|

Imagen de Ordet,
de Carl
Theodor Dreyer, una de las máximas expresiones de lo dimensión
religiosa en el cine nórdico. El afiche, con caracteres
chinos, habla de su difusión en Oriente, otra de las
regiones del planeta fuertemente atravesada por el anhelo
de la trascendencia divina. |
El problema de la fe,
que ocupara buena parte de la reflexión danesa durante el siglo XIX
y que diera a luz al filósofo de la religión Sören Kierkegaard,
es también una de las principales fuentes de inspiración del cine
nórdico. En Dinamarca nació y vivió uno de los directores más
importantes del siglo pasado, Carl Theodor Dreyer, cuya Juana de
Arco es una de las obras capitales del período mudo y cuyo film
Ordet es uno de los films religiosos más bellos de la
historia del cine. En la vecina Suecia nació y desarrolló su obra
Ingmar Bergman, a quien la cuestión religiosa obsesionara casi como
ninguna otra. E incluso hoy, cuando la sociedad nórdica, en medio
de su bienestar, parece haber adormecido su sensibilidad para la fe,
quizás debido al exceso de orden en su vida diaria, aparece alguien
que ya dejó de ser una promesa para constituirse en uno de los
autores cinematográficos más personales de nuestro tiempo: el
danés Lars Von Trier. Éste también se ha ocupado, y de una manera
que a muchos incomoda, del tema de la fe.
Con
el presente artículo intentaremos, primero -considerando la
influencia que ambos tuvieron en la cultura de los pueblos
escandinavos-, presentar la problemática religiosa de los países
nórdicos tomando a Kierkegaard y a su inspirador Lutero como puntos
de referencia; luego, nos dirigiremos a los films de distintos
directores nórdicos para ver de qué manera es presentada, desde la
óptica de cada autor, la cuestión de la fe; finalmente,
procuraremos extraer algunas conclusiones que surgen del diálogo
entre las ideas y el cine.
SOLO
LA FE, SOLO DIOS
Se
ha dicho, y con razón, que la teología luterana es paulina, como
la ortodoxa es joánica y la católica petrina. Sin duda, en el
plano teórico, la cuestión planteada por San Pablo acerca de la
justificación por la fe y no por las obras, acentuada y observada
de manera parcial y no en diálogo con el resto de la Sagrada
Escritura, llevó a Martín Lutero a la disidencia con el Papado. Si
a ello agregamos la sola scriptura como olvido de la
tradición y del Magisterio, y su visión pesimista de la naturaleza
humana destruida por el pecado, nos apercibiremos de la alta valía
en que tenía el reformador a Dios así como del poco valor que
otorgaba al hombre.
Las
obras, y con ello la respuesta de la libertad humana a la iniciativa
divina, poco y nada cuentan para la salvación humana. La razón es
una prostituta y sólo la sagrada escritura, que no es humana sino
divina, puede darnos a conocer la verdad del Padre del cielo. El
hombre es descrito por Lutero como ese montículo de excrementos que
se juntaba en las esquinas de las ciudades para ser removido y al
que cubría la blancura de la nieve que viene de lo alto, es decir,
la gracia; ese hombre, que sólo puede esperar su salvación de la
misericordia de Dios, debe distanciarse del mundo que es pecado.
No
debe soslayarse la pertenencia del reformador teutón a la orden
Agustina. Pero llama la atención que de Agustín tomase, subrayase
y, una vez más, parcializase, su último período, es decir, al
acérrimo antipelagiano que estimaba en poco al hombre y en casi
nada su aporte para la salvación.
Tampoco
debe tenerse como un dato menor, en su débil formación
filosófica, la influencia de Guillermo de Ockham quien, llevado por
su obsesión contra el esencialismo racionalista del aristotelismo
árabe, entendió que para elevar la gloria de Dios debía
minusvalorarse la inteligencia humana y atribuirle la sola función
ordenadora de la captación de lo particular que imponen los
sentidos. Dios, que no debía verse obligado a nada y por nada –tampoco
por su propia lógica-, era descrito como pura voluntad, y por tanto
como pura arbitrariedad.
Si
haciendo caso de las elucubraciones del primer Hegel en sus escritos
teológicos, que sostenía que en la antigüedad griega los dioses
vivían en armonía con los hombres, como el individuo con la
sociedad y, en cambio, en el Dios veterotestamentario aparece la
imagen de la ley, de la falta y del juez que ponen una distancia
infranqueable entre el Creador y su creatura, haciéndole sentir al
hombre la escisión y el contraste; haciendo caso de estos
pensamientos, repetimos, no deberíamos dudar de que el Dios
luterano está más cerca del judaísmo que de los griegos. Tengamos
presente que fue el reformador agustino quien, proponiendo
acrecentar los estudios bíblicos, aconsejó abolir completamente de
las materias universitarias al "ciego maestro pagano
Aristóteles", "maldito, altanero y perverso",
seductor de los mejores cristianos y castigo de Dios. Seguramente
San Justino, filósofo, griego, miembro de la tradición y en
diálogo con su cultura, que sostuviera que "las semillas del
Verbo están esparcidas por toda la creación", no era el autor
de cabecera de Martín Lutero.
