Luces y sombras chocan en las calles. La ciudad que amanece
no es la que se jacta de sus grandes edificios, o de las casas
de fachadas armoniosas. Es la urbe, entre cuyas calles los
jóvenes desparraman su angustia, sus sombras que no ven un
nuevo día.
En la ciudad como margen, en el vecindario, en la arquitectura
pobre de la sofocación, vive Rusty James (Matt Dillon). Respira
nervioso, con su nostalgia por un bien extraviado, arrebatado
por alguna fuerza que no alcanza a entender. Vive en la espera
de lo perdido, y en un desierto, no de ondulantes dunas, sino
de cemento agobiante. Padece la desertificación del sentido,
la ausencia de una identidad clara, de un futuro de colores
gratos.
Son los primeros latidos de La ley de la calle
(Rumble fish, 1983) de Francis Ford Coppola, inspirada
en una novela de Susan Hinton, que fue precedida por otra
adaptación de una obra de la misma autora: Rebeldes
(The outsiders, 1983) (1).
En el inicio de Rumble Fish, su estética en
blanco y negro no parece prometer destellos de un simbolismo
extraño o poético. Por el contrario, todo en el comienzo insinúa
un hastío adolescente
que busca fortalecer un yo aún precario, nebuloso;
y que remite, de forma inevitable, al clásico antecedente
de este género: Rebelde sin causa (2).
En un comienzo, la única vía de construcción de una
identidad que parece ofrecérsele a Rusty James es la de la
confrontación, el choque violento con Biff Wilcox (Glenn Withrow),
el líder de una pandilla enemiga. El combate contra un enemigo
es el primer camino para la construcción de sí cuando
no existen otros modos de creación o crecimiento reales. En
un billar, el billar de Benny (atendido por el legendario
Tom Waits), Rusty acepta el reto para "hacerse
hombre", al
decir de su amigo Midgret (Larry Fisburne). El primer centro
del film anticipa así una historia más de adolescentes
atribulados, todavía no integrados a un entorno hostil. Un
itinerario de rebeldías juveniles y de búsqueda de contención
e identidad en un grupo o entidad colectiva mínima: en una
pandilla que Rusty James pretende liderar y que, a diferencia
de otras modalidades de estas agrupaciones, lo que prevalece
en ella es un difuminado sentido del honor, de lealtad, un
hambre de un ideal de vida libre y más vital (3).
La energía idealista que abriga la pandilla de Rusty James
danza en derredor a la idealización de un líder ausente: su
hermano, El Chico de la Moto (Mickey Rourke), antiguo rey
de las peleas entre pandillas; por eso, los planos que encuadran
el cartel que recuerdan: The motorcycle boy reigns (El
Chico de la Moto reina).
La afirmación del yo juvenil mediante su integración
en la agrupación pandilleril, fracasará no sólo
por su violencia estéril, sino también por su
propia disolución por el veneno alucinógeno
de las drogas.
Rumble
fish no gira en torno a una nueva versión de
la insatisfacción juvenil, sino que oculta un profundo
simbolismo, y vivos latidos de fuerza poética. La transmutación poética del
aparente prosaísmo callejero comienza con la escenificación
teatral del duelo, del combate entre pandillas. Desde la antigüedad, la escena teatral es apertura a un lugar
otro, que supera la repetición insípida de lo cotidiano o
profano. La pelea elevada a acto teatral se anuncia ya por
el descenso a un lugar vacío, subterráneo, un escenario ajeno
a los ojos de la ley y la libre circulación pública. Entonces,
precedido por la inesperada aparición de palomas y
el paso sigiloso de un gato, estalla el combate donde realismo
y fantasmagoría se compenetran. Un tren irrumpe súbitamente
entre luces desaforadas que ocultan su verdadero lugar de
origen. El choque entre los cuerpos se enciende en un vértigo
de luminiscencias enceguecedoras; el agua fluye enloquecida
desde una cañería que rompe Rusty entre sus movimientos felinos
y combativos y el resplandor y la brusquedad de los rayos
de una tormenta que, como en un paisaje mitológico, acompañan
el fervor de la violencia. En esta mise en scène de
rasgos paganos regresa el esperado e idealizado Chico de la
Moto. Y, en un primer gesto de un heroísmo justiciero (cuya
complejidad que se irá ahondando en el film), lanza su moto
sobre Biff Wilcox como castigo por su artera villanía, por
su aprovecharse de un momento de distracción de Rusty para
tajar su vientre y conseguir un espurio triunfo.
