Martín
Scorsese volvió con Pandillas de Nueva York (Gangs of
New York, 2002), y volvió con lo que mejor sabe hacer, o
por lo menos, lo que más nos gusta de él. No puede negársele
su versatilidad así como su capacidad para abordar cualquier
historia y cualquier genero. Metió la nariz en dramas como Alicia
ya no vive aquí (Alicia Doesn´t Live Here Anymore,
1974)o Toro salvaje (Raging Bull, 1980), en
comedias como El rey de la comedia (The King of Comedy,
1983), frescos históricos como La edad de la inocencia (The
Age of Inocence, 1992-93), musicales como New York, New
York (1977 )y documentales como La
última película (The last waltz, 1978). Se metió con
una biografía totalmente controversial de Jesucristo con La
última tentación de Cristo (The Last Temptation of
Christ), 1988), con la del Dalai Lama en Kundun (1997),
y hasta se le animó a Michael Jackson, filmándole el video clip
de Bad.
Pero
si hay algo con lo que se identifica a Scorsese es con el cine
de gangsters, con sus pandilleros y sus mafiosos, nada sutiles y
nada elegantes, y no obstante atormentados, con ansias de
venganza o delirios de grandeza, con fantasmas que los acosan en
cada esquina y ese destino fatal que los espera paciente, al que
se aproximan con despreocupada soberbia y con el que se
tropiezan de forma inevitable, dándose cuenta de que no hicieron
otra cosa que construirlo pausadamente, obsesivamente.
Por
eso, cuando escuchamos que el nuevo proyecto de Scorsese se iba
a llamar "Pandillas de Nueva York" nos pareció lo
más natural del mundo, hasta obvio, casi una tautología.
Scorsese y las pandillas, Scorsese y Nueva York: no hay caso,
están hechos el uno para el otro. No hay otro director al que
se pueda asociar de manera tan directa y evidente con la ciudad,
salvo quizás Woody Allen. Aunque claro, Scorsese siempre se vio
más seducido por el lado podrido de la Gran Manzana que por el
jazz y las tribulaciones y dubitaciones
de la bohemia de
Manhattan. Recordar que fueron ambos junto con Francis Ford
Coppola (otro ciudadano ilustre) los que realizaron un film en
episodios titulado, por supuesto, Historias de Nueva York (New
York Stories,1989) . Recordar también que su capitulo
("Apuntes del Natural") era por lejos el más logrado
de la película.
A
diferencia de Woody, que rara vez se aventura fuera de la ciudad
de sus amores, Scorsese se paseó por Las Vegas en Casino (1995),
el medio oeste americano en Pasajeros Profesionales (Boxacar
Bertha, 1972) y hasta por el medio oriente y el Tibet en La
Última Tentación de Cristo y Kundun. No obstante
siempre se vuelve al primer amor, aunque este sea ingrato,
tramposo y nos clave un puñal cuando menos lo esperamos. Martín
Scorsese se mueve por las calles de Nueva York con la
naturalidad y la gracia de quien sabe positivamente que ese es
su elemento.
Ahí
esta Scorsese entonces para darnos lo que queremos, para que
tomemos y guardemos. Queríamos gangsters, y ahí están los
Nativos, los Conejos Muertos y un nutrido aquelarre de grupos y
grupúsculos que se disputan y se reparten las calles.
Queríamos calles peligrosas, y ahí tenemos las calles más
sucias e infestadas de asesinos y rateros, de criminales de
mucha o poca monta. Queríamos corrupción y ahí tenemos compra
de votos, pactos entre mafiosos, políticos y policías y uso de
inmigrantes como carne de cañón. Queríamos violencia, y ahí
tenemos algunas de las escenas más violentas, más brutales y
hasta sangrientas de su filmografía.Y de paso nos muestra que el
crimen organizado fue el padre natural de la organización
nacional.
