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EN
COMPAÑÍA DE LOBOS
Caperucita
Roja y el lobo, la licantropía, y el bosque y lo moderno en
un film de Niel Jordan
Por
Esteban Ierardo
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Rosaleen
(Sarah Patterson) encarna a Caperucita Roja en
En compañía de lobos (The company
of Wolves, 1984) notable reinterpretación
de la historia popular donde el salto desde lo moderno
hacia el bosque, y la licantropía poseen
una decisiva gravitación.
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Algunas
historias abren una polifonía de variaciones. Este es el caso
Caperucita Roja. Primero relato popular, oral, anónimo; luego,
a partir de la primera trascripción de Charles Perrault en el
siglo XVII, el relato se multiplica y modifica en nuevas versiones
literarias. El director y escritor irlandés Neil Jordan ensaya
una inspirada reinterpretación, de apreciable vuelto poético,
del relato tradicional en En
compañía de lobos
(The company
of Wolves, 1984).
Aquí, recreamos primero la génesis popular de la historia de
la niña y el lobo, exploramos algunas de sus continuaciones
y variaciones literarias. Y luego nos adentramos en la versión
fílmica de Jordan donde gravitan con especial fuerza la licantropía,
el salto temporal hacia el bosque. Y el regreso, bajo la forma
de una manada de lobos, de lo arcaico, de lo extraño e irracional,
que invade la casa del ser moderno.
E.I
EN
COMPAÑÍA DE LOBOS
Caperucita
Roja y el lobo, la licantropía, y el bosque y lo moderno en
un film de Niel Jordan
Por
Esteban Ierardo
I.
En
el bosque reina la niebla.
El sutil velo oculta el camino entre los árboles, su
hojarasca y recodos. La niña logra avanzar, de todos modos. Desea llegar hasta la casa de su abuela. En un retazo neblinoso
se delinea el lobo. Es el peligro. La amenaza. La voracidad
salvaje extiende su sombra sobre la delicadeza infantil. Pero
el destino del encuentro niña-lobo, en la intimidad boscosa,
es mutable. Depara diversos itinerarios y desenlaces. La literatura
ensaya sus variaciones, y también el cine.
En
1984, nace En compañía de lobos (The company
of Wolves), el intento de un lanzamiento consagratorio del
director irlandés Neil Jordan (1). Su obra es una
reinterpretación
del clásico relato popular de Caperucita Roja. En el
film, además, es potenciada la presencia y envergadura simbólica del licántropo, del hombre lobo (homini
lupus). La estructura narrativa exhibe también una
complejidad de relatos ramificados. Y lo moderno cede ante la
invasión y retorno de la linfa arcaica del bosque, y
de las penumbras irracionales arracimadas entre los parpadeos
de los ojos civilizados.
II.
Origen popular y versiones ulteriores de Caperucita Roja
En
nuestra aproximación al film de Jordan primero
exhumaremos la génesis del relato popular de Caperucita
Roja, y algunas de sus variaciones.
Sobre
el trasfondo del bosque y de la amplitud silvestre del mundo
rural, gira el anillo de los relatos populares campesinos. Su
origen no se halla en un individuo preciso, en un tiempo determinable.
La génesis del relato es anónimo, impersonal,
colectivo. La historia popular circula por la memoria y los
labios mediante la oralidad. En un segundo momento, el relato
popular ingresa en la fase de su trasposición escrita
mediante la recepción de la cultura alta. En el siglo
XVII, este proceso es consumado por Charles Perrault. Académico,
partícipe de lo más sofisticado de los bienes
culturales de la época de las academias auspiciadas por
el estado monárquico, Perrault se diversifica cuando,
en 1697, publica una recopilación de cuentos. Perrault
escucha a gente de campo y consuma el pasaje de lo oral a lo
escrito. Por su trascripción, llegan a un público
letrado un corpus
de narraciones de origen popular:
Pulgarcito, El gato con botas, Barba Azul, la Cenicienta. Y,
Caperucita roja. En su escritura de esta última historia,
Perrault inicia el dilatado camino de las variaciones cultas
de un cuento de matriz popular. En la versión popular,
la historia de la niña y el lobo carece de descripciones.
La niña no posee un vestido rojo; este es un aditamento que
introduce Perrault. El simbolismo cromático del rojo
abriga varios sentidos: la rojiza vivacidad del atuendo hace
a la niña más visible y apetecible para el lobo,
el peligroso y mal intencionado seductor. Lo rojo es también
expresión de pecado y lascivia.
La
niña llega a la casa de su abuela con una tarta enviada por
su madre. La abuela ya fue devorada. Caperucita se acomoda desnuda
en la cama junto al lobo. La niña tiene el mismo destino que
la anciana. En concordancia con el mandato moralizador de su
época, Perrault introduce una moraleja final donde resuenan
la advertencia de un peligro y la condena de la imprevisión.
