En una pequeña iglesia de las costas de Escocia, corazón de
una hermética comunidad protestante, se celebra una boda. La
radiante novia, Bess, una chica local, la ingenuidad misma, ha
pedido permiso al consejo de ancianos para casarse con Jan, un outsider,
un fuereño que trabaja en las plataformas petroleras del Mar
del Norte enclavadas en mitad del océano. Estamos a principios
de los años setenta y, no sin desconfianza –el consejo
considera que Bess es sólo una débil mental y cualquier
extraño amenaza sus rígidas costumbres-, los recelosos
ancianos dieron su consentimiento. "Bess McNiell –pregunta
uno de los ancianos durante una solemne audiencia anterior a la
ceremonia-, ¿puedes al menos decirnos qué es el
matrimonio?" Bess, sin vacilar, responde "cuando dos
personas se unen en Dios". "Tu petición es un asunto
serio –toma la palabra el más viejo-, ningún matrimonio
entre gente extraña y uno de nosotros ha dado nunca un
matrimonio feliz. ¿Puedes pensar en algo de verdadero valor que
los "de afuera" hayan traído con ellos?" Bess,
con una sonrisa que la dura mirada del anciano no quiebra,
responde: "¿Su música?" La boda se lleva a cabo.
Afuera de la iglesia, en un pequeño patio frente a la casa del
ministro hay un quiosco rojo de teléfono. En una escena del
guión que no entró en la edición final, Bess lanza el ramo,
todas las muchachas se agolpan alrededor, Bess, desbordada de
alegría, arroja el ramo tan alto que el viento lo atrapa y lo
deposita encima de la cabina telefónica muy lejos del alcance
de cualquiera. Es quizá un extraño signo premonitorio.
Cuando
los novios se alejan, Terry, el mejor amigo de Jan, que camina
tras ellos, se topa con el ministro que observa impávido la
escena. "Haga sonar las campanas", le pide el joven
con entusiasmo. Sin perder la compostura el ministro responde:
"Nuestra iglesia no tiene campanas".
Breaking
the waves [1],
según lo contó el propio director, Lars von Trier, pretende
ser una película sobre el bien. La fuente de inspiración de la
historia es incluso un muy simple cuento de hadas danés en el
que la protagonista, una pequeña niña llamada Corazón de oro,
se interna en el bosque llevando consigo pan y otras cosas, para
terminar, después de atravesar una serie de prueba difíciles,
desnuda y sin ninguna pertenencia. La última frase de Corazón
de oro es: "De todas maneras estaré bien". Para Von
Traer, en este cuento, leído innumerables veces durante su
infancia, está un retrato del mártir en su forma más extrema.
Años más tarde, Bess es la Corazón de oro de Breaking the
waves. El parecido es grande: su candidez, su pureza de
intenciones y hasta su supuesta condición mental –que hace
que toda la comunidad la mire con condescendencia cuando no
prefieren simplemente ignorarla- la hacen ser como una niña, en
el sentido en que Cristo pide que seamos como niños para entrar
en el Reino de los cielos. La confianza de Bess en el Dios de
las alturas es absoluta. Su fe, si bien en apariencia simple
porque está enmarcada por la visión del mundo de su
congregación y su propia simpleza, le permite hablar
directamente con el Padre celestial. En efecto, a lo largo de la
película, Bess se dirige a Dios y se responde cambiando el tono
de su voz –haciéndola más grave y autoritaria- con las
palabras que en su conciencia le dirigen desde el cielo. Muy
pronto en la cinta, la encontramos en la iglesia, arrodillada y
con los ojos cerrados, susurrando:
Bess
(con su propia voz): Te doy gracias por el más grande
regalo, el regalo del amor. Te doy gracias por Jan. Soy
tan afortunada por recibir estos regalos…
(La
misma Bess, con una voz grave y gruñona): Pero recuerda
ser una buena chica, Bess, sabes bien que Yo doy y Yo
quito...
(De
nuevo con su propia voz, asustada):
¡No
quería decir eso! ¡Por supuesto que seré buena! Seré
muy, muy buena…
Así,
la película comienza aparentemente como una simple historia de
amor: Jan ama profunda y tiernamente a Bess. Bess, que ha
esperado toda su vida a Jan, lo ama con todas las fuerzas de su
corazón y sin dudar.
