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MUERTE
EN VENECIA
El
retorno de la proximidad dionisíaca
Por Esteban Ierardo
Muerte en
Venecia (1971) de Luchino Visconti es uno de los picos del
creador italiano inicialmente vinculado al neorrealismo, y también
es una de las gemas más depuradas de la historia del cine. Gustav
Aschenbach, encarnado por el convincente Dick Bogarde, es un músico
que busca un renacer en Venecia durante una crisis espiritual. Su
modelo es el gran compositor y director de orquesta austríaco Gustav
Mahler. Lo obra viscontiana es adaptación, prolongación y
cocreación de La muerte en Venecia (1911) del monumental
Thomas Mann. En el ensayo que sigue a continuación combinamos con
libertad el momento cinematográfico y el literario, en un solo
latido común. Anverso y reverso de una única historia de una
fuerza olvidada, pero siempre próxima.
E.I
MUERTE
EN VENECIA
El
retorno de la proximidad dionisíaca
Por Esteban Ierardo
I
El artista tose, fatigado por un sentimiento de declinación,
con la conciencia de un íntimo decaer. El caer desde una
seguridad eclipsada, la pérdida de la cadencia de un arte (y
una consiguiente visión del mundo), antes seguro de sí.
Antes, el artista se alzaba sobre la fortaleza de una roca,
tapizada de flores. Lo firme y lo bello en un solo ritmo. Roca y
flor, firmeza y delicadeza como pilar de un arte refinado,
pulcro, apolíneo. La contemplación y busca, por el rigor de la
disciplina, de una forma bella, espiritual e ideal. Luminosa.
El artista de la forma bella es primero el escritor Gustav
Aschenbach en La muerte en Venecia de Thomas Mann. Mann: el
explorador de lo que se descompone y que, a la vez, hurga alguna
nueva fuente de poder creador. El artista, Aschenbach, en su duplicación
expansiva, en su continuación cinematográfica, en Muerte en
Venecia (1971) de Luchino Visconti, es también Gustav
Aschenbach. Pero ahora transfigurado en músico, en un compositor en
el que,
disfrazado, palpita un Gustav Mahler revivido por mandato de la
admiración profesada por el director italiano al creador de la
sinfonía Titán.
Intentaremos aquí acercarnos al destino del Aschenbach
combinando, en una sola palpitación, la historia imaginada por
Mann, la narración literaria, y su prolongación
cinematográfica. El artista Aschenbach (escritor bajo la pluma
de Mann; músico, un Mahler velado, ante la lente viscontiana)
vivió, o creyó vivir, cerca de la frente luminosa de
Apolo.
Pero la luz del dios griego solar nace de lo oscuro. Del abismo, en el que corren los
felinos ilimitados del otro dios, que gobierna desde lo abismal:
Dioniso. Su abismo es exaltación, sensualidad, placer
embriagante, desmesura que traspasa y disuelve la moral del
decoro, y la forma de lo bello pulcro.
Y
el dios abismal puede replegarse en la distancia.
Pero vuelve, siempre vuelve, desde su lejanía, que es en
realidad una proximidad olvidada. El músico, el artista, Aschenbach, siempre
sospechó esa proximidad. Y finalmente la recordará, en una última mañana en las playas de
Venecia...
II
El
hombre piensa en algo remoto, en figuras que se ocultan. El ayer es
doloroso, un lugar de esperanzas heridas. Por eso,
Aschenbach prefiere
esperar lo que el mar todavía protege tras la línea lejana de agua. El "vaporetto" avanza mientras
suena el Adagietto de la quinta sinfonía de Mahler. Y, finalmente, la ciudad de la
Iglesia de Santa Maria della Salute, del gran canal y la Plaza de
San Marcos pinta su silueta en el espacio. El músico respira
ya cerca de Venecia. De la Serenissima. Busca una regeneración. Un renacer. El
deseo de otra mañana anima las sonrisas forzadas de un hombre aún no totalmente resignado al derrumbe.
Aschenbach llega a la ciudad de los canales
con el recuerdo
disimulado, pero candente, de su último concierto. El público no
fue entonces un raudal de aplausos. Por el contrario: fue un vendaval de abucheos.
Recriminaciones. El poder de un acto creador no debiera
depender de la aprobación del crítico y del auditorio. Pero el
músico Gustav Aschenbach (inspirado, como ya advertimos, en Gustav Mahler en la
versión viscontiana) no puede prescindir del clamor de la
aprobación.
Cuando ésta falta,
la vejez y el debilitamiento se aceleran. Un desorden, un disturbio en su potencia creadora debió
de justificar el rechazo.
Quizá sea necesario el renacimiento.
¿Qué mejor entonces que el viaje a la ciudad de las construcciones
que se humedecen y compenetran con lo líquido, con el agua como
símbolo de la fuente de juvencia, de un resurgir desde la
recuperación de un manantial creador?
El desmoronamiento que carga Aschenbach, que tizna sus pómulos
avejentados, late en sincronicidad con una perturbación exterior
que pulula por la ciudad. Venecia es asediada por los primeros
signos de la llegada de la peste, de las garras amenazantes del
cólera. La gradual contaminación de los edificios históricos y de
las playas del Lido, de la Venecia elegida por la avidez turística,
es reprimida mediante un "perverso secreto de la ciudad" (1). Luego, en una
iglesia, Aschenbach
sentirá la propagación de lo malsano y silenciado:
"un sacerdote de vestiduras ricamente adornadas oficiaba,
cantando entre nubes de incienso que velaban las macilentas
llamitas de los cirios, y al dulce y penetrante aroma del sacrificio
parecía sumarse poco a poco... el olor de la ciudad
enferma" (2).
Aschenbach se aloja en el Hotel Des Bains. El compositor pregunta al
maitre del hotel, o un cantante callejero, pero no recibe
respuesta sobre el porqué de los olores inquietantes. Sólo en una
agencia de viajes, un empleado le revela lo silenciado: el mal
contaminante nace en Asia; y los bacilos de la peste son
trasportados luego por el siroco a la capital de la vieja república
veneciana. Ya en el pasado, Venecia había recibido la visita de los
virus destructores. Su iglesia icónica, Santa Maria della Salute,
nace como invocación a lo divino para su intervención protectora
ante las terrible mordeduras de la peste (3).
Y
Aschenbach recibe un consejo: debe marcharse cuanto antes para
evitar quedar encerrado en la ciudad tras una eventual cuarentena.