Las niñas bonitas, "bien hechas, bellas y agraciadas"
deben estar prevenidas y no acceder a la seducción de
personas no confiables. Este error oculta una culpable predisposición
a lo prohibido, que debe ser castigada.
La
pátina moralizadora que introduce la cultura alta en
su recepción del relato popular de Caperucita es continuada
por los hermanos Grimm. En 1790 surge una primera traducción
al alemán de la historia de la niña y el lobo. En 1812,
los Grimm elaboran su propia interpretación. Una primera
novedad es la introducción de un final feliz. Un cazador
salva a la niña y a la abuela al sacarlas del vientre del lobo.
Es un cazador campesino, situación imposible en la Francia
de Perrault donde sólo cazan los nobles. Otra modificación
es la inclusión de un segundo lobo. La experiencia se
convierte en aprendizaje; y, en un segundo encuentro con el
lobo, la niña y la abuela vencen al animal acechante. El mensaje
que se desliza en el relato destaca el mérito de la obediencia
de los padres. Si el niño cumple con el mandato paterno, si
se pliega a sus indicaciones sobre la acción debida,
nada le pasará. La pedagogía decimonónica
auspicia la consolidación de la autoridad paterna. Hasta
la Primera Guerra mundial, la versión de los Grimm es
la prevaleciente en buena parte de las colecciones infantiles.
En
el siglo XX, la hermenéutica del relato originario estalla
en una profusa variedad interpretativa. Robert Darnton,
desde la mirada histórica y etnográfica, ensaya
una interpretación ajena a toda pretensión moralizante.
El propósito de su investigación no es la trasposición
literaria de los productos culturales sino su comprensión
desde la mentalidad y las costumbres epocales. Bajo esta óptica
específica, el fin del relato de Caperucita Roja
es advertir sobre un peligro puntual, empírico: la concreta
amenaza de los lobos para los transeúntes de un bosque.
La interpretación psiconalítica, vía Bruno
Bettelheim o Fromm, insiste en la significación sexual.
La amenaza del lobo es la llamada del deseo que lucha contra
la introyección inconciente de mandatos sociales represores.
Pero esta heurística se divorcia injustificadamente de
la perspectiva histórica que impregna los cuentos. Si
la cultura campesina hubiera deseado expresar una interdicción
sexual no lo haría por una vía indirecta, cifrada,
sino con frontalidad contundente. El mensaje de advertencia
del peligro de los lobos no está destinado particularmente
a los niños, ya que en el contexto del siglo XVII la noción
moderna de niñez aún no ha surgido. La clara advertencia
sobre la peligrosidad empírica del animal salvaje está
orientada hacia todos los individuos. Pero también el
cuento expresa la densidad trágica del encuentro con
la muerte en el bosque (2).
Dentro
de las interpretaciones modernas, es destacable lo de Roald Dahl,
autor de Charlie y la fábrica de chocolate, de
una reciente adaptación cinematográfica por Tim
Burton. El escritor galés realiza su versión de
Caperucita en Cuentos en verso para niños perversos (1987).
Luego de comer a la abuela, el lobo espera a la nieta. En este
caso, la niña no pregunta asombrada por los largos dientes del
animal, sino que le atrae el "abrigo de piel" que
imagina cubriendo el cuerpo del lobo. Ya impaciente, el ser
de los aullidos inicia su ataque; pero Caperucita, sin vacilaciones,
con un revólver, le descerraja un tiro en la cabeza.
Y con la piel de su víctima se hace un abrigo. No hay
aquí advertencias ni castigos. La acción pertenece
a un juego amoral de conductas propio de la década de
los ochenta.
Sarah
Moon ensaya una reescritura de Caperucita cuyas ilustraciones
no son ya dibujos sino fotografías. La geografía
que recorre la niña no es un bosque; es una ciudad de
tinte melancólico y opresivo. El lobo acecha desde un
automóvil. Las imágenes son en blanco y negro. Caperucita
llega hasta la casa de su abuela. Allí, se encuentra
estacionado el automóvil. El animal se ve en trasluz. La última
imagen que clausura la obra muestra, desde arriba, los cobertores
revueltos sobre una cama vacía. Los hechos son sugeridos,
no hay una exhibición directa. Varios desenlaces son
posibles, varias alternativas es dable imaginar entre la llegada
de la niña y la imagen definitiva. Esta reelaboración
del texto originario también está dirigida a un
público que trasciende la condición infantil.