La atmósfera fantasmagórica del combate es un anuncio:
tras la apariencia de linealidad de la historia
narrada, se oculta un hondo espesor de sentidos.
II.
Rumble fish abriga
un tejido de conflictos que, acaso, ocultan un único lugar
de salida, como luego se verá. Un primer jirón conflictivo
brota de la distancia entre las pandillas y su sueño de pertenecer
a una comunidad, a un grupo que contenga y fortalezca el yo,
y disipe la soledad.
Pero la conflictividad prosigue con nuevas modulaciones: el
conflicto entre el sueño de la juventud eterna y la violencia
del tiempo. El paso temporal emerge como fuerza destructora,
como tiempo cronos. La omnipresencia de la variable
temporal y sus efectos hormiguean en el film mediante el sonido
del tic-tac que introduce la banda experimental de Steward
Copeland (batería de The police) en varias escenas
claves.
El paso inexorable del tiempo se manifiesta desde un
doble registro de signos naturales y artificiales. En el primero
grupo sígnico el tiempo es velocidad, desplazamiento vertiginoso.
Esto se evidencia mediante el efecto de aceleramiento de las
nubes (ya en los primeros planos del film) que también descienden
al ras del suelo; para manifestar así la universalidad de
un mismo tiempo que domina el cielo y la tierra. Es también
el vértigo temporal que, como reflejos centelleantes, corre
sobre los cristales de edificios y de la fundamental tienda
de mascotas, o de la puerta del billar de Benny, mientras
Smokey (un joven Nicolas Cage) discute con Rusty por la posesión
de Patty (una bellísima Diane Lane), la supuesta novia
o ex-novia del joven James.
Y el tiempo se metamorfosea en sombras que descienden rápidamente
sobre escalinatas y paredes bañadas por una luminosidad intensa,
que se compenetran con las zonas de oscuridad en expansión.
Y generan así un vivo contraste que recuerda el cine expresionista
alemán, o la relación luz-sombra que esmalta el celuloide
en El Proceso (The trial, 1963), o Macbeth,
de Orson Welles. Y el fluir temporal se expresa asimismo mediante
la luz diurna que velozmente cede su lugar a la noche mediante
el efecto de aceleración de las imágenes.
Pero los signos artificiales del tiempo poseen una importancia
similar a los signos naturales que representan lo temporal.
En este nuevo conjunto sobresale el tiempo-medida expresado
simbólicamente por la repetida aparición de los relojes. Es
el tiempo como control, como cuantificación artificial de
la corriente temporal en sí misma no cuantificable.
La potencia ordenadora de los relojes, sus estrictos
plazos temporales, es el limo para una nueva forma de conflicto:
el eros (asociado a la vida, la mujer, lo femenino)
enfrentado al tiempo-cronos, el tiempo de la hoz que
mide y mutila toda ondulación de una energía libre. En este
enfrentamiento el eros se encarna en la corporalidad
femenina, en la presencia sensual y provocativa de Patty,
que contrasta con la mecánica frialdad de los relojes.
Esta dualidad de opuestos no complementarios irrumpe en escenas
particulares como la de la ensoñación de Rusty James en la
escuela durante una clase de matemáticas. El aprendizaje matemático
es afín a la internalización del número-medida, a la cuantificación
de un tiempo ceñido, pautado, que combate la sensualidad que
irradia una Patty que, en traje de baño, yace sobre un mueble
junto a otro reloj. Contigüidad del conflicto entre eros-mujer
(energía liberada del goce) y el reloj-control (cartesianismo
represor de lo instintual) que se reitera en otra escena también
dentro del ámbito escolar, como lugar simbólico de las normas
coercitivas. En el taller de la escuela, frente a un Rusty
James abocado a la manipulación de una máquina, en su condición
de circunstancial aprendiz de lo mecánico sin placer, Patty-eros
irrumpe nuevamente junto a un nuevo reloj.
Otro conflicto nace en el choque entre el ideal poético de
libertad de El Chico de la Moto y la cultura de la mecanización.
La dupla de personalidades opuestas que encarnan esta tensión
son el policía Patterson (William Smith) (4) y El Chico de
la Moto. Ambos se encuentran en una escena-símbolo fundamental,
separados por Rusty.
