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LAS DOS TORRES

Por David Garrido Bazán

 

 

 

     Tolkien experimentó el placer de construir un mundo: la Tierra Media. Pero este goce no fue un puro acto de creación individual. El autor del Silmarillion afirmaba que crear es en realidad descubrir una realidad preexistente. Tolkien narra un mundo de hobits, enanos, elfos, trasgos, caballeros y fuerzas oscura preexistentes. Algo semejante ocurre con la adaptación cinematográfica de Jackson de El Señor de los Anillos. El director debe crear a través de una obra literaria previa. Este expresar un mundo que ya es no significa, sin embargo, la imposibilidad de modificar y enriquecer la fuente original. La versión fílmica de Jackson no debería someterse estrictamente, y de hecho no lo hace (ni en Las dos torres como tampoco en la primera parte de la trilogía, La comunidad del anillo), a la estructura del relato de Tolkien. Pero sí debe, en nuestra opinión, ser fiel a su espíritu, al calor mágico y épico de la narración del viaje de los hobbits hacia el reino de Mordor para destruir el fatídico anillo. Creemos que Las dos torres dimana una nítida fidelidad al espíritu de la magia y la épica de Tolkien. No obstante, para muchos pareciera más importante la cuestión de si en el film se repite con exactitud tal o cual incidente o tal o cual rasgo de algún personaje. Al investigar muchas opiniones sobre Las dos torres en medios gráficos o electrónicos, como este, me sorprendió la abundancia de rechazos virulentos de la película. Pareciera que la crítica destructiva genera un placer perverso especial. En lo esencial, coincido con la opinión crítica de David Garrido Bazán sobre la versión cinematográfica de Las Dos Torres que presentamos en este momento de Cine y Trascendencia de Temakel. En este artículo (que fue editado con anterioridad en la página escena.ya.com) se es justo con las cualidades narrativas y visuales de la adaptación de Jackson. Creemos que la riqueza mágico-poética del universo de la Tierra Media es respetada y que el combate épico contra el Señor Oscuro adquieren la intensidad y grandiosidad propias de toda lucha del bien contra el mal.

Esteban Ierardo

 

 

LAS DOS TORRES

Por David Garrido Bazán

 

      Resulta tarea tan inútil como inevitable establecer dos juegos de comparaciones cuando se visiona está segunda entrega de El Señor de los Anillos firmada por Peter Jackson. La primera hace referencia a su condición de adaptación de una de las novelas más famosas y reverenciadas de la historia y, como toda adaptación fílmica de una obra literaria, habrá inevitables descontentos en función de la mayor o menor tolerancia de uno a las libertades que el director y sus guionistas se toman a la hora de afrontar la empresa. No entraré en esta crítica en ese terreno, pues aparte de una tarea agotadora, resulta del todo punto infructuoso perder tiempo en detalles, dejando claro, eso si, dos cosas: una, superfluo es decirlo, el hecho de acometer una empresa tan gigantesca como esta debería hacer entender a los fans más acérrimos del mundo creado por Tolkien (entre los cuales me incluyo sin ningún rubor) que da la potestad de modificar en cierta manera el material de partida al transponer el lenguaje literario a la pantalla y dos, que en cualquier caso, una vez vista, algunos detalles pueden ser discutibles, pero el espíritu de la obra original no está violentado en absoluto y Jackson sigue siendo bastante fiel a la novela en sus aspectos principales.

La segunda comparación inevitable es la que emana de su condición de segunda parte de una trilogía de películas cuyo final veremos el año próximo, comparación ésta que resulta igualmente superflua por cuanto el propio Jackson deja claro desde el primer fotograma algo que por sabido no deja de pasar desapercibido para gran parte de las opiniones que sobre el film he tenido ocasión de leer: Las Dos Torres no es en realidad la segunda parte de El Señor de los Anillos, sino la segunda entrega de una película de nueve horas de duración (sin contar los añadidos de las versiones extendidas en DVD) que hay que considerar como un todo unitario y no como tres películas independientes. El comienzo de Las Dos Torres en ese sentido no puede ser más revelador: lo que comienza pareciendo un flash-back de la caída de Gandalf en Moria, se convierte rápidamente en una ilustración de lo que no conocemos de la historia posterior y enlaza con el brusco despertar del Portador del Anillo y su inseparable Sam entrando en Mordor, tal cuál les dejamos al final de la primera parte. Aquí no hay concesiones, parece querer decir Jackson, y nadie que no esté familiarizado con el libro o no haya visto La Comunidad del Anillo puede entender que está ocurriendo en la pantalla, lo que refuerza la idea de la trilogía como un todo unitario e indivisible de la que hablábamos antes.

