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EL
ESPEJO
Lo
radiante y el otro lado en un film de Andrei Tarkovski
Por Esteban Ierardo
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Margarita
Terekova contempla la profundidad del paisaje en uno de
los planos mas famosos de El espejo (Zerkalo,
1974) del gran creador de cine poesía Andrei Tarkovski.
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El espejo (Zerkalo, 1974) es quizá una de las cumbres más
altas del cine poesía. Tarkovski, el creador de La infancia de Iván,
Andrei Rublev, Stalker, El sacrificio, recupera sus
recuerdos de niñez durante su vida en una humilde casa campesina. Evoca su vida rural y se
zambulle así, de forma velada y autobiográfica bajo el personaje de Alexei. Revive no sólo el pasado, sino
también la percepción poética de la infancia. Y, más ampliamente,
explora los poderes de una memoria que trasciende lo individual hasta
proyectarse hacia una universalidad, en la que el tiempo como
desvanecimiento o muerte cede ante la inmortalidad, lo atemporal, la
realidad que nace del otro lado del espejo. Y que es radiación continua aun
cuando el horror siempre permanezca, oculto y cercano, en el reverso de la
luz.
E.I
EL
ESPEJO
Lo
radiante y el otro lado en un film de Andrei Tarkovski
Por Esteban Ierardo
I
El
joven no habla. O su hablar es sólo un farfullar, un tartamudear.
Una doctora apela a la palabra fuerte, audible, para guiarlo. Para
inducirlo hacia una posibilidad todavía no cumplida. Busca
hipnotizarlo. Y lo hace. Bajo un estado otro, distinto ya a la
vigilia de la cotidianeidad, lo exhorta a decir, a hablar claramente.
Y
el joven finalmente habla. Habla claro en el comienzo de El
espejo (Zerkalo, 1974), de Andrei Tarkovski. La hipnosis, experiencia
de raíces arcaicas, ajena a lo racional. Hipnosis que, en el siglo
XVIII, fue popular curación que el célebre Mesmer difundió
mediante las imposiciones de manos, el magnetismo y el flujo de
energías sutiles. Hipnotismo terapéutico que luego continuaría
Charcot, maestro de Freud. Curación hipnótica que ahora es practicada por
una médica enfundada en su impoluto guardapolvo blanco. Una
científica ya no enclaustrada en la lógica sin contacto con
emociones o sensaciones no racionales. Ejemplo de una ciencia versátil que
no teme la salida de la soberanía exclusiva del logos o la
matemática. Por la hipnosis, por el híbrido ciencia-magia, afín al Renacimiento y su amor por las ciencias mágicas y
herméticas, y al mesmerismo decimonónico, el muchacho renace. Resurge tras el exorcismo
liberador. Y ahora habla. Para decir con vehemencia, sin
inhibición, con fluidez una palabra, un lenguaje. Acaso la lengua del arte
como exploración de una realidad más esencial.
El
lenguaje de la exploración del cine poesía, que recupera la vida
como ebullición felina o delicadeza de colibríes atraviesa El espejo, la obra más extraña y acaso poderosa de su
filmografía, en la que algo no dicho, u olvidado por su no decirse,
vuelve a ser dicho con claridad. No con la claridad de la argumentación
lógica sino con la del brillo de las serpientes que avanzan en su
magnetismo revelador...
II.
Tarkovski
pertenece a la estirpe de los "artistas raros". Los
artistas que son
acaso los genuinos creadores, precisamente por su rareza no
debilitada ni sustituida por ninguna pretensión de narración de lo
ya conocido.
El
arte raro no se divorcia de la realidad como noche
paradojal, como luz oscura, que siempre libera nuevas sensaciones. Un
reencuentro con la rareza sensible de lo real que escapa a toda ley científica,
o que no se entrega por ninguna revelación de
un supuesto texto sagrado.
Lo
real como lo todavía no experimentado atrae la
exploración artística. Un explorar en el que la percepción
poética es la máxima
posibilidad de saber humano en el cine tarkoskiano. Una fuerza exploradora que Tarkovski también medita desde la escritura, desde
su fundamental ensayo Esculpir en el tiempo (1).
Y
el conocer humano de un algo más, un algo más primario, nunca puede eludir un comienzo: el conocer
como autoconocimiento. Acaso por eso Zerkalo es primero la
fluencia de un movimiento de inmersión dentro de sí de su
protagonista central: Alexei, que ya adulto, nunca aparece en primer plano.
Alexei es siempre presencia y ausencia amalgamadas, que sólo se presenta
al espectador mediante su voz en off. Alexei (alter ego del propio
cineasta) juega entre el presente y una infancia que regresa. Un
juego que, para ser juego estético real, necesita jugar con el
propio tiempo de los recuerdos y de la existencia más inmediata: la
temporalidad de la mera sucesión del pasado hacia el presente y el
futuro. En un gradual otro tiempo que inundará el celuloide,
los recuerdos de Alexei son parte de una práctica de autognosis.