Fue
precisamente contra la igualación de lo divino y lo humano
realizada por Hegel, la más cabal expresión de lo griego sin lo
judío, contra quien erigió su pensamiento el pensador danés
Sören Kierkegaard. Y cabe preguntarse si el remedio, que actúa
como fuerza de sentido contrario de la enfermedad, proporcionado en
semejantes dosis no resultará tóxico y tan peligroso para la vida
como ésta. Creo que también en este caso deberíamos hacer caso a
las advertencias de la homeopatía.
Vayamos
a Kierkegaard: sostiene el danés que el pensador no debe rehuir de
la PARADOJA porque ella es su pasión y su motor. El paroxismo de
toda pasión es desear su propia ruina y, en el caso de la
inteligencia, desear el CHOQUE, descubrir que no puede. Su límite
es lo ABSOLUTAMENTE DIFERENTE y la diferencia reside en el PECADO,
porque el hombre devino culpable. El desconocido frente al cual se
esconde la inteligencia aparecerá en su EXISTENCIA por un SALTO.
Salto que se dará en un INSTANTE y no de a pasos, e instante en el
que la paradoja y la inteligencia comprenden su diferencia, se
suprime la inteligencia y surge la pasión de la FE, que no es
conocimiento.
¡Qué
páginas maravillosas las de "Las migajas filosóficas"!
¡Qué elogio de la fe y qué advertencia al tipo de razón que no
la deja nacer! ¡Qué desafío a la teología de su época infestada
del racionalismo hegeliano!
Pero
debemos prestar atención a esta fe que se erige como actividad
exclusiva del hombre y cuyo motor, y llamativamente cuyas
consecuencias, son el sentido de la propia miseria y culpa (¿la
diferencia con Dios se debe al pecado?) junto con la renuncia y el
desprecio del mundo. El diario íntimo de Kierkegaard nos muestran
el precio que debió pagar este hombre de fe por su renuncia,
condición necesaria para la fe al menos desde su perspectiva. ¡Oh,
Sören: si hubieses escogido a Regine, tal vez nos hubiésemos visto
desprovistos de buena parte de tu obra, pero quizás la tortura de
tu melancolía se hubiese apagado!
Es
posible que una parte de la historia se mueva, como dice Hegel, de
manera dialéctica. En ella no siempre es fácil percibir el
elemento de síntesis, en cuanto superación-asimilación de las
contradicciones anteriores. Pero menos ardua es la tarea para quien
desean ver dichas contradicciones en eso que un maestro llama el
pensamiento reactivo. Para la cuestión que nos ocupa podríamos
empezar por San Pablo que, en polémica con las comunidades judías
convertidas al cristianismo que se aferraban a la ley, exaltaba la
fe y minusvaloraba las obras. Y, en polémica contra los griegos
pasados al cristianismo, sostenía que Dios había vuelto necedad la
sabiduría de este mundo.
San
Agustín, enfrentándose a los pelagianos, que desconsideraban la
necesidad de la gracia, la exaltó de tal forma que el papel del
hombre en su felicidad devenía casi nulo. La estima de la gloria de
Dios se volvía contra la grandeza del hombre, que era pecado.
Ockham,
para detener el esencialismo y racionalismo árabes, contraía el
poder de la inteligencia humana y quitaba de Dios cualquier ligazón
a una racionalidad para salvaguardar su libertad. Así la teología
negativa, que pretendía frenar el avance racionalista, se volvía
oscura. De esa oscuridad se contagia la imagen de Dios, que en su
arbitrariedad predestina para la salvación.
Lutero,
siguiendo todos los subrayados de los tres anteriores y en polémica
contra el terrenismo del papado, se oponía al goce del mundo. Y,
movido por sus propios temores y sentido de culpa, entendía que
exaltaba la Gloria de Dios mancillando el mundo y la naturaleza del
hombre al acentuar el sentido del pecado.
Finalmente,
Kierkegaard sintió que debía frenar la metástasis de la razón
(que "no se detiene en el milagro que convierte el agua en
vino, sino que va más lejos, pues convierte el vino en agua"),
frenar la igualación de lo divino con lo humano y la
sobrevaloración de lo general -la turba- del hegelismo danés,
contraponiéndoles las categorías del Dios absolutamente diferente
y la respuesta del individuo, solo y frente a Él, que es la fe.
Pero,
¿hace falta menoscabar al hombre para darle gloria a Dios? ¿Es
necesario que la persona se torture con la culpa para que Dios se
muestre como el misericordioso? ¿Debemos despreciar la humana
filosofía para exaltar las divinas Escrituras? ¿Es necesario
renunciar al mundo, es decir a la vida, para alcanzar a Dios?