Otra
interpretación sugerente del relato tradicional es
Caperucita Roja, Verde, Amarilla, Azul, y Blanca, de Bruno
Munari y Enrica Agostinelli. La variación cromática
conlleva una variabilidad de significados. La Caperucita Verde
se salva de los lobos gracias al auxilio de las ranas; la Caperucita
Amarilla no se encuentra ya entre silenciosos y gruesos árboles,
sino en la ciudad. Aquí, atraviesa la densidad del tráfico
urbano, que se equipara en peligro al recorrido del bosque;
Caperucita Azul lucha con un pez-lobo desde su condición
de ágil pescadora; y la Caperucita Blanca es la de más
indefinida sugestión dado que, envuelta en un manto de
nieve, adquiere una invisibilidad que se plasma al ser absorbida
por el blanco del
papel. La sensualidad cromática del rojo de Caperucita
en la versión de Perrault se abre así a variaciones
o refundaciones cromáticas que renuevan las escenografías
de la historia y enriquecen sus sentidos.
III.
Caperucita, el deseo, y la narración ramificada.
En el inicio de En compañía de lobos, lo
moderno y lo primitivo del bosque inician su interpenetración.
Una pareja va en busca de sus hijas que esperan en una casa
de campo. Su aproximación en automóvil es precedida por
un veloz perro (el primo civilizado del lobo salvaje). El can
trepa por las escaleras, se acerca a la habitación donde,
luego de su primera menstruación, yace, en un nebuloso
estado de ensoñación, Rosaleen (Sarah Patterson).
Su hermana la inoportuna, golpea las puertas de su cuarto cerrado,
la recrimina, le demanda abandonar su cómodo aislamiento.
Bajo el hostigamiento, se desencadena una primera ruptura del
tiempo lineal. El ensoñar es un puente inestable, que puede
extenderse entre dos realidades separadas. Dentro de la ensoñación,
en lo que parece sueño y fantasía, Rosallen, se agita
en su cama, y ve a su hermana dentro de un bosque antiguo, cuya
presencia se asoma a través de la ventana. La hermana
es atrapada en un sendero del bosque, y es muerta por los lobos.
Su madre (Tusse Silberg) y su padre (David Wagner) en el tiempo
moderno, reaparecen en el tiempo bifurcado. Presencian el entierro
de la hermana de Rosaleen. Y Rosaleen es ya Caperucita Roja.
Desde entonces, a través de la delgada membrana comunicante
del ensoñar, se interpenetran la modernidad "civilizada"
y lo arcaico, lo rústico y salvaje, de la vida campesina
dentro del bosque.
La muerte de la hermana insinúa la disimulada movilidad
de un deseo compensatorio. Frente al agobio y la agresividad
de la hermana mayor, Rosaleen, desea desquite y liberación
de la hostilidad. Desde una compensación imaginaria,
un deseo satisfecho compensa la angustia.
Pero
la dinámica de lo deseante se desliza también
hacia la posible centralidad de la ecuación sexo-represión,
sexo-peligrosidad. El acecho del lobo es aquí expresión
de la peligrosidad sexual masculina, que acosa a la bella y
deseable niña, arropada en un rojo virginal. La abuela
(Angela Lansbury) advierte a la niña sobre el peligro de acercarse
a un hombre de cejas muy unidas. La niña presencia la vida sexual
nocturna de sus padres; y, luego, pregunta a su madre si lo
que hace el hombre sobre la mujer "duele". La advertencia
sobre el peligro del lobo es necesidad de vigilancia y represión
de la tentación de una espontánea iniciación o
gratificación sexual en el encuentro con el hombre-lobo-seductor.
La
niña elude así el "peligro" de un joven
de su aldea que la invita a recorrer el bosque. Al escapar de
su acecho, Rosaleen se encuentra con un alto y aislado árbol.
Lo trepa. En su parte superior, entre las ramas, descubre un
nido y tres huevos.
La
sexualidad entonces se diversifica. No es sólo deseo
destinado a la represión, a prohibiciones y advertencias.
Ahora se revela como poder de la fertilidad, como anuncio de
una nueva vida que se gesta en el interior del huevo. Y que
señala la fuerza fértil que la mujer humana o la mujer-tierra,
la diosa arcaica, la mater tellus, expresa al dar a luz
nueva vida.
Otro
símbolo de la fertilidad se muestra cuando una pareja
campesina, luego de su casamiento, descubre un erizo en su cama.
En la tradición celta, el erizo es símbolo de
fertilidad (3).
Por
otro lado, la estructura narrativa del film se deriva o abre
hacia ramificaciones crecientes. Una historia se abre a otra,
y ésta es apertura de una nueva narración. Un
antecedente literario, con fuertes coincidencias con la obra
de Jordan, es el Manuscrito encontrado en Zaragoza (1804)
de Jean Potocki (4). Este notable relato
fantástico es un temprano preámbulo decimonónico
de las literaturas "posmodernas", signadas por la
desintegración del relato lineal y la construcción
de redes textuales multiplicadas y ramificadas como en Si
una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino.
