Introducción:
Pensar a través de la síntesis. Cosmovisión romántica.
Los
conceptos no son el único vehículo del pensamiento; los seres
humanos también podemos pensar (nos) y expresar el mundo o a
nosotros mismos a través de colores, de sensaciones, de sonidos, de
imágenes. El joven cineasta neoyorquino Darren Aronofsky es un
claro ejemplo de cómo esto es posible: su pensamiento no se hace
visible (sólo) en sus guiones o en sus adaptaciones de otros
textos, sino que éste "late" también –y quizás
sobretodo– en el montaje, en la edición, en la síntesis, en la
obra finalizada, en el todo. Sin que lo temático deje de ser
importante, a partir de su obra se puede reivindicar fácilmente a
la forma como contenido, descartando una concepción vacía y
puramente ornamental de la misma.
Si
bien en sus tres primeras películas (Pi, fe en el caos; Requiem
For a Dream y La Fuente) se hace patente la cosmovisión
de Aronofsky basada, principalmente, en una crítica romántica al
racionalismo, me centraré en la segunda de ellas. Aunque en dicho
filme los rasgos románticos se encuentren más agazapados que en Pi
o en La Fuente, entiendo que Requiem For a Dream
respira asimismo una atmósfera claramente romántica. De esta
manera, me aventuraré a desarrollar los rasgos del Romanticismo
que, a mi entender, se evidencian en Réquiem…, la
adaptación cinematográfica que Aronofsky realizó en el año 2000
de la novela homónima de Hubert Selby, Jr. (1978).
Requiem
for a dream: no es una simple
historia de excesos
Requiem
for a dream es un relato de la
soledad, de la incomunicación, de los sueños muertos, de la (auto)destrucción,
de las tragedias de las adicciones, de un pasado irrecuperable y de
un futuro imposible; es el relato del puro presente. Es la crítica
a ese puro presente, a la autominimización y autodestrucción del
hombre como las consecuencias inevitables a las que lleva la
hostilidad del mundo.
La
decadencia, el descenso al infierno de las drogas es pintado de una
manera tan visceral e innovadora que realmente estremece. No es una
simple historia de excesos.
Los
protagonistas están poseídos por las drogas. Harry (Jared Leto),
Marion ( Jennifer Connelly) y Tyrone ( Marlon Wayans) incrementan a lo largo del filme su adicción,
principalmente, a la heroína; mientras que Sara Goldfarb (Ellen
Burstyn), la madre de Harry, es adicta a la televisión y más
tarde a las anfetaminas –como un derivado de la primera droga ya
que, tras un llamado telefónico que la ilusionó con la posibilidad
de aparecer en su programa favorito, se obsesionó con adelgazar
para poder usar el vestido rojo que había lucido en la graduación
de su hijo.
Las
drogas son un recurso mediante el cual los seres humanos buscan
evadirse de lo cotidiano, de la tragedia de la vida. A través de su
(ab)uso logran esa evasión, al menos por un instante, por ese
instante en que son absolutamente felices gracias al borramiento de
la memoria, gracias a la promesa de la reparación que se cree
autocumplida. Pero después es otra vez el vacío, la profunda
soledad, el dolor; el dolor insoportable que se va con una nueva
dosis, que vuelve con el vacío y que se despide una vez más para
luego regresar.
Las
drogas constituyen la huída a través de la cual los personajes
descubren el inconciente (alucinaciones) y creen alzar el vuelo
hacia el misterio divino. Además de la luz blanca que cierra cada
secuencia que indica el momento de la incorporación de la
sustancia, es destacable, en este sentido, tanto el plano en el que
aparece Marion por primera vez en el filme mirando hacia arriba,
tomada desde un ángulo picado, como la escena en que Harry y ella
arrojan un avioncito de papel desde la terraza del edificio ajeno
mientras Marion habla de los problemas que tiene con sus padres y de
las dificultades para independizarse. También son significativas
las escenas de Marion frente al espejo (luego de drogarse, una
actitud desganada se convierte en la opuesta: respira profundo, alza
los brazos, parece elevarse) y de Harry en el taxi (se inyecta
heroína para dejar de llorar tras haber comprobado lo triste y sola
que está su madre).
Otro
aspecto importante a subrayar en relación al Romanticismo es el
descrédito hacia la Ciencia o, por lo menos, el dudoso e indefinido
lugar que la misma ocupa, en correspondencia con lo que Argullol
entiende como la tarea del movimiento romántico: mostrar los
cimientos de barro del gran edificio de la razón científica.