Así, vuelve a
lo interior. Pero la flecha de la interioridad sigue caminos
espiralados en el aire. Y así regresa a lo exterior...
Enrique
de Ofterdingen, personaje de la novela inconclusa de Novalis (y
también alter ego del poeta alemán) pregunta a su maestro Klingsohr:
¿Hacia dónde vamos?". "Vamos siempre de regreso",
es la respuesta. El zambullirse en lo interior es un regresar no sólo a la intimidad del yo sino también hacia el origen de la
exterioridad de la naturaleza. Lo interior y lo exterior manan por
igual de una misma fuente: la de la vida como devenir misterioso,
transida de un algo inasible y eterno. Por el conocimiento de lo
interior se explora y descubre también lo que late en la amplitud
de lo exterior. Identidad del adentro y el afuera presente ya en el
romanticismo alemán, en el ejemplo recién mencionado; y también,
desde sus propias vías, en la filosofía hegeliana.
Este
proceso se refleja en un espejo. Verse reflejado en un espejo es un
objetivarse en un afuera para después recibir la propia imagen.
Pero que no es sólo una imagen de sí repetida. El propio rostro
proyectado en lo especular, a través del cristal, se abre como
portal que se adentra en el otro lado de la superficie
reflectante. Lo
que brilla al otro lado es lo universal, lo amplio, que finalmente
vuelve al individuo que se refleja en el espejo. Ya no la
repetición de las líneas del rostro en su más
inmediato reflejarse en lo especular. Lo que devuelve el espejo es
el yo que, en su autoexploración, descubre el anillo de una
realidad más amplia.
Y la necesidad de un decir claro del arte (por el arte
poético tarkovskiano en este caso) y del autoconocimiento, son también
contraataque ante la agresión que impone silencio. El artista es
silenciado por las interdicciones dictatoriales (las explícitas,
del totalitarismo directo, visible, las del puño stalinista;
pero también las otras: las de la agresividad que acalla la
verdadera libertad, de forma larvada, disfrazándola de igualdad
democrática en la sociedad del mercado y el capitalismo).
Tarkovski
lidia con las agresiones de la hiedra soviética que, con sus muchas
cabezas y labios, le demanda silencio completo. O moderación. O un
decir desde un lenguaje no simbólico, más dócil a las proclamas del realismo socialista.
Pero, celoso de su libertad artística, Tarkovski alienta un cine
que se nutre de las raíces
rusas históricas, como lo revela su Andrei Rublev, el libre
relato sobre un pintor de iconos de la Rusia medieval. Rublev supera su
ostracismo, su autoexilio de la humanidad, para reconciliarse
con el acto creador luego de su encuentro con la inocencia de un
niño constructor de campanas. Continuidad que, en Zerkalo, emerge con la
lectura de una carta de Alexandr Pushkin (1799-1937) en la que el gran
poeta ruso del siglo XIX se interroga sobre la identidad de Rusia en su condición
fronteriza entre Europa y Asia. Mediante su cisma, el cristianismo
ortodoxo ruso se exilió del catolicismo romano. Escisión que instituyó
una suerte de formal separación de Rusia del resto de Europa, y su
asentamiento en las amplitudes asiáticas, en el fluir del Volga, en
los Urales, y en las vastedades esteparias siberianas. Rusia
luego superó la invasión de los mongoles
hasta que logró lograr impedirle el traspaso de los Urales. El destinatario de la
epístola pushkiniana habla de una "insignificancia
histórica" de Rusia. Pero el poeta reacciona. No renuncia al
orgullo de sentirse hijo de su tierra eslava.
Lectura epistolar en El espejo como intertexto, que es
declaración de eslavismo, de adhesión a la Rusia histórica que
Tarkovski también vincula al hombre sufriente de Dostoievski, y al Tolstoi
de la apología de un cristianismo perdido, de una espiritualidad aún no viciada por
el dogmatismo y las manipulaciones sacerdotales.
El hijo de Alexei lee la carta de Pushkin en el otro lado del espejo. El
desplazamiento a la realidad de cavidades misteriosas acontece no
sólo por el atravesar ventanas, espejos, sino también dentro de
una casa, en la proximidad de habitaciones que ocultan raras
sorpresas. Y el
niño recorre las páginas de un libro de historia de arte, con
reproducciones de pinturas de Leonardo, que anuncian una atmósfera
teñida por una especial sensibilidad artística. Y el niño queda
solo en la casa. Y al abrir una puerta descubre un tiempo paralelo,
un pasado que convive con el presente donde es invitado por una
mujer a aferrar el volumen de una biblioteca en el que se halla la carta del poeta ruso. En el mundo
recorrido por las lámparas
de un arte explorador y poético, cualquier puerta, al
abrirse, puede revelar el extraño aliento del dragón.
