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LA
ESCRITURA Y EL CUERPO
Con
ocasión de "Escrito en el cuerpo" (Pillow
book, P. Greenaway, 1996)
Por María José Rossi
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Portada
de la obra premiada de María José Rossi, El Cine
como texto. Hacia una hermenéutica de la
imagen-movimiento, de editorial Topía.
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María José Rossi ha obtenido el Primer premio Libro de Ensayo
Concurso Internacional Topía 2007 por su ensayo El cine como
texto. Hacia una hermenéutica de la imagen-movimiento,
editorial Topía, 2007. Rossi (doctora en Filosofía por la Universitá
degli Studi di Torino (Italia), y docente e investigadora de la
Universidad de Buenos Aires (UBA), realiza en su ensayo un intento
de desciframiento de la imagen cinematográfica a través de la
filosofía hermenéutica, que en Gadamer o Ricoeur tiene sus grandes
pensadores arquetípicos. La imagen no se diluye en su visualidad,
en la apariencia de realidad captada por la cámara. Más allá de
esta restricción, la imagen fílmica permite diversos niveles de
análisis como forma de textualidad, como escritura icónica donde
siempre la dimensión significante o material de la imagen deviene,
bajo ciertas reglas decodificadoras, en significado. El cine significa.
Y esos sentidos
recuperan la amplitud de la conciencia merced al diálogo entre la
obra cinematográfica (u otros tipos de obras o productos
culturales) y el hermeneuta. Aquí presentamos puntualmente el
análisis de María José Rossi sobre el film de Peter
Greenaway,
Pillow book (1996), titulado en castellano Escrito en el cuerpo.
Mediante una meditación filosófica sobre esta obra de uno de los
maestros del cine inglés, Rossi pone en acto la riqueza de las
formas de interpretación hermenéutica de la escritura del
significado que, como texto, se escribe en la porosidad
bidimensional, y su apariencia de tridimensionalidad, de la
imagen. Esteban
Ierardo
LA
ESCRITURA Y EL CUERPO
Con
ocasión de "Escrito en el cuerpo" (Pillow
book, P. Greenaway, 1996)
Por María José Rossi
El
arte muere cuando perdemos o ignoramos las convenciones en
virtud de las cuales puede ser leído, gracias a las cuales sus
enunciados semánticos pueden ser trasladados a nuestro propio
idioma…En ausencia de la interpretación no habría cultura:
sólo un silencio sin eco a nuestras espaldas. (George Steiner,
1995, p. 52)
Se dice "tomar la ocasión", "aprovechar la
ocasión" (occasio, de occidere y éste, a su
vez, de cadere): que algo sea ocasión no significa no más
ni menos que eso: la oportunidad de servirse de eso so pena que se
pierda para siempre, que pueda caer o aún morir, en el
"silencio sin eco a nuestras espaldas".
En
el año 1997 se estrenó en Buenos Aires una película escrita y
dirigida por el inglés Peter Greenaway llamada de Pillow book,
que fuera titulada en castellano Escrito en el cuerpo. Pillow
book es un libro de almohada, un libro de cabecera, y si bien la
titulación en español no responde literalmente a este sentido, es
cierto que un libro íntimo es algo así como la prolongación del
propio cuerpo, un cuerpo que se hace letra en un libro. Greenaway se
basó en los diarios íntimos de dos mujeres japonesas separadas por
mil años de historia y unidas en la intimidad por el hecho de darse
al placer de la escritura y convertir sus propios cuerpos en signo:
signo visible de lo invisible. Mostrar las correspondencias entre la
gramática del cuerpo y de la escritura como grama, como
inscripción, será uno de los propósitos de este análisis. Al
hacerlo a través de una película reconocemos cómo una historia
hecha de material sensible puede activar la intuición de modo
incomparable, y sugerir vías para una reflexión que se propone,
simplemente, no dejar(se) morir.
El
comienzo: la creación.