En
su filmografía Scorsese abordó como nadie la violencia y los
personajes e historias de marginales. Sin duda fue el cineasta
más influyente de su generación. Una generación que incluye a
Coppola, a De Palma, a Spielberg, a Lucas, una generación como
no volvió a haber en el cine americano. Su influencia se siente
desde Tarantino (en cualquiera de sus peliculas, pero sobre todo
en Perros de la calle (Reservoir Dogs, 1992) a los
hermanos Hughes en Presidentes Muertos (Dead
Presidents, 1997), desde el Spike Lee de S.O.S., Verano
Infernal (Summer of Sam) al Paul Thomas Anderson de Juegos
de Placer (Boogie Nights, 1997), pasando por el Larry
Clark de Otro día en el Paraiso (Another Day in
Paradise, 1998).
Como
si fuese el summun scorsesiano (si, ya se que suena mal) Pandillas
de Nueva York contiene como en una olla hirviendo casi todos
los ingredientes de lo que reconocemos como la marca Scorsese:
sus personajes marginales, sus obsesiones religiosas, el
padre/jefe/maestro protector y siniestro, el destino trágico, la
traición y la paranoia.
Por
eso su estreno es una excusa perfecta para repasar algunos de
los títulos que mejor explican esa summa. La selección, sin
escapar a cierta arbitrariedad inevitables, no deja de tener sus
ejes y su razones. Veamos...
Haciéndose
de abajo (y quedándose ahí...)
En
sus primeras películas los marginales de Scorsese rara vez
pertenecen a las altas esferas del crimen organizado. Lejos del
glamour y el romanticismo de los capomaffias, sin mayores
ambiciones y con nulas expectativas, hacen lo suyo en el
escalafón mas bajo. Justamente, en la calle... Esto es bien
visible en dos de ellas: Quién golpea a mi puerta (Who’s
that Knocking at my Door?, 1965-69) y Calles peligrosas (Mean
Streets, 1973). Sus protagonistas oscilan entre el lumpenaje
y el matoneo de baja estofa. Sin atenerse a código alguno,
sería muy generoso llamarlos delincuentes o criminales.
Quien
golpea...
, opera prima del director, se inicia con una escena donde los
protagonistas apalean en grupo a un par de sujetos en la calle
mientras suena un canción de rockabilly, en una vaga reminiscencia a los combates coreografiados de Amor sin
barreras (West Side Story- Robert Wise, 1961). Por lo
demás J.R. (Harvey Keitel) y sus amigos se mueven en
actividades muy poco claras. No parece que tuvieran mucho que
hacer salvo matar el aburrimiento, bebiendo, peleándose y yendo
de putas. Cuando J.R. conoce a una chica en un viaje en ferry
(Zina Bethune, que figura en los créditos así, como La Chica)
y esta le pregunta por curiosidad a qué se dedica, este le
responde que está entre dos trabajos, antes era cajero de
bancos. ¿Y ahora? repregunta inocentemente la chica: se hace un
silencio incómodo y ella se da cuenta que es mejor no seguir
averiguando.
De
todos modos, poco más se nos muestra después de esa primera
pelea. Sabemos, por ejemplo, que han pedido tanto dinero
prestado que ya no pueden circular por determinadas zonas. Lo
que sí vemos es una violencia latente en el grupo de pares
lista a estallar en cualquier instante por cualquier motivo. Ni
siquiera los momentos de diversión están exentos de su
presencia. Esta tensión es mostrada cuando, en medio de una
reunión, los asistentes se ponen a jugar con una pistola. Se la
pasan, se apuntan, se ríen y uno no tiene mejor idea para
divertirse que tomar a uno de sus compañeros del cuello y
amenazarlo jocosamente poniéndole el caño en la cabeza. El
gracioso festeja y es festejado por los demás mientras que la
victima de la broma deja traslucir que el asunto no le causa
ninguna gracia. La escena, en cámara lenta, sin sonido ambiente
y acompañada por una salsa cantada en castellano, desarrolla un
crescendo que culmina cuando el bromista decide soltar a su
víctima y descargar el arma sobre una hilera de botellas. Pura
y sana diversión...
J.R.
se enamora de La Chica y considera casarse con ella pero sus
propios complejos y prejuicios le impiden amarla verdaderamente.
