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 LOS RUDOS CAMINOS DE MARTÍN SCORSESE

Por Ricardo Ottone

 

 

    Los rudos caminos del cine de Martín Scorsese puede conducir al espectador hacia una interpretación heterodoxa de la historia religiosa cristiana (La última tentación de Cristo), el mundo de la mafia (Esos buenos muchachos), la violencia del boxeo que roza lo épico (Toro salvaje), la feroz invasión china del Tibet y el destierro del Dalai Lama (Kundun), o la última recreación de los combates entre inmigrantes ávidos de sueños y los nativos de Nueva York (Pandillas de Nueva York). En todos los casos, las ásperas tragedias o los torbellinos conflictivos son convertidos por Scorsese en un cine de logrado poder narrativo. En este nuevo momento de Cine y trascendencia en Temakel, le presentamos un artículo que nos ha enviado Ricardo Ottone, sobre el cine del director de los rudos caminos y que fue originalmente publicado en la Revista Cadáver Exquisito.   

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 LOS RUDOS CAMINOS DE MARTÍN SCORSESE

Por Ricardo Ottone

     Martín Scorsese volvió con Pandillas de Nueva York (Gangs of New York, 2002), y volvió con lo que mejor sabe hacer, o por lo menos, lo que más nos gusta de él. No puede negársele su versatilidad así como su capacidad para abordar cualquier historia y cualquier genero. Metió la nariz en dramas como Alicia ya no vive aquí (Alicia Doesn´t Live Here Anymore, 1974)o Toro salvaje (Raging Bull, 1980), en comedias como El rey de la comedia (The King of Comedy, 1983), frescos históricos como La edad de la inocencia (The Age of Inocence, 1992-93), musicales como New York, New York (1977 )y documentales como La última película (The last waltz, 1978). Se metió con una biografía totalmente controversial de Jesucristo con La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ), 1988), con la del Dalai Lama en Kundun (1997), y hasta se le animó a Michael Jackson, filmándole el video clip de Bad.

Pero si hay algo con lo que se identifica a Scorsese es con el cine de gangsters, con sus pandilleros y sus mafiosos, nada sutiles y nada elegantes, y no obstante atormentados, con ansias de venganza o delirios de grandeza, con fantasmas que los acosan en cada esquina y ese destino fatal que los espera paciente, al que se aproximan con despreocupada soberbia y con el que se tropiezan de forma inevitable, dándose cuenta de que no hicieron otra cosa que construirlo pausadamente, obsesivamente.

Por eso, cuando escuchamos que el nuevo proyecto de Scorsese se iba a llamar "Pandillas de Nueva York" nos pareció lo más natural del mundo, hasta obvio, casi una tautología. Scorsese y las pandillas, Scorsese y Nueva York: no hay caso, están hechos el uno para el otro. No hay otro director al que se pueda asociar de manera tan directa y evidente con la ciudad, salvo quizás Woody Allen. Aunque claro, Scorsese siempre se vio más seducido por el lado podrido de la Gran Manzana que por el jazz y las tribulaciones y dubitaciones de la bohemia de Manhattan. Recordar que fueron ambos junto con Francis Ford Coppola (otro ciudadano ilustre) los que realizaron un film en episodios titulado, por supuesto, Historias de Nueva York (New York Stories,1989) . Recordar también que su capitulo ("Apuntes del Natural") era por lejos el más logrado de la película.

A diferencia de Woody, que rara vez se aventura fuera de la ciudad de sus amores, Scorsese se paseó por Las Vegas en Casino (1995), el medio oeste americano en Pasajeros Profesionales (Boxacar Bertha, 1972) y hasta por el medio oriente y el Tibet en La Última Tentación de Cristo y Kundun. No obstante siempre se vuelve al primer amor, aunque este sea ingrato, tramposo y nos clave un puñal cuando menos lo esperamos. Martín Scorsese se mueve por las calles de Nueva York con la naturalidad y la gracia de quien sabe positivamente que ese es su elemento.

