|
KASPAR
HAUSER Y LA NOSTALGIA DE LO INTACTO
Por
Esteban Ierardo
|

Bruno
S. como Kaspar Hauser en El enigma de Kaspar Hauser, de
Werner Herzog. |
En
1828 se presenta en Nuremberg un misterioso joven con una carta
destinada a un capitán de caballería. Sólo sabe escribir su nombre:
Kaspar Hauser. Luego, al acceder al lenguaje Kaspar reconstruirá
parte de su misterioso pasado. Durante más de diez años ha
estado preso en un cobertizo. El enigma de su origen nunca se develó.
El carácter dulce y alegre de Kaspar, su apariencia de ser intacto,
nutren la nostalgia del hombre plenamente socializado por una vida
más auténtica y menos contaminada. En 1974, Werner Herzog, el gran y
peculiar cineasta alemán, recrea la vida de Hauser. En su versión,
el joven conserva su aura de pureza y adquiere también el poder de lo
visionario. Desde su ingenuidad y espontaneidad, una visión lo abre a
una trama más secreta.
E.I
KASPAR
HAUSER Y LA NOSTALGIA DE LO INTACTO
Por
Esteban Ierardo
I
No es un día especial en Nuremberg. Pero pronto lo será. Entre sus
calles se asoma un ser singular. Es 1828, y el extraño proyecta su
sombra sobre la ciudad. Sus pies lucen ensangrentados, unas botas más
pequeñas que sus pies castigan sus extremidades. Su ropa de seda, de
tejido fino alguna vez, ahora se descuelga en jirones que atestiguan
un largo tiempo de descuido y abandono. Con una mano sostiene un libro
de oraciones, y, con la otra, una carta.
Al toparse con el primer transeúnte, el recién llegado le entrega
la misiva. Su destinatario es el "Capitán del 4 Escuadrón,
Regimiento 6 de Caballería, Friedrich von Wessenig".
Y Kaspar repite:
"Quiero ser un jinete como mi padre". La carta, escrita
en dialecto bávaro, dice: "Sr. Capitán: Os envío a este
joven, que quiere servir al rey y que fue dejado a mi cuidado
en Octubre de 1812, y yo, pobre labrador, tengo 10 hijos y tengo
con ello suficientes preocupaciones. No le he permitido dejar
la casa desde 1812. Si usted no se hace cargo de él tendrá que
pegarle hasta morir o colgarlo en la chimenea". El
militar se desentiende rápidamente. Por lo que el visitante
inesperado es destinado a la custodia policíaca y, luego al
cuidado de
una familia. Cuando se le pregunta por su nombre, escribe con
un lápiz: Kaspar Hauser. Aparenta unos diecisiete años. Un médico
oficial del Tribunal Civil de Nuremberg lo examina, e informa
después que el joven "no es ni un loco ni un depravado".
Por razones misteriosas, se lo ha separado del resto de los
hombres. Como el propio Kaspar luego manifestará, ha permanecido
alejado del prójimo y de la luz, en un estrecho lugar de encierro.
Los signos de retraso o extrañeza del muchacho nacen de la ausencia
de una educación normal. Una soledad prolongada ha mellado sus
facultades.
El joven Kaspar muestra su condición otra por múltiples
acciones. Al ver, aparentemente por primera vez, una vela intenta
capturarla con sus manos. Un gesto de dolor acompaña la sensación
de quemazón, y un posterior flujo de lágrimas. El olor de la
cocina, el jamón, la cerveza, lo descomponen. Se deleita jugando
con un caballo de cartón. Luego, todos los animales para él
son "caballos", y "chico" es el apelativo
para todo individuo. Gusta de la oscuridad, y un impulso introspectivo
lo sume en largas horas de inmovilidad. Su alimentación preferida
es pan y agua.
Kaspar llegó desde una noche misteriosa.
Ahora, sueña con una luz que no queme. Y que acaricie.
II
Como claro continuador de la sensibilidad romántica, Werner Herzog se
entusiasma con la rareza humana, tal vez más cercana a la humanidad
auténtica. La historia del "Huérfano de Europa" le
inspira una de sus obras fundamentales sobre el hombre excluido de la
normalidad: El enigma de Kaspar Hauser (Kaspar Hauser. Jeder
fur sich und gott gegen alle, 1974). En la reflexión que aquí
desplegaremos privará la versión del director alemán de la extraña
vida de Kaspar, pero en relación con otras posibles líneas
reflexivas que trascienden los límites del film.
El individuo excepcional también seduce a Herzog en Signos
de vida (Lebenszeichen, 1968); También los enanos
empezaron pequeños (Auch zwerge haben klein angefangen,
1970); Aguirre, la ira de dios (Aguirre, der zorn
gottes, 1972); Corazón de cristal (Herz aus glas,
1976); Stroszek (Stroszek, 1976); Woyzeck
(Woyzeck, 1979); Fitzcarraldo (Fitzcarraldo,
1982); o Grizzly Man (2005), un documental sobre un "guardián
de los osos". Bruzo S., el actor que encarna al enigmático
Kaspar, atravesó también los márgenes de lo poco común (1).