En cada aniversario, cuando el tiempo anuncia de manera irreversible
su contrato con la muerte, el padre de Nagiko pintaba sobre su
rostro de niña estas palabras:
"Cuando
Dios hizo al primer modelo en arcilla del ser humano, le pintó
los ojos, los labios y el sexo. Luego pintó el nombre de cada
persona para que el dueño no lo olvidase. Si Dios aprobaba su
creación, él le daba vida al modelo de arcilla firmando su
propio nombre".
Y efectivamente finalizaba pintando su firma en la espalda de la
hija. El padre de Nagiko, dios-padre que crea con la palabra y
rubrica su creación con una marca, es escritor. Pero es un escritor
que debe vender su cuerpo a su editor para poder publicar. Para
entregarse al mundo debe profanarse. El editor es el artífice del
mal: hace del original (el cuerpo, la inscripción) un medio para un
fin. La multiplicación de las copias le hace perder de vista la
sacralidad del cuerpo único, marcado con la signatura del dios.
El padre de Nagiko y el editor revelan la faz contradictoria de la
escritura: como objeto mercantil, es instrumento de poder y
segregación (1); como práctica de goce, está ligada a las
pulsiones del cuerpo y reservada al arte y al ritual. La escritura
oscila así "entre la marca y la mercancía, entre el signo y
el instrumento" (Barthes, 2003, p. 119).
Descubierta precozmente la verdad terrible de la profanación del
cuerpo amado, Nagiko decidirá que su propio cuerpo primero, y luego
el de sus amantes, serán la página blanca en el que se escribirán
los trece libros (la Agenda, la Inocencia, el Idiota, la Impotencia,
el Exhibicionista, el Amante, el Seductor, Juventud, los Secretos,
el Silencio, los Falsos Comienzos, la Traición y la Muerte) que
articulen su vida y consumen la venganza que lave el honor de su
padre. No se entorpece la imaginación adelantando el (previsible)
final: en el último libro el pincel, que ha sabido depositar
suavemente la letra en el cuerpo del verdugo, se transforma en
estilete, en arma eficaz. La mano que acaricia es ahora la mano que
imprime, que marca, que mata. Y su trazado es irreversible.
La
marca, el cuerpo.
Roland Barthes cifra en estas dos formas de escritura el ethos
de Oriente y Occidente: la escritura occidental prefiere la
hendidura, la incisión, la marca, el contrato y la memoria; para
ello utiliza punzones, cañas cortadas, estiletes, plumas de ganso o
plumas de metal; la escritura oriental, básicamente ideográfica,
es en cambio la de la de-scripción, la del dibujo descendido,
depositado, para lo cual se debe impregnar el pincel (2).
Similar al papel, al pergamino o la tela, la piel no ofrece
resistencias. Así comienza para Nagiko la búsqueda de cuerpos para
su escritura, que supo amar a edad temprana por mor del padre.
Pronto descubre que el cuerpo no es mero soporte: cada cuerpo tiene
la gramática que le dan los años, la experiencia vivida, lo que
cada uno quiere hacer de él. Hay cuerpos que sólo admiten la
aridez de los números; otros, demasiado jóvenes, no alcanzan a
encarnar la letra y la tinta resbaladiza no llega a fijarse; otros
sólo tienen secretos y guardan silencio. Hay cuerpos que
traicionan, cuerpos que fatigan y cuerpos que no dicen nada. Cuerpos
pesados, laberínticos, tímidos, renuentes, voluptuosos. Cuerpos de
intenciones múltiples que exhiben al mismo tiempo que ocultan: el
cuerpo, como la escritura, tiene vocación criptográfica. Cada uno
es una marca que se significa a sí misma, que crea un significado a
partir de su absoluta unicidad. El cuerpo pulsional y el cuerpo
textual, uno y el mismo, celebran sus nupcias.
