|
MÁS
ALLÁ DEL REALISMO ÓPTICO
Entrevista
a Alexander Sokurov
|

Alexander
Sokurov
|
Alexander Sokurov continúa el cine de profundidades poéticas
de su compatriota Andrei Tarcovsky. Al gran creador de "Stalker"
le dedicó un documental homenaje: "Elegía
de Moscú". La celebridad de Sokurov se ha cimentado
con "El arca Rusa". Pero otras numerosas obras manifestan
su talento narrativo y su percepción de lo singular.
Sokurov realizó cortometrajes, largometrajes, películas
documentales y de ficción, en 35 mm, y en video como
"Voces espirituales"(1995). Entre "Madre e Hijo"
(1997) y Moloch (1999), filmó "Una vida humilde",
"Confesión" y "La trama"."Y
nada más" (1982); y una obra plasmada con la sucesión
de los grandes hechos de la segunda guerra mundial organizadas
bajo la expresión latina Tertium Num Datur; y otra compilación
de imágenes: "Retrospectiva de Leningrado"
(1957-1990), de trece horas de duracion. Adaptó a clásicos
literarios: en "La voz solitaria de los hombres",
recupera a Platonov; en "Dolorosa indiferencia", a
Bernard Shaw; en "Páginas ocultas" recrea la
imagen de Dostoievski y de otros escritores rusos; en "Salva
y protege" se adentra en la literatura de Gustave Flaubert.
Se sumerge también en exquisitos retratos introspectivos
como el de María Voinova, la campesina rusa de"María
(1978-1988)", o una anciana japonesa de "Una vida
humilde".
En
Sokurov la imagen muchas veces deviene una expresión
plástica, pictórica. Ejemplos numerosos de esta
pintura cinematográfica afloran en "Madre e hijo",
por ejemplo. La recreación de la vida secreta de un cuadro
de un pintor holandés del siglo XVI, alojado en el Museo
de Utrecht, es parte de una mística ensoñación
que acontece en "Elegía de un Viaje". La recuperación
de la silenciosa y monumental vida del Museo Hermitage de San
Petesburgo colma la única secuencia de "El Arca
rusa".
En el reportaje que aquí presentemos, editado originalmente
en Cahiers du cinéma, n° 521, el creador ruso se expande
en numerosas reflexiones sobre su universo artístico,
y sobre los posibles sentidos del cine.
E.I
MÁS
ALLÁ DEL REALISMO ÓPTICO
Entrevista
a Alexander Sokurov
-No
tenemos noticias suyas desde hace tiempo, ya que sus películas
pueden verse, en general, sólo en algunos festivales. ¿Este
silencio está vinculado a la duración necesaria para la
elaboración de sus películas, a la extrema meticulosidad que
usted suele demostrar? ¿O habrá que pensarlo en relación con la
dificultad de ser cineasta hoy en Rusia?
-El
problema tiene que ver más con ustedes que con nosotros. Todo
depende del interés que se dé a nuestras películas. Si no
interesan a nadie, nadie las verá. Yo trabajo permanentemente con
mi equipo, en documentales o en obras de ficción. Incluso, varias
veces hemos tenido el apoyo de productores japoneses, en especial
para Elegía oriental, La vida resignada y para Vía
espiritual, un largo filme de cinco horas que fue presentado a
"Cinéma du réel", el año pasado, en Beaubourg. No
conozco descanso alguno en mi actividad; nunca he dejado de hacer
escuchar mi voz. Pocos realizadores tienen la posibilidad de
trabajar tan intensamente. Después de Madre e hijo, del
año 1997, empecé con tres proyectos nuevos. Vivimos en una
época muy [replegada, ramassée], muy condensada, que nos impone
trabajar con mayor rapidez. Pero, de todos modos, no podría estar
una semana sin preparar algo, sin reflexionar sobre un nuevo film.
-Usted
habla de "equipo", utiliza un "nosotros"
colectivo... ¿qué quiere decir? ¿Usted filma siempre con los
mismos técnicos?