III
Y Alexei
padecerá sufrimiento corporal, la enfermedad que lo guiará hasta la
muerte, en un hospital. Antes de la
detención de su corazón, abre una mano y deja en libertad a un
pájaro. El ave es posible símbolo del legado que se transfiere de
una generación a otra, o del padre al hijo.
La
inmersión en la interioridad, la pulsión del autoconocimiento, es
atizada en Alexei por la enfermedad. Y, como veremos, por su
continuo fuera de campo en su adultez. La enfermedad es sufriente deconstrucción
de un orden de sensaciones o reacciones petrificadas. Lo enfermizo activa
una transformación, una posible modificación del régimen habitual de los sentidos.
Una mutación de la percepción corriente, durante la ebullición
enfermiza, que se engarza con La carta del vidente
de Rimbaud, en la que el joven poeta visionario de Iluminaciones y
una Estancia en el infierno habla de un necesario "desarreglo
de los sentidos", como precondición para la visión de la vida otra,
distinta al tono gris de lo cotidiano. La enfermedad como apertura hacia un ver ampliado remite también al chamanismo.
El centro de Siberia es la patria originaria de una cosmovisión
chamánica, que se expresa también, a nivel universal, en la
multiplicidad de las culturas (2). En el horizonte arcaico
chamánico, el individuo afectado por una enfermedad de posibles cuadros
epilépticos o de nerviosidad o hipersensibilidad extremas, era
signo
de su predestinación al camino de la iniciación, y al encuentro con
la verdad invisible del cielo y el infierno. Y para Nietzsche:
"la enfermedad me proporcionó asimismo un derecho a dar
completamente la vuelta a todos mis hábitos: me permitió olvidar,
me ordenó olvidar; me hizo el regalo de obligarme a la
quietud, al ocio, a esperar, a ser paciente" (3), por lo que
nunca "he sido tan feliz conmigo mismo como en las épocas más
enfermas y dolorosas de mi vida...".
La
enfermedad debilita. Ablanda. Dilata tejidos. Antes rígidos o enmohecidos. Esta debilidad que criba lo
viejo e intensifica la potencia sensitiva del cuerpo es paradójica
fortaleza, tal como lo entiende Lao Tse en el Tao Te King
cuando manifiesta: "A los árboles fuerte le aguarda la
tala. / Lo fuerte y grande es inferior. / Lo blando y flexible,
superior" (4). En
Stalker (1979), otra de las obras esenciales de Tarkovski, el custodio de una zona prohibida embebida de misterio,
vive en esta aparente paradoja. Sabe que lo que vence es lo blando.
Lo que se estira; lo que discurre como el agua versátil, lo que se muta en oposición a la firmeza
de la piedra.
La
ecuación enfermedad-sufrimiento libera una
percepción que absorbe nuevos matices de la vida. Aquí no hay lugar para la
brisa de la alegría elevadora de Brancusi, del hasidismo o del
erotismo tántrico. Lo sufriente como obligada vía de una
ascensión o purificación es quizá otro matiz de la continuidad
tarkovskiana de
la Rusia profunda, de su historia de largas debacles trágicas por su
lucha primero con el mongol; y, luego, por los padecimientos bajo la
opresión zarista, en la turbulencia de la revolución, con primero
su guerra civil entre rojos y blancos y, después, las purgas y
exterminios stalinistas. Y la posterior tempestad de épica y devastación de
la Segunda Guerra Mundial. Demasiado sufrimiento acumulado. Pero, a pesar de
su densidad, este sufrir no es asfixia letal. Porque permite salidas
hacia una realidad universal. Más poderosa, por estar colmada de una potente
atemporalidad que purifica el tiempo personal, y también el tiempo histórico,
plagado de sufrimientos.
Y el Alexei adulto nunca se muestra. Su rostro es siempre ausencia. La única escena
que lo sitúa en un reconocible tiempo presente es su charla
telefónica con su madre. Acto al que le sucede un travelling que
conduce al espectador hasta una ventana cubierta por una cortina, en
la que se sumerge la mirada de la lente. Una inducción, desde lo visual, hacia
la proyección de la conciencia, como en Baraka (5), hacia
lo universal; o como en la inclusión gradual de lo cercano y
conocido dentro de la amplitud del universo en un Retrato de un
artista adolescente, de James Joyce (6).
Como
en el Aleph borgiano o en Alicia a través del espejo, de
Lewis Carrol, en Zerkalo,
desde la percepción restringida a lo
puntual, a la inmediatez, al espacio particular delimitado por los
sentidos corrientes,
se inicia un desplazamiento hacia lo universal. Hacia
una mirada ubicua. Omnipresente.