El que el cuerpo y el texto contengan una gramática es un hecho ya
señalado: son las leyes que gobiernan la sintaxis de los elementos,
el intercambio entre los gramma y los fluidos, la
circulación de lo que informa. Por eso, ese fluir tiene sus
códigos, en uno y otro campo. La noción de programa los abarca a
ambos: lo que se anuncia por escrito. Pero nada tan comunicativo
como lo que se esconde bajo la piel: "Eros y lenguaje forman un
engranaje continuo", asegura Steiner (3). Ambos están sujetos
a una codificación y a una sistematización que impone tabúes y
elisiones. Esas reglas orientan acerca de lo posible y penalizan las
transgresiones. De ahí que Nagiko termine ofreciendo en sacrificio
a Jerome, su amante-amado, el único libro escrito con verdadera
pasión: acostándose con el editor, Jerome ha roto las reglas del
juego amoroso. Y es por eso que Nagiko matará con su silencio al
amado y con la letra al editor: la traición amorosa será castigada
con las armas del silencio y de la escritura, las dos equivalentes
en su eficacia.
El
lenguaje, las cosas.
Nagiko quiere buscar primero la escritura perfecta yendo a la
búsqueda del cuerpo perfecto, de la página blanca que le permita
imprimir la signatura de la divinidad y repetir el gesto sagrado de
la fundación de sí. Sin embargo, lo que todavía no ha
comprendido, es que el cuerpo no es página blanca sino que es ya
texto. Texto que se escribe con el sudor y con las entrañas, que
nace de sus palpitaciones y excrecencias, de sus ritmos y
aceleraciones. Una vez comprendida esta verdad sólo hay que
aprender a leer esa gramática, descifrar las marcas, interpretar el
cuerpo-signo marcado por el dios-padre de una sola vez.
La transposición de la lengua de las cosas al lenguaje humano sólo
es posible mediante la traducción. Un supuesto anima esta
proposición: el que las cosas comunican. Cada una su modo.
Temática predilecta a Walter Benjamin para quien "la lengua
misma no se halla perfectamente expresada…" (1999, p. 94).
Las cosas comunican y el hombre debe traducirlas; pero primero debe
interpretar la esencia germinal de las cosas para poder traducirlas
correctamente. Traducción que no se propone transmitir un contenido
informativo sino que debe dejar latir lo inefable que hay en cada
cosa, su misterio y su enigma. Es por eso que la escritura está en
mejores condiciones de hacer presente esta magia en la palabra.
Ligada al trazo, a la forma y en última instancia, al arte, ella
expresa sin comunicar la esencia de las cosas. Y permite de este
modo un acceso a la verdad.
Así
como el cuerpo es texto, también las palabras deberían recuperar
su corporeidad originaria. Para Nagiko, la palabra lluvia debiera
caer, y la palabra humo columpiarse. Alcanzando su adherencia con
las cosas, volviendo a ser uno con el ser, el lenguaje podría ser
un lugar de reconciliación. El cuerpo como texto y la palabra como
cuerpo = regreso al momento de unidad, de gestación por la palabra,
de la palabra como esencia del mundo.
No es la única que lo piensa de este modo. Para Jakob Böhme, un
místico del s. XVI, "en la forma y figura de cada cosa está
señalado su poder…No hay nada creado en la naturaleza que no
manifieste externamente su forma interior porque esta fuerza, por
así decir, trabaja en el interior para manifestarse en el exterior.
Así el hombre podrá llegar a conocer la Esencia de las Esencias.
Este es el Lenguaje de la Naturaleza, donde cada cosa habla de sus
propiedades" (Eco, 1998, p. 157). El lenguaje de la naturaleza
es para Böhme un lenguaje sensual y único, el lenguaje del recto
conocimiento, que los hombres perdieron "porque transfirieron
los espíritus de la lengua sensual a una tosca forma
exterior". Mientras los pájaros del aire y los animales de los
bosques se entienden perfectamente, los hombres perdieron esa
capacidad con la confusión babélica, de la que lograrán liberarse
recién cuando llegue el tiempo de plenitud. La lengua del
entusiasmo glosolálico, que es la misma que el Espíritu Santo
insufla a los apóstoles el día de Pentecostés, anuncia cada tanto
la posibilidad de que esta lengua de los pájaros se deposite alguna
vez en la boca de los hombres.
No es casualidad que Nagiko se enamore de un traductor y calígrafo,
Jerome (Jeremías), que habla numerosas lenguas: frente a la
escritura única del cuerpo, está Babel y la confusión bíblica,
que intimó a los hombres a la búsqueda de una lengua perfecta.
