerte es representada por un
personaje masculino, por lo que no debe llamar la atención
que en la película este papel sea interpretado por un hombre.
(5)
En su estudio teológico de algunas películas de Bergman, Arthur
Gibson hace hincapié en el tema de "el silencio de Dios",
concepto que da nombre a su trabajo. Sostiene que si para
los ateos "el silencio de Dios es la base de su incredulidad"
para los creyentes puede ser que "el Dios que se consideró
no-existente porque permanece en silencio revela su rostro
justamente como el de aquel que respeta hasta sus últimas
consecuencias la libertad humana, cuyo firme encuentro con
el hombre es de una inmanencia o encarnación suprema".
Según el enfoque de Gibson, la obra de Bergman –desde El
Séptimo Sello a Persona- gira en torno a estas
dos posturas. Para más detalles, ver El Silencio de Dios –
Una respuesta creativa a los filmes de Ingmar Bergman, de
Arthur Gibson, Ediciones Megápolis – Editorial La Aurora,
Buenos Aires, 1973, de donde también se extrajeron los diálogos
citados.
(6)
Manuel Villegas López en El Séptimo Sello, en Los
grandes nombres del cine, Volumen II, Editorial Planeta,
Madrid, 1975. El vínculo entre las preocupaciones del Medioevo
y las actuales es deliberado. Bergman afirmó que al hacer
El Séptimo Sello quiso establecer una similitud entre
el temor a la peste y el motivado por la amenaza nuclear ya
que finalmente "se trata del miedo a la muerte".
La película le permitió entonces "liberarse" de
la angustia que le provocaba la situación.
(7)
Bergman se identifica con esta pareja de artistas con un bebé,
que remite a la imagen de la Sagrada Familia. No es casual
por lo tanto que el padre sea el único personaje que tiene
"visiones", es decir, la capacidad de percibir en
forma natural lo que otros se esfuerzan por captar. Tampoco
resulta extraño, entonces, que la última escena del filme
esté dedicada a estos personajes del espectáculo.
(8)
Luego de producir y dirigir películas de muy bajo presupuesto,
Corman convenció a su productora, la American International
Pictures (AIP), para realizar una serie de filmes basados
en relatos de Edgar Allan Poe. La elección del autor no fue
casual. Corman –quien cursó estudios universitarios de Literatura
Inglesa en Oxford- admiró desde siempre a Poe, y estudió su
obra con profundidad. La AIP aceptó la propuesta para adaptar
los cuentos en color y con un mayor respaldo económico que
las producciones habituales de la empresa. El éxito de la
serie -que comenzó con La Caída de la Casa de Usher (The
Fall of the House of Usher, 1960)- se extendió hasta 1964
y completó un total de ocho títulos, ya que a la mencionada
Usher le siguieron El pozo y el péndulo (The Pit
and the Pendulum, 1961); El entierro prematuro (The
Premature Burial, 1962); Cuentos de Terror (Tales of
Terror, 1962); El Cuervo (The Raven, 1962); El
Palacio Embrujado (The Haunted Palace, 1963) –también
basada en H.P.Lovecraft-; La Máscara de la Muerte Roja
y La Tumba de Ligeia (The Tomb of Ligeia, 1964). Para
Corman, La Máscara... constituye su obra predilecta
dentro de la serie. Las connotaciones psicológicas de estas
adaptaciones –mérito de guionistas de la talla de Richard
Matheson o Charles Beaumont y del propio Corman- impactaron
a muchos espectadores, entre ellos futuros cineastas como
Martin Scorsese.
(9)
Véase, para el caso, también el cuento El Rey Peste. Un
cuento que contiene una alegoría (1835).
(10)
En este punto también podemos establecer –como en el caso
de El Séptimo Sello- una relación con el temor a la
catástrofe nuclear. El paisaje que rodea el castillo recuerda
el de un desolado paraje de posguerra atómica, en tanto que
las promesas de protección de Próspero remiten a las que solían
hacer las superpotencias para asegurar la alineación de los
países periféricos. Recordemos que en 1964, año de la realización
de La Máscara..., el tema de un conflicto nuclear estaba
muy vigente.
(11)
En Cómo hice cien films en Hollywood y nunca perdí ni un
céntimo, de Roger Corman y Jim Jerome, Editorial Laertes,
Barcelona, 1992. Ya desde los tiempos de realización de La
Máscara..., Corman se sintió atraído por la obra de Bergman.
Y en los años setenta, a través de su empresa New World, se
encargó de distribuir comercialmente las películas del cineasta
sueco en los Estados Unidos, por lo que muchos norteamericanos
conocieron al realizador europeo gracias a Corman. En el caso
particular de El Séptimo Sello –que no fue distribuida
por el director estadounidense- aún parece mantener su influjo
sobre el público de los Estados Unidos, como puede verse en
una escena de El último gran héroe (Last Action Hero, John
McTiernan, 1993).
(12)
La Máscara fue uno de los primeros
trabajos notorios de este artista que luego se volcó también
a la realización.
(13)
La escena final de El Séptimo Sello, cuando la Muerte
danza con las almas que ha recogido, no estaba prevista. Fue
inventada por Bergman al finalizar la jornada de filmación
y las figuras que se ven no son las de los actores –quienes
ya se habían retirado- sino la de algunos técnicos y extras.
En el caso de Corman, éste siempre se lamentó de no haber
podido trabajar más la secuencia de la Danza de la Muerte
en el castillo del Príncipe. "Habría sido un tour de
force en lugar de una buena escena nada más".