El hombre que exhala alguna diferencia que lo singulariza como
ser extraordinario, no es una experiencia en sí misma innovadora
o inusual. Las formas diversas de un humano diferente dentro
de una sociedad dada podrían ser categorizadas como manifestaciones
de una otredad codificada. En la diferencia codificada
se subsumen individuos, o sujetos colectivos, como los pueblos
indígenas o arcaicos sindicados como diferentes bajo la mirada
expansiva de la cultura occidental desde el siglo XVI. Pero
ejemplos estrictamente individuales de otredad desde un código
a priori son, por ejemplo, los locos, o los enfermos aquejados
por patologías que los obligan al aislamiento. En el mundo antiguo
o el medioevo, la lepra es arquetipo de esta situación. También
palpitan con una vivida alteridad los niños salvajes, capturados
en diversas culturas y momentos de la historia. En Occidente,
en 1344 se inicia el historial de estos casos a través del niño
lobo de Hesse. Este informe atribuye por primera vez a estos
niños una condición real e histórica, ajena ya a la fábula.
Y en las arenas de la diferencia también deambulan los individuos
de rarezas anatómicas: enanos, hombre o mujeres con especial
profusión de pelo, u otras anomalías físicas. El epitome de
la rareza categorizada se resume en la condición freak
(2). En 1932, Tod Browning, en su film Freak exhibe,
en un ámbito circense, una plétora de individuos marcados por
una rareza u anomalía corporal.
La novedad otra de Kaspar, su carácter freak, no es
asimilable de forma plena a ninguna de las variantes recién
mencionadas. Su ubicación entre los niños salvajes parece la más
apropiada. Pero Kaspar, en oposición a los infantes ferales, al
irrumpir en la civilización delata algunas mínimas señales de una
educación deficiente. Es capaz de escribir su nombre, y aparentemente
ha recibido rudimentos lingüísticos impartidos por un misterioso
guardián. Quizás por esta exigua aproximación al tejido cultural,
pocas semanas después de su inmersión en la comunidad de Nuremberg,
Kaspar mejora su lenguaje rápidamente y adquiere conocimientos
diversos (3).
Luego de un primer periodo con el guardián Andreas Hittel y
su familia, Kaspar es confiado el Dr. Georg Philip Daumer (filósofo
y educador), quien se hace cargo de su educación en julio de
1828. Al acceder al lenguaje, Hauser reconstruye parte de su
enigmático pasado. Recuerda que a partir de los tres o cinco
años permaneció recluido en un cobertizo. En su cautiverio sólo
vio dos veces a su captor que siempre aparecía detrás, amparado
por la oscuridad. Como único alimento recibía pan y agua. Un
médico acredita que las rodillas del joven muestran signos de
anquilosamiento y, por ende, de una larga inmovilidad. También
es capaz de ver en lo oscuro. Y a veces, continúa recordando
Kaspar, el agua que ingería tenía un saber extraño (acaso
por una dosis de opio) que le provocaba un rápido sueño. Entonces,
al salir de su sopor, descubría que le habían cortado sus uñas
y el pelo, y que sus ropas habían sido cambiadas. Cuando su carcelero
lo sacó de su encierro para conducirlo a Nuremberg, Kaspar recuerda
haberse desmayado por el primer contacto en su vida con la luz
solar y con el aire que soplaba más allá del diminuto pozo de
su existencia anterior.
Cuando su historia se difunde se le llama el "El Huérfano de
Europa".
Si Kaspar no puede ser ubicado en ninguna de las variantes
de la otredad codificada, detenta entonces, para los ojos de
su época, y aún hoy, una novedad especifica. Kaspar trasciende
la diferencia bajo un código preestablecido. Una forma de comprender
su diferencia más propia emerge del estudio que le dedica el
abogado Anselm von Feuerbach: Kaspar Hauser. Un delito contra
el Alma del hombre (4). Feuerbach
se remite al código penal bávaro para arribar a un rasgo que
distingue a Kaspar de precedentes casos de una ausencia de socialización.
Kaspar sufrió detención ilegal y abandono, incorrecciones tipificadas
por la normatividad jurídica en vigencia. Pero, a su vez, padece
un crimen singular, un delito contra el alma, que lo
convierte en una novedad otra antes no codificada. Kaspar
es víctima de un especial mal porque: "Separar a un hombre
de los otros seres racionales y de la naturaleza, dificulta
su acceso a un destino humano, privarle de alimentos espirituales,
es el más criminal de los atentados puesto que va dirigido contra
el patrimonio más auténtico del hombre, su libertad y su vocación
espiritual".
Feuerbach
parte del hecho de que
Kaspar ha sufrido una separación coactiva de la sociedad. La
razón de su abandono en un pozo oscuro es la chispa inicial
de un enigma aún no disuelto. La teoría sobre el aislamiento
provocado que padeció el joven Hauser es la del "heredero
sustituto". Poco después de su llegada, causa sorpresa
el hecho de que Kaspar esté vacunado, tal como lo atestigua
una visible marca en uno de sus brazos. En aquellos días, sólo
los miembros de las familias de mayor alcurnia se vacunaban.
Por este hecho comienza a aflorar la suposición de un origen
aristocrático del joven misterioso. Kaspar
sería heredero de la casa de Baden,
hijo de Stéphanie de Beauharnais, esposa del Gran Duque Karl
de Baden. Kaspar le habría sido arrebato y sustituido por un
niño campesino muerto. Esta maniobra habría buscado beneficiar
a la condesa de Hochberg, a fin de que la línea sucesoria fuera
ocupada por su descendencia. Feuerbach avala
esta conjetura, nunca demostrada.