IV
El
acontecer de este salto desde lo particular hacia lo universal se
integra, analógicamente, en Zerkalo, con el pasaje de lo personal hacia lo
impersonal. Salto que, más precisamente, supone el abandono de la
mirada personal de Alexei del tiempo y la materia. Esto ocurre
cuando su memoria
individual se abre a una memoria universal. El yo, la identidad, es
ahora múltiple porque se identifica con todo lo recordado. La
identidad que se multiplica se manifiesta también por la semejanza de
la apariencia física de Alexei a los doce
años, y la de su hijo posteriormente concebido con Natalia.
La memoria (cuando se hace universal) se ramifica en
múltiples recuerdos que se desgajan,
definitivamente, de toda sucesión de un tiempo lineal, o de los
límites de una mirada sólo individual. Y, dentro de este proceso,
la memoria
personal de Alexei vuelve también sobre su infancia. Son los momentos de su recordar el
encuentro con su padre en la casa rural. O las sesiones de tiro bajo
la supervisión de un exigente instructor ya dentro de la guerra
desatada contra los invasores llegados de Alemania; el recordar
también de una muchacha pelirroja, de labios heridos, la herida de
la feminidad acaso, atrapada por la furia de los cañones
inventados por los hombres.
Y cuando la memoria se hace estrictamente impersonal, en ella se
unen diversos
planos: la memoria materna; la memoria de los
exiliados españoles; y la memoria de la propia historia, transida
por un anónimo sujeto colectivo y universal.
Un recuerdo de la madre de Alexei recrea su traumática experiencia en
una imprenta, en la que trabaja como correctora. Teme que un error se haya
deslizado en una galera quizá ya impresa. Recorre un laberinto
infernal hasta cerciorarse de que la presunta equivocación no ha
existido. Un error que amenaza con imprimirse, sin solución
posterior, es proximidad al destino ineluctable, que
es posible burla o indiferencia ante la desesperación o
fragilidad humanas.
Y
retorna un sueño en la memoria materna. Sueño en el que el techo
de la casa de la vida campesina, de la infancia de Alexei, vomita
fragmentos que caen como si fueran una deconstrucción que, como la
recuperación del habla clara por el joven tartamudo en el comienzo
del film, presagia una transfiguración artística de la realidad. Y
la mujer, en sus recuerdos, también levita. Imagen de alta potencia
simbólica en la poética tarkovskiana. La madre, la mujer, la
tierra, invierte su reposo en lo horizontal y vuela. Asciende.
Flota. Flota en la proximidad del marido, mientras le expresa su
amor. La levitación como inversión de un orden natural pre-dado. Nueva
anticipación de una inminente percepción de sensaciones distintas,
más poderosas, que esperan ser descubiertas tras el costado más
consabido de lo cotidiano.
La
guerra civil española aporta su propio veneno de horror a la
historia como repetida rotación destructiva. La vida de los
exiliados españoles que dialogan con Natalia, la esposa de Alexei
mayor (protagoniza por la bella y carismática Margarita Terechova
que también, en un doble papel, encarna a su madre joven). Y muestran su hispanidad entre la interpolación de imágenes
documentales, de hipnótico blanco y negro, que retienen en el
celuloide, llantos de niños, escenas de violencia, que confirman el pulpo de la barbarie
desgañitándose en las aguas oscurecidas de la historia.
Turbulencia universal que emerge, con mayor frontalidad, en el
tiempo de la memoria despersonalizada, en un tiempo histórico,
universal, en el que se
trenzan visiones de estallidos nucleares, con manifestaciones en
Pekín, e incidentes en la frontera próxima al río Youri, entre
otras.
Esta última erupción
visual del pasado ya despliega una realidad en la que todo es en un
ritmo simultáneo. La realidad es ahora lo universal que late en una
eternidad atemporal. Atemporalidad del sufrimiento humano, pero también de las huellas perdidas del brillo más noble
y heroico de los hombres perdidos para la memoria de una historia ceñida a la mirada
de los
vencedores, como recuerda la célebre afirmación benjaminiana en su
Tesis
de la filosofía de la historia (7).
En
su deseo de recuperar lo olvidado, de subsanar las heridas de una
memoria universal negada, Tarkovski observa miles de
metros de cinta de documentales que ya no tenían una mirada
espectadora. Y se encuentra entonces con un descubrimiento
estremecedor, inesperado: las escenas de unos soldados rusos, en un
día plomizo, durante la ofensiva, en 1943, contra el ejército alemán en la
Segunda Guerra Mundial. Soldados que chapotean en las aguas bajas y empantanadas del lago Sivach, y que arrastran con cuerdas una
barcaza con vituallas y otros soldados. Y todos se adentran, lentamente, en
una densidad gris, en lontananza (8).
Saben
que marchan hacia una muerte inminente. Hacia un último
día de lucha. Su único consuelo es que su sacrificio contribuya,
aunque sea desde un leve aleteo de colibrí, a la
victoria final que Rusia necesita. El sacrifico es
acto supremo de sentido para Tarkovski. El darse, el entregarse
hasta el sacrifico de sí para que un sentido poderoso continúe. Es la
actitud solitaria y heroica de Alexander en El sacrifico (Offret,
1986); o de
Domenico en Nostalgia (Nostalghia, 1983).