Sus preceptos religiosos le hacen mantener la distancia y su
doble moral le hacen dividir a las mujeres en dos categorías:
"las chicas" (serias, vírgenes, para casarse) y
"las minas" [según la traducción de video local] (fáciles,
mujeres para divertirse). Así cuando La Chica, ya
considerando la relación seriamente, decide confesarle una
violación de la que fue víctima, él no puede lidiar con la
situación y, degradada ante su visión, termina acusándola y
humillándola. Incluso cuando intenta reconciliarse no puede
evitar un "te perdono" que no hace sino volver a
culpabilizarla. A causa de esta torpeza, que ni siquiera llega a
comprender, pierde a la única persona que podría haberlo
sacarlo del circuito de mediocridad en que circula.
En
Quien golpea.... ya están algunos de los temas que se
retomarán en Calles peligrosas, pero en esta última son
llevados a una escala mayor. El protagonista principal es
Charley (nuevamente Harvey Keitel), sobrino de Giovanni (Cesare
Danova), un capo del barrio temido y respetado. Charley tiene
aspiraciones de abrir su propio restaurant y está tironeado por
la fidelidad a su tío, su grupo de amigos, y Teresa (Amy
Robinson), la chica con la que mantiene una relación
conflictiva.
Si
en J.R. los preceptos religiosos le impedían llevar a cabo una
relación, Charley está verdaderamente atormentado por las
ideas de pecado y redención. Obsesionado con el dolor y el
fuego del infierno, se prueba a si mismo colocando la mano en la
llama hasta que el dolor se le hace insoportable. También
vuelve a estar presente la doble moral sexual que complica su
relación con Teresa, por quien demuestra sentimientos genuinos
pero a la vez no quiere ser visto con ella para no malograr sus
ambiciones. Así mismo esa ambigüedad y esa cobardía ante su
propio deseo es la que hace que, sintiéndose atraído por una
bailarina negra, la invite a salir para luego dejarla plantada,
temeroso de ser visto con una chica de color.
Charley
y sus amigos pertenecen a la plana menor del hampa. Se dedican a
pequeñas estafas, a la usura y al cobro compulsivo de
negociantes morosos. Sus diversiones no difieren de la que se
vieron en Quien golpea...: emborracharse, salir de golfas
o cometer pequeños actos de vandalismo. La violencia estalla
por motivos triviales y muchas veces de manera brutal. La
agresividad está siempre presente en el grupo de supuestos
amigos, a quienes vemos celebrar, insultarse, pelearse,
reconciliarse, volver a celebrar, volver a insultarse y así
hasta el infinito.
Charley
parece querer despegarse de esa vida y tiene alguna pretensión
de ascenso, aunque sea modesta, pero no podrá escapar al
destino que lo ata a sus compañeros; y este tironeo entre la
lealtad a su tío y el afecto que siente por Teresa y por el
primo de ésta, Johny Boy (un psicopático Robert de Niro
prefigurando alguno de los perturbados personajes que le
esperan) le resulta irresoluble.
La
catástrofe viene, justamente, de la mano de Johny Boy, un joven
alterado, cuya capacidad de meterse en problemas sólo rivaliza
con la de arrastrar a todos los que lo rodean. El tema de la
deuda, que ya se insinuaba en Quien golpea, es aquí el
detonante de la tragedia. Jhony Boy se deuda hasta el absurdo
con Michael (Richard Romanus), un prestamista usurero que se
impacienta con su poca disposición al pago y su tendencia a
faltarle el respeto. Charley intenta mediar, aprovechando la
posición que el da ser sobrino de Giovanni, pero Johny Boy,
lejos de aprovechar la oportunidad, termina insultando a Michael
y amenazándolo con un arma.
Error
fatal. Hay que esconder a Johny Boy antes de que Michael se
cobre la humillación. Charley, Teresa y Johny Boy huyen en auto
pero no van muy lejos. De una esquina surge el ofendido
dispuesto a cobrarse a los tiros.