Por otro lado, los niños salvajes habrían sido simplemente abandonados
o perdidos en circunstancias diversas en un medio natural, fuera
de la civilización. Pero Kaspar es aislado dentro de la propia
sociedad. La proximidad del medio que pudo nutrirlo para
su constitución como sujeto socializado, e imbuido de bienes
simbólicos desarrollados por la educación como el lenguaje,
la escritura, o el acceso a la cultura, enfatiza la gravedad
de su encierro, y de su exilio premeditado de los "alimentos
espirituales" que lo marca con un "atraso evolutivo".
Nunca, en la historia, el niño ha podido sostener un escudo
que lo proteja de las pedradas violentas.
III
La singularidad de Kaspar no lo aleja de un debate fundamental que los
niños salvajes generan en el siglo XIX. La deficiencia de un niño o
joven rescatados del aislamiento, ¿es causada por esta exclusión o
es consecuencia de anomalías congénitas? ¿El retraso es
exclusivamente efecto del medio o es la expresión de un innato
determinismo genético?
Desde una lectura muy general suele asociarse el enigma de Kaspar,
y sus deficiencias adaptativas, con los niños salvajes. Ya hemos
observado que, a nuestro entender, no es pertinente esta equiparación.
Sin embargo, aunque superficial, esta asociación no puede ser
totalmente extirpada del imaginario colectivo. Por eso, desde
lo cinematográfico, suele enlazarse la versión de Kaspar
de Herzog, con El niño salvaje de François Truffaut,
o Nell, la mujer aislada y solitaria que crea su propio
lenguaje de comunicación gestual (5).
Truffaut recrea con lenguaje austero el caso del niño salvaje
de Aveyron. En el 1800 este niño es capturado en el bosque.
Su edad es entre doce a trece años. Se muestra feroz, sucio,
cubierto de cicatrices, incapaz de prestar atención. No habla.
Sus sonidos son guturales. Muerde y araña. Busca toda oportunidad
para escapar. Su descubrimiento y captura se convierte en un
caso de gran poder detonante de diversas hipótesis sobre la
relación naturaleza y cultura. En el debate específico
que involucrada al niño de Aveyron se enfrentan Jean Itard (1774-1838)
y Philippe Pinel (1755-1826). Itard es el primer médico de niños
inadaptados. Pinel es médico-filósofo, y promotor de importantes
reformas en el hospital psiquiátrico de la Salpêtrière. Una
de sus obras fundamentales es el Tratado médico-filosófico
sobre la enajenación mental o la manía (1801).
Para Itard la inadaptación e incapacidad del niño selvático,
al que lo rebautizará con el nombre de Víctor, surge de la ausencia
de educación y de los debidos estímulos para su formación como
ser completo e integrado a la civilización. Para Pinel, en cambio,
el retardo de Víctor es consecuencia de un idiotismo crónico
resultante de una discapacidad congénita. Intentar integrarlo
a la sociedad a través de un especial celo educativo es un despropósito.
Itard piensa lo contrario. Confía en la posibilidad de integrar
al niño abandonado en el tejido social. Su esperanza nace desde
la valoración de la influencia ambiental que impacta en la percepción
del individuo desde su niñez. La educación es continuación de
esa influencia externa. Esta posición se cimienta sobre una
teoría sensista, sobre una filosofía empirista iniciada por
John Locke en Inglaterra con su Ensayo sobre el Entendimiento
humano (1690). El filósofo inglés divulga la célebre imagen
de la mente como white paper, papel en blanco, tabula
rasa. El psiquismo no alberga desde siempre una red de ideas,
una razón ya estructurada capaz de impulsar las facultades de
conocimiento. La mente no alberga un tesoro de ideas innatas.
Su primera condición es un vacío de contenidos. Sólo luego, gradualmente,
desde las sensaciones y las respuestas e interacciones a las
solicitaciones externas, surge la idea, el concepto, el lenguaje
y el conocimiento.
La
teoría empirista se extiende a Francia con Condillac y Cabanis, y a
Alemania, luego, con la teoría de la gestalt.
Etienne Bonnot de Condillac se nutre del empirismo británico.
Toda operación del entendimiento (juicio, reflexión, análisis
lógico) o la voluntad (afecto, emoción, sentimiento, decisión
libre) proviene de las trasformaciones sensoriales. Cabanis,
por su parte, niega el pensamiento independiente del cuerpo. El estómago
segrega los jugos gástricos, de forma semejante a como el cerebro
secreta el pensamiento. La comprensión de este proceso es ilustrada
por Condillac con su célebre ejemplo de la estatua (6).
Si el psiquismo es especialmente influenciable por las impresiones,
las nuevas incitaciones, vía educación, podrían remodelar al
sujeto en formación.
El niño de Aveyron será el soporte-estatua para validar la teoría
sensista y su vínculo con los saberes y prácticas dispensados
por la acción educativa. Itard, en una postura opuesta a la
de Pinel, como ya se afirmó, actúa desde la convicción de que
las capacidades obstruidas de Víctor pueden ser recuperadas
merced a la conjunción de medicina y educación.
Víctor
es enviado al Instituto Nacional de Sordomudos, al cuidado de Itard. Y
durante largos años el médico-pedagogo registra con esmero los
efectos del empleo de diversas estrategias pedagógicas. Pero Víctor
nunca superará su incapacidad parlante y su inadaptación
estructural.