Las
vecinas le recomiendan a Sara un doctor para bajar de peso; luego,
en el consultorio, dicho doctor le receta unas pastillas sin
siquiera mirarla a los ojos. Cuando Harry visita a su madre para
avisarle que dentro de unos días le traerán un televisor nuevo
(escena que, a mi entender, anuncia la decadencia física y
emocional sin retorno), nota que Sara está tomando anfetaminas y le
aconseja dejarlas; ella se ampara bajo la prescripción médica y le
pregunta "¿Cómo sabes más de medicina que un doctor?".
Sara va camino a perder la noción de sí misma, no puede abstraerse
y comprender que su hijo está en lo cierto, está demasiado
enceguecida con cumplir el sueño de salir en televisión y, al
mismo tiempo, de ser querida. "Es un motivo para sonreír. Hace
que el mañana sea positivo."
Llegando
al final del filme, Tyrone lleva a Harry a un hospital porque el
brazo en el que siempre se inyecta heroína está infectado. El
doctor, al notar que se trata de drogadictos, los denuncia a la
policía en lugar de ayudarlos.
El
psicólogo, otro representante de la comunidad científica, se
aprovecha de Marion cuando ella le pide dinero prestado.
Cuando
internan a Sara, los enfermeros la alimentan por la fuerza mientras
conversan entre ellos de cualquier cosa, en vez de calmarla, de
explicarle, de tratarla bien.
Las
particularidades del amor romántico se observan principalmente en
la relación de Harry y Marion.
Siguiendo
a De Paz, el amor promete el fin del sufrimiento (cuando, camino a
Florida en busca de heroína, a Harry le duele el brazo, repite que
debe llamar a Marion, haciendo caso omiso de Tyrone, quien quiere
llevarlo a un hospital) pero, para ello, se requiere una unidad
absoluta e infinita. "(…) el amor deja de ser un fenómeno
humano para convertirse en un fenómeno cósmico (…)" Dado
que la plena fusión de dos seres individuales es imposible, dicha
promesa es irrealizable. Esto se ejemplifica claramente con la
alucinación de Harry (póster de la película) en la que, a pesar
de correr hacia Marion, quien se encuentra al final de un muelle,
nunca logra alcanzarla porque ella siempre desaparece antes. En la
escena del montaje de caricias en la pantalla dividida, cuando Harry
le dice que es la chica más linda, Marion le responde que es la
primera vez que esas palabras, ya oídas, tienen sentido ("A
vos te escucho"). El viviente siente al viviente, pero la
promesa del amor supremo, lleno de proyectos, irá rápidamente en
picada. El amor implica una dimensión de trágica imposibilidad.
Ahora
que escribo, noto que el objeto del amor romántico puede ser, a su
vez, la droga. "(…) el amor, aun dirigiéndose a cosas y
criaturas finitas, ve en ellas las expresiones y los símbolos del
Infinito, es decir, del Absoluto, de Dios" En Réquiem…,
la deidad es la droga (la heroína, la televisión, las
anfetaminas). Es a partir de la unificación con ella que los
personajes se olvidan de sí mismos y se sienten plenos.
"La
auténtica esencia del amor –dice Hegel en la Estética–
consiste en renunciar a la consciencia de sí, en el olvidarse
en otro de sí mismo, y sin embargo tenerse y poseerse a sí
mismo sólo en ese perecer y olvidarse."
En
la última secuencia, vemos cómo los personajes principales (solos,
muy alejados de su punto de partida, destruidos), todos acostados,
se van acomodando en posición fetal, metáfora de una regresión a
la infancia, de un deseo de retornar a ese momento en que las
capacidades del ser humano no son mensuradas, donde todas las
necesidades son satisfechas y donde todos los sueños están aún
por cumplirse. Harry, que perdió mucho más que su brazo infectado,
sueña con Marion. Sara sigue soñando con aparecer en televisión,
con las luces, con el vestido rojo, con "ser alguien", con
tener el mejor lugar entre las vecinas a la hora de tomar sol, y con
una familia, con compartir más tiempo con su hijo. Tyrone sueña su
infancia, se sueña en compañía de la madre. Marion abraza la
droga recientemente conseguida mediante la propia humillación y
sueña con Harry. Sueñan con los ojos abiertos, se sumergen en sus
profundidades, en lo nocturno, que es el lugar del miedo, de la
soledad intransferible del hombre. Los recuerdos ("el único
paraíso del que no se nos puede expulsar"), relativamente
cercanos en el tiempo pero ya inalcanzables, resurgen y evidencian
una convivencia conflictiva entre el pasado y el presente.