Pero el compositor, por motivos que luego recordaremos, opta por
continuar en Venecia. Gesto que atenta contra la razón, que estira
una fisura por la que fluirá el placer de lo no racional que lo
visitará gradualmente. Y esta decisión lo hace cómplice del
secreto. Secreto de mirada extraviada, perversa, refractaria al
reconocimiento de la verdad; por eso su diferencia respecto al otro
secreto ancestral de los misterios de iniciación que ocultaban
primero una verdad secreta destinada luego a ser luminosa revelación.
Doble ocultamiento: el intrínseco derrumbe de Aschenbach, de su
estética, de su concepción del mundo; y el despliegue de los
biombos y máscaras que disimulan la amenaza pestífera. Este último
ocultamiento promueve una explicación ineludible, pero también
banal: hacer pública la realidad de una Venecia apestada
significaría el fracaso del negocio turístico.
Pero la oclusión de la verdad obedece tal vez a otra razón, más
sutil: ocultar la presencia de lo pestilente es negación de la
mortalidad humana, de su poder que marca al hombre con la
humillación de la enfermedad, y de una muerte degradante. Ocultar la mortandad que se
avecina para escapar de la realidad contundente del hombre como
sujeto destinado a la desmaterialización, a la desaparición de sus
manos antes sólidas. Como ocurre también en La máscara de la
muerte roja de Poe: en su castillo fortificado el príncipe
Próspero y sus cortesanos se zambullen, durante la edad media, en
un jolgorio continuo mientras afuera, extramuros, la peste negra
tritura. Succiona cuellos antes bañados por la miel de la salud.
Es el verano de 1911. Por eso, también el ocultamiento de la
enfermedad y el contagio se amalgama, desde lo subterráneo, con la
ceguera de la belle epoque, con su felicidad
despreocupada, de caderas bamboleantes y sonrisas bobaliconas,
mientras, por debajo de los pies que bailaban, aumentaba la presión
de las contradicciones que finalmente explotará con rabia
devastadora en la Primera Guerra Mundial.
Y la ciudad bajo la sombra de la peste es asimismo posible anticipación de
un caos, de un hervor que muta o disuelve. Mas como preámbulo de
una recreación. Es el proceso que entrevió Artaud en El Teatro y
la peste (4). La peste destruye la forma estable, ordenada.
Pero para liberar las llamas de una fragua inconciente, un lugar
más originario para una revelación que, en su periplo veneciano,
Aschenbach, el músico de la pulcra belleza espiritual, descubrirá
en los bordes de la peste y la muerte. Lo disoluto, lo pestífero
disolvente abre lo que antes era una superficie bella y cerrada a una verdad más
primaria y cercana.
III
Aschenbach es ejemplo del burgués decadente del que Thomas Mann
ensaya una radiografía medular. Sade vive en el límite de la
razón y sus pretensiones de saber total, y la liberación
del goce sensorial y el instinto. Mann también respira en una zona
liminar: en la frontera entre lo que se desmorona y lo nuevo que
muestra un rostro totalmente opuesto a un pasado ya perdido. El ayer
que se desangra es el del burgués como figura producida por la
modernidad de la revolución protestante, principalmente en su
expresión calvinista. Lo
nuevo es la figura del capitalista del mercantilismo voraz,
el de la ávida acumulación del néctar de las nuevas ganancias.
Néctar viciado por la explotación. El despeñamiento que
Aschenbach vive en Venecia reproduce el destino declinante de un
tipo social. Lo que declina es la pasada armonía entre la acción
económica en este mundo material del burgués y sus apetencias
culturales, su deseo de absorción de bienes simbólicos refinados.
Deseo estrangulado luego por la hiedra capitalista.
El protoburgués vivía (o se imaginaba vivir) en el equilibrio
entre lo terrestre y la salvación. En la archicomentada La
Ética protestante y el origen del capitalismo, Max Weber
recuerda la fórmula de Calvino: la salvación del burgués piadoso
surge a través del trabajo en este mundo. Mediante la labor
productiva que se desempeña con ahínco y austeridad, desde una
autocontención espiritual frente a la tentación del enriquecimiento
excesivo. En la modernidad protestante el triunfo económico es
signo de una predestinada salvación celeste. El éxito en
la economía doméstica, burguesa, es propedéutica o preparación
para el regreso al paraíso perdido allende este mundo humano e
histórico. Lo económico burgués preludia un logro religioso. El pragmatismo, y el ascenso o éxito social mediante las profesiones
liberales, no se contraponen todavía a la realización espiritual.
En
la opera prima de Thomas Mann, en sus Buddenbrook, su
personaje central, Hanno Buddenbrook, corporiza el divorcio de la
productividad material y la avidez espiritual. Hanno se horroriza
ante la saga explotadora que escriben ya los capitalistas del
desenfreno de la plusvalía. Y sin resultado feliz intenta el pasaje
o metamorfosis de su acción como comerciante hacia la música. Pero
esta nueva condición ya no tiene frente a sí al "oyente
estético" nietzscheano, al oído que escucha la trascendencia
poética de lo musical. La sociedad definitivamente pierde todo
sueño de comunidad (como lo ratifica Ferdinand Tönnies en su
clásica Comunidad y sociedad). El nuevo individuo burgués,
el de la apoteosis capitalista, no sólo escinde lo utilitario de la
gratuidad del regocijo estético; también multiplica la separación
entre los seres. El otro se convierte
ahora en instrumento o víctima de una razón instrumental.
Pero
en este ocaso sin nueva mañana, Thomas Mann no escapa a la
contradicción o a la incapacidad para asumir la muerte final del
antiguo burgués sensible ante lo bello. Extinción irreparable que
vomita, en la ficción, el sino trágico del
escritor Aschenbach, expresado en la propia resonancia de la
traducción de su apellido: "arroyo de cenizas": el último
discurrir de las cenizas de un fuego ya pasado; los últimos
estertores de una reacción desesperada del creador ante un mundo
que sólo tolera el arte mercancía o un vendible artista fetiche.
En
sus Consideraciones de un apolítico (1918) (5) Mann no se
despide con contundencia de una burguesía ilustrada, ya devenida
espectro sin escenario o teatro donde representarse a sí misma. Por
un lado, un Mann de credo democrático, que luego asumirá con
estoicismo su exilio en Estados Unidos durante la inundación de su
Alemania de Goethe y Schiller por el lodo nazi, se enfrenta a un
esquivo objeto de pensamiento: "lo alemán". Lo alemán es
por excelencia el "abismo", es "el campo de batalla
para las contradicciones europeas"; es la ebullición
autoritaria incapaz de una pacífica armonización democrática de
intereses contrapuestos. Y el Mann de Consideraciones...
es el libre pensador que, en el capítulo "La condición
burguesa" (Burgerlichkeit) imagina un renovado heroísmo
burgués que recupera su fuerza de autotrascendencia en un trabajar
al límite, sin desfallecer. Pero aun esta redención agónica del
ethos burgués oculta la decadencia ya consumada en el tribunal
sin nuevas apelaciones de la historia. Por eso, su hermano, Heinrich,
el escritor pro galo, versallesco, lo conmina a reconocer la
definitiva catástrofe: el triunfo del bourgeois capitalista,
imperialista, y cultor de la Realpolitik y la
deshumanización que trae la Alemania
posbismarkiana (6).