El
pasado en el niño es voz que llama a no abandonar el primer nido,
aunque en éste reine el agreste bosque. Y la fiera compañía animal.
IV
Kaspar emergió de su cueva lejana.
Muchos seres lo rodean. Demandan su integración a la civilización,
a la única realidad posible. La normalización social quiere
rehacer su rostro. Pero el ser extraño no abandona su diferencia
y lejanía. Kaspar recibe de la mujer de su cuidador un niño
para sostenerlo entre sus brazos. Luego llora. Y piensa en sí
mismo: "¡Madre, qué lejos estoy de todo!".
La mirada social desea la absorción del otro. Pero lo afianza
paradójicamente en su condición distinta al observarlo como
un ser exótico. Así, el ojo social convierte a Kaspar en sujeto
de exhibición. Padece su ser-para-la-exposición cuando las gentes
lo contemplan comiendo pan dentro de la torre donde se le encierra
en sus primeros días en Nuremberg. Y las consideraciones pragmáticas
surgen pronto en el Municipio. Se advierte que Kaspar es una
carga pública, por lo que se piensa en vías especiales para
la financiación de su manutención. Se lo destina entonces a
un circo. Lo circense: lugar paradigmático de exposición de
lo sorprende y otro. El circo es primero usina de entretenimiento.
Pero en un segundo giro, más solapado, la lógica circense
es alivio fugaz, mediante el espectáculo de lo maravilloso y
lo extra-ordinario, de la dureza del tiempo pragmático, productivo
y normalizado. El circo como salida de la cotidianeidad de lo
profano, del aburrimiento secular a través del acceso a un lugar
de vida y emociones más intensas. Obra así como continuación
del pasaje de lo profano a lo sobrenatural de la catedral gótica,
pero sin apetencias de trascendencia. El circo es también anticipación
del cine como espectáculo masificado proveedor de breves salidas
del tiempo programado.
En la escenografía circense, Kaspar experimenta una segunda
forma del ser observado como individuo exótico. Comparte
su carácter freak con un enano, monarca del reino de
Punt, con un apesadumbrado niño émulo de Mozart, y con un flautista
del altiplano. Al ser presentado, Kaspar repite su primera postura
corporal cuando llegó a la ciudad. Posa con apariencia de estatua.
Y otra vez sostiene la carta destinada a abrirle una puerta
en el universo social.
Y en su recreación de la inusitada historia de Hauser, Herzog
imagina varios incidentes que manifiestan la tendencia animista
de Kaspar y su permanente diferencia. El animismo aflora con naturalidad en Kaspar. La actitud animista
surge inicialmente en las culturas antiguas. El alma no es sólo
atributo del hombre o de los animales. Todo alberga un alma,
desde el universo (el Alma del mundo platónica) hasta la multiplicidad
de las formas y los elementos. En la cultura moderna secularizada
y desacralizada, la naturaleza es máquina, materia inanimada
en movimiento. Su centro son leyes matemáticas impersonales,
no un alma como principio interior dirigente y generador del
movimiento y de la vida conciente.
Junto a su pasado prehistórico y antiguo, el animismo es el
repetido estadio infantil de todo sujeto socializado. Al principio
el niño es animista. Para él todo es danza vital y mágica que
desconoce lo muerto. El poeta sería el que conserva, aunque
fuera parcialmente, la intuición de la vida derramada por todas
partes. El hombre antiguo, el niño, el artista y Kaspar viven
en la percepción animista.
Su protector, el Dr. Daumer, quiere convencerlo de que una manzana
no tiene voluntad propia. La hace rodar y asegura que ésta sólo
llegará hasta donde el deseo del hombre que la arroja lo disponga.
Pero la manzana salta, evade un obstáculo en su marcha y se
oculta entre la hierba. Para Kaspar esto es demostración indudable
de que la manzana es lista, astuta, de que está viva y por eso
decidió saltar para evadir un límite impuesto por un decisión
humana.
Y Kaspar decide juntar un grupo de semillas, y plantar su nombre.
Kaspar Hauser ahora no es sólo un intento de construcción de
una identidad civil. Es ahora las letras que se combinan sobre
la tierra, y exhalan un radiante y fresco verde. Plantar el
propio nombre es superar la condición de individuo racional
separado de la tierra, de la naturaleza y, por extensión, de
lo corpóreo y biológico. La propia vida se confunde con lo telúrico,
soporte viviente y no pasivo, como una hoja en blanco donde
el individuo civilizado puede escribir su nombre.
Lo animista avala la diferencia de Kaspar. Un Kaspar
que no renuncia a la espontaneidad. La pretensión de la sociedad
de absorberlo provoca su reacción, los gestos de una rebelión
pasiva.
Un profesor de lógica lo visita para comprobar su capacidad
para un correcto pensar lógico. Le propone entonces un problema.