Durante
todo el siglo XIX, la novela fue olvidada. Gérard de Nerval
y Washington Irving plagian algunas de sus historias. La obra
es recuperada por Roger Caillois, en 1958. En 1963, el director
polaco Wojciech J. Has realiza una adaptación parcial del
texto, que es acompañada por una banda sonora compuesta
por Krzystof Penderecki. En El Manuscrito ... Alfonso van
Worden, oficial de la Guardia Valona, recorre la Sierra
Morena hacia Madrid. Dentro del bosque, el protagonista-viajero
participa de crecientes y ramificadas historias dominadas por
diversos personajes extraordinarios: desde el judío errante
Ahasverus, hasta endemoniados y cabalistas, pasando por gitanos
y princesas moras. Al final se revela que la pléyade
de personajes atípicos respiran bajo la férula
del jeque de los Gomélez. El itinerario fantástico por
el bosque actúa como laberíntico sendero de iniciación.
La iniciación es una vía de trasformación.
En el final del proceso iniciatorio, la persona es diferente
a la del comienzo. El tránsito por el bosque, sus senderos
y revelaciones, es también, en el caso de Rosaleen, posible
iniciación y acceso a otra forma de experiencia.
IV.
Sobre lobos y licantropía.
El
lobo que seduce y acosa en el relato tradicional de Caperucita,
es figura próxima a lo humano. El lobo y lo humano se
integran en un mismo proceso simbólico en el licántropo,
el hombre-lobo. En el film de Jordan, acontecen tres transformaciones
del hombre en lobo. La primera es protagonizada por el esposo
de una campesina, de misterioso origen. En segundo lugar, una
campesina embarazada presencia la trasformación lobuna
de un grupo de cortesanos. Luego, el lobo que acecha a la niña
se manifiesta primero con su forma humana para después
retornar a su oculta condición animal.
La
trasposición cinematográfica de la extraordinaria
metamorfosis en lobo es riesgosa. Su ejecución es amenazada
por la caída en lo grotesco. Pero Jordan le confiere
un efecto verosímil a la mutación.
En
la cultura popular campesina, matriz original de la historia
de la niña y el lobo, la creencia en los hombres licántropos
es común. La conocida creencia ancestral asegura que
la transformación ocurre bajo el influjo de la luna.
El disco plateado es influjo de fertilidad, pero también
se asocia con Hécate, antigua diosa que administra la
magia negra, la brujería, la fuerza mágica que
hace del licántropo expresión de lo demoníaco,
de la irrupción del mal en la cotidianeidad. Para el
demonólogo Lancre, el diablo se trasforma en lobo, porque
este animal "es enemigo mortal del cordero, en cuya forma
fue figurado Jesucristo". La interpretación demonizante
es continuada por los frailes dominicos Heinrich Kramar y James
Sprenger, en Malleus Maleficarum (1486). Y en De la
Demonomanie des Sorcieres (1580) el inquisidor y doctor
francés Jean Bosin confirma la intervención diabólica
en el licántropo dado que "el diablo puede real
y materialmente metamorfosear el cuerpo de un hombre en el de
un animal y causar con ella la enfermedad".
Pero
el modus operandi de la trasformación puede ser
por causas múltiples (5). En la modernidad, algunos también
han buscado una causa exclusivamente médica o biológica
para la supuesta metamorfosis (6).
El
término "licántropo" procede de los
hechos protagonizados por Licaón, rey de Arcadia, en
la Grecia Antigua. En una ocasión, este rey pretendió
agasajar a los visitantes con un banquete que integraba carne
humana. Zeus, disfrazado de forastero, llega hasta la corte
del rey arcadio y comprueba el especial agasajo. Zeus, cumbre
de una religión de origen indoeuropeo donde la divinidad
es masculina, celestial, espiritual, admite sacrificios u holocaustos
animales. Pero rechaza el sacrificio humano. La sangre como
ofrenda divina es residuo de la antigua primacía de la
diosa terrestre que sacraliza lo corpóreo, lo biológico,
la sangre como abono o extensión de la fertilidad terrestre.
Por su ofrenda salvaje y regresiva, Zeus condena a Licaón
a sufrir periódicas transfiguraciones en lobo.
El
término hombre-lobo deriva del latín lupus
hominarius. En inglés es werewolf (de wer,
hombre y wol, lobo); en ruso volkodlak (de volk,
lobo, y dlak, pelo); los franceses loup garou; los escandinavos le llaman
vargulfr,
los rumanos pryccolitchs, los gallegos lobishome,
los letones vilkacis...
En
el siglo I, Petronio, autor del Satiricón, relata
la historia de un soldado que se transforma en lobo (7).