Sin
embargo, las cosas no son tan simples como en un cuento
infantil. Von Traer sabe que en la realidad el bien rara vez es
una evidencia luminosa y que el mal, a menudo disfrazado de
bien, se nos presenta generalmente como algo deseable. Además,
el bien es la última instancia uno, mientras que el mal es
fragmentario y por ello no es extraño verlo extendido y
actuando por todas partes. Quizá, ahora más que nunca, el bien
se ha vuelto difícil de reconocer y, más aún, de entender.
Los
días posteriores a la boda se suceden con rapidez. Bess nunca
había sido tan feliz. Jan, sin embargo, debe regresar al
trabajo. Los recién casados deberán separarse durante un
tiempo, la despedida no será fácil. Un acontecimiento anterior
llama la atención. Mientras pasean cerca del cementerio que
mira al mar, Bess, Dodo –la cuñada de Bess- y Jan se topan
con un funeral. El ministro, varios ancianos y unas personas de
la congregación entierran a un miembro de la comunidad. A las
mujeres no se les permite asistir a la sombría ceremonia. Bess
le dice a Jan que él sí puede acercarse. Con reservas, Jan
obedece sólo para sorprenderse con las palabras finales del
ministro: "Anthony Dod Mantle, eres un pecador y mereces tu
lugar en el infierno".
Muy
marcadas desde el inicio de la película, encontramos dos
actitudes, dos modos de mirar y de actuar en el mundo
completamente opuestos, en torno a los que gira gran parte de la
reflexión que el director danés quiso hacer sobre el bien e,
inevitablemente, sobre su contraparte, el mal.
Por
un lado, una comunidad con una iglesia sin campanas. Por otro,
Bess.
Las
campanas simbolizan el anuncio, la llamada, la invitación a
congregarnos en torno a un acontecimiento especial. Una iglesia
sin campanas es, entonces, una iglesia que no llama al otro. Es
la iglesia de una comunidad cerrada sobre sí misma. Este
encierro se convierte en el principio del mal, en el origen de
lo infernal, como dice bien Carlos Díaz, [2] "el
encierro que enferma", en francés, l'enfer-enferme
o I'enfer-me-ment. El infierno, a diferencia de lo que
sugiere Sartre y de lo que creen firmemente los miembros de la
comunidad de Bess, no son los otros, sino más bien la
exclusión de los otros, la ausencia de otros con quienes
convivir. El infierno es el "yo" cerrado en última
instancia al "nosotros".
Bess
hace el movimiento contrario. Al aceptar a Jan y sus costumbres,
incluida su música -símbolo de lo completamente ajeno a la
comunidad-, pero sobre todo al estar dispuesta por amor a dar su
vida para salvar la de él, Bess se abre al otro, se da al Otro.
Bueno
es lo que da más realidad a los seres y las cosas. Malo, lo que
les quita.
En
una escena significativa, Bess mirando junto a Jan el campanario
vacío de la iglesia, le confiesa:
Bess
(susurrando): Una vez escuché las campanas de una iglesia.
Nunca he escuchado algo tan hermoso. Bess sonríe y besa a Jan
-riendo-: ¿Qué dices? ¿Las ponemos otra vez?
Bess
está otra vez en la iglesia. Jan regresó desde hace unos días
a la plataforma marina y ella encuentra la distancia y la espera
insoportables. En un momento de debilidad, Bess se dirige a
Dios:
Bess
(con voz grave): ¿Bess? ¿Qué es lo que quieres?
(Cambiando
la voz): Padre, estoy deshecha. No creo que pueda soportarlo. Lo
amo tanto.
(Voz
grave): Bess Mc Niell, durante muchos años has orado para que
llegue el amor. ¿Debo ahora quitártelo? ¿Eso quieres?
(Con
su propia voz): Te ruego que Jan regrese a casa.
(Voz
grave): Estará de vuelta en diez días. Debes aprender a
sobrellevar esto, lo sabes bien.
(Con
su propia voz): No puedo esperar.
(Voz
grave): Me extraña de ti, Bess. Allá hay gente que necesita a
Jan y su trabajo. ¿Qué pasará con ellos?
(Con
su propia voz, desesperada): No me importan. Nada importa. Sólo
quiero a Jan en casa de nuevo. Te lo ruego, por favor, ¿lo
mandarás de vuelta a casa?
(Voz
grave): ¿Estás segura de que eso es lo que quieres, Bess?
(Con
su propia voz): Sí.