Hay dos pueblos, uno habitado por hombres que siempre dicen
la verdad, y otro por individuos que siempre mienten. De los
pueblos parten dos caminos que se cruzan ante Kaspar. A esa
encrucijada llega un hombre. Para determinar de qué pueblo procede
es necesario hacerle una pregunta que manifieste la precisión
de un recto pensamiento lógico. Si el recién llegado contesta
que no viene del pueblo de los mentirosos ante una pregunta
eso activa una segunda y necesaria negación, la negación de
su negación que afirma que su respuesta es mentirosa, y por
tanto propia de un habitante del pueblo-mentira. Pero Kaspar
propone otra pregunta… Si al caminante se le pregunta si es
una rana, si éste contesta que no sabremos que viene del pueblo-verdad;
pero si contesta que sí esto indica su procedencia del
pueblo de los mentirosos. Frente a la lógica del razonamiento
abstracto, Kaspar contrapone otra lógica que integra la pregunta
y la deducción racionales con la realidad viviente representada
por la rana. Es otra lógica, tan certera como la del insigne
profesor, pero con un punto de partida o base axiomática diferente.
El profesor presupone un rígido ideal de verdad única, propio
de la ciencia clásica y de la filosofía racionalista-ilustrada
decimonónica que no tolera la posibilidad de que la verdad brote
de otro manantial.
La
diferencia de Kaspar respira también a través de su
soledad y su percepción lúcida de las falsedades aceptadas como
"buenas costumbres". A la pregunta sobre si luego de
integrarse al mundo social se siente libre de su oscuro pasado, Kaspar
responde sin dudar que ahora está peor que cuando estaba en
cautiverio.
Se fuga de una Iglesia, y se justifica ante su protector, diciendo
que allí todos aúllan: el coro y el sacerdote desde el púlpito.
Dentro del templo, supuesto puente privilegiado hacia el cielo,
lo que impera es la teatralización histriónica de formas litúrgicas
vacías.
Y su rebelión más decisiva es quizá frente a un posible mecenas
de la alta sociedad, un refinado Lord inglés:
Lord Stanhope. Kaspar se
presenta en una aristocrática reunión. Aparentemente responde
a los debidos cánones exigidos: correcta etiqueta, respetuosas
respuestas a lo que se le pregunta, demostración de sus insipientes
capacidades en la ejecución del piano( el joven Hauser muestra
gran interés por la música). Pero Kaspar se sofoca.
Se lo aparta para que se reponga, pero fuera de la mirada de
la sociedad refinada, comienza a romper su ropa elegante, a
deshacerse de ella, como si buscara volver a la desnudez. El
vestido suele reducirse a la condición de signo de una
posición social, o de un gusto estético determinado. Pero la
condición del sujeto vestido oculta la primera apariencia del
hombre desnudo Y la desnudez es expresión simbólica de una existencia
más auténtica, que Kaspar intuye, que exhala desde su piel agredida.
V
La transposición cinematográfica de la historia de Kaspar ensayada
por Herzog le atribuye al niño huérfano una cualidad especial,
un rasgo novelesco que pretende identificarlo con la potencia
de lo visionario. La predilección del cineasta alemán por el
sujeto que trasciende lo visible para capturar una verdad secreta
impregna también a Kaspar.
Kaspar sueña intensamente. A su protector le refiere que suelo
soñar con el Cáucaso. Y que ha experimentado dos visiones, dos
secuencias especiales de imágenes oníricas. Primero ve a gente
desconocida, a una multitud, que sube una montaña. En su cumbre
reina la muerte. Acaso la percepción de la mortalidad que, impelida
por el viento y el tiempo, acerca a los hombres a la tumba.
Pero la segunda visión es la fundamental, antes de su muerte...
Poco después de
difundirse que Kaspar se halla escribiendo sus memorias, es atacado en un
retrete por un individuo desconocido. Y luego del alejamiento del Lord
inglés, Kaspar inicia un trabajo como copista. Poco después,
recibe una carta donde se le dice que si
se presenta en un cierto lugar le serán revelados datos sobre su nacimiento.
Kaspar se presenta en el sitio indicado y recibe una herida profunda en
su pecho. La incisión es letal. En el lugar de la cita la policía
encuentra una carta en la que se dice:: "Hauser podría deciros cuál es mi apariencia, de
donde vengo y quién soy. Para ahorraros trabajo os lo diré yo mismo.
Soy de la frontera de Bavaria, y mi nombre es MLO".
Seguramente el asesino de Hauser es quien lo mantuvo cautivo
largos años. El enigma de
Kaspar así se incrementa, se dramatiza en el momento de su asesinato,
cinco años después de su llegada desde alguna parte. Y en su
lecho de muerte, ante su protector, y un pianista ciego (otro
de los protegidos del Dr. Daumer), y unos clérigos, relata la
visión que, desde lo ficcional, le atribuye Herzog. Una visión
de la que Kaspar sólo conoce el principio... Una caravana recorre
el desierto. La procesión de camellos y hombres es encabezada
por un anciano ciego. Los viajeros creen ver unas montañas en
el horizonte. Las brújulas no les permiten ubicar las elevaciones
en un mapa ya conocido. Sólo el anciano sabe. Sabe que las montañas
son ilusión, espejismo, como lo es la pretensión de la tecnología-brújula
de orientar de por sí sola al hombre en una realidad misteriosa.
El anciano anuncia entonces que deben seguir hacia el norte,
hacia una ciudad. La revelación no continúa. Su carácter inconcluso
anticipa que lo que se descubrirá en la ciudad es acaso parte
de un camino de encuentro personal y único con lo secreto que
cada uno de los viajeros deberá recorrer. El anciano
ciego disipa la confusión. Y encarna la sabiduría que confirma
el arquetipo del sabio privado de los ojos corrientes. En la
tragedia clásica Tiresias es sabio y ciego, y Edipo se ciega
cuando acepta su destino y conquista así un amargo saber.