"Usa mi cuerpo como las páginas de un libro; de tu libro.
Trátame como la página de un libro", le dice Jerome. Y esto
sonará a los oídos de Nagiko como una revelación. Y como una
profecía.
Jeremías, el profeta -y aquí es inevitable advertir la
yuxtaposición de las tradiciones oriental y judeocristiana en el
desarrollo del film- es el que mantiene con Dios un diálogo
"de igual a igual". Él "debe decir lo que
Dios hace" (Steiner, 1995, p. 161), haciendo intervenir
directamente a la gramática humana en los misterios divinos. Luego
de las sucesivas traiciones a la alianza, la voluntad de Dios se
convierte en enigma. Pero Jeremías se convierte en vehículo
profético. La mediación del profeta es idéntica en el film: si el
padre dios es traicionado, el profeta anuncia que es el propio
cuerpo de la humanidad (su propio cuerpo: "usa mi cuerpo como…")
el que se convertirá en vehículo de redención. Nagiko, adiestrada
a la lectura de los gramma, del sentido tras la letra, verá
precisamente en este pedido el anuncio de lo que va a venir de
manera irreversible. La letra del cuerpo amado será la que vengue
la letra sumida en el escarnio. La letra contra la letra, la palabra
sagrada contra la palabra profanada. Las dos pueden enfrentarse
porque se escriben en el mismo campo de batalla.
La
lengua, la escritura.
Nagiko vive en Japón y habla japonés, pero aprende y explora el
mandarín, la lengua de su madre. Dato que no es secundario porque
además de ser su lengua de origen o lengua primordial, "la
inalienable propiedad que uno transporta consigo", según
palabras de Hannah Arendt (4), la escritura china, originaria de la
japonesa, les permitió a los nipones la posibilidad de recuperar
gráficamente los poemas y leyendas memorizados oralmente y
transmitidos de generación en generación por miles de años.
Tomamos de Eco (1988, p. 180) esta referencia suplementaria: los
chinos y los japoneses hablan lenguas distintas y, por consiguiente,
llaman a las cosas con nombres distintos, pero reconocen los mismos
ideogramas y, por tanto, cuando escriben pueden entenderse
perfectamente. Si la lengua puede ser evanescente, la escritura en
cambio no lo es.
El hecho de que la lengua japonesa se haya valido de la escritura
china no debe llevarnos apresuradamente a pensar en una precedencia
de la oralidad respecto de la escritura. La cuestión, hasta donde
sé, está lejos de ser resuelta, como toda cuestión que atañe al
origen. Pero, ¿hasta qué punto no es una ilusión, alimentada por
el sistema de escritura alfabética (en el cual las letras traducen
el sonido del lenguaje) el que el lenguaje hablado sea anterior a la
grafía (5)? En ese sentido, la escritura no serviría más que para
inmovilizar o fijar la esencia fugitiva del lenguaje (Barthes llama
a este mito de la escritura "prejuicio transcripcionista").
Para los que recusan la precedencia de la oralidad considerándola
un mito (Barthes, Derrida, entre otros) esta ilusión es alimentada
por la importancia que damos a la escritura como vía instrumental
de comunicación de un sentido, de una información (6). Por el
contrario, lejos de ser vehículo de información, la escritura
china fue primero estética y ritual. Ligada simultáneamente al
arte y a la religión, la escritura servía para dirigirse a los
dioses.
En la convicción de que para la interlocución divina importa más
el gesto, signo de la acción, que cualquier contenido
representativo, se creó una ligazón, íntima e indisoluble, entre
la mano y la escritura, entre la escritura y el cuerpo. De ahí la
importancia concedida al ductus, es decir, al proceso
de la escritura misma, a la dirección que le imprime la mano, al
orden que encuentran los ideogramas en función del trazado. El ductus
es el código que regula, "no la escritura hecha, sino la
escritura que se está haciendo", y es por eso que los
diccionarios chinos clasifican los ideogramas en función del ductus,
es decir, de la forma del trazado. Aquí la mano juega un papel
esencial, y "representa en estado vivo la inserción del cuerpo
en la letra".