Ahí esta Scorsese entonces para darnos lo que queremos, para que tomemos y guardemos. Queríamos gangsters, y ahí están los Nativos, los Conejos Muertos y un nutrido aquelarre de grupos y grupúsculos que se disputan y se reparten las calles. Queríamos calles peligrosas, y ahí tenemos las calles más sucias e infestadas de asesinos y rateros, de criminales de mucha o poca monta. Queríamos corrupción y ahí tenemos compra de votos, pactos entre mafiosos, políticos y policías y uso de inmigrantes como carne de cañón. Queríamos violencia, y ahí tenemos algunas de las escenas más violentas, más brutales y hasta sangrientas de su filmografía.Y de paso nos muestra que el crimen organizado fue el padre natural de la organización nacional.

En su filmografía Scorsese abordó como nadie la violencia y los personajes e historias de marginales. Sin duda fue el cineasta más influyente de su generación. Una generación que incluye a Coppola, a De Palma, a Spielberg, a Lucas, una generación como no volvió a haber en el cine americano. Su influencia se siente desde Tarantino (en cualquiera de sus peliculas, pero sobre todo en Perros de la calle (Reservoir Dogs, 1992) a los hermanos Hughes en Presidentes Muertos (Dead Presidents, 1997), desde el Spike Lee de S.O.S., Verano Infernal (Summer of Sam) al Paul Thomas Anderson de Juegos de Placer (Boogie Nights, 1997), pasando por el Larry Clark de Otro día en el Paraiso (Another Day in Paradise, 1998).

Como si fuese el summun scorsesiano (si, ya se que suena mal) Pandillas de Nueva York contiene como en una olla hirviendo casi todos los ingredientes de lo que reconocemos como la marca Scorsese: sus personajes marginales, sus obsesiones religiosas, el padre/jefe/maestro protector y siniestro, el destino trágico, la traición y la paranoia.

Por eso su estreno es una excusa perfecta para repasar algunos de los títulos que mejor explican esa summa. La selección, sin escapar a cierta arbitrariedad inevitables, no deja de tener sus ejes y su razones. Veamos...

Haciéndose de abajo (y quedándose ahí...)

   En sus primeras películas los marginales de Scorsese rara vez pertenecen a las altas esferas del crimen organizado. Lejos del glamour y el romanticismo de los capomaffias, sin mayores ambiciones y con nulas expectativas, hacen lo suyo en el escalafón mas bajo. Justamente, en la calle... Esto es bien visible en dos de ellas: Quién golpea a mi puerta (Who’s that Knocking at my Door?, 1965-69) y Calles peligrosas (Mean Streets, 1973). Sus protagonistas oscilan entre el lumpenaje y el matoneo de baja estofa. Sin atenerse a código alguno, sería muy generoso llamarlos delincuentes o criminales.

Quien golpea... , opera prima del director, se inicia con una escena donde los protagonistas apalean en grupo a un par de sujetos en la calle mientras suena un canción de rockabilly, en una vaga reminiscencia a los combates coreografiados de Amor sin barreras (West Side Story- Robert Wise, 1961). Por lo demás J.R. (Harvey Keitel) y sus amigos se mueven en actividades muy poco claras. No parece que tuvieran mucho que hacer salvo matar el aburrimiento, bebiendo, peleándose y yendo de putas. Cuando J.R. conoce a una chica en un viaje en ferry (Zina Bethune, que figura en los créditos así, como La Chica) y esta le pregunta por curiosidad a qué se dedica, este le responde que está entre dos trabajos, antes era cajero de bancos. ¿Y ahora? repregunta inocentemente la chica: se hace un silencio incómodo y ella se da cuenta que es mejor no seguir averiguando.

