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LA MIRADA DE
ULISES
Nostalgia
de la mañana radiante
Por Esteban
Ierardo
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Afiche
de "La mirada de Ulises", de Theo Angelopoulos,
con Harvey Keitel como el viajero que anhela recuperar una
mirada perdida. |
El film La mirada de Ulises del griego Theo
Angelopoulos es una obra quizá atípica en esta edad sin
grandes anhelos trascendentes. Un viajero, variación del
héroe mítico Ulises, se lanza a la busca de una mirada primera,
de un perdido comienzo auroral. Aquí les presento un artículo
personal cuyo propósito es adentrarnos en algunos sentidos de
este visceral viaje artístico hacia lo originario.
Todo
lo que es viaja. Deviene el tiempo a través de sí mismo. Viaja el
aire y el agua por la tierra. Viaja el esférico planeta azul en el
espacio vacío. Y los hombres viajan de distintas maneras. Un viaje,
en especial, concreta la energía máxima del desplazamiento. El
viaje arquetípico del héroe. El movimiento como regreso al origen.
La travesía que recupera la mañana radiante, el vino embriagante
de lo primigenio.
En la antigua saga homérica, Ulises abandona su hogar. Sale del
propio origen para, en la lejanía, hallar el resplandor de la
gloria a la sombra de la Troya destruida. Luego de la victoria de
las armas, el griego recuerda que, para ser plenamente, se debe
volver al principio. Regreso al comienzo del círculo. Volver a
Itaca. En el texto visible de la historia homérica este regreso es
inducido por el imán de Penélope y Telémaco. Ulises añora su
reino, su esposa e hijo. Ansía el placer del gobernar en la propia
tierra. Pero en el dorso de los pliegues aparentes, Ulises desea
también restituirse el origen perdido en Itaca, en la patria, en la
geografía que acoge y da sentido. Allí, podrá devenir ser
realizado. Radiante.
La necesidad del viaje como restitución de una exaltación
originaria cabrillea en una contemporánea variación cinematográfica del viaje del antiguo
héroe griego.
En La mirada de Ulises, de Theo Angelopoulos, se tejen isomorfismos
narrativos entre el poema homérico y la aventura del director de
cine "A", protagonizado por Harvey Keitel (La lección de
piano). Pero las correspondencias, las aristas de encuentro y
fusión de las dos textualidades no repiten un viaje antiguo en el
presente. El viaje de Keitel-"A" no es a través de un mar henchido de
olas y seres mitológicos. Su camino es la tierra de los Balcanes,
hervidero que quema con el dolor y la guerra. Son dos viajes
distintos, aunque paralelos. Tal como ocurre entre la Odisea
homérica y las sagas posteriores que inspira: el Ulises de
Joyce, o la obra del griego Kazantzakis.
El director "A" inicia su viaje bajo el hechizo
de una mirada primigenia desvanecida. Los hermanos Manakis iniciaron
el cine griego. A comienzos del siglo
pasado, filmaron tres rollos que nunca fueron revelados. En ellos
palpita una mirada matinal que todavía nadie ha visto. Esos tramos de cintas
vírgenes son el viento aparente que impele al viajero. Es la
ausencia que da un destino. Un origen que buscar. La
patria a la que volver.
"En el final está mi principio", afirmación del viajero,
antes de iniciar su travesía, que escudriña que no se puede ser sino en el
círculo. En la
circularidad que regresa al principio. Este es un devenir diferente
al de la flecha que, lanzada hacia el futuro, gradualmente
olvida el vigor y frescor del inicio de su vuelo.
En el comienzo de su viaje, en la inminencia de un choque entre
multitudes callejeras, Keitel-"A" descubre a su mujer
arquetípica. Observa a Penélope que camina sin verlo a él, al
Ulises moderno que espera. Primera simetría de la textualidad
arcaica y moderna.
Inicial incandescencia mítica de Maia Morgenstem que luego,
mediante la magia de la metamorfosis actoral, será una
campesina en una casa sobre un río que desea retener al viajero
(Circe); o la que se enamora del viajero entre el fuego y la
neblina de Sarajevo. Será entonces la Princesa Nausícaa que descubre
y ama al Ulises que arriba a la isla de su padre, el rey Alcínoo.