El antiguo burgués de la acción exterior, pero también del
jardín interior, es ya un cristal ennegrecido, atrapado en el cofre de
un pasado cerrado. La vieja interioridad burguesa es apabullada por la lógica
extrovertida y utilitaria del mercantilismo exacerbado. Para
renacer, el pretérito interior burgués, abierto todavía al flujo
de lo suprasensible, necesitaría de un pacto con una potencia extraordinaria,
demoníaca, nigromántica. Es lo que Mann comprende a través de su Doktor
Faustus, escrito en 1947 (7). El músico que ya late bajo la ola
quebrada de lo decante, Adrian Leverkühn,
consuma el pacto fáustico
necesario. La invocación final del diablo como única savia
nutriente para el artista extraviado en un mundo ensordecedor donde
ya no es posible escuchar una inspiración sobrehumana. La imposibilidad del artista para sumergirse en subterráneas corrientes creadoras necesita la mediación de lo diabólico.
Necesita de un Mephisto
propiciador. Pero que impone un costo: "...te estará prohibido
el amor carnal, cálido, humano". El arte burgués que exaltó
la forma ordenada, pulcra, paga ahora el precio de su impotencia
creadora en el mundo ya dominado por los vampiros del capital
desespiritualizado.
Fausto-Leverkühn
recupera el origen sensual, turbulento, demoníaco de la
creatividad, luego de un largo olvido y negación, pero sólo por
lo mediación de lo diabólico; que ya no es lo diabólico
romántico, luciferino, generosa energía desbordada en castillos
llameantes que, antes, el artista recorría libremente. Lo diabólico que ahora impera es negatividad regresiva que
procede de la incapacidad creativa del artista. De un artista confundido porque ya
no es capaz de un encuentro espontáneo con las ráfagas creadoras. El músico fáustico
manniano, luego de la caída del Aschenbach de La
muerte en Venecia, vuelve a crear, pero como sombra iluminada
por una luz opaca.
IV
En su novela, Mann enfunda a su escritor Gustav Aschenbach en
cualidades burguesas específicas como la disciplina y la
valoración de la belleza. Desde su juventud, Aschenbach recibe los
primores de la fama. El goce de la notoriedad pública que nace en
el individuo del Renacimiento, ávido de reconocimiento, tal como lo
destaca Burckhardt en su clásica obra La cultura del
Renacimiento. Pero la fama convive con una exposición continua.
Aschenbach vive así en una "tensión constante", que se
aviva por la constitución no robusta del escritor y por su
pertenencia a "una generación en la que no escaseaba el
talento, sino la base física que éste precisa para florecer: una
generación acostumbrada a dar muy pronto lo mejor de sí misma, y
cuya capacidad creadora rara vez resiste al paso de los años"
(8). Una innata predisposición a la extenuación
biológica sugiere un modo de la decadencia vital. Frente a la que
Aschenbach resiste; resiste mediante la escritura de sus grandes y
exigentes obra de madurez, como Federico de Prusia; Maya;
o el ensayo Espíritu y arte, cercano a la filosofía del
arte schilleriana de Las Cartas sobre la educación estética del
género humano. Todo lo exultante existe como un " 'a pesar
de',
y adquiere forma pese a la aflicción y a los tormentos, pese a la
miseria, al abandono y a la debilidad física" (9). La
resistencia creadora frente a la extenuación física y las
turbulencias del alma fermenta el heroísmo último del burgués que
combate en la "tensión extrema", como un ser flagelado,
como un asaeteado San Sebastián. El último heroísmo desangrado, el
de Aschenbach-Mann, ya sabe que lo que impera es la asfixia. La
sofocación que produce un materialismo que todo lo anega con sus
exigencias de acciones utilitarias, con el agobio de las manipulaciones instrumentales.
La
antigua apertura burguesa al arte, su voluntad de armonía entre un
mundo de utilidades y de placeres estéticos, naufraga. Pero, aun
así, el escritor no renuncia a "una conducta entrañable
puesta al servicio, rígido y vacío, de la forma" (10). No
queda entonces más que un "heroísmo que no fuera el de la
debilidad".
El trabajo en condiciones de presiones extremas o el resistir en el
culto de la forma bella es el refugio último de un burgués que,
por la escritura, protege la pulcritud de lo bello. Protección a
través de la disciplina. Remanente de la virtud burguesa de
viejo cuño, que actuaba disciplinadamente para buscar su salvación
trasmundana.
Y la forma no es ineludible producto de un intelecto
ordenador, de un conocimiento que ordena, clasifica, define. Por el
contrario, voluntad y pasión reafirman en Aschenbach "esa
noble pureza, sencillez y simetría compositivas que, a partir de
entonces, imprimieron a sus obras un sello ostensible, y hasta
deliberado de maestría y clasicismo" (11).
Clasicismo:
por medio de la forma bella, visible, se adhiere a una estética
particular: el sueño de la figura pulida, perfecta. Un ansía de
perfección presente tanto
en el Aschenbach escritor en la novela manniana como en su
duplicación en el músico de la versión fílmica
viscontiana. En ambas versiones, Aschenbach caerá finalmente desde
el altar de las formas depuradas hacia algo otro. En el relato de
Mann ya se presiente, en el capítulo II, el desangramiento del
sueño de la forma estética estilizada del clasicismo. Su ética no vive del
saber conceptual como tal, sino del culto a " una sencillez y
simetría compositivas". Pero el apego a la forma encubre ya su
disolución futura. Porque la exaltación de la forma: "¿no supone a
su vez una simplificación, la reducción del mundo y del alma a un
estado de candor ético y también, por consiguiente, un reafirmarse
en dirección al mal, a lo prohibido y moralmente inadmisible?"
(12).
Desde una hermenéutica simbólica, la forma es patrimonio del dios
solar y apolíneo. Cuya sosegada belleza, su orden y ética
racionales, disimula su origen en el "mal", en "lo
inmoral", o "antimoral" de un dios anterior, más
profundo, originario: Dionisio y su noche amorfa. El velado influjo seductor del
"mal", de lo "prohibido", de lo "moralmente
inadmisible", es ya sospecha de la embriaguez, de un poder
creador que no puede
respirar en el único reino, puro, apolíneo, clásico, de la
forma perfecta.