Al
inicio de la película se oye la voz de charley en off diciendo:
"No compensas tus pecados en la iglesia, lo haces en la
calle, lo haces en la casa. Lo demás es una mierda y tu lo
sabes". Al final Charley se da cuenta que , efectivamente,
los pecados se lavan en la calle, y con sangre...
El
más malo de la cuadra
"Un
pseudo punkito, con el acento finito, quiere hacerse el chico
malo..."
Si no fuera porque de punk no tiene nada, esta línea le
calzaría perfecto a Michael Jackson en su pretensión de
presentarse como líder de pandilla en el videoclip de Bad.
Niño
caprichoso, con plata para pagarse sus juguetes caros, ya había
llamado a John Landis (El hombre lobo americano [An
American Werewolf in London, 1981]) para dirigir su video de
licantropía (Thriller). Qué mejor, entonces, que llamar
a Martín Scorsese para un video de pandillas, se habrá dicho
Michael, sabiendo que su banca todo lo consiente.
Michael
se viste de negro, pone gesto de "soy un peligro",
mientras canta you know i’m bad, i’m bad... Ya en
tren desenfrenado de parecerse a Diana Ross, o por lo menos a su
propia hermana, se hace el malo y se menea, mas cerca de los
Village People que del Gangsta Rap. ¿Y como hacer entonces, por
mas voluntad y talento que se ponga, para que todo realismo no
se vaya al demonio? No es tu culpa Martín.
Fantasmas
en la calle
Si
las calles pueden resultar peligrosas inclusive para los
maleantes y aquellos que parecen tenerlas como hábitat natural,
imaginarse que pasa con aquellos que no pertenecen a la misma,
con los que juegan de visitante, y ver entonces cuan ominosas
pueden ser su arquitectura y su fauna cuando alguna
circunstancia del azar o del destino los pone entre sus
vericuetos.
Póngase
por ejemplo un yuppie del centro comercial de Nueva York, con
una vida tranquila, segura y monótona, y colóqueselo toda una
noche en el Soho, sin dinero, solo y a su suerte y teniendo que
lidiar con los sujetos más estrafalarios que habrá podido
encontrar hasta entonces. Eso es exactamente lo que le pasa a
Paul (Griffin Dunne), el protagonista de Después de Hora (After
hours, 1985), un procesador de textos que trabaja en una
oficina y que lo más cercano a una aventura a lo que puede
aspirar es leer a Henry Miller en un café.
Precisamente
mientras se halla sumergido en tal actividad, luego de un día
de trabajo como todos los demás, Marci, una chica muy bonita
(Rosanna Arquette) elogia el libro (Trópico de Cancer),
se le sienta en la mesa y le da su teléfono por si tiene ganas
de comprar "pisapapeles con forma de panecillo". Paul
llama horas después "interesado en los pisapapeles" y
la chica lo invita a visitarla esa misma noche. Paul ve la obvia
oportunidad de ligar y ahí se dirige presuroso ¿Y quién
podría culparlo?
El
problema es que lo que pintaba para una noche de diversión y
sexo fácil se transforma pronto en una pesadilla desquiciada.
Para empezar, se le vuela el dinero por la ventanilla del taxi
(imaginarse a un yuppie sin dinero), cosa que no le causa la
menor gracia al conductor, Marci demuestra rápidamente que mas
que una loca linda es una perturbada grave, y cuando trata de
huir se da cuanta de que no puede volver a casa por que no tiene
con qué, y las personas que aparentan querer ayudarlo se sacan
rápidamente la máscara de amabilidad para mostrar un rostro hostil y
persecutorio.
Después
de dar vueltas inútilmente por una ciudad increíblemente vacía
y laberíntica, conocer a personajes absurdos y escabullirse con
mayor o menor suerte o dignidad de situaciones potencialmente
peligrosas, termina perseguido por una turba enfurecida que lo
busca para lincharlo. Todo se va trastornando paulatinamente
mientras asistimos con los ojos azorados de Paul a un curso de
acontecimientos que se va de madre sin que este pueda hacer nada
para evitarlo. Sus perspectivas se van degradando cada vez más:
al principio quería encamarse, después se conforma con volver
a casa y finalmente estaría feliz si pudiera conservar la vida.