-Vladimir
Presov, mi ingeniero de sonido, y mi montajista, Leda Semyonova,
están a mi lado desde siempre. Alexei Fyodorov, el técnico de
encuadre de Madre e hijo, es nuevo, lo cual es mas bien
raro a mi alrededor. Trabajamos colectivamente, incluso cuando
intento, en la medida de lo posible, concebir mis películas de
manera aislada e independientemente. No sé si esto está bien o
mal, pero tomo esas decisiones absolutamente solo. No podría
trabajar con las ideas de otro, por ejemplo, con las de un
guionista.
-Precisamente,
¿cómo se produjo la idea de Madre e hijo?
-Empecé
por buscar, en la historia de la literatura y del teatro, lo que
se vinculaba desde un punto de vista espiritual, al tema de la
relación madre/hijo. Y por ese lado, exploré infinitamente y en
vano; no encontré nada, ningún precedente verdadero.
-Sin
embargo, la cultura y el imaginario rusos reservan un lugar
particular a la madre...
-Es
cierto. La imagen de la madre es algo fuerte en nosotros. Pero yo
estaba interesado en la esencia de una relación, como en
las posibilidades líricas que ofrecía. Las relaciones entre
madre e hijo son primordiales en mi reflexión sobre la vida. De
su cualidad depende por completo, desde mi punto de vista, la
personalidad del hijo, su profundidad, su interés en tanto ser
humano. Un hijo desprovisto de una relación profunda y sincera
con su madre no puede sino permanecer en la superficie de la vida.
No puede construir nada. Hablamos mucho de esto, especialmente con
Yuri Arabov, que participa en la elaboración de mis guiones. El
problema fue madurando en mí, durante varios años. Por otro
lado, todas mis películas son el resultado de largas
interrogaciones. Sólo se hacen cuando ya han permanecido
suficientemente en mi interior.
-Si
Madre e hijo ha sido filmada, ¿entonces hay una razón
particular y personal? Esa conclusión y esa maduración, ¿se
cruzan con alguna de sus experiencias personales?
-Desconozco
totalmente la idea de autobiografía en el arte. Nunca hubo algo
así en mis películas, y espero que continúe así. Si hay
biografía, es una biografía del alma, o de la cultura en la que
he crecido, de mis lecturas, de mis encuentros con uno u otro tipo
de pensamiento. Mis pequeños asuntos privados no tienen nada que
ver aquí. No le interesan a nadie y, aún más, no están en la
base de mi inspiración. Cuando haya vivido lo suficiente, cuando
mi experiencia haya adquirido más amplitud, podría quizás
arrogarme el derecho de poner algo de mi vida en las películas.
Por ahora, está fuera de consideración.
-Sin
embargo, una gran parte de la carga emotiva de Madre e hijo
proviene de que esa relación está abordada muy concretamente,
especialmente en los gestos y las palabras. Éstos parecen relevar
una experiencia profundamente íntima, una angustia quizás muy
personal. Tuvimos la impresión de que esta sensibilidad habría
podido surgir desde una experiencia vivida por usted mismo o por
intermedio de amigos cercanos...
-(largo
silencio) ¿Por qué no decirlo?: amo mucho a mi madre. Ella
todavía vive; no con muy buena salud, pero vive. Hay algo de
angustia en mí, es cierto, por esa vida ahora frágil. Esa
emoción que ustedes evocan es un sentimiento iluminador, que
proviene directamente del alma. El film es apenas un pretexto, que
lanza una corriente, una energía destinada a despertar esa
emoción. Es un movimiento muy noble, porque estoy convencido de
que la profundidad de los sentimientos reside menos en las
películas mismas que en la experiencia de los espectadores que
las miran. Mi preocupación permanente es no tomar a la ligera ni
al cine ni al espectador. Rechazo divertirme con ellos. Debo ir a
lo esencial, porque el arte está hecho de objetivos concretos.
Esto es lo que creo. Quizás me equivoque, pero siempre estoy
impulsado por esta idea.
-¿Cuáles
pueden ser esos objetivos concretos?