V
En Muerte en Venecia de Luchino Visconti la forma también se
quebrará ante la irrupción de una realidad amorfa, dionisíaca, de
un "mal" más poderoso que cualquier ética del orden. De
ese orden como plexo solar de lo burgués, como necesidad de escapar de
lo caótico e incomprensible.
Lo burgués que cae, como en Mann, es también centro magnético de
varias de las obras esenciales de Visconti. El artista italiano, el
"aristócrata marxista", recrea primero, desde la lente
del neorrealismo, la novela I Malavoglia de Giovanni Verga en
La terra trema (1947). Y luego el pasaje por la turbulencia
familiar en Rocco y sus hermanos (1960) desemboca en El
gatopardo (1963), en la que Don Fabrizzio (Burt Luncaster) suda
dolor entre las ruinas de la vieja aristocracia cercada por lo
burgués degrado en sus trajes de oropeles mercantilistas. Lo
burgués del viejo cuño que se derrumba es representado en la
trilogía viscontiana compuesta por La caída de los dioses
(1969), Luis II de Baviera, el rey loco (1973), y la propia Muerte
en Venecia (1971). En el primer film mencionado, bajo la
inspiración vaga en la familia Krupp, dueña de una fuerte
industria del acero antes de la Segunda Guerra Mundial, lo burgués cede y pacta
con el ascendente barbarismo nacionalsocialista. Luis II de Baviera
(1845-1886), protagonista del segundo film, se convirtió en rey
al suceder a Maximiliano II. Sólo contaba a la sazón con 18 años.
Luis fue el gran mecenas de Wagner. En Munich, capital
constitucional de su reino, cumplía con desdén sus estrictas
obligaciones de gobierno. Pero su verdadero mundo era el repudio por
un tiempo ya aherrojado por el pragmatismo creciente de la
burguesía capitalista, lo burgués de la mera exterioridad. Luis
reaccionó ante el prosaísmo desde el amor por la fantasía, por el
mundo poético, ávido de intensidades artísticas. Y construyó
varios castillos para darle expresión y refugio arquitectónico a
su nostalgia por una existencia engalanada por hadas,
sueños fantásticos y aventuras
románticas. Su gradual ruptura entre su universo
espiritual y lo pedestre de su tiempo histórico supuso, para
algunos, su posible asesinato para reconducir los carros del reino
hacia las demandas del mundo "real" y antipoético.
La desaparición de Luis II es metáfora también de un nuevo
fragmento desprendido del viejo cielo burgués que Visconti revivió
en sus relatos visuales, en su parábola descendente.
VI
En una Venecia cercada por la peste, el músico Aschenbach no
quiere todavía renunciar a la estética de lo bello. Y menos aún
cuando en el hotel descubre, como una inesperada fulguración de una
belleza ideal, a un joven polaco, llamado Tadzio, flanqueado por una
dama, su madre (Silvia Magano), tres hijos, y un jovencito. En
diversos lugares, la playa, el ascensor o el salón del hotel, el
compositor (Dick Bogarde) dirige miradas extasiadas al bello joven y
cree recibir una sonrisa condescendiente como respuesta. Un gesto
ambiguo que atiza su admiración hipnótica ante el joven. Se siente entonces amenazado por el enamoramiento. Decide
escapar, marcharse de Venecia. Regresará a Munich. Pero, en la
estación de tren, su baúl es extraviado. Por lo que encuentra una
placentera excusa para permanecer en la ciudad que conoció el
nacimiento de los lienzos de El Veronés.
El
músico se reencuentra así con Tadzio. Un efigie siempre muda, un
aparente signo visible de la pervivencia de la forma bella,
clásica, apolínea, entre vientos negros de fealdad.
Desde
su primer encuentro con el joven Tadzio, Aschenbach renueva su fe en
la realidad de una belleza celeste que alumbra
lo terrestre, de lo eterno que centellea en lo temporal. La realidad
de una luz no
mancillada por el fango de lo inseguro y mutable de este mundo. Por
eso, defiende todavía con ahínco su estética apolínea ante
Alfred (su interlocutor en una refinada discusión sobre el arte y su
sentido, posiblemente inspirado en Arnold Schoenberg, o Adrian Leverkühn
del Doktor Faustus).
El diálogo entre Aschenbach y Alfred es el núcleo filosófico del
film. La colisión de dos experiencias disímiles sobre el arte.
Aschenbach asegura que "la creación de la belleza y la pureza es
un acto espiritual", y que sólo dominando todos los sentidos
es posible alcanzar "la sabiduría, la verdad y la dignidad
humana".
La belleza pura como ideal es ajena a lo bello sensible percibido
por los ojos físicos. Y el arte, "el principio más sublime de
la educación", forja al artista como un "modelo
ejemplar", como "modelo de equilibrio y fortaleza".
El artista debe liberarse de la sensualidad
que lo desvía de la forma bella ideal. Esa forma que Apolo
entregaba en sueños a sus escultores, o que Platón sitúa en el mundo de las ideas bajo el resplandor de la
Idea de la belleza en sí. Pero Alfred disiente:
"la belleza surge de los sentidos", y el talento es un
"don divino". Es "enfermedad divina", que crea a
través del "estallido repentino, malsano y pecaminoso de los
dones naturales". Las alas del arte se baten con turbulencia.
Necesitan del brío del "mal". Porque, caso contrario, no
existiría el estallar repentino del acto creador. El talento se
ahogaría en la impotencia. Y frente al equilibrio apolíneo que ordena,
separa, y no mezcla, no abre corrientes de contaminaciones creativas,
sorpresivas, Alfred
insiste en la ambigüedad de la música. Ambigüedad de lo musical
porque su forma compositiva siempre es invadida por lo sensual y no racional.
Aschenbach así continúa la estética fundacional de Occidente: la
Grecia del primado de la luz y la forma armoniosa. La sensibilidad
subyugada por el orden universal, por el cosmos de las formas
ordenadas, y por las proporciones armoniosas de un cuerpo humano
estilizado. Aschenbach se embebe de clasicismo. Émulo de
Winckelmann, comparte su ponderación de lo clásico griego y de su
sencilla y austera nobleza. La forma y su equilibrio le obsequian
el don de lo bello al mundo. Y el artista debe difundir su energía
purificadora, desde un ascetismo que lo acerque a la pureza de una bella
idealidad espiritualizada. Y entonces el músico
será así autocontención. Disciplina. Un cielo límpido
en los ojos y un pulso firme que escribe en el pentagrama. Un orden
estricto que expulsa las escorias de lo feo y turbulento.