De todos modos, poco más se nos muestra después de esa primera pelea. Sabemos, por ejemplo, que han pedido tanto dinero prestado que ya no pueden circular por determinadas zonas. Lo que sí vemos es una violencia latente en el grupo de pares lista a estallar en cualquier instante por cualquier motivo. Ni siquiera los momentos de diversión están exentos de su presencia. Esta tensión es mostrada cuando, en medio de una reunión, los asistentes se ponen a jugar con una pistola. Se la pasan, se apuntan, se ríen y uno no tiene mejor idea para divertirse que tomar a uno de sus compañeros del cuello y amenazarlo jocosamente poniéndole el caño en la cabeza. El gracioso festeja y es festejado por los demás mientras que la victima de la broma deja traslucir que el asunto no le causa ninguna gracia. La escena, en cámara lenta, sin sonido ambiente y acompañada por una salsa cantada en castellano, desarrolla un crescendo que culmina cuando el bromista decide soltar a su víctima y descargar el arma sobre una hilera de botellas. Pura y sana diversión...

J.R. se enamora de La Chica y considera casarse con ella pero sus propios complejos y prejuicios le impiden amarla verdaderamente. Sus preceptos religiosos le hacen mantener la distancia y su doble moral le hacen dividir a las mujeres en dos categorías: "las chicas" (serias, vírgenes, para casarse) y "las minas" [según la traducción de video local] (fáciles, mujeres para divertirse). Así cuando La Chica, ya considerando la relación seriamente, decide confesarle una violación de la que fue víctima, él no puede lidiar con la situación y, degradada ante su visión, termina acusándola y humillándola. Incluso cuando intenta reconciliarse no puede evitar un "te perdono" que no hace sino volver a culpabilizarla. A causa de esta torpeza, que ni siquiera llega a comprender, pierde a la única persona que podría haberlo sacarlo del circuito de mediocridad en que circula.

En Quien golpea.... ya están algunos de los temas que se retomarán en Calles peligrosas, pero en esta última son llevados a una escala mayor. El protagonista principal es Charley (nuevamente Harvey Keitel), sobrino de Giovanni (Cesare Danova), un capo del barrio temido y respetado. Charley tiene aspiraciones de abrir su propio restaurant y está tironeado por la fidelidad a su tío, su grupo de amigos, y Teresa (Amy Robinson), la chica con la que mantiene una relación conflictiva.

Si en J.R. los preceptos religiosos le impedían llevar a cabo una relación, Charley está verdaderamente atormentado por las ideas de pecado y redención. Obsesionado con el dolor y el fuego del infierno, se prueba a si mismo colocando la mano en la llama hasta que el dolor se le hace insoportable. También vuelve a estar presente la doble moral sexual que complica su relación con Teresa, por quien demuestra sentimientos genuinos pero a la vez no quiere ser visto con ella para no malograr sus ambiciones. Así mismo esa ambigüedad y esa cobardía ante su propio deseo es la que hace que, sintiéndose atraído por una bailarina negra, la invite a salir para luego dejarla plantada, temeroso de ser visto con una chica de color.

Charley y sus amigos pertenecen a la plana menor del hampa. Se dedican a pequeñas estafas, a la usura y al cobro compulsivo de negociantes morosos. Sus diversiones no difieren de la que se vieron en Quien golpea...: emborracharse, salir de golfas o cometer pequeños actos de vandalismo. La violencia estalla por motivos triviales y muchas veces de manera brutal. La agresividad está siempre presente en el grupo de supuestos amigos, a quienes vemos celebrar, insultarse, pelearse, reconciliarse, volver a celebrar, volver a insultarse y así hasta el infinito.

Charley parece querer despegarse de esa vida y tiene alguna pretensión de ascenso, aunque sea modesta, pero no podrá escapar al destino que lo ata a sus compañeros; y este tironeo entre la lealtad a su tío y el afecto que siente por Teresa y por el primo de ésta, Johny Boy (un psicopático Robert de Niro prefigurando alguno de los perturbados personajes que le esperan) le resulta irresoluble.