-Quizás
quiera decir, y desde mi punto de vista constituye una de sus
primeras funciones, que el arte nos prepara para la muerte. En su
esencia misma, en su belleza, el arte nos fuerza a repetir
ese instante final un número infinito de veces; posee una fuerza
capaz de conducirnos hacia esta idea. Para que el día en que
estemos confrontados con la muerte, podamos hacerle frente,
entregarnos a ella sin mucha dificultad. Imagínense una
situación muy simple, como la aparición súbita de un duelo en
la familia: regresando a casa, nos dicen que uno de nuestros seres
queridos acaba de morir. Descubrimos entonces a un ser que hemos
amado y que ya no es capaz de movimiento, que está en silencio
para siempre. Si no estamos preparados, podríamos perecer, porque
no seríamos capaces de superar esa prueba de verdad. El espíritu
no soporta esa conmoción sino la ha aprehendido antes. El arte
nos ayuda a pasar la noche, a vivir con la idea de la muerte, a
llegar al amanecer. No quisiera dar la impresión de emplear
fórmulas pomposas o definitivas en esto, simplemente quiero decir
que es un [nicho, niche] que encontré y que me ayuda a dar un
sentido a mi andar.
-La
película parece una aplicación muy exacta de esta idea, en su
misma estructura: el hijo ayuda a su madre a pasar la última
noche, dándole de beber, llevándola. Él mismo hace ese trabajo
de iniciación durante su largo paseo solitario. Y, entonces, todo
parece preparado para el último plano de esa mano inanimada, esa
mano de cadáver que sin embargo es más dulce, más apacible que
mórbida. No hay ninguna sensación de espanto.
-Tiene
razón, pero ese plano también puede ser visto de otro modo. El
hijo pudo equivocarse: la mano fría de su madre era para él la
muerte, pero ¿quién dice que ella no abrió los ojos?
-Esa
idea del último viaje, del rito iniciático, de la última
ceremonia, el film la trata plásticamente de modo muy preciso.
Nunca se sabe si hay que ver allí una angustia, un sueño o una
pesadilla, porque la plástica de la imagen está permanentemente
deformada. ¿Qué tipo de trabajo realizó para obtener ese
resultado?
-Quisiera
evocar a propósito de esto una tesis primordial para mí, que
implica la idea de que el cine no puede aún pretender ser un arte
y que, aunque aspire a serlo, todavía está lejos. Algunos pueden
fabular, inventar historias sobre su muerte; yo considero, por el
contrario, que ni siquiera ha nacido. Le falta todo por aprender,
especialmente de la pintura, porque la apuesta principal es
pictórica. La elección más importante para el cine sería
renunciar a expresar la profundidad, el volumen, nociones que no
le conciernen y que incluso revelan impostura: la proyección
ocupa siempre una superficie plana, y no pluridimensional. El cine
no puede ser sino el arte de lo [plano, plat]. Este principio me
permite, cuando trabajo en una película, permanecer concentrado
en uno o dos aspectos, y dedicar a ellos el tiempo necesario. De
ese modo, adquiero un poder completo sobre la representación del
espacio. Por eso los paisajes de Madre e hijo, esos valles,
esos campos, esos caminos sinuosos, no tienen mucho que ver con
los paisajes que teníamos frente a nosotros en el momento del
rodaje. En efecto, están totalmente transformados, aplanados,
sometidos a una anamorfosis [anamorfoseados]. Para llegar a ese
resultado, utilizamos lentes especiales, vidrios pintados y una
serie de filtros muy poderosos, en particular, filtros de color.
Todo lo que pudimos encontrar para anular la menor posibilidad de
volumen en los planos nos fue útil. Es una especie de reducción
al extremo del campo objetivo del cine que, desde allí, se abre
hacia otro campo, mucho más inmenso. Llamemos a esto una conversión
de lo real durante su registro: la sumisión total del cine a las
reglas del arte en el que debería buscar convertirse. Varias
veces, por ejemplo, tuve que cambiar la inclinación de un árbol
porque no me satisfacía exactamente. Por esto el rodaje fue muy
agotador. Fue una larga serie de pequeños ejercicios minuciosos:
entre cinco y seis horas de trabajo, a veces, antes de encontrar
la buena composición de un plano. Y a pesar de eso, no hubo allí
ningún arte verdadero, créanme. Nada más que aprendizaje. No
sentí ningún orgullo; y del comienzo hasta el final no fui más
que un aprendiz.