Frente a la deidad de Apolo brillando en las reflexiones de
Aschenbach, Alfred agita el fuego desproporcionado. Defiende la
inspiración demoníaca del arte (que Aschenbach niega airado). En
esta otra visión del origen del acto artístico no hay reposo ni
quietud. El ángel demoníaco inspirado, el Lucifer que regala la
música poderosa, incendia los subsuelos del alma. El arte sólo es
auténtico cuando nace como estallido. No como forma que busca luego
su depuración o clausura. El arte es primero fulguración violenta,
sólo después figura fluida, abierta que, siempre, debe eludir una perfección
final. Alfred (antes del pacto fáustico del Leverkühn
atrapado por
una impotencia creadora inicial) es mensajero no asumido del dios negado por la
hegemonía apolínea. Es vocero del Dionisio que regresa. Con el
ardor que quema los límites. Las figuras equilibradas. Las
geometrías ceñidas a una proporción racional. Frente a la fe en
lo clásico de Aschenbach, la liberación luciferina de la potencia
creadora. Pero Aschenbach se engaña. Cree ser el heraldo de la
forma pura, espiritual. Pero su música ya insinúa una no asumida
entrega a la exaltación desproporcionada, sensual, embriagante. Para
demostrárselo, Alfred toca en el piano un fragmento de la música
de Aschenbach-Mahler, que devela esa subyacente sensualidad
creativa. Lo que anuncia también que las bacantes, las mujeres del
dios de la vid, del estallido repentino, sensual, eruptivo, se
aproximan y aprestan a realizar su sacrificio. Un acto sacrificial
al que luego aludiremos, desde la novela de Mann y un sueño donde
regresa una furia, y una embriaguez reprimidas…
VII
Aschenbach quiere navegar con las velas de lo bello apolíneo. Pero
la nube del sueño bello se ennegrece lentamente. Múltiples
signos de fisuras rasgan ya aquella nube. Cuando el músico llega a
Venecia se encuentra con personajes y ambientes que destilan lo
grotesco: un gondolero indolente, un viejo bufón, calles sucias
y lóbregas. La fealdad que muerde el aire. Y un hombre que se desploma, apestado, en la estación del
tren.
Pero ya dentro del círculo de lo decadente, de lo enfermizo y
grotesco, Aschenbach se embarca en una particular forma de la
esperanza: en una salvación profana a través de la contemplación
de lo apolíneo. La repetida contemplación del joven Tadzio, en
diversos ámbitos, en diversos momentos del día y la noche.
Benjamín habló del surrealismo como liberación de un inconciente
creador. Un acto emancipador que definió como "iluminación
profana". Aschenbach busca su salvación profana que nace del Eros.
Del impulso deseante que demanda la repetida proximidad de
Tadzio, como compensación de los peligros de Thanatos. El
compositor entonces trata de embellecerse. Acude a una peluquería
para teñirse las cañas, el pelo y el bigote. Su rostro disimula
sus asperezas mediante el maquillaje facial, y sus labios se tiznan con pintura labial. Su renacida y discreta belleza busca la
atención del eros juvenil.
Pero las miradas subyugadas que
Aschenbach le dedica a Tadzio nada deben a una atracción
homosexual. El músico visita un prostíbulo. Una bella joven se le
ofrece como apetecible perla sensual. Sin embargo, el compositor no
puede disfrutar del encuentro erótico hombre-mujer. Imposibilidad
que, en apariencia, ratificaría una clara inhibición del goce con
lo femenino por la primacía del impulso homosexual. Pero, visto
desde otra mirada, la impotencia de Aschenbach es quizá fijación definitiva
en un objeto de deseo contemplativo, en el estilo del Banquete platónico, en la admiración
de una sensualidad que, desde lo bello sensible, abre a lo bello
inteligible, a la belleza en sí, pura, perfecta, extracorpórea.
Por eso, Tadzio no nutre el deseo de un encuentro sexual, sino la
contemplación de un arquetipo ideal, donde lo sensual es sólo la
escalera que guía al artista erotizado hacia la idealidad formal. Pero,
a su vez, , y de forma paradojal, lo sensual es atracción o recuperación de los sentidos,
de la embriagante pasión ante la belleza visible; hacia el
"mal" del goce sensorial.
Tadzio,
para los ojos de Mann o Visconti, es arquetipo antes que persona. Es
lugar de un valor impersonal y universal bajo la apariencia de una
singularidad humana. Tadzio es lo universal del ideal de belleza. La
impersonalidad del joven se denota a través de su silencio
continuo. Su no participación en el lenguaje, su no decir, su no
participar de las palabras que definen al hombre como sujeto parlante. Tadzio se sustrae así de lo
verbal. Y vive como encarnación arquetípica de lo bello. Y
también ejemplariza la superación de los opuestos que gobiernan el
mundo terrestre. De ahí la ambigüedad, la androginia, la
indefinición, la integración en Tadzio de lo masculino y femenino, antes
separados.
El repetido ver del cuerpo bello, del efebo radiante, andrógino, es
ascenso hacia lo bello verdadero,
hacia el esplendor de una forma perfecta. Por eso la proximidad de
la puerta hacia lo ideal es celosamente protegida por Aschenbach.
Por eso, con desesperación persigue a Tadzio por el laberinto de las callejuelas
venecianas.
Pero
esta persecución ya está contaminada. La peste contamina, mezcla
la ciudad bella, con la turbulencia no gobernable por la razón. Y
el perseguir del músico también es experiencia contaminadora; es
la busca de lo bello, pero no desde el salto hacia lo ideal puro,
sino desde un creciente caer en el deseo
incontrolado, en la embriaguez. En el desenfreno. En el
"mal". Que no puede identificarse con la ética de las
"formas debidas".
VIII
La gradual emergencia de lo que desborda la forma es afín a la
acción de la música. Aun cuando la sucesión musical suene como bella
melodía, la música es fuerza que nunca puede ser
representada, ni detenida, en ninguna forma visible.
Y
en el film de Visconti, el Adagietto de la quinta sinfonía de Mahler libera
sus anacondas que hechizan al oído con delicados timbres poéticos.
Alfred toca las primeras notas del cuarto movimiento de la cuarta sinfonía, también de Mahler. Cuando ocurre el encuentro de Aschenbach con
Tadzio se escucha el contraalto de la tercera sinfonía mahleriana. En la plaza, en
la cercanía del joven, Aschenbach, ante una mesa y unos papeles,
acaso escribe nueva música. Y el propio Tadzio aporrea unos acordes
de la Para Elisa de Beethoven en un piano. En la escena del
encuentro del efebo eslavo, su familia y Aschenbach
con unos músicos callejeros, se entona la canción popular napolitana
La rista. Y en la suprema secuencia final de Muerte en
Venecia fluye la delicada ambrosia de la canción de cuna de
Mussorgski.