Dejemos que las respuestas las den los otros protagonistas de este
escrito: los cineastas.
EL
ELOGIO DE LA FE EN EL CINE NÓRDICO
Carl
Theodor Dreyer, llevó a la pantalla la pieza del pastor y
dramaturgo Kaj Munk Ordet. En ella Johannes, su
protagonista, que en su juventud enloqueció por su excesivo celo en
el estudio de Kierkegaard, cree ser Jesucristo, y operará, gracias
a la fe de su pequeña sobrina, el milagro de la resurrección de su
cuñada y madre de la niña, quien dando a luz prematuramente su
tercer hijo había muerto en el parto. La ciencia, representada por
el expeditivo médico, y la religión oficial, encarnada en el nuevo
pastor del poblado, descreen de cualquier milagro y del poder de la
fe. No así la niña, cuya confianza en su tío suscitará –gracias
al milagro- no sólo la reconciliación entre las dos familias que
por su disidencia en cuestiones religiosas no dejaban que sus
respectivos hijos se casasen -y así, con la conciliación, el
matrimonio de los jóvenes enamorados-, sino también la apertura a
la fe del padre de la niña, un agnóstico, pero muy cercano a Dios
por su bondad, según el decir de su creyente esposa, quien confiaba
en la eficacia de la oración y por ello sabía que su marido
abrazaría la fe.
|
Dos
imágenes de Ordet, del director danés Carl
Theodor Dreyer. |
Las
dos familias representaban las facciones religiosas enfrentadas en
Dinamarca a partir del siglo XIX. La enseñanza de Kierkegaard
despertó en la Jutlandia occidental -región que fuera la primera
en recibir el más fuerte pietismo luterano en Dinamarca y donde
creció el padre de Kierkegaard- la iglesia de La Misión Interior,
que profesaba un cristianismo muy exigente y tal vez sombrío.
Contemporáneo a Kierkegaard y por éste criticado, el pastor,
historiador, poeta y compositor de música para la liturgia
Grundtvig ejerció una fuerte influencia en la reforma que la
Iglesia nacional danesa operó a favor de un cristianismo alegre,
luminoso y pascual. En su visión se exaltaba el cuerpo tanto como
el espíritu y el amor humano como símbolo del divino; la obra del
dramaturgo Munk refleja esta concepción. Es interesante observar en
Ordet cómo la preferencia del autor por el cristianismo
luminoso no va en desmedro de su respeto por la otra facción y su
confianza en la buena fe de ésta.
El
milagro se suscita por la fe -que en el decir de Kierkegaard es fe
en esta vida- de la niña. Y en Johannes está representado
Jesucristo, a quien había que estar loco para creerle que era hijo
de Dios o en caso contrario creer que se estaba frente a un loco.
Porque para la sabiduría de este mundo la fe es locura, según el
decir de San Pablo.
Buena
parte de las magníficas alabanzas kierkegaardianas a la fe se
encuentran en este film, acompañadas tal vez por algunos
correctivos de sus aspectos oscuros.
Querría
ahora pasar a comentar otro film danés, éste contemporáneo, donde
vuelve a hacerse la alabanza de la fe: la obra de Lars von Trier Contra
viento y marea. En ella la protagonista, Bess, porque amaba
demasiado –según dice su cuñada y amiga- no pudo superar la
muerte de su hermano y perdió el equilibrio emocional debiendo ser
internada en una clínica psiquiátrica. Todo esto lo sabemos por
referencias de otros personajes, porque la película comienza con la
boda de nuestra heroína. Es en esa misma fiesta donde la inocente
"niña" conocerá el amor físico, en una suerte de
trámite que debía sacarse de encima; pero en los días sucesivos
descubrirá su belleza, en una serie de escenas eróticas a un
tiempo explícitas y románticas como rara vez sucede en el cine.
Allí Bess, interrumpiendo la pasión del encuentro amoroso, se
detiene para decirle gracias, con todo su corazón, a Jan, su
marido. Pero éste, que trabaja en las bases petroleras en altamar,
deberá dejar a Bess por unos días. Allí la muchacha da muestras
de no estar curada porque el verse separada de su amor se convierte
en desvarío. El marido tendrá un accidente que lo dejará
parapléjico e incluso con serias posibilidades de morir.