Arte noble y actividad casi mágica por implicar un dominio
psicosómático, la escritura oriental implicaba una estética y una
ética: una relación con los dioses y con el cuerpo propio que no
castra sino que redime. Sólo tiempo después, con la
centralización del poder imperial, la escritura se volvería
funcional, proclive a servir a las tareas administrativas.
Barthes previene acerca del peligro de confundir lengua y escritura.
De hecho, "en los ritos religiosos de la antigua China -nos
dice (1995, p. 98)- el habla y el escrito daban lugar a
especializaciones antagonistas: si el habla servía con preferencia
para dirigirse a las divinidades del mundo visible, a los
antepasados dioses, a los demonios benéficos, el escrito se
utilizaba para dirigirse a las potencias punitivas y vengadoras del
mundo subterráneo. Más tarde, en esta misma China, la lengua
escrita se enriqueció considerablemente al secularizarse; se
convirtió en depositaria de toda la herencia intelectual, y
repudió la lengua hablada, reduciéndola a expresión de las
trivialidades cotidianas". Por vía de esta escritura-herencia
es que Nagiko puede conocer, por boca de su madre, los poemas y
relatos de esa dama de corte, Sei Shonagon, autora del primer Pillow
book en los tempranos días de su niñez.
Es notable la fruición con que Nagiko se esmera por recrear esta
ritualidad de la escritura y de hacer del ductus el código
supremo de la escritura. Es la estética del trazado, el
orden y la dirección que impone la mano como órgano ejecutor del
cuerpo lo que importa. Incluso para nosotros, que ignoramos el
mandarín, esas marcas que vemos en los cuerpos no son más que
jeroglíficos, garabatos cuyo significado se nos niega pero que,
hasta cierto punto, no necesitamos conocer, porque esa marca inviste
por sí misma un significado. "¿Qué quiere decir esto? -se
pregunta Barthes- Que el significante es libre, soberano. Una
escritura no necesita ser legible para ser plenamente una escritura.
Podemos incluso decir que precisamente en el momento en que el
significante... se desprende de todo significado y suelta
vigorosamente la coartada referencial, el texto... aparece"
(2003, p. 105). En el texto-cuerpo escrito por Nagiko el significado
se identifica con su marca.
Al renunciar a ser representación, esos ideogramas chinos se
convierten en un haz de signos proyectados al abismo. No están
dibujados sobre una presencia: ellos mismos son presencia. Eludiendo
la tentación de proponerse como lenguaje, ese sistema de marcas nos
regresa al mundo de las cosas. Y entonces la relación con el
espectador sufre una inversión radical: el cuerpo, la obra, el film
se vuelven interrogación. Un enigma para los sentidos. La
significación no hay que ir a buscarla: hay que construirla.
Lacan dirá también que el significante es quien cava su surco en
lo real y engendra el significado. Derrida lo hará con palabras
parecidas: "La huella es, en efecto, el origen absoluto del
sentido en general. Lo cual equivale a decir, una vez más, que no
hay origen absoluto del sentido en general. La huella es la
difer(a)encia (7) que abre el aparecer y la significación.
Articulando lo viviente sobre lo no viviente en general, origen de
toda repetición, origen de la idealidad, ella no es más ideal que
real, más inteligible que sensible, más una significación
transparente que una energía opaca, y ningún concepto de la
metafísica puede describirla" (2000, p. 85).
La
traducción, la hermenéutica.
El privilegio absoluto de la escritura ha dominado -como señala
Foucault- todo el Renacimiento. "El lenguaje tiene, de ahora en
adelante, la naturaleza de ser escrito. Los sonidos de la voz sólo
son su traducción transitoria y precaria. Lo que Dios ha depositado
en el mundo son las palabras escritas. Adán, al imponer sus
primeros nombres a los animales, no hizo más que leer estas marcas
visibles y silenciosas; la Ley fue confiada a las Tablas, no a la
memoria de los hombres; y la verdadera Palabra hay que encontrarla
en un libro" (Foucault, 1984, p. 46).