Pero quienes se sacrifican en la gesta épica que resuman las
imágenes-recuerdos de los soldados de la castigada Madre Rusia no
deben temer. Aunque se adentren, en silenciosa procesión, en la
bruma de lo peligroso y la oscuridad desafiante, no deben temer la
muerte inútil. O la muerte como tal. Porque todo es inmortal. Nada puede
perecer definitivamente. Así lo aseguran los poemas recitados en off,
con hipnótica cadencia poética por Arseni Tarkovski, el notable
poeta y padre del cineasta, y también combatiente en la lucha contra el alemán, en la que perdió una pierna. El recitado de la
poética de Arseni, en varios momentos del film, une imagen y
palabra. Expresa el hablar claro del arte que recupera una
realidad más intensa, mágica y atemporal. Y a la imagen-palabra se
le suma también el fluir de la música que aviva emociones, que
infunde ritmo poético mediante las breves composiciones de Edward Artemiev y
fragmentos de Bach, Pergolesi y Purcell.
Por la sabiduría del
padre poeta, por su poetizar, se anuncia el otro lado del espejo;
por su poetizar se dirá que el alma necesita un nuevo cuerpo para percibir lo
que el viento sabe; se dirá que el poeta siente que en su sangre fluyen todos los
tiempos; y el grito y latido de todos los hombres. Y el gran poeta
ruso para Tarkovski, el ya mencionado Pushkin,
como todo verdadero artista, es profeta, no tanto por una visión del mañana
sino ver lo real (9).
Y el padre poeta del cineasta es el que acompaña a los soldados para recordarles que, aunque no escuchen,
aunque mueran, no morirán. Pues el poeta-padre asegura:
"...La muerte no existe
en el mundo, todos son inmortales,
todo es inmortal.
"Existe solamente la
realidad y la luz.
No hay en este mundo ni
oscuridad, ni muerte.
Estamos todos reunidos en la
orilla del mar,
y soy de aquellos que recogen
las redes,
cuando viene, en cardumen, la
inmortalidad". (10)
Y el poeta hijo, el cineasta, se conmueve profundamente. Y aún más cuando se
entera de que el anónimo soldado-cameraman que grabó las escenas murió ese mismo día durante
un combate. La filmación era su testamento. El aura magnética de
aquellas imágenes olvidadas era parte de la despedida de la vida de
un individuo olvidado. Pero que no muere en la memoria impersonal y
universal de la historia. Más fuerte que toda pálida libélula
reducida a una vida sólo personal.
V
La
presencia de lo femenino es muy significativa en El espejo. El
primer plano que sigue a la curación hipnótica del joven Zuri
muestra a la madre de Alexei que, sentada en una cerca, contempla la
vastedad de un paisaje. La mirada de la mujer humana se
confunde con lo terrestre. Y presencia la lenta aproximación de un
médico (Anatoli Solonitsin, el interprete inolvidable de Andrei
Rublev). El médico camina hacia su lugar de trabajo en un hospital.
El doctor, dislocando la ciencia racional, dice a la mujer, lo que
la mujer ya sabe: que las plantas y los árboles viven, que son conciencia sensible. La materia es espíritu viviente.
Algo que la
ciencia materialista de Occidente, y el vértigo del existir moderno
sin reflexión, no comprenden. El médico, encarnación del
saber-ciencia, espiritualiza su conocer, lo impregna de un percibir
poético, de una experiencia de filamentos premodernos, como antes
lo hizo la doctora de la curación hipnótica en el comienzo del
film.
Y en el ver
femenino que se abraza con lo telúrico se actualiza un viejo
simbolismo dual. Por un lado, la tierra es fertilidad, es renovación periódica
e inagotable de lo vivo, que necesita del encuentro con la lluvia, o
de lo celeste-solar que contribuye a su fecundidad vegetal. Lo solar
fecundante es lo ígneo, el fuego que en los primeros recuerdos de
la infancia de Alexei se muestra quizá en el plano de la casa que
se incendia, la llama de origen celeste que arde en la proximidad,
en unión, con lo terrestre. Y
la tierra fecundada es la de la nueva juventud que Dovzhenko, maestro de
Tarkovski, presenta en
el final de La tierra (Zemlia, 1930). Aquí, unas frutas reciben
la lluvia que les obsequia un nuevo resplandor, una luz regenerada
que patentiza el siempre volver y repetirse de lo vivo.
Para
las culturas del mito, la tierra como plenitud numinosa, como
misterio de lo que crea, se une con el cielo en un matrimonio
sagrado o hierogamia. El cielo (como rayo solar,
semen-lluvia) fertiliza la matriz fecunda, la madre terrestre de los
surcos, hendiduras y frondosidades vegetales. Acaso por eso, cuando
el Stalker ingresa en la zona cae sobre la tierra y la abraza
como lo masculino celeste que se funde, en un acto de erotismo
universal, con lo terrestre fecundado.