El impacto esencial de lo musical en el film es posible
prefiguración del triunfo o regreso de la música (y su condición
no formal) como nervio del mundo.
El Aschenbach de la versión de Visconti late desde la persona
y la música de Mahler. Y en el trasfondo de la redacción de la novela de Mann ya
palpitaba la influencia mahleriana. Con su esposa Katia Mann, Thomas
vivió en Venecia un período de vacaciones en la primavera de 1911,
mientras llegaban las noticias continuas de la salud crítica del
gran músico austríaco que moriría poco después. También en esos
momentos llegaba desde el norte de Venecia los olores de una peste
acechante.
En el film de Visconti se consuma el deslizamiento explícito del
artista-escritor al artista-músico mahleriano. De ahí la interpolación en flasback
de la escena de un Aschenbach más joven, sin bigotes, que comparte
una bucólica escena campestre con su esposa, inspirada en Alma
Mahler, y su hija. Nueva indicación velada del protagonismo del
Aschenbach-Mahler en la obra del realizador de La caída de los
dioses.
El Mahler histórico se elevó como compositor post-romántico
esencial que frecuentó principalmente la canción (lied) y
la sinfonía. Entre sus diez sinfonías (la última inconclusa) sobresale la número 1, Titán.
Mahler admiraba profundamente a Anton Bruckner. Gustaba de la
composición heterogénea que unía diversas fuerzas inspiradoras:
marchas, fanfarrias y melodías populares. Su condición de judío,
y el advenimiento posterior a su muerte del nazismo, implicó la
postergación de su reconocimiento hasta después de la Segunda Guerra
Mundial. Directores como Leonard Bernstein, Otto Klemperer, Bruno Walter,
fogonearon vivamente el renacimiento de su esplendor orquestal. Hijo
de un posadero judío, creció entre la violencia paterna que, sin
embargo, fue sensible a la dignidad de la belleza artística por lo
que lo estímulo a iniciar su formación musical. Luego de su pasaje
por el Conservatorio de Viena fue director de varios teatros de
ópera (como en Praga o Budapest), hasta que en 1897 alcanzó el cargo de
Kapellmeister de la Ópera de corte de Viena, pero a
condición de renegar de su judaísmo heredado y convertirse al
catolicismo. Su personalidad era compleja, y detonante de relaciones
hostiles con sus músicos, a los que martirizaba con extensos y
agobiantes ensayos. No dudaba en despedir a intérpretes reconocidos. Cosechó así odio entre los
músicos y el público. Su última representación en el Teatro de
Viena, antes pletórico de entusiastas concurrentes, desembocó en
una sala casi despoblada.
En
1902 se casó con Alma Schindler, mujer educada en un muy refinado
ambiente artístico, hija del pintor Emil Jakob Schindler, amigo de
Gustav Klimt. Mahler tuvo dos hijas con ella. María Anna, que
murió de escarlatina; y Anna que sobrevivió, y se convertiría en
escultora. Mahler, que profesaba veneración por Alma, afirmó que
el célebre Adagietto de la quinta sinfonía, pasajes de la octava
sinfonía, y el segundo tema de la sexta, son "retratos
musicales" de Alma (13). El músico inspirado por una
pulsión femenina, recuerda así el poder creador del vientre, de lo
subterráneo, lo oscuro sin forma. Sitio de gestación emparentado
con el Dionisio que traspasa, supera y contiene aun la forma más
bella y perfecta.
IX
Ni el más cerrado granito impide finas hendiduras, que se dilatan y
expanden cuando lo que regresa es una culebra de cabeza quemante. Incendiaria. Culebra de lo
dionisíaco, lo demoníaco. El mal como
paradójico bien. Paradoja que dispensa los dones creadores.
En el capítulo V de la novela de Mann, Aschenbach, sumido en un sueño, es
visitado por la furia de un antiguo culto dedicado a Dioniso.
En la mitología clásica, las
bacantes, las ménades, son las nodrizas de Dioniso. En su
juventud, Hera enloquece al dios. Es su venganza por el nacimiento espurio
de Dionisio cuya
madre mortal fue inundada de placer por la lujuria de Zeus. Dioniso se
convierte así en
dios extático. Desbordado siempre por su locura divina, recorre los
bordes del mundo conocido. Es dios nómada, extático, un "dios
extranjero". Dios que
también regresa a Tracia, su posible patria. Y luego a Grecia, y a
Tebas, la ciudad de las siete puertas, en la que es rechazado por
Penteo, su rey. Pero, tal como lo narra Eurípides en su última
obra trágica, Las bacantes, el dios llegado de lejos es adorado y seguido por las mujeres,
encabezadas por Agave, que siguen su llamado, trasgreden los límites
de lo urbano, de la polis, diadema de lo civilizado. Una vez en el bosque,
se convierten en la encarnación mítica de las mujeres del dios. Y le rinden
su tributo. Un sacrificio. El sacrifico de un macho cabrío. Beben
entonces su sangre caliente. Comen la carne cruda.
Y en un sueño que experimenta Aschenbach ve "un tropel de
seres humanos y animales, un torbellino, una turba frenética que
iba inundando la ladera con cuerpos y llamaradas confundidos en un
delirante vértigo de rondas. Tropezando con sus vestimentas de
pelleja que, excesivamente largas, pendían de un cinturón grupos
de mujeres agitaban panderos sobre sus acezantes cabezas, echadas
para atrás; blandían antorchas chisporroteantes y puñales
desenvainados; llevaban serpientes de agudas lenguas asidas por la
mitad del cuerpo, o bien, ululando, portaban sus senos en ambos
manos. Vio hombres velludos, con taparrabos de piel de fiera y
cuernos en la frente, doblar la nuca y agitar brazos y piernas al
son de broncíneos címbalos y del furioso redoblar de unos
timbales, mientras imberbes efebos aguijaban macho cabrios con varas
hojosas..." (14). Todos estaban poseídos mientras comían de la
carne de los machos cabríos y lamían su sangre. Y él, Aschenbach,
el soñador, "el durmiente ya estaba entre ellos y dentro de
ellos, poseído también por el dios extranjero". Y: "De
este sueño se despertó enervado, deshecho, enteramente a merced
del demonio" (15).
Las ménades también regresan con su furia en una sala de concierto
moderna en una ficción cortazariana (16).