-Si
usted se considera siempre como un aprendiz, ¿quiénes son sus
maestros?
-Prioritariamente,
me inspiro en la pintura europea de principios del siglo
diecinueve. La obra de Turner me interesa, la Hubert Robert, la de
los románticos alemanes, los pintores ambulantes rusos...
-¿Ellos
también se preocupaban por aplanar la imagen, como usted?
-Sin
dudas tenían otras intenciones en su arte, pero todos compartían
una conciencia aguda de los límites de la tela. Es muy simple:
sabían que la tela era el único espacio a su disposición, del
mismo modo que yo sé que mis películas están concebidas para
una pantalla plana. Mis películas están hechas en función de
esa superficie. Es allí donde existen, y sólo allí. Rechazo la
idea de que el cine exista en otra parte que no sea la pantalla:
para mí, por ejemplo, la vida que se desarrolla frente a la
cámara no tiene ninguna profundidad. Del mismo modo, lo que
sucede entre la pantalla y el proyector no me interesa. La
proyección pertenece a los ingenieros y a los ópticos. Las
palmas del éxito cinematográfico, tal como existe hoy en día,
les corresponden: ellos hacen posible el acontecimiento. Pero en
lo que me concierne, los progresos técnicos –nuevas cámaras,
[bancos] de montaje, películas- no me permiten más que disponer
de un material de partida mejor, de un mejor pigmento de color, si
continuamos la comparación con la pintura. Los ingenieros y los
ópticos sirven para fabricar ese pigmento. Luego me hacen falta
los pinceles... Muy pocos cineastas reconocen este estado de
cosas, lo que para mí es un signo de cobardía, incluso de
desprecio al espectador. El cine óptico "tradicional"
halaga al espectador, a su gusto por la verosimilitud, pero casi
nadie trabaja para superar [surmonter, vencer a] la realidad
óptica. ¿Acaso se preguntaron ustedes por qué la mayoría de
los cineastas no sabe pintar? Aprender el dibujo requiere de una
inmensa suma de trabajo y de una gran voluntad, la misma que
supone emanciparse del realismo óptico; pues bien, a los que
hacen películas no les gusta trabajar mucho. Tengo la impresión
de que el cine es un refugio para perezosos.
-¿Qué
busca demostrar estéticamente al reivindicar sólo la influencia
de los pintores? ¿Cuál es, por ejemplo, el objetivo de su
trabajo sobre la anamorfosis y sobre la deformación de la imagen?
-Trabajo
para que la mínima figura que habita el plano sea ubicada como lo
entiendo, y no como la realidad querría imponérmelo. El Greco
podía hacer eso, porque el control del espacio respondía para
él a una necesidad. En esta preocupación por no someterse a
imperativos que pueden escapársenos hay una forma de libertad.
Sé que esa forma está limitada. Mi tentativa personal y mi
práctica artística están forzosamente limitadas. Por ejemplo,
realmente nunca podría hacer frente al factor Tiempo. Y para
responder un poco mejor a su pregunta, diría que la estética
particular de Madre e hijo está en relación directa con
mi concepción del Tiempo. Al cambiar el espacio, al adaptarlo a
mi idea, intento transformar la dimensión del Tiempo, aunque lo
haga modestamente. Miren, por ejemplo, esta superficie (Sokurov
toma una hoja blanca que primero mantiene en posición vertical y
que luego gira lentamente hasta dejar en posición horizontal.
Desde nuestro punto de vista, la hoja es casi invisible): el
Tiempo es el que permite cambiar la percepción de esta
superficie; el Tiempo acompaña el pasaje de un estado a otro.
-Madre
e hijo es más bien corta –1 hora diez-, mientras que varias
películas suyas son muy largas. ¿Por qué la elección de esa
brevedad?