Pero, por otro lado, la asociación mujer-tierra también es remisión al tiempo donde la renovación necesita
de un precedente: de la muerte, del debilitamiento o el
envejecimiento, para luego propiciar el renacimiento. La
mujer-tierra es así la ambigüedad de un morir y renacer
continuos.
La
vida y la muerte pueden primero pulsar separadas, negándose
mutuamente. Puede primero ser también la separación de lo real y el
sueño, la vida y la poesía.
Pero cuando lo antes separado se
reúne, el lugar de la reunión brilla.
En dos ocasiones, en El
espejo, un plano muestra las manos de una mujer que se unen, que
acaso unen todo lo que antes era en la separación. Y en ese unirse
de lo dividido u opuesto, las manos brillan.
Liberan una llama.
La
llamarada de la superación de lo antes dividido. El
fulgor de lo femenino de la comunidad y la reunificación.
Y
los opuestos se armonizan o superan, asimismo, dentro de una realidad
mayor: la
del tiempo que se eleva hacia lo atemporal, hacia un presente que
contiene los ciclos. Pero sin nunca agotarse o desvanecerse. El
siempre brillar de lo eterno dentro del tiempo. La atemporalidad que
atraviesa y contiene la dualidad de lo terrestre se expresa en el
film como la madre joven primero y, luego, en el último y
sobrecogedor plano secuencia, como madre anciana. La madre joven
primero fue el ver que se fundía con la amplitud de la tierra. Pero
también es la que participa de la violación o trasgresión de todo
tiempo lógico o lineal. El viaje que comenzó con la salida de la
memoria individual de Alexei a través de la ventana velada fue
primero amplificación hacia la memoria universal, hacia lo real
donde todo eternamente se recuerda y es en la simultaneidad. La
conciencia se libera así de toda secuencia lineal. Lo pasado ya
puede ser en un presente con el que coexiste. Por eso, la madre
joven le pregunta al padre de Alexei si prefiere niña o niño. La
memoria impersonal ya vertida sobre el presente atemporal en el que
todo late a la vez, puede retroceder sin obstáculos hacia lo
que, desde el superado y perimido tiempo convencional, sería un
pasado anterior, que no podría recordar una memoria personal.
La
dualidad de la madre joven-vieja se conjuga con la tierra como estallido creador
(primavera, juventud), la vejez (otoño), y la ancianidad o muerte (invierno).
Un ciclo gradual de nacimientos y renacimientos que es región sin
muerte, porque existe dentro del todo que es atemporalidad y
simultaneidad. El esplendor sin mengua de lo eterno. La
radiación atemporal que trasciende y contiene las dualidades,
oposiciones y trasformaciones.
La
percepción de esta temperatura vital, fuera de toda
intelectualización, es espontánea en la sensibilidad
infantil. El retorno de lo real como lo mágico, lo extraño y misterioso, que se entrega, en su
desnudez, a la percepción infantil. La mente que no conserva astillas de
las sensaciones sin dudas ni razonamientos del infante se
desbarranca. Se debilita. Es la mente adulta que envejece. Porque
sólo acepta la existencia de las costumbres
y las ideas preconcebidas.
El regreso, por un acto poético, a la experiencia pre-verbal
del que todavía no habla, del que todavía no impone violentamente
sus definiciones sobre lo dado, es epifanía. Es la reaparición de una
vida llameante, de un devenir que hechiza. Epifanía
que, en El espejo, no acontece como súbito relámpago. Por
el contrario, es acumulación progresiva de efectos incesantes de
desacomodamientos y fracturas respecto a lo lógico y al ritmo
previsible del tiempo corriente. La realidad de la repetición
trivial estalla finalmente en el suave clima de una "epifanía
progresiva".
El
lento regreso de lo real atemporal, con sus sensaciones
del frescor matinal, acaso es anunciado por la sugestiva fuerza
poética del viento que envuelve la casa de la infancia de Alexei (y del propio
cineasta) (10). El viento, en su figura divina de
Amón, en el Antiguo Egipto, es divinidad esencial unida a Ra, a la energía creadora del
sol. El viento es ubicuo.
Sopla simultáneamente en las diversas escamas de
la esfera terrestre. El viento es metáfora así de todo lo que es
atemporal. Y de todo lo que coexiste simultáneamente en la universalidad del
espacio, que una mujer desnuda recibe asombrada en un notable
aguafuerte de Hooper (11).
El viento es sutil cuerpo invisible. Gacela delicada. O felino antiguo.
Rugiente. Sin forma. Que sopla en lo atemporal como corazón del
tiempo. Y en la omnipresencia de un
espacio universal. No dividido.