El director "A", ya embarcado en los navíos de su
viaje, sólo suda ansiedad y el anhelo de la primera mirada de los
artistas fílmicos griegos de antaño. En su tiempo auroral,
los hermanos Manakis impregnaron sus celuloides con las imágenes de
escenas campesinas, desfiles, funerales, funcionarios, multitudes
populares. La totalidad viviente de lo humano. Filmación
del todo sensible que aspira los vapores amplios del devenir.
Apertura a la vida diversa y embrujada que fluye. Salud primaveral
de la conciencia que ve desde el asombro infantil. Desde una alegría primera ante los seres que se mueven.
La obsesión por la primera mirada hacia la que viaja el héroe
transfigura el lenguaje corriente. El viajero no habla ya con
la pobreza cómoda de la lengua corriente. Ahora dice líricamente. Su
hablar es espontáneo soplido de flautas poéticas. Uso del
lenguaje que sustrae al protagonista del continuun de lo cotidiano.
"A" no sólo exuda la determinación de moverse en el espacio
físico. Se desplaza también en barcos de palabras
extrañas. Habla con poesía. Su decir es salto de lo profano a lo
sagrado, de la insipidez diaria a la expectativa por la novedad
extraordinaria. El viaje heroico de "A" mitiga en algo
la nostalgia por la lírica verbal perdida para el hombre moderno.
Con su verso poético, el viajero seduce a la empleada de un museo.
Con una breve narración lírica la atrae hacia sí, la hace saltar a un tren en movimiento. Pequeña
historia donde Keitel-"A"
recuerda una expedición arqueológica. Una aventura hechizada por
el aura de lo arcaico que, al fin, desentierra una cabeza de
Apolo. El origen antiguo que vuelve, un signo que prefigura el desnudarse de la
sepultada primera mirada a la que se desea regresar.
Nervio de todo viaje profundo es la soledad. La posible medicina
para aliviar la angustia solitaria es pensar que ésta es
continuación de una soledad cosmológica. El hombre es solo porque la
naturaleza, superior a él, también lo es. Un taxista que transporta al nuevo
Ulises, detiene su automóvil en un desértico páramo
invernal de Grecia para consolar a la Señora Naturaleza.
Le obsequia unos bizcochos. Quiere acompañar a la Tierra en su soledad. Si
la Gran Madre está sola, ¿qué le queda entonces a sus hijos?
Sobre las figuras de la tierra sigue el viaje. O más exactamente
sobre las aguas, sobre los ríos. El líquido versátil de la
Mater Tellus, de la Madre
Tierra, que comunica las orillas de los vivos con el reino de los
muertos. Para la imaginación mitológica, con el agua ancestral se abandona
el repetido mundo inmediato para recuperar las fuerzas otras del más
allá.
En el viaje por los ríos que emprende "A", el ojo
cinematográfico de Theolopoulos se complace en un ver desde la
lenta sucesión del tiempo natural. Frente a los
cambios de secuencias vertiginosas del cine convencional, el largo
y lento plano como unidad no fragmentada. La lentitud del plano se
acompasa con el gradual pulso del tiempo. Y provoca también un efecto de extrañeza
como el de la palabra lírica. Ambas formas, el plano que respeta
la sucesión gradual del tiempo y el verbo poético, fracturan la banda opresiva de lo
pedestre. Y nos instauran en
una otredad que crece.
Lentas respiraciones del primer plano siguen a una inmensa estatua
de Lenin que viaja en un barco de carga. La estatua está
desmontada, divida en grandes partes. Cuando llega la embarcación a un puerto,
en la noche, una
voz pregunta: "¿Cuál es tu nombre?". "Nadie" es la
respuesta falaz de Ulises. El héroe oculta su identidad y engaña
al cíclope-Lenin. El líder del Octubre Rojo, ingenuo e idealista,
víctima del engaño de Ulises (o con más rigor histórico de
Stalin). Burla y engaño que hostigan los sueños del
político revolucionario a pesar del gigantismo de su estatua, de su
utopía.