Si la Ley fue confiada a las Tablas y no a la memoria de los hombres
es en virtud de la fragilidad radical de esa memoria. Y la escritura
se convierte así en herramienta mnemotécnica. Esa es la razón por
la que Platón, en el Fedro, desaconseja el uso de la
escritura: "Esto, en efecto, producirá en el alma el olvido
por el descuido de la memoria, ya que, fiándose de la escritura,
recordarán de un modo externo, valiéndose de caracteres ajenos, no
desde su propio interior" (275 a). La escritura es para Platón
sinónimo de extranjería. En adelante, todos aquellos documentos
que, fiándose de la escritura, se valen de caracteres externos o
ajenos, pueden revelar su contenido solamente si son interpretados.
La escritura convoca necesariamente a la hermenéutica, y con ella
transforma el mero grafismo (orden de la pura memoria) en campo de
significación.
Pero la vocación de la escritura no es sólo la rememoración sino
también la criptografía: muchas veces la escritura "ha
servido para celar lo que se le confiaba…si se trata de ‘comunicar’,
¿cómo explicar que algunos pueblos (los sumerios, los acadios)
inventaran escrituras ‘abstractas, difíciles’, cuando el
pictograma, que se considera anterior, era tan ‘claro’?" (Barthes,
2003, p. 91). No sólo para volver próximo lo ajeno, sino también
para el desciframiento de lo recóndito, de lo oculto y lo secreto,
la escritura llama a la hermenéutica.
Y con esto, cada lengua vive la tragedia de la traducción, de la
traición y de la interpretación, que es la tragedia de querer (y
no poder) alcanzar el significado, de aferrar lo imposible.
Nietzsche (1998) muestra muy bien cómo en la formación del
lenguaje la imagen traduce el sonido y la palabra traduce la imagen,
operándose en cada traducción un salto metafórico y hermenéutico
(toda traducción es interpretación) que diluye la realidad
originaria. Si cada lengua traduce lo real, toda traducción es
traducción de una traducción, una realidad de segundo grado, una
copia empalidecida, una moneda gastada. Y si lo que se traduce es un
poema la traición es doble, porque en un poema la realidad es la
que surge en el cuerpo de la letra, en el sonido y la materialidad
de los significantes, y sería menester crear otro poema para que la
traición fuera completa y le devuelva al poema la dignidad que toda
buena traducción pretende recrear. Cada traducción -dice Octavio
Paz (1986)- es, hasta cierto punto, una invención y así constituye
un texto único.
Fundada en la analogía entre Libro y Mundo y en la asimilación del
cosmos a un libro escrito por Dios, la tradición hermenéutica
medieval previene, en razón de estos equívocos, contra la simple
exterioridad del signo y aconseja atender únicamente a la voz
interior, vehículo del significado inspirado. Esta semiótica del
espíritu orienta la búsqueda en el libro de la naturaleza, cuyos
secretos sólo se franquean al hombre espiritual. Comenzando por
Agustín -con la noción de verbum cordis como garantía
contra el malentendido- esa tradición prosigue en el protestantismo
-para Lutero "ningún hombre puede entrever una jota en la
Escritura, si no posee el Espíritu de Dios"- y culmina en Hans-George
Gadamer. Pero a expensas de Gadamer, que desconfía de las
imágenes, Greenaway nos invita a leer su film como un cuerpo que no
es lengua ni lenguaje sino texto: significante material creador de
significado. Para ello tuvimos que hacer precisamente lo que Gadamer
sugiere para la comprensión del otro: sumergirnos en su película
con nuestras anticipaciones y rechazos, entablar un diálogo,
comprender la significación de la escritura en pueblos que resultan
ajenos a nuestra propia tradición. Y en esa comprensión,
comprendernos a nosotros mismos. En esa comunión se realiza el
sentido.
El
final: la reconciliación.
Final del film y final de esta interpretación: es a través del
cuerpo vivo del amante ofrecido en sacrificio que Nagiko venga la
humillación del padre. En esto no es del todo libre: el siempre
Otro de su deseo gobierna la elección del amante políglota y su
conversión en vehículo de redención. Sin embargo, la escritura de
sí misma -la elección de los significantes- la redime y la salva.