Me
remitiré a comentar dos aspectos del film. Comencemos por el tema
de la fe. Bess continuamente se aleja de la gente para encerrarse en
su habitación o va al templo para dirigirse a un Dios que parece
responderle desde las propias palabras de la muchacha. Por esas
respuestas podemos ver que ese Dios es de una severidad y estrictez
inauditas. Ciertamente su imagen de Dios es tremenda y su relación
con él infantil. Pero lo que parece interesar a Von Trier es la
pasión y lo que ella opera. Para entenderlo escuchemos a
Kierkegaard: "Cuando un hombre que vive en el seno del
cristianismo entra en la casa de Dios, del verdadero Dios, teniendo
en su espíritu la verdadera representación de Dios, y luego reza,
pero no en verdad; y cuando un hombre vive en un país pagano, pero
reza con toda la pasión del infinito, aunque su ojo se repose sobre
un ídolo: ¿dónde encontramos más verdad? Uno reza a Dios en
verdad, aunque rece a un ídolo; el otro reza al verdadero Dios,
pero no en verdad, y reza entonces en verdad a un ídolo." Se
trata de la pasión de la fe, y de la verdad que para Kierkegaard es
subjetividad en contraposición a la supuesta objetividad hegeliana.
Porque para Kierkegaard la subjetividad es la verdad, ya que ésta
sólo existe cuando se produce la reduplicación, es decir, cuando
aquella echa sus raíces en el interior por la apropiación. Bess
poseía un don ignorado por el doctor, otro cientificista que no
sabía cuál era el suyo, y ese don era la fe por la que se produjo
el milagro de la recuperación de Jan.
El
otro aspecto de la película que desearía comentar es el de la
Pasión de Bess. Como es idiota, en sentido dostoievskiano, sigue al
pie de la letra el consejo de su marido de unirse a otros hombres
para no marchitarse. Esa humillación y ese rebajamiento, realizados
por amor, tienen por resultado la muerte cruenta de Bess en manos de
unos marinos y la recuperación de la vida de Jan. Este traspaso de
vida es aquel amor tan grande que da la vida por los que ama. Cabe
recordar que en un último acto de vida Bess perdona a sus
agresores.
Bess
posee un don, el de la fe, y Bess ama demasiado; no estaría fuera
de lugar que esto sea tenido por locura. Ésta y la del Johannes de
Dreyer, ¿qué duda cabe de que hacen referencia a la locura que se
opone a la sabiduría de este mundo? Ambos, Dreyer y Von Trier,
abrevan en las grandes alabanzas a la fe de Kierkegaard. Pero no
todas son alabanzas.
BERGMAN
Y EL SILENCIO DE DIOS
El
cine de Bergman, cuyos temas recurrentes fueron el arte, la
dificultad de las relaciones humanas, la ternura y el amor como
significados más profundos de la existencia, la muerte y la
cuestión religiosa, intentó respecto de este último tema, y
quizás sin ser consciente él mismo de ello, reconstruir el puente
de la vida, que el rigorismo protestante había destruido y que,
lejos de separar, conduce a Dios y es condición necesaria para una
religiosidad madura y equilibrada. Su intención, tal vez
consciente, fue criticar la religión que él padeció –es muy
conocida la tremenda severidad de su padre, el pastor protestante- y
devolver a lo humano la grandeza de su valía.
Ya
en la primera etapa de su obra, en obras como "Juventud
divino tesoro" y "Un verano con Mónica",
se destaca la sensualidad de la vida en el amor de los jóvenes. En
ambas la duración temporal es sólo un verano y el espacio elegido
una isla. Piénsese, además de que el verano en Suecia dura poco
más de un mes, la significación que puede alcanzar esta estación
para un nórdico tan castigado por el frío durante el resto del
año. Es el tiempo de las ropas ligeras, del juego al aire libre, de
la libertad, del erotismo. Respecto del lugar elegido para la
aventura, la isla (como las palabras con las que comparte su raíz
lo indican: lo aislado, lo desolado) es el espacio donde la soledad
no deja entrar el juicio y con ello la vergüenza. Es interesante
observar cómo, en "Un verano con Mónica", con el regreso
de los enamorados a la ciudad todo se derrumba.
En
"El séptimo sello",
donde critica directamente a la religión verticalista y culposa,
Bergman rescata el valor del mundo subrayando el valor horizontal de
ciertos componentes religiosos.
Cabe aclarar que entendemos por
verticalista no la religión que ubica a Dios de tal manera por
encima del mundo que por ser su Creador no se confunde con él, sino
aquella que, para gloria dar Dios, opta por rebajar al hombre a algo
miserable.
En
este film, el caballero Antonius Block vuelve de las cruzadas sin fe
y desilusionado con su vida. Ahora desea sabiduría y no fe, y menos
aún culpa. Acompañado por su cínico escudero, ve pasar alrededor
suyo muchas muestras de la religión que gana adeptos a través del
miedo y la amenaza. La muerte viene a llevarse al caballero y éste
la desafía a una partida de ajedrez para prolongar sus días en el
mundo y descubrir el sentido de la vida, hasta ahora muy lejos de
él. Será descubierto gracias a la familia de artistas, imagen de
la sagrada familia. Joss (José), Mia (María) y Mickel (el
niño) harán descubrir al caballero, en una comida al aire libre,
donde comparten con él un recipiente lleno de frutillas silvestres
(el pan) y un tazón de leche (el vino), mientras suenan la lira del
juglar y su bello canto, que es el amor el sentido buscado.
