Por David Garrido
Bazán
Resulta
tarea tan inútil como inevitable establecer dos juegos de
comparaciones cuando se visiona está segunda entrega de El Señor
de los Anillos firmada por Peter Jackson. La primera hace
referencia a su condición de adaptación de una de las novelas
más famosas y reverenciadas de la historia y, como toda
adaptación fílmica de una obra literaria, habrá inevitables
descontentos en función de la mayor o menor tolerancia de uno a
las libertades que el director y sus guionistas se toman a la hora
de afrontar la empresa. No entraré en esta crítica en ese
terreno, pues aparte de una tarea agotadora, resulta del todo
punto infructuoso perder tiempo en detalles, dejando claro, eso
si, dos cosas: una, superfluo es decirlo, el hecho de acometer una
empresa tan gigantesca como esta debería hacer entender a los
fans más acérrimos del mundo creado por Tolkien (entre los
cuales me incluyo sin ningún rubor) que da la potestad de
modificar en cierta manera el material de partida al transponer el
lenguaje literario a la pantalla y dos, que en cualquier caso, una
vez vista, algunos detalles pueden ser discutibles, pero el
espíritu de la obra original no está violentado en absoluto y
Jackson sigue siendo bastante fiel a la novela en sus aspectos
principales.
La
segunda comparación inevitable es la que emana de su condición
de segunda parte de una trilogía de películas cuyo final veremos
el año próximo, comparación ésta que resulta igualmente
superflua por cuanto el propio Jackson deja claro desde el primer
fotograma algo que por sabido no deja de pasar desapercibido para
gran parte de las opiniones que sobre el film he tenido ocasión
de leer: Las Dos Torres no es en realidad la segunda parte de El
Señor de los Anillos, sino la segunda entrega de una película de
nueve horas de duración (sin contar los añadidos de las
versiones extendidas en DVD) que hay que considerar como un todo
unitario y no como tres películas independientes. El comienzo de
Las Dos Torres en ese sentido no puede ser más revelador: lo que
comienza pareciendo un flash-back de la caída de Gandalf en Moria,
se convierte rápidamente en una ilustración de lo que no
conocemos de la historia posterior y enlaza con el brusco
despertar del Portador del Anillo y su inseparable Sam entrando en
Mordor, tal cuál les dejamos al final de la primera parte. Aquí
no hay concesiones, parece querer decir Jackson, y nadie que no
esté familiarizado con el libro o no haya visto La Comunidad del
Anillo puede entender que está ocurriendo en la pantalla, lo que
refuerza la idea de la trilogía como un todo unitario e
indivisible de la que hablábamos antes.
Dejando
pues aparte este tipo de consideraciones, hay que dejar claro que
Las Dos Torres posee todas las virtudes de su anterior entrega y
supera algunos de sus defectos: la increíble recreación del
imaginario tolkiniano sigue ahí, superando nuestras más locas
expectativas, añadiéndose a los territorios ya transitados
nuevos mundos como el de Rohan y los hombres en general,
protagonistas absolutos de esta entrega, hasta tal punto que el
protagonismo de Las Dos Torres se desplaza claramente hacia la
figura de Aragorn, excelentemente encarnado por un Viggo Mortensen
inspirado y muy metido en su papel, personaje sobre el que giran
gran parte de las tramas argumentales de la película,
enriqueciendolo muchísimo; un personaje del que en el primer
capítulo solo se habían dado breves apuntes y al que ahora
comprendemos mucho mejor. Su carácter heroico, al igual que el de
Frodo y su pesada carga, entronca directamente con sus muchas
debilidades e inseguridades, tanto respecto a la tarea que se ve
obligado a asumir como a sus relaciones personales con Arwen, el
personaje encarnado por la hermosa Liv Tyler, unión que se pinta
en términos casi imposibles y trágicos, como si de un Romeo y
Julieta se tratasen y al que Peter Jackson inteligentemente da
cabida tanto para potenciar ambos personajes como indirectamente
al de Eowyn, que empieza asi a cobrar la importancia que merece,
en un bello fragmento onírico, pleno de lirismo y belleza que
pausa la trepidante narración de la película y funciona casi de
engrasada bisagra entre el comienzo y la resolución de la
misma.Las Dos Torres es, de los tres libros de el SDLA,
posiblemente el más difícil de llevar a la pantalla, pues lo que
en La Comunidad del Anillo era una estructura argumental sólida y
unidireccional en la que la necesidad de presentar el mundo en el
que se ambientaba la historia podía en ocasiones lastrar el ritmo
de la misma, en ésta se divide en tres líneas argumentales que
se van superponiendo entre sí de un modo francamente magistral,
si bien resulta evidente que hay dos de las líneas que cobran una
mayor importancia con respecto a la tercera y eso desequilibra el
balance final de la película, mucho más interesada en el papel
que juegan Aragorn y sus acompañantes en la épica defensa de
Rohan, desde la persecución en busca de sus amigos perdidos hasta
la batalla del abismo de Helm, pasando por el muy shakespeariano
pasaje que tiene lugar en Edoras, que en la suerte de Frodo, Sam y
Gollum y mucho más que en el hilo correspondiente a Merry, Pippin
y los Ents, que solo en los momentos finales de la obra gana en
presencia. Esta dificultad que supone el llevar tres líneas y la
necesidad de mantener la atención del espectador durante tres
horas, lleva a Jackson a tomar decisiones argumentales que pueden
ser discutibles (la temporal pérdida de Aragorn, las continuas
bromas a costa del personaje de Gimli, convertido a veces en un
secundario gracioso sin mucha gracia o el controvertido viaje a
Osgiliath de Frodo) pero que en el fondo no tienen otro objetivo
que el de mantener un ritmo muy alto en la narración hasta la
resolución de las tres líneas en el tramo final de la obra.Jackson
vuelve a desplegar una cantidad ingente de recursos visuales que
constantemente nos recuerdan que estamos en presencia de una obra
que pasará a la Historia del Cine con mayúsculas: su estilo
apuesta decididamente por la épica, con sobredosis de tomas
aéreas y panorámicas que cumplen a la vez el objetivo de
ensalzar la grandiosidad de los parajes de Nueva Zelanda como la
enormidad de la hazaña que los protagonistas se disponen a
cumplir, todo ello aderezado con una banda sonora de ese mismo
tono épico servida por un Howard Shore inspirado que ayuda a
subrayar ese carácter y una fotografía esplendorosa de Andrew
Lesnie. La batalla del Abismo de Helm está narrada con una
espectacularidad, una tensión dramática y un barroquismo como no
se había visto en una pantalla desde los tiempos del maestro
Kurosawa y a pesar del tono tremendista y sombrío de toda la
obra, mucho más oscura que La Comunidad del Anillo, no pierde
Jackson oportunidad alguna de resaltar que aquí hay mucho más
que un simple enfrentamiento entre el Bien y el Mal absoluto, sino
que hay una amplia variedad de grises en ambos bandos que ofrecen
reflexiones interesantes a considerar.