La pesadilla de un burgués de clase media en su punto más
alto.
Ahora,
si queremos a un tipo en estado de ajenitud o extrañamiento
ahí está Travis Bikle (Robert De Niro) en Taxi Driver (1976).
No porque esté extrañado de la vida en las calles. Está
más bien extrañado del mundo, alienado mejor dicho, de todo y
de todos. ¿Por qué? La respuesta más simple es porque está
loco; Y, si bien esto no deja de ser correcto, ya veremos que la
cosa es un poco más complicada.
Travis
se hace taxista porque padece de insomnio (síntoma habitual en
psicóticos a punto de brotarse). Necesita hacer algo y tener la
mente ocupada ya que no puede dormir y se le ocurren ideas
raras. Ahora, claro, hacerse taxista nocturno en Nueva York, no
discriminar a quien se sube, sean trastornados, fiolos o
delincuentes comunes, y viajando a cualquier sitio, desde el
Bronx a Harlem, no es lo más adecuado si se quiere mantener la
cabeza sana.
Todo
esto no hace más que reforzar su extrañamiento del mundo y
enfrentarlo a lo peor del mismo. Allí Travis convive con las
criaturas de la noche: prostitutas, fiolos, ladrones,
pordioseros, traficantes, drogadictos... Para Travis son la
lacra, basura, monstruos, y clama por una fuerte lluvia que
limpie las calles de toda esa mugre.
Entre
toda la roña. Travis descubre, o cree descubrir, alguien
distinto: Betsy (Cybill Shepherd) a quien descubre por
casualidad y describe como "un ángel" y a quién los
demás "no pueden tocarla". Betsy trabaja en la
campaña de un candidato a presidente. Travis la identifica
enseguida como un alma gemela, la espía, y finalmente se decide
a invitarla a salir, pero su alienación no le permite conectar
con ella ni comprenderla, ni siquiera puede entender porque ella
se ofende cuando él la lleva a un cine porno en su primera (y
única) cita porque no puede captar lo insultante, ni siquiera
lo presuntamente sugerente, de semejante ocurrencia.
Travis
comprende que está solo y que, además, tiene una misión. Se
prepara haciendo acopio de una cantidad inusitada de armas de
fuego, practicando tiro, entrenándose físicamente y elaborando
técnicas de combate dignas de un marine. Ahí está la famosa
escena del "¿me estás hablando a mi?" que, vista
después de cuarenta veces, sigue golpeando como la primera.
Igualmente
Travis no tarda en identificar otro objeto y lo encuentra en
Iris (Jodie Foster), una prostituta de 12 años, manejada por
Mathew, alias Sport (Harvey Keitel), un fiolo con pinta de
hippie decadente. He aquí un buen lugar para dirigir la misión
purificadora, porque Travis quiere una lluvia que limpie las
calles, hasta que descubre que esa lluvia... es él.
Travis
supone, o construye en su mente, un pedido de ayuda de parte de
Iris, y se dispone a rescatarla: Primero trata de hablar con
ella pero se produce el dialogo de sordos que ya vimos con Betsy
donde ninguno de los dos puede entender, ni siquiera acercarse,
a las razones del otro, y Travis decide pasar a la acción. Va a
buscarla al hotel donde trabaja, armado hasta los dientes y en
el camino desata una carnicería maravillosa que hubiera sido
coronada con su propia inmolación si no fuera que, de tanto
repartir tiros, el justiciero se quedó sin balas. Cuando llega
la policía, encuentra a Iris en un rincón, aterrada, un
pequeño pero impresionante grupo de cadáveres, sangre que
salpica las paredes y a Travis disparándose simbólicamente con
el dedo ensangrentado en la cabeza. ¿Muerte y resurrección?