Evidentes son los signos cristianos horizontalizados. Entonces el
caballero distraerá a la muerte para que la joven pareja y su
niño, símbolos del amor, se salven de ella que los tenía entre
sus futuras víctimas. Realizada esa proeza y descubriendo en ella
el sentido que buscaba, ahora sí, se entregará sin vacilaciones al
encuentro final.
En
su siguiente película, "Cuando huye el día",
Bergman retomará el mismo tema del hombre ante la muerte, para
devolverle el amor a la vida al octogenario científico Isaac Borg.
Después de soñar con la muerte, durante un largo viaje en auto que
lo lleva a recibir un premio académico en el sur de Suecia, Borg
aprovechará para reconciliarse con la vida, ayudado por el
encuentro con los jóvenes que levanta a dedo y le devuelven su
juventud. Pero antes deberá sufrir el reconocimiento de sus
errores, tal como lo muestra un sueño en el que descubrimos la
fuente de su desdicha y de su indiferencia frente a los demás. En
él, al veterano profesor le toman examen y no logra cumplir con las
consignas. Entonces, uno de los examinadores que lo reprueba le dice
el veredicto: "Usted es culpable de culpabilidad". El
castigo es "la soledad".
Los
jóvenes (especialmente Sara, que le recuerda una prima de la que
estuvo enamorado), un viejo conocido de su antiguo pueblo (el
encargado de la estación de servicio), su nuera (que antes lo
había criticado, al igual que su ama de llaves), le devuelven a
Borg la verdadera imagen de sí mismo y con ello el amor a la vida y
la posibilidad de irse a dormir en paz y soñar con su infancia y
sus padres. Su problema no era la muerte que venía sino la muerte
en vida. Si uno recorre la obra de Bergman podrá observar, junto a
la mayor fortaleza de los personajes femeninos, varones débiles y
dubitativos en permanente conflicto consigo mismos. La culpa es
probablemente la fuente de ese sentimiento.
Pasemos
ahora a tres obras a las que la crítica suele agrupar en la así
llamada "Trilogía del silencio de Dios". La primera de
estas películas es conocida como "Detrás de un vidrio
oscuro", pero la verdadera traducción del título sería:
"Como en un espejo", ya que hace referencia a una de las
epístolas de San Pablo a los Corintios, en la que describe así
nuestra actual visión de las cosas de Dios, mientras que en un
futuro encuentro podremos verlas "cara a cara".
Karin,
la protagonista, se encuentra en una isla con su marido, su hermano
y su padre. Padece una seria esquizofrenia y vive como dividida
entre dos mundos. Finalmente, en aquel donde espera la llegada del
reino, Dios se le revelará como una araña.
El
padre habla del encierro y de los círculos que el hombre crea para
evitar el dolor. En este film también reina la culpa: del padre,
por su propia ausencia, que le lleva a romper en llanto cuando se
aísla de los suyos; del hijo, por su sexualidad, que lo hace
reaccionar de una manera desproporcionada cuando su hermana lo
descubre mirando fotos pornográficas. Es esta culpa la que crea la
incomunicación. Minus, el adolescente cuyo nombre no es casual,
dice: "Quiero saber si todos estamos encerrados cada uno en su
cubo… Si solo pudiera hablar con papá". Finalmente, después
de que Karin es retirada de urgencia en un helicóptero en el que ve
a lo divino que desciende y asciende, su hermano logra hablar con su
padre. Este le dice no saber si Dios existe, pero que en caso de
hacerlo debe ser amor. El chico rematará el film con una frase
dicha con la mayor alegría: "Papá me habló."
El
segundo film de la trilogía es "Luz de invierno"
en el que Bergman se encarga de burlar sus propias palabras en el
film anterior a través del sacristán: "Dios es amor, el amor
es Dios. El amor es la prueba de la existencia de Dios. El amor es
la realidad en el mundo de los hombres» ese verso me lo sé de
memoria." En esta película, un pastor va perdiendo su fe a
partir de la muerte de su esposa y se da cuenta de que esa fe se
sustentaba en el miedo infantil. Esta película, la peor recibida
por la crítica por ser excesivamente hablada y explícita, fue
también, probablemente por su floja repercusión, la más querida o
defendida por Bergman. Pero su claridad viene bien a los fines de
este artículo. Decía el pastor: "Creía en un Dios absurdo,
privado y paternal que amaba a la gente pero especialmente a mí...