El viajero "A" convive con Circe-Morgensteim en una casa
abandonada a la vera de un río. La Circe del nuevo Ulises no es
ya la diosa segura de sí. Circe-Morgensteim es ahora efecto, no
causa. Es la marcada, no la que marca, la que cambia la forma de
otros a voluntad (la Circe que convierte en cerdos a los hombres
del héroe que regresa a Itaca). Lo que marca y daña es la
guerra como sustracción de la dicha y la identidad. La
afligida mujer confunde al viajero con un familiar desaparecido.
Alteración de lo real que la guerra provoca. Modificación
violenta que abre las compuertas del caos. Quizá, por eso, luego
de acompañar la ficción de la mujer de la destruida casa del río,
el viajero llega, en la noche, a Sarajevo. La ciudad que cobija y
nutre el caos devastador, la morada turbulenta que saluda con
manos de sangre.
La ciudad sufre el aliento del dragón asesino. Pero, allí, en
un pequeño pozo de esperanza, Ulises-Keitel halla a Ivo Levi,
el rey Alcínoo que custodia los rollos deseados. Levi es el responsable
de unos Archivos Fílmicos que recibieron en el pasado las
cintas sin revelar de los Manakis. El rol de protector de las
imágenes antiguas es encarnado por Erland Josephson, el mítico actor de Bergman que
también resplandeció en El Sacrificio de Tarcovski.
Ocurre así el encuentro del viajero con el rey
que protege, con el monarca sabio que conoce el secreto para la
correcta combinación de químicos que revelarán los rollos del
origen.
El rey-coleccionista cumplirá su papel de hierofante, de mostrador de
lo sagrado,
revelador de la mirada prístina atrapada todavía en una latencia sin
expresión. Él sabrá atravesar con la luz la mirada del comienzo para
que ésta se muestre y vibre como fenómeno visible.
Entre las ruinas de Sarajevo, el rey-cinéfilo protege los films
clásicos (El nacimiento de una nación, Metrópolis, El
ciudadano).
Su función de custodio de secuencias reveladas le hace asumir su
condición de coleccionista de "miradas esfumadas". Pero
el viajero que llega es el héroe que lo estimula a trascender su rol
de resignado guardián de archivos. Al revelar los rollos de los Manakis, el
coleccionista experimentará también la mirada que fulgura por primera
vez.
El rey-sacerdote, el revelador de lo originario, y el héroe
temerario y obstinado ven por vez primera las formas de los
rollos-tesoros, de los rollos-memoria. Recuperan la alegría
infantil. Son la mirada fresca de lo primero. Breve restitución, al
fin, de la salud paradisíaca.
Como en la mentalidad mítica, el origen vital y creador se
recupera luego de atravesar el caos y el no ser. Rodeados por la
desolación, el rey y el héroe recuperan la realidad como radiación
matinal pletórica de sentido.
Pero, en el caos moderno de la guerra explícita y de la desigualdad
social, la mirada de la plenitud sólo se asoma a través de una
pequeña y efímera grieta. Una hendidura extraviada, difícil de hallar. Lo que
impera es la niebla que confunde, que no deja ver lo que los ojos de
la primera mirada ven. Niebla en Sarajevo en la que el héroe
viajero escucha los sonidos tétricos de la ejecución de la familia del
rey-coleccionista, de sus mujeres, de niños, de la Princesa Nausícaa. La niebla de
la tierra confusa que mata con disimulo y
cobardía nada sabe del viaje que regresa a la mañana
del comienzo.
Pero,
al final, el viajero debe volver con la revelación del origen,
con la tragedia amontonada en el cuerpo. Debe volver. Con el
conocimiento de que
nunca recuperará la mirada primera. Sin embargo, en las noches no
se cansará de contar el viaje. En el mundo nocturno donde ya no se
viaja hacia el origen sólo queda el relato de ese viaje. Un
relato que, aun entre heridas volcánicas, conserva la esperanza.
Preserva la memoria de la mirada que ve el momento en que la
realidad inventa los bosques de cristal.
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