La trilogía de los personajes tiene como trasfondo una camioneta
(señal del trabajo productivo) que soporta el peso de un gran
reloj de campanario, sin agujas (signo tal vez de un tiempo que
no se moverá hacia algo distinto, y que no cambiará así su
condición de cálculo y control del paso
temporal y, por tanto, de represión de un tiempo no medido
como otium, de un tiempo como
puro discurrir del ocio creador y del placer). El policía
(la autoridad asociada al orden-medida, al reloj-control)
niega con seco y preciso laconismo toda condición heroica a
El Chico de la Moto. Lo acusa de ser una farsa. Un mal que
él debe exorcizar. Una ficción creada por la juventud
confundida, que por sus propias debilidades intrínsecas, necesita
apelar a la creación compensadora de falsos ídolos.
El conflicto se alza también entre los propios hermanos a
través de su fuerte diferenciación de caracteres. Rusty James
goza con la prolongación de la adolescencia. Teme la
soledad. Y busca un abrigo protector en la multitud, o en
orgías donde el placer es fugaz olvido de la propia angustia. Es la personalidad de la
medianía, de la común confusión adolescente que, en
este sentido, se diferencia fuertemente de su hermano. El Chico de la Moto
tiene sólo veintiún años. Sin embargo,
luego de su regreso de California parece un sujeto avejentando,
de una rara sabiduría precoz, y signado por un cúmulo de singularidades:
una sordera parcial, un carácter solitario, una fuerte tendencia
introspectiva. Sus pensamientos parecen sumergirse en una
profundidad siempre vedada para los otros. Y también lo singulariza
su daltonismo, su incapacidad para distinguir con claridad
los colores. Rusty construye el vínculo con su hermano no
mediante la visión del otro en tanto ser humano real sino
mediante un prisma de idealizaciones. Así, quiere ser
como su idealizado hermano cuando sea viejo. Pero, en el billar
de Benny, un jugador negro le advierte que entre él y su hermano
siempre habrá una distancia infranqueable. Mientras
el resto de los jugadores se divierten en medio de una gran
barahúnda, El Chico de la Moto piensa. En soledad.
En el misterio de una idea oculta en su mundo propio. Su pensar,
su ver algo que los otros no ven, lo acerca a la singularidad
del visionario. Por eso, el jugador negro le insiste a Rusty:
nunca podrá ser como su hermano porque éste es un "príncipe",
un ser de otra jerarquía sensible, acaso un resabio de una
época pasada más lúcida o vidente, que justifica la última
caracterización que el interlocutor de Rusty le endilga a
su hermano: El Chico de la Moto es "una realeza en el
exilio" (5).
III.
Luego
de su regreso, El Chico de la Moto le narra a su hermano su
viaje a California. Es en principio el que parte como un peregrino
hacia una ansiada tierra prometida de promisión, hacia un
perdido axis mundis, un santo sepulcro de revelaciones
que puedan devolver un sentido colapsado y agonizante. La
verdadera meca de su viaje era el océano, el mar, las aguas
libres, de las salvajes espumas. El lugar de lo amplio, de
la vida-plenitud. Pero entre el viajero y el océano se interpuso
California. El viaje se inició en un desierto del sentido,
en un vecindario pobre, donde los jóvenes se ahogan en la
ilusión de una fraternidad pandilleril. El hermano de Rusty
buscaba el gran mar. Y frente a la mención de California,
el territorio de ensueño, Rusty libera nuevamente sus idealizaciones.
California: tierra de palmeras, playas soleadas con bellas
mujeres, y la música festiva, relajada, de los Beach Boys.
Pero el Chico de la Moto decapitará su fantasía. California
"es como una
mujer bella y salvaje que se destruye por las drogas, y muere,
agoniza, sin saberlo".
California brillaba al principio como promesa de la gran reforma
contracultural: el pacifismo, el retorno a la vida natural,
el fervor por la belleza y lo no utilitario, y el consiguiente
desprecio al culto capitalista del Dios-dinero. Pero la contracultura
fue un sueño. Una breve lluvia iridiscente de verano. Cuyas
nubes doradas se eclipsaron entre visiones alucinógenas.
Sin verdadera sabiduría. Sólo sobredosis destructoras.