Dejando pues aparte este tipo de consideraciones, hay que dejar claro que Las Dos Torres posee todas las virtudes de su anterior entrega y supera algunos de sus defectos: la increíble recreación del imaginario tolkiniano sigue ahí, superando nuestras más locas expectativas, añadiéndose a los territorios ya transitados nuevos mundos como el de Rohan y los hombres en general, protagonistas absolutos de esta entrega, hasta tal punto que el protagonismo de Las Dos Torres se desplaza claramente hacia la figura de Aragorn, excelentemente encarnado por un Viggo Mortensen inspirado y muy metido en su papel, personaje sobre el que giran gran parte de las tramas argumentales de la película, enriqueciendolo muchísimo; un personaje del que en el primer capítulo solo se habían dado breves apuntes y al que ahora comprendemos mucho mejor. Su carácter heroico, al igual que el de Frodo y su pesada carga, entronca directamente con sus muchas debilidades e inseguridades, tanto respecto a la tarea que se ve obligado a asumir como a sus relaciones personales con Arwen, el personaje encarnado por la hermosa Liv Tyler, unión que se pinta en términos casi imposibles y trágicos, como si de un Romeo y Julieta se tratasen y al que Peter Jackson inteligentemente da cabida tanto para potenciar ambos personajes como indirectamente al de Eowyn, que empieza asi a cobrar la importancia que merece, en un bello fragmento onírico, pleno de lirismo y belleza que pausa la trepidante narración de la película y funciona casi de engrasada bisagra entre el comienzo y la resolución de la misma.Las Dos Torres es, de los tres libros de el SDLA, posiblemente el más difícil de llevar a la pantalla, pues lo que en La Comunidad del Anillo era una estructura argumental sólida y unidireccional en la que la necesidad de presentar el mundo en el que se ambientaba la historia podía en ocasiones lastrar el ritmo de la misma, en ésta se divide en tres líneas argumentales que se van superponiendo entre sí de un modo francamente magistral, si bien resulta evidente que hay dos de las líneas que cobran una mayor importancia con respecto a la tercera y eso desequilibra el balance final de la película, mucho más interesada en el papel que juegan Aragorn y sus acompañantes en la épica defensa de Rohan, desde la persecución en busca de sus amigos perdidos hasta la batalla del abismo de Helm, pasando por el muy shakespeariano pasaje que tiene lugar en Edoras, que en la suerte de Frodo, Sam y Gollum y mucho más que en el hilo correspondiente a Merry, Pippin y los Ents, que solo en los momentos finales de la obra gana en presencia. Esta dificultad que supone el llevar tres líneas y la necesidad de mantener la atención del espectador durante tres horas, lleva a Jackson a tomar decisiones argumentales que pueden ser discutibles (la temporal pérdida de Aragorn, las continuas bromas a costa del personaje de Gimli, convertido a veces en un secundario gracioso sin mucha gracia o el controvertido viaje a Osgiliath de Frodo) pero que en el fondo no tienen otro objetivo que el de mantener un ritmo muy alto en la narración hasta la resolución de las tres líneas en el tramo final de la obra.Jackson vuelve a desplegar una cantidad ingente de recursos visuales que constantemente nos recuerdan que estamos en presencia de una obra que pasará a la Historia del Cine con mayúsculas: su estilo apuesta decididamente por la épica, con sobredosis de tomas aéreas y panorámicas que cumplen a la vez el objetivo de ensalzar la grandiosidad de los parajes de Nueva Zelanda como la enormidad de la hazaña que los protagonistas se disponen a cumplir, todo ello aderezado con una banda sonora de ese mismo tono épico servida por un Howard Shore inspirado que ayuda a subrayar ese carácter y una fotografía esplendorosa de Andrew Lesnie. La batalla del Abismo de Helm está narrada con una espectacularidad, una tensión dramática y un barroquismo como no se había visto en una pantalla desde los tiempos del maestro Kurosawa y a pesar del tono tremendista y sombrío de toda la obra, mucho más oscura que La Comunidad del Anillo, no pierde Jackson oportunidad alguna de resaltar que aquí hay mucho más que un simple enfrentamiento entre el Bien y el Mal absoluto, sino que hay una amplia variedad de grises en ambos bandos que ofrecen reflexiones interesantes a considerar.