Y
aquí es donde la cosa se trastorna de veras, si eso todavía es
posible, porque, si Travis está loco, resulta que la sociedad
está más loca que él ya que ve en el acto mesiánico y
delirante de un psicótico, una acción heroica, y Travis es
condecorado y saludado por la prensa como salvador. Claro es que
su arrebato se produjo contra lo que la comunidad junto con él
(curiosa coincidencia) consideran la mugre de la sociedad. Lo
interesante es que previo al hecho había tratado fallidamente
de atentar contra la vida del candidato a presidente, logrando
huir sin ser identificado. ¿Cómo hubiese sido considerado si
hubiera tenido éxito?
Travis
vuelve triunfante a su trabajo, parece estabilizado pero esa
mirada persecutoria y ese rostro no presagian nada bueno.
Los
monstruos que acosan a Travis se convierten en fantasmas para
Frank (Nicholas Cage) en Vidas al Limite (Bringing Out
the Dead, 1999), fantasmas internos y de los otros. Frank es
paramédico y trabaja de noche en Nueva York arriba de una
ambulancia atendiendo urgencias, y si queríamos un trabajo tanto
o más estressante y alienante que el de taxista, aquí tenemos
uno...
Trabajo
que tiene sus compensaciones, como salvar una vida, algo que
produce un goce parecido a ser Dios. Claro que cuando alguien se
te muere es una situación angustiosa, y Frank hace tiempo que
no puede salvar a nadie y los pacientes se le escapan de las
manos.
Frank
empieza a ver los fantasmas de aquellos a quienes no pudo
salvar, en particular el rostro de una joven, que le reprocha no
haberlo ayudado. Al igual que Travis, Frank no puede dormir y
deambula con los ojos abiertos y duros, con aspecto descuidado y
con una expresión de estupor permanente.
Algo
que parece darle cierta esperanza es lograr mantener en vida,
aunque en coma, al padre de Mary (Patricia Arquette), una joven
adicta con la que entabla una relación de amistad y
protección. El problema es que, transcurridos los días sin
poder despertarlo, el padre empieza a comunicarse con Frank vía
pensamiento y le pide que lo mate y termine con su sufrimiento.
Las
noches de Frank se van sucediendo una peor que la otra, y para
colmo sus compañeros de la ambulancia tampoco lidian de una
manera muy sana con la situación. Es antológica la escena en
que Frank, junto a un compañero entusiasmado hasta el delirio
con su tarea, van a las chapas por las calles, haciendo sonar la
alarma, tomando ginebra, y con los rostros más trastornados y
poco confiables que uno quisiera ver en quien está para
salvarte la vida. Como si anduvieran a la búsqueda de sangre no
para impedir su perdida sino para tomársela toda. Y todo esto al
ritmo de "Janie Jones" de los Clash. Un viaje
alucinado y alucinante.
Alucinadas
son también las escenas de la guardia del hospital, lugar
pesadillesco, más parecido a un infierno histérico que al ascético templo de la salud. Toda la
película está contada en
un tono cuasi onírico, estuporoso, de duermevela o más bien de
falta de sueño, en donde la mirada atónita de Frank se va
transformando lentamente en la nuestra.
Después
de casi tocar fondo, Frank encuentra la calma por la vía
paradójica. En una misma noche le salva la vida al dealer que
provee a Mary, y a Noel (Marc Anthony), un ciruja demente que se
la pasa toda la película intentando y rogando que lo maten. Pero
fundamentalmente la consigue ayudando al padre de Mary a bien
morir, en vez de prolongar inútilmente una vida atada a tubos y
máquinas.
Frank
se reconcilia con los fantasmas y, después de comunicarle la
noticia a Mary (quien ya la esperaba), se recuesta en su regazo
para poder por fin descansar.