Y con
el regreso de la exaltación musical dionisiaca, con su culto
primitivo, el ideal de la
forma bella, perfecta, autosuficiente de Aschenbach sucumbe. Ahora
ha sido invadido, o rescatado, por lo demoníaco, por la noche del
"dios extranjero".
Apolo, lentamente, reconoce su nacimiento en el vientre de una
divinidad que libera el placer embriagante, lo extático y
demoníaco; que abre al aparente
"pecado", al "mal", al "descarrío",
como lo sugiere también la interpolación, poco de después del
sueño de Aschenbach, de un significativo pasaje del Fedro
platónico: "Porque la Belleza, Fedro, tenlo muy presente,
sólo la Belleza es a la vez visible y divina, y por ello es
también el camino de lo sensible, es, mi pequeño Fedro, el camino
del artista hacia el espíritu. Pero ¿crees acaso, querido mío,
que algún día puede obtener la sabiduría y verdadera dignidad
humana aquel que se dirija hacia lo espiritual a través de los
sentidos? ¿O crees más bien (te dejo la libertad de decirlo) que
es éste un camino peligroso y agradable al mismo tiempo, una auténtica vía de pecado y perdición que necesariamente lleva al
descarrío? (17). La Belleza como manifestación sensible entrega lo
divino; conduce a la sencillez y a la grandeza de la forma ideal. Pero el
goce de esta mediación sensible determina a la vez que los poetas,
los artistas, no puedan escapar de su sometimiento a lo sensual, a
la pasión, al eros enardecido por lo bello visible, por una forma
bella que ahora "conducen a la embriaguez y al deseo", y
al abismo. Una profundidad abismal que, a diferencia de lo que
supone la meditación platónica, no es acaso regresiva, sino
restitución de una fuerza próxima y olvidada, de una creatividad
más visceral.
El regreso a lo
primitivo, como antigüedad de lo sacrificial y dionisíaco, como eco
de una verdad primaria olvidada, late también en el sueño de Hans
Castorp, el gran personaje que atraviesa los esfuerzos y proyectos
pedagógicos de Setembrini y Naphta en La montaña mágica.
En su capítulo "Nieve", Castorp, en un momento de
recuperada soledad, atraviesa con sus esquíes las laderas de
montañas, envueltas en vivos mantos blancos. Se maravilla ante la
majestuosidad de los solitarios paisajes nevados. Y, al descansar
ante una cabaña, sueña. Sueña primero en un paisaje idílico, en un
ámbito rural, en el que conviven armoniosamente la naturaleza,
hombres, mujeres y cabras. Luego, arriba hasta las columnas de un
templo abandonado. Se encuentra allí con un joven efebo (posible
paralelo o duplicación de Tadzio). Luego de deslumbrarlo con su
presencia seráfica, el rostro del muchacho adquiere un viso
sombrío, e indica a la lejanía. Como si señalara el
retorno de algo olvidado, reprimido. Es el preludio de la escena que
evidencia la reemergencia, desde lo inconciente, de las
prácticas más arcaicas de sacrificio humano de las mujeres de
Dioniso (18).
Pero, más allá de la situación sacrificial, aquí se
hace patente nuevamente la visibilidad de la proximidad de lo arcaico, lo
abismal, una fuerza primaria, salvaje, que absorbe o desborda la
perfección de lo bello o racional. Es el regreso de lo sensual,
del goce sensorial que disuelve todo forma pura, racional, ideal, de
belleza. Y, paralelamente, el derrumbe del anhelo de una forma musical
perfecta es padecido por el Aschenbach viscontiano cuando sufre
el rechazo del público predispuesto sólo a las cadencias de la
armonía. Allí donde el auditorio convencional repudia una
aberración, Alfred celebra el regreso del compositor a la fuente de
la vehemencia y la sensualidad creadoras. El retorno a la pasión, a
los sentidos, a la fuerza de
las ménades y su dios.
La
caída del ideal de la forma bella y perfecta es un acto de
violencia. Un estallar repentino. Acaso por eso, en las playas del
Lido, Aschenbach presencia lo violento desintegrador. Una lenta
sucesión de provocaciones se inicia entre el frágil Tadzio y su
amigo-amante. El joven Jaschu golpea entonces con meticulosa
brutalidad a la efigie de lo bello, aparentemente invulnerable en su
cielo de radiante belleza solar, en su delicado frescor de juventud
ajeno a la contaminación del mal. Luego de su arrebato de furia,
Jaschu busca la reconciliación. La reconciliación que propone
acaso el Dioniso de la agresión devastadora contra el sueño
de la belleza inocente, de la armonía que olvida su origen en el
acto de la violencia creadora.
Tadzio rechaza la reconciliación. Pero comprende la realidad más
primaria. Que regresa para recordarle sus límites…
El músico
contempla la escena, agobiado por la desesperación y la impotencia.
Su cuerpo tiembla ya por los signos de la peste que se han infiltrado en su sangre. Suda. Sufre convulsiones. Pero su padecer
es sólo secundariamente físico. Su tortura es la comprobación
final de la ilusión de la verdad perfecta devorada por la fuerza
enigmática, sin rostro ni figura. La fuerza exaltada, creadora,
de lo dionísiaco. Pero como último consuelo, y tal vez como
cumplimiento de un destino redentor, le es concedido al músico,
otrora discípulo de la perfección apolínea, el don del ver
un destello de verdad.
El joven Tadzio, lo bello apolíneo con su disfraz humano, recuerda.
Yo no puede escapar de lo que recuerda: de su origen en lo que no
tiene forma. Regresa entonces al mar. Hunde sus pies en las espumas
de lo líquido, del agua, símbolo ancestral de la fuente, del
comienzo de lo vivo y la forma desde una matriz húmeda. Sin
forma.
Y el cuerpo de Tadzio, que siempre fue escultura viviente de la
forma bella, recompone su postura escultural. Ya no es lo estatua del
Apolo de los brazos caídos, reconcentrado en su propio poder y en
la radiación de su luz solar. Ahora, extiende un brazo. Señala la
lejanía. En la mañana soleada y marina, le muestra al músico,
por primera vez, el lugar que escapa a la materia signada por la
figura bella. Señala un lugar lejano que late más allá de la
forma visible. Pero que, a la vez, es la proximidad de la fuerza no
contenida por ninguna forma, de la que brotan el paisaje, la luz y la
sombra. El joven que ahora indica el origen extraño de la belleza;
origen que palpita entre magnolias misteriosas y oscuras.