La ceguera que paradojalmente ve puede ser vinculada
con la superación de los límites de la visión corriente. Los
ojos naturales nos entregan el mundo como apariencia, como reino
de la visibilidad. Pero la verdad es la que corre dentro de
lo invisible. Por eso, la ceguera física anuncia un estar más
allá del límite del ojo corriente y el acceso a los ojos del
espíritu, a la visión de una verdad escondida (7).
VI
Kaspar provoca el posible recuerdo
del misterio del origen humano. En torno a su presencia se agita
un tendal de enigmas. La pretensión de resolver esas incógnitas
colisiona siempre contra una pared de especulaciones. Por tanto,
el origen de Kaspar, su verdadera identidad, se sumerge en aguas
misteriosas. Parte de la fascinación que dimana el muchacho
extraño en su época, y aún hoy, tal vez se deba a su encarnación
de un misterio irreducible. Y, a su vez, lo enigmático del huérfano
remite a nuestra orfandad entendida como desprotección o carencia
de explicaciones últimas respecto a nuestro propio misterio
individual y colectivo. Quizá, de forma silenciosa, el carácter
misterioso de Kaspar resucita el misterio del origen de la
humanidad. La educación en Occidente, desde que en ella
prevalece la explicación lógica o la aceptación de supuestas
verdades concluyentes, expulsa la percepción del misterio constitutivo
de la existencia. Pero lo reprimido, gran enseñanza freudiana,
siempre regresa. La conciencia de lo misterioso sólo vuelve
a través de un hecho simbólico que religue al hombre
con su no saber sobre sí mismo. El no saber sobre Kaspar es
así un no conocimiento respecto al origen entendido en un doble
nivel: origen de lo cosmológico, del universo, y origen de lo
antropológico, del hombre y de sus diferencias respecto al resto
de los animales. La ciencia debilita el enigma del cosmos mediante
el big bang. La teoría de la evolución o la aceptación
dogmática de la revelación divina concentrada en un texto sagrado
alejan, asimismo, la conciencia del enigma humano. La evolución
especula con combinaciones azarosas de sustancias en un caldo
primigenio, que generan organismos unicelulares primero; y,
luego, los organismos complejos, y el desarrollo del cerebro
que produce el pensamiento. Por su parte, las religiones imaginan
al hombre emergiendo de una voluntad divina omnipotente. La
conciencia del misterio naufraga entonces entre las olas de las
explicaciones de la ciencia o la religión. Pero el oleaje,
en su refluyo, regresa una y otra vez con la incertidumbre.
Se puede optar por aferrarse a la verdad que expulse el enigma.
Mas, quizá, la sospecha de la falsedad de esta maniobra subsiste
en algún recodo de lo inconciente. Y para recuperar la conciencia
perdida del misterio del origen es necesario un estímulo, que
encienda el recuerdo de lo siempre no sabido.
Pero, en cierto punto, se debe calmar la inquietud que recuerda
lo misterioso. Por eso, luego de su muerte, Kaspar es sometido
a una autopsia detenida. Los médicos descubren un desarrollo
muy pronunciado del cerebelo. Una anormalidad. La explicación
definitiva, desde lo fisiológico, de la rareza del joven misterioso.
La ciencia anatómica de la época acude para dar una explicación.
El escribano, representado por un enano que incursiona en otros
films de Herzog, puede labrar así su informe definitivo donde
el enigma de Kaspar queda finalmente aclarado. Una ilusión necesaria
para no perder el sentimiento de seguridad.
Pero uno de los estímulos más poderosos en la modernidad occidental
para recuperar el hechizo del origen sin explicación es,
quizá, el enigma
de Kaspar Hauser. Su enigma libera lo obturado: la percepción,
aún oscura e intuitiva, de que nuestro propio origen sigue envuelto
de misterio.
VII
Los
niños salvajes hallados en diversas circunstancias, durante su
supervivencia fuera de la influencia de la civilización, muestran
signos de una fortaleza física desconocida para el individuo
civilizado.
Los homines feri muestran insensibilidad al frío y el
calor; visión nocturna total; olfato superior al hombre común;
imitación de sonidos de animales y pájaros. Y los niños
salvajes prefieren la compañía de animales domésticos a los
humanos; comen carne cruda, y beben en cuatro patas; duermen
de la noche al alba; sexualmente son indiferentes.
Su bienestar y fortaleza física no es afectada por ninguna enfermedad
del mundo civilizado. Y todo esto: ¿demuestra la existencia
de un hombre natural, cercano al buen salvaje rousseauniano?
Suponer que la existencia solitaria dentro del mundo natural
infunde algunas cualidades positivas reaviva la sospecha de
que la proximidad con la naturaleza es importante para el desarrollo
de importantes potencialidades del ser humano. Y que esta cercanía
no puede ser suplantada sin más por la cultura.
Pero para el Lévi-Strauss de la Antropología estructural,
el pasaje de naturaleza a la cultura
es inevitable, y se produce a través de la universal
prohibición del incesto. Los niños salvajes no son testimonio
de un supuesto estado natural, del buen salvaje de Rousseau:
"Los niños salvajes que son productos del azar o de la
experimentación pueden ser monstruosidades culturales, pero
nunca testigos fieles de un estado anterior".