Si
los sueños han muerto, si sólo resta rezar un réquiem en su
memoria, podría decirse, en relación a lo que ha proclamado
Hölderin ("El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo
cuando reflexiona"), que también ha muerto la posibilidad del
hombre de ser un dios. Sin embargo, Aronofsky se muestra un tanto
optimista al respecto: sus personajes no pierden la capacidad de
soñar, de desear; de hecho, es lo único que les queda. La
ejecución del réquiem quedará a cargo del espectador, más
conciente que los propios protagonistas de que lo que se evidencia
es "el mal del deseo", la incapacidad de alcanzar aquello
que los haría felices. El sufrimiento es mayor desde afuera. El
sufrimiento del espectador (al igual que las vecinas que se
lamentan, abrazándose, luego de haber ido a visitar a Sara) es
mayor que el de las víctimas de la historia. ¿Por qué? Podríamos
arriesgar que opera algún mecanismo de identificación que hace que
los espectadores lloren a sus propios sueños muertos o, mejor
dicho, lloren y sufran porque fueron ellos mismos quienes, en algún
momento, continuaron soñando sin darse cuenta que la
insatisfacción del deseo era irremediable, situación que se hace
conciente mediante la película. Podríamos también suponer que, a
partir de ese mismo mecanismo, los espectadores (y otra vez las
vecinas de Sara) establecen con los protagonistas alguna relación
metonímica: al sentirse parte de ellos, al sentirse ellos,
el fracaso que se cuenta en el filme es, por ende, la decepción del
que mira desde afuera.
Salvo
en el caso de Harry (le dice a la enfermera, resignado, que Marion
"no va a venir"), al resto de los personajes le cuesta
asumir el fracaso. Reconocen la tragedia, sí, pero por momentos, y
no dan batalla, simplemente se evaden, maquillan la situación, para
seguir soñando. La decisión del espectador es peor: reflexiona y
entiende que ha muerto toda esperanza de reparación, de ver
cumplidos los sueños. Luego de reconocer la tragedia y de asumir el
fracaso -el fracaso general, el fracaso social si se quiere- evita
tanto la batalla como los sueños. De este modo, el espectador
revela su condición de mendigo, mientras que los personajes del
universo de Aronofsky, aún deseantes, todavía podrían ser dioses.
Cuando
el filme concluye, los personajes han tenido que soportar el dolor
pero, a diferencia de las otras dos películas, en Requiem…
no son ellos quienes han tomado la decisión de no aplacar más ese
profundo padecimiento sino que otros han decidido por ellos. La
falta de droga, el médico que los denuncia con la policía, la
policía, los empleados de la oficina del canal de televisión, los
doctores del hospital en el que Sara resulta internada, todos ellos
son los que someten a los protagonistas –contra su voluntad– al
dolor.
La
reiteración de determinados motivos a lo largo de la película
contribuye a configurar el clima de paranoia, de tensión, de
desolación. El principal de ellos es el que indica el consumo de
sustancias mediante un billete de dólar enrollado que aspira una
raya de cocaína, la jeringa en primer plano, la pupila dilatada y
un fade blanco para terminar. Luego está también la alucinación
de Harry descripta como ejemplo de amor romántico. No quiero
olvidarme de la banda sonora de Clint Mansell que se repite con
variaciones hasta el cansancio y le pone al espectador la piel de
gallina. Las anfetaminas que ingiere Sara también se convierten en
un motivo repetido, así como la heladera amenazante, y la canción
y los graphs del programa que ella mira.
Antes
de terminar, quisiera mencionar que, a lo largo de la película, se
advierte un contraste entre la sonrisa sincera de personajes como
Sara o Marion y la risa burlona del psicólogo y, principalmente, de
Big Tim (el único que posee droga en la zona tras un conflicto
entre bandas, interpretado por Keith David). La primera se presenta
como un recurso para soportar el dolor de la vida; mientras que la
segunda se emparenta con la risa fascista, que –por tener
el poder– nunca se ríe de sí misma sino del más débil.
Para
cerrar, en una entrevista incluida en el DVD de la película, Jared
Leto la define como "un viaje al infierno, una película
espeluznante, un descenso a las profundidades y a lo más oscuro del
alma". En la misma sección del DVD, Aronofsky dice que Réquiem…
es una fábula moderna y urbana, y que la locación (Coney
Island) no es casual sino que ha sido elegida porque se trata de un
lugar atemporal, que puede existir en el pasado, que evoca mucha
nostalgia (otro importante rasgo romántico), pero que, a su vez,
encaja en la decadencia del presente. Los personajes también están
en decadencia, la dureza de la realidad destruye sus sueños
lentamente. El director elige llamarla "una película de terror
urbano" que muestra cómo los sueños de las personas se
convierten en pesadillas, aunque –agrego yo– simultáneamente se
hace énfasis en la inmutable capacidad de seguir soñando, a pesar
de todo.