-Es
una cuestión de sentido de la medida. Para mí, el cine le cuesta
mucho al espectador. Cuando uno ve una película en una sala,
cualquiera sea la suma que se haya pagado, también se paga en
horas de vida. Una vez franqueada la puerta, una hora y media de
nuestra vida se escapa irremediablemente. Ese tiempo no volverá
jamás. ¡Imagínense cuál es la responsabilidad de un cineasta
frente a hombres que van a perder una hora y medida de sus vidas
para ver su obra! Madre e hijo termina antes de la
duración clásica de una película, como una persona con la cual
a uno le gustaría pasar un tiempo, y que desaparece. Eso provoca
una falta. Y para mí, lo que es bueno, lo que es
agradable, necesariamente va a faltar. La duración de un film es
un asunto de moral, nunca un problema de medios o de temas. Madre
e hijo debía durar una hora diez, eso es todo.
-¿En
qué sentido trabajó la relación entre el aspecto visual de Madre
e hijo, deformado, aplanado, y el sentido profundo de la
película: la reflexión sobre la muerte, las relaciones mórbidas
entre los personajes? ¿Cómo uno condujo al otro? ¿De qué
manera captó ese movimiento, que se parece a una simbiosis?
-Creo
que ustedes han construido, con su subjetividad, esa relación
entre las ideas y las formas. Por mi lado, desearía no hacer
comentarios generales. Solamente quise que la película se
presentase como una gota, una especie de esfera, un objeto sin
ningún ángulo. También hice lo posible para que nada impidiera
escuchar el timbre de la voz. Cuando trabajo le doy una
importancia particular al campo sonoro; y éste es a veces más
importante que el campo visual. Porque, suceda lo que suceda, el
trabajo del alma es prioritario con relación al trabajo de los
ojos. Y el cine ha conocido tales desastres con la imagen, que
sólo el oído conserva hoy una cierta pureza, una forma de lazo
directo con el alma. El oído todavía no está gangrenado por la
mediocridad ambiente.
-¿Qué
entiende por mediocridad?
-La
relación contemporánea con la imagen es anárquica, no es objeto
de ningún rigor, mientras que en el caso de la música –bajo
todas sus formas-, aún nos queda una posibilidad de alcanzar la
armonía. El tratamiento de las imágenes, insisto, fue demasiado
a menudo dejado en manos de personas sin talento.
-Parece
ser que lo que usted extraña es la época de Goethe, la de su Tratado
de los colores, cuando se creía apasionadamente que el color
se dirigía al alma. ¿Acaso tiene la ambición de recrear las
condiciones de esa creencia o está resignado a vivir con esta
nostalgia, esta falta?
-En
efecto, extraño esa época. Estoy consternado por el modo en que
se dieron las cosas, porque el color es fundamental en mi camino
artístico. Para mí es un fenómeno primordial. Tengo afinidades
particulares con ciertos tonos, que corresponden a mi experiencia
y a mi vida. Pero cuando digo que el color es importante, es sobre
todo por la tristeza que me provoca, puesto que es imposible
tratarlo verdaderamente, incluso en el arte: los colores de la
naturaleza mantienen un lazo muy vago con lo que nosotros sentimos
interiormente, con lo que vemos en una tela y en una pantalla. Por
ejemplo, es imposible rehacer de modo fiel el color de un narciso;
y es apenas más imaginable recrear el tinte de un pétalo de
rosa. Sin dudas, un verdadero pintor tiene disposiciones
particulares, un don que le permite sentir la naturaleza mejor que
a cualquiera. Pero, según mi opinión, el color es algo
estrictamente inaprehensible, imposible de fijar.
-¿Ese
es el origen de su pesimismo?