Nagiko entrega al editor el cuerpo del amante como libro para
absolver el nombre del padre. Es la escritura melodía de la
reconciliación. Tras el libro XIII, el libro de los Muertos, que
asesta al editor el golpe final porque es un libro-acción,
escritura eficaz, Nagiko renueva en su hija recién nacida el ritual
en el que Dios le pone nombre a las cosas y las sella con su
rúbrica. Triunfo de la lengua-ritual sobre la lengua funcional, la
del inventario y los negocios; triunfo de la lengua sagrada sobre la
profana; triunfo del pincel sobre el cincel; triunfo, finalmente del
retorno festivo de lo mismo sobre lo definitivo irreversible. (*)
(*)
Fuente:
María
José Rossi, "Escritura y cuerpo, Con
ocasión de "Escrito en el cuerpo" (Pillow
book, P. Greenaway, 1996), en En el cine como texto.
Hacia una hermenéutica del la imagen-movimiento, Buenos Aires,
Editorial Topía, 2007.
Citas:
(1)
Sobre la relación de la escritura con el poder véase también
Derrida, 2000, p. 125 y 355, y Barthes, 2003, p. 55 y 138.
(2)
Ahora bien: esas diferencias en las escrituras parecen derivar de la
naturaleza del soporte: "el soporte -dice Barthes (2005, p.
130)- determina el tipo de escritura porque opone resistencias
diferentes al instrumento trazador, pero también, más sutilmente,
porque la textura de la materia obliga a la mano a gestos de
agresión o de caricia". De este modo, la invención del papel
en China favoreció la escritura ideográfica, descriptiva, hecha
con pincel, trazada como una caricia; a la inversa, la piedra, el
marfil, el hierro o el ladrillo tuvieron que inventar el estilete o
el punzón. Y también un ethos: el de la racionalidad, lo
definitivo y la eternidad.
(3)
"La cópula y la copulación, el libre curso y el discurso, son
categorías de la comunicación dominante. Surgen de la necesidad
que tiene el ser de salir de sí mismo y de comprender, en los dos
sentidos vitales que de ‘entender’ y ‘contener’ a otro ser
humano. El sexual es un acto profundamente semántico (…) Las
funciones seminales y las funciones semánticas determinan la
organización genética y la estructura sexual de la experiencia
humana. Juntas configuran la gramática del ser" (Steiner,
1995, p. 60-61).
(4)
Cf. Kristeva, J. (2000). Precisamente es a través de esta escritura
que la protagonista del film podrá salvar el honor del padre y
recuperarse a sí misma.
(5)
Distingo aquí grafismo (que dataría aproximadamente de 35.000
años a. C.) de escritura (tercer milenio a.C.). Los grafismos son
rayas, incisiones, grabados sin un sentido preciso, que operan por
abstracción. El heredero del grafismo es el pictograma y el
ideograma, vinculados a ideas abstractas, no a sonidos ni palabras.
(6)
En el mismo sentido, W. Benjamin: "No hay un contenido de la
lengua" (1999, p. 93). Por eso, "el signo característico
de una mala traducción consiste en transmitir una
comunicación".
(7)
Différance:
différer = aplazar; ser distinto de. Designa el juego por el
que lo ausente se difiere (a través la escritura, en la marca) y al
mismo tiempo se diferencia de otras significaciones: los actos de
significación dependen de las diferencias. El significado (ausente)
se difiere en el significante, cuya ausencia no alcanza a suplir. Al
mismo tiempo, a través de los intermediarios, la cosa se retrasa,
se retarda
Bibliografía:
Barthes,
R. (2003), Variaciones sobre la escritura, Barcelona:
Paidós.
Benjamin,
W. (1999) "La tarea del traductor", en Ensayos
escogidos, México D.F.: Coyoacán.
Eco,
U. (1998) La búsqueda de la lengua perfecta, Barcelona,
España: Lumen.
Derrida,
J. (2000) De la gramatología, México, D.C: Siglo XXI.
Foucault,
M (1984), Las palabras y las cosas, Barcelona, España:
Planeta-Agostini.
Nietzsche, F. (1998) Sobre verdad y mentira en un sentido
extramoral, Madrid, España: Tecnos.
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