La catástrofe viene, justamente, de la mano de Johny Boy, un joven alterado, cuya capacidad de meterse en problemas sólo rivaliza con la de arrastrar a todos los que lo rodean. El tema de la deuda, que ya se insinuaba en Quien golpea, es aquí el detonante de la tragedia. Jhony Boy se deuda hasta el absurdo con Michael (Richard Romanus), un prestamista usurero que se impacienta con su poca disposición al pago y su tendencia a faltarle el respeto. Charley intenta mediar, aprovechando la posición que el da ser sobrino de Giovanni, pero Johny Boy, lejos de aprovechar la oportunidad, termina insultando a Michael y amenazándolo con un arma.

Error fatal. Hay que esconder a Johny Boy antes de que Michael se cobre la humillación. Charley, Teresa y Johny Boy huyen en auto pero no van muy lejos. De una esquina surge el ofendido dispuesto a cobrarse a los tiros.

Al inicio de la película se oye la voz de charley en off diciendo: "No compensas tus pecados en la iglesia, lo haces en la calle, lo haces en la casa. Lo demás es una mierda y tu lo sabes". Al final Charley se da cuenta que , efectivamente, los pecados se lavan en la calle, y con sangre...

El más malo de la cuadra

"Un pseudo punkito, con el acento finito, quiere hacerse el chico malo..." Si no fuera porque de punk no tiene nada, esta línea le calzaría perfecto a Michael Jackson en su pretensión de presentarse como líder de pandilla en el videoclip de Bad.

Niño caprichoso, con plata para pagarse sus juguetes caros, ya había llamado a John Landis (El hombre lobo americano [An American Werewolf in London, 1981]) para dirigir su video de licantropía (Thriller). Qué mejor, entonces, que llamar a Martín Scorsese para un video de pandillas, se habrá dicho Michael, sabiendo que su banca todo lo consiente.

Michael se viste de negro, pone gesto de "soy un peligro", mientras canta you know i’m bad, i’m bad... Ya en tren desenfrenado de parecerse a Diana Ross, o por lo menos a su propia hermana, se hace el malo y se menea, mas cerca de los Village People que del Gangsta Rap. ¿Y como hacer entonces, por mas voluntad y talento que se ponga, para que todo realismo no se vaya al demonio? No es tu culpa Martín.

Fantasmas en la calle

Si las calles pueden resultar peligrosas inclusive para los maleantes y aquellos que parecen tenerlas como hábitat natural, imaginarse que pasa con aquellos que no pertenecen a la misma, con los que juegan de visitante, y ver entonces cuan ominosas pueden ser su arquitectura y su fauna cuando alguna circunstancia del azar o del destino los pone entre sus vericuetos.

Póngase por ejemplo un yuppie del centro comercial de Nueva York, con una vida tranquila, segura y monótona, y colóqueselo toda una noche en el Soho, sin dinero, solo y a su suerte y teniendo que lidiar con los sujetos más estrafalarios que habrá podido encontrar hasta entonces. Eso es exactamente lo que le pasa a Paul (Griffin Dunne), el protagonista de Después de Hora (After hours, 1985), un procesador de textos que trabaja en una oficina y que lo más cercano a una aventura a lo que puede aspirar es leer a Henry Miller en un café.

Precisamente mientras se halla sumergido en tal actividad, luego de un día de trabajo como todos los demás, Marci, una chica muy bonita (Rosanna Arquette) elogia el libro (Trópico de Cancer), se le sienta en la mesa y le da su teléfono por si tiene ganas de comprar "pisapapeles con forma de panecillo". Paul llama horas después "interesado en los pisapapeles" y la chica lo invita a visitarla esa misma noche. Paul ve la obvia oportunidad de ligar y ahí se dirige presuroso ¿Y quién podría culparlo?

El problema es que lo que pintaba para una noche de diversión y sexo fácil se transforma pronto en una pesadilla desquiciada. Para empezar, se le vuela el dinero por la ventanilla del taxi (imaginarse a un yuppie sin dinero), cosa que no le causa la menor gracia al conductor, Marci demuestra rápidamente que mas que una loca linda es una perturbada grave, y cuando trata de huir se da cuanta de que no puede volver a casa por que no tiene con qué, y las personas que aparentan querer ayudarlo se sacan rápidamente la máscara de amabilidad para mostrar un rostro hostil y persecutorio.