¿Se imagina cuáles eran mis plegarias? Estaban dirigidas a un
Dios-eco que me daba respuestas benevolentes y bendiciones
reconfortantes. Pero cada vez que comparaba a mi Dios con la
realidad veía que se volvía malo, horrible, un monstruo. Por eso
me alejé de la vida y la luz...". Este pastor, a quien el
descubrimiento de la inexistencia de Dios parece liberar, se olvida
de Jesucristo -tal como lo dice la mujer enamorada de él que no ve
retribuido su amor- y éste no es un detalle menor. Desprenderse de
esa fe engañosa es la primera condición para una esperanza. Pero,
entre tanto, reina el silencio de Dios, del que hablará un hombre
desesperado que tiene la desdicha de caer en manos de otro, el
pastor, y que luego de escuchar lo que esperaba fuese un consejo y
no una manifestación de su propia angustia, se aleja del templo y
se suicida junto al borde de un río. Pero el prelado que se había
quedado sin feligreses deja abierta la puerta al amor humano,
verdadera salvación para los hombres, según el pensamiento de
Bergman, celebrando el oficio para el único comulgante, la mujer
que lo ama y no sabe expresar su amor. Cuando el pastor le pregunta
por qué comulga si no cree, ella le responde: "¿Acaso la
comunión no es un ágape?".
El
descubrimiento de las distorsiones de su fe pueden ser para el
pastor la apertura a una fe más real. Una de sus condiciones es la
experiencia del amor humano, esa ternura de la que hablan muchos
personajes en la obra del sueco. Podemos volver a hablar de la
horizontalización de los valores religiosos, en este caso del amor,
si es que el amor humano es una participación del amor de Dios. De
serlo, puede significar la más sólida estructura del puente a lo
divino que es el mundo. Sólo que el concepto de participación es
excluido en la teología luterana, por lo cual ese puente deberá
ser reconstruido. Me permito aclarar que la crítica a esta
cosmovisión del hombre y de Dios no se dirige a la religión
luterana solamente sino que, por el contrario, se hace extensiva a
todas las prácticas religiosas de este tipo se den en el credo
específico en el que se den. Ciertamente su explícita formulación
en aquella hizo posibles las alabanzas y críticas de los autores de
cine que nos ocupan. Aprovecho, ahora, para manifestar mi disidencia
con Kierkegaard respecto que la fe es sólo subjetividad o pasión.
Mucha pasión en esta visión desacertada produjo los males que
Bergman intenta señalar.
La
última película de la trilogía es "El silencio".
En este film dolorosamente físico sobre la incomunicación y la
comunicación, Ester, una mujer manifiestamente cerebral, se resiste
al sometimiento de su cuerpo por la enfermedad. Junto a Ana, su
hermana, que por el contrario observa y exhibe su cuerpo de manera
narcisista, se establece en una ciudad sin referencias. Entre ambas
existe un odio nacido del juicio y de la culpa. Mientras Ana se
entrega promiscuamente a un desconocido, su hermana intentará
establecer contacto con el conserje del hotel, cuyo único lenguaje
en común con ella es la música de Bach. Ana abandonará a su
hermana en plena convalecencia y la esperanza nacerá de Johan, el
pequeño hijo de la aquella, curioso y observador, que ama y es
amado, cuando al regresar sea el encargado de leer y traducir el
mensaje cifrado en esa extraña lengua extranjera que su tía había
empezado a investigar.
En
ésta, una de las películas más abstractas y simbólicas de
Bergman, vuelven a presentarse los temas que tanto lo obsesionaran:
el arte como redentor (representado por Bach y los enanos de circo
que viven en el hotel), la dificultad para la comunión, la
sexualidad y la culpa. Y todo en un marco físico donde reinan el
calor, la excesiva luz y el silencio que nace de la incomunicación.
En esta atmósfera, Dios podría ser el gran ausente.
En
toda película de Bergman es necesario el tránsito por el dolor
para abrirse paso a la luz, que es esperanza. El sueco horizontaliza
todo lo que parece ser patrimonio de Dios, y muy específicamente el
amor. Pero, al hallarse ausente la idea de participación en el
pensamiento protestante, bien pueden ser Dios y su amor proyecciones
humanas. En esto el pensamiento explícito de Bergman se parece, por
ejemplo, al de un Feuerbach. Sin embargo, en su mortífera crítica
a la religión distorsionadamente vertical, junto al proceso de
restauración de lo humano se deja entrever una posibilidad hacia lo
divino. Porque, una vez restablecidos los lazos entre los hombres
así como el valor y la riqueza de las personas, recién ahí,
podría decir Bergman, podemos empezar a hablar de la posibilidad de
la existencia de Dios. Antes necesitamos el retorno a la vida, la
comunicación y la comunión humanas.
BABETTE
O EL RETORNO A LA VIDA
Para
concluir este trabajo, querría comentar una película que puede ser
vista como un gran correctivo a la visión protestante de la vida y
la naturaleza humanas: "La fiesta de Babette",
escrita por la novelista Karen Blixen y llevada al cine por Gabriel
Axel, ambos daneses.