Un estadio natural precultural, como panacea de una existencia
mejor, es una quimera. Seguramente. Y quizá la meditación sobre
si lo que debe prevalecer en el hombre es su entrega a la socialización
o la conservación de un nexo con la naturaleza pre-racional,
reproduce el apego habitual del pensamiento occidental a los
dualismos o antinomias. Es esto u lo otro. Pero en la orilla
opuesta, un camino integrador, y no dualista, sería la
síntesis entre naturaleza y cultura, cuerpo y pensamiento, instinto
y razonamiento, conservación de la intimidad y entrega al vínculo
social. El Kaspar que primero vive más próximo a lo natural,
es luego presionado para una rápida integración donde
deben desaparecer las inclinaciones naturales reñidas con el
orden social. Acaso un Kaspar no coaccionado, entregado a una
lenta asimilación de la costumbre y la norma, hubiera gozado
de una oportunidad de encontrar un equilibrio entre naturaleza
y cultura en su propia persona. Ese equilibrio en Kaspar es
fallido o lisa y llanamente inexistente. Pero también en todo
hombre "normal" los dos polos permanecen en conflicto.
Algo que también Freud lo entreve al afirmar sin vacilación
que el acceso a la civilización impone la renuncia a los instintos,
a lo natural en el hombre.
El destino del hombre acaso no sea la salvaje salud corporal
del niño de Aveyron. Pero tampoco la racionalización o socialización
excesivas, que nos alejan de una percepción espontánea de una
realidad no gobernada exclusivamente por un orden civilizado
o racional. El fracaso de adaptación a la civilización de Kaspar
y los niños salvajes debería recordar otro fracaso: la separación
metódica del individuo socializado de todas aquellas fuerzas
que el cuerpo, el espacio y la naturaleza sólo entregan
cuando parte de la piel sigue respirando más allá
de los límites de la razón.
VIII
Cuando Herzog alude a Kaspar, comenta que lo que inquietaba
a los demás de su persona era que parecía un ser intacto. Es
decir, un individuo alejado aún del detritus contaminante de
la sociedad. El efecto del joven especial no es sólo el posible
regreso del misterio del origen. Hauser también despierta la
angustia de un paraíso perdido. Las culturas antiguas invariablemente
imaginaron una edad de oro en los comienzos. Una plenitud radiante
de abundancia, salud perfecta, y la ausencia de toda angustia
o inquietud. Pero, también con recurrencia universal, se imagina
que el hombre real, el que vive en el tiempo, es expulsado del
paraíso del principio. Y sólo en esa dicha paradisíaca la vida
puede conservar un brillo intacto. Kaspar es supervivencia de
una pureza sin dobleces. Asi como la imaginación del hombre
arcaico abraza los paraísos del inicio, también, con la misma
insistencia, imagina la expulsión del jardín de la dicha. Acaso
por eso Kaspar es la huella de la primigenia edad de oro, y,
también, la ratificación de su pérdida. Su atípica existencia
despierta la nostalgia de lo paradisíaco, y del aroma de una
ingenuidad aún no violentada y capaz entonces de aceptar y agradecer
la vida como don.
El hombre busca recuperar lo paradisíaco. Sin embargo, la práctica
de la manipulación y la explotación cotidiana del prójimo niegan
ese camino. Y el intacto y enigmático Kaspar Hauser recupera
la conciencia de la distancia del hombre de toda edad dorada.
Y su olvido de un destino más alto. (*)
(*)
Fuente: Esteban
Ierardo, "Kaspar Hauser, y la nostalgia de lo intacto",
editado aquí de forma original.
Citas:
(1)
Herzog descubrió la existencia de Bruno S. a través de un documental.
Bruno S. es hijo accidental de una prostituta. Una parte apreciable
de sus tres primeros años de vida permaneció encerrado en un
armario antes de que su madre lo ingrese en un hospicio para
enfermos mentales, a pesar de que la inteligencia de Bruno evidenciaba
ser normal. Luego peregrinó por orfanatos y reformatorios, hasta
convertirse en músico ambulante. A los 26 años (cinco años después
de la muerte del Kaspar real cuando éste tenía 21 años) padeció
un cuadro de esquizofrenia. Bruno S. nunca recibió una educación
formal, y mostró desinterés o directamente ignoró signos del
mundo convencional como los cheques y bancos. Durante el rodaje
prefería dormir en el suelo, por no sentirse habituado a las
camas, y nunca se quitó las ropas de Kaspar. Bruno pidió
a Herzog que se guardara en secreto su identidad. Esto explica
su nombre Bruno S..., que lo convierte quizá en el único caso
en la historia del cine de un actor cuyo apellido permanece
desconocido.
(2)
Los términos friki,
friqui, frik, o freaki proceden originalmente del
inglés freak, que significa extraño, extravagante y/o
estrafalario. Además del clásico de Browning,
También los enanos empezaron pequeños (Auch zwerge
haben klein angefangen) de Herzog se solaza en la exhibición
de un grupo de enanos; Viridiana (1961), opera prima
de Luis Buñuel, también muestra a numerosos y peculiares vagabundos
que son protegidos por la beata y bella Viridiana. En
la lengua española freak se refiere principalmente a
una persona obsesionada o aficionada (al punto del fanatismo)
con un tema en particular a la manera de un hobby.