El
simbolismo esencial que late tras las metamorfosis es el regreso
a la identidad animal del hombre que subiste aun bajo su condición
civilizada. La civilización genera la ilusión
de un distanciamiento entre el hombre y el animal. Pero el hombre
es animal racional. La racionalidad no disuelve la naturaleza
biológica, corpórea, natural del humano. En la
mitología griega, los centauros expresan esta situación
bajo su aspecto híbrido, donde la parte superior de su
cuerpo es humana, y por ende civilizada, y la inferior, caballo,
es decir animal, salvaje. La licantropía refleja la reintegración
entre el hombre racional y su realidad animal más primitiva
y originaria.
La
mutación o devenir de lo humano en animal se repite a
nivel universal. La trasformación siempre está
condicionada por un medio geográfico específico.
En Europa del Norte el folklore narra la existencia de hombres-osos;
en América septentrional la mutación es por igual
en oso o lobo; en América del sur el hombre se convierte
en jaguar; en África septentrional ocurre la transformación
en hiena; en África del Sur en leopardo, león
o cocodrilo; en la India en tigre; en Asia Oriental en zorra...
La
creencia en la realidad de la licantropía alcanza los
niveles del poder político o eclesiástico en la
Edad Media. El rey Húngaro Segismundo (1368-1437) logra
que el concilio ecuménico de 1414, reconozca oficialmente
la existencia de los hombres-lobos. La Iglesia inicia investigaciones
oficiales sobre los licántropos. En el siglo XVII, por
toda Europa, se difunden miles de casos de licantropía.
Alcanzan gran fama casos de supuestos licántropos, como
el sastre de Chalons condenado a la hoguera en 1598, el vagabundo
Jacques Roulet, o Gilles Garnier en 1573.
En
la historia de la literatura las trasformaciones de hombre en
animal son numerosas, desde los hombres de Ulises convertidos
en cerdos por Circe en la Odisea, hasta La metamorfosis
de Kafka (8). En el cine la primera película que introdujo
la licantropía fue el film mudo The Werewolf (1913),
dirigida por Henry MacRae. Luego le siguió una larga
historia de variaciones cinematográficas (9). La proximidad
entre el hombre y el lobo también puede convertir al animal
de los aullidos en camino hacia la percepción de la naturaleza
y una perdida dimensión de misterio (10).
En
el film de Jordan, la licantropía, además del
pasaje de lo civilizado a lo salvaje, es empleado también
como medio de crítica del parasitismo aristocrático
de las monarquías europeas. Una campesina embarazada
irrumpe en un banquete cortesano. El propósito de su
visita es reclamarle a un cortesano, que es el padre del hijo
que se gesta en su vientre, que asuma su responsabilidad paterna.
La indiferencia del aristócrata es castigada por una
venganza mágica. Un espejo se rompe y la mujer induce
la trasformación en lobos de la almidonada y afectada
concurrencia. La apariencia de refinamiento se derrumba y exhibe
lo grotesco animal que siempre se agazapa tras la delicadeza
aristocrática.
V.
El bosque, lo moderno y el regreso de lo otro.
Desde
antaño, el bosque es sitio de transformaciones, lugar privilegiado
de tránsito o acceso a un alter mundus. La incursión
en el bosque es encuentro con galerías de personajes
fantásticos: magos, brujas, íncubos, dragones.
Licántropos. El bosque es usina de encantamientos y experiencias
simbólicas (11). El intrincado universo arbóreo
es deslizamiento hacia lo primario, lo arcaico; hacia una realidad
más próxima al reino de la rusticidad y lo animal
que al artificio humano. Jordan enfatiza el acceso a lo primario
mediante los primeros planos de ranas, sapos, arañas,
que detonan el despliegue del bosque como topografía
primitiva. El director nativo de Irlanda también introduce
imágenes cuya fuerza principal es visual, poética,
y que es oportuno, quizá, mantener fuera de toda interpretación.
Unas resplandecientes gotas de agua que caen sobre el suelo,
una rosa blanca que adquiere una rápida coloración
rojiza, una cabeza humana de un licántropo que flota
sobre un recipiente de blanca leche... La pretensión de que
ciertos instantes valgan por su propia presencia pueden motivar
una valoración estética donde la interpretación debe contener
su deseo de conceptualización para ceder a la percepción autónoma
de un hecho poético (12).
El
bosque abre los misterios de lo terrestre antes que descorrer
velos de una pura verdad espiritual. El laberinto arcaico del
bosque protege la entrada a la intimidad del mundo inferior
o subterráneo.
Y
la niña llega hasta la casa de la abuela. Allí, la espera
el hombre-lobo, un viajero que antes le salió al cruce
y pretendió seducirla. Antes, la abuela intentó
defenderse. Pero el invasor la golpeó en su cabeza, que
se descolocó rápidamente como la frágil
extremidad de un muñeco. La repetida presencia de los muñecos
en el film es primorosa imagen de los sueños. La sorpresiva
caída de la cabeza-muñeca de la anciana evidencia
acaso la endeblez, la precariedad y, en definitiva, la falsedad
del orden valorativo representado por la mujer anciana.