En
ella dos hermanas, siguiendo el ejemplo de su padre, fundador de una
comunidad
religiosa que tiene a la comunión por ideal, viven una
vida de enorme austeridad según los preceptos de su puritano guía
espiritual: celebran la liturgia, asisten a los desamparados y beben
todos los días una sopa de pescado sin sal.
Sus
vidas parecen transcurrir sin sobresaltos, pese a la visita de los
hombre "del extranjero". Primero, un general sueco
despierta el amor de una de las jóvenes, que debe resignarse porque
su padre las tiene a ella y su hermana en su ministerio como
"sus manos derecha e izquierda". Luego las visita el
papista francés Achille Papin, famoso tenor que, terminando su
carrera, viaja por Dinamarca en busca de paz y se enamora de la otra
hermana, deslumbrado por su bellísima voz, después de compartir
con ella algunas lecciones, durante las cuales un dueto de amor del
Don Giovanni escandaliza un tanto a su piadoso padre. La otra visita
extranjera importante es una mujer: Babette, la dulce y expeditiva
francesa que, refugiada en el fiordo debido a la situación de
guerra en Francia, se queda a vivir con las hermanas ayudándolas en
las tareas domésticas.
Transcurridos
muchos años Babette, después de ganar la lotería, y como signo de
agradecimiento a sus huéspedes, organiza un banquete para el
aniversario de la muerte del maestro en el que gasta la totalidad de
la holgada recompensa. Esta cena cambiará profundamente las vidas
de los comensales. Porque a medida que los años pasaban desde la
muerte del pastor, el espíritu de su fundador iba apagándose. Con
ello comenzaban las divisiones, las rencillas y las críticas. Con
la invitación de Babette, y a medida que ven pasar los productos
que llegaban de ultramar para la preparación del banquete (entre
los que destacan una tortuga viva para la sopa, una jaula con
codornices y una cabeza de buey), los invitados comienzan a
sospechar de esta comida en la que ven signos patentes del maligno.
Por esta cena embrujada, se dicen unos a otros: "la lengua, ese
extraño y pequeño músculo, ha hecho grandes cosas para el ser
humano pero también es fuente de maldad y veneno... el día del
homenaje usaremos nuestras lenguas para rezar... será como si nunca
hubiésemos tenido el sentido del gusto." No saben, como
puritanos que son, que el mal no viene de afuera sino de la manera
distorsionada con la que nos servimos del bien.
Pero
cuando la comida se inicia, y a medida que las exquisiteces
comienzan a sucederse según el estricto orden establecido Babette,
a quien se muestra en la cocina como una artista en el más alto
sentido de la palabra, va operándose progresivamente en el rostro
de los participantes una auténtica transformación. Como en Caná
de Galilea, el agua se transforma en vino. Y como la concupiscencia
es conducencia, el gozo del cuerpo se traslada al espíritu. Es por
esto que el general, quien largo tiempo atrás había comido en el
restaurante francés donde cocinaba Babette y que ignora la
presencia de ella en la cocina, otra vez comensal en casa de las
hermanas dice: "esa chef tenía el don de transformar una cena
en una especie de asunto amoroso que no hacía distinción entre el
apetito corporal y el apetito espiritual." A medida que las
copas se van vaciando y son vueltas a llenar, y que los platos se
suceden, los enemigos se reconcilian después de reírse de sus
debilidades y los esposos se besan como jóvenes que descubren el
amor. Terminada la cena, los miembros de la comunidad tomados de las
manos hacen una ronda y cantan una de las canciones religiosas que
tanto gustaban al difunto pastor.
Podemos
afirmar, entonces, en la línea que traza la película, que la
materia es mala para el maniqueísmo y es neutra sólo en esa
abstracción aristotélica que se llama materia prima. Por el
contrario, en una visión integral, la materia está llena de
virtualidades, de sentido, de belleza y de sensualidad, que es vida.
El camino que conduce al espíritu es la materia que no se opone a
él sino que está integrada por él. Una artista como Babette se
sirve de esas posibilidades para llegar al corazón.
CONCLUSIONES
En
el siglo XVII, en el período en el que el iluminismo incubaba sus
ideas, Pierre Bayle, hijo del movimiento conocido como libertinismo
erudito, fue el encargado de trazar un esquema tan sintético como
falso, en el cual establecía que la modernidad era el fruto de la
unión del renacimiento pagano, la reforma protestante y la duda
cartesiana. Este no es ciertamente el lugar para discutir ese
esquema. Pero con la contraposición entre las ideas acerca del
hombre entre los renacentistas y los representantes de la reforma
podemos, desde la perspectiva intelectual, además de contradecir
esa tesis porque se trata de visiones no sólo muy distintas sino
incluso opuestas, colocar los cimientos para comprender las ideas
filosófico-teológicas que nos permitan interpretar la cuestión
religiosa en el cine nórdico.