IV
En el desierto sin sentido, en la luna que sólo muestra su
lado oscuro, es necesario inventar líderes que devuelvan la
luz. Una necesidad que proyecta Rusty en su hermano. En una
tienda, Rusty y El Chico de la Moto descubren una revista
donde éste último aparece en una fotografía, en pose heroica,
sobre su motocicleta, cual si fuera un caballero presto a
cumplir una misión nimbada por un romanticismo redentor. Es
la imagen que hace visible el proceso psíquico-simbólico que
construye a El Chico de la Moto como individuo que actúa
bajo un arquetipo, un arquetipo heroico, que lo guía
más allá de su individualidad limitada. De ahí
quizá la ausencia de un nombre propio, y de su denominación
genérica: El Chico de la Moto.
La heroicidad del hermano de Rusty se entrelaza con el recuerdo
de Robin Hood; y del flautista de Hamelin, capaz de atraer
a una multitud, merced al hechizo de su flauta y de su carisma.
Y, para Rusty, El Chico de la Moto ya es el líder-flautista
en acción. Y por eso visualiza su futuro, nuevamente, desde
un deseo mimético: cuando sea viejo desea ser igual a su hermano.
Mientras tanto, se contenta con el privilegio de ser su aliado
para dominar un territorio, para construir una confraternidad
ligada por un vago sentimiento de honor y de repudio de la monotonía.
Pero frente al retorno de la proyección idealizante de su
hermano, El Chico de la Moto le aclara: "Si vas a guiar
a alguien tienes primero que saber adónde ir". El Chico de
la Moto es la mirada lúcida que no puede convivir ya con el
autoengaño: sabe que el liderazgo es una necesidad humana,
un rol y una ficción necesaria. Como individuo, como persona,
El Chico de la Moto quisiera escapar de su predestinación
heroica; esto lo liberaría de la responsabilidad del
liderazgo. Pero aunque lo quiera, no podrá librarse de ese
peso. Por eso también sabe que si la voz del liderazgo
es real, el líder sólo hablará en un momento preciso,
y a un oído capaz de escuchar, y no a una multitud sorda y
confundida.
V
La función oracular en el mundo antiguo consistía en la revelación
profética del futuro. Como es sabido, su modelo ejemplar es
el oráculo de Delfos. Pero más allá de la precognición
o la anticipación del porvenir, lo que subyace en esta experiencia
es un ver con más lucidez una realidad vedada. La réplica
secularizada y moderna de la profecía visionaria arcaica es un ver,
en lo presente, lo no evidente.
Desde esta perspectiva,
Rumble fish contiene un tejido o continuum
de voces oraculares. Dentro de esta estructura afloran diversos
ejemplos. Benny (Tom Waits), el dueño del billar, detrás del
mostrador de su negocio, se yergue bajo un reloj, y un cartel
que indica la cambiante suerte de los jugadores. Y entonces
anuncia: el tiempo es gracioso, especial. No se lo piensa
en la juventud, pero, luego, su aparente lentitud se acelera
al punto de deshacer sin piedad los frescores juveniles. La
palabra oracular aquí actúa como conciencia de la fugacidad
temporal. A su vez, Benny contesta una pregunta que Rusty
le formula sobre la locura, sobre la presunta insania que
algunos sospechan en su hermano, El Chico de la Moto. Benny
responde que alguien es loco cuando muchos creen que lo es.
La locura es así un hecho estadístico. Una construcción
colectiva. Una anomalía determinada por el juicio social.
No hay huella aquí ya de la manía o locura divina entre
los antiguos griegos. La locura no es sustancia o esencia,
es región estigmatizada desde aquello que una época no entiende.
Las voces oraculares se suman y entretejen. Y se anclan a
veces en remisiones a lo mitológico griego. A la salida de
su casa, Rusty se encuentra con Cassandra (Diana Scarwid),
una bella y joven maestra, amiga-amante de El Chico de la Moto.
Con ella se encuentra también después en un
lugar de diversiones, ámbito de lo lúdico, de
la salida del tedio y la tensión donde comparten un
breve baile sensual, que refuerza el vínculo entre ambos. Y
Cassandra ama la lectura, lo cual, más
allá de una atracción física, la une con la precoz sabiduría
del Chico de la Moto, que también es sensible al placer de
los libros. Casandra, en su horizonte mítico griego, es hija
de los reyes de Troya, de Hécuba y Príamo; es sacerdotisa
de Apolo. Rechaza las demandas sexuales del dios. Y cae entonces
sobre ella la maldición de poseer el don de la profecía, de
ver con claridad el futuro. Pero nunca nadie creerá sus vaticinios.