De
ascenciones meteóricas y caídas estrepitosas
Scorsese
gusta de contar historias de ascenso y caída, carreras alocadas
hacia el éxito que terminan estrellándose. Biografías de tipos
que saben subir hasta lo mas alto pero no mantenerse arriba, y
no pueden evitar caer en picada. Es lo que había hecho en Toro
Salvaje, historia del boxeador Jack la Motta, desde las
calles a la gloria y de la gloria al escarnio. Y es lo que
probablemente haga en su próxima película, si es que se
confirman las noticias que lo vinculan al proyecto de filmar la
vida de Howard Hughes, magnate norteamericano que terminó
encerrado en su mansión, victima de la paranoia y de un temor
delirante al contagio proveniente de cualquier materia orgánica
o inorgánica con la cual pudiese entrar en contacto. Una Materia
Prima ideal.
Es
lo que cuenta además en dos de sus películas de los 90: Buenos
Muchachos (Goodfellas, 1990) y Casino, con la
particularidad de que no se trata de cualquier
carrera, sino de
carreras criminales: otra vez los adorables gangsters de
Scorsese, pero que esta vez no se conforman con quedarse en el
escalón bajo de la jerarquía mafiosa, aunque salgan de allí,
sus ambiciones los llevan mucho más lejos, y son esas mismas
ambiciones las que los pierden.
En
Buenos Muchachos, Henry (Ray Liotta) ya de niño formula
su deseo más intenso a poco de comenzar el film: "desde
que recuerdo, siempre quise ser un gangster". Un deseo de
tal peso que se lleva por delante todo lo que se interponga:
castigos paternos, advertencias escolares, llantos maternos.
Todo para que el pequeño entusiasta comience a dando sus
primeros pasos como mandadero de los mafiosos, conozca a la
gente adecuada y saboree los primeros privilegios de pertenecer
al sindicato de los "vivos" (wiseguys), lo que
despertará aún más su embriaguez por esa vida y su apetito
por hacer carrera. Henry se pone al servicio de Paul Cicero
(Paul Sorvino), Paulie para los amigos, un padrino con poder y
banca. Se relaciona con Jimmy (Robert De Niro) un gangster de
prestigio, que en cierto modo lo apadrina y se convierte en su
maestro además de amigo, y con Tommy (Joe Pesci), un maníaco
tan gracioso como peligroso. Henry, Jimmy y Tommy, socios y
compañeros de crímenes, se convierten en un trío feliz, que
comparte todo: desde botines millonarios, drogas y farras con
putas y amantes, hasta cumpleaños de los nenes, almuerzos en
familia y salidas con esposas legítimas, pasando por asaltos a
mano armada, asesinatos y excursiones nocturnas para enterrar
algún fiambre molesto.
En
Casino, Sam Rothstein (Robert de Niro), apostador
de caballos y estudioso obsesivo de los juegos de azar,
descubre, al igual que su paisano Moisés, la tierra prometida en
el desierto, este paraíso queda en el medio del desierto de
Nevada, se llama Las Vegas, y ahí si que saben adorar al
becerro de oro. Esto último no le hubiese gustado tanto a Moisés pero a Sam le encanta ya que ve la posibilidad de ganar
mucha, pero mucha plata. Sam es una pieza preciada por los jefes
mafiosos por su capacidad para predecir resultados de las
apuestas, ganando su confianza, por lo que es enviado a Las
Vegas a dirigir un Casino; asunto que se toma muy en serio
logrando producir ganancias cuantiosas.
Tanto
en Buenos Muchachos como en Casino, todo marcha
bien y somos todos amigos y hermanos mientras el dinero entre y
los problemas se solucionen a punta de revolver pero de manera
discreta. En ese caso todos disfrutan alegremente de su fortuna,
haciendo gala de una capacidad para la ostentación y el mal
gusto realmente envidiables. Se habrá visto esos vestidos
chillones y maquillaje ultracargado de las mujeres de los
mafiosos, esa decoración en las casas y, por dios, esos
trajes... Cuando un Henry adolescente llega orgulloso a su casa,
con su traje recién comprado y pregunta alegre "¿qué
tal?", su madre no puede evitar decirle "hijo, pareces
un gangster". En Casino, Sam se enamora de Ginger
(Sharon Stone), una chica preciosa pero arribista, que se casa
con él por la plata y lo hace gastar fortunas en joyas, pieles,
vestidos, autos y hasta en pasarle dinero a su ex amante.
