Los
filmes de Clint Eastwood son más bien lineales. Se sabe:
Eastwood no es ni Robbe-Grillet ni Resnais que ponían
permanentemente en cuestionamiento el relato mismo, que
escenificaban el cuestionamiento de lo narrado en tanto relato.
No obstante, puestos a buscar y más allá de sus historias muy
bien contadas, siempre vamos a encontrar gemas diseminadas a lo
largo de sus películas.
Aunque
muchas de sus realizaciones estén traspasadas por la ideología
del individuo con su perseverencia e imperturbable voluntad, por
esa marca todopoderosa del
se-puede-llegar-desde-abajo-pese-a-todo
propia del llamado "American dream", o --para decirlo
de otro modo--, aunque se encuentren organizadas por ese alto
grado de cohesión interna representada en el Uno, en la
identidad yo=yo en tanto unidad indivisible, Eastwood no deja de
exponer su faceta transgresora y, en algunos casos, su costado
paródico. Incluso, el director de Sin perdón (1992)
nunca coquetea con los finales felices, no presenta finales
reponedores de un estado de equilibrio perdido. Sus finales no
son sosegantes y complacientes para con el espectador. Million
Dollar Baby (2004) está ahí para probar lo anteriormente
dicho.
No
resulta difícil despejar la anécdota: Frankie Dunn (Clint
Eastwood) es un entrenador de boxeo, dueño de un gimnasio, que
cumple con ciertos rituales: va a misa, lee a Yeats, estudia
gaélico, habla con el ex-boxeador (Morgan Freeman) a cargo del
cuidado y limpieza del gimnasio, escribe una infaltable carta
semanal a una hija que también infaltablemente se la devuelve
sin abrirla. Las motivaciones del des-encuentro padre-hija no
se
nos develan. Sólo sabemos que entre ella y él hay una
distancia insalvable. Pero aparece Maggie (Hilary Swank), una
camarera que está empeñada en transformarse en boxeadora
gracias a la veteranía de Dunn aunque éste se rehúse una y
otra vez ya que no entrena a mujeres y menos a treintañeras.
Sin embargo, la persistencia inquebrantable de Maggie finalmente
lo convence y ella termina dominando con holgura el arte del
boxeo hasta que una contendiente proveniente de la ex Berlín
del Este le va a deparar a Maggie una terrible vuelta de tuerca,
y Dunn quedará enfrentado a un dilema moral más inmenso quizá
que el vivido con su propia hija.
Básicamente
Million es un filme sobre perdedores. Perdedores en el
cuadrilátero: los boxeadores en general, los boxeadores como
Scrap-Iron en particular; perdedores sociales: los pobres de
raza blanca --la llamada"white-trash"-- que viven de
la beneficencia estatal; perdedores en el afecto: la relación
padre-hija; perdedores de la vida: Maggie; perdedores de sí
mismos: Dunn. En todas sus películas Eastwood incrusta piedras
preciosas: algún gesto, alguna palabra certera, una nota
musical que es mucho más que la mera duplicación de la
diégesis, un encuadre que es cita de alguna pintura, la
precisión de muchos de sus planos. Su último filme no
constituye la excepción. A nivel de la historia, la crítica
especializada todavía no reparó apropiadamente en que aquí
nos topamos con uno de los diálogos más interesantes sobre la
noción de trinidad que haya aparecido en el cine
norteamericano. Llama la atención que los críticos sólo
mencionen --casi como al pasar-- que Frankie "acosa"
al sacerdote (Michael Sragow, The Baltimore Sun, 14-1-05)
con preguntas inoportunas o que suscita "debates
teológicos juguetones" (Ann Hornaday, The Washington
Post, 7-1-05). Sin embargo, el personaje de Eastwood se da
el lujo de llamar "semidiós" a Cristo. Una genuina e
inteligente provocación a la doctrina de la iglesia cristiana,
un desafío im-pertinente y para nada in-significante a esa
iglesia que tanto lugar ocupa --material y simbólicamente
hablando-- en las vidas de los estadounidenses. Hacia el final
vuelve a cargar contra el cura por su imperturbabilidad y su
fría actitud frente al dolor de Frankie. Un dolor que se
evidencia aún más lacerante al contrastarse con la falta de
continencia y misericordia que encuentra en el clérigo.
Pero
Million también contiene un elemento paródico: el
espectador puede establecer la conexión entre este filme y las
películas de Rocky con Silvester Stallone de la época de la
guerra fría (especialmente con Rocky IV, 1985, donde por
knock out le gana al soviético). El guiño está dado
por el hecho de que la contendiente de Maggie es de la ex RDA.
Si no fuera un gesto paródico, ¿por qué elegir entonces a una
púgil de la Berlín del Este? ¿Hubiera sido lo mismo una
carnosa boxeadora siciliana? Seguramente no.
Asimismo
lo que no deja de sorprender es que hay expuesta en el filme una
filosofía del boxeo donde lo importante no es atacar y golpear
al otro, sino protegerse ("You have to defend yourself",
repite Dunn con insistencia), como una especie de reconocimiento
del aspecto, podría decirse, más artístico (lo bailarín en
el movimiento acompasado de las piernas), menos brutal que puede
tener este deporte.
Excepto
en la excelente Los puentes de Madison (1995) donde su
actuación al encarnar a Kincaid --ese fotógrafo sexagenario
sensible y romántico-- puede calificarse de decorosa, Eastwood
no es un gran actor. Hay cierta falta de flexibilidad en su
cuerpo como marca registrada del policía Harry Dirty
Callahan, personaje que dio origen a la saga que comenzó en
1971 y terminó en 1988 y que lo mostraba huraño, tosco, duro.
Pareciera como que a los cuerpos de los personajes que
interpreta Eastwood les costara entregarse. En Million,
al menos hasta bien avanzado el filme, son notorias tanto la
rigidez de su
rostro como la ausencia de tonos de voz
diferenciados de acuerdo a las distintas situaciones en las que
se ve involucrado el personaje de Frankie. Frankie increpa a su
asistente, lee a Yeats, repite lo que aprende en gaélico,
rechaza y luego entrena a Maggie, todo, todo eso con la misma
modulación en su voz. De todos modos, es interesante notar que
a partir del momento en que Maggie está postrada, sin poder
mover nada de su cuerpo, Eastwood se esfuerza --actoralmente
hablando-- en exhibir toda su angustia en los pliegues de la
piel curtida de su rostro.
Sin
lugar a dudas hay que concederle a Eastwood su estatuto de gran
director de actores y, por encima de cualquier cosa, reconocerlo
como un gran narrador, muy atento a los avatares de sus
personajes. No obstante, y a pesar de la consistencia del ser o
de su cohesión (el individualismo) que rezuman sus películas,
y a pesar del realismo en el que se instalan, siempre hay en
ellas algún agujero, alguna ambigüedad, alguna impureza,
alguna ausencia. De aquí que Eastwood no pueda apelar al final
feliz porque precisamente sabe --y lo muestra-- que existen esas
faltas o esos agujeros en lo real y que el cine no tiene por
qué compensar simbólicamente lo ruin de la vida. (*)