El
hombre misterioso que viene del bosque recupera su condición
de lobo. Rosaleen acaricia al animal; se muestra compasiva ante
la rareza trágica del licántropo. Y le narra una
historia que confirma la proximidad del bosque al secreto y
también a lo extraño... De un oscuro pozo surge una mujer
loba. Llega desde el mundo inferior hacia lo superior. Es herida.
Y se trasforma en una mujer. Desnuda. Solitaria. Muda. Que llora
y ve, sin entender, unas casas de una aldea. Aun en su humildad,
la pequeña población humana es cultura, superposición
del hombre sobre la verdad arcaica y natural. La mujer recorre
una superficie de piedras solitarias.
Ve lo diferente. Y regresa, luego, con nuevas imágenes,
a su hogar, al pozo, a la profundidad telúrica, a una
verdad anterior, ajena a la pretendida domesticación
civilizada de lo salvaje.
La
incapacidad del cerco civilizatorio para contener el retorno,
la re-emergencia de lo primario, se repite en el momento culmen
de The company of wolfes. Rosaleen concluye la historia
de la loba. Sus padres y otros aldeanos la buscan. Llegan a
la casa de la abuela. La niña es ahora semejante a la mujer
lobo de su anterior relato. Una cruz en su cuello animal es
el único remanente de su perdida condición humana.
Su madre comprende, e impide su muerte por los disparos de la
turba. La mujer-lobo regresa a la manada.
Desde
el vientre vegetal del bosque, desde el corazón de los
árboles, corre la manada al comienzo del relato del ensueño
y las ramificaciones. Al comienzo, un perro, el primo civilizado
del lobo, corría hacia la casa de campo. La casa es presencia
de lo moderno en la cercanía salvaje del bosque.
Y
ahora, la manada, la multitud de los seres de los aullidos,
corren hacia la casa cerrada, lugar de la civilización
segura en su clausura y aislamiento. Corren hacia la niña, el
sujeto de los sueños, de los relatos de la imaginación
dentro de la protección de la mente. Y la manada se aproxima.
Algunos lobos saltan sobre la maqueta de la casa. Pasan por
encima, gobiernan ya la edificación de la solidez moderna.
Y en la casa grande, ahora todo son ruinas, desmoronamiento.
Y las defensas se quiebran. El cerco se desploma. Nada evita
ya la llegada de la manada, que traspasa el revés de
una pintura; el calor animal penetra dentro de aperturas. Los
lobos suben las escaleras. La niña se horroriza. La ventanas
estallan. Otro lobo se asoma. Los muñecos caen. Se despedazan
entre el quejido sordo de sus piernas fracturadas. Ya nada evitará
la compañía de los lobos. Lo que trae y es
esa compañía: el regreso de lo irracional, el
mal y lo extraño. La otredad insólita y anómala
que la modernidad pretendió expulsar regresa con la manada.
Con la fuerza del aullido. Que penetra. Dentro de la ilusoria
serenidad de la casa moderna. (*)

(*)
Fuente: Esteban Ierardo, "En
compañía de lobos. Caperucita Roja y el lobo, la licantropía,
y el bosque y lo moderno en un film de Niel Jordan",
editado aquí de manera original.
Citas:
(1)
Neil Jordan nació en 1950, en Irlanda. Se inició como
escritor y luego derivó hacia la creación cinematográfica. Entre
sus principales films se encuentran: Danny Boy (1982);
la analizada aquí En compañía de lobos (The Company
of Wolves, 1984); Mona Lisa (1986); Juego de lágrimas
(The Crying Game, 1982); Entrevista con el vampiro
(Interview with the Vampire: The Vampire Chronicles,
1994); Dentro de mis sueños (In Dreams, 1999); Desayuno
en Plutón (Breakfast on Pluto, 2005).
(2)
En relación a la muerte de Caperucita como posible hecho trágico
que acontece dentro del bosque, Darnton manifiesta: "Ella
no ha hecho nada para merecer ese destino, porque en los cuentos
campesinos, a diferencia de los de Perrault y Grimm, ella no
desobedece a su madre ni deja de leer las señales de un orden
moral implícito que están escritas en el mundo que la rodea.
Sencillamente camina hacia las quijadas de la muerte. Este es
el carácter inescrutable, inexorable de la fatalidad que vuelve
los cuentos tan conmovedores, y no el final feliz que con frecuencia
adquirieron después del siglo XVIII", Darnton, Robert,
La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia
de la cultura francesa, México, Editorial Fondo de Cultura
Económica, 1994.