Después de dar vueltas inútilmente por una ciudad increíblemente vacía y laberíntica, conocer a personajes absurdos y escabullirse con mayor o menor suerte o dignidad de situaciones potencialmente peligrosas, termina perseguido por una turba enfurecida que lo busca para lincharlo. Todo se va trastornando paulatinamente mientras asistimos con los ojos azorados de Paul a un curso de acontecimientos que se va de madre sin que este pueda hacer nada para evitarlo. Sus perspectivas se van degradando cada vez más: al principio quería encamarse, después se conforma con volver a casa y finalmente estaría feliz si pudiera conservar la vida. La pesadilla de un burgués de clase media en su punto más alto.

Ahora, si queremos a un tipo en estado de ajenitud o extrañamiento ahí está Travis Bikle (Robert De Niro) en Taxi Driver (1976). No porque esté extrañado de la vida en las calles. Está más bien extrañado del mundo, alienado mejor dicho, de todo y de todos. ¿Por qué? La respuesta más simple es porque está loco; Y, si bien esto no deja de ser correcto, ya veremos que la cosa es un poco más complicada.

Travis se hace taxista porque padece de insomnio (síntoma habitual en psicóticos a punto de brotarse). Necesita hacer algo y tener la mente ocupada ya que no puede dormir y se le ocurren ideas raras. Ahora, claro, hacerse taxista nocturno en Nueva York, no discriminar a quien se sube, sean trastornados, fiolos o delincuentes comunes, y viajando a cualquier sitio, desde el Bronx a Harlem, no es lo más adecuado si se quiere mantener la cabeza sana.

Todo esto no hace más que reforzar su extrañamiento del mundo y enfrentarlo a lo peor del mismo. Allí Travis convive con las criaturas de la noche: prostitutas, fiolos, ladrones, pordioseros, traficantes, drogadictos... Para Travis son la lacra, basura, monstruos, y clama por una fuerte lluvia que limpie las calles de toda esa mugre.

Entre toda la roña. Travis descubre, o cree descubrir, alguien distinto: Betsy (Cybill Shepherd) a quien descubre por casualidad y describe como "un ángel" y a quién los demás "no pueden tocarla". Betsy trabaja en la campaña de un candidato a presidente. Travis la identifica enseguida como un alma gemela, la espía, y finalmente se decide a invitarla a salir, pero su alienación no le permite conectar con ella ni comprenderla, ni siquiera puede entender porque ella se ofende cuando él la lleva a un cine porno en su primera (y única) cita porque no puede captar lo insultante, ni siquiera lo presuntamente sugerente, de semejante ocurrencia.

Travis comprende que está solo y que, además, tiene una misión. Se prepara haciendo acopio de una cantidad inusitada de armas de fuego, practicando tiro, entrenándose físicamente y elaborando técnicas de combate dignas de un marine. Ahí está la famosa escena del "¿me estás hablando a mi?" que, vista después de cuarenta veces, sigue golpeando como la primera.

Igualmente Travis no tarda en identificar otro objeto y lo encuentra en Iris (Jodie Foster), una prostituta de 12 años, manejada por Mathew, alias Sport (Harvey Keitel), un fiolo con pinta de hippie decadente. He aquí un buen lugar para dirigir la misión purificadora, porque Travis quiere una lluvia que limpie las calles, hasta que descubre que esa lluvia... es él.

Travis supone, o construye en su mente, un pedido de ayuda de parte de Iris, y se dispone a rescatarla: Primero trata de hablar con ella pero se produce el dialogo de sordos que ya vimos con Betsy donde ninguno de los dos puede entender, ni siquiera acercarse, a las razones del otro, y Travis decide pasar a la acción. Va a buscarla al hotel donde trabaja, armado hasta los dientes y en el camino desata una carnicería maravillosa que hubiera sido coronada con su propia inmolación si no fuera que, de tanto repartir tiros, el justiciero se quedó sin balas. Cuando llega la policía, encuentra a Iris en un rincón, aterrada, un pequeño pero impresionante grupo de cadáveres, sangre que salpica las paredes y a Travis disparándose simbólicamente con el dedo ensangrentado en la cabeza. ¿Muerte y resurrección?