El friki es visito a veces como un extravagante que,
además, se vincula con una comunidad de otros individuos que
comparten su mismo interés. En su punto de máximo desarrollo,
el frikismo se
convierte para su adherente en un forma de vida. Ejemplo
de personalidades friki
son los cultores con especial frenesí de los videos juegos,
filatelia, libros, informática, series, manga o animé,
o ciencia ficción. Por extensión el término involucra a todo
individuo que cultiva con obsesión algún gusto particular.
(3)
Los hijos de su guardián,
Hittel, perciben la ternura del carácter de Kaspar. De
hecho Hauser se muestra muy feliz con los niños, y no con los
adultos. El hijo de Hittel, un niño de siete años, le enseña sus primeras
oraciones. En este proceso de aprendizaje también participa su
hermana. Los niños serían así los primeros educadores de Kaspar.
(4)
Ver Anselm von Feuerbach, Kaspar Hauser. Un delito contra
el alma del hombre, Asociación Española de Neuropsiquia.
Anselm von Feuerbach (1775-1833),
jurista y filósofo alemán. Su teoría fundamental es la del impulso
psíquico (psischische Zwang), según la cual el temor
al castigo debe ser la fuerza de disuasión fundamental de la
acción criminal. Feuerbach se opuso a la falsa identificación
entre pena y venganza. El Código Penal de Baviera de 1813 integró
algunas de sus ideas. Este ordenamiento jurídico influyó en
los estados alemanes de Sajonia, Württemberg, Hannover y Brunswich,
y en los códigos sudamericanos. Su influencia significó también
la supresión de la tortura en Baviera (1806). La obra más famosa
de Feuerbach
es Manual de Derecho
común alemán (1801).
(5)
Nell, 1994, de Michel Apted. Nell (Jodie Foster) es criada
en una lejana cabaña perdida en los bosques, sin contacto con
la civilización. Ha desarrollado un lenguaje especial y misterioso.
Su estudio sugiere al Doctor Jerry Lovell (Liam Neeson), y a
la psicóloga Paula Olsen (Natasha Richarson), un camino hacia
una sabiduría fuera de los límites del mundo académico. Ellos,
a su vez, guían a la joven en un intento de integración
a la sociedad.
(6)
En su Traité des sensations (1754), para ilustrar el
rol de los sentidos en el desarrollo cognoscitivo, Condillac
propone el ejemplo de una estatua inerte, que representa al
hombre antes de todo contacto con la sensación. La situación
de vacío de contenidos en el sujeto se supera gradualmente cuando
a la estatua se le van agregando cada uno de los sentidos y
sus poderes perceptivos propios. Luego el pensador francés postula
formas de asociación entre los sentidos, en combinaciones de
creciente riqueza, hasta derivar en la aparición de la facultad
del conocimiento. El tacto es el sentido que esclarece a los
otros, pero el oído es especialmente revelante, porque capta
finos matices y permite la percepción de una multitud de estímulos
de forma simultánea.
(7)
Signos de vida
(Lebenszeichen, 1968), el
primer largometraje de Werner Herzog, relata los hechos de un
soldado alemán en la isla de Creta durante la ocupación germana
en la Segunda Guerra Mundial. Mientras se cura de unas heridas
de combate, convive con su mujer y dos soldados. Los días de
apabullantes monotonía desbarrancan gradualmente al protagonista
en una aparente locura. Sólo aparente porque en realidad el
soldado atraviesa un estado visionario que lo afirma en una
intuición de la vida que supera la medianía de lo cotidiano
o la destrucción de la guerra. En
Corazón de cristal (Herz aus glas, 1976), un personaje
en particular, el profeta Ilias, alberga el poder de lo visionario
en un contexto donde los cristales también remiten al deseo
de un ver cristalino de lo real oculto. Sobre la visión de Ilias,
en otro momento manifestamos: "Ilias ... es visitado
por la naturaleza abierta y por el rumor futuro del tiempo.
Ilias es el visionario. Aquel que ve la realidad en su desnuda
manifestación. Ilias ve el torbellino de lo que es y de lo que
viene. Ve así, en un extremo de la tierra, el mar con su ondulado
tapiz líquido y con las dos islas que exhalan duros resplandores
de roca y se exponen al sol. Y allí, de nuevo un hombre ve,
quieto, en silencio, desde lejanos días, el horizonte plano.
Espera algo. Y otros tres hombres se le suman. Y también esperan
alguna novedad en lontananza. Pero, en el tiempo, una llama
paciente puede agotarse. Por eso, los seres que contemplan en
silencio deciden ya no esperar. Ahora alojan su expectativa
y su sudor en un pequeño bote. Y reman con la certeza de acometer
acaso un acto absurdo. Dibujan con sus remos estirados hilos
de espumas. Quieren acercarse al fin al abismo en el que siempre
creyeron. Pero, en algún momento la duda nació en ellos. O tal
vez el deseo de no sólo creer lo que tradición ordena. Quizá
ahora quieren experimentar lo que la realidad es. Por eso desean
ir a ver para descubrir y percibir y no sólo creer. Y acaso,
los seres que ahora reman, lo mismo que nosotros, ya han perdido
el vigor de una gran certeza y la capacidad para una experiencia
intensa. Por eso, lo mismo que los hombres en el pequeño bote,
quizá sea momento de que también nosotros vayamos a ver los
enigmas que siguen agazapados detrás del horizonte", Esteban
Ierardo, "Corazón de cristal. El romanticismo y el cine
de Werner Herzog", editado en temakel.com.
|