-El
trabajo del pintor, su misión, es conservar el color. Sin
embargo, evidentemente, un pétalo de rosa posee un tinte que
cambia de la mañana a la noche, en función del tiempo que hace,
de su propio ciclo de vida. Incluso, hasta el color de la piedra
cambia: no existe en la naturaleza un color muerto; mientras que
el arte crea un color que ya no existe más, que ya ha
desaparecido. En la naturaleza, la idea misma de discordancia de
los colores es imposible. Todo contraste natural, por fuerte que
sea, necesariamente concuerda. Un amarillo oro puede concordar
bien con un azul oscuro. Podríamos multiplicar hasta el infinito
los ejemplos. Es un movimiento sin límites. Y, por el contrario,
el color más muerto que existe es el color del cine: el cine es
por esencia el lugar de la muerte en el trabajo. No digo esto en
vano: para mi se trata de una certeza, de algo sobre lo que
reflexiono desde hace tiempo y que he podido verificar durante
toda mi existencia. Es lo que me da derecho a hablar así.
-En
el film, el tratamiento del paisaje natural ofrece el aspecto de
un paisaje mental, casi el de un recorrido interior.
-Es
algo muy bello para mí haber llegado a darles esa impresión,
pero mi sentimiento es que la naturaleza es perfectamente
indiferente a la presencia humana. El hombre puede amar o no a la
naturaleza, pero estoy seguro de que la naturaleza ignora hasta su
existencia. En el momento de las locaciones efectuadas en
Alemania, para Madre e hijo, busqué con mi productor los
sitios que habían sido visitados por los románticos hace casi
dos siglos. Llevábamos las reproducciones de ciertas obras, en
particular, la de El monje al borde el mar de Caspar David
Friedrich. Al llegar a esos lugares, buscamos el lugar preciso
donde el pintor había puesto su caballete y comprobamos que nada
había cambiado, salvo quizás las nubes o el tronco desecado de
un árbol. Era muy desesperante; la naturaleza es indiferente al
hombre. Siempre permanecemos solos en nuestra relación con la
naturaleza. Es una relación sin Otro, un amor de sentido único.
Es el origen mismo del sentimiento trágico.
-Usted
parece responder a esta desesperanza con una especie de tentación
mística, a la vez por lo que dice de la experiencia del
espectador frente a sus obras, y por la amplitud que desea darle
al gesto del artista, que es la de una misión. ¿Se puede hablar
en su caso de sentimiento religioso?
-Las
últimas palabras del hijo, cuando promete a su madre encontrarla
más allá, un poco más tarde, están dichas en ese sentido. Pero
esas palabras no tienen el aspecto solemne de una confesión. Los
problemas de la vida y del alma humana son, según mi opinión,
más complicados y más diferentes que las interrogaciones sobre
la fe. Así pues, la interpretación religiosa no me concierne.
Sólo espero que el espectador reaccione simplemente a los
afectos. El hecho de que una persona pueda conocer una emoción
frente a Madre e hijo, que se entregue a un sentimiento
noble, quizás a una forma de camino interior, ya es algo
considerable.
-Los
dos personajes, la madre agonizante y su hijo joven, ¿de dónde
vienen? ¿Cuál es, para usted, su pasado? El joven parece un
sobreviviente del siglo ruso.
-¿Tienen
realmente importancia sus orígenes, su pasado, incluso
simbólico? Esos personajes proceden de mi imaginación y de mi
concepción de la vida. Me pareció interesante que el hijo sea
fuerte, paciente e inteligente: él comprende la distancia física
que lo separa en ese momento de su madre, y gasta toda su energía
en ayudarla. La madre, por su lado, es muy dulce, es la dulzura
misma. Tiene una memoria excelente, recuerda los detalles, la vida
cuando su hijo estaba en la escuela. Es capaz de perdonar todo.
También es débil; una madre necesariamente es débil... es una
de las bellezas de la existencia. Además, el final de la vida es
el único período donde todo va mejor, porque los problemas
están resueltos. Hallarse frente a una persona que está a punto
de apagarse, es ser el testigo privilegiado de ese momento de gran
bondad. Sin dudas, ella tiene más necesidad de amor y de ternura
que cualquiera, quizás incluso más que un niño, pero esa
necesidad es la más pura que haya porque es la más desinteresada
de todas. (*)

(*)
Fuente: Entrevista
realizada en París, en enero de 1998, por Antoine de Baecque y
Olivier Joyard. Las palabras de Alexander Sokurov fueron
traducidas por Yves Gauthier; editada originalmente en Cahiers
du cinéma, n° 521.
|