Para
el pensamiento renacentista, el hombre era algo grandioso debido al
hecho de haber sido creado a imagen y semejanza de Dios. Estas
ideas, que tanta importancia tenían en la patrística griega,
fueron abrazadas en la península itálica junto con sus exponentes
que venían de una Constantinopla tomada por los turcos. El hombre
"dios segundo milagro del primero" es la fórmula que
utiliza Tomás de Campanella y que se hará clásica a la hora de
hablar del humanismo renacentista. En cambio, para Lutero, el hombre
era ese amontonamiento de excremento al que nos referimos más
arriba. Podríamos sostener entonces que en una visión la
exaltación del hombre es exaltación de Dios, su creador; mientras
que, en la otra, para elevar a Dios parece que hubiera que humillar
al hombre haciéndole sentir su culpa; y además, porque el mundo no
es Dios y además es pecado, resultará necesario renunciar a él.
El mundo ha perdido, debido a la ausencia de la idea griega de
participación, su carácter de mediación y de vía hacia el
fundamento. Y mas aún, se erige en impedimento.
Algo
parecido sucede en la visión de las actividades humanas.
Coincidimos con Kierkegaard en que la razón engreída puede ser un
obstáculo para la fe. Y también es cierto que la filosofía lejos
está de ser necesaria para la fe. Pero donde no coincidimos con el
pensador danés es en la oposición total entre fe y razón: cuando
la filosofía es acertada, puede complementar a la fe, fortalecerla
e incluso despertarla en quien no la posee. La filosofía jamás
alcanzará la racionalidad de Dios, pero no es irracional. Es una
luz, que pese a ser tenue, se complementa con la fe y no se opone a
ella.
Así,
como se manifiesta en la cinematografía escandinava, la fe que
degrada todo lo que no es ella y aquello que dice ser su objeto,
para la cual la renuncia a la vida es una condición, cae finalmente
en la angustia y en el silencio de Dios. En cambio, recorriendo el
camino inverso, reconstruyendo los estragos producidos en y por el
hombre, el retorno a la vida es la base indispensable sobre la que
apoyar una apertura a lo trascendente, y esto desde los supuestos
creacionistas y participacionistas. Si el mundo es creación de un
Dios bueno, debe ser bueno; así se expresaría un pensamiento para
el cual el universo procede de la inteligencia y el poder de Dios.
Platón, que no fue creacionista, expresaría: el mundo es bueno
porque toma parte de la Bondad con mayúscula.
Pero
estas dos ideas se vieron empañadas por la fuerza con la que es
subrayada la idea de pecado. Si, como sostenía Kierkegaard, Dios es
lo absolutamente diferente porque el hombre devino culpable, todo
hay que esperarlo de arriba. Sostenemos, por el contrario, que lo
que puede y debe hacerse desde abajo es restaurar la imagen del
hombre. Porque según dice Tomás de Kempis en diálogo con Dios:
"¿Cómo Tu te darás a mi si no me doy a mí mismo a mi?...
Cuando medito en el silencio de la oración Tu me respondes: Si tu
eres tuyo, yo seré tuyo." Transmitiendo la misma idea
podríamos citar lo que dice Antonius Block, el Caballero del
Séptimo Sello, en su diálogo con la muerte: "¿Cómo voy a
tener fe en la fe sino tengo fe en mi mismo?"
No
estamos seguros de coincidir con Kierkegaard cuando sostiene que el
olvido del pecado trae aparejada la inmanencia porque la
trascendencia no se establece por la falta. Y otra vez nos separamos
de él porque su exagerada acentuación trae como fruto un
sentimiento degradado de la propia valía y con él la
incomunicación y la discordia.
Decíamos
más arriba, tomando el esquema del joven Hegel, que la divinidad
griega vivía en comunión con el hombre y que el Dios judío hacía
sentir al hombre la diferencia o el corte. Fue contra las ideas
hegelianas de la confusión de lo humano y lo divino –que, según
Hegel, se daban no sólo en Cristo sino en la humanidad, gracias al
momento de síntesis de visiones anteriores que es la civilización
cristiana- que Kierkegaard, como luterano que era, regresa a la
cosmovisión judía entendiendo preservar así la Gloria de Dios.
Pero, a diferencia de Cristo, lo hace a expensas del hombre, a
través de la tortuosa insistencia en su culpa. Creemos que la
síntesis cristiana consiste en cambio en exaltar al creador
elevando la creatura. Más grande es el hombre, más grande es su
creador, porque Dios no tiene envidia. Y el pecado humano no se
soslaya; por el contrario, en el sacrificio de Cristo no se muestra
el enojo sino el amor de Dios.
Elevar
la más bella obra de la creación es elevar al artista. El remedio
contra el silencio de Dios no es la renuncia, sino el retorno a la
vida; no la minusvaloración, sino la exaltación del hombre: ambas
acciones constituyen los dos grandes preambula fidei.