(3)
Sobre la cualidad fértil del erizo de mar, Cirlot afirma: "
Llamado 'huevo de serpiente' en la tradición céltica, es uno
de las símbolos de la fuerza vital y del germen primordial",
en Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Barcelona,
ed. Labor, 1991, p. 186. Sobre el trasfondo de la relación aparentemente
paradojal entre el huevo de serpiente y el erizo en la cultura
celta, ver Jean Markale, Las tres espirales. Meditación sobre
la espiritualidad céltica, Barcelona, José J. de Olañeta
editor, pp.28-30.
(4)
Del Manuscrito hallado en Zaragoza hay una edición
completa de bolsillo publicado por editorial Valdemar, 2004.
Potocki era hijo de una rica familia polaca. Realizó
numerosos viajes. Combatió como soldado a los piratas
berberiscos. Sus libros de viajes, como Viaje al Imperio
de China Nan Shan o Viaje al Imperio de Marruecos,
son pioneros de la etnografía. En París, se vinculó
con los intelectuales ilustrados. En 1788, regresó a
su patria. Creó una imprenta y una editorial. Sobrevoló
Varsovia en globo. En el Cáucaso se impregnó de la cultura
eslava. Fue asesor científico del zar Alejandro I de
Rusia en Pekín (aunque debió recalar en Mongolia).
En 1812 se afincó en su Castillo de Uladowka. Un divorcio,
una enfermedad y el fracaso de la Revolución, lo desbarrancaron
en la desesperación. Una tradición biográfica,
más folklórica y romántica que real,
dice que Potocki se consideraba un hombre lobo. Pulió
entonces meticulosamente una pieza de plata hasta darle forma
de una bala. Ordenó después al capellán
de su castillo que la bendiciera y, luego, se voló la
cabeza con un pistoletazo.
(5)
La trasformación en lobo u otro animal podía ser
voluntaria. Al vestir la piel del animal, como los hombre-leopardos
africanos, el hombre adquiere su forma salvaje. Este efecto
se conseguía bebiendo ungüentos o pociones mágicas.
La mutación podía ser ocasionada por brujos o
magos. O por una maldición. Y la conversión es
ocasionada asimismo por un agente impersonal donde, además
del clásico influjo de la Luna, se halla la acción
de beber agua donde bebió antes el animal, pasar por
encima del cuerpo de un lobo, recibir la mordedura del animal,
comer su carne, o ser el séptimo hijo varón como
se expresa en la leyenda del lobisón, que es el centro
de un clásico y brillante momento del cine argentino:
Nazareno Cruz y el Lobo, de Leonardo Favio.
La
histeria colectiva puede ser otro de los mecanismos desencadenantes
de las creencias populares en los licántropos. Entre 1764 y 1767,
en Francia, en la región de Lozéne, ocurrió el caso de "La
Bestia de Gévaudan". Alrededor de cien personas
fueron supuestamente devoradas y atacadas por un gran y misterioso
animal. La histeria estalló y el pueblo imaginó a un loup garou
como responsable de los ataques. La conmoción pública exigió la intervención monárquica. El rey Luis XV envió a su
caballería de elite para capturar y matar la bestia. Finalmente se
mató a un animal de colmillos y garras especialmente desarrollados.
En este hecho histórico se inspira la interesante película
francesa, Pacto con Lobos (2000) de Christophe Gans.
(6)
En la Edad Media, la población estaba especialmente expuesta
a pestes, hambrunas, epidemias. La ausencia de un conocimiento
objetivo sobre las causas reales de estas anomalías estimulaban
la creencia en el origen demoníaco de estos males. Individuos
impuros o malignos, como magos o brujos, realizaban pactos con
el Demonio para difundir el mal. En este contexto, el licántropo
era aliado del diablo. Desde un intento de explicación médica
la creencia en la licantropía es asociada con una epidemia de
rabia; si se era mordido por un lobo, se consideraba que era
una fatalidad inevitable la transformación. La porfiria
cutánea tarda sería otra explicación. Esta enfermedad provoca
que la piel adquiera aspereza y oscurecimiento. La rara aparición
de hombres peludos en la historia pudo haber motivado también
su vinculación con la licantropía. El cuerpo, el rostro, totalmente
cubierto por vello se relaciona con la inversión del cromosoma
8 en la hipertricosis universal congénita o Síndrome
de Ambras. Un caso famoso en Europa es el de Petrus Gonsalvus
quien, en 1556, fue apañado y educado por Enrique II de Francia.
También el fenómeno del hombre lobo podría relacionarse con
hombres salvajes, que por circunstancias especiales, crecen
solos en la selva del bosque.
(7)
Cayo Petronio Árbitro, autor de El Satiricón, en el siglo
I, relata: "Logré que uno de mis compañeros de hostería
-un soldado más valiente que Plutón. me acompañara. Al primer
canto del gallo emprendimos la marcha; brillaba la luna como el
sol a mediodía. Llegamos a unas tumbas...Al rato me vuelvo hacia
mi compañero y lo veo desnudarse y dejar la ropa al borde del
camino...me quedé como muerto. Lo vi orinar alrededor de su ropa
y convertirse en lobo.