Las dudas ya mencionadas en los personajes de un Aragorn que comienza, ahora si, a asumir su condición de heredero de Gondor y Frodo, cada vez más debilitado y corrompido por el peso de su carga según se acerca a su destino en el bando del Bien y las tendencias globalizadoras y modernizadoras de un Saruman que en el fondo quiere sustituir una forma de entender el mundo por la suya propia, mucho más basada en la industria que en la armonía con la Naturaleza y por encima de todo, el carácter esquizofrénicamente dual de un Gollum que se debate continuamente entre sus dos mitades opuestas, patética criatura que provoca las más variadas reacciones en función de la parte de la película en la que la veamos, en un abanico amplísimo que va desde la repulsión a la compasión más desoladora por su tragedia, pasando por el miedo que inspira a veces su presencia traicionera; un prodigio de talento por parte de Jackson a la hora de presentarnos tan complejo personaje y a la vez un paso más hacia delante en el mundo cada vez más sin fronteras de los efectos digitales que nos presenta una situación inaudita hasta ahora en la Historia del cine: un personaje creado en gran medida por ordenador que gana de largo su duelo actoral con un Elijah Wood que pierde fuelle cuanto más lejos está de la Comarca y que sale muy mal parado de esta confrontación.

Además de el gran logro de Gollum, los efectos especiales son una parte importante del éxito del acabado formal de la película, tanto en las escenas de masas de la batalla como en los personajes que progresivamente van apareciendo: el increíble Balrog, Barbol y los Ents, espectaculares aunque mejor de lejos que de cerca, las bestias malignas de los Nazgul, los olifantes que cortan la respiración o el ejercito de Wargos cuya escaramuza con los rohirrim está sumamente bien rodada y tiene la tensión y ritmo que precisa. En mi modesta opinión, Las Dos Torres peca en ocasiones de un excesivo tono didáctico que insiste demasiado tanto en valores ya sobradamente demostrados, como la exaltación de la amistad en sus más diversas variantes, que van desde la relación de Legolas tanto con Aragorn como con Gimli, a mi gusto demasiado reiterativos, o la peculiar relación entre Sam y Frodo, que a veces es empalagosamente cursi, sobre todo en ese desacertadísimo monólogo final inacabable por parte de Sam, o la continua inclusión de planos de mujeres y niños asustados en las profundidades de Helm mientras la batalla se desarrolla. Hay veces incluso que da la sensación que Jackson no confía del todo en la capacidad de mantener la atención del espectador y toma decisiones cuestionables desde un punto de vista narrativo (la escena de Elrond y Galadriel hablandose de mente a mente sirve para enfatizar la peculiar y estrecha relación de ambos altos elfos, pero Jackson la utiliza para poner en guardia al espectador sobre el peligro de la volubilidad de carácter de Faramir de forma harto intolerable y facilona, igual que cuando amanece el quinto día y Aragorn ve la luz entrar por la ventana, Jackson no puede evitar reproducir el parlamento de Gandalf, por si alguien lo ha olvidado), e incluso cede a la tentación de reproducir esquemas que le dieron éxito en La Comunidad del Anillo (aunque no tiene el mismo dramatismo, no veo otra explicación a la desaparición de Aragorn que conseguir la misma reacción emocional que la caida de Gandalf en Moria y la manera de rodar el destino de de Haldir, remite inevitablemente a Boromir) sin que aquí obtenga tan buen resultado.

Pero todo esto no dejan de ser detalles menores en una película épica espléndidamente llevada a la pantalla, que probablemente sea lo mejor visto este año en cuanto a realización técnica se refiere, cuyas virtudes superan en muchísimo a sus defectos y que, al igual que sucedió con el final de la primera entrega el pasado año, nos deja con todo un año por delante para esperar la resolución de una historia apasionante que, insisto una vez más, con el paso del tiempo se verá la importancia de su aportación a la Historia del Cine con su nombre inscrito en un lugar privilegiado en la misma con letras bien grandes, porque sus cualidades como obra cinematográfica, más allá de su condición de adaptación de una obra literaria de tal importancia, creo que deberían estar más allá de toda duda. (*)

 

 

(*) Fuente:  David Garrido Bazán, comentario crítico sobre "Las dos torres" en página escena.ya.com

 

 

 

 

   ©  Temakel. Por Esteban Ierardo