El
problema ya se había definido en Casino, cuando se
describe la conducta de los jugadores cuando llegan a determinado
momento "los mata la codicia¨ y toda sensatez desaparece.
Esto se aplica también a nuestros gangsters. La codicia los hace
perder la discreción y hasta la confianza. En Buenos
Muchachos, después de un golpe importante, algunos de los
participes, a pesar de las advertencias de cuidado, se compran
inmediatamente autos lujosos, un abrigo de visón para sus
esposas y reparten fajos de billetes como quien distribuye
volantes. En Casino llega a la ciudad un viejo
colaborador de Sam: Nicky (Joe Pesci, en un personaje tan
exaltado y peligroso como el de Tommy en Buenos Muchachos)
a hacer su negocio. Sam, a pesar de trabajar para la mafia esta
obsesionado con lograr una imagen de respetabilidad y por eso se
enferma con la precencia de Nicky, que viene con una premisa muy
clara: "vinimos aquí a robar". Y Nicky roba a manos
llenas, despertando la reticencia de los jefes por su falta de
discreción y su incapacidad de controlar el gatillo. Mientras
tanto Ginger, que no ama a Sam, no se permite abandonarlo porque
su codicia le impide hacerlo sin haberle sacado todo lo posible.
Será su avidez e irracionalidad la que termine arrastrando a
todos.
En
ambos films vemos que, con tanto escándalo, las autoridades no
tardan en echar el ojo en el asunto y entran en escena
persecuciones de coches policiales, helicópteros, micrófonos...
la paranoia corre y ya nadie es amigo. Los muchachos "la
jodieron". Y cuando las papas queman la necesidad de salvar
el pellejo es mas fuerte que cualquier prurito y los muñecos
empiezan a caer. Fascinantes son las escenas en que se empiezan a
eliminar a los ex compañeros molestos y se empiezan a descubrir
los cuerpos en lugares y posiciones varias. En Buenos
Muchachos acompañado por la música de Layla (Eric
Clapton) y en Casino por The House of the Rising Sun
(The Animals). Verdaderos ballets rockeros de balazos y
cadáveres.
Harry
y Sam, habiendo conocido la gloria, habiendo tocado el cielo con
las manos y habiéndose quemado las alas, ven interrumpidos sus
sueños y se desploman. Pero, atentos a su supervivencia, antes
que la cárcel o las balas, buscan una retirada aunque sea
deshonrosa, y optan por otro infierno: el de la mediocridad.
Ambas
películas están contadas con un montaje ágil y narraciones en
primera persona que le dan aún más dinamismo. Con un uso muy
grafico de la banda sonora, donde los temas de rock y pop
ilustran o subrayan las situaciones y con un humor tan negro que
no se puede evitar mezclar la risa con el espanto.
Los
personajes, más que en otras películas del mismo director,
alternan la simpatía y la amenaza, la amistad y la traición,
la solidaridad y la crueldad, la consideración y el cretinismo,
pasando de otra con una rapidez a prueba de reflejos.
Muchos
de los temas y recursos de estas películas se retoman en Pandillas
de Nueva York: La necesidad de sobrevivir y hacerse
un espacio, la carrera del delito, el compañerismo, la
traición. Al igual que Jimmy a Harry en Buenos Muchachos,
Bill "el Carnicero" (Daniel Day Lewis) toma a
Amsterdam (Leonardo Di Caprio) a su cuidado y padrinazgo,
convirtiéndolo en su principal discípulo, sin saber que es el
hijo de su antiguo rival, muerto por su propia mano. Pero aquí
el enfrentamiento y la traición vendrán no de la mano de la
codicia sino del ansia de venganza.
Todos
los elementos están dispuestos: Scorsese está de vuelta, de
vuelta en las calles, de vuelta con sus pandillas y de vuelta
con esas esas historias que él, como nadie, sabe contar. (*)
|

Martín
Scorsese durante la filmación de Kudun. |
(*)
Fuente: Artículo
publicado originalmente por Ricardo Ottone en Revista Cadáver
Exquisito.