El
viento vuelve al final luego de anteriores planos que preanuncian su
llegada definitiva. Su primer susurro fue en el momento de la
partida del médico con el que se encuentra la madre joven. El doctor
que sospecha que
las plantas y árboles sudan sensibilidad y conciencia. Intuición
que quizá se confirma cuando llega, por primera vez, el viento invisible.
Viento que acaricia y sopla, y acaricia al médico, a la madre, y al
campo de los alrededores de la casa de la infancia de Alexei.
Y
Alexei niño despertó una vez, en su casa rural, mientras el viento corría.
Corría como grácil venado, sobre suaves y reclinadas hojas verdes.
Y con el
viento que viene, que regresa, vuelve también todo lo visto y
percibido entre las ágatas resplandecientes que contempla el niño.
El
espectador que acompañó hasta aquí el discurrir sin forma lineal
o lógica de las imágenes percibe asombrado, sin necesidad de
explicación, los destellos reaparecidos del mundo rural de la infancia. El agua,
los árboles, la erógena compenetración de la luz y la sombra. Lo
recién nacido con su sabor de naranjas y vergeles es percepción
de la vida como incandescencia. Por eso el tiempo
fluye dentro de lo atemporal, con su enigma iridiscente, con su prisma de
muchos colores que sobrevive en la percepción del niño (el hombre
futuro), que se reúne con el mundo desde una empatía mágica. Poética.
Amorosa. Sin violencias conceptuales. Magia en la que es el juego
con el misterio, como río de la piel, no como idea muerta.
Por
eso los niños, Alexei y su hermano (en el concluir de Zerkalo,
que es un principio recuperado), caminan por una pradera, tomados de
las manos de su madre anciana. Ella morirá. Pero también
renacerá, inevitablemente. Porque en la pradera atemporal lo vivo y
el horror
se repiten, en los bordes de un centro fugitivo. Extraño. Desbordado de una luz que no pierde su frescor. O su sentido creador.
Ese lugar que vuelve, aunque sea como el reflejo de un espejo. Y que
no repite lo mismo. Porque abre el otro lado. El otro lado que el arte,
con el coraje del hablar claro, no deja de explorar. (*)

(*)
Fuente:
Esteban Ierardo, "El espejo. Lo radiante y el otro
lado en un film de Andrei Tarkovski ", editado aquí de manera original.
Citas:
(1)
Andrei Tarkovski, Esculpir en el tiempo. Reflexiones sobre el
arte, la estética, y la poética del cine, Madrid, Libros de
Cine, Ediciones Rialp (trad. Enrique Banús Irusta).
(2) Ver Mircea Eliade, El chamanismo y las técnicas arcaicas del
éxtasis, México, Fondo de Cultura Económica.
(3)
F. Nietzsche, "Humano demasiado Humano. Con dos
continuaciones", en Ecce homo, Madrid, Alianza, 1995,
p.83 (trad. Andrés Sánchez Pascual).
(4)
Lao Tse, Tao te King, Barcelona, ed. Sirio, 1997, parte
LXXVI, p. 125 (trad. Richard Wilhelm).
(5)
Baraka es palabra sufí, cuya traducción sería bendición,
aliento o esencia de la vida. Baraka (1992), documental de
arte de Ron Fricke, filmados en más de setenta locaciones, exhibe,
sin voz en off, y por la sucesión de la imagen y el sonido una
realidad paralela, simultánea, universal, donde coexisten ritos de
diversas culturas y el vértigo de la ciudad moderna. El vuelo hacia
esta universalidad surge cuando el ojo
de la cámara se adentra en
la oscura cabeza de un hombre que medita, de un monje
budista de espaldas. Un ser capaz del
vuelo del espíritu. La inmersión en la oscuridad, que es vacío,
obra como ventana abierta al inicio del vuelo al universal tejido
simultáneo de la naturaleza, los rituales de diversas culturas y la
velocidad de los ritmos de la ciudad moderna.
(6)
En Retrato del arista adolescente, Setephen Dédalus se
proyecta a lo universal, donde todo lo particular coexiste:
"Abrió la Geografía para estudiar la lección, pero no podía
acordarse de los nombres de lugar de América. Y sin embargo, todos
ellos eran sitios diferentes que tenían diferentes nombres. Todos
estaban en países distintos y los países estaban en continentes y
los continentes estaban en el mundo y el mundo era el universo.
Pasó las hojas de la Geografía hasta llegar a la guarda y leyó lo
que él había escrito allí. Allí estaban él, su nombre y su
residencia.
Stephen
Dédalus
Clase
de Nociones
Colegio
de Clongowes Wood
Sallins
Condado
de Kildare
Irlanda
Europa
El
Mundo
El
universo"., en James Joyce, Retrato del artista adolescente, Madrid,
Alianza, p.16 (trad. Dámaso Alonso).
(7)
Ver Walter Benjamin, "Tesis
de filosofía de la historia", en Discursos
interrumpidos I, Madrid, Taurus.