Aschenbach llegó a la ciudad de los canales en pos de
regeneración. De un nuevo nacer. Pero encuentra al fin el reflejo
de una verdad siempre sospechada. Temida. Y entonces quizá
entreve el velado origen turbulento y próximo de la belleza. Y la visión del origen oscuro de las bellas manchas felinas
no es un don gratuito. Por eso Visconti gusta sentenciar:
"Quien ha visto con sus ojos la belleza ya está condenado a
morir". Por eso, el rey y el poeta del relato borgeano El
espejo y la máscara, que ven lo bello, deben pagar el
precio. El exilio del poder del primero, su despeñamiento en la
mendicidad anónima; y la muerte del segundo a través de una daga
de plata (19).
La contemplación final de la belleza (que incluye su misteriosa
matriz no bella) es lo que ya no permite vivir dentro del mundo del
equilibrio y el orden.
Luego de recorrer el tifus de la decadencia, Aschenbach en su muerte
recibe el consuelo. Consolatio final para el músico de la
caza frustrada de lo bello desde la disciplina de un "arte espiritual".
Consolatio con el último suspiro del artista, con su difundirse, tras
largas tempestades de frustración, en el agua. Agua oscura.
Proximidad oscura, hirviente, del dios olvidado, del Dioniso de la
vid, de lo felino y abismal, el Dioniso del que nacen las formas. Proximidad de
una música que no goza con la perfección, sino con la creación
desde el desborde. Desde los tambores de la embriaguez. (*)
(*)
Fuente:
Esteban Ierardo, "Muerte en Venecia. El retorno de la
proximidad dionisíaca", editado aquí de manera original.
Citas:
(1)
Thomas Mann, La muerte en Venecia, Barcelona, Ed. Edhasa,
2005, p.91 (trad. Juan José del Solar).
(2)
Ibid., p.92.
(3)
En 1630, la peste diezma el 30 por ciento de la población
veneciana. Entonces, mediante un concurso público, el Senado de la
República promovió la construcción de una basílica que sería
consagrada a la Virgen. Su intención original era la invocación de
la intervención divina para acelerar la extinción de la peste. El
proyecto elegido fue el de Longhena. La iglesia votiva de Santa
Maria della Sallute fue erigida entre 1631 a 1687 en la Plaza San
Marcos. Parte de sus rasgos arquitectónicos acusan la influencia
del gran arquitecto del Renacimiento: Palladio.
(4)
Ver Antonin Artaud, "El teatro y
la peste", en El teatro y su doble, Córdoba, ed.
Fahrenheit.
(5)
Ver Thomas Mann, Consideraciones de un apolítico, ed.
Grijalbo.
(6) Heinrich Mann le reprocha a su hermano: "¿Pero desde qué
sueños estás hablando? ¿De qué años eres, cuándo y dónde
vivías? Observas al pasar que la palabra bourgeois ha sido
internacionalizada por la época capitalista, ¿pero sabes exactamente
que la propia cosa, que el propio bourgeois se ha internacionalizado, que en Alemania está en su casa, como en
cualquier otra parte? ¿Has estado durmiendo? Se te ha pasado por
alto, mientras dormías, la evolución del burgués alemán
-mejor dicho, su trasformación directa y como producido por la
varita de Circe-, su deshumanización y su desespiritualización, su
endurecimiento para convertirse en el bourgeois
capitalista-imperialista? El burgués duro, eso es el bourgeois.
Ya no existe el burgués espiritual. Hablas de épocas ya pasadas,
en todo caso 1850, pero no de 1900. En el ínterin existió Bismarck,
en el ínterin hubo el triunfo de la Realpolitik, el templado
y el endurecimiento de Alemania para convertirse en el Reich;
la cientifización de la industria y la industrialización de la
ciencia; la reglamentación, enfriamiento y hostilización de la
relación patriarcalmente humana, que llega a ser imposible, de
empleador y empleado, en virtud de la ley social; emancipación y
explotación; ¡poder, poder, poder! ¿Qué es hoy día la ciencia?
Una dura y estrecha especialización con fines de lucro,
explotación y dominación. ¿Qué es la instrucción? ¿Acaso
humanitarismo? ¿Amplitud, bondad? No, nada sino un medio para
obtener ganancias y poder. ¿Qué es la filosofía? Acaso no es aún
un medio para ganar dinero, pero sí una especialización duramente
delimitada, en el estilo y espíritu de la época. ¡Míralo a tu
'burgués alemán' actual, a ese propietario imperialista de minas,
que no vacilaría en sacrificar mil personas, y aun el doble, con
tal de
anexarse Briey y convertirse en amo del mundo! Te lo repito, has
estado durmiendo, sigues durmiendo, estás hablando en
sueños", citado en Fernando Bayon, Thomas Mann y el
desencantamiento de las tradiciones alemanas, en Revista Hamic,
año 2005, parte 18.
(7)
Thomas Mann, Doktor Faustus, Barcelona, Plaza Janés
editores, 1991 (trad. J. Farrán y Mayoral).
(8)
Thomas Mann, La muerte en Venecia, op.cit, p.29.
(9)
Ibid., p.30.
(10)
Ibid., p. 31.
(11)
Ibid., p.33.
(12)
Ibid., p.34.
(13)
En la Viena donde se consumó y desarrolló el matrimonio entre
Gustav y Alma Mahler, la mujer sufría postergación aun cuando
evidenciara notables cualidades creativas. Por eso, y como parte de
las cláusulas matrimoniales, Alma debió renunciar a su camino
personal en la pintura y la música para consagrarse especialmente a
su esposo, con el que colaboraba como lectora de pruebas y copista.
Alma se hartó finalmente de su papel subalterno. Se enamoró del
entonces joven Walter Gropius, arquitecto creador de la Bauhaus. Sus
principales condiciones artísticas centelleaban en el piano. Sus
virtudes como compositora eran limitadas. Sólo dejó 16 lieders.
Luego de la muerte de Mahler en 1911, y de una larga secuencia de affaires, murió en 1964, tras el disgusto que causaron sus
manifestaciones de simpatía por el fascismo mussoliniano.
(14)
Thomas Mann, La muerte en Venecia, op.cit, p.110-111.
(15)
Ibid, p. 112.
(16)
Ver Julio Cortázar, "Las Ménades",
en Final de juego, en Cuentos completos, v.1, Buenos
Aires, ed. Alfaguara, pp. 317-326.
(17)
Platón, Fedro, citado en
Thomas Mann, La muerte en Venecia, op.cit,
p.117.
(18)
Ver Thomas Mann, "La
nieve", en La montaña mágica, Barcelona, Plaza Janés
Editores, pp. 492-496 (trad. Mario Verdaguer).
(19)
Ver J.L. Borges, "El espejo y la máscara", en Obras
Completas, Buenos Aires, Emecé, v. III, p.45-47.
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