Y aquí es donde la cosa se trastorna de veras, si eso todavía es posible, porque, si Travis está loco, resulta que la sociedad está más loca que él ya que ve en el acto mesiánico y delirante de un psicótico, una acción heroica, y Travis es condecorado y saludado por la prensa como salvador. Claro es que su arrebato se produjo contra lo que la comunidad junto con él (curiosa coincidencia) consideran la mugre de la sociedad. Lo interesante es que previo al hecho había tratado fallidamente de atentar contra la vida del candidato a presidente, logrando huir sin ser identificado. ¿Cómo hubiese sido considerado si hubiera tenido éxito?

Travis vuelve triunfante a su trabajo, parece estabilizado pero esa mirada persecutoria y ese rostro no presagian nada bueno.

Los monstruos que acosan a Travis se convierten en fantasmas para Frank (Nicholas Cage) en Vidas al Limite (Bringing Out the Dead, 1999), fantasmas internos y de los otros. Frank es paramédico y trabaja de noche en Nueva York arriba de una ambulancia atendiendo urgencias, y si queríamos un trabajo tanto o más estressante y alienante que el de taxista, aquí tenemos uno...

Trabajo que tiene sus compensaciones, como salvar una vida, algo que produce un goce parecido a ser Dios. Claro que cuando alguien se te muere es una situación angustiosa, y Frank hace tiempo que no puede salvar a nadie y los pacientes se le escapan de las manos.

Frank empieza a ver los fantasmas de aquellos a quienes no pudo salvar, en particular el rostro de una joven, que le reprocha no haberlo ayudado. Al igual que Travis, Frank no puede dormir y deambula con los ojos abiertos y duros, con aspecto descuidado y con una expresión de estupor permanente.

Algo que parece darle cierta esperanza es lograr mantener en vida, aunque en coma, al padre de Mary (Patricia Arquette), una joven adicta con la que entabla una relación de amistad y protección. El problema es que, transcurridos los días sin poder despertarlo, el padre empieza a comunicarse con Frank vía pensamiento y le pide que lo mate y termine con su sufrimiento.

Las noches de Frank se van sucediendo una peor que la otra, y para colmo sus compañeros de la ambulancia tampoco lidian de una manera muy sana con la situación. Es antológica la escena en que Frank, junto a un compañero entusiasmado hasta el delirio con su tarea, van a las chapas por las calles, haciendo sonar la alarma, tomando ginebra, y con los rostros más trastornados y poco confiables que uno quisiera ver en quien está para salvarte la vida. Como si anduvieran a la búsqueda de sangre no para impedir su perdida sino para tomársela toda. Y todo esto al ritmo de "Janie Jones" de los Clash. Un viaje alucinado y alucinante.

Alucinadas son también las escenas de la guardia del hospital, lugar pesadillesco, más parecido a un infierno histérico que al ascético templo de la salud. Toda la película está contada en un tono cuasi onírico, estuporoso, de duermevela o más bien de falta de sueño, en donde la mirada atónita de Frank se va transformando lentamente en la nuestra.

Después de casi tocar fondo, Frank encuentra la calma por la vía paradójica. En una misma noche le salva la vida al dealer que provee a Mary, y a Noel (Marc Anthony), un ciruja demente que se la pasa toda la película intentando y rogando que lo maten. Pero fundamentalmente la consigue ayudando al padre de Mary a bien morir, en vez de prolongar inútilmente una vida atada a tubos y máquinas.

Frank se reconcilia con los fantasmas y, después de comunicarle la noticia a Mary (quien ya la esperaba), se recuesta en su regazo para poder por fin descansar.