Las
dudas ya mencionadas en los personajes de un Aragorn que comienza,
ahora si, a asumir su condición de heredero de Gondor y Frodo,
cada vez más debilitado y corrompido por el peso de su carga
según se acerca a su destino en el bando del Bien y las
tendencias globalizadoras y modernizadoras de un Saruman que en el
fondo quiere sustituir una forma de entender el mundo por la suya
propia, mucho más basada en la industria que en la armonía con
la Naturaleza y por encima de todo, el carácter
esquizofrénicamente dual de un Gollum que se debate continuamente
entre sus dos mitades opuestas, patética criatura que provoca las
más variadas reacciones en función de la parte de la película
en la que la veamos, en un abanico amplísimo que va desde la
repulsión a la compasión más desoladora por su tragedia,
pasando por el miedo que inspira a veces su presencia traicionera;
un prodigio de talento por parte de Jackson a la hora de
presentarnos tan complejo personaje y a la vez un paso más hacia
delante en el mundo cada vez más sin fronteras de los efectos
digitales que nos presenta una situación inaudita hasta ahora en
la Historia del cine: un personaje creado en gran medida por
ordenador que gana de largo su duelo actoral con un Elijah Wood
que pierde fuelle cuanto más lejos está de la Comarca y que sale
muy mal parado de esta confrontación.
Además
de el gran logro de Gollum, los efectos especiales son una parte
importante del éxito del acabado formal de la película, tanto en
las escenas de masas de la batalla como en los personajes que
progresivamente van apareciendo: el increíble Balrog, Barbol y
los Ents, espectaculares aunque mejor de lejos que de cerca, las
bestias malignas de los Nazgul, los olifantes que cortan la
respiración o el ejercito de Wargos cuya escaramuza con los
rohirrim está sumamente bien rodada y tiene la tensión y ritmo
que precisa. En mi modesta opinión, Las Dos Torres peca en
ocasiones de un excesivo tono didáctico que insiste demasiado
tanto en valores ya sobradamente demostrados, como la exaltación
de la amistad en sus más diversas variantes, que van desde la
relación de Legolas tanto con Aragorn como con Gimli, a mi gusto
demasiado reiterativos, o la peculiar relación entre Sam y Frodo,
que a veces es empalagosamente cursi, sobre todo en ese
desacertadísimo monólogo final inacabable por parte de Sam, o la
continua inclusión de planos de mujeres y niños asustados en las
profundidades de Helm mientras la batalla se desarrolla. Hay veces
incluso que da la sensación que Jackson no confía del todo en la
capacidad de mantener la atención del espectador y toma
decisiones cuestionables desde un punto de vista narrativo (la
escena de Elrond y Galadriel hablandose de mente a mente sirve
para enfatizar la peculiar y estrecha relación de ambos altos
elfos, pero Jackson la utiliza para poner en guardia al espectador
sobre el peligro de la volubilidad de carácter de Faramir de
forma harto intolerable y facilona, igual que cuando amanece el
quinto día y Aragorn ve la luz entrar por la ventana, Jackson no
puede evitar reproducir el parlamento de Gandalf, por si alguien
lo ha olvidado), e incluso cede a la tentación de reproducir
esquemas que le dieron éxito en La Comunidad del Anillo (aunque
no tiene el mismo dramatismo, no veo otra explicación a la
desaparición de Aragorn que conseguir la misma reacción
emocional que la caida de Gandalf en Moria y la manera de rodar el
destino de de Haldir, remite inevitablemente a Boromir) sin que
aquí obtenga tan buen resultado.
Pero
todo esto no dejan de ser detalles menores en una película épica
espléndidamente llevada a la pantalla, que probablemente sea lo
mejor visto este año en cuanto a realización técnica se
refiere, cuyas virtudes superan en muchísimo a sus defectos y
que, al igual que sucedió con el final de la primera entrega el
pasado año, nos deja con todo un año por delante para esperar la
resolución de una historia apasionante que, insisto una vez más,
con el paso del tiempo se verá la importancia de su aportación a
la Historia del Cine con su nombre inscrito en un lugar
privilegiado en la misma con letras bien grandes, porque sus
cualidades como obra cinematográfica, más allá de su condición
de adaptación de una obra literaria de tal importancia, creo que
deberían estar más allá de toda duda. (*)
(*)
Fuente:
David Garrido
Bazán, comentario crítico sobre "Las dos torres" en página escena.ya.com