Jan,
entonces, en una oscura coincidencia que nos da mucho qué
pensar, por salvar a Terry de una explosión, sufre un terrible
accidente que lo deja casi completamente paralizado del cuello a
los pies.
Jan
está de vuelta, pero no como Bess lo esperaba sino inconsciente
en un hospital, a punto de perder la vida.
Con
la muerte a los pies de su cama, Jan, incapaz de moverse, piensa
que perdió todo y sabe que no volverá a tocar a Bess. Presa
del desconsuelo y no completamente dueño de sí por las altas
dosis de calmantes que le han administrado, en un acto
ambiguo-porque Jan sabe lo mucho que lo ama Bess, sabe que ella
haría cualquier cosa por él-, en una especie de sacrificio
degradado cuyo lado mórbido podría encubrir el deseo más puro
de apartar a Bess de él para que ella rehiciera su vida
encontrando el amor en otra parte, Jan le insiste que tome un
amante y después le cuente todo.
Bess,
confundida, se dirige a la iglesia:
Bess:
Una mujer debe escoger por sí misma... pero no entiendo lo que
él dice, es como si alguien hablara desde su interior, como si
dentro de él hubiera bien y mal al mismo tiempo.
(Voz
grave): Si lo amas, seguramente aceptarás lo bueno con lo malo.
Después de todo. Jan es sólo humano.
(Con
su propia voz): ¿Estoy haciendo lo correcto?
(Voz
grave): Si lo haces por amor entonces es lo correcto. Siempre y
cuando lo hagas por Jan...
(Con
su propia voz): ¿Pero acaso no me estoy condenando?
(Voz
grave): ¿A quién quieres salvar? ¿A ti o a Jan?
Convencida
de que si ella prueba su amor por Jan cumpliendo sus deseos más
allá de sí misma, Dios no lo dejará morir, Bess empieza a
buscar hombres para satisfacer los delirios de su esposo.
Misteriosamente, Jan empieza a mejorar y Bess ingenuamente se
convence de que su sacrificio es causa de esta mejoría. Cuando
Jan recae, Bess sólo piensa en entregarse más para salvarlo.
Vestida
como prostituta, deambulando por bares y muelles, Bess es
expulsada de su comunidad que ahora la desprecia. No viendo en
ella más que a una pecadora, el ministro pasa de largo cuando
la encuentra tirada en el patio de la iglesia, agotada por el
cansancio y el maltrato. Los niños le arrojan piedras y sus
propios padres le cierran las puertas. Sólo Dodo y el doctor
Richardson -ambos outsiders- tratan de ayudarla. Bess, en
un último acto de despojamiento de sí, aborda un barco de
criminales pervertidos del que saldrá terriblemente herida para
morir en el mismo hospital en el que Jan, más grave que nunca,
se encuentra en cuidados intensivos.
Bess
muere creyendo que su sacrifico fue vano.
Cuentan
que cuando un hombre santo descubrió que podía hablar el
lenguaje de las hormigas, se acercó a una y le preguntó:
"¿Cómo es Dios? ¿Se parece a la hormiga?" La
hormiga respondió: "¿Dios? ¡Claro que no! Nosotras
tenemos un aguijón, ¡Dios tiene dos!"
Una
de las paradojas más interesantes de Breaking the waves
es sin duda cómo un aparente bien oculta el mal y como un
aparente mal da lugar al bien.
La
comunidad siente que es dueña de la verdad, sus miembros
imaginan que están en el único camino posible al cielo. No
obstante, al rechazar a Bess y abandonarla, colaboran con el
mal. Bess, en contraparte, se sumerge en el mal y evidentemente
se hace daño físico; no obstante, porque su corazón ha
permanecido puro y sus actos, si bien mal entendidos, buscan
siempre la salvación del otro, hace entrar el bien en el mundo.
La
comunidad, por supuesto, no actúa de mala fe. ni siquiera es
consciente del daño que hace -el mal huye de la luz-, el
problema es que su dios es un dios menor, un
"dios-eco" como lo llama Ingmar Bergman, un
dios al que se idolatra y que no es otra cosa más que un medio
de exorcizar su miedo delante de lo real a través de la
obediencia ciega y el apego estricto a su ley, actitud que
parece garantizar la seguridad y la salvación del obediente. La
idolatría limita la inteligencia y la bondad, el error que
conlleva esta visión todavía inmadura de la vida espiritual
consiste generalmente en poner a la ley por encima de la
caridad. Bess, en cambio, actúa totalmente de manera inversa y
por eso está más cerca que la comunidad del Cristo para quien
el hombre está por el contrario por encima de la ley.