(8)
Sobre la revelación de lo anónimos soldados en el lago Sivach,
Tarkosvski manifiesta: "Tuve que mirar muchos miles de metros
de celuloide hasta encontrar las tomas de la marcha del ejército
soviético por el lago Sivach, escenas que me sobrecogieron
absolutamente. Nunca, nunca, me había encontrado algo parecido. Lo
normal eran dramatizaciones no especialmente buenas que decían ser
tomas documentales de la 'vida cotidiana' en el frente. Pero en
realidad eran tomas muy especiales en las que se notaba que gran
parte del material estaba preparado de antemano y que había poco de
verdad, auténtico. No veía posibilidad alguna de coordinar toda
aquella colección para conseguir un sentimiento único del tiempo.
Y, de repente, me encuentro frente a un acontecimiento, o mejor un
episodio, que -algo muy rato en un reportaje- se desarrollaba en una
unidad de tiempo, lugar y acción, narrando uno de los
acontecimientos más dramáticos en el avance del 43. Un material
absolutamente único. Es casi increíble que para una sola toma se
"sacrificara" tanto celuloide. Cuando en la pantalla
aparecieron esos hombres, como viniendo de la nada, víctimas de un
destino trágico, muertos de agotamiento por un trabajo inhumano que
superaba sus fuerzas, al ver aquello vi también de inmediato que
ese episodio y ningún otro sería el centro, el núcleo, el
corazón de mi película, que había comenzado como un recuerdo
lírico auténtico.
"Ante nosotros estaba una imagen de sobrecogedora fuerza y
dramatismo. Y esto era precisamente lo que me afectó muy
personalmente, lo que conmovió el fondo de mi corazón...Y
precisamente esa escena es la que luego yo debería eliminar de la
película, según me exigía el presidente del Goskino. Las
imágenes narraban las torturas y los sufrimientos con los se
consigue el llamado 'progreso histórico'. Los innumerables
sacrificios humanos en los que siempre se basará. Era imposible
creer, aunque sólo fuera durante un segundo, en aquellos
sufrimientos, en su absoluta falta de sentido. El material estaba
hablando de la inmortalidad y la poesía de Arseni Tarkovski era
como el marco para aquel episodio, el marco que lo perfeccionaba. Lo
que nos fascinó fue la dignidad estética, que daba a aquel
documento cinematográfico una sorprendente fuerza emocional",
en A. Tarkovski, Esculpir en el tiempo.., op.cit,
pp.157-58.
(9)
En Esculpir en el tiempo (en pp. 243-44), Tarkovski interpola
unos versos de Pushkin
de 1826. El poeta, el artista como profeta más que preanunciar el
futuro, ve lo real en su presente misterioso y en las brisas
futuras de sus potencialidades positivas o peligrosas. El creador de El
espejo recuerda un poema en el que su amado poeta se encuentra
con "un serafín de seis alas" que lo exhorta a decir lo
verdadero, a ver lo que fluye:
"...Y
mi pecho su espada cruzó
a
sacarme el tembloroso corazón;
en
la herida abierta dejó
carbón
ardiendo, de ascua lleno.
Tirado
en la arena, como muerto,
me
ordenó la voz de Dios:
'¡Álzare,
profeta, ve y oye, predícame de ciudad en ciudad!
Y
caminando de aldea en aldea
quema
con tu palabra el corazón".
(10)
Versión parcial de tercer poema de Arseni Alexandrovich Tarkovski
recitado en Zerkalo, traducción de Irina Bogdaschevski.
(11)
Para la filmación de El espejo, Tarkovski restauró la
abandonada casa de su infancia. Cerca, en los años de la niñez del
cineasta, había una campo de alforfón. Mucho tiempo antes de la
llegada de Tarkovski y su equipo de filmación, los campesinos de
los alrededores habían sembrado intensamente avena y trébol. El
cineasta les pidió a los lugareños que volvieran a cultivar la
flor que impregnaba sus recuerdos infantiles. Se negaron dado que
alegaban que la tierra ya era inadecuada par la nueva siembra que se
les solicitaba. Tarkovski decidió entonces sembrar por cuenta
propia. Y en el campo nuevamente floreció, con arrebatadora lozanía,
el alforfón. Esto fue interpretado por Tarkovski como
una señal fundamental: el nuevo florecer de la tierra pareciera
adelantar el fructificar posterior de su obra en gestación.
(12) En
el aguafuerte del gran pintor realista norteamericano Edward Hopper:
Viento en la tarde (1921), una mujer desnuda, ante una
ventana abierta, recibe, desde una actitud de concentración (que
une asombro, veneración y sorpresa) el viento que llega a través
de los vidrios que se abren. El ingreso de los sutiles caballos del
aire cobra visibilidad por el movimiento ascendente de una cortina.
El rostro de la mujer no es visible. Pero podemos sospechar la
transfiguración de sus facciones por la gozosa percepción
femenina de la elemental fuerza del viento.
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