La aparición de Cassandra, de lo femenino próximo a El Chico
de la Moto es quizá indirecta señal que profetiza un
inminente y cercano desenlace trágico.
Stevie es otro significativo personaje. Su aspecto formal,
pulcro, siempre munido de sus anteojos, lo identifican con
la intelectualidad, la cordura, la normalidad, la mesura;
lo opuesto a la tendencia explosiva de la juventud inmersa
en el submundo de las pandillas. Sin embargo, mantiene una
sólida amistad con Rusty. Pero su vínculo es ambiguo. Es admiración
y rechazo: admira por la rareza del nebuloso romanticismo
de Rusty y su hermano. Y con diligente empeño documental
deja constancia de esa rareza en una libreta de anotaciones.
Anota los hechos de los hermanos James con la pasión
de un naturalista. Pero, en un momento crítico, la
actitud admirativa cede al rechazo. La voluntad documental
de Stevie estalla finalmente, para reprochar a los dos hermanos
su aparente ceguera ante una realidad evidente: las pandillas
nunca fueron un camino hacia una realización posible; hacia
una vida más poderosa; siempre fueron brutal y elemental salvajismo.
Una degradación tallada por la desesperación. Y Stevie se
sorprende de que nadie aún no le haya volado los sesos
al Chico de la Moto con un escopetazo, por su condición
desquiciada. La lucidez-videncia, atributo constante del Chico
de la Moto, le hace escuchar la afrenta con impasibilidad.
Sabe que el joven de los lentes al fin ha visto la verdad;
la verdad cuyo peso él soporta hace tiempo. Y sabe
que verdad y locura suelen ser aliadas, el anverso y reverso
de una única moneda. Por eso, le recuerda a Stevie
que las culturas antiguas respetaban el estado de la locura
como expresión de un don temible, a diferencia de la
degradación de la palabra del loco a una oscuridad
no comprendida por el hombre moderno (6) (como Benny, desde
su función oracular, le reveló antes a Rusty).
El padre de los hermanos James (Dennis Hooper) profiere también
una voz oracular de alta significación. Irrumpe por primera
vez en un plano donde lo acompaña un perro sólo visible mediante
la sombra que proyecta en una pared. El perro: para nosotros
mascota doméstica. Pero para las culturas antiguas, en cambio,
es símbolo de lo funerario, del paso a un más allá, del acceso
a otra mirada del mundo (7). El padre es
quien comprende y revela
que su hijo, el Chico de la Moto, es víctima de un ver más
allá. Lo mismo que su madre, que abandonó hace años la familia.
Ausencia abrupta cuyo primer efecto fue la borrachera del
esposo; adicción que, desde entonces, lo incita a regresar
a la bebida. Y precisamente su relación con la ebriedad es
otro indicio de un trasfondo mitológico, de lo trágico dionisiaco,
de la fuerza del Dionisio creador de la vid. Cuya influencia
sólo superficialmente es confusión o dispersión. El verdadero
poder de Dionisio es conceder el don, a través de una inspiración
arrebatadora, de la visión de lo real y sus fuerzas más sutiles.
El padre entiende entonces que el verdadero móvil de la desaparición
de su esposa no fue la inmadurez, la incapacidad para aceptar
el rol tradicional de la maternidad, sino la imposibilidad
de respirar dentro de los límites de una sociedad sofocante.
Tanto la madre como el hijo, El Chico de la Moto, ven demasiado.
Han nacido en una época equivocada, y en medio de la pobreza.
Pueden imaginar grandes e imaginativos proyectos, pero sin
los medios para plasmarlos. No son expresión de una locura
regresiva, destructiva, aniquiladora (aunque estén
expuestos a ese peligro). Por el contrario, viven en el lugar
arquetípico de una subjetividad visionaria. Padecen el destino
fatal de poseer una percepción demasiada aguda, de un ver
demasiado agudamente en un tiempo superficial.
Y el propio Chico de la Moto es la voz oracular en su punto
más incandescente. En la casa de mascotas, que visita con
su hermano, contempla la pecera que contiene a los peces luchadores,
los rumble fish. Cuando éstos se encuentran en un espacio
estrecho combaten entre sí, e incluso arremeten contra su
propia imagen reflejada en un espejo.