De ascenciones meteóricas y caídas estrepitosas

Scorsese gusta de contar historias de ascenso y caída, carreras alocadas hacia el éxito que terminan estrellándose. Biografías de tipos que saben subir hasta lo mas alto pero no mantenerse arriba, y no pueden evitar caer en picada. Es lo que había hecho en Toro Salvaje, historia del boxeador Jack la Motta, desde las calles a la gloria y de la gloria al escarnio. Y es lo que probablemente haga en su próxima película, si es que se confirman las noticias que lo vinculan al proyecto de filmar la vida de Howard Hughes, magnate norteamericano que terminó encerrado en su mansión, victima de la paranoia y de un temor delirante al contagio proveniente de cualquier materia orgánica o inorgánica con la cual pudiese entrar en contacto. Una Materia Prima ideal.

Es lo que cuenta además en dos de sus películas de los 90: Buenos Muchachos (Goodfellas, 1990) y Casino, con la particularidad de que no se trata de cualquier carrera, sino de carreras criminales: otra vez los adorables gangsters de Scorsese, pero que esta vez no se conforman con quedarse en el escalón bajo de la jerarquía mafiosa, aunque salgan de allí, sus ambiciones los llevan mucho más lejos, y son esas mismas ambiciones las que los pierden.

En Buenos Muchachos, Henry (Ray Liotta) ya de niño formula su deseo más intenso a poco de comenzar el film: "desde que recuerdo, siempre quise ser un gangster". Un deseo de tal peso que se lleva por delante todo lo que se interponga: castigos paternos, advertencias escolares, llantos maternos. Todo para que el pequeño entusiasta comience a dando sus primeros pasos como mandadero de los mafiosos, conozca a la gente adecuada y saboree los primeros privilegios de pertenecer al sindicato de los "vivos" (wiseguys), lo que despertará aún más su embriaguez por esa vida y su apetito por hacer carrera. Henry se pone al servicio de Paul Cicero (Paul Sorvino), Paulie para los amigos, un padrino con poder y banca. Se relaciona con Jimmy (Robert De Niro) un gangster de prestigio, que en cierto modo lo apadrina y se convierte en su maestro además de amigo, y con Tommy (Joe Pesci), un maníaco tan gracioso como peligroso. Henry, Jimmy y Tommy, socios y compañeros de crímenes, se convierten en un trío feliz, que comparte todo: desde botines millonarios, drogas y farras con putas y amantes, hasta cumpleaños de los nenes, almuerzos en familia y salidas con esposas legítimas, pasando por asaltos a mano armada, asesinatos y excursiones nocturnas para enterrar algún fiambre molesto.

En Casino, Sam Rothstein (Robert de Niro), apostador de caballos y estudioso obsesivo de los juegos de azar, descubre, al igual que su paisano Moisés, la tierra prometida en el desierto, este paraíso queda en el medio del desierto de Nevada, se llama Las Vegas, y ahí si que saben adorar al becerro de oro. Esto último no le hubiese gustado tanto a Moisés pero a Sam le encanta ya que ve la posibilidad de ganar mucha, pero mucha plata. Sam es una pieza preciada por los jefes mafiosos por su capacidad para predecir resultados de las apuestas, ganando su confianza, por lo que es enviado a Las Vegas a dirigir un Casino; asunto que se toma muy en serio logrando producir ganancias cuantiosas.

Tanto en Buenos Muchachos como en Casino, todo marcha bien y somos todos amigos y hermanos mientras el dinero entre y los problemas se solucionen a punta de revolver pero de manera discreta. En ese caso todos disfrutan alegremente de su fortuna, haciendo gala de una capacidad para la ostentación y el mal gusto realmente envidiables. Se  habrá visto esos vestidos chillones y maquillaje ultracargado de las mujeres de los mafiosos, esa decoración en las casas y, por dios, esos trajes... Cuando un Henry adolescente llega orgulloso a su casa, con su traje recién comprado y pregunta alegre "¿qué tal?", su madre no puede evitar decirle "hijo, pareces un gangster". En Casino, Sam se enamora de Ginger (Sharon Stone), una chica preciosa pero arribista, que se casa con él por la plata y lo hace gastar fortunas en joyas, pieles, vestidos, autos y hasta en pasarle dinero a su ex amante.