"Lobo,
rompió a dar aullidos y huyó al bosque.
"Fui
a recoger su ropa y vi que se había transformado en piedra.
"Desenvainé la espada y temblando llegué a casa. Melisa se
extrañó de verme llegar a tales horas. "Si hubieras llegado
un poco antes", me dijo, "hubieras podido ayudarnos: un
lobo ha penetrado en el redil y ha matado las ovejas; fue una
verdadera carnicería; logró escapar, pero uno de los esclavos le
atravesó el pescuezo con la lanza".
"Al
día siguiente volvía por el camino de las tumbas. En lugar de la
ropa petrificada había una mancha de sangre.
Entre
la hostería; el soldado estaba tendido en un lecho. Sangraba como
un buey; un médico estaba curándole el cuello", en Petronio,
Satiricón, cap. LXII, recogido en Jorge Luis Borges,
Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Antología de la
literatura fantástica, Buenos Aires, ed. Sudamericana, p.
366.
(8)
Otros ejemplos célebres de trasformaciones del hombre en animal
son el de Apuleyo y su conversión en asno en El asno de oro;
o el de La corza blanca (1863), de Gustavo Adolfo Bécquer,
donde se funden la mujer amada y el animal. En La princesa
tigre, del belga Jean Ray, se recoge una leyenda brasileña;
también son destacables: Hughes, el hombre-lobo, de Colin
Sutherland Menzies; El lobo blanco de los montañas Hartz
(1839) de Frederick Marryat, o Wagner, el lobo (1846),
de G. W. M. Reynolds, versión sobre la licantropía que fue publicada
de forma seriada en una revista barata de la Inglaterra victoriana.
También en La marca de la bestia (1932), de Rudyard Kipling
se narra una transformación producto de una maldición religiosa.
(9) La
primera película sonora con licántropos fue Le loup-garou,
realización franco-alemana dirigida por Pierre Bressol. Una
adaptación ambiciosa de la licantropía, aunque sin éxito, fue
Werewolf of London (1935), de Stuart Walker, en una versión libre de
la obra de un guionista de Hollywood, Samuel Guy Encore, que bebía
en la narrativa de R. L. Stevenson y se titulaba El hombre lobo en
París. El film que reavivó con gran impacto la temática del
licántropo fue The wolfman (1941) de George Wagner. Aquí,
la Luna llena empieza a ejercer su dramático y mágico influjo.
Durante las décadas del 60' y 80' es la labor cinematográfica del
español Jacinto Molina, conocido como Paul Naschy, la que propulsó
fuertemente la vida terrorífica de los licántropos en numerosos
films como La marca del hombre lobo (1968), o El retorno
del hombre lobo (1980). La figura del hombre lobo se desdibuja
lentamente hasta confundirse con diversas creaturas del terror. Aullidos
(1980) de Joe Dante, en base a una novela de Gary Brandner, se
convirtió en un film de culto; aquí se revelan las actividades de
una comunidad de licántropos. Un hombre lobo americano en
Londres (1981) de John Landis, impresionó por la gran
transformación de David Naughton. Este film obtuvo un oscar por sus
efectos especiales a cargo de Rick Baker. En Lobo (1994) de
Mike Nichols, el protagonista central, Jack Nicholson se transforma
en lobo salvaje, y parece disfrutar con este cambio.
En el
nuevo milenio, Underworld (2003) o Van Helsing (2004)
propician la dudosa convivencia entre vampiros y hombres lobos
enfrascados en una guerra feroz.
(10)
Esta es la posición que, frente al lobo, asumimos en el texto
poético El canto de lobo (en http: www.temakel.com/simbololobo.htm)
(11)
Vladimir Propp analiza varias aspectos de la dimensión simbólica
del bosque presente en el cuento maravilloso popular. Ver V.
Propp, "El bosque misterioso", en Las raíces históricas
del cuento, Madrid, editorial Fundamentos, 1974, pp.69-159.
(12) Algunos
instantes especiales de una obra pueden ser integrados en una
explicación determinada, pero también sería oportuno restituirles
su integridad como presencia estética independientemente de
su integración a un discurso explicativo. Esto permitiría experimentar
la individualidad autofulgurante de ciertos instantes
saturados de un valor poético propio. Ejemplos de estas individualidades
poéticas autónomas, además de los señalados en el film invocado
por este texto, podrían ser el monolito de 2001, la casa
que se incendia en Lost higthway, de David Lynch, la
lluvia de sapos en Magnolía, o las ovejas que, sobre
el final de El Ángel exterminador de Buñuel, acuden a
la iglesia.
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