Los rumble fish
se manifiestan mediante el vivo cromatismo del rojo y el verde
que quiebra la omnipresencia del blanco y el negro. Desde
su definición médica, el daltónico no aprecia los rojos. Paradójicamente,
el Chico de la Moto es el único que ve (en cuanto a
un acto de comprensión) la presencia de lo rojo como simbolización
visual del estado de violencia que surge de un vivir en la
pecera-estrechez, en un espacio cerrado, metáfora de la sociedad
que estrangula la vida y niega la salida a una existencia
amplia y expansiva.
VI
El continuum de las voces oraculares (como función
reveladora) alcanza su cenit en la videncia del Chico de la
Moto. En este sentido, en un principio, su hermano se muestra
como su opuesto, como la incapacidad para trascender la apariencia,
para sospechar una realidad extra-muros, un aire más vasto,
más allá de la frontera-vecindario, del límite-pecera, y de
la cárcel de la angustia adolescente. Pero las grandes transformaciones
acontecen desde la dinámica de lo inconciente. Junto con Stevie,
Rusty se adentra en una calle oscura. Allí, unos rufianes
les cortan el paso. Para consumar un acto de robo, uno de
ellos golpea salvajemente a Rusty en su cabeza; y éste
parece morir. Y accede entonces a una bilocación: su alma
abandona su cuerpo, flota, levita y, desde arriba, ve primero
su cuerpo derrumbado en la calle, y luego a su amada Patty.
Ahora es en dos lugares a la vez. Alma y cuerpo en dos sitios
distintos, pero a su vez ligados. Se repite así una antigua
creencia del folklore universal, o de las conocidas y actuales
experiencias de muerte clínica, donde quien regresa a la vida
luego de unos instantes de suspensión de los signos vitales,
dice atravesar una singular experiencia extracorpórea, semejante
a la de Rusty. Una experiencia atípica, inaceptable para nuestras
creencias culturales. Así, Rusty se desliza hacia una percepción
trasformada. Hacia una visión de un otro lado. Una primera
mutación que antecede a su transformación posterior, a su
posterior iniciación en lo sutil, y su continuación de la
percepción aguda de su hermano, que se consuma luego de su
muerte fatal, ineludible (prefigurada quizá por su
amistad con la hermosa Cassandra).
Y ese destino trágico se cristaliza. El Chico de la
Moto cumple su misión: la búsqueda íntima de una redención
(como el caballero Block en El Séptimo sello de Igmar
Bergman). El joven que ve libera lo encerrado. No puede
escapar, aun a su pesar, a ese acto heroico. La protección
y liberación de la verdad es la única justificación de un
individuo heroico; aunque este acto sea silencioso, no
comprendido e inadvertido para sus contemporáneos. El
Chico de la Moto destruye entonces jaulas
en la casa de las mascotas. Y aferra la pecera para llevarla
hasta el río, para devolverles a los peces al agua que desemboca
en el mar. Pero antes es detenido por la bala letal del policía
Patterson, el representante de ley ciega, que reprime la visión
de lo sutil. Pero los peces regresarán al mar. Porque Rusty
los devuelve a su patria verdadera, al agua versátil, profunda.
Y golpea luego la patrulla policíaca, golpea la ley, la fuerza
pública organizada para mantener la ceguera. Y por
primera y única vez su cuerpo se impregna con los colores,
con la otredad cromática de lo rojo, lo dorado, que pre-anuncia
la continuación del don visionario de su hermano, de su comprensión
simbólica de que lo encerrado genera violencia (representada
por la pecera-encierro de los peces rojos) y que es negación
de un lugar arquetípico de lo amplio y regenerador…
Del mar.
Antes de cumplir su destino, el Chico de la Moto le anuncia
a su hermano un camino de salida. Rusty debe tomar su moto
y viajar hasta la costa del mar. Y luego del regreso de los
peces a su hogar sin tenazas, luego de la incomprendida épica
de su hermano mayor, Rusty avanza veloz con su caballo-metálico
hacia los labios del océano. Hacia el mar de la eternidad
paradójica: hacia lo que permanece, pero no como inmovilidad
estéril, sino como un perdurar en el movimiento continuo de
las olas, en la blanca sinfonía de las espumas,
bajo las caricias suaves o bruscas del viento y de las luces
del sol. La eternidad dinámica y amplia del mar, opuesta al
tiempo destructor, de múltiples y repetidos signos en el film.