Conclusión:
sublime y catártico
Como
una burla al intento positivista de quebrar el pensamiento poético,
la obra de Darren Aronofsky logra una continuidad entre la
filosofía, la ciencia y la poesía, y promueve el reencantamiento
del mundo cuando vuelve a mirar al cosmos desde el éxtasis de lo
enigmático, lo sublime, lo maravilloso, lo misterioso, lo mítico.
Sus
películas relatan lo incompleto; relatan promesas, imposibilidades
e incomunicaciones. Los personajes, si no logran cumplir esas
promesas con la muerte romántica, creerán hallar soluciones
en sucedáneos de felicidad, de compañía (aunque, en verdad, el
paraíso no existe y la primavera nunca llega).
La
obra de Darren no es bella porque no es estática. La obra de Darren
es sublime, es un "dolor dulce" que trasciende la
materialidad, que no tiene límites; es un sufrimiento que da placer
y un placer que nos provoca malestar. La obra de Darren transmite
paranoia y obsesión (Pi), da ganas de vomitar (Requiem…)
o nos llena de paz y de esperanza (La Fuente). La belleza de
las imágenes, de los planos, de la filmación y de la edición se
contradice con las tragedias que cuentan las historias. La armonía
de la música se contrapone a los movimientos bruscos, a los
personajes inarmónicos (deformados en más de una oportunidad
mediante la utilización de lentes gran angulares). La
contradicción aparece también entre los personajes, incluso
convive en un mismo personaje como consecuencia de la
transformación que ha sufrido en el camino. La promesa utópica de
los sueños tiene su contracara en la imposibilidad de cumplirlos
dentro de una realidad limitada y dura. El amor convive con la
violencia.
Pi
es sublime. Requiem…es sublime. La Fuente es
sublime. La naturaleza es sublime. Los sueños son sublimes. El amor
es sublime. La vida es sublime. La muerte es sublime.
Aronofsky
también es catártico: nos incita a soportar el dolor, la tragedia.
Su respuesta frente a la violencia urbana, frente a lo inquietante
de la muerte, frente a los fracasos es el relato, el relato
cinematográfico –con su sello ya inconfundible– de esos temas.
Crea mundos fantásticos paralelos y aprende junto con sus
personajes que la evasión es inútil, que el consuelo es vano, que
la razón autosuficiente provoca ceguera, que los opuestos conviven
entre sí y que nosotros tenemos que convivir con ellos. Al dolor
hay que experimentarlo, hay que sufrirlo y hay que hacer algo con
ese sufrimiento.
(*)
Fuente: Camila Selva Cabral, "Requiem para
un sueño", trabajo
realizado en el contexto de la materia Principales Corrientes del
Pensamiento Contemporáneo, en carrera Ciencias de la Comunicación
de la Universidad de Buenos Aires, en 2009.
Bibliografía
ARGULLOL,
R., "Introducción: El resurgimiento del Yo", en El
Héroe y El Único, Madrid, Taurus, 1982.
ARONOFSKY,
Darren, La Fuente, 2006.
ARONOFSKY,
Darren, Pi, fe en el caos, 1998.
ARONOFSKY,
Darren, Requiem For A Dream, 2000.
B.,
Oscar, "La Fuente de la vida, una película de Darren Aronofsky".
Disponible en http://www.elmulticine.com/elparnasillo/lafuentedelavida.htm
BEGUIN,
Albert, "La unidad cósmica", en El alma romántica y
el sueño, México, Fondo de Cultura Económica, 1992.
BLANCO,
Arturo, "Ludwig Wittgenstein". Disponible en http://www.antroposmoderno.com/antro-articulo.php?id_articulo=616
CASULLO,
Nicolás, "El Romanticismo y la crítica de las ideas", en
CASULLO, FORSTER, KAUFMAN, Itinerarios de la modernidad,
Buenos Aires, EUDEBA, 1999.
DE
PAZ, Alfredo, La revolución romántica, España, Ed. Tecnos,
2003.
ECHAVARRÍA
FERRARI, Arturo, "Borges y Fritz Mauthner: una filosofía del
lenguaje". Disponible en http://cvc.cervantes.es/obref/aih/pdf/07/aih_07_1_039.pdf
IERARDO,
Esteban, "Pi. Y la búsqueda del orden tras el caos".
Disponible en http://www.temakel.com/cinepi.htm
SANCHEZ
ROBAYNA, ANDRÉS, "Mallarmé y el saber de la nada".
Disponible en biblioteca virtual Cervantes.
SCHENK,
H. G., "El espíritu de los románticos europeos", en Ficha
Nº 3 de teóricos de PCPC (Casullo).
STEIMBERG,
Oscar, "Texto y contexto del género", en Semiótica de
los Medios Masivos. El pasaje a los medios de los géneros
populares, Buenos Aires, Atuel-Colección del Círculo, 1998.