El problema ya se había definido en Casino, cuando se describe la conducta de los jugadores cuando llegan a determinado momento "los mata la codicia¨ y toda sensatez desaparece. Esto se aplica también a nuestros gangsters. La codicia los hace perder la discreción y hasta la confianza. En Buenos Muchachos, después de un golpe importante, algunos de los participes, a pesar de las advertencias de cuidado, se compran inmediatamente autos lujosos, un abrigo de visón para sus esposas y reparten fajos de billetes como quien distribuye volantes. En Casino llega a la ciudad un viejo colaborador de Sam: Nicky (Joe Pesci, en un personaje tan exaltado y peligroso como el de Tommy en Buenos Muchachos) a hacer su negocio. Sam, a pesar de trabajar para la mafia esta obsesionado con lograr una imagen de respetabilidad y por eso se enferma con la precencia de Nicky, que viene con una premisa muy clara: "vinimos aquí a robar". Y Nicky roba a manos llenas, despertando la reticencia de los jefes por su falta de discreción y su incapacidad de controlar el gatillo. Mientras tanto Ginger, que no ama a Sam, no se permite abandonarlo porque su codicia le impide hacerlo sin haberle sacado todo lo posible. Será su avidez e irracionalidad la que termine arrastrando a todos.

En ambos films vemos que, con tanto escándalo, las autoridades no tardan en echar el ojo en el asunto y entran en escena persecuciones de coches policiales, helicópteros, micrófonos... la paranoia corre y ya nadie es amigo. Los muchachos "la jodieron". Y cuando las papas queman la necesidad de salvar el pellejo es mas fuerte que cualquier prurito y los muñecos empiezan a caer. Fascinantes son las escenas en que se empiezan a eliminar a los ex compañeros molestos y se empiezan a descubrir los cuerpos en lugares y posiciones varias. En Buenos Muchachos acompañado por la música de Layla (Eric Clapton) y en Casino por The House of the Rising Sun (The Animals). Verdaderos ballets rockeros de balazos y cadáveres.

Harry y Sam, habiendo conocido la gloria, habiendo tocado el cielo con las manos y habiéndose quemado las alas, ven interrumpidos sus sueños y se desploman. Pero, atentos a su supervivencia, antes que la cárcel o las balas, buscan una retirada aunque sea deshonrosa, y optan por otro infierno: el de la mediocridad.

Ambas películas están contadas con un montaje ágil y narraciones en primera persona que le dan aún más dinamismo. Con un uso muy grafico de la banda sonora, donde los temas de rock y pop ilustran o subrayan las situaciones y con un humor tan negro que no se puede evitar mezclar la risa con el espanto.

Los personajes, más que en otras películas del mismo director, alternan la simpatía y la amenaza, la amistad y la traición, la solidaridad y la crueldad, la consideración y el cretinismo, pasando de otra con una rapidez a prueba de reflejos.

Muchos de los temas y recursos de estas películas se retoman en Pandillas de Nueva York: La necesidad de sobrevivir y hacerse un espacio, la carrera del delito, el compañerismo, la traición. Al igual que Jimmy a Harry en Buenos Muchachos, Bill "el Carnicero" (Daniel Day Lewis) toma a Amsterdam (Leonardo Di Caprio) a su cuidado y padrinazgo, convirtiéndolo en su principal discípulo, sin saber que es el hijo de su antiguo rival, muerto por su propia mano. Pero aquí el enfrentamiento y la traición vendrán no de la mano de la codicia sino del ansia de venganza.

Todos los elementos están dispuestos: Scorsese está de vuelta, de vuelta en las calles, de vuelta con sus pandillas y de vuelta con esas esas historias que él, como nadie, sabe contar. (*)

Martín Scorsese durante la filmación de Kudun.

 

(*) Fuente: Artículo publicado originalmente por Ricardo Ottone en Revista Cadáver Exquisito.