"-¿Cómo
pueden amar palabras? -, pregunta Bess en una emotiva escena, ya
expulsada de su iglesia y dirigiéndose a la congregación.
-Amar al hombre, ésa es la verdadera perfección-".
Si
nos examinamos y reflexionamos un poco podemos ver cómo la ley
es imposible de cumplir para el hombre (el que esté libre de
culpas...). La ley es un horizonte al que debemos tender, sin
olvidar que es inalcanzable. Esta conciencia compartida debiera
hacernos más solidarios, más comprensivos, más tolerantes,
más amorosos: más caritativos. Los miembros de la comunidad,
lo vemos claramente en la medida en que son capaces de condenar
al infierno a sus propios hermanos, han reducido a Dios a la
sola encarnación de la ley y a sí mismos, en sus guardianes.
Así, Dios, en una extraña inversión (no el hombre a imagen de
Dios, sino Dios a imagen del hombre) es una especie de hombre
más fuerte, más estricto y casi inmisericorde al que sólo le
interesa el cumplimiento absoluto de la ley. Es precisamente el
dios de las hormigas: una gran hormiga con dos aguijones en
lugar de uno.
La
caridad, a diferencia de la fe y la esperanza que cultivamos en
nuestro interior, nos hace salir de nosotros mismos para ir al
encuentro del otro, es el único camino que nos permite
sobreponernos a nuestra incapacidad para cumplir con la ley. Si
se quiere, podemos decir que sólo en la caridad se cumple
verdaderamente la ley, en el amarnos los unos a los otros como
Cristo nos ha amado. La ley queda contenida en este único
mandamiento que ya no prohíbe nada -aquí el "ama y haz lo
que quieras" de San Agustín-, pues nadie que ame
verdaderamente a su prójimo pensaría nunca matarle, robarle,
mentirle o desear a su mujer.
El
mal sigue siendo un misterio, a veces tan absurdo y ciego como
el accidente que sufre Jan. El amor, la caridad, parece querer
decirnos la película en la figura de Bess, es el único
contrapeso real que podemos oponerle y que podría hacer entrar
el Bien en este mundo. Tan es de orden trascendente que no sólo
es la mayor de las virtudes teologales, como dice San Pablo,
sino la única que no pasará, la única que sobrevivirá a este
mundo para existir por siempre en el otro donde ya no habrá
nada que creer ni nada que esperar.
Epílogo
A
la muerte de Bess, milagrosamente, Jan empieza a mejorar. Contra
todos los pronósticos médicos, con la ayuda de un bastón, Jan
camina.
Ayudado
por sus amigos, Jan ha logrado robarse el cuerpo de Bess para
arrojarlo al mar y evitar que el ministro la condene al infierno
durante el entierro; en su lugar han llenado de arena el ataúd.
De
noche, a bordo de un buque de la compañía para la que trabaja.
Jan se despide de Bess y lanza el cuerpo por la borda.
Deshechos, Jan y sus amigos se retiran a sus camarotes.
Es
de madrugada y Jan duerme cuando Terry, muy emocionado, viene a
despertarlo. Algo está pasando afuera y, como queriendo
demostrarle que es de orden sobrenatural, Terry conduce primero
a Jan al cuarto de controles donde, antes de salir a cubierta,
le muestra el radar que no registra nada extraño. No obstante,
aparecidas de la nada, suspendidas a mitad del cielo y sonando
con insistencia so alcanzan a ver unas campanas. (*)

Lars
von Trier
(*)
Fuente:
Pedro
Bonnin, El bien y el Dios de las hormigas. Un acercamiento al
cine de Lars von Trier, publicado en Revista
Ixtus. Espíritu y Cultura. Cuernavaca, Morelos, México,
Número 39, Año X, 2003
Notas
[1]
Por razones seguramente comerciales, Breaking the waves salió
en nuestro país con el melodramático título de Contra
viento y marea. Hubiera sido más honesto y sencillo dejar
la traducción literal: Rompiendo las olas. Por supuesto
esto hubiera significado frenar el talento creativo de un
traductor inspirado. En este artículo preferimos conservar el
título original en inglés.
[2]
Carlos Díaz, Diez miradas sobre el rostro del otro, Caparrós
editores